miércoles, 27 de febrero de 2008

MI AJUSTE DE CUENTAS CON EL CONVENIO DEL METAL


EN EL RECUERDO EMOCIONADO DE NICOLAS ALBENDIZ, PADRE NOBLE DE COMISIONES OBRERAS


Por enésima vez los metalúrgicos italianos han votado masivamente, mediante referéndum convocado por las federaciones sindicales del ramo, su convenio colectivo nacional. El consenso con lo estipulado supera el 75 por ciento. Primera conclusión provisional: la metáfora de la `soberanía sindical´ parece estar consolidándose en Italia. Segunda conclusión, también provisional: desde la distancia podría decirse que el grupo dirigente de las tres federaciones sindicales ha salido fortalecido. Tercera conclusión: nada impide tomar buena nota de estas prácticas –de estas buenas prácticas, quiero decir-- y con el conveniente gradualismo aplicarse a la copla en el resto del sindicalismo europeo.


Dicho lo cual, creo obligado volver a darle a la cabeza sobre algunas de las cosas que ocurrieron en el referéndum que se convocó sobre el gran tema de las pensiones en el verano pasado. Como se recordará, en aquella ocasión el resultado fue todavía más espectacular porque el apoyo de los trabajadores superó el ochenta por ciento. Y desde estas páginas nos congratulamos muy sinceramente, aunque tuvimos algunas palabras algo duras contra el grupo dirigente de la Federación metalúrgica de la CGIL, la FIOM, y más concretamente contra su máximo dirigente, Gianni Rinaldini; hicimos, de igual modo, unos comentarios poco benévolos contra ese conjunto de islas de la izquierda chuchurría (mustia). Unos y otros comentarios motivaron respuestas airadas de algunos compatriotas (españoles) contra un servidor: ciertamente, estaban en su derecho.


El caso es que Rinaldini –contrario desde un principio al (pre)acuerdo de welfare, también estaba en su derecho-- tras conocer los resultados (o sea, el ochenta por ciento a favor del pacto) intentó relativizarlo, afirmando (lo que era rigurosamente cierto) que en “Fiat y otras grandes empresas los trabajadores habían votado en contra”. Y tres cuartos de lo mismo, las islas de la izquierda chuchurría (a quienes pilló de sorpresa la convocatoria de la consulta) hablaron en sintonía con Rinaldini, aunque añadiendo que el referéndum había sido un cuento chino, que si patatín, que si patatán.


Pues bien, ¿qué ha ocurrido ahora? Casi lo mismo: una amplia participación de los trabajadores, un elevado consenso con lo acordado (aunque cinco puntos por debajo del referéndum sobre el welfare); .. y... y... la Fiat y “algunas grandes empresas” que han votado en contra. ¿Qué ha dicho Rinaldini en esta ocasión? Ahí va: La Parrala, si; la Parrala, no”. ¿En qué quedamos? Quedamos en la existencia de una cierta ley del embudo: ancho para mí, estrecho para tí. Querido Gianni Rinaldini, podías haberte aplicado un poco más... Ahora te toca explicar públicamente por qué "los tuyos" te han votado en contra.


Quiero aclarar a un amable comunicante de Llavaneras, Clemente Roca, que este convenio del metal italiano no se ha firmado por seis años. No sé de dónde ha sacado esa noticia. Es por tres años. Por tres años, no por seis. Las cosas, claras.


Punto final. Más allá de las pejiguerías (más bien, mis ajustes de cuentas) lo cierto es que lo que ya no cuela en el sindicalismo italiano es que se firme un convenio sin haber dado la palabra previamente al común de ese tipo de mortales. Esta es una idea que comparten las familias reformistas, las maximalistas, también las de sol y sombra. Por todo ello le tiendo la mano a Rinaldini y le digo: “Choca esos cinco, Gianni. Eres un fenómeno”.



P/S. Mañana enterramos a nuestro Nicolás Albendiz en Collserola. Adios, Nico.

jueves, 21 de febrero de 2008

COSAS DE LA NOKIA: productividad horaria y productividad absoluta




La Nokia decidió hace pocas semanas deslocalizar la producción que hacía en Alemania a Rumanía, aunque la productividad alemana es casi cinco veces mayor que la rumana: unos cincuenta dólares por hora frente a los doce rumanos. ¿Contradicciones, paradojas?


Al pan pan y al vino vino: el objetivo del capital no es la productividad en sí, es el aumento del beneficio. ¿Que esto es cinco duros de ideología? Anda ya... De hecho la productividad no es otra cosa que el valor monetario producido a la hora por trabajador, eso sí, disfrazado de algoritmos para no infundir sospechas. Sin embargo, el beneficio –la diferencia entre todos los coste de producción, incluido el salario de los trabajadores— es lo que realmente cuenta. Primera conclusión: la Nokia traslada la producción porque en Rumanía tendrán unos beneficios más altos, ya que en este país los salarios son 4 euros frente a los 28 alemanes. Así compensa la menor productividad horaria. Segunda conclusión: a la empresa lo que le importa verdaderamente no es la productividad horaria del trabajador sino la relación entre el salario y el valor del trabajo globalmente considerado.


Ahora bien, parafraseando al Barbudo de Tréveris, existen dos tipos de productividad: la horaria y la absoluta. La productividad absoluta se deriva de la amplitud de la jornada laboral real; la productividad horaria depende de dos factores: los ritmos y la fuerza productiva del trabajo. El incremento de la productividad absoluta es más fácil de conseguir; la otra exige elevadas inversiones en investigación y desarrollo, que se traducen en procesos laborales más eficientes y también en mejores productos más innovados. Esta exigencia de mayores inversiones es lo que, de manera no irrelevante, explica la preferencia casi general del empresariado en optar por la primera productividad. Naturalmente, comoquiera que está mal visto mantener la rudeza berroqueña de optar por los bajos salarios, el empresariado utiliza la sintaxis líquida: modernización, inversiónes y todos los blablablaes habidos y por haber.


Y algo más, los empresarios berroqueños cuando oyen hablar del Barbudo de Tréveris afirman: ideología, caca de la vaca. Y sus intelectuales líquidamente berroqueños dirían: Marx es una antigualla. Bien, esa es su tarea. Pero ¿cuál es la tarea de la izquierda? Pregunta retórica, desde luego.




P/S. Mis felicitaciones a mi sobrino Gabriel Jaraba, maestro de periodistas y flamante profesor de la Escola de Cine de Catalunya. Véase en la foto que tiene aire de familia.


Pregunto a los periodistas: ¿por qué no apoyáis a vuestros compañeros de El Siglo?


No hay respuesta.

TREINTA AÑOS DE ELECCIONES SINDICALES

Hace treinta años se celebraban las primeras elecciones sindicales democráticas. Desde ese momento, Comisiones Obreras de Catalunya viene revalidando su condición de sindicato más votado en todas los procesos electorales posteriores. Más adelante aclararé a algunos amigos el sentido de lo que siempre llamé la anomalía de Comisiones Obreras de Catalunya.


A primeros de 1978, la dirección confederal del sindicato nos encargó a Nicolás Sartorius y a un servidor que negociáramos oficiosamente con el Ministro de Trabajo –a la sazón don Manuel Jiménez de Parga-- la normativa electoral. Marcelino Camacho siempre fue muy sensible a las relaciones con Cataluña, de ahí que propusiera mi nombre. El resultado de nuestras negociaciones fue una normativa muy aproximadamente sensata. Y el proceso electoral empezó, para decirlo en palabras de la Jurado, “como una ola”.


Como he dicho en otras ocasiones, aquellos tiempos fueron un torbellino: tiramos el córner, salíamos corriendo para rematar el balón y no se cuántas cosas más. O sea, organizábamos el sindicato, preparábamos las elecciones, poníamos en marcha la primera negociación colectiva democrática, entrábamos de lleno en el proceso electoral sindical y lo que encartara. Teníamos el grupo dirigente unos treinta años y, todavía, el cuerpo tenía aguante.


Comisiones ganó en Cataluña de manera esplendorosa. Ugt pagó las consecuencias de no haberse comprometido a fondo en la trama de los enlaces sindicales y jurados de empresa, aunque más tarde Redondo admitió que eso había sido un error... Y en aquellas primeras elecciones también apareció un descomunal archipiélago de candidaturas independientes, amarillas, corporativas y demás organizaciones putativas para mayor lustre de patronos y patroncillos.


Todos los analistas afirmaron que tan sonada victoria se debía a dos consideraciones: 1) el peso de Comisiones en la lucha contra la dictadura, y 2) la potente relación del sindicato en lo que entonces se llamaba la `cuestión nacional´. Por supuesto, pero no cayeron en la cuenta que aquellas dos consideraciones se explicaban esencialmente por la calidad y cantidad de los dirigentes sindicales en los centros de trabajo que, efectivamente bajo y contra la dictadura, se habían batido el cobre con suma inteligencia.


Las sucesivas elecciones sindicales también, como se ha dicho, significaron continuados triunfos del sindicato. Que iban acompañados de unas novedades positivas: a) Ugt iban ampliando su representación, b) las candidaturas llamadas independientes, aunque todavía englobaban a importantes núcleos, iban menguando su listón electoral. Mientras tanto, una organización sindical que había luchado lo suyo contra la dictadura, USO, iba empequeñeciéndose y se veía zarandeada por desgarros internos. En todo caso, el panorama sindical iba consolidando un cuadro nuevo: Comisiones Obreras, primer sindicato, y UGT que iban incrementando el número de sus representantes ampliaban sus candidaturas en los centros de trabajo haciendo que el sindicalismo confederal catalán englobara al 80 por ciento de los delegados sindicales.


A mediados de los ochenta empecé a hablar de la `anomalía´de Comisiones Obreras. Por cierto, a algunos compañeros les daba repelús esta expresión. ¿Exactamente cómo entendía dicha cuestión? De esta manera que explico a continuación.


Con los escasos medios organizativos que teníamos (en comparación con otros) seguíamos ganando. A pesar de las repercusiones indudables de la fractura interna del PSUC, seguíamos siendo los primeros. A pesar de los apoyos de personalidades políticas socialistas (Alfonso Guerra, por ejemplo, acompañaba a sus amistades en las visitas a los centros de trabajo), nosotros revalidábamos el banquillo más alto del podio. A pesar de las facilidades que la patronal daba a otros, seguíamos cada vez más cerca del firmamento. Y, a pesar de las interferencias desde el nacionalismo conservador que intentaba crear una propia prótesis sindical, manteníamos el lugar honroso en el escalafonato social. “Anomalía”, pues.


Lo nuevo era que el apoyo que recibíamos ya no se orientaba en función de nuestro pasado. Era la conclusión de un proyecto que lideraban, de manera descentralizada, miles de delegados sindicales en los centros de trabajo en los primeros momentos de la dura reestructuración de los sectores industriales. Esta novedad (el apoyo por el proyecto propio) se vio con mayor claridad cuando, por pura demografía, iban haciéndose cargo de la acción colectiva en el centro de trabajo una nueva leva de delegados que ya no tenía nada que ver, por pura edad, con la lucha contra la dictadura. El proyecto itinerante del sindicato fue, y es, la explicación. Porque nadie vive de los recuerdos por gloriosos que sean: ¿acaso no se fueron al garete organizaciones de lucha admirable y de reconocido prestigio en la memoria de los trabajadores? Así pues, la metáfora de la `anomalía´ significaba que, contra viento y marea, Comisiones Obreras de Cataluña en todas las convocatorias cantaba como Radamés en la verdiana Aida: “ritorna vincitor”. O si se prefiere --ahora que estamos en el año de Puccini, un músico de cotofluix-- porque turandonianamente decíamos: “Nessun dorma”.


Sí, indudablemente, un proyecto que cada vez más se escribía en prosa, en buena prosa. Dicho sea de paso, para estos asuntos la épica no suele ser buena consejera, especialmente la que escriben los poetastros. Y con esta prosa, muy aproximadamente adecuada, otro dato iba acompañando al sindicalismo confederal –y en primer lugar a Comisiones de Cataluña— la extensión organizativa a los colectivos que tradicionalmente no estaban en la primera biografía sindical: los sectores de la función pública y los terciarios. Bien, digamos con Víctor y Ana Belén: “Ahí está, ahí está viendo pasar el tiempo... la Puerta de la CONC”. [Para mis amistades latinoamericanas, la CONC es la Comissió Obrera Nacional de Catalunya].


Punto final: si hogaño se celebra a Puccini –oye, es que no lo soporto— con más razón, y en eso se está (me dicen), se conmemora el treinta aniversario de ser de una manera muy especial (1). Porque, si Sevilla tiene un color especial, también la CONC tiene un color especial. Perdón, muy especial.




(1) No soporto a Puccini, digo. Recuerdo que, en cierta ocasión, estaba yo poniendo verde a Puccini en una cafetería de la rambla mataronesa. Mi interlocutor era un dirigente empresarial del textil muy importante. Desde la calle, un joven
Jaume Puig, secretario comarcal del sindicato, creyó ver que aquella bronca era de tipo político porque se oía: “Ese es un mamarracho” y “Ese es un mierda seca”. Jaume entró a ver qué pasaba. Cuando se dio cuanta que el conflicto era entre un partidario de Verdi y otro de Puccini se cagó en los muertos de todo el firmamento.

Antes de que se me olvide: ¡Viva Comisiones Obreras! (Coro verdiano: ¡Vivaaaa...!)

martes, 19 de febrero de 2008

LOS SINDICATOS NORTEAMERICANOS, OBAMA Y HILARY CLINTON


Los sindicatos norteamericanos han tenido siempre la fea costumbre de implicarse hasta las cejas en las campañas electorales, y desde tiempos antiguos han apoyado, con suculentas aportaciones financieras, a los candidatos de su conveniencia. Ellos sabrán qué beneficios ha reportado a los trabajadores esta manera de ser y actuar. Como no podía ser de otra manera, también en esta ocasión, las organizaciones sindicales están de lleno en la refriega.


Por lo general apoyaron a los candidatos demócratas. Y, en estos momentos, unas federaciones apoyan en bloque a don Barack Obama y otras a doña Hilaria Clinton. Se trata de un estilo –eso de ir en bloque— que recuerda el invento westfaliano del “cuius regio eius religio”, cuya traducción aproximadamente castiza sería: lo que vota el mandamás debe seguirse sin rechistar por la plebe.


Pues sí, recientemente a Obama le han llegado dos nuevas y grandes adhesiones: se trata de la Service Empleyee International Union (Seiu) y de la United Food and Commercial Workers (Ufcw). Con doña Hilaria están las organizaciones sindicales de los funcionarios públicos y de los enseñantes.


La Seiu cuenta con cerca de dos millones de afiliados y es una de las organizaciones sindicales más potentes de los Estados Unidos. No es sólo una potencia organizativa sino, como consecuencia de ello, también financieramente: en los últimos veinte años ha sufragado con unos 25 millones de dólares (veinticinco millones) las campañas electorales. Esta organización del sector servicios es una voz visible e importante en el asunto de la regulación de los emigrantes clandestinos.


Es en ese sector de servicios donde trabajan mayoritariamente, en las categorías más bajas del escalafón, los hispanos. De ahí que todos los candidatos se batan el cobre por una ley que disponga de un instrumento de regulación de esos flujos migratorios. Pero, como se ha apuntado, es hacia Obama donde sindicalmente se orienta el apoyo; otra cosa será lo que hagan las personas de carne y hueso. De todas formas, la cúpula sindical de Seiu ha sido clara. Andy Stern, el presidente, dijo recientemente: “Es doloroso que no pueda apoyar a Hilary, siendo muy amigo de ella”.


Esta es una postura compartida por el otro sindicato, la Ufcw. Estos cuentan con 1,3 millones de afiliados, ubicados en las industrias de la distribución y las empresas alimentarias: también aquí el peso de los hispanos es relevante. Y atención al dato: el cuarenta por ciento de los afiliados a Ufcw tiene menos de treinta años. Lo que teóricamente le facilitaría las cosas a Obama. Al menos eso dicen.


Desde una mirada --¿debo disculparme por mi eurocentrismo?— todo ello me parece un disparate. Por no hablar del dislate caballuno de los veinticinco millones de dólares que, a toca teja, han entregado la Seiu en los últimos veinte años. Naturalmente este tipo de relaciones político-financieras no están estipuladas en las normas estatutarias, aunque forman parte de los usos y costumbres de tales organizaciones. Son medidas discrecionales de los grupos dirigentes, que actúan como lobbys convencionales. Otra fea costumbre esta, pues se ampara en que, también allí, no hay una norma que establezca los límites de lo que pueden hacer (y de lo que no deben hacer) los organismos dirigentes.


Tuve la ocasión de hablar de las cosas del sindicalismo norteamericano en el número 37/2005 del Observatorio Sociolaboral, que dirige mi sobrino Rodolfo Benito, bajo el título “El ocaso (¿coyuntural?) del sindicalismo norteamericano”. Para ahorrarme problemas de links lo reproduzco a continuación. Este artículo se publica abajo, tras el deliquio que provoca mirar a doña Rita.








EL OCASO (¿COYUNTURAL?) DEL SINDICALISMO NORTEAMERICANO


”Somos conscientes que, incluso si consiguiéramos reforzar el poder contractual en nuestro sector, los servicios, ningún sindicato (incluido el Seiu) podría sobrevivir como una isla feliz en medio de un mar hostil al sindicato. El Seiu, la organización más numerosa, tiene la obligación de reconstruir un fuerte movimiento sindical en los Estados Unidos”. Con estas palabras, Andy Stern, el secretario del sindicato americano de los trabajadores de servicios (Seiu), declaró al semanario económico Bussinesweek, en setiembre del año pasado, la necesidad de cambiar la estrategia sindical y reconsiderar el papel y la estructura interna de la organización, poniéndose como perspectiva la eventualidad de dar vida a una nueva confederación, si los dirigentes de la Afl-Cio no aceptaban las reformas del Seiu.



A unos setenta años del nacimiento de aquel movimiento, que dio vida a un sindicato agresivo y militante como la CIO, los sindicatos norteamericanos, igual que en los inicios de los años treinta, representan sólo una pequeña porción de la fuerza de trabajo. Los datos estadísticos ilustran con claridad la caída de los afiliados: en 1955 (el año de la reunificación entre la Afl y la Cio) los inscritos son el 36 por ciento de la fuerza laboral (excluyendo la agrícola). Hoy el porcentaje de los trabajadores sindicalizados está, también dejando fuera a los agrícolas, alrededor del 12 por ciento.



Es importante subrayar que el declive de la base afiliativa (que se inició a finales de los sesenta) está determinada por un conjunto de factores. En primer lugar, los factores de tipo económico y estructurales --como el crecimiento de la competencia de los productos extranjeros, el traslado de enteros sectores industriales y numerosas empresas manufactureras (por ejemplo, IBM) hacia áreas geográficas más ventajosas y, al mismo tiempo, la aparición de un mercado de trabajo abierto y sindicalmente segmentado-- han permitido el abandono unilateral de los empresarios de negociar con el sindicato. Respecto a estos cambios, las federaciones sindicales de industria se encontraron conduciendo una batalla en la retaguardia, y sus esfuerzos en los últimos años para extender la organización hacia otros sectores -por ejemplo, el terciario-- no han conseguido grandes resultados. En segundo lugar, pero no menos importante, durante los años de la posguerra, la gestión burocrática y con frecuencia autoritaria hacia la base redujo al movimiento sindical a una agregación de agentes contractuales sin relación alguna con sus afiliados.



Este hilo conductor entre la base y los dirigentes que había caracterizado el activismo de la CIO cesó progresivamente a finales de los años sesenta. Ni siquiera la explosión de los movimientos de protesta de aquella época consiguó crear una labor unificadora y atractiva en el mundillo sindical, tal como ocurrió en los años treinta. En la década de los setenta, el historiador David Montmomery describió el sindicato “como una especie de tortuga cohibida ante los movimientos, escondida en su caparazón para evitar que se contaminara a la clase trabajadora por corrientes ideológicas que la harían retroceder y que, de higos a brevas, sale para mordisquear a los nuevos aventureros de la política o a los hippys que se les acercan un poquito”.



A pesar del aislamiento del sindicato, la disolución de los grupos de la nueva izquierda que nacieron en los sesenta, liberó un potencial de energías que confluyeron en las viejas organizaciones sindicales iniciando un trabajo de renovación que venía desde abajo. Fueron los “aventureros” y los ex hippys los que introdujeron en el patrimonio original del movimiento sindical norteamericano prácticas de lucha, modelos organizativos y contenidos propios del movimiento pacifista, de los derechos civiles, de las mujeres y de los ambientalistas. Este trasvase de activistas e ideas de los movimientos sociales a los sindicatos tuvo el mérito de recrear un nuevo interés por los problemas del mundo del trabajo y reabrir un puente de diálogo entre sindicalistas, intelectuales y mundo académico.



En 1989, la necesidad de redefinir el papel del movimiento sindical y una estrategia adaptada a los cambios en curso en el mundo industrial y político llevó a la componente sindical que se batía por un nuevo sindicalismo a crear un ‘ente’, la Organizing Institute (OI). Su cometido fue elaborar nuevas formas de activismo para revitalizar la participación de los trabajadores en el sindicato y frenar el descenso de la afiliación. Eran unos objetivos indispensables para volver a darle fuerza al movimiento sindical. Bajo la dirección de Richard Besinger, la OI consiguió formar a centenares de jóvenes sindicalistas y creó un modelo de militancia que se parecía al de los años treinta. Según Besinger y sus colaboradores, la Afl-Cio tenía que recrear una red de relaciones con los movimientos y asociaciones más sensibles a los problemas económicos, sociales, ambientalistas y raciales que afectaban a las familias americanas. A principios de los noventa, el sindicato fue protagonista de un gran esfuerzo organizativo, constituyendo coaliciones con las comunidades de inmigrantes, las asociaciones ecologistas y los movimientos por los derechos civiles y el estudiantado; lo cierto es que consiguieron crear un buen ambiente de opinión contra la explotación de la mano de obra inmigrada por parte de las grandes compañías. En 1995, es elegido John Sweeny, el lider del sector terciario, en el congreso de la Afl-Cio. Su triunfo representó el éxito de la campaña, lanzada por New Voice for Americans Workers que influyó incluso en fuerzas externas del sindicato. La elección de Sweeney representó una clara señal de aprobación de esta nueva orientación que venía de abajo.



Con el apoyo del nuevo grupo dirigente, la OI -que hasta ese momento era una estructura autónoma de la Afl-Cio-- dejó de ser un ‘ente’ y se convirtió en una organización regular, una federación. Bensiger disponía ahora de más fondos para poner en marcha una reorganización general del movimiento sindical. Entonces dirigió una campaña, a finales del 96, ‘Organización por el cambio. Cambiar para organizar’ donde se dejaba bien claro que era del todo necesario dedicar el 30 por ciento de los recursos financieros a la organización de campañas de afiliación. A pesar de que mucha gente compartía los principios organizativos de Bensiger, esta campaña encontró una fuerte resistencia en los pequeños sindicatos nacionales. Todos estos (que son la mayoría de los dirigentes sindicales nacionales querían, y la cosa sigue igual) conservar su autonomía jurídica en lo referente a las finanzas y las estrategias reivindicativas. Comoquiera que los reformadores no tuvieron la fuerza suficiente la cosa se quedó a la Luna de Valencia. Y este fue el panorama: la continua caída de la afiliación, la ausencia de reformas organizativas y la victoria de Bush, que agudizaron las divisiones internas, revocando el clima caliente de los años 30. En contraste con la política mediadora de Sweeney, el 15 de junio en Filadelfia se constituyó la coalición Change to win (Cambiar para vencer), dirigida por Andy Stern, que representa unos cinco millones de trabajadores de los sectores hoteleros, textil-confección, el comercio y los carpinteros, jornaleros todos ellos organizados en sus correspondientes sindicatos profesionales.



El programa de esta heterogénea coalición, que agrupa a sindicatos progresistas y de orientación conservadora, recalca la necesidad de reformar el sindicato. Porque el sindicato norteamericano está en una encrucijada: o sindicalismo social o sindicato de servicios. El reciente congreso de la Afl-Cio no ha resuelto la papeleta. El Seiu, junto al sindicato de camioneros (dirigido por Jamers Hoffa) y el Ufcw se han ido de la Afl-Cio para dar vida a un nuevo sujeto sindical. Aunque todavía no se ha formado un grupo dirigente estable, están intentando agregar a Cambiar para vencer el mayor número de organizaciones sindicales. En setiembre pasado, además, la Unite-Here (los sindicatos americanos más renovadores) que en los últimos años ha trabajo muy bien con los inmigrantes (y es muy representativo de la comunidad latina y asiática de San Francisco, Los Angeles y Nueva York) abandonó la Afl-Cio.



Ahora bien, ¿qué contrastes han llevado a esta ruptura? ¿Cuáles son las diferencias, organizativas y estratégicas entre la Afl-Cio y Cambiar para vencer? ¿Qué conclusiones han sacado de todo ello los de la Afl-Cio para reorientar las cosas tras la escisión? Durante el Congreso muchos cronistas han comparado esta escisión con la ruptura de 1935, cuando John Lewis, uno de los dirigentes de la corriente sindical ‘industrial’, que quería organizar a los trabajadores de los sectores de producción de más, intentó establecer normas de democracia en los centros de trabajo. Lewis se enfrentó, en aquellos tiempos, a los dirigentes de la Afl que defendían una política sindical basada en las barreras profesionales. Pero, más allá de lo dicho, son pocas las semejanzas entre esta situación y la de aquellos entonces. También existen más diferencias teóricas y organizativas substanciales. En 1928 algunos sindicalistas radicales de la Afl elaboraron un texto teórico titulado American Labor Dynamics, en el que anticipaban algunos problemas organizativos y estratégicos que posteriormente (años más tarde) lo pusieron en práctica los sindicatos de industria de la Cio. Aquel documento se articulaba en tres puntos principales:



- el movimiento sindical debe ser activo políticamente en el territorio, promoviendo alianzas con amplios grupos de intereses y entidades más sensibles al mundo del trabajo;


- los sindicatos deben conseguir una legislación que garantice la negociación colectiva;


- hay que favorecer la actividad sindical en la base, utilizando los modernos sistemas de comunicación (la radio y las furgonetas con los altavoces para difundir los comunicados y octavillas).



En estos elementos basaron su estrategia. Pero, a diferencia de este texto de 1928, el proyecto de la coalición Cambio para vencer parece ignorar las cuestiones que han caracterizado la historia del movimiento sindical norteamericano desde los años treinta hasta nuestros días. Ahora no hay indicaciones con respecto a las relaciones entre el sindicato y el Partido Demócrata y entre la base del sindicato y su vértice. Y, además, la elaboración teórica y cultural, que tuvieron a principios de los noventa, apenas si existe. Ni tampoco se hace referencia alguna a las prácticas de los últimos años para desarrollar una relación con la sociedad y reforzar los lazos de los sindicatos con las comunidades locales.



El actual proyecto para reconstruir el movimiento sindical se basa sólo en dos puntos: 1) reorganizar la estructura de la federación sindical, unificando las diversas organizaciones del mismo sector u oficio; y 2) la necesidad de recursos financieros para apoyare tales operaciones.



Aunque a primeros de los noventa Lerner fue uno de los arquitectos de la campaña Justice for Janitors, y había introducido prácticas de lucha propias de los movimientos sociales (como la desobediencia civil y otras) fue incluso el fautor de la completa reestructuración del Seiu, pero propuso una reestructuración centralizada y burocratizada.
En resumidas cuentas, los renovadores acaban siendo tan antiguos como aquellos a quienes han criticado tan ásperamente.


Consideraciones finales de este embrollo


Esta confusa situación parece tener su origen en el genoma fundante del sindicalismo norteamericano. A finales del siglo XIX los legendarios wooblies (que pusiera en marcha Daniel de Leon) se parecían más a un protomovimiento consejista (con todas las distancias que se quiera) que a un auténtico movimiento sindical. Aquello fracasó estrepitosamente y fue substituido por unas organizaciones sindicales que iban desde la moderación hasta el radicalismo más estéril pasando por el colaboracionismo más declarado. Nunca hubo un esfuerzo para sintetizar, al menos, las posiciones más moderadas con las radicales. Por otra parte, la potencia de los capitanes de industria (Taylor y Ford, principalmente) no se correspondió con algo parecido en la dirección de los sindicatos. Ciertamente, la represión fue durísima: en ocasiones, mucho más violenta que en Europa. Los sindicalistas no tuvieron solamente como adversarios a los capitanes de industria sino también, y simultáneamente, a la mafia que con frecuencia estaba pagada por aquellos. No obstante, más allá del heroísmo de los años veinte y treinta, los sindicalistas no tuvieron la visión de leer los cambios que se dieron en aquellas sociedades de capitalismo avanzado.



Vale la pena reseñar que la inmensa mayoría de los sindicalistas europeos siempre miramos con desdén a nuestros cofrades norteamericanos: a todos los metimos en el mismo saco. Algo estúpido por nuestra parte. La pregunta es (o podría ser): ¿vale la pena establecer un canal directo entre la
cofradía sindical europea y la norteamericana?





p/s Al margen de lo dicho. ¿han leído ustedes la tetralogía "Berlín Noir"? No se la pierdan.

DONDE SE DIFUNDE LA OBRA DE KARL POLANYI




La lectura de esta sugestiva entrevista informará al lector acerca de las enormes distancias de Karl Polanyi con relación a la economía neoclásica. También sus distancias del marxismo son claras. Las más llamativas serían: el carácter del trabajo como mercancía o no, a lo que sigue la ley del valor del trabajo; la definición del socialismo; la importancia, según Polanyi, de los socialistas que Marx definió como utópicos. Con Lenin se distancia en torno al carácter del imperialismo y, también, de los motivos de la Primera guerra mundial. Y de los partidos comunistas se distancia en sus reflexiones sobre los orígenes del fascismo. También a lo largo de este diálogo se verán más diferencias entre nuestro autor y el marxismo. Traduje esta entrevista con el permiso gentil de los amigos Sinigaglia y Calafati. JLLB.

UNA SEGUNDA LECTURA DE KARL POLANYI

Sergio Sinigaglia entrevista a Antonio Calafatti

Sinigaglia.- Polanyi no es un pensador muy conocido más allá de los adeptos a sus investigaciones. ¿Eso depende de su adscripción herética respecto a la ortodoxia neoclásica y a la marxista?

Calafati.- Es verdad, su pensamiento no entra en el paradigma neoclásico ni tampoco en el marxista. Ello no ha facilitado la difusión del conocimiento de sus obras, por lo menos aquí. Son unas obras que, sin embargo, se han traducido ampliamente en nuestro país, incluso con prólogos o introducciones de tan diversa interpretación que hacían pensar, en más de una ocasión, que se trataba de un autor distinto. Creo también que su itinerario profesional, anómalo y un tanto “difícil”, no facilitaba la difusión de los resultados de su trabajo. Polanyi se pudo dedicar a la investigación solamente después de sus cincuenta años, en 1947, cuando era profesor de la Columbia University de Nueva York. Tras haber dejado Hungría, fue periodista durante muchos años en Viena y posteriormente enseñante en Inglaterra. Cuando ingresa en la Columbia University -había escrito ya “La gran transformación” (1) , publicada en 1944- crea el grupo de investigación del que nacerá su libro más ambicioso “Tráficos y mercados en los antiguos imperios”, que salió a la luz en 1957. Es una investigación que duró diez años: recoge los escritos de Polanyi y de sus colaboradores. Polanyi muere en 1964 y sus obras más notables (“El comercio de esclavos en Dahomey”, 1964, y “La subsistencia del hombre”, 1977) fueron póstumas, a cargo de sus discípulos. No obstante, creo que la principal razón de las dificultades que hay en la utilización del pensamiento del autor, desde el plano analítico, están en el carácter transdisciplinar de su obra. Es un factor que puede explicar la relativa difusión del pensamiento de otros científicos sociales del siglo XX.

¿Y lo de su pensamiento herético…?

No estoy seguro de que sea verdaderamente un autor herético. Creo que Polanyi pertenece a una línea de pensamiento muy visible en el siglo XX, que va desde Veblen a Commons, de Myrdal a Hirsch, de Hirschman a Amartya Sen, por sólo citar algunos nombres muy conocidos entre nosotros. La idea central de Polanyi (esto es, que el proceso económico está incrustado en el sistema social, que la economía es un producto de las relaciones sociales) no es herético en mi opinión. Al contrario, se puede decir que está en la base del pensamiento de los autores que he citado antes. Es más, se trata de una idea que ha sido dominante en las políticas públicas.

En el campo de las políticas públicas, de manera evidente a partir de los años treinta, fue central la regulación social del proceso económico. Por ejemplo, la insostenibilidad social de un mercado competitivo del trabajo -tal vez el punto central de toda la crítica de Polanyi a la economía de mercado- era una tesis ampliamente compartida y de ninguna de las maneras es herética. Sugiriendo un paralelismo que hubo desarrollado (en absoluto singular) parecería suficiente recordar que antes de la definitiva afirmación del Estado de bienestar, el trabajo como mercancía había perdido relevancia teórica. En la obra de Keynes los salarios eran fijos y debían mantenerse así, fijos: en su “teoría” no era un mercado de trabajo verdadero y propio. Los salarios “fijos”, según Keynes, son importantes como para Keynes lo es la socialización parcial de las inversiones. Si consideramos herético a Polanyi, entonces debemos pensar que es herético el pensamiento social del siglo XX. No creo que ese sea el camino justo para entendernos.

¿Qué influencia ha tenido la perspectiva metodológica de Polanyi en el estudio del proceso económico?

La ampliación del sistema de categorías que propone Polanyi para el estudio del proceso económico es de un interés extraordinario. La utilización integrada de las categorías del “intercambio”, de la “redistribución” y de la “reciprocidad”, así como de su contraposición entre “economía formal” y “economía sustancial” han permitido facilitar los nuevos vínculos causales y sugerir nuevas interpretaciones. Y ello ha permitido al autor proponer una sugerente lectura del surgimiento del capitalismo, tal como lo expone en “La gran transformación”. Al mismo tiempo, pone a Polanyi en sintonía con un relevante y fascinante filón del pensamiento económico y social del siglo XX. En primer lugar, y desde una perspectiva histórica, se podría decir que nuestro autor desarrolló el proyecto de Thorstein Veblen quien, a finales del siglo XIX, defiende a las claras que la “perspectiva antropológica” habría revolucionado la economía política, empujándola a modificar radicalmente el mismo sistema de categorías.

Polanyi no es un antropólogo. Pero la perspectiva antropológica que efectivamente introduce en la investigación histórica y en el análisis económico (lo que Veblen no consiguió hacer) permitió un radical avance del conocimiento de movimientos evolutivos de la economía. Ahora bien, ya en John R. Commons (un gran intérprete del institucionalismo americano de entre guerras) se substituye el más amplio concepto de “transacción” y es substituido por “intercambio”. Polanyi hace más complejo el sistema de categorías y no contempla lo económico como la esfera en la cual domina el intercambio. Para nuestro autor, el proceso económico es dado por la producción y circulación de “materia organizada”, de mercancías, en el interior de un sistema humano. Polanyi sostiene que es sencillamente falsa la tesis según la cual sólo el intercambio (y peor aún, el intercambio competitivo) sería el único principio organizativo del proceso económico; una tesis falsa desde una perspectiva histórica. La distinción entre “economía substancial” y “economía formal” es muy importante.


lunes, 11 de febrero de 2008

SE TRATA, YA LO DIJIMOS, DE LA ORGANIZACION DEL TRABAJO




Un estudio de Instituto Sindical de Salud, Trabajo, Ambiente y Salud de CCOO sobre la evaluación de los riesgos psicosociales y de intervenciones preventivas en las empresas, determinó que los riesgos psicosociales existen, afectan a la salud física y mental, tienen su origen en la organización del trabajo, son identificables, medibles y controlables: esta es una información que nos viene del cibercotidiano de Comfia. [Aclaro que el subrayado es de un servidor]


No quiero ser más impertinente y creído de lo que soy, pero algunos (y muy destacadamente Juan M. Tapia) hace tiempo que veníamos insistiendo en lo que ahora se dice haber demostrado científicamente. A tal respecto diré que el inicio sistematizado de estas ideas las formulé por escrito en un trabajo que hicimos al alimón Miquel Falguera y un servidor bajo el título de A contracorriente hace once años en nuestros tiempos de trabajo en el CERES.


Es más, algunos dijimos en tiempos antañones, con un exceso de impertinencia, que la soi-disant salud laboral, al abordarse al margen de la organización del trabajo, parecía más una veterinaria del trabajo que otra cosa. Es más, siempre aclaré que, aunque ciertamente tosca, esta afirmación, veterinaria del trabajo, no era una metáfora sino realidad pura y dura.


Pues bien, de la noticia –la investigación la ha hecho ese prestigioso instituto sindical de Comisiones, ISTASS— se desprende algo más que una formulación académica. Surge, por así decirlo, un almacén científico que debería estar llamado a renovar profundamente la mirada sindical sobre ese polinomio de la organización del trabajo, como cuestión basilar de las conductas negociales del sindicalismo. Será una operación ardua y áspera, porque el dador de trabajo no está interesado en compartir el diseño de dicha cuestión. Prefiere gestionar discrecionalmente el mencionado polinomio. De manera que la codeterminación de los sistemas de organización del trabajo, tras el informe del ISTASS, pasa a ser el orden del día.


El giro copernicano que se necesita es de armas tomar. Y, yendo por lo derecho, habrá que decir que aunque Zamora no se tomó en una hora, lo importante es ajustar las cuentas gradualmente, y enviar al estercolero las inercias de los vestigios de las Ordenanzas Laborales. O, si se prefiere melífluamente a su archivo definitivo.


Sí, la codeterminación. Digamos con claridad que la codeterminación es la contractualidad permanente y gobernada en el centro de trabajo, y -no le demos más vueltas a la cabeza- el lugar de encuentro posible entre los dos sujetos negociales en el centro de trabajo, capaz de facilitar 1) la mejora de los sistemas y condiciones de trabajo en beneficio de las personas, 2) la eficiencia de la empresa, y 3) la gestión del conflicto social, tanto si está sumergido o en período de latencia como si ha aflorado a la superficie de manera visible. De ahí que la codeterminación requiera unas normas y reglas del juego claras, incluidos los mecanismos de autocomposición del conflicto social sobre los que tanto hemos insistido en otros estudios


Las organizaciones empresariales mostrarán, sin duda, una durísima resistencia al observar que el sindicalismo confederal pretende meterse de lleno en su sancta sanctorum, en el centro neurálgico de los poderes reales que hasta ahora han utilizado de manera unilateral y discrecionalmente. [Se trata de un fragmento del trabajo “A contracorriente”]


Vale. Ahora sólo queda esperar a ver, verificando, qué uso colectivo en las plataformas de negociaciones hace el sindicalismo después de lo (bien) dicho por el ISTASS, o sea, por los nuestros.


viernes, 1 de febrero de 2008

EL SINDICALISMO EN LA DEMOCRATIZACION DE LA EMPRESA




Nota obligada. Este trabajo que viene a continuación es un capítulo de un libro colectivo de cuyo nombre no me acuerdo. Del resto de los autores tampoco me acuerdo. Y, para mayor despiste, sólo caigo en la cuenta de que el citado libro es un homenaje a un caballero que ahora he olvidado. El motivo de esta desmemoria es: hace tres años mi sobrino Toni Comín me pidió con carácter de urgencia un capítulo para ese libro colectivo en homenaje a un escritor norteamericano. Pues bien, todavía mi sobrino no lo ha publicado, aunque me pagó los honorarios. En venganza por tanta molicie cojo el camino de El Jau y lo hago público: así nos las gastamos la gente de Parapanda. Punto y aparte: la foto es gentileza de Jordi Alberich (Círculo de Economía) y se refiere a las Jornadas de la Costa Brava en 1977. Tono Lucchetti, un servidor y un representante del Círculo. La foto de abajo es un perifollo.


Estoy con el maestro Bruno Trentin: el fordismo ha entrado ya en una crisis irreversible, aunque no se pueda decir lo mismo del taylorismo. Vivimos, según creo, en un nuevo paradigma que, por pura comodidad expositiva, definiré como postfordista. Los rasgos más llamativos de esta nueva época son: 1) la innovación-reestructuración de los aparatos productivos, 2) en el contexto de la fortísima tendencia de la globalización interdependiente, 3) que está poniendo en un brete a todas las instituciones políticas que de manera acelerada están perdiendo no pocos controles democráticos. En ese orden de cosas, las viejas categorías de análisis de –por decirlo à la Polanyi— tan gran transformación están en entredicho; y no pocas herramientas de medir las cosas y sus correspondientes algoritmos están en un acelerado proceso de descomposición. Hasta el mismo concepto y la misma fisicidad de “la empresa” han cambiado espectacularmente. Demasiadas complicaciones para un sujeto social, el sindicalismo confederal, que nació y creció en la realidad de otras épocas que, afortunadamente, nunca volverán.


Que el sindicalismo sea o pueda ser un sujeto capaz de democratizar la empresa no es una certeza: es una deseable hipótesis que está condicionada a si puede rehacer, a partir de ahora, su venerable e importante biografía. Así pues, el sindicalismo puede ser un movimiento reformador o, habiendo cambiado tantas cosas, quedar reducido a una agencia técnica (cooptada o no) por su contraparte. Como es natural, apuesto por lo primero, y se me erizan los pelos si (no interpretando adecuadamente el cambio de metabolismo que representa el paradigma postfordista) entra en el pantano de la agencia técnica. Ahora bien, apostar por el sujeto plenamente reformador quiere decir que, también y especialmente, el sujeto social debe cambiar espectacularmente si quiere ejercer su papel de alteridad propositiva en su proyecto, en el modo de cómo lo organiza y en su arquitectura de representatividad y representación. Lo cierto es que-- aunque de manera incipiente y, tal vez, excesivamente lento-- existen algunos elementos que indican que se puede ser razonablemente optimista. Ahora bien, además de las precondiciones que se proponen para que el sujeto reformador pueda intervenir en las transformaciones que están en curso --y en que cierta medida, como se ha dicho, parece que existen --hay un requisito que, a mi juicio, no se tiene en consideración. Concretamente se trata de la necesidad de una alianza entre el sindicalismo confederal y el mundo de la intelligentzia.


Parto de la siguiente premisa: el movimiento organizado de los trabajadores por sí sólo no puede abordar el desafío contemporáneo. Y tengo para mí que no se trata, ni sólo ni principalmente, de un problema de saberes limitados sino del carácter ontológico del sindicalismo. Es más, el sindicalismo podría acumular más saberes y conocimientos y no ser capaz de proponer un proyecto reformador creíble y factible tanto para democratizar la empresa como para intervenir en los desafíos de civilización: revalorizar el trabajo y pleno empleo, desarrollo eco compatible y el welfare state, la relación entre lo público y lo privado… Que tendría, además, como condición imprescindible que el sindicalismo confederal se propusiera elaborar los vínculos y compatibilidades que deberían caracterizar su proyecto reformador. Como no quiero problemas de interpretación con ningún astuto, aclaro lo siguiente: cuando hablo de vínculos y compatibilidades no me estoy refiriendo a la aceptación acrítica de los vínculos y compatibilidades que le vienen de la contraparte, sino de aquellos que el sindicalismo se propone así mismo. Y para mayor abundamiento expositivo, ahora de manera un tanto castiza: el proyecto sindical no puede ser un conjunto de tapas variadas sin conexión entre sí; debe proponer un menú compatible desde los entremeses hasta el postre, incluido el café, copa y puro. ¿O es que no se deben establecer los vínculos (también las prioridades) entre las políticas de empleo y la cuestión medio ambiental? ¿O entre las anteriores y el diseño de una profunda reforma de las políticas de welfare? O si se me exige más, ¿es lógico que el sindicalismo plantee la democratización de la empresa sin proponerse así mismo una ambiciosa reforma de auto democratización? Lo cierto es que, salvo muy contadas excepciones, el sindicalismo confederal ha sido poco capaz de conectar sus reivindicaciones parciales con un serio proyecto general, por indicativo que éste fuera.


1.-- La empresa (o el centro de trabajo, para estos efectos da lo mismo) ha cambiado espectacularmente, mientras que el sujeto social no lo ha hecho de forma tan amplia y rápida. Hablando de estos asuntos, he calificado esta situación como el prototipo de la asimetría. No me estoy refiriendo a la tradicional distancia entre los poderes que existen en la empresa y centro de trabajo, sino a un conjunto de elementos que alargan la distancia entre el dador de trabajo y el sujeto social: la empresa es hoy el paradigma de la globalización, mientras que el sujeto social sigue anclado en una especie de autarquía corporativa; la empresa provoca grandes cambios tecnológicos y sistemas de organización del trabajo innovados, mientras que el sujeto social sigue por lo general en el paradigma fordista; la empresa está conociendo una importante legitimación social, mientras que el sindicalismo no la tiene con el mismo diapasón. Y como telón de fondo, ahí está, ahí está (viendo pasar el tiempo como la Puerta de Alcalá) un interesante problema: si tiene sentido lo que afirma el maestro iuslaboralista Umberto Romagnoli-- la empresa no es democrática porque en ella no se produce la alternancia de poderes-- ¿el intento de democratizar la empresa se convierte aporía o vale la pena seguir dándole vueltas a la cabeza? Mi respuesta a la provocación romagnoliana es: el problema que tenemos es la utilización de una formulación política (democracia) en la esfera de la empresa porque, sencillamente, todavía no se dispone de otra categoría conceptual. Así las cosas, utilizaré este concepto: la intervención sindical en la empresa para crear la mayor densidad de democratización posible.


En todo caso advierto de algo que me parece incomprensible: la empresa, en tanto que producto de un proceso histórico, casi no ha concitado reflexiones tanto por parte del sindicalismo como de la izquierda política; este ha sido tradicionalmente un campo exclusivamente en manos de la economía y más recientemente de la sociología. Las cosas siguen tres cuartos de lo mismo, a pesar de que (como ya se ha dicho) la empresa conoce unos momentos de gran relegitimación, también como centro propulsor de mensajes culturales y políticos.


2.-- Un servidor parte de una consideración elemental: los asalariados no son indiferentes a cómo es el centro y el puesto de trabajo. Esta no indiferencia queda probada por el largo íter reformador el sindicalismo en aras a la humanización del trabajo y la democraticidad de la empresa, mediante las diversas modalidades del ejercicio del conflicto social. Este es un camino que debe continuar en las nuevas condiciones del capitalismo realmente existente, pero propongo que sea de manera conscientemente reformadora. Esto es, como parte fundamental del proyecto sindical. Ello implicaría la asunción de esta tríada: democraticidad, humanización y eficiencia en el centro de trabajo. Pero, comoquiera, que debe tener sus vínculos, no se trataría de una tríada (cada cosa por su lado sin conexión alguna): hablaremos de triángulo.


Partamos, pues, de la empresa que tendencialmente se está imponiendo. Que, como se ha dicho, ya no es fordista. Manuel Castells diría la empresa informacional, Riccardo Terzi hablaría de la empresa molecular, y otros de la empresa postfordista. Bien, aterrizaré un poco, utilizando una vieja metáfora: el agente general de la gran industria ya no es la máquina de vapor (Watt), ni tampoco la cadena de montaje (Ford), ahora lo es la red. Es con este chisme (la red, el nuevo agente general de la gran industria) con quien debe echar sus cuentas el sindicalismo confederal, el sujeto social. Y es en ese territorio donde debe medirse quien proponga la democraticidad de la empresa, la humanización del trabajo y la eficiencia. Por otra parte, la vastísima y vertiginosa innovación tecnológica está siendo gestionada mediante el instrumento de la flexibilidad. La novedad es que la flexibilidad ya no es algo contingente que aparece de higos a breves sino un “método” de largo recorrido, que no ha hecho más que empezar. El gran problema que trae de cabeza al sindicalismo confederal es el poder unilateral del dador de trabajo sobre la flexibilidad. Este decisionismo vertical (sin controles y reglas, sin convenciones negociadas y sin las necesarias tutelas) está convirtiendo la flexibilidad en una pesada patología social. De ninguna de las maneras estoy añorando el viejo fordismo; simplemente relato las actuales novedades. En definitiva, no es la innovación tecnológica quien interfiere las condiciones de trabajo sino la flexibilidad unilateral (no negociada) la que arremete contra las condiciones para el trabajo y las condiciones del trabajo, y quien pone en entredicho los poderes y garantías que el sindicalismo confederal había ido conquistando, también con la ayuda inestimable que le deparó su vieja pareja de hecho, el iuslaboralismo.


De manera que intervenir en el “triángulo” (democraticidad, humanización del trabajo y eficiencia de la empresa) significa hincarle el diente al aparato de la flexibilidad que ya es inmanente. La idea es convertir su actual carácter patológico en búsqueda de oportunidades y autonomía. Hablando en plata: en humanizar el trabajo. Porque sin humanizar el trabajo es dudoso que se consiga la suficiente agregación de fuerzas para ir ampliando los niveles de democraticidad; y sin lo anterior, la empresa tendrá no pocos burgos podridos de ineficiencia. De donde se colige que debe revisarse el concepto (y su algoritmo correspondiente) de la productividad. Parece evidente que las anteriores cuestiones pueden provocar un evidente y fecundo contagio a la práctica global del sindicalismo.


Ahora bien, la humanización del trabajo pasa, a mi parecer, por la necesaria intervención del sujeto social en todo el entramado de los sistemas de organización de la producción-- según sea el carácter de la empresa-- de bienes y servicios. Y aquí, al menos en el caso español, sigue pendiente una vieja batalla, esto es, ¿quién diseña los sistemas de organización de la producción? En nuestro caso, el dador de trabajo tiene el poder unilateral (y el instrumento del ius variandi) para definir tales sistemas. Y para mayor precisión diré: el dador de trabajo impone el uso de tales sistemas organizacionales, dejando al sindicalismo el ya limitado papel de intervenir en el abuso. Es decir, si los sistemas de organización del trabajo es la “Constitución de la producción” hecha carne, materializada, esta “Carta Magna” la escribe e impone sólo (y solamente) el dador de trabajo, dejando que su abuso sea corregido por unos u otros derechos. Estos, siendo importantes, no modifican las causas primeras del mal uso empresarial. Por ejemplo, la siniestralidad laboral es el resultado de unos defectuosos sistemas organizacionales; el mundo de los derechos y garantías, al no entrar en las causas primeras (la organización de la producción) se limitan a paliar los efectos de la nocividad y morbilidad que producen aquellas.


De ahí que sea importante, según creo, que el sujeto social (el sindicalismo en el centro de trabajo) se plantee en su proyecto reformador del “triángulo” el instrumento de la codeterminación de las condiciones de trabajo, que ciertamente sería el acompañante más eficaz de la flexibilidad, al ser ésta negociada. Entiendo por codeterminación el permanente instrumento negocial (entre el sujeto social y el dador de trabajo) de todo el universo de la organización del trabajo y los procesos de innovación tecnológica. Tendría como puntos de apoyo: el trabajo en equipo; la capacidad del grupo de trabajo en la intervención e interacción sobre las decisiones de otros grupos o centros de decisión; un sistema de formación permanente; y el derecho de los trabajadores a experimentar nuevas formas de organización del trabajo. En resumidas cuentas, es un método de fijación negociada, un punto de encuentro, anterior a las decisiones “definitivas”. Es claro que deben ponerse sus normas adecuadas, capaces de definir los dos roles presentes en el centro de trabajo: de un lado, la propiedad; de otro, el sujeto social.



3.-- Es claro que la co-determinación propone una elevación de los saberes y conocimientos del sindicalismo confederal; y, también, se diría que la co-determinación pone al sujeto social en vilo constante. Porque le presiona para proponer y negociar las (imprescindibles) políticas formativas, capaces de establecer una relación entre cambio tecnológico, control negociado de la flexibilidad y aptitudes socioprofesionales de la persona concreta que trabaja. Es decir, una formación permanente (mejor a lo largo de todo el curso laboral de la persona) orientada no al trabajo abstracto sino al trabajo concreto.


Y ni que decir tiene, la co-determinación como elemento de gobierno y control de los tiempos de trabajo y su relación con los tiempos extralaborales. Este asunto me parece de capital importancia, y temo que el sindicalismo (obsesionado por la semana de 35 horas) le concede menos importancia al gobierno y control del tiempo. Y diría más, una cosa son los horarios de trabajo, y otra (bien diversa) son los tiempos de trabajo. Bienvenida, claro está, la reducción de la semana laboral, pero me parece que la ausencia de una reflexión sindical sobre los tiempos de trabajo y su compatibilización con los tiempos de vida, le está jugando una mala pasada. Hablo de tiempos de trabajo porque no es igual la visión que tienen las mujeres de ese asunto que la mirada de los hombres; y no se parece en nada las culturas de la juventud sobre el tiempo de trabajo que la que sigue disponiendo el trabajador más veterano, acostumbrado a la sincronización del tiempo, concebido, diseñado e impuesto por el sistema fordista.


4.-- He partido de la hipótesis de que no parece fácil la democratización de la empresa si no es a través de un proyecto omnicomprensivo del sujeto social que ligue todos los lados del “triángulo”. Ahora bien, ¿no estará más legitimado el sindicalismo en la propuesta democratizadora si procediera simultáneamente a su propia autorreforma cultural y organizativa? Se trata, ciertamente, de un proyecto que se proponga la reunificación de las diversas subjetividades del mundo laboral en el centro de trabajo: categorías profesionales, trabajadores fijos, atípicos, subcontratados, mujeres, jóvenes, veteranos, valorando apropiadamente tanta diversidad. Y, a la vez, rehuyendo la cómoda práctica del “café con leche para todos”, como vieja secuela de la época fordista. Reunificar no quiere decir, en este caso, las viejas conductas igualitaristas. Ocurre, sin embargo, que como estamos hablando de democratización, todo proyecto sindical debe ser elaborado con los niveles más altos posibles de participación activa e inteligente. O lo que es lo mismo, se trata del sindicalismo de los trabajadores, y no del sindicalismo para los trabajadores. También porque no se tiene tanta autoridad para exigir a la contraparte conductas democráticas si en la casa del herrero se utiliza un cuchillo de palo. En otras palabras, la co-determinación desafía al sujeto social a plantearse su propia reforma democrática.


En este sentido, la elaboración de las demandas reivindicativas (la plataforma), la decisión de aprobarlas, el delicado proceso del “do ut des” ante la contraparte, el hipotético recurso a cualquier expresión del conflicto social, de un lado; y, de otra parte, la elección de quién negocia y ostenta la representación, deben ser objeto de una mayor densidad participativa. Hablamos de participación porque también las grandes transformaciones en el centro de trabajo han puesto en entredicho las viejas formas participativas. Pero, igualmente, es cierto que las innovaciones tecnológicas favorecen nuevos modos de encuentro y debate, virtuales o écuménicas. Lo que no tiene sentido democrático es la vieja consideración de que para decir ¡no! es suficiente con el pronunciamiento de la dirección sindical, pero para dar el acuerdo es necesario un baño democrático. Estos eran algunos de los comportamientos de la vieja época fordista que ya no cuadran con la necesidad de participar ante los nuevos desafíos y ante la emergencia de un mayor deseo libertario de las nuevas generaciones.


5.-- La pregunta inquietante podría ser: ¿cuenta el sindicalismo confederal con un apropiado general intelled para abordar este torbellino de retos que ya están en curso? Me gustaría contestar afirmativamente. Y, de paso, aprovecho la ocasión para decir desparpajadamente que las gentes de mi generación podíamos haber hilado más fino y dejar una herencia más copiosa. Pero no supimos o no pudimos más. Pero, sin justificación alguna, debo aclarar que los sindicalistas de mis tiempos ni siquiera recibimos herencia alguna: sobre los cascotes del viejo “sindicato” de la Dictadura construimos un nuevo edificio. Y es, ahora, a las nuevas levas sindicales a quienes les toca la responsabilidad de, estando así las cosas, avanzar en un proyecto reformador y la manera de organizarlo.


Un proyecto, digo, que sintetice las grandes experiencias que vienen desde la acción colectiva y la inteligencia de quienes participan desde los centros de trabajo, constantemente verificado en sus contenidos y en las prioridades establecidas. Y para ello tiene el mayor interés que el sujeto social (en este caso, el sindicato general) acumule el mayor grosor posible de sabiduría colectiva (general intelled, dicho marxianamente). Porque hoy cada vez tiene más significación afirmar que el conflicto social es, por encima de todo, un conflicto de conocimientos y saberes. De ahí que parezca necesario que el sujeto social establezca la mejor relación con el mundo de los saberes, tanto técnicos, como científicos y de las humanidades. Yo viví una época en que (visto a toro pasado) dogmatizamos acerca de que el sindicalista se hacía en la lucha y ejerciendo su actividad. Naturalmente, no lo impugno totalmente; pero, ahora (y a partir de ahora) aquella formulación es asaz limitada y esquemática. Nosotros no hicimos mal papel, pero teníamos las cosas relativamente más fáciles. Es más, en aquellos viejos tiempos la distancia cultural entre el dirigente sindical y el trabajador era más amplia que ahora. Pero lo que cuenta, en las actuales circunstancias, es el enorme desafío ante los problemas de civilización que tenemos delante de nuestros ojos, de un lado; y, de otra parte, que los mánagers han avanzado considerablemente en sus conocimientos y técnicas. De ahí que la pugna por los saberes y conocimientos debe ser, para avanzar en el proyecto democratizador, el abc.


Así pues, el diálogo entre sindicatos y la intelligentzia es fundamental. Naturalmente estará lleno de tensiones y asperezas. Pero esta es la naturaleza lógica de las cosas. Pongamos un ejemplo, ¿acaso no existe tensión (de momento submergida) entre los iuslaboralistas y el mundillo sindical con relación a la flexibilidad?, ¿no es verdad que existen asperezas entre el iuslaboralismo, más atento a la práctica lege ferenda que los dirigentes sindicales, más preocupados por la práctica de la negociación colectiva? De ahí que se pueda exclamar: benditas asperezas y tensiones. Porque significa que se discute o, por mejor decir, se debería discutir más a pierna suelta.


En resumidas cuentas, más saberes para todos. De ahí que crea conveniente desempolvar una vieja propuesta que hice en otros tiempos: el Estatuto de los Saberes y Conocimientos. Pero ¿qué es eso? Como diría el viejo Jorge Manrique recuerde el alma dormida la delicada atención que pusieron los pioneros del movimiento obrero de antaño con relación al tema de la enseñanza. Y avive el seso y despierte cayendo en la cuenta de la gran preocupación que tuvieron por la cultura de los trabajadores gentes como Anselmo Lorenzo, Pablo Iglesias, Salvador Seguí y Joan Peiró, entre otros muchos. Parece que todavía resuenan los viejos lemas de enseñanza libre, laica y gratuita. ¿No ha llegado el momento de proponer la enseñanza digital libre y gratuita? Y, partiendo de esa cuestión ¿no sería importante sistematizar todos los derechos de ciudadanía que se exigen, en esta fase de grandes transformaciones de época, bajo el paraguas de más saberes para todos? Porque lo cierto es que tales cambios están provocando la brecha digital, el digital divide, con todas las vastas (y peligrosas) marginaciones, exclusiones y descohesión social, de las que pienso que todavía no se es plenamente consciente de su amplitud y repercusiones para hoy, mañana y pasado mañana.


En definitiva, quiero decir que no me parece viable un proyecto reformador del movimiento organizado de los trabajadores si no se parte de una atención suficiente al problema de la enseñanza, de los conocimientos y saberes.



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