El lema de este blog es: "Nada curo llorando y nada empeoraré si gozo de la alegría" (Arquíloco).
sábado, 4 de mayo de 2013
ALGUNOS RECLAMAN UN PACTO AHORA
Desde diversos sectores (de un lado, el PSOE y de otro, ciertos
sectores de
En marzo del 2009 el presidente Zapatero ni siquiera consideró oportuno
responder a la propuesta. La actitud zapateriana tenía una cierta lógica: si de
manera obstinada negaba que hubiera crisis era de cajón que se no pusiera en marcha
un pacto para abordarla. Y sin embargo, la crisis no sólo existía sino que ya
había empezado a producir no pocos desperfectos. Los dirigentes de la patronal
orgánica, que conocían –es de suponer--
hasta qué punto empezaban a torcerse las cosas ni siquiera hicieron
pública su negativa a la propuesta de pacto. Más tarde, cuando todo indicaba
que Rajoy ganaría las elecciones, Toxo volvió a la carga. Y nuevamente el
flamante gobierno y la patronal dijeron llamarse Andana, esto es, no hubo
respuesta sino ninguneo. Y las cosas fueron empeorando hasta el punto de entrar
y consolidarse en una situación insostenible y al decir de algunos «de
emergencia nacional».
Sin embargo, ¿estamos seguros de que no hubo pacto? Lo hubo. Vaya si lo
hubo. Las partes contratantes fueron el gobierno y
Hasta el momento el gobierno Rajoy no ha dicho nada al respecto en
relación a la propuesta de pacto que ha lanzado el PSOE. Me imagino al Partido
popular ante la siguiente tesitura: si aceptamos el reto estamos dando por
sentado que nuestros planteamientos han fracasado con el coste electoral que
podría tener. Por no hablar de
jueves, 2 de mayo de 2013
ESTE PRIMERO DE MAYO Y EL VERBO DE LA PROTESTA
Primero de Mayo en Plasencia.
… y el
verbo de la protesta volvió hacerse carne en este Primero de Mayo. Y, como en
las últimas ocasiones, dejó de ser una acción colectiva de abstracto
simbolismo, de ritualidad obligada, como
quien dice: la lírica no está, ustedes dispensen, para perifollos. ¿Habrá que decir que el sujeto convocante ha
sido el sindicalismo confederal? Claro que sí. Son tiempos que requieren que se
recuerde lo obvio. Porque una de las impertinencias de algunos analistas es
ningunear la paternidad de los sujetos que promueven la protesta, especialmente
cuando es el sindicalismo quien las promueve. En estos casos la acción
colectiva aparece como «huérfana», sin mentores y reducida a la «espontaneidad».
Es un subterfugio que intenta oscurecer la representación y la
representatividad del sindicalismo confederal.
En este
Primer de Mayo se ha acentuado la tendencia que ya pudimos ver el año pasado:
no han salido a la calle solamente las grandes capitales de provincia; se han
vuelto a incorporar a la acción las ciudades de mediana población –la foto que
preside esta entrada es la manifestación de Plasencia, que nos ha enviado Miguel
Coque Durán, dirigente sindical extremeño--
que han querido exteriorizar
también su protesta. Esta descentralización es, además y sobre todo, otro botón
de muestra del «sindicalismo de proximidad»: la familia sindical no es sólo la
que aparece en las imágenes televisivas (siempre tan cicateras) sino que la
tenemos aquí, en esta ocasión en Plasencia y en otros tantos lugares. Más todavía,
cada persona que acudió al acto de protesta pudo decir: «yo también formo parte
de esa familia, yo no estoy en silencio». De ahí el orgullo de Miguel Coque
que, en su mensaje, me dice: «Después de más de 20 años sin celebrar un
1º de mayo en una ciudad como Plasencia, de 40.000 habitantes, los cierres de
empresas, y los casi 6.000 desempleados nos han devuelto a la realidad. Podremos
con el miedo de los sacudidos por la crisis, podremos contra la vergüenza que sienten los desclasados por lanzar un
grito de justicia, podremos porque somos más y porque siempre fuimos la sal de
la tierra».
En puertas
del Primero de Mayo escribíamos que, como mímino, son necesarias tres condiciones
para derrotar esta política que está causando tantos estragos: «1) una participación mayor de la
ciudadanía en la protesta, 2) una relación explícita de los movimientos
sociales con las izquierdas políticas y 3) la explicitación de un programa que
sea un común denominador» (1). Pues bien, la primera condición está
avanzando, aunque todavía no es suficiente. En todo caso, ahí está Plasencia y
todas las plasencias que han ocupado las calles y plazas de la geografía.
(1) EL DESAFÍO DE ESTE PRIMERO DE MAYO
lunes, 29 de abril de 2013
EL DESAFÍO DE ESTE PRIMERO DE MAYO
Mariano
Rajoy pidió ayer en Granada «paciencia». A continuación vino a decir que el
gobierno está haciendo lo que tiene que hacer. Tres días antes la Encuesta de población
activa (Epa) registraba la descomunal cifra de personas en desempleo:
6.202.700. En resumidas cuentas, la propuesta gubernamental no es otra que una
llamada a la paciencia de los españoles. Así las cosas, la situación está de la
siguiente manera, dicha esquemáticamente: Rajoy externaliza sus
responsabilidades a la «paciencia» de la gente, pero ésta no sólo no admite que
ahí esté la solución sino que –rechazando de plano esta obsceno planteamiento—
sigue activamente en la calle: sin ir más lejos ayer mismo en Barcelona en
pleno itinerario mutitudinario hacia el Primero de Mayo. O, lo que es lo mismo,
de una parte, el aparato político-institucional que ensalza las calamidades que
provoca y, de otra parte, un constante movimiento popular –donde el
sindicalismo confederal está jugando un papel relevante— que urge un cambio
radical del escenario: un cambio radical, digo, en la cuestión económica, pero
todavía no lo suficientemente explícito en el terreno político. Parodiando a
Gramsci, «en ese claroscuro crecen los monstruos».
Entiendo,
en todo caso, que quienes se confrontan con las medidas económicas y
antisociales necesitan al menos lo siguiente: 1) una participación mayor de la
ciudadanía, 2) una relación explícita
con las izquierdas políticas y 3) la explicitación de un programa que sea un común
denominador. Porque cada cual por su lado –movimientos por una acera y las
izquierdas políticas por otra-- no
entran de lleno en el problema político de fondo que tenemos: la dificultad de
desalojar a ese grupo heterogéneo (derechas rancias, neoliberales de nuevo
cuño, populistas viejos y nuevos, apostólicos con o sin sotana, cofradías de
caspa y brillantina) que es el Partido Popular. Y no entran de lleno porque,
dicho con trazos de brocha gorda, los movimientos cultivan en la práctica una
notable desconfianza de la política. Por otra parte, la izquierda mayoritaria
no acaba de ser vista con la suficiente mordiente (de compromiso y acción
práctica), mientras que la minoritaria –incluso en esta situación-- no recibe los suficientes apoyos para coadyuvar
al desalojo. Es un «claroscuro» para que los monstruos sigan desarbolando
derechos y empobreciendo a amplísimos sectores de la población.
Si esta
dicotomía se mantiene no está descartado el pudrimiento de la situación. Así es
que, tengo para mí, que este Primero de Mayo debería ser un punto de inflexión
de las relaciones entre los movimientos sociales y las izquierdas políticas.
Los movimientos desde su propio carácter reivindicativo; las izquierdas
políticas sin pretender que aquellos sean su «fiel infantería», ni tampoco la intendencia.
domingo, 28 de abril de 2013
UGT Y LA UNIDAD DE ACCIÓN
En el
reciente Congreso de UGT de Catalunya se ha aprobado, entre otros, un
importante documento. Se trata del Protocol d’acord sobre la unitat d’acció sindical entre CCOO i
la UGT de Catalunya. Tiempo atrás
los dos grandes sindicatos catalanes acordaron plantear a sus respectivos
congresos la aprobación de un conjunto de normas, elaboradas conjuntamente,
acerca de cómo debería desarrollarse en la práctica la unidad de acción entre
ambas organizaciones. Digamos al lector poco prevenido (o de lectura
descuidada) que no se trataba de ir a una fusión de ambas organizaciones. Lo
que se ventilaba en dicho documento era pasar de una práctica unitaria (que
viene de muy atrás) sin reglas a un estadio normado, precisamente para darle
mayor consistencia a los procesos.
El
congreso ugetista ha votado muy mayoritariamente la propuesta conjunta: el
88,66 por ciento, que es una cifra de gran consistencia. De esta manera se veía
el amplísimo consenso que ha obtenido el documento que fue presentado por el
secretario general (saliente y, después, entrante) Josep Maria Álvarez que, en su intervención, afirmó que «supone un paso adelante extraordinariamente
positivo para consolidar la unidad del movimiento obrero en Catalunya, y supone
dejar atrás los problemas internos de cada uno de los sindicatos y pensar en el
bien común de los trabajadores». Unas
palabras –entiendo—rotundamente acertadas.
Ahora
bien, esta amplísima mayoría que se ha dado en el congreso ugetista contrasta
con –digámoslo así-- un menor entusiasmo
por parte de CC.OO que, en su último congreso, lo aprobó por un porcentaje muy,
muy inferior: un escuálido 52 por ciento. Así las cosas, un analista curioso
tendría interés en saber a qué obedece esta considerable diferencia. Por mi
parte, no sabría de qué manera interpretarla. En todo caso, quedémonos con lo
positivo: ambas organizaciones disponen ya de un protocolo que establece unas
normas (aprobadas ya en los congresos) para consolidar la unidad de acción.
sábado, 27 de abril de 2013
PRIMARIAS PARA ELEGIR A LOS DIRIGENTES
La
dirección federal del PSOE, agobiada por la presión de sus compañeros gallegos,
está a punto de aprobar que los secretarios generales de cada organización
puedan ser elegidas por el método de las «primarias» (1). Por supuesto, tienen
todo el derecho a hacerlo y, de igual manera, un servidor lo tiene también
–incluso desde fuera del tendido socialista--
de opinar al respecto. Sea, pues, admitida esta impertinencia de alguien
que roza ya la edad veneranda. Como diría don Pedro Antonio de Alarcón –sin
que conste que nadie le llamara la
atención por la redundancia cacofónica-- “principiemos por el principio”.
No hay duda
del papel específico que tienen (o deberían tener) los grupos dirigentes así en
la auctoritas como en la potestas. Y menos duda, todavía, debe
tener el ejemplar carácter democrático de cómo se eligen. De su carácter
democrático vinculado a su recorrido participativo. Pues bien, relacionado o no
con estas consideraciones, ha aparecido en ciertas fuerzas de izquierda la idea
de la convocatoria de «primarias» (tal vez como contagio de la forma de elegir
al cabeza de cartel electoral) para elegir al primer dirigente de cada
organización.
¿Estamos
seguros que existe un círculo virtuoso de estas primarias versus el círculo
vicioso de cómo actualmente se eligen los secretarios generales? Más todavía,
¿se han calibrado todas las
consecuencias de esa variación? No ha podido calibrarse por la sencilla razón
de que no hay experiencias concretas al respecto, de manera que la propuesta se
basa o bien en la intuición o en una aparente estética que también es intuida.
Lo que viene a continuación no es una contrariedad al método de las primarias
para elegir a los primeros dirigentes de los partidos en sus diversos niveles.
Es una reflexión, todavía provisional, sobre el particular.
Si el
secretario general se elige erga omnes
–esto es, por todos lo militantes del partido--
no cabe duda que, así las cosas, la organización adquiere unos
determinados tintes presidencialistas; y mutatis
mutandi se va produciendo una
separación entre el secretario general y el resto del grupo dirigente. De un
lado, el cargo va adquiriendo un tono mayestático y, de otra parte, la
colegialidad se va desnaturalizando. Ya no existe el primus inter pares sino la figura tendencialmente ´monárquica´ del
secretario general. Con lo que el perímetro democrático participativo que se
buscaba con el método de las primarias se va desnaturalizando y acaba
convirtiéndose en lo contrario de lo que se pretendía corregir.
(1) A la
hora del cierre de este artículo me llega la noticia de que el PSOE va a
proponer que por ley se disponga que todos los partidos deben hacer primarias.
Otro día, si me acuerdo, argumentaré por qué me parece una idea disparatada.
miércoles, 24 de abril de 2013
LA OBSCURIDAD DEL SALARIO DE LOS DIPUTADOS
Es curioso:
el Congreso de los Diputados va a legislar una serie de medidas –ya veremos en
qué queda eso—sobre «la transparencia», que, como es lógico, se aprobará por
mayoría, sin embargo, para que el común de los mortales sepa cuánto ganan los
diputados se precisa, según afirma el Presidente del Congreso, un acuerdo por
unanimidad. De momento el Congreso no hará públicas las nóminas de los diputados porque ninguna ley respalda una medida
«de índole tan delicada» (1). Digámoslo por lo derecho: la ley de la
transparencia nacerá cojitranca.
De momento parece conveniente saber por
qué razón la publicidad legal de las nóminas de los diputados es una «cuestión
delicada». Más bien, a mi juicio, no hacerlo se convierte en una cuestión
escabrosa. Como escabroso es el carácter
que lo preside: el Presidente del Congreso en realidad lo que nos está
diciendo es «Estamos a favor de la
transparencia de los demás, pero en contra de la nuestra». Esto me parece, francamente, una política de
bajo vientre.
Todo este asunto me hace recordar una
experiencia que viví en mi época de diputado en el Parlament de Catalunya. En
una de sus sesiones se iba a informar de los acuerdos de la Mesa sobre los salarios que íbamos
a percibir. Esa reunión, se nos dijo, era de «puertas cerradas», esto es, sin
público ni medios de comunicación. Acabada la sesión hice un comunicado
informado con pelos y señales de lo ocurrido y, naturalmente, de los salarios.
Aquello no sentó bien a nadie. Mi pecado, por lo que se ve, fue haber
hablado de una «cuestión delicada». Mi extrañeza fue, en aquella ocasión y
ahora mismo, esta: ¿por qué los sueldos de los diputados son materia reservada?
¿por qué quienes pagan a los diputados con sus impuestos no deben conocer el
sueldo de sus representantes? ¿por qué esa oscuridad entre la política fiscal y
el destino de la misma?
(1) http://www.elperiodico.com/es/noticias/politica/congreso-sueldos-diputados-respaldo-legal-2371745
lunes, 22 de abril de 2013
EL FUTURO DE LA SEGURIDAD SOCIAL Y EL "FACTOR DE SOSTENIBILIDAD"
Miquel A. Falguera i Baró. Magistrado del
Tribunal Superior de Justicia de Cataluña.
1. El denominado “factor de sostenibilidad”
de la Seguridad
Social hace tiempo que campa por sus fueros. Como siempre en
los últimos tiempos, la palabreja nos viene de Europa. Entre otros países
septentrionales, apareció primero en Alemania
–cómo no-, aquella especie de harakiri al que en el 2004 se sometió el SPD (siempre
culpamos a la Merkel
de nuestras desgracias, pero a menudo se olvida que el ideólogo de las
políticas de austeridad fue Schroeder: ahora, que vienen elecciones, aquélla se
ha comprometido a subir las pensiones y las retribuciones de los empleados
públicos y la socialdemocracia no levanta cabeza) El ya tradicional mimetismo
de lo teutón –quien paga, manda- comportó que la eurocracia aprobara en fecha
reciente el denominado Libro Blanco “Agenda
para unas pensiones adecuadas, seguras y sostenibles”, con el
precedente del Libro Verde “En
pos de unos sistemas de pensiones europeos adecuados, sostenibles y seguros”.
De esta manera, la exigencia de sostenibilidad del sistema de Seguridad Social
se ha convertido en otro mantra reiterado para la salida de la crisis. No en vano, los
famosos mercados (siempre tan asépticos y exentos de ideología, preocupados
sólo de la ley de la oferta y la demanda, como es público y notorio) exigen la
hoguera pública, previo empalamiento, del Estado del Bienestar. Y así, el
factor de sostenibilidad se ha acabado imponiendo. Ocurrió claramente en
Portugal, pero es ésa una tendencia más o menos expresa en muchos de los países
de la Unión.
También, en España. Ya el Informe
de Evaluación del Pacto de Toledo de principios del 2011 se refería en
forma reiterada a la sostenibilidad del sistema. Como también lo hizo el Acuerdo Social y
Económico para el crecimiento, el empleo y la garantía de las pensiones, de
2 de febrero de 2011, que recogía ya en forma expresa el dichoso “factor de sostenibilidad” en los
siguientes términos: “Con el objetivo de
mantener la proporcionalidad entre las contribuciones al sistema y las
prestaciones esperadas del mismo y garantizar su sostenibilidad, a partir de
2027 los parámetros fundamentales del sistema se revisarán por las diferencias
entre la evolución de la esperanza de vida a los 67 años de la población en el
año en que se efectúe la revisión y la esperanza de vida a los 67 años en 2027.
Dichas revisiones se efectuarán cada cinco años utilizando a este fin las
previsiones realizadas por los organismos oficiales”. Y, posteriormente, la Ley 27/2011,
de 1 de agosto, sobre actualización, adecuación y modernización del sistema de
Seguridad Social introducía en su artículo 8 una nueva Disposición adicional
quincuagésima novena en la
Ley General de la Seguridad que, bajo el epígrafe “Factor de sostenibilidad del sistema de la Seguridad Social ”,
que venía regular un redactado prácticamente idéntico al de aquel Acuerdo
tripartito, en los términos transcritos.
Asimismo, el artículo 18.3 de la Ley
Orgánica 2/2012, de 27 de abril, de Estabilidad Presupuestaria y
Sostenibilidad Financiera contempla en forma expresa que “El Gobierno, en caso de proyectar un déficit en el largo plazo del
sistema de pensiones, revisará el sistema aplicando de forma automática el
factor de sostenibilidad en los términos y condiciones previstos en la Ley 27/2011, de 1 de agosto, sobre
actualización, adecuación y modernización del sistema de Seguridad Social”.
2. Por su parte, el reciente R Decreto
Ley 5/2013, de 15 de marzo, de medidas para favorecer la continuidad de la
vida laboral de los trabajadores de mayor edad y promover el envejecimiento
activo (BOE de 16 de marzo) contiene una Disposición Adicional Novena, conforme
a la cual “El Gobierno, en el plazo de un
mes desde la entrada en vigor de este real decreto-ley, creará un comité de
expertos independientes a fin de que elabore un informe sobre el factor de
sostenibilidad del sistema de Seguridad Social, para su remisión a la Comisión del Pacto de
Toledo, en línea con lo previsto en la disposición adicional quincuagésima
novena del texto refundido de la
Ley General de la Seguridad Social , introducido por la Ley 27/2011, de 1 de agosto, sobre actualización,
adecuación y modernización del sistema de la Seguridad Social ”.
Aunque en la técnica legislativa española es
muy frecuente esto de crear comisiones, realizar encargos al Gobierno, abrir
procesos de concertación con los agentes sociales, etc. el hecho cierto es que
la inmensa mayoría de ocasiones esas delegaciones quedan en nada. De esta
manera, aunque el legislador es consciente que hay un problema que la Ley no aborda, delega su solución de futuro… a un
futuro que prácticamente nunca llega (o lo hace muchos años más tarde). Que
nadie se escandalice ni empiece a tirar piedras: también es ésa una inercia muy
frecuente en nuestra negociación colectiva.
Sin embargo, en este caso el Gobierno ha
cumplido los deberes impuestos. Y la pasada semana constituyó el legalmente
reclamado Comité
de Expertos. Eso sí, con una composición que mi amigo Joan
Coscubiela acaba de criticar en términos muy duros, al considerar que está
fuertemente mediatizada por la presencia de representantes de empresas
bancarias y aseguradoras, afirmando, incluso: “La ministra ha encargado a los expertos de la Pepsi que le planteen la
reconversión de la Coca-Cola ”.
3. Pero, ¿qué diablos es eso del “factor de sostenibilidad”? Si uno lee la Disposición adicional
quincuagésima novena de la LGSS
se sume en un mar de dudas: parece, esencialmente, que se trate de analizar la
edad de jubilación, en función de la evolución de la esperanza de vida de la
población española. Y ante ello cabría preguntarse si para ese fin hace falta
constituir una comisión de expertos.
Permítanme recordar que los famosos sesenta y
cinco años tradicionales se fijaron hace casi cien años, en unos momentos en
los que a esa edad el asalariado que llegaba estaba “hecho polvo”. Y no debe
olvidarse que el retiro no es por definición más que una invalidez presunta: es
decir, una hipótesis legal de que a partir de determinadas edades, por la
evolución cronofisiológica de las personas, ya no se puede trabajar más. Sin
duda que la evolución de la población, de las condiciones de trabajo y de vida
y la salud de los ciudadanos han evolucionado mucho desde entonces, con grandes
cambios a mejor. Ahora bien, les he de confesar que nunca he acabado de
entender ese argumento actuarial de la evolución de la esperanza de vida y su
impacto en el sistema de Seguridad Social: es obvio que un empleado de banca
puede en muchas ocasiones trabajar hasta los setenta o más años (de hecho, la
edad de jubilación de los jueces
es ésa… aunque ya prevén ampliarla hasta los sesenta y tres);
sin embargo, difícilmente un oficial de la construcción o un transportista
puede seguir trabajando a los sesenta y cinco.
Paradójicamente el empleado de banca se prejubila (o mejor dicho, lo
hacía hasta fecha reciente) poco después de los cincuenta, mientras que el
currante de la construcción ha de esperar a tener la edad legal… Pero eso no
parece que sean datos macroeconómicos valorables por los economistas.
Sin embargo, como sabe todo el mundo, detrás del
“factor de sostenibilidad” hay más
cosas. No se trata sólo de un progresivo retraso de la edad de jubilación, sino
de una auténtica readecuación del modelo. Los economistas neoliberales, como
los auténticos trileros que son, utilizan así en su jerga conceptos poco
comprensibles para los ciudadanos de a pié: reformas no paramétricas, cuentas
nocionales (han leído bien, no nacionales), etc. Lo que, si no me equivoco se
pretende (en virtud de la experiencia
europea comparada), es el establecimiento de mecanismos automáticos de
adaptación de las pensiones en función de la evolución de la esperanza de vida,
la situación económica y otros aspectos. Mecanismos automáticos que no requieran
de cambios legales, con su correspondiente tramitación parlamentaria, sino
únicamente de disposición gubernativa.
Una adaptación automática que afecte a dos
vertientes. Por un lado, a las expectativas futuras de los trabajadores activos
(esto es, la disponibilidad permanente de rango presumiblemente reglamentario de
la edad mínima, de los criterios de fijación de la base reguladora, de los años
requeridos para el acceso o del cómputo del período de cotización); por otro, un
cambio tan o más significativo, afectante a lo que podríamos calificar como el
“contrato de jubilación”, es decir, la certeza del beneficiario ya jubilado o
incapacitado que la pensión inicialmente fijada por el Estado deviene inmutable
y con unas concretas previsiones de incremento. Por tanto, una continua
mutación del sistema de pensiones en función de parámetros económicos o
actuariales que afecte tanto a las personas activas como a las beneficiarias de
las pensiones.
En definitiva que en función de datos que se pretenden
objetivos –tendencia poblacional, pirámide de población, situación económica, número
de cotizantes, etc- la ley reguladora prevea ya mecanismos de ajustes
automáticos de la futura pensión –edad mínima de retiro, período de carencia,
porcentaje final, etc-, así como la ruptura del antes denominado “contrato de
jubilación”: es decir, que el beneficiario conoce su pensión inicial, pero no
puede saber su evolución respecto a incrementos futuros, al determinarse estos
por elementos externos (no ya, el incremento del coste de la vida como ha sido
práctica habitual en España, sino por el aumento medio de salarios, elementos
actuariales de la población, evolución del PIB o de la productividad, etc) En
otras palabras: un endurecimiento de las condiciones futuras de acceso a las
prestaciones y de su cuantía y la posible afectación negativa sobre las que
actualmente perciben ya los pensionistas. En definitiva, el pase de un modelo
de Seguridad Social estático a otro en continuo cambio, en función de las
circunstancias sociales y económicas concurrentes.
4. ¿Es mala la propuesta así planteada? Como
sé que la primera conclusión que voy a exponer (y en relación a la hipótesis
“en blanco” que hoy consta en la Ley) no va a gustar a muchos lectores me van a
permitir que antes formule algunas reflexiones.
Los sistemas de previsión social son
patrimonio de la
izquierda. Gremios a parte, cabrá recordar que en sus
orígenes el sindicalismo no se diferencia de las sociedades de ayuda mutua, de
tal modo que los afiliados aportan una cuota que garantiza unos ingresos en el
caso de invalidez o de desempleo. Bismark recoge la idea y la dota de carácter
público y garantía estatal, con la previsión de contribuciones de los
empresarios a los fondos. Pero esos modelos no distan mucho de un contrato
mercantil de seguro, aunque de carácter público. Por tanto, si uno ha cumplido
con las condiciones fijadas en la póliza percibe la cantidad o pensión
correspondiente si se actualiza el riesgo.
pueda modificar la prestación
correspondiente. Por el contrario: la Seguridad Social
es un modelo en el que, como se ha dicho, las personas activas aportan un
tercio de sus teóricos ingresos al sostenimiento de las que no pueden serlo.
5. De esta forma el modelo estático vigente
comporta, al menos en momentos de crisis como los actuales, evidentes
distorsiones. En tanto que las personas activas son menos y aportan menos, hay
menos a repartir. A lo que cabe sumar que eso de la inversión de la pirámide de
población y su posible evolución no es una conjetura (aún no siendo un problema
actual).
Sin embargo, hasta la fecha esos escenarios
negativos han sido generalmente abordados por el legislador con medidas
restrictivas de futuro. Es decir, haciendo más complejo el acceso a las
prestaciones ex post y estableciendo
regulaciones legales que predeterminan unas menores prestaciones también en el
futuro. Por el contrario, los actuales pensionistas apenas han sufrido ninguna
afectación negativa (al margen de la conocida tendencia a la disminución de
ingresos por la evolución temporal)
Es cierto que llevan cuatro años con incrementos anuales por
debajo del IPC (con aumentos “0”
un año y del 1 por ciento en el resto), así como sin actualización posterior en
el presente año. Ahora bien, me permitirán una reflexión: un empleado público
que gane 1000 euros mensuales –una buena parte de los mismos- percibe hoy casi
una quinta parte menos que hace cuatro años, no ha tenido ningún incremento –al
contrario- en todo ese período y no ha percibido la última paga. Ahora comparen
esa situación con la de un jubilado con una pensión de 2000 euros mensuales
(cuya pensión no se ha reducido, ha tenido incrementos mínimos, inferiores al
aumento del IPC pero con actualizaciones salvo el año actual y percibiendo las
pagas íntegras) ¿Alguien me puede dar una explicación lógica para que aquél
empleado público –o el de una empresa privada en crisis- tenga que padecer esos
recortes, mientras que las personas que perciben pensiones que aquél paga no
los experimenten?
Por supuesto, no estoy diciendo que las
pensiones bajas tengan que ser más bajas. Pero me parece lógico que las
pensiones altas deberían tener una proporción adecuada con las reducciones de
ingresos que experimentan los cotizantes. Y ya sé que con esta afirmación me
caen cogotazos (y me someto al riesgo de censura del editor del blog, que, como
es notorio, es pensionista).
La lógica actual, en definitiva, está
comportando una muy evidente ruptura de la solidaridad intergeneracional.
Muchos jóvenes ven el actual modelo de reparto como injusto: ellos siguen
aportando una tercera parte de sus menguantes ingresos para las personas
actualmente inactivas, mientras que sus futuras pensiones van a ser mucho
menores y más duras que las actuales, con el agravio comparativo de que el hijo
cobra menos que hace unos años, lo que no le ocurre al padre pensionista.
6. En ese caldo de cultivo gana terreno la demagogia. La gana,
en primer lugar, en el terreno de la política. Todos los denominados profesionales de
la política son los más firmes defensores de la Seguridad Social
sobre el papel. Siempre están con eso de “las pensiones, ni tocarlas”, pero no
ofrecen reflexiones de modelo. Y me van a permitir aquí una afirmación cabreada:
a lo que aspiran –y no me refiero obviamente a los pocos políticos que sinceramente
defienden los intereses populares- es a gestionar en forma directa un quince
por ciento del PBI y a controlar los ingresos de una tercera parte de la población. En
definitiva, a tener la llave de la caja de las aportaciones económicas de las
personas activas.
¿Exagero? Permítanme una reflexión: conforme
al artículo 149.1,17 de la
Constitución , el Estado tiene la competencia exclusiva en
materia de “Legislación Básica y régimen
económico de la
Seguridad Social , sin perjuicio de la ejecución de sus
servicios por las Comunidades Autónomas”. De su redactado se difiere que la
gestión en la materia podría ser traspasada a éstas (en plata: INSS
autonómicos) Sin embargo –y salvo algunos redactados históricos puntuales, sin
concreción práctica- el Estado central jamás ha aceptado dicho traspaso, con la
excepción de las prestaciones residuales de tipo asistencial. Les recuerdo el
ruido –y los virulentos artículos publicados- en relación al Estatuto de
Autonomía de Cataluña y el texto aprobado por el Parlament… ¡se rompía la
unidad de caja! (como si el reconocimiento de una gestión descentralizada
afectara para algo a la unidad de caja) En definitiva, las renuencias en la
materia venían de otra causa: del temor del poder central a perder el Poder (ya
sé que está escrito con mayúscula) que significa el control de la Seguridad Social.
En esa tesitura, ¿a alguien le extraña que el trato
diferenciado entre el empleado público mileurista y el pensionista
bimileurista?
Hablar en serio de pensiones parece ser algo
imposible con nuestros políticos una vez están en el poder o esperan estarlo.
7. La falta de la didáctica de la política
comporta que también los ciudadanos tengan una percepción equivocada de qué es la Seguridad Social.
Hace unos meses, en una de las escasas ocasiones en las qué
veo la televisión –si no recuerdo mal, estaba griposo- hacía zapping. Y en esas
pillé un debate sobre solidaridad intergeneracional. En él una señora ya
jubilada con bastante repercusión mediática, con quién en su día compartí
militancia política, mantenía un acalorado debate con un jovenzuelo. Éste le
espetó que él le pagaba la
pensión. Y la susodicha afirmó algo así como que la pensión
se la había pagado ella cotizando toda su vida laboral. Y debo decir que la
referida señora había sido catedrática de Economía.
El error conceptual de la jubilada era
evidente. Ella no se había pagado la pensión –lo que si ocurriría en un sistema
de seguro privado-: lo que había hecho a lo largo de su vida laboral era
aportar una parte de sus ingresos para pagar la pensión de los ciudadanos no
activos; de la misma forma que ahora el jovenzuelo lo estaba haciendo con ella.
¿Cómo resituar el debate sobre la solidaridad
intergeneracional en un marco en que la didáctica de la política ha
desaparecido y nadie explica a los ciudadanos que la Seguridad Social
no es un seguro, sino una muestra de la fraternidad como valor democrático?
8. Mas tengo para mí que esa demagogia
política y mediática esconde algo más. Quién sale beneficiado en ese terreno
son los interesados en desmontar el modelo solidario de Seguridad Social y
privatizarlo. Es decir, las entidades financieras que pretenden gestionar ese quince
por ciento del PIB. Ya les va bien que nadie plantee una reflexión de fondo
sobre el modelo de Seguridad Social, la demagogia de los políticos y,
especialmente, la ruptura de la solidaridad intergeneracional (por tanto, que
los jóvenes vean sus cotizaciones como dinero perdido).
Plantear un debate serio, riguroso sobre la Seguridad Social
no les interesa, porque a lo que aspiran es a que su futuro pase por sus arcas.
Hace ya muchos, muchos años, que cada pocos
meses surgen análisis (generalmente, pagados por entidades financieras) de
especialistas económicos poniendo en evidencia que el modelo de Seguridad
Social no tiene futuro. Pongamos algún ejemplo: Hace casi 18 años en La Vanguardia del día 7 de
octubre de 1995 se publicaba un artículo (en dos páginas: http://hemeroteca.lavanguardia.com/preview/1995/10/07/pagina-4/33811742/pdf.html
y http://hemeroteca.lavanguardia.com/preview/1995/10/07/pagina-5/33811743/pdf.html)
que constataba cómo una serie de estudios “científicos” ponían en evidencia que
el modelo de Seguridad Social español no soportaría el cambio de siglo: es
decir, que hace más de un decenio que el sistema debería haber quebrado. Uno de
dichos estudios había sido elaborado por el señor José
Manuel González-Paramo. Dicha persona ha sido, amén de catedrático de
economía, el último español que fue consejero del Banco Central Europeo y, en
su momento, sonó como Ministro de Economía del actual Gobierno y como sustituto
de MAFO en el Banco de España. Entre sus predicciones científicas más recientes
cabrá reseñar que en noviembre de 2011 afirmaba sin ambages que “parte
del sistema financiero español sigue en la 'Champions”, o que “ninguna
entidad española necesita aumentar adicionalmente su capital cuando se toman en
cuenta elementos para la absorción de pérdidas como las provisiones genéricas o
los bonos obligatoriamente convertibles”. Y, por supuesto, hallarán en la Red una multitud de artículos
de dicho cátedro clamando contra las rigideces
del mercado laboral español.
Una buena prueba del porqué de lo que está
pasando.
Pues bien, no sé si es una sensación mía,
pero últimamente estos sesudos estudios sobre el fin inevitable del modelo de
Seguridad Social no aparecen con tanta frecuencia como antes. No creo que se
deba a la constatación de que el modelo alternativo privatizado, el de fondos y
planes y pensiones, ha aguantado mucho peor que el público la crisis (y si no,
que se lo pregunten a los argentinos y chilenos o a los miles y miles de
pensionistas de otros países sumidos en la miseria por la bancarrota de esos
fondos… aunque es ésa una realidad que, insólitamente, no aparece con
frecuencia en los medios de comunicación) Probablemente, la razón de esa
ausencia de aportaciones científicas obedezca a otra cosa: al hecho que, esta
vez sí, el modelo de Seguridad Social está en crisis.
Pero no lo está tanto por la inversión de la
pirámide de población u otros datos actuariales. Lo está porque la economía
está en crisis, porque uno de cada cuatro ciudadanos activos no tiene empleo,
porque las empresas no pueden acceder a crédito debido al estado de nuestro
sistema financiero (lo que resulta un tanto sorprendente, si se tiene en cuenta
que apenas hace un año y medio una parte del mismo jugaba la Champions ) Porque, en
definitiva, hay hoy muchas menos personas activas y, las que lo están, tienen
menores ingresos para aportar a la caja común de las pensiones, mientras que se
incrementa el gasto.
9. En ese marco me van a permitir –no me
tiren piedras- que afirme que hablar en serio de un factor de sostenibilidad
que no cargue la situación y los efectos futuros de la Seguridad Social
únicamente sobre los trabajadores activos no parece una solución descabellada.
Otra cosa, muy diferente, es que aprovechando lo del Pisuerga y vista la
composición de la comisión de expertos las posibles soluciones que salgan de la
misma no sean otra cosa que una apuesta más o menos larvada por el
desmantelamiento de la
Seguridad Social pública. Es más, no deja de ser
paradigmático –en relación a la demagogia política sobre las pensiones que
antes denunciaba- que un aspecto tan crucial como éste se sustraiga del debate
ciudadano y social y se encomiende, de entrada, la función a una comisión de
expertos.
Pero en todo caso, no parece descabellado
pedir esfuerzos a los pensionistas con rentas altas, de la misma forma que los
están sufriendo los trabajadores activos. Porque en los antiguos clanes que vivían
de la agricultura cuando había una larga etapa de sequía, los tres tercios se
reducían en proporción y no sólo se daban menos alimentos a los miembros que
trabajaban los campos.
10. Dicho lo cual –y dolorido aún por la
lapidación de la que estoy siendo objeto- creo que no basta con hablar de
factores de sostenibilidad, al menos, desde la izquierda. Hace
falta algo más, empezar a hablar en serio y en forma reflexiva sobre el modelo
de Estado del Bienestar y de Seguridad Social que, desde la fraternidad
republicana, se plantea a los ciudadanos. Porque lo que ya no vale es ir
poniendo remiendos y parches, sin alternativa plausible… porque esos remiendos
y parches no hacen otra cosa que cargar de argumentos a los promotores de la
privatización y porque afectan a la solidaridad intergeneracional.
Y permítanme algunas consideraciones al
respecto.
En primer lugar, creo que no sería
descabellado proponer elevar a rango constitucional un porcentaje mínimo de
gasto social en materia de prestaciones, que no pudiera ser rebasado a menos
por el Gobierno de turno. ¿No se hizo acaso lo contrario en materia de déficit
de las Administraciones públicas en la modificación del artículo 135 CE en
aquel oprobioso agosto de 2011? Pues bien, si el cacique del clan no puede endeudarse
para pagar los gastos comunitarios parecería lógico que también se le exigiera
que siguiera manteniendo el tercio dedicado al mantenimiento de los miembros no
activos del clan. Es decir, que la Constitución garantizara que, aunque las
cosas vayan mal, hay un porcentaje del PIB que no puede rebajarse a la baja. Si alguien hace una
propuesta de Iniciativa Legislativa Popular, prometo firmarla (aunque visto el resultado
final de dicho mecanismo mejor no perder el tiempo en ello)
Porque el dichoso factor de corrección no
sólo debe operar para quitar ingresos, sino también para asegurarlos. Por
tanto, poner en evidencia que aunque ahora que las cosas van mal se recortan
ingresos de pensionistas actuales y futuros, cuando vayan bien –si van algún
día- se ampliarán. Porque, en
definitiva, a los ciudadanos y ciudadanas se les están pidiendo esfuerzos sin
contrapartidas futuras. Es más: se diseña un futuro en el que habrá más
desigualdad. Y es obvio que nadie se esfuerza si es a cambio de nada. Así
resulta imposible salir de una crisis.
En segundo lugar, quizás no estaría de más
repensar los mecanismos de financiación de la Seguridad Social.
Porque resulta que un trabajador o un autónomo con pocos
ingresos aporta proporcionalmente mucho más que otro con grandes ingresos.
Replantear los límites de cotización máxima, los porcentajes aplicables a la
base de cotización en función de los ingresos y readecuar, en base a los
beneficios obtenidos las aportaciones de los autónomos, podría significar la
aportación de mayores ingresos a las depauperadas arcas de nuestra Seguridad
Social. Y ello por no hablar de una reforma del sistema fiscal… el gran tabú de
nuestra sociedad: ¿o es que las rentas del capital son por definición ajenas a
lo que se debe aportar para el sustento del tercio de sociedad improductivo?
(si así consta en algún mantra neoliberal pido mis más sentidas excusas).
Y tercero, ¿porqué no empezar a plantearnos
superar el actual modelo de Seguridad Social y de previsión accesoria? (dejando
aparte la sanidad, que come aparte)
Repasemos el actual paradigma.
Así, existe una gran parte de los elementos
de previsión social vinculados con el Estado del Bienestar de nivel
contributivo, la
Seguridad Social no asistencial, directamente relacionada con
las aportaciones de los ciudadanos productivos para aquellos otros que también
lo han sido. Nivel en el que no se exige ningún estado de necesidad –basta con
haber aportado- pero con situaciones aberrantes en determinadas prestaciones
(así, en caso de matrimonio cualquier cónyuge supérstite tiene derecho a la
pensión de viudedad, aunque sea millonario, mientras que a las parejas de hecho
se les exige que el miembro sobreviviente dependiera económico del fallecido).
Junto a ello existe un mínimo e irrisorio
nivel de Seguridad Social no contributivo que debería salir de las aportaciones
fiscales, pero que en parte sigue siendo sufragado aún hoy vía cotizaciones A lo que cabe añadir muchas otras prestaciones
desperdigadas: Renta activa de inserción –a cargo del gobierno central-, rentas
mínimas en múltiples Comunidades Autónomas, prestaciones inconexas y sin
coherencia interna para personas discapacitadas, toda la –menguante- cobertura
de las situaciones de dependencia (en competencias repartidas entre el Estado
central y las Comunidades Autónomas), los precarios sistemas de asistencia
social –en manos de las Comunidades Autónomas-, dispersas y menguantes ayudas
familiares, etc . Y añadan a ello la existencia de una variedad de prestaciones
diversas en alguna Comunidad Autónoma, como aportaciones complementarias para
determinadas prestaciones de la Seguridad Social , ayudas a específicos colectivos,
etc. (y no puedo dejar de señalar que, paradójicamente estas ayudas económicas
son mayores en las denominadas Comunidades Autónomas “pobres” que en las
“ricas”… esto es: los ciudadanos de menores ingresos en aquéllas tienen mayores
ayudas que los de éstas…) Y seguro que me dejo otras coberturas públicas.
¿Por qué no sistematizar todas estas
prestaciones deshilvanadas, sin articulación interna y, a veces,
contradictoria? Se trataría, en definitiva, de establecer claramente que en
cualquier estado de necesidad real existen unos ingresos mínimos, vinculados en
armónicamente, de tal manera que nadie quedara sin esas rentas de subsistencia,
junto, por supuesto, con una mayor nivel de cobertura para las personas que han
sido económicamente activas –que han aportado a la caja- a lo largo de su vida
laboral, sea ésta más o menos extensa.
Y no estoy abrogando –en el discurso en boga
en algunos sectores, no sólo conservadores- por la recentralización de esta
materia. Por el contrario, no existiría ningún impedimento para que ese
tratamiento unitario de todas las prestaciones articuladas se descentralizara
siempre y cuando existiera una normativa común.
Con ello todos los ciudadanos sabrían que,
fuera lo que fuera lo que les deparara la vida, tendrían una mínima cobertura
del resto de la
sociedad. Algo similar, pero no idéntico, a la propuesta de
renta ciudadanía (al menos, en los términos que se propone por el sector más
radical).
11. Por tanto, cabrá adecuar el sistema de
Seguridad Social a la situación de crisis, y no sólo traspasar las
consecuencias de ésta a las personas activas. Ahora bien, también habrá que
garantizar el mantenimiento del modelo, asegurando una aportación social digna
a los ciudadanos en relación a la situación económica. Habrá, por tanto, que
replantear la fraternidad como valor societario.
Y ello comporta, desde mi punto de vista, un
debate sosegado entre las fuerzas políticas y sociales democráticas (es decir,
aquéllas que no creen sólo en la libertad, sino también en la igualdad y la
fraternidad) y entre la
ciudadanía. Sin miedos y sin apriorismos.
Esa es, desde mi punto de vista, una
necesidad urgente si no queremos romper la ya frágil solidaridad
intergeneracional y a efectos de resituar la solidaridad social en el centro
del imaginario colectivo, huyendo del individualismo y del sálvese quién pueda
(y cómo pueda). Porque lo otro, la demagogia en el discurso
de la politiquería, eso de “hay que recortar, pero lo mío que no me lo toque”,
los corporativismos, nos llevan a un callejón sin salida, al fondo del cual nos
están esperando unos que sueñan con un mundo de tiburones, no de seres humanos
fraternales.
miércoles, 17 de abril de 2013
CUANDO LA INJUSTICIA SE DISFRAZA DE JUSTICIA Y EL PRIMERO DE MAYO
El mismo día que el Gobierno de Grecia y la troika han llegado a un acuerdo que permitirá al país recibir los nuevos tramos del rescate, el jefe negociador de la troika por parte del FMI, Poul Thomsen, ha reconocido que hasta ahora el ajuste de Grecia se ha basado "demasiado" en recortes salariales y de pensiones, así como en aumento de impuestos, algo que --afirmó-- ha sido "injusto" porque, además, no ha ido acompañado por un descenso equivalente de los precios.
Tres cuartos de lo mismo hubiera podido decir el caballero
desde, al menos, el inicio de la crisis en 2008. Que tras el primer impacto
--«hay que refundar el capitalismo», declaró Sarkozy-- los poderes
fácticos de la economía, la política y los piquetes mediáticos volvieron a
poner en marcha las mismas medidas que habían conducido a la crisis. Y así
sucesivamente. Hasta tal punto que el reciente informe del FMI vuelve a rebajar
las previsiones, prueba evidente de que las medidas que se imponen no sólo no resuelven
nada sino que, además, empeoran la situación. De momento podemos sacar dos
conclusiones: una, los dictados de estas políticas económicas no se basan en la
verificación científica del «error y acierto» sino en la concepción ideológica
que propone el neoliberalismo; dos, que la crisis se está utilizando sólo y
solamente para eliminar los poderes y controles de las sociedades democráticas
y, más concretamente, para relegitimar la violencia del poder privado.
Cuando, desde el FMI, se habla de una situación «injusta»
y no se propone su corrección, sino más de lo mismo lo que en realidad se está
haciendo es el reconocimiento de que la injusticia es el motor de propulsión.
Es la aplicación técnica de los planteamientos de Robert Nozick quien, con el mayor desparpajo, se
pregunta que de dónde sale la idea de que, por ejemplo, la atención médica o la
educación son bienes universales y no la peluquería o la carpintería que
también son necesarios. O cuando afirma que el «Estado mínimo» es más neutro
que el Estado social, siendo además [el Estado mínimo] menos corrupto. Un
Estado mínimo sólo dirigido a fines policiales, pero sin funciones de
redistribución de la riqueza, según Nozick. No es que a este caballero se le
fuera la olla, fue una elaboración concienzuda para intentar poner a raya las
´veleidades´ de John Rawls y su monumental Teoría de la justicia, todo un
caballo de Troya en el mismísimo corazón del mundo, los Estados Unidos.
Así las cosas, lo más inquietante de todo ello es que de
la preeminencia de la justicia (con independencia de cómo la pensara cada cual)
se ha pasado a la justificación de la injusticia como justicia, quiero decir a
la injusticia disfrazada de justicia. Que para Nozick y sus apóstoles no es un
oxímoron. Es, ante todo y sobre todo un constructo de nuevo estilo para la
nueva servidumbre voluntaria. En el fondo algo de ello se desprende de lo que
ayer escribía en este mismo blog el Magistrado Falguera: cabrá preguntar a la Comisión Europea de dónde ha sacado eso
que “la reforma [laboral] no acabe de cuajar, reside en la aplicación por
parte de los jueces de la legislación”.
Si no ando errado en demasía sería de esperar que la
izquierda nos dijera de qué manera se esfuerza por quitarle al personal ese
«velo de ignorancia». Por supuesto, allí donde esté el mencionado velo.
Piénsese en ello en el contexto del Primero de Mayo.
lunes, 15 de abril de 2013
ASÍ SE CONFECCIONAN LOS DOGMAS NEOLIBERALES
Miquel A. Falguera i Baró. Magistrado del
Tribunal Superior de Justicia de Cataluña.
En agosto pasado escribía un servidor en este
blog en una entrada titulada “Diez
acotaciones a unas manifestaciones de la Ministra de empleo y seguridad social”
vaticinando que las críticas a la interpretación de la nueva regulación de los
despidos colectivos por los tribunales de lo social tras la reforma laboral del
actual Gobierno, iban a proliferar desde perspectivas neoliberales y/o
vinculadas con intereses empresariales. Si han seguido ustedes las notas de
prensa que se han ido publicando desde entonces sobre el tema verán como no
erré demasiado en mi predicción. Si no, aquí tienen algunos ejemplos: http://www.cincodias.com/articulo/economia/trampas-osos-nueva-reforma-laboral/20121024cdscdseco_12/,
http://economia.elpais.com/economia/2012/08/12/actualidad/1344802589_536038.html,
http://www.cincodias.com/articulo/economia/despidos-baratos-inseguros/20120614cdscdieco_3/
(y muchos otros los pueden ustedes encontrar en Google).
Pero redacto estas líneas de urgencia después
de dar una ojeada a esta noticia de El País del domingo: http://economia.elpais.com/economia/2013/04/13/actualidad/1365877267_075109.html.
En esa información aparece el siguiente comentario: “Fuentes de Economía admiten que la gran preocupación de la Comisión , más allá de que
la reforma no acabe de cuajar, reside “en la aplicación por parte de los jueces
de la legislación”. Uno de los últimos ejemplos es el expediente de regulación
de empleo en Telemadrid, 861 despidos que, según el Tribunal Superior de
Justicia de Madrid, “no se ajustan a derecho”, con lo que el ente público
tendrá que readmitir a los trabajadores o pagarles 25 millones más. “Puede que
eso exija retoques si la jurisprudencia sigue por esa vía”, según las citadas
fuentes”. Es decir, que la Comisión Europea está muy preocupada por la
hermenéutica judicial del nuevo modelo de despidos colectivos. Y, al parecer,
la gota que ha colmado su vaso es la Sentencia del Tribunal Superior de Justicia de
Madrid de 9 de abril pasado.
Dicho pronunciamiento judicial tiene nada
menos que sesenta páginas. Y puede verse un resumen en términos jurídicos en el
blog de Eduardo Rojo: http://www.eduardorojotorrecilla.es/2013/04/comentario-de-la-compleja-sentencia-del.html
y http://www.eduardorojotorrecilla.es/2013/04/comentario-de-la-compleja-sentencia-del_11.html
Se trata de una sentencia compleja., y muy bien fundamentada (y advierto que
hay algunas reflexiones que no comparto) pero en la que cabrá indicar que el
elemento más significativo para que el despido se declare “no ajustado a
derecho” –que no, nulo- es la evidente desproporción de que una reducción del
diez por ciento de los ingresos comporte la extinción contractual del ochenta
por ciento de los contratos de trabajo.
Sin duda que –como en todo en Derecho: de eso
vivimos los juristas- los razonamientos de esa resolución puede ser discutidos.
Pero difícilmente, por su extensión y rigor, podrá considerarse que es
arbitraria o ideologizada (todo lo contrario) A lo que cabe sumar que, en todo
caso, la empresa pública referida siempre tiene derecho al recurso de casación
ante el Tribunal Supremo. Y ya se sabe que, como es notorio, en dicho órgano
judicial no operan criterios ideológicos, y menos en el futuro, tras la entrada
en vigor de la reforma de la
Ley Orgánica del Poder Judicial que ha elaborado el señor
Gallardón y que va a suponer un significativo refuerzo de la actual –escasa-
independencia judicial (“modo irónico off”).
Mi reflexión, con todo, es otra: ¿qué
información tiene la
Comisión Europea de dicho pronunciamiento?. Entre la referida
sentencia y la nota de prensa a la que me refiero han pasado apenas cinco días.
¿En ese período se ha traducido la sentencia y se ha elaborado un informe
jurídico serio?... O más bien, ¿no será que la referencia a dicha sentencia se
basa en la simple información mediática, sin mayores contenidos que el simple
ruido ideologizado?. Porque si algún jurista mínimamente formado en el ámbito
de la Comisión
europea ha leído a la
Sentencia deberá recordar que el artículo 30 de la Carta de los Derechos
Fundamentales de la
Unión Europea –que es tratado constitutivo europeo- recoge la
tutela de los trabajadores ante los despidos injustificados. Y cabrá recordar
que la concurrencia de justificación de un despido no es lo mismo que la de
causa. ¿Alguien en su sano juicio puede colegir que es justificado despedir al
ochenta por ciento de la plantilla por una pérdida del diez por ciento de los
ingresos?.
Con todo, y más allá de Telemadrid, cabrá
preguntar a la Comisión
de dónde ha sacado eso que “la reforma no
acabe de cuajar, reside en la aplicación por parte de los jueces de la
legislación”.
Miren ustedes, un servidor intenta seguir
todos los pronunciamientos de los diferentes Tribunales Superiores de Justicia
y la Audiencia
Nacional sobre despidos colectivos tras la reforma laboral
del 2012. Hasta el momento tengo identificadas 46 sentencias que han entrado en
la valoración de esas extinciones (aunque hay más, pero el resto no entra en la
calificación del despido): en 28 de ellas se ha declarado la nulidad, en 5, las
extinciones se han calificado como “no ajustadas a derecho” y en 13 como
“ajustadas a derecho”.
Bien, en base a dichos datos se puede colegir
que los tribunales españoles no han dado la razón a la empresa en más de tres
cuartas partes de los pleitos planteados. Eso son los datos mediáticos. Esos
son los datos de los lumbreras de Bruselas. Esos son datos de los grandes
despachos que defienden intereses empresariales y con gran fuerza mediática.
Pero esas insignes mentes olvidan un dato muy
importante: ¿cuántos despidos colectivos se han acordado en este año desde la
reforma laboral? No puede responder a ello por una simple razón de fuente.
Antes, cuando existían los expedientes de regulación de empleo autorizados por la Administración
laboral, los datos publicados por el Ministerio incluían su número. Desde la
reforma laboral los datos que se publican son únicamente de trabajadores
afectados, sin mayores especificaciones (¿casualidad o mala praxis
estadística?). Es decir, puedo conocer cuántas personas asalariadas han sido
despedidas por la vía del artículo 51 de la Ley Estatuto de los
Trabajadores, pero desconozco cuántos procesos de despido colectivo han
existido.
En todo caso, voy a tirar por lo bajo –y me
quedo muy corto-: supongamos que en este año han existido mil procesos de
despidos colectivos. Pues bien, cabrá indicar que sólo 46 de ellos se han
judicializado. El resto –la muy, muy inmensa mayoría- no han llegado a los
tribunales (al menos, por la vía del art. 124 de la Ley Reguladora de la Jurisdicción Social ).
Bien sea porque los sindicatos son conscientes de la existencia de dificultades
por las empresas, bien sea por falta de fuerza de dichas organizaciones en el
ámbito concreto de las extinciones.
Es decir, lo que los tribunales superiores de
justicia hemos conocidos son supuestos del todo accesorios. Y cabe,
lógicamente, entender que lo que nos han llegado son casos que podríamos
calificar en su mayoría como “patológicos”, es decir, aquellos supuestos en los
que la empresa ha despedidos mayoritariamente a afiliados a determinados
sindicatos, en los que no se han seguido los trámites legales, en los que no se
ha proporcionado la información suficiente, en los que la medida extintiva era
desproporcionada, etc (al contenido de las referidas sentencias me remito). Y
en esos supuestos “patológicos” (la ínfima minoría del total de despidos) se ha
declarado la nulidad o que la extinción no era ajustada a derecho en tres de
cada cuatro supuestos. Pero si ello se pone en relación con el total de
despidos, el porcentaje de los calificados como nulos o no ajustados a derecho
es muy, muy pequeño.
Porque como escribía un servidor en agosto
pasado (y ruego disculpen la autocita) “no
por el hecho de ser “emprendedor” se tiene siempre razón”. Es decir, no
todos los despidos colectivos se ajustan a legalidad. Algunos, una minoría muy
pequeña, no. Pero ni esto son capaces de aceptar esos chicos neoliberales. Por
tanto, eso de que “de que la reforma no
acabe de cuajar, reside “en la aplicación por parte de los jueces de la
legislación” es falso. Pero no importa: sobre el ruido mediático,
propiciado por los grandes despachos (tal vez, y digo tal vez, en algún caso hipotéticamente
para vender al cliente que el procedimiento jurídico seguido bajo su consejo
fue erróneo) se conforma el apriorismo. Y de él se extraen conclusiones.
Tanto da que decenas de miles de trabajadores
hayan sido despedidos por la situación de crisis actual en el marco de una
regulación legal altamente permisiva con las decisiones unilaterales de los
empleadores y bajo un concepto propietarista de empresa alejado de la función
social, constitucionalmente consagrada. El hecho que se destaca es que en este
último año 33 (¡33!) sentencias de TSJ han declarado –entre miles de despidos
colectivos- las extinciones acordadas como nulas o no ajustadas a derecho.
Y es por eso por lo que, al parecer, hemos de
cambiar, de nuevo, nuestra legislación. Apenas tres decenas de sentencias
desfavorables respecto a miles de despidos parecen ser excesivas.
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