jueves, 14 de junio de 2012

AQUELLA COINCIDENCIA ENTRE SOCIALISTAS Y COMUNISTAS



Homenaje a Eleuterio Quintanilla



Juan Manuel Tapia participa en las conversaciones que estamos publicando con motivo del libro LA CIUDAD DEL TRABAJO (BRUNO TRENTIN).  Hemos copiado y pegado su comentario y lo trasladamos a “portada”. 


Juan manuel tapia dijo...

Queridos amigos, desde hace muchos...muchos días, me muerdo la lengua para no hacer comentarios, guardaba una lectura "serena" de la obra de Trentin para el verano, como quién guarda el mejor vino para el momento adecuado.

Solo voy a haceros una indicación. La justicia social, la acción redistributiva como objeto de la acción del sindicalismo confederal -a propósito, el único que puede realizarla por definición- es ciertamente importante.Especialmente en un mundo social y económico complejo que ha alejado del derecho y la protección del trabajo a amplios sectores sociales.

Tampoco seré yo quién afirme la existencia de ninguna yuxtaposición con el principio de libertad efectiva, de democrácia en la empresa o incluso con el cuestionamiento del actual sistema de propiedad de los medios de producción social.

La pregunta que os hago, creo que es clave: es la justicia social o son las políticas redistributivas, el "meollo", la "palanca" de un proceso de transformación social real, en lo que nuestro maestro Karl Korsch denomina un auténtico proceso de "socialización"? Creo que no.

La humanización del trabajo, la liberación del trabajo asalariado y dependiente, tiene su epicentro en el otro espacio del binomio: la libertad, que es el poder, en la empresa, la humanización de la organización del trabajo y su democraticidad. Un terreno de batalla en que fuimos derrotados, tanto material como ideológicamente, tras las oleadas de huelgas y movimientos revolucionarios de los años 20.

El estalinismo y la socialdemocracia -que nunca estuvo por la labor-, enmascaraban con las loas al fordismo y a las potencialidades -no pocas- de la redistribución, la propia derrota de sus originales ideas socialistas, y las en


JLLB


Hola Juanma, me ha parecido oportuno trasladar tu comentario a la portada del blog. Esta es también una manera de agradecerte tu interés, que viene de antiguo, por la obra de Bruno Trentin. Dicho lo cual, con mucho gusto, te doy mi parecer sobre lo que escribes.

Primero. El sindicalismo tiene un gran papel en las políticas redistributivas, ciertamente. Pero, a mi entender, no “es el único que puede hacerlo, por definición” como tú afirmas. Hasta donde tú y yo sabemos la acción legislativa ha jugado, y debe jugar, un papel decisivo en esa dirección. Si sólo (y solamente) el sindicalismo hubiera sido el único sujeto que ha ejercido dicho rol, me atrevo a pensar que no se habría construido tan inmensa arquitectura de protección social, que hoy está amenazada gravísimamente. Posiblemente te haya faltado añadir que es el único sujeto que en la actualidad juega ese papel. Por otra parte, instalarse en que es el único sujeto nos llevaría a no exigir a los partidos políticos  de sus responsabilidades en la acción parlamentaria.

Segundo. Trentin no contrapone las políticas redistributivas a la intervención en los grandes temas de la organización del trabajo. Lo que dice –y repite machaconamente, a veces de manera pejiguera--  es que las izquierdas políticas y sociales se han quedado sólo en las políticas redistributivas y han dejado, de manera subalterna, que la producción fuera monopolizada por el dador de trabajo. Entendido todo ello como dogma por los siglos de los siglos. De paso –añado de mi propia cosecha--  que no es posible mantener las políticas redistributivas tal como se hacía en tiempos del fordismo, especialmente en aquello que se refiere al papel redistribuidor de la negociación colectiva. Que sigue instalada en el anterior paradigma a pesar de las grandes transformaciones en curso.

Tercero. Cuando hablamos de “justicia social” parece que nos referimos sólo a las políticas distributivas dejando de lado las consecuencias de una decidida intervención en la organización del trabajo. ¿Qué mayor justicia social que ir arrancando cachos de autonomía y autorrealización en el trabajo? En resumidas cuentas, no podemos demediar la justicia social y referirse a ella en base a las conquistas redistributivas.

Cuarto. Dices que “El estalinismo y la socialdemocracia -que nunca estuvo por la labor-, enmascaraban con las loas al fordismo…”. No veo por qué afirmas que la socialdemocracia nunca estuvo por la labor.

Como bien afirmas, el estalinismo también “enmascaraba con sus loas al fordismo”. Con una diferencia: los dirigentes soviéticos –Lenin lo hizo en repetidas ocasiones— pusieron en marcha lo que podríamos denominar “un taylorismo (y un fordismo) de Estado”, no sólo la producción sino la organización del Estado y la sociedad. Así pues, podríamos decir que, en ese aspecto, hubo una indistinción entre revolucionarios y reformistas. Por supuesto, fue comprensible –como dice nuestro Paco Rodríguez de Lecea— que el fordismo tuvo que parecer un avance inmenso a socialistas y comunistas. Antes se trabajaba en el hacinamiento, en la precariedad, en la insalubridad, en la extenuación, en el abuso continuo y el capricho del patrón, en el látigo como estímulo al incremento de productividad”.

El problema, querido Juanma, es que ese sistema –tal vez necesario en los inicios de la URRS--  quedó para siempre, incluido el “abuso continuo” y el capricho del patrón-Estado, con sus más variopintos látigos. Algo que matizaría Gramsci: “mientras no tengamos otro sistema, podemos utilizar el americanismo (fordismo)”. Como diciendo: vamos a ver si nos espabilamos.
Ese “a ver si nos espabilamos” parece tener ahora tanta actualidad (o más) que en tiempos de nuestro amigo Gramsci.

Quinto. Esta es una pregunta que te hago: ¿qué decían sobre estos asuntos nuestros abuelos confederales Joan Peiró y Ángel Pestaña, Manuel Buenacasa y Eleuterio Quintanilla? Por lo demás, también me interesaría conocer qué opinaban nuestros viejos amigos los woblies?

Desde Parapanda, JL


Radio Parapanda CAPÍTULO 10 (2) “La ciudad del trabajo. Izquierda y crisis del fordismo”.







miércoles, 13 de junio de 2012

TAYLOR EN LA UNIÓN SOVIÉTICA




Toca ahora la conversación sobre el CAPÍTULO 10 (2) "La hegemonía cultural del “scientific management” del libro La ciudad del trabajo, izquierda y crisis del fordismo, de Bruno Trentin.



JLLB


Querido Paco, la lectura de esta segunda parte del capítulo décimo consolida lo que hemos venido comentando desde el principio de nuestra conversación: la subalternidad de las izquierdas, sociales y políticas, en lo atinente al meollo de la cultura del trabajo –del modo de producir, sobre todo— a los planteamientos que le vienen desde fuera.  Y más concretamente de quienes eran adversarios declarados de las izquierdas. 

Parece lógico que, en unos primeros momentos, los dirigentes soviéticos (Lenin y Trostky en primer lugar) no tuvieran más remedio que echar mano del sistema taylorista porque, primero, no tenían otras referencias y, segundo, necesitaban poner a marchas forzadas un proceso de rápida industrialización. El problema es que nunca se propusieron un sistema, propio, alternativo: una forma de trabajar socialista. Ello condujo a un contagio inmediato a todo el movimiento comunista como lo prueba la referencia al informe de Palmiro Togliatti que cita nuestro autor en la nota a pié de página número 77.

Por cierto, me parece escalofriante lo que señala Togliatti: una de las consecuencias positivas de la “racionalización” es su contribución a “instaurar la unidad de la gran mayoría de la clase obrera y limitar la base de masas del reformismo”. Es decir, sobre la base del sufrimiento y de la alienación ¡se construye la unidad de la clase obrera y, así, se va laminando la influencia de masas del reformismo. Los acontecimientos posteriores desmintieron tamaño disparate. ¿Te imaginas, viejo amigo, que nosotros en nuestros tiempos hubiéramos dicho algo semejante?

Durante un tiempo me tronchaba de risa con la afirmación de Diego Rivera. No caí en la cuenta que, efectivamente, Henry Ford había sido aceptado en la Unión Soviética como uno de los creadores del sistema que aplicaron los bolcheviques a rajatabla.

Por último, Trentin nos dice que en realidad no se trata tanto de contagio o de subalternidad: está en unos orígenes no demasiado lejanos en las culturas del movimiento socialista tanto de Lassalle como de Marx. No me extrañaría, desde luego. Pero me gustaría saber en qué lugar o lugares nuestro amigo el Barbudo de Tréveris ofrece esas pistas. Me imagino que no en los Grundisse, ¿acaso en la Crítica al Programa de Gotha? ¿Tienes alguna idea al respecto? Mis saludos, JL  


Habla Paco Rodríguez de Lecea


Querido José Luis, no tengo noticia de ningún texto concreto de Marx que afirme de manera explícita lo que señala Trentin..., pero si lo hay, habrá de ser colocado en su contexto. Marx suspiraba seguramente por una organización objetiva y científica del trabajo, pero murió mucho antes de que don Henry pusiera en marcha su invento, de modo que seguramente cualquier discusión en relación con el tema es ociosa.

Cavilo que por fuerza el fordismo tuvo que parecer un avance inmenso a socialistas y comunistas. Antes se trabajaba en el hacinamiento, en la precariedad, en la insalubridad, en la extenuación, en el abuso continuo y el capricho del patrón, en el látigo como estímulo al incremento de productividad. Un proceso de racionalización, de coordinación, de estimación objetiva de las tareas y de la forma más adecuada de realizarlas, tenía que ser bienvenido también desde una óptica progresista. Los anarquistas se opusieron a los ‘tiempos modernos’ pero no porque ellos fueran más clarividentes, sino porque su filosofía era, es, la de un individualismo extremo. El error teórico fundamental, muy posterior, consistió en confundir fordismo y taylorismo con socialismo.

Pero eso lo sabemos ahora. Tampoco era igual el fordismo de los años treinta del siglo pasado que el de los setenta. Después del paso de Keynes y en la estela de la onda larga de prosperidad, la clase obrera accedió al pisito en propiedad, al seiscientos, al veraneo en la playa y a la libreta de ahorros... Y también al sindicalismo democrático. No nos imaginábamos en aquellos tiempos una regresión tan brutal como la que estamos padeciendo. Creíamos tener fuerza suficiente para frenar la codicia brutal de los capitalistas y frenar en seco el proceso de ‘desregulación’ y de ‘democracia rebajada’ que nos anunciaron a bombo y platillo Reagan, Thatcher y la Comisión Trilateral como la fórmula idónea para mantener el aumento constante de las tasas de beneficios. No hemos ganado esa batalla. A la fragmentación de las tareas que componen el proceso de producción le ha sucedido el big bang generalizado de todo el tejido productivo. Empezando por la deslocalización de los centros de trabajo y la globalización del proceso en su conjunto, y acabando con la fragmentación irreversible y el enfrentamiento entre sí de las distintas capas de lo que antes era el bloque más o menos homogéneo de lo que llamábamos clase obrera.

Esa es más o menos la situación, y sólo hay una manera de abordarla. Como dice Trentin, y como habría dicho el gran sabio que fue Paco Puerto: a la ofensiva.



ESA ENQUISTADA CRISIS DE CONFIANZA



Homenaje a Carles Navales en el primer aniversario de su fallecimiento.  



La prima de riesgo y los indicadores bolsísticos siguen en estado peristáltico. Ya veremos qué ocurre cuando se hagan públicas las condiciones concretas de esa inyección multimillonaria a los bancos españoles. Es como si hubiera una enquistada crisis de confianza en la capacidad de gestión de las autoridades españolas tanto políticas como del gremio bancario. Es como si ese magma de los mercados no tuviera confianza en el uso de esos cien mil millones de euros.

… Y es que simultáneamente perciben la crisis de mal gobierno, incluida su inepcia superlativa, la crisis institucional --¿qué institución española está fuera de sospecha?— y que la banca española, salvo algunas excepciones, un bolsa de oro del que cagó el moro o una talega de plata de la que cagó la gata. Los cien mil millones del ala no pueden parar, por lo menos hasta ahora, la corrupción generalizada y la mendacidad institucional. La pregunta retórica sería ésta: ¿a santo de qué va a suscitar confianza este inmenso Patio de Monipodio?      

De hecho, las derechas económicas y políticas confían en articular algo así como una “revolución pasiva” (en la acepción gramsciana del término), basada en la resignación de la gente, en eso tan manido como “es lo que hay, y menos da una piedra”. Esto es, en un controlado descrédito político soportado de manera paciente, en Jehová derrotando al santo Job. Pero no son estas las señales que emite un amplísimo segmento de la sociedad española. O sea, justamente lo contrario de la servidumbre voluntaria tanto en la versión de La Boétie como en la Jean-Léon Beauvois en su Tratado de la servidumbre liberal. Es decir, en la racionalización y la interiorización de la sumisión. Pero, repito: por ahí (al menos hasta ahora) no van las cosas. Porque las cosas han llegado demasiado lejos…   Que no se me olvide: ¡solidaridad con los mineros!


Radio Parapanda.   POLÉMICA DOCTRINAL Y POLÍTICA EN ITALIA SOBRE LA REFORMA LABORAL...

martes, 12 de junio de 2012

LA LIBERTAD ES LO PRIMERO




Nuestra conversación sobre  CAPÍTULO 10 (1), 10. 1 La hegemonía cultural del “scientific management”,  del libro “La ciudad del trabajo, izquierda y crisis del fordismo” de Bruno Trentin.   


Habla Paco Rodríguez de Lecea

El arranque de este capítulo décimo, querido José Luis, me provoca la tentación de meterme a deambular sin ser llamado por jardines de cierta consideración. Te ruego que, si te parece que me estoy enfangando demasiado, acudas con diligencia al rescate.

El punto de partida de mis elucubraciones es la potente metáfora de Trentin al referirse irónicamente a la versión del socialismo para uso común y cotidiano como la ‘vulgata’. ¿No tiene, ciertamente, un tonillo de catecismo, de doctrina rancia, desmenuzada y desleída para su mejor digestión, en busca sólo de provocar emociones y reacciones simples? Pero tranquilo, no te estoy proponiendo una investigación acerca de la contaminación del discurso histórico de las izquierdas por el hecho religioso. Voy por otro lado.

Dice Trentin que la vulgata socialista ha colocado la justicia social por delante de la libertad: discutamos primero la distribución de los beneficios y la porción del pastel que corresponde al asalariado, que la libertad –si es que la libertad es un problema– llegará a su debido tiempo, como cae del árbol la fruta madura. Me dirás que frivolizo, pero entreveo en la fórmula ecos del precepto evangélico que dice: «Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y lo demás se os dará por añadidura.»

No sólo es la libertad. La ‘vulgata’ minusvaloró también el valor de la democracia ‘formal’, a pesar de que en 1852 el propio Marx, como recuerda Trentin, saludó la implantación del sufragio universal como una medida «mucho más ‘socialista’ que las que han sido honradas con este nombre en el continente.». Pero en el catecismo de las izquierdas siguió escrito que sólo habrá democracia ‘real’ cuando se produzca la expropiación socialista de los medios de producción. Muchos teóricos –y Trentin lo menciona en varios lugares de su libro– han coqueteado con un decisionismo de cuño schmitteano para atacar desde sus posiciones a una democracia formal que sólo veían como una trampa, como la dictadura de la mayoría. Pero entre la democracia auténtica y la dictadura de la mayoría hay una diferencia abismal. La expresó quien dijo (ignoro su nombre, sólo recuerdo la frase): «La democracia tiene que ser algo más que dos lobos y una oveja poniendo a votación qué van a cenar esta noche.»

El discurso de las izquierdas ha limado y rectificado a lo largo del tiempo los estereotipos demasiado fáciles, pero ¿lo ha hecho hasta sus últimas consecuencias? En todas las recetas actuales del variopinto mosaico de las izquierdas el problema de la libertad sigue postergado en beneficio de la justicia distributiva. Y la exigencia de más democracia, que ha movilizado contra la marginación a tantos sectores de la sociedad civil, sigue detenida delante de las puertas de la ‘fábrica’. Tal vez no hemos actualizado aún del todo nuestra vulgata; tal vez seguimos pensando de forma subliminal que la fábrica fordista-taylorista es el purgatorio necesario en el que ha de padecer tormentos ejemplares el alma obrera antes de elevarse a las alturas empíreas de la sociedad sin clases. Paco.


JLLB

Querido Paco, esperemos que, con la atenta lectura de esta primera parte del capítulo, podamos entender las razones de la rápida difusión del taylorismo y su enquistamiento en las organizaciones sindicales y políticas de izquierdas; y, de ahí, a lo que nuestro amigo Ramon Alós llamó, lúcidamente, el otro día “la colonización del trabajador por el taylorismo”. O como dijo Antonio Baylos en su ponencia en la Fundación de Investigaciones Marxistas algo así como –lo saco de mis apuntes— “parece que hay un chip en la mente del trabajador sobre la inmutabilidad del taylorismo”. Un chip, habría que añadir, introducido indistintamente por los grandes santones de las derechas y las izquierdas. Entiendo por santones no sólo a los políticos sino a quienes podrían influir en todo eso desde el pensamiento y la acción.

En todo caso, viejo amigo, me parece que deberíamos aclarar a nuestros amigos, conocidos y saludados que no hay nada en la literatura de Trentin que indique separación entre la libertad (que es lo primero) con la acción colectiva, sindical y política, por la justicia social. Entre paréntesis: ¿cuándo se empezó a oscurecer esta formulación? ¿cuándo se deslizó la retórica política hacia el ninguneo de “la justicia social”? Si los viejos fabianos levantaran la cabeza se tirarían de los pelos. Sigo, yo entiendo que Trentin propone un hiato entre libertad y justicia social.  Algo así como: en la libertad cabe la posibilidad, mediante la acción colectiva (incluido el conflicto social, como elemento inescindible de la libertad) de la justicia social. Una justicia social que comprende la ciudadanía plena, esto es, no demediada, dentro y fuera de los centros de trabajo. 


Habla Paco Rodríguez de Lecea 

En efecto, ni Trentin sugiere ni yo proponía elegir entre justicia y libertad, priorizar una y postergar la otra. ¿Por qué habría que hacer tal cosa? Cuando la idea central de todo el pensamiento de Marx, y la aspiración explícita de Trentin, es rescatar el trabajo de su enajenación, ‘humanizarlo’ para devolver al trabajador su personalidad completa, no demediada, no unidimensional. Quede claro entonces que no propongo dar de lado la lucha por la distribución, como tampoco el sindicalismo de tutela. Lo que planteo es la necesidad de extender la línea de operaciones a todo el frente, conscientes de sus complejidades, movimientos tácticos, escaramuzas, repliegues y objetivos a corto, medio y largo plazo. En una palabra, lo que sugiero es enriquecer la estrategia del movimiento obrero; no variarla.

JLLB

Querido Paco, no me refería a ti, ni a Trentin. Sino a la impresión que los textos podrían dar (los míos en primer lugar) sobre una separación entre libertad y justicia social. Un abrazo, JL  

lunes, 11 de junio de 2012

LOS CORPORATIVISMOS OTRA VEZ




Joaquín Aparicio e Isidor Boix intervienen en la conversación sobre  LA CIUDAD DEL TRABAJO (BRUNO TRENTIN.  
Los comentarios de Aparicio se encuentran en LIBERTAD, CIUDADANÍA, TRABAJO. IMPRESCINDIBLE BRUNO TRENTIN.  Isidor Boix lo hace a continuación.



Queridos José Luis y Paco, a propósito de La ciudad del trabajo y de las  útiles e interesantes conversaciones, a las que ahora se ha sumado Antonio Baylos.

Llevo días esperando encontrar un rato suficiente para intervenir en vuestras conversaciones. Y cada día que pasa resulta más complicado porque se suman nuevas aportaciones, ideas, sugerencias y provocaciones. Me decido ya partiendo de un hilo conductor en las consideraciones de Trentin y en vuestros comentarios en torno a dos ideas básicas.

Por una parte me parece muy útil la referencia a una componente esencial del “alma” del fordismo, la que apunta que “no hace falta que el trabajador piense”. Constituye sin duda una de sus premisas para una organización del trabajo en la que se pretende darle al trabajador todas las pautas, no sólo los tiempos y métodos, sino la prohibición de pensar, porque pensar distrae, y, por tanto, supone una disminución del rendimiento. Pretendían los teóricos fordistas que la productividad del trabajo, en un trabajo “en cadena”, se garantizaba si éste consistía en una simple acumulación de movimientos inscritos y automatizados en la mente, las manos y los pies del obrero, y ordenados, impuestos, por los portavoces de la empresa. Es evidente que de esta concepción se desprende que no debe haber negociación sobre la organización del trabajo y que por tanto, como señaláis, lo único a negociar es el tiempo que el trabajador pone a disposición del empresario y el precio, salario, que por ello éste le paga. Una simple fórmula que hemos ido rompiendo en la práctica sindical cuando al art. 1 del Estatuto de los Trabajadores le hemos sumado el 3 y, sobre todo, los convenios colectivos en sus diversos ámbitos, en los ámbitos de solidaridad y de intereses comunes, es decir los ámbitos de disputa también sobre la organización y los derechos en el trabajo. Los derechos del trabajo como expresión de las peculiares formas de la democracia como objetivo en el centro de trabajo, conscientes de que ahí no es de aplicación lo de “un hombre un voto”, pero sí lo de conseguir que hayan dos votos, el de la empresa, es decir el equipo de gestión, y el de los trabajadores, es decir del sujeto creado a través de sus formas de organización y representación, el sindicato. Por ello considero de tanta importancia el concepto de derechos del trabajo, de intervención sindical, como objetivo a negociar, conquistar y construir a lo largo de todo el cuerpo del convenio.

Y de la mano de estas consideraciones vendría la otra cuestión que quería comentar, la de “los corporativismos”. En plural, porque ahí hemos ido avanzando en cantidad y cualidad, y algo en las formas de abordarlos desde le perspectiva, y el convencimiento, de la existencia de intereses sindicales comunes en los diversos colectivos que integran la clase trabajadora. Considero necesario afirmar mi convicción de que la esencia del sindicalismo lo constituye su carácter de “organización de intereses”, con el interés individual como punto de partida para alcanzar la conciencia de la existencia de un interés colectivo.

Recuerdo que en los años 70, cuando mis aventuras en relación con la política y el sindicalismo me llevaron a una estrecha relación y colaboración con Albert Fina y Montserrat Avilés y su despacho, “el despatx”, Albert me planteó, como preocupación derivada de su intensa experiencia en la defensa de los derechos del trabajo, algo que no se me había ocurrido como consecuencia sin duda una de las inercias del estalinismo que había alimentado el inicio de mi actividad política. Me comentó Albert la posible contradicción, es decir la existencia de tensiones, entre intereses individuales y colectivos en la clase obrera. Y me señaló que desde el sindicalismo italiano, por parte también de las corrientes progresistas de los estudiosos del derecho de ese país, se estaba trabajando en el tema. Seguro que Bruno Trentin alguna culpa debió tener en ello. Considero que inevitable la existencia de  contradicciones entre lo individual y lo colectivo sin que ello suponga una confrontación global entre ambos niveles, lo que supone evitar una primera y fácil simplificación como sería la de tildar de “corporativismo”, con su connotación peyorativa, toda tensión entre intereses de los diversos niveles de los colectivos. Se trata de un tema que entiendo crece en importancia en la medida que el incremento cuantitativo de la clase trabajadora ha ido acompañado de una mayor diversificación, una mayor heterogeneidad, en relación con las diferencias de edad, de género, de modalidad contractual, de formación, de país de procedencia, de formas de vida, …, a la vez que una mayor interrelación entre todas las personas que la integran en el globo. Considero precisamente como uno de los mayores retos al sindicalismo la necesidad de organizar cada uno de los colectivos que constituyen la clase trabajadora, integrándolos en colectivos más amplios, y encontrando las formas de definir los intereses colectivos a los diversos niveles como síntesis, tutela y mediación de los intereses individuales y los de los colectivos más reducidos. Saludos, Isidor.

Queridos Joaquín, Isidor y José Luis,

Pedimos de forma insistente democracia en los centros de trabajo, y vale la pena detenerse unos instantes en la reflexión sobre qué es lo que entendemos por democracia, y a quién afecta. Tu comentario, Isidor, es muy certero en ese sentido.

Para el patrón (para el ‘mánager científico’) la democracia en la empresa está fuera de cuestión porque no existe contraparte a su poder de decisión. La masa de los asalariados no sólo no tiene voto; tampoco tiene capacidad de pensar, o para ser más precisos, no debe pensar durante el tiempo de trabajo porque cualquier pensamiento perjudica el proceso de producción tal como ha sido establecido por la autoridad del mánager de una vez para siempre. La fuerza de trabajo es un fondo abstracto, fungible: un trabajador puede ser sustituido por otro en cualquier eventualidad porque no hay unas cualidades específicas que lo individualicen (o porque las cualidades individuales y específicas que posee no son relevantes a efectos de la tarea concreta que realiza).

La intervención sindical ha permitido oponer en la empresa, en el ramo, en el territorio, un voto contra uno: el de los trabajadores contra el de la dirección o la patronal. El voto de los trabajadores tiene un peso mayor o menor según la correlación de fuerzas en presencia, pero es un voto con el que hay que contar en todo caso. A partir de ahí, sin embargo, conviene plantearse un problema distinto: cómo se construye, en el día a día pero también en los momentos de las grandes opciones, el voto de los trabajadores, ese voto que vamos a oponer al del patrón.

Porque el «o todos o ninguno», el unanimismo de la mano alzada en las asambleas internas, no sirve siempre. Me atrevo a decir, como tú mismo Isidor lo sugieres, que sirve cada vez menos, por la diversidad cada vez mayor de situaciones, de procedencias, de culturas, de intereses legítimos, que coexisten en el mundo del trabajo asalariado.

Es justamente la preocupación que te expresaba Albert Fina, por cierto una figura de una talla inmensa que merece el recuerdo y el agradecimiento de nuestra generación: todos nos sentíamos un poco más protegidos de la intemperie franquista en el refugio de libertad y de tutela que nos proporcionó el despacho laboralista que llevaba su nombre y los de Montserrat Avilés y Ascensión Solé, compañeras también inolvidables.

Si la democracia consiste en algo más que los dos lobos y la oveja que citaba el otro día, habrá que concluir que las decisiones de los colectivos de trabajadores deben construirse de forma más elaborada que en la asamblea soberana. Es un tema viejo y superado, pero no siempre damos con la tecla de las alternativas precisas para expresar y recoger con precisión los sentires y las aspiraciones divergentes de un colectivo. La asamblea sería idónea en el caso de que los trabajadores fuéramos tal como nos ve el mánager taylorista: una fuerza anónima, indistinta, un bloque compacto con una identidad y una voluntad únicas. Como de hecho no es así, la regla democrática impone preservar los intereses individuales, o los de grupos minoritarios, en aquello en lo que no se contraponen a la mayoría, y buscar siempre una síntesis aceptable para el consenso del mayor número de implicados. Tú, Isidor, lo expresas mejor de lo que yo podría hacerlo en el último párrafo de tu intervención.

Y ese ejercicio democrático será una manera más de incrementar los espacios de libertad y de ciudadanía en el trabajo, una reivindicación omnipresente en la vida y el pensamiento de Trentin que tú, Joaquín, has glosado de forma tan clarificadora como elegante. La luz de esa libertad ideal viene a iluminar con su serena bellezza este pomeriggio parapandés en el que el fragor de los rescates bancarios remueve ecos amortiguados en el paisaje serrano como el retumbo de un trueno lejano que anuncia tempestades inminentes. Saludos, Paco.

Queridos amigos, vais a perdonarme que no tercie hoy en el meollo de la conversación.  Estoy impresionado por el pomeriggio di serena bellezza al que aludía Joaquín comentando un texto de Foa y Trentin. Que me lleva a la memoria el famoso verso lorquiano: Con qué trabajo deja la luz a Granada / se enreda entre los cipreses / o se esconde bajo el agua.  Tan sólo diré que me parece obligado, amigos míos, que vayamos pensando en organizar un homenaje a Montserrat Avilés. Si os parece bien podríamos erigirnos en el primer y provisional núcleo de una comisión organizadora. Ya me diréis. Os propongo que, además, cooptemos al joven Ramon Plandiura, famoso por su activismo y su ubícua militancia. Saludos, JL   


domingo, 10 de junio de 2012

LA POLÍTICA SIN CALIDAD


Comentarios al CAPÍTULO 9  “La política sin calidad”. En los próximos días se publicará la entrada en debate sobre el libro de Trentin de nuestros queridos amigos Isidor Boix y Joaquín Aparicio.

 

 

Querido Paco, yo recomendaría este capítulo a quienes escriben y a los que se interrogan de dónde viene la crisis de identidad de las izquierdas europeas y cuál es su carácter. Lo digo porque  hasta la presente no he leído nada convincente. Por ejemplo, tras la derrota de Zapatero hubo una considerable avalancha de artículos en diversos medios examinando la situación de la izquierda y más en concreto el estado de la cuestión del PSOE. Todo quedó reducido a cuestiones técnicas y otras islas adyacentes. Ahora, tras la afortunada victoria de Hollande en Francia empieza un run-rún de clarines que irresponsablemente hablan de un cambio de ciclo. Lo que amenaza nuevamente a no entrar tampoco en el fondo de la cuestión. No creo que Trentin exagere cuando dice, al final del capítulo, que si no se llega al fondo del problema la izquierda debe asumir conscientemente su lutto, dice en el original, que yo para templar un poco la gaita he traducido como “desgracia”. 

 

 

Me permito ahora cambiar de tercio: algunos amigos me han hecho llegar sus impresiones –unos con alarma, otros con alegría--  sobre el comentario que hice en nuestro anterior carteo sobre la díada  SINDICALISMO DE TUTELA, SINDICALISMO DE TRANSFORMACIÓN.  Seguramente he merecido estas alarmas al no haberme detenido en la explicación. Procuraré aclarar lo que dejé a medias el otro día. Lo hago porque también tiene una relación directa con este capítulo.

 

Francamente, no quiero contraponer el sindicalismo de la transformación con el sindicalismo de la tutela. A condición de que dicha tutela se ejerza en el cuadro de las transformaciones en curso. Por supuesto, bienvenidas sean las tutelas y todos los mecanismos tuitivos, incluso tal como las está gestionando, todavía en el viejo paradigma, el sindicalismo confederal. Pero ese ejercicio de bienes democráticos no transforma y su conflicto no intimida. De donde yo infiero que habría que establecer una relación entre reivindicaciones y el ejercicio del conflicto. Si las reivindicaciones se siguen inscribiendo en el viejo estadio no intimidan, ni tampoco el conflicto que puedan generar. Por supuesto, habría que matizar mucho las cosas, pero prefiero darle ese tono jupiterino para llamar la atención.

 

Oye, no te lo vas a creer: supongo que has leído el artículo conjunto que hemos firmado unos cuantos dinosaurios contra el proyecto de Eurovegas, encabezado por Victoria Camps. Pues bien, El Periódico nos lo devolvió diciendo que era “inoportuno”. Por otra parte, El País prefirió darle un formato algo chocante: hizo algo así como un reportaje intercalando algunos entrecomillados. ¿Habrase visto? Te dejo, porque me voy a Madrid al seminario sobre Bruno Trentin, que organiza nuestro viejo amigo Daniel Lacalle, presidente de la Fundación de Investigaciones Marxistas.

 

Como diría nuestro Anselmo Lorenzo, tuyo en la Idea, José Luis.      

 



Querido José Luis,
No tengo la sensación de que hayamos hecho en el curso de nuestras charlas ningún desprecio, que sería inmerecido, del sindicalismo de tutela. O dicho de otra manera, sin utilizar etiquetas que siempre deforman, del ejercicio de tutela de los derechos de todo tipo de los trabajadores, a través de la intervención sindical. Lo que sí hemos reclamado con insistencia del sindicato es que asuma en su campo de acción 'algo más' que tutela: que cree una tensión ideal entre la tutela de lo existente y un horizonte de reformas, y combine la gestión de lo inmediato con los movimientos estratégicos a medio y largo plazo.

Otra forma de aludir al mismo problema la utilizas tú al explicar que el conflicto situado dentro del viejo paradigma no intimida, y en cambio sí lo hace cuando se sitúa en una perspectiva nueva y más exigente. Supongo que es necesario aclarar también lo que entiendes por 'intimidación' en este caso: no la amenaza de violencias, de destrozos o perjuicios económicos graves, que la derecha económica y política es capaz de encajar sin un pestañeo (porque desmovilizan y desmoralizan a la ciudadanía), sino la de abrir espacios nuevos al debate y al protagonismo de las clases subalternas.

Trentin describe la actitud de la izquierda política en Italia en los años noventa como una política «sin adjetivos y sin calidad». Una política que no se desplegó como factor de identidad de una orientación política y social, sino meramente como «factor de homogeneización de una 'clase política' o de una burocracia de estado.» Los programas que elaboraban las fuerzas políticas se dirigían a mostrar su competencia para gobernar: eran mosaicos completos y bien trabados de propuestas sectoriales, con un sentido social incluso. Pero en ellos se fue oscureciendo hasta desaparecer «la perspectiva de transformación radical del cuadro social existente.»

Al considerar lo existente como un dato de hecho, inamovible, la izquierda perdió una seña de identidad importante: la capacidad de propuesta de un nuevo proyecto de sociedad. Un proyecto que habría de reposar en un gran pacto de solidaridad entre los trabajadores (los subrayados en los dos casos son de Trentin), es decir, en «la reconstrucción gradual de la solidaridad entre los diversos segmentos del inmenso universo del trabajo subordinado.» Este proyecto, dice Trentin, es el que podrá dar «sentido, coherencia, valor y perspectiva a las medidas concretas, incluso las de carácter inmediato, que se proponen ante las exigencias contingentes.»

Creo que las citas entrecomilladas aclaran con suficiencia lo que intentabas decir al proponer que el sindicalismo se dote, no sólo capacidad de tutela, sino de transformación.

Atentamente, Paco

lunes, 4 de junio de 2012

AQUEL PACTO DE SOLIDARIDAD




Conversación en torno a la segunda parte del  CAPÍTULO 8 (2). Hacia el neocorporativismo. La ciudad del trabajo, izquierda y crisis del fordismo (Bruno Trentin).



Querido Paco, nos dice el autor que existía una “crisis histórica” de relación entre los movimientos sindicales y los parados en aquellos tiempos que analiza en su libro La ciudad del trabajo.  Me temo que esa crisis continúa.

Naturalmente no estamos en condiciones de saber qué hubiera ocurrido si nos hubiéramos empeñado, en el primer Congreso confederal de CC.OO., en el Pacto de solidaridad contra la crisis y el paro que puso encima de la mesa nuestro Marcelino Camacho. Quiero decir, si en torno a esa propuesta nos hubiéramos esforzado en captar los elementos de fondo de la propuesta, tal vez el pacto solidario hubiera sido una referencia y, como hipótesis, se hubiera avanzado algo en esa “crisis histórica”. Lo cierto es que todos aprobamos administrativamente la idea camachiana, pero mirando con el rabillo del ojo para otro lado del salón.

Acabas tu carta anterior con un comentario y unas interrogaciones tan reales e inquietantes como la vida misma: “Hoy los pequeños corporativismos proliferan en todas partes, como las cucas a la llegada del verano. Es el ‘sálvese quien pueda’ que mencionaba yo en una  charla anterior. Fijos contra precarios, veteranos contra jóvenes, autóctonos contra inmigrados, varones contra mujeres. Así de fragmentada y enfrentada está la sociedad civil. ¿Y no ha de ser ese el primer punto por resolver para una propuesta sindical y política de alternativa?  Pues bien, de esta situación puede comportar dos situaciones: a) o un intento de reunificación, que sería gradual, de todas esas diversidades, o b) la exasperación de todas ellas al grito desgarrador, como tú relatas, del “sálvase quien puede” sin la delicadeza de aquello de “las mujeres y los niños, primero”.

El intento de reunificación de esas dispersiones podría apoyarse en que la agresión neoliberal se dirige contra todos, y que nadie por separado se librará de la tempestad. Pero esta prédica de sentido común, si no va acompañada de una propuesta sindical y política convincente (convincente por su factibilidad), sería papel mojado. Un programa, se entiende, que tuviera un ámbito europeo, lo que no quitaría que tuviera los necesarios pespuntes españoles. Ahora bien, querido Paco, un programa no es un conjunto de zurzidos, ni un ajuntamiento de retales. Y en relación a Europa parece claro que lo que prima es también el “sálvese quien pueda”, vale decir, que cada Estado-nación tira por donde parece que conviene a sus grupos dirigentes y, por otra parte, las izquierdas dan (algo más que la sensación) de ser una especie de Brigada de Brancaleone.

Ahora bien, cabe una posibilidad, que con sólo decirla se me ponen los pelos de punta. Se trata de algo que me ronda la cabeza de un tiempo a esta parte y explica los motivos de mi decisión de traducir el libro de Trentin. Supongamos, por un momento, que el sindicalismo y las izquierdas fuesen derrotadas en esta batalla estratégica de la crisis (toca madera, amigo). Una salida --nefasta, por supuesto--  podría ser que a alguien, de babor o estribor, se le ocurriera que la solución es reeditar el pacto neocorporativo: te doy este plato de lentejas a cambio de que me ordenes el patio y gestiones las reivindicaciones que no intimiden y un conflicto social que tampoco intimide.

Querido Paco, de ninguna de las maneras quiero crear alarmismo, simplemente me limito a establecer una hipótesis que no debería caer en saco roto. En todo caso, como dijo el sabio cordobés: non los agüeros, los fechos sigamos. Aunque cruzo los dedos porque sabemos cómo acabó aquello… Mis saludos,  JL  

Habla Paco Rodríguez de Lecea

Si alguien se anima, querido José Luis, a emprender el difícil camino que propones de restaurar las fracturas de la sociedad civil a partir de un programa meditado, consensuado y creíble de reformas, tendrá que medirse con otros corporativismos distintos de los que hemos venido comentando, y más feroces. Porque el espíritu de cuerpo no es ni mucho menos un liquen que vive pegado al suelo social: más bien nos viene de arriba abajo con la contundencia de un smash de Federer. El esprit de corps se le supone al militar tanto o más que el valor inmortalizado en las ordenanzas; hasta puntos que rozan el ridículo en gritos como “¡Viva la cuarenta y dos de infantería!”, o ¡Viva el reemplazo del 96!” En la judicatura, es requisito iuris et de iure para entrar a formar parte de la alta jerarquía. Lo que se hizo con Garzón (la oveja negra que es necesario expulsar como sea) y lo que se está haciendo con Dívar y antes se ha hecho con otros, tiene reminiscencias de la frase de Roosevelt sobre Somoza: “Es un HP, de acuerdo, pero es nuestro HP). De la Iglesia católica no hace falta hablar, su temple solidario se muestra de inmediato en su edificante disposición a pagar el IBI, ¡no de los templos ni de las escuelas, sino de sus propiedades urbanas, que le rentan suculentas cantidades!  De las demás Iglesias no tengo noticia, pero sospecho que se mueven en parámetros parecidos.

Tampoco hará falta que pasemos revista al funcionariado. Es un cuerpo, y el nombre ya lo expresa todo. Pero es bonito detenerse un momento en los ministros del Gobierno, de este como del anterior: se pisan y se contradicen unos a otros para dar una noticia o un desmentido, y hay que ver cómo pelean los departamentos, por ejemplo los de Industria, Tecnología, Economía, Hacienda y Comercio, para colocar en su organigrama una agencia estatal de lo que sea que anda por ahí suelta.

No estoy diciendo que todos los militares, los jueces, los funcionarios y los obispos estén aquejados del mal corporativo. A la vista está que no es así, y podemos enumerar ejemplos muy lucidos de lo contrario. Lo que digo es que existen rémoras muy poderosas de corporativismo y de clientelismo que habrá que remover en el camino hacia una política de reformas estructurales. Gramsci habló en ese sentido de las casamatas del capitalismo. Enrico Berlinguer, al que hemos mencionado en alguna ocasión en nuestras conversaciones en un tono más bien crítico, dio toda la inmensa talla de su personalidad política al medirse de tú a tú con ese problema pavoroso. Berlinguer salió maltrecho del combate, sí, y tengo la sospecha de que su derrota (rotunda, si nos ponemos a ver lo que ha sido de su herencia) se ha intentado tapar apresurada e interesadamente debajo de alguna alfombra, en lugar de someterla a un análisis riguroso para extraer las enseñanzas oportunas. En buena parte es eso lo que se propone hacer Trentin en nuestro libro: discute primero paso a paso las premisas de aquel intento, desde el respeto exquisito a las personas y a las ideas, y retorna luego a Marx, a Gramsci y a otros en busca de nuevas propuestas y ensayos. La derrota no es nunca un ‘agüero’ para el futuro sino uno más de los ‘fechos’ que nosotros, hombres libres de prejuicios y supersticiones, examinamos para no errar el tiro en la próxima ocasión.

La misma casa sindical está, ha estado siempre, aquejada de ese tipo de reflejos y de inercias corporativas. Al bergantín sindical le cuesta enderezar el rumbo cuando el barómetro baja y se hace necesaria una maniobra distinta de la rutina bien masticada de todos los días. Demasiada gente se aferra a las recetas conocidas y a una actividad estrechita y bien parcelada. Llamar a zafarrancho resulta siempre impopular.

Discúlpame un recuerdo nostálgico para el ritmo de trabajo que impusiste al núcleo de dirección de la CONC en la época en que yo formé parte de él. Ignoro si habías hecho antes algo parecido, si lo hiciste después, si se sigue haciendo. Nos mandaste a participar en la negociación de convenios colectivos de diferentes instancias para que conserváramos el alma de sindicalistas y no de funcionarios, y nos sometiste a reuniones periódicas (podían ser mensuales o más frecuentes si se consideraba oportuno) en las que examinábamos conjuntamente los ‘grandes movimientos’. No el día a día, que ya tiene su ritmo y su trantrán, sino la perspectiva, el horizonte, lo nuevo.

Aquellas reuniones, que se celebraban fuera del recinto de la casa sindical, y con frecuencia al aire libre, podían tener una composición variable en función de los temas y las circunstancias, pero casi siempre estuvimos Alfons Labrador, responsable de Prensa y fino estratega, que siempre se volvía a casa dándole vueltas a algún nuevo titular para Lluita Obrera; Sebastià Vives, Paco Puerto, Tomás Chicharro y Juan Ignacio Valdivieso, siempre escrupuloso en el mejor sentido de la palabra, y el más difícil de convencer. Aquellas reuniones fortalecieron al núcleo, nos dieron a todos más coherencia, más seguridad en lo que defendíamos en las asambleas, y en nosotros mismos. Me gustaría que te extendieras un poco sobre aquella u otras experiencias parecidas, si hacerlo no hiere tu natural modestia. (Quizá dirás, como Mark Twain: «Me molestan las alabanzas, sobre todo porque suelen quedarse cortas.»)

Un saludo, Paco

JLLB

Por el amor de dios, Paco. Bien sabes que no tengo el vicio de la modestia, sino más bien lo contrario. De manera que estoy más cerca de Mark Twain que del poveretto de Asís. Lo que dejo sentado nuevamente para información de los siglos presentes y, con no menor fuerza, para los venideros. Abrazos desde la inmortal Parapanda, JL 


domingo, 3 de junio de 2012

LA LEJANA FRONTERA DE LA DEMOCRACIA




Antonio Baylos da pié a esta conversación. Se trata de un fragmento de su ponencia en la Fundación de Investigaciones Marxistas (Madrid, 1 de junio de 2012) en el seminario sobre Bruno Trentin




Tiene la palabra, pues, Antonio Baylos.


He aquí algunas ideas para debatir:

La primera, es la relativa a la relación directa entre la conquista de la libertad y los derechos democráticos y la carencia de derechos en la concreta realización del trabajo.

Es decir, que la temática de la liberación del trabajo resulta casi siempre relegada a un campo secundario de la acción política y social, una temática “periférica” en las ideologías dominantes de los movimientos reformistas, a lo sumo una especie de fin último del proceso de emancipación, “la última lejana frontera de la democracia”. Es por tanto una carencia importante del programa político de las izquierdas. La búsqueda de la ampliación de la democracia no puede detenerse en el umbral de la “sociedad civil” y de los “lugares privados” del trabajo.

La desconexión de la problemática de la libertad y de la democracia del despotismo industrial o laboral en los programas de reforma política. En éstos, el eje se basa en los derechos civiles, ligados a una persona sin que se tenga en cuenta su posición subalterna derivada del trabajo (incluso cuando se habla de aspectos clásicamente laborales, que se presentan como un “decorado” que ampara el ejercicio de un derecho “cívico”, como pasa con la Ley Orgánica para la Igualdad Efectiva de Mujeres y Hombres). O incluso, en negativo, los movimientos alternativos de radicalización democrática, que no contemplan el espacio laboral como un territorio de posible emancipación, posiblemente por considerar que el trabajo asalariado es un terreno absolutamente incompatible con los instrumentos democráticos, una especie de repulsión implícita entre organización del trabajo y democracia. Incluso se da la percepción contradictoria que los mismos que exigían una mayor democracia en el espacio público, consideran que “tener trabajo” es un privilegio, de manera que centrándose en el salario como elemento de ventaja social, descartan la situación de subordinación no democrática y de violencia en las relaciones laborales como problema o como territorio de acción política.

Lo anterior explica la dificultad de un discurso político sobre la violencia de la explotación como pérdida de la identidad ciudadana.

Es decir, la “compartimentación” de la ciudadanía social en el espacio público – social, en el ámbito de las prestaciones públicas - económicas o de servicios – pero sin que se considere la posibilidad de establecer un estatus de ciudadanía en los lugares de trabajo. La cuestión es más grave ante las transformaciones o mutaciones del trabajo que lo descualifican, lo externalizan, lo fragmentan y lo precarizan.

Normalmente sin embargo, el estatus de ciudadanía (esta vez laboral, no tanto social) no se fija en el trabajo sino en el empleo. Es decir, se busca la calidad y cantidad de empleo (hacia el pleno empleo como orientación final) y se reivindica como principio básico el de la estabilidad en el empleo. El empleo estable es la condición para gozar los derechos laborales – legales y convencionales – derivados de la permanencia en el trabajo, pero también los propios derechos de protección social. Por eso las interesantes aportaciones a la “reunificación” de las distintas formas flexibles del trabajo, garantizando el control de la temporalidad en la entrada y defendiendo el control y las garantías de empleo en la salida.

Hay sin embargo ejemplos de que en la crisis se consigue realizar un cierto ligamen entre ciudadanía social y organización del trabajo, demostrando la relación directa entre las condiciones de organización el servicio público y la calidad en el mismo. La huelga de la enseñanza, que además ha logrado una agregación de intereses colectivos no sólo sindicales, ha incidido en las condiciones de la organización del trabajo de los docentes como la clave de la prestación pública del servicio público de la educación.

Existen sin embargo muchas experiencias en las que los sujetos colectivos afrontan problemas organizativos y de control de las decisiones del empresario. Pero muchas de ellas están perjudicadas por la consideración ambivalente que tiene en la cultura sindical actual la negociación colectiva sobre la determinación del trabajo concreto.

Ciertamente que hay muchas experiencias que abordan esta área, pero de forma muy ambivalente. Por ejemplo porque en la cultura de muchos trabajadores y colectivos, los derechos de información y consulta se inscriben más en una lógica adhesiva que participativa o contractual. Las experiencias de flexibilidad contratada son débiles o funcionalizadas a las exigencias organizativas de las empresas. A ello se une la carencia de desarrollo de instrumentos de codeterminación sobre la base de un discurso que legitima la contratación colectiva que no alcanza el núcleo central de las potestades de organización del trabajo, como demuestra la falta de desarrollo del art. 129 CE.

En los momentos actuales, las reformas legislativas de muchos países de la UE pretenden obstaculizar la negociación colectiva de sector y favorecer la que se desarrolla a nivel de empresa. Eso hace que la flexibilidad contratada interna se reconduce a la empresa o centro de trabajo como eje de regulación, a través de la llamada “negociación colectiva de proximidad” como se denomina en la experiencia italiana, que supone realmente la utilización en una dirección autoritaria y unilateralista de los instrumentos colectivos que además se “des-sindicalizan”.

Además de ello, se produce la exclusión legal de la huelga como forma de presión que emplee las características peculiares de la organización del trabajo en un sentido alternativo.

La problemática del abuso de derecho, la prohibición de huelgas rotatorias o servicios estratégicos, pero también la utilización de las relaciones civiles y mercantiles contra el ejercicio del derecho de huelga son buena muestra de ello. En general, una fuerte tendencia empresarial sobre el “gobierno” del conflicto, impulsa toda una serie de medidas que buscan la continuidad de la producción en caso de huelga, y las ligan para justificarse en la intangibilidad atemporal de la organización del trabajo incluso en época de huelga.

Junto a ello, es evidente que el discurso ha penetrado en el imaginario colectivo de tantos trabajadores. Hay así  dificultades en la percepción de los trabajadores que manifiestan un rechazo cultural – ideológico a la perturbación del proceso productivo por la huelga y en especial si la huelga implica una fuerte desorganziación del convenio.

Pero este es un terreno en el que hay muchos aspectos debatidos y algunas experiencias interesantes, sobre las formas nuevas y viejas de expresión del conflicto social. La limitación del poder del empresario durante la huelga y los medios para neutralizar sus decisiones han sido discutidos en sede sindical y por los juristas del trabajo, aunque la penosa situación de empleo puede una vez más imponer por necesidad un reforzamiento del músculo autoritario del empleador frente al conflicto.  Pero por otro lado, a huelga general ha originado experiencias nuevas de estar en las plazas y en las calles el día de huelga. Huelga general de trabajadores, no ya la huelga nacional política como la que tuvimos el 14 de diciembre de 1988 entre nosotros.



Habla un servidor, JLLB



Queridos amigos Antonio y Paco, el defectuoso encaje de los derechos sociales en un sistema de libertades políticas viene de muy antiguo. Recuerdo la impresión dolorosa que me produjo, hace ya muchísimos años, la lectura de un libro sobre la Revolución francesa: en 1791 la ley Le Chatelier define las asociaciones obreras como delictivas y, en consecuencia, el derecho de huelga. En susbtancia, poca diferencia con la sentencia de  Lord Mansfield, presidente del Tribunal Supremo del Reino Unido, en el último tercio del siglo XVIII: “los sindicatos son conspiraciones criminales inherentemente y sin necesidad de que sus miembros lleven a cabo una acción ilegal”. El argumento se basa en que tales asociaciones intentan alterar el precio de las cosas, es decir, los salarios.   

De ahí podemos sacar una primera conclusión que tantas veces hemos comentado: sólo y solamente con la acción de masas organizada se ha conseguido la extensión de los derechos sociales. ¿Podríamos decir, entonces, que así las cosas, el trabajador, en tanto que tal, siempre tuvo una ciudadanía demediada? La segunda conclusión es el persistente énfasis de Bruno Trentin en que la libertad siempre es lo primero. Esto es, la libertad también en el centro de trabajo.

La clave de la ademocraticidad de la empresa la expuso Umberto Romagnoli cuando afirma, yendo al nudo de la cuestión, que el problema está en que “en ella no se produce la alternancia de poderes”. Lo que propone una serie de problemas de mucha enjundia en la relación entre el “territorio” del centro de trabajo y el “territorio de la democracia”. Que motivó a Norberto Bobbio, que no era marxista precisamente, a afirmar que “la democracia no había entrado en la fábrica”, algo que repitió nuestro Marcelino Camacho. En la fábrica y en el centro de trabajo han entrado cachos de democracia solamente. Cachos de democracia muy importantes, por supuesto. Pero siempre a condición de no impugnar el uso de la propiedad sino el abuso. Esa fue la lucha tesonera que nos dejaron nuestros mayores, y ese fue el testimonio que pusimos en movimiento los sindicalistas de mi quinta.

El problema, querido Antonio, es que los sindicalistas de hoy (y la izquierda de hoy) viven en un cuadro totalmente distinto de aquello con lo que nos enfrentamos Paco Rodríguez de Lecea y un servidor. Las gigantescas transformaciones, en las que siempre insiste el maestro Trentin, han generado un nuevo territorio en el centro de trabajo.  Este nuevo centro de trabajo tiene lógicamente nuevas situaciones que no van acompañadas por nuevos derechos. Perviven, eso sí, los viejos derechos (los que no se eliminan por las sucesivas contrarreformas laborales) pero las nuevas realidades no tienen el contrapoder de los bienes democráticos por utilizar la lúcida expresión de Gerardo Pisarello. De manera que el sindicalismo de tutela, así las cosas, anda cojo, y el trabajador más demediado. Por aquí entiendo que debería enriquecerse el debate que existe entre el sindicato y el iuslaboralismo. Desde luego, es magnífico el trabajo que os traéis entre manos Rodolfo Benito, Joaquín Aparicio y tú mismo, entre otros. 

Por lo demás, todavía estoy maravillado de la iniciativa y del activismo de Eddy Sánchez, el alma de la Fundación de Investigaciones Marxistas, que puso en marcha el seminario sobre Trentin. Muy agradable, y como colofón la amigable conversación presidida por nuestro Juan Trías Vejarano a quien  hacía años que no veía. Cuando lo veas hazme el favor de saludarlo.


Habla Paco Rodríguez de Lecea    

 
Confieso para empezar, sin la menor intención de retórica, mi admiración que viene ya de antiguo por el profesor Baylos, y el temblor que me produce entrar en este inesperado diálogo a tres bandas. Querido Antonio, querido José Luis, habéis descrito con crudeza la situación en que se encuentra el trabajo heterodirigido en nuestra sociedad democrática: la violencia de la explotación laboral, nos dice Antonio, conlleva la pérdida de la identidad ciudadana del trabajador. Todo el entramado de derechos democráticos contenidos en nuestro ordenamiento que se resume en la noción de civilidad, por paradoja sólo tiene vigencia fuera del centro de trabajo. En el puesto de trabajo mismo, la condición del ciudadano sufre una amputación: su libertad queda limitada, su opinión no tiene valor, su esfera de autonomía se reduce a mínimos penosos. No es posible encontrar dentro de la empresa ni siquiera la sombra de la igualdad que predica la constitución.

Es curioso que una situación así se considere natural e inamovible no sólo por parte de los empresarios, la parte ‘beneficiada’, sino también por parte de los trabajadores y sus sindicatos. Ha habido experiencias de intervención sindical con la mira puesta en el ‘puente de mando’ en el que se generan las decisiones empresariales; pero esas experiencias han sido discontinuas y ambivalentes. En general, ha tomado cuerpo generalizado la opinión de que entre la organización del trabajo y la democracia existe una ‘repulsión implícita’ (uso tus mismas palabras, Antonio).

Esta es una de las herencias del taylorismo; pero ya no estamos dentro de los parámetros del taylorismo. La explosión de la ‘fábrica’, la multiplicidad de formas que está adquiriendo el trabajo subordinado, las exigencias derivadas de un nuevo escalón tecnológico en el que priman la agilidad en la toma de decisiones y la rapidez y descentralización de las respuestas en los procesos de producción de bienes y de servicios, abren la puerta a nuevas reivindicaciones de los trabajadores relativas a las formas de organizarse el trabajo en un ‘territorio’ del centro de trabajo que como tú, José Luis, señalas, se ha modificado ya sustancialmente. Y sigue modificándose con suma rapidez.

Resulta como mínimo sorprendente el hecho, que también mencionas, Antonio, de que en los programas de los partidos y las organizaciones diversas de la izquierda, incluida la llamada izquierda radical, este tema aparezca en todo caso como horizonte último, pero nunca en el orden del día de las propuestas. Incluso quienes llaman a la liberación ahora, se refieren a una liberación fuera, aparte del trabajo. Es tan dramática la diferencia entre quienes cuentan con un trabajo fijo y quienes no lo tienen, que se obvia toda discusión sobre las condiciones y las formas de organización del empleo existente. Y sin embargo, es la intervención sobre la organización del empleo existente lo que podría dar un vuelco a la actual situación de trabajo escaso, de trabajo basura, y ser la fuente de creación de nuevos empleos desde una lógica y una racionalidad distintas.

Y todo ello desde la constatación de que no existen trabas legales explícitas que impidan abordar desde la perspectiva sindical y política estos temas. Hay nubarrones negros en el horizonte; están apareciendo en diversos países iniciativas legislativas tendentes a fragmentar y des-sindicalizar la negociación colectiva, a limitar o prohibir en ciertos casos el derecho de huelga. Cierto. Pero los derechos civiles, esos que no se aplican dentro de la empresa por un extraño consenso implícito entre las contrapartes, siguen estando ahí, listos para ser esgrimidos también en el lado de dentro de las puertas de la empresa. Algunas piezas de nuestro ordenamiento dan pie a la posibilidad de desarrollos dirigidos a ampliar el ámbito de intervención de los asalariados en la organización de la producción y en la toma de decisiones. Faltan aún las propuestas concretas: ayudar a elaborarlas sería, como tú, José Luis, señalas, un excelente terreno de encuentro y de colaboración entre el sindicalismo y el iuslaboralismo.

Y después de todo, también hay que considerar que un contexto de crisis política, económica y social tan profunda como la que vivimos, puede conllevar oportunidades preciosas para hacer avanzar iniciativas que aporten aires frescos de cambio, siempre partiendo de la base de unos esfuerzos compartidos por todos. 


Poldemarx, 3 de Junio de 2012