miércoles, 24 de septiembre de 2014

LA BRONCA INTERNA DE CC.OO, EN COCA COLA, EXPLICADA POR ENRIQUE LILLO

Escribe,  Enrique Lillo, responsable del Gabinete Interfederal de CCOO


24 de septiembre de 2014.



Estimado compañero y más aún, camarada y amigo López Bulla:


En primer lugar, te agradezco tu amabilidad personal para permitirme publicar, en tu admirable blog, mis impresiones subjetivas y personales sobre el conflicto social y con una dimensión interna sindical de Coca Cola. A su vez, te describiré también el antecedente de éste que dio lugar al primer enfrentamiento que tuve con la dirección de FEAGRA y con su secretario general Jesús Villar con ocasión del conflicto de Panrico sobre la necesidad o no de interponer recurso de casación contra la sentencia, en mi opinión, confusa y jurídicamente incorrecta, dictada por la Sala de lo Social de la Audiencia Nacional.

En otro blog amigo, el de Eduardo Rojo Torrecilla, se hacen comentarios muy pertinentes sobre ambas sentencias, la de Panrico y Coca Cola, y a ellos me remito salvo alguna mención que haré específica en cuanto a Coca Cola por ser ésta la materia principal que abordo en este trabajo.

Además, hay que tener en cuenta que junto con aspectos comunes, en ambos casos, como son que los trabajadores principalmente damnificados víctimas del despido colectivo, pertenecen a plantas y fábricas que por su lucha histórica canalizada básicamente por CCOO, han logrado conseguir muy buenos convenios colectivos.

Junto con este aspecto semejante o común, hay otro aspecto sobre el cual creo que hay que reflexionar y profundizar y es el relativo a la compatibilidad o no entre los criterios que inspiran la denostada reforma laboral del 2012, en la que se prima el interés empresarial por la supuesta competitividad y viabilidad de la empresa y la necesaria protección jurídica, incluso constitucional del conflicto laboral y social protagonizado por los trabajadores como el de actividad sindical y negociación colectiva (art. 28.1), huelga (art. 28.2) y estabilidad en el empleo (art. 35) de la Constitución Española.

En ambos casos, el criterio empresarial de selección de los afectados en realidad esconde que resultan damnificados y despedidos los colectivos más sindicalizados que han conseguidos buenos convenios colectivos, trabajadores de Santa Perpetua en Cataluña de Panrico y trabajadores de Casbega en Fuenlabrada Madrid en Coca Cola.

En el caso de Panrico, un criterio de selección esgrimido por los abogados de la empresas y a su vez defendido por el informe de la Inspección de Trabajo, consistía en que el criterio en virtud del cual se seleccionaba a los trabajadores cuyo salario era superior y cuyo coste económico era superior al de otros centros, era un criterio objetivo porque estaba conforme con la defensa de la competitividad y viabilidad de la empresa que exigía inexorablemente la reducción salario y, por lo tanto, el despido de los trabajadores ordinarios que más sueldo tienen.

Esta circunstancia tan relevante, creo que merece un análisis específico e intenso que yo en este momento no tengo ni tiempo ni energía intelectual suficiente como para abordarlo, no obstante quizá más adelante haya que plantearlo en todo su dimensión.

Además de esta selección de trabajadores conflictivos como despedidos por su mayor salario y mejores condiciones convencionales, se acompaña con un hecho relevante y transcendente que hay que poner en el debate sindical y social. Este hecho consiste en la práctica frecuente de todas las auditorias sobre la documentación económica de las empresas en la cual se hace constar que en las memorias económicas de las empresas (que constituye un documento imprescindible junto con el balance, cuenta de resultados, evolución de patrimonio neto y estado de flujo de caja) no está incorporada información sobre las retribuciones de los miembros del consejo de administración y del personal de alta dirección.  

Esta ausencia informativa debe ser muy relevante y además permitiría analizar con mayor detenimiento si es objetivo y compatible con los valores constitucionales de igualdad, justicia y estabilidad en el empleo, que una empresa sacrifique despidiendo a los trabajadores ordinarios que tienen más salario en aras a la viabilidad de la misma y sin embargo en esa misma empresa permanezca la practica de retribuciones muy cuantiosas, muy superiores a los sueldos de los diputados y presidentes de gobierno, tan denostados ahora, a su personal directivo y a sus consejeros, esto constituye un escándalo social y jurídico que debe ser denunciado enérgicamente y que sin embargo no lo está siendo al menos con la intensidad que se debiera.

En ambos casos hay rasgos de semejanza entre un conflicto y otro, el de Panrico y el de Coca cola, como es el relativo a la afectación de trabajadores que sufren el despido y que pertenecen a colectivos que con su lucha histórica de años han conseguido buenos convenios, la diferencia entre un caso y otro es notable.

Esto constituye una explicación parcial del contenido distinto de ambas sentencias.

En efecto, la diferencia es que Panrico estaba en preconcurso mercantil en una situación financiera de pérdidas económicas continuadas según se desprendía de su documentación contable oficial y el conjunto de las embotelladores tenían muchos beneficios y eran muy rentables.

En el caso de Casbega, incluso el mismo día en que empezó el inicio del ERE o el día anterior, se firmó un nuevo convenio colectivo con un incremento salarial y nadie informó ni a la sección sindical de CCOO, muy potente en cuanto a afiliación histórica y  práctica sindical en el centro de Fuenlabrada ni tampoco se informó al comité de empresa ni sobre el ERE ni sobre la existencia de un supuesto grupo laboral de empresas conformado por Casbega y las restantes embotelladoras.

Este extremo de súbita aparición con ocasión del ERE ante los representantes legales de los trabajadores del conjunto de las embotelladores y de CCIP como grupo laboral de empresas, es importante retenerlo en cuanto a sus consecuencias  porque aquí está junto con otras circunstancias como las necesaria protección del derecho fundamental de huelga y de los huelguistas cuando la huelga es convocada por CCOO., lo más relevante del conflicto.

Este segundo aspecto de protección del derecho de huelga, es fundamental puesto que la sentencia de Coca cola considera que se  ha vulnerado este derecho fundamental de huelga y considera además que los protagonistas principales de esta huelga y también del factor coadyuvante en la declaración de la nulidad del despido colectivo, es la participación masiva de los trabajadores de Casbega SA en la huelga desde que fue convocada tras el comienzo del ERE y en la respuesta empresarial (extremo este que significativamente banaliza el recurso de casación interpuesto por el letrado Gayarre, del Bufete Sagardoy), que fue la de sustitución de huelguistas y la del esquirolaje organizativo empresarial, sustituyendo la producción y comercialización que había venido realizado Casbega Fuenlabrada por la producción en otras empresas distintas y creando nuevas líneas de comercialización..

Pues bien, este segundo aspecto se produce en un año en el que CCOO tiene ante si el reto de defensa social, sindical y  jurídica de muchas decenas de imputados por participación en piquetes de huelgas generales.

Ciertamente, en alguna intervención (y a preguntas en asambleas a las cuales he acudido puesto que desde  mis 37 años de intervención jurídica en CCOO muchos de ellos he intervenido junto con el comité de empresa de Casbega y aparte de compartir militancia sindical soy amigo personal de Paco Bermejo, Mercedes Pérez Merino, Juan Carlos Asenjo, portavoz del “Campamento de la Dignidad”, Pulido y  otros más jóvenes como Marcelo y otros muchos), he debido manifestar que nuestro ordenamiento tiene una “laguna”  jurídica en lo relativo a obligar a una empresa a reabrir un centro que decide definitivamente cerrar.

No obstante, esta manifestación parcial efectuada en una intervención amplia, la hice antes de que se celebrara el juicio y se dictara la sentencia del despido nulo con condena a la readmisión de los trabajadores en sus puestos de trabajo de sus respectivas empresas con abono de los salarios de tramitación. Lo que nunca dije, y esto ha sido manipulado, dicho sea con claridad por Jesús Villar y su equipo o parte de su equipo de dirección federal, es que la readmisión a consecuencia de la legalidad del cierre de Fuenlabrada Casbega, pudiera producirse con otras funciones distintas incluso en otras empresas o en otras embotelladoras a las cuales pudieran ser trasladados  trabajadores de Casbega que han sido despedidos y que tienen a su favor una declaración de nulidad del despido.

Este hecho, en mi opinión, es el origen de la bronca interna en CCOO que no se debe ni se puede esconder. El conjunto de las embotelladoras y su abogado así me lo comunico a mi, no reabriría el centro de Fuenlabrada bajo ningún concepto ante lo cual, yo, verbalmente siempre le he transmitido que las sentencias están para cumplirlas y que como dicen los trabajadores en el “Campamento”, que deben ser readmitidos en su centro y deben percibir los salarios de tramitación y, con posterioridad, una vez readmitidos, la empresa podrá negociar o adoptar decisiones.

Esta consideración también,  es fundamental porque ni la documentación aportada ni ningún estudio de plan industrial alguno establece con un mínimo de objetividad que la producción de Fuenlabrada que nutre de Coca Cola a toda la zona centro de España, que es una de las mayor consumo, deba ser cerrada. Como muy bien dice la sentencia esto es una apreciación subjetiva del informe realizado por el consulting “Estudio Económico” que es un consulting vinculado a Cristóbal Montoro en su nacimiento y en su propio desarrollo, según informaciones del diario elpublico.es.

Además, hay que tener en cuenta que en la planta de Fuenlabrada, la embotelladora Casbega ha realizado importante inversiones y renovaciones tecnológicas, en consecuencia no solo cabe dudar sobre la objetividad del cierre de Fuenlabrada sino que existe un conjunto de hechos como los descritos, que permiten deducir razonablemente que el motivo por el cual se cierra Casbega Fuenlabrada es el castigo a quienes se atrevieron a reivindicar y luchar por un buen convenio colectivo, el mejor de todas las embotelladoras, sin dudas.

Más aún, este criterio subjetivo empresarial de castigar a los más reivindicativos, es decir, a los  que tienen un poder sindical real en la empresa, se refuerza si tenemos en cuenta que las adhesiones voluntarias e individuales  a las propuestas de bajas indemnizadas, prejubilación o traslados, realizados unilateralmente por la  empresa conseguidas a través de presiones intimidatorias sutiles o directas de los respectivos departamentos de recurso humanos de las mismas, donde menos ha habido y han sido escasas, han sido precisamente en Casbega Fuenlabrada.

Más aun, el número de despidos de quienes no han firmado ningún documento individual con la empresa, se concentra básicamente en Casbega Fuenlabrada.


Esta manipulación realizada por el secretario general de FEAGRA, Jesús Villar, acerca de que el cierre es irreversible y que, por tanto, hay que pactar el traslado a otras empresas del grupo laboral, implica la admisión no del criterio jurídico de la sentencia sino del criterio jurídico de Iván Gayarre del Bufete Sagardoy, explicitado en su recurso de casación...




  

¿FRENTE DE IZQUIERDAS? NO, GRACIAS


Escribe, Javier Terriente

En la ideología.-

Es constatable que el hecho de que un partido se reclame socialista, de izquierdas, marxista o “de la clase obrera”, mediante un ejercicio puramente autoproclamativo, no lo caracteriza en sí mismo como tal. En cualquier caso, sería discutible semejante pretensión, y dadas las inacabables controversias doctrinales e históricas entre diferentes partidos para apropiarse de esos términos,  habría que subrayar la extrema dificultad de  validar a quienes se reclamen de la izquierda “auténtica”. Naturalmente que existen clases y lucha de clases, y por supuesto que el marxismo ha encontrado en la crisis una nueva y creciente credibilidad cada día que pasa, pero, otra cosa es pretender elevarlo en las condiciones de hoy, a la categoría de doctrina e ideología oficial de partido. La historia reciente muestra que esta es una tarea estéril y expuesta a mil y una vicisitudes, no siempre pacíficas. De un modo similar, los sindicatos se han visto afectados por la crisis/desaparición del impacto de la “gran fábrica” en las formas de producir, la influencia de las nuevas tecnologías en las relaciones del trabajo y su incidencia sobre la multiplicación de nuevas categorías de asalariados y profesionales… Eso los compromete a incorporar a su radio de acción a los jóvenes, a las clases medias empobrecidas, a las grandes masas de desempleados, al mundo de la ciencia y la cultura…y los  emplaza a revisar a fondo las formas de organizarse, las estrategias tradicionales de lucha y de negociación, los contenidos programáticos, las alianzas sociales y políticas, o las formas de establecer relaciones con los poderes públicos y las empresas. En consecuencia, parece algo inapelable que en la izquierda se ha producido una ruptura entre la ideología declarada y sus correlatos organizativos, lo que ha afectado de un modo muy particular a los partidos tradicionales, al no haber sabido extraer consecuencias prácticas que los resituaran ante las grandes mutaciones sociológicas y culturales contemporáneas. Una de ellas sería la exigencia de una completa transformación política y organizativa a la que se resistieron de forma suicida. De ahí su declive y hasta su desaparición en ciertos casos. Esta nueva situación, dicho de forma esquemática, ha  llevado a la irrelevancia a viejos partidos basados en el marxismo dogmático y en el credo de la defensa de la clase obrera como único sujeto social de referencia. Llegados a este punto, podría ser útil reflexionar sobre las varias maneras de entender el comportamiento de los partidos: una, cómo se ven a sí mismos, otra, cómo los perciben los ciudadanos, y otra, cómo son en realidad. Lamentablemente, suele prevalecer la primera interpretación, cuando la segunda y tercera son las decisivas, lo que acrecienta su incapacidad para discernir errores y disfunciones graves entre la acción política-organizativa real  y los postulados teóricos, y a soslayar las semejanzas, a veces sorprendentes y nunca reconocidas, con los “adversarios de clase” en el día a día de la política municipal.

En la política municipal.-

Si desde la perspectiva del discurso teórico abstracto no supone mayor dificultad situar a una organización en las coordenadas de la izquierda, no lo es en cambio valorar del mismo modo sus actuaciones en el marco municipal. Se sabe que el espacio local es una dimensión concentrada a pequeña escala de la política general, un excelente laboratorio de análisis y experimentación acerca del desenvolvimiento de las amistades peligrosas de alto riesgo. En este ámbito, los grupos de poder han fabricado sus propias reglas basadas en pautas comunes a la globalidad de la política: la opacidad, la impunidad, la indiferenciación política y la degradación de la democracia local. Por supuesto que no puede hablarse en general, pero tampoco es excepcional que hayan contaminado en mayor o menor grado a fuerzas y gobiernos de signo opuesto. Veamos: Problemas como la corrupción, el nepotismo y las redes clientelares, afectan, también, a la denominada izquierda “realmente existente”. Las políticas urbanísticas y de ordenación del territorio, basadas en el negocio del ladrillo y el desprecio medioambiental, han sido el eje del crecimiento de la mayoría de los municipios, con efectos devastadores sobre el territorio y sus poblaciones. El color no importa. Las ventas de patrimonio público de suelo a precio de saldo a empresas del entorno de los gobiernos locales, las modificaciones a la carta de planes urbanísticos y las privatizaciones de servicios esenciales como el agua o los residuos, sujetas a pliegos de condiciones inadmisibles, no admiten distinciones políticas. La creación de empresas mercantiles con capital público municipal, con el fin de gestionar las obras y servicios al margen de los controles públicos, que fue la gran contribución del modelo Gil marbellí, se ha convertido en moneda corriente. La concepción mercantil de la cultura y la construcción de costosísimas edificaciones infrautilizadas, a mayor gloria de los alcaldes de turno, no admite diferencias; tampoco los sueldos y asignaciones de alcaldes y concejales y las contrataciones de asesores fútiles, así como el reparto de cuotas de representación en los consejos de administración de las empresas públicas y Cajas. No sería extraño encontrar, bajo el disfraz del pragmatismo y del social-populismo, tan habituales en el ámbito local, similitudes indeseables entre la derecha y sectores de la izquierda de dimensiones sorprendentes.

En la posibilidad: En el pasado, la propuesta de “unidad de la izquierda” significaba construir una gran alianza estratégica entre el socialismo y el comunismo, que zanjara definitivamente la división histórica entre ambas corrientes, de comienzos de los años 20. Esa propuesta incluía también tender a la constitución de una nueva formación de izquierdas común. Hoy,  dicha eventualidad queda descartada por razones obvias. Al margen del PSOE, lo que hay es un universo heterogéneo de partidos, con diferentes grados de implantación y orientaciones muchas veces enfrentadas. De ahí que sería arriesgado prever las posibilidades de un Frente/Confluencia de izquierdas, más aún si Podemos descarta participar en operaciones frentistas, según declaraciones de sus portavoces reconocibles. Por añadidura, es muy probable que algún partido pretenda capitalizar iniciativas surgidas al calor de Guanyem Barcelona, aunque no tengan nada que ver salvo el nombre, como marca blanca por motivos espurios. Las contundentes declaraciones de Ada Colau (16/9/ 2014) denunciando esa estrategia despejan cualquier duda. Si, además, lo que les uniera fuese una consecuencia directa de un horizonte electoral inmediato, podría ser que lo que nació como un proceso para sumar y multiplicar el protagonismo de los ciudadanos, facilite el retorno de los viejos parámetros de la política y acabe en un pandemonio. Al hilo de experiencias similares en el pasado, un veterano militante de izquierda se lamentaba: “Queríamos lo mejor y pasó lo de siempre”

En la conveniencia: Lo que se juega en las próximas elecciones municipales no es solo desalojar a la derecha de los centros de poder local sino avanzar en la socialización de las distintas realidades del poder, inaugurando una nueva época que ponga las bases de una democracia económica y social avanzada y participativa, de abajo arriba, desde los ayuntamientos al gobierno del Estado. Una dialéctica izquierda/ derecha limitaría extraordinariamente ese horizonte, pues deja fuera de juego a demasiada gente que, si bien no se siente identificada con ese esquema, es decir, que no se define de izquierdas, sí forma parte del victimario de la crisis y aspira a cambiar las cosas valiéndose de instrumentos diferentes. Por otro lado, un Frente/confluencia de izquierdas, cualquiera que sea la marca electoral que le dé soporte, transmitiría una propuesta municipal extremadamente equívoca y vulnerable: Estaría obligada a responder permanentemente a todo género de descalificaciones guerracivilistas y reforzaría la cohesión de las fuerzas bipartidistas, desplazando hacia ellas a sectores ciudadanos víctimas de la crisis y críticos con el bipartidismo, que hoy mantienen una inclinación electoral incierta.

Y en la estrategia

El futuro inmediato es clave. Lo que anda en juego no es la confrontación izquierda/derecha sino otra que se libra en un tablero diferente: poder autoritario y corrupto de las élites económicas y políticas locales (castas locales) o poder democrático y decente de los ciudadanos. La cuestión central, ahora, es recuperar la democracia municipal y el sentido de lo público, amenazados por grupos corporativos que se han adueñado de una buena parte de los ayuntamientos e imponen sus propias normas de juego. En numerosos casos, el poder no reside en los Plenos sino en los despachos de las empresas, lo que convertiría  la democracia local en un cascarón sin contenido. Por eso, cuando se dice democracia se quiere decir derechos, que en los municipios adquieren una vertiente muy visible y concreta: lucha contra los desahucios, viviendas sociales suficientes, batalla contra la corrupción y el clientelismo, control de la gestión y presupuestos participativos, políticas efectivas de igualdad defensa de los servicios públicos y recuperación de los privatizados, protección del patrimonio urbano y natural, combate contra las desigualdades sociales y territoriales, guarderías municipales, cuentas transparentes, dignificación de los cargos públicos mediante la renuncia a los abusos salariales y privilegios varios, bolsas de trabajo y políticas activas de empleo, creación de empresas, seguridad, defensa del comercio y de los productos locales, adecuación social del IBI, atención a los mayores y a los jóvenes, cultura para todos, deporte de base…. Existen, pues, incontables razones individuales y colectivas que muestran la exigencia de construir un amplísimo consenso social dirigido a reconstruir la ciudad democrática e inclusiva, que abarque por igual a territorios y afinidades ideológicas y políticas diferentes, y hasta contrapuestas. Hay una inmensa tarea por delante, comenzando por poner nombres a las personas anónimas, hacer hablar a los que callan y convertir la resignación en voluntad de combate. Se trataría de sumar a gentes y fuerzas ciertamente comprometidas con los problemas de  las ciudades y pueblos y reflejarlo en una opción electoral que se someta al escrutinio y a la voluntad de procesos democráticos: Nuevos modelos de confección de listas y de elaboración de programas basados en la transparencia y en la participación directa, individual y concreta de los ciudadanos, sistemas de control y seguimiento permanentes… Una apuesta de alto riesgo, que casaría poco con dinámicas que permitan revitalizar, por activa o por pasiva,  antiguos contextos de acuerdos cupulares, que acabarían por expulsar a las mayorías sociales de las grandes decisiones.


Probablemente, si se confirmara la ausencia de candidaturas de Podemos en las municipales, se abrirían hipótesis enfrentadas; una, reforzar el polo innovador de plataformas ciudadanas ya en marcha en las formas y contenidos de la política, pero otra, no descartable, someterse a la paradoja, en el caso de que formara parte de marcas blancas mediatizadas por la izquierda tradicional, de contribuir a su pesar a un frente de izquierdas bajo los parámetros de la vieja política. Esta es otra historia. Radio 

Parapanda.  RÉQUIEM POR GALLARDÓN

martes, 23 de septiembre de 2014

EL POSE Y EL ESTATUTO DE LOS TRABAJADORES



Leo que Pedro Sánchez propone un nuevo Estatuto de los Trabajadores. No es algo irrelevante, por supuesto. Así que esta noticia merece algunos comentarios. Pero, antes de meterme en harina, quisiera decir que Sánchez debería haber indiciado qué elementos esenciales –o, si se prefiere, qué paredes maestras--  debería tener este nuevo estatuto, de un lado; y, de otro, qué relación guarda esta propuesta con otra de no menor calado, ya prometida también, cual es la derogación de las sucesivas reformas: tanto la de Zapatero como la de Rajoy. No es cuestión de pejiguería sino de clarificación. En todo caso, ello no quita importancia a la nueva propuesta del flamante secretario general del PSOE.

 

Entiendo, por descontado, que ese planteamiento debe ser apoyado sin ninguna reserva mental. Que alguien diga que la propuesta sea electoralista no deja de ser una vulgaridad. Ahora bien, que deba ser apoyado no implica que el sindicalismo siga sin delimitar de qué manera se trasciende o se desborde el conjunto de la reforma laboral. Sin ese planteamiento soy del parecer que el sindicalismo irá dando tumbos y su parábola declinará todavía más. Es más, sin ese planteamiento, además, no habrá una negociación colectiva fértil, de regadío. Hay, sin embargo, otro elemento de no menor consideración: sin ese planteamiento es muy difícil que el sindicalismo tenga una estrategia autónoma.

 

Pedro Sánchez debería aclararnos cómo y de qué manera se va a elaborar el nuevo Estatuto de los Trabajadores. Es exigible que se elabore buscando la confluencia de todos los sectores y actores interesados en tan importante y necesaria operación. Y es no menos exigible que se haga teniendo en cuenta que el paradigma en el que nos encontramos nada tiene que ver con el de 1978. No hace falta decir que el fordismo es ya pura herrumbre. Quiero decir lo siguiente: sería completamente inútil que las cosas se orientaran a reponer lo que se ha perdido o ha sido laminado por las reformas de Zapatero y Rajoy.  

 

Finalmente, entiendo que los actores sociales y los operadores jurídicos del iuslaboralismo deberían ser convocados por Pedro Sánchez para trabajar desde ahora mismo en un primer borrador del Estatuto que se reclama.  La formalización de estos trabajos daría más consistencia a la propuesta de Sánchez. Y sobre todo parecería más sincera.

 

  

lunes, 22 de septiembre de 2014

PODEMOS: ¿POR QUÉ LE TACHAN DE POPULISMO?



«En la fractura social se corre el peligro de que se insinúe el populismo, es decir, la patología social de la democracia-régimen que explota la deconstrucción de la democracia-sociedad», escribe Pierre Rosanvallon (1). Es obvio que, así las cosas, no es riguroso tachar a Podemos con el sambenito de populista.

Y, sin embargo, tan grave acusación no sólo no parará sino que se incrementará en el futuro inmediato. Al menos mientras las encuestas sigan deparando un incremento en su representación electoral. Lo que indicaría que quienes hablan de esa manera no tienen ningún tipo de argumentos para contrarrestar ese fenómeno político tan relevante. Tal vez las preguntas clave sean éstas: ¿por qué están perplejos y, exactamente, qué temen?

Están perplejos porque Podemos ha surgido de una manera “anómala”. Viene de las multitudes que, hace tiempo, conformaban movilizaciones multitudinarias –las famosas mareas multicolores--  contra las políticas de recortes y destrucción del Estado de bienestar, contra la corrupción generalizada, tanto pública como privada, y el declive de la democracia entendido como ligamen fundado en la igualdad. Cuando preogresivamente aquellos movimientos entendieron los límites de la movilización exclusivamente movimientista y dieron el salto –que antes llamábamos de calidad— hacia “la política”, empezaron las preocupaciones de lo que Podemos llama «la casta». Un inciso: entiendo que Podemos amplía gratuitamente esa cualificación a formaciones como, por ejemplo, Izquierda Unida. 

Ese surgimiento de la multitud difusamente organizada provoca una enorme perplejidad, sin embargo, en todos los partidos. Por las siguientes razones: saca a masas considerables del desinterés (o desafección) de la política a una atención al fenómeno político de Podemos; hace emerger una importante izquierda sumergida a la superficie, creyendo que no puede dejar pasar esta nueva ocasión; y, finalmente, todo ello está creando una nueva relación, aunque todavía es temprano para ver en qué sentido se orienta, con la vida pública. Naturalmente, todo lo dicho provoca un come-come, una desazón, entre la política instalada, que observaba con fruición que la alternancia en el poder político era cosa de dos. O, por mejor decir á la Rosanvallon, una alternancia que deconstruye la democracia-sociedad para lucro (no infrecuentemente espúreo) de la democracia-régimen.

En ese orden de cosas, Podemos está siendo tratado como los lugareños del Far West que, cuando veían a alguien desconocido, preguntaban inamistosamente: «¿Qué quieres, forastero?». Ahora bien, en este caso, comoquiera que es increíble llamar forastero en Valladolid a un vallisoletano,  el calificativo debe ser algo que exprese degradación. Por lo tanto, la coz de populista substituye a la de forastero. Pero la coz es, por tautología, una coz, no un argumento.

Nota. El primer autor a quién leí en el terreno político la expresión «casta» fue a Antonio Gramsci, ignoro si hubo alguien que la empleó antes. Si leen –o releen— al amigo sardo lo encontrarán.

Radio Parapanda.  MUJERES Y SINDICATO


domingo, 21 de septiembre de 2014

SINDICALISMO Y DERECHO DEL TRABAJO



Ayer dábamos la bienvenida y recomendábamos el libro «Modelos de derecho del trabajo y cultura de los juristas», que ha publicado la editorial amiga Bomarzo. Se trata de una serie de investigaciones que significan una celebrada incursión de sus autores en los territorios de la historia del iuslaboralismo (en concreto de los modelos de derecho del trabajo) que ha permanecido, en expresión de Umberto  Romagnoli, «largo tiempo sepultada y bajo un estrato de olvido».  La lectura de este libro me trae a  la memoria algunos planteamientos que, con mucho gusto, traigo a colación.

 

Mi tesis es la siguiente: ¿es clarificadora una biografía de Capablanca o de Karpov si no se explican con aproximado detalle las partidas de ajedrez? En otras palabras, la biografía del ajedrecista es fundamentalmente la del juego donde interviene también el contrincante. Tres cuartos de lo mismo ocurre, a mi entender, con las investigaciones sobre las vicisitudes del movimiento sindical. Salvando pocas excepciones tales investigaciones se han caracterizado por los avatares de las organizaciones al margen (o casi al margen) del contexto general, especialmente de las situaciones de sus contrapartes, privadas o públicas. Estas aparecen de refilón. De ahí que siempre haya planteado –sin el más mínimo éxito hasta el momento--  que la investigación debería ser primordialmente sobre el conflicto social, no sobre una de las partes en litigio.

En esas estamos cuando los autores del libro irrumpen y, me parece a mí, añaden (o, al menos, se desprende de lo que dicen) un tercer actor: el iuslaboralismo. La cosa evidentemente se complica, pero enriquece la historiografía. Quede claro: no se trata de impugnar lo que se ha escrito sobre el movimiento sindical. Pero lo cierto –dispensen a este viejo entrometido--  es que la enorme y fecunda relación que existió otrora entre el sindicalismo y los iuslaboralistas apenas si ha concitado investigaciones por parte de los historiadores. Y sin embargo, ahí están en la memoria colectiva y en las fuentes orales.

La cosa tiene, sin embargo, mucha miga. Porque, por ejemplo, si entramos en esa dinámica de las biografías-- de las «vidas paralelas», se entiende--  podríamos acercarnos a algo realmente comprometido: ¿hasta qué punto la crisis del Derecho del trabajo es también una expresión de la parábola del sindicato?  Esto es, ¿acaso no existe una relación determinada entre resultados de la negociación colectiva y crisis del iuslaboralismo? Ya lo dejó dicho muy tempranamente Francesco Carnelutti en su frase canónica: el convenio colectivo tiene «alma de ley y cuerpo de contrato». En resumidas cuentas, si la negociación colectiva, que podríamos calificarla de legislación implícita, tiene unas características determinadas, ello redundará en la personalidad del iuslaboralismo.

 

En todo caso, damos la bienvenida al libro que es una valiente incursión en la historiografía, que podría –si sus autores se animan--   provocar una discontinuidad en la forma de historiar el universo de las relaciones laborales. Al menos en España.  

 

Nota final.  Recordamos a nuestros amigos, conocidos y saludados que en 2006 un grupo de amistades le hicimos un homenaje al maestro Rogmanoli. Que se encuentra a sus anchas en UMBERTO ROMAGNOLI: El renacimiento de una palabra.


 

martes, 16 de septiembre de 2014

JOSEP FONTANA NOS RECOMIENDA QUE ...



Un servidor tenía previsto recomendar el libro La economía española en perspectiva histórica, de Jordi Maluquer de Motes, editado por Pasado & Presente. Abro la prensa, durante mi café mañanero, y veo que el maestro Josep Fontana lo hace en  El Periódico: “Una nueva historia económica”.  Así pues, sigamos –sólo a estos efectos-- el castizo dicho de «donde manda patrón, no manda el marinero».  Suscribo desde el pitón hasta el rabo la sugerencia de tan afamado profesor.   

Sépase quienes lo ignoran --y recuerden los que lo saben-- que Maluquer es uno de los mayores expertos en historia económica de España.  Puntilloso como pocos ha dedicado veinte años a la escritura de esta obra que recorre la vida española desde el siglo XVIII. Josep Fontana nos dice que el enfoque del libro es diferente del convencional. Porque «concede una gran importancia a la historia política y social». Esto es, no habla de los hechos económicos como algo escindido de las personas.  Y comoquiera que el libro concede una importancia capital a los siglos XIX y XX la importancia para los sindicalistas está más que cantada. Naturalmente también para los estudiosos en la materia y para quienes en la vida pública ejercen responsabilidades de cualquier tipo y nivel. Dicho lo cual entiendo que un motivo de justificación de los diputados que no siguen atentamente desde su escaño los debates parlamentarios –o que están en la cantina--  podría ser la lectura sosegada de este libro.

Me atrevo a decir que una explicación de los diversos avatares del recorrido del movimiento obrero y sindical desde sus orígenes en España estaría coja sin su relación con lo que explica Maluquer de Motes. De lo que infiero que los departamentos de formación sindical harían bien aprovechando el libro. Que debería estar, por supuesto, en las bibliotecas de las casas sindicales. Especialmente porque la obra no invita a la erudición sino a la reflexión atenta de la vinculación real del movimiento obrero y sindical con los hechos económicos, sociales y políticos que se narran en esa historia de La economía española. Por ello, no estaría mal que en la prensa sindical se recomendara la lectura y estudio de este libro.

Ya lo saben: vox Fontana vox populi.    


lunes, 15 de septiembre de 2014

DE NACIONALISMOS Y SOCIALISMO



Oído cocina: «Toda la clase trabajadora del mundo está mirando aquí, a nuestra revolución democrática, a la revolución que va a suceder en las urnas el jueves. Somos gente que lucha contra los recortes, contra la austeridad. Eso no es nacionalismo, es socialismo».   Así ha hablado un joven de Cardiff en un mítin a favor de la independencia de Escocia:  No es William Wallace, es Karl Marx.  

No tengo suficiente información para saber si millones de trabajadores de todo el planeta están mirando a ver qué pasará en Escocia el jueves próximo. Mi intuición, sin embargo, me dice que este joven exagera lo suyo. Posiblemente «la clase trabajadora del mundo» esté más pendiente de otras cosas más ineludiblemente prosaicas. Una de dos: o el joven escocés tiene más información o un servidor no dispone de canales adecuados de todo lo que, aproximadamente, pasa en el mundo.

El joven, no obstante, se cura en salud en un momento dado: «esto no es nacionalismo, es socialismo». Lo ha argumentado candorosamente cuando esta frase es la consecuencia de «somos gente que está luchando contra los recortes, contra la austeridad». No sabemos quién es ese muchacho, pero quien interviene en un mitin, sea en Escocia o en el Albaicín, no es un espontáneo, es un dirigente. 

En todo caso, a la par que nos quitamos el sombrero saludando la lucha contra los recortes y la austeridad en  Escocia –y en todos los albaicines del mundo, naturalmente— nos preguntamos: ¿por qué esa lucha debe comportar naturaliter la ruptura con quienes lo están haciendo, por ejemplo, en Inglaterra?

Hasta la presente un sector de la izquierda ha argumentado que la cuestión nacional debe ir vinculada a la cuestión social. Pero lo cierto es que, así las cosas, en la práctica lo que se ha dado –lo que se viene dando--  es la subalternidad de “lo social” con relación a “lo nacional”.  Que, en mi opinión, podría tener un origen: la desvinculación, no teorizada ni formulada, de las vías nacionales al socialismo con relación al internacionalismo solidario, que concretamente ha llevado al solipsismo de la izquierda, que se ha quedado (parodiando a don Luis de Góngora) «amarrada al duro banco de la galera turquesca» de cada Estado nacional. De una izquierda, política y social, que se ha empeñado en no ver las metamorfosis sucesivas del sistema capitalista. Lo que se traduce en que, en mayor o menor grado, las izquierdas están en una utopía al revés.

Así las cosas, no es de extrañar que determinados sectores de izquierda no hayan caído en la cuenta de la advertencia de Hobbes: «los hombres ocultarían o incluso pondrían en duda los teoremas de la geometría si estos chocaran con los intereses políticos de la clase gobernante» (1).  Lo que vale para las clases gobernantes parroquiales o cosmopolitas; ya formen parte de la rastrería de politicastros o de otras hechuras.    


(1) Leviatán, capítulo XI.
               

Radio Parapanda. YO TE HARÉ UN MONUMENTO



sábado, 13 de septiembre de 2014

EL CACIQUISMO AYER Y HOY



(Primeros tanteos sobre el particular)

1.-- Cuentan los viejos cronicones de antañazo que don Natalio Rivas, diputado entre 1901 y 1923, en cada campaña era de los que prometían el oro y el moro si ganaba las elecciones. Al parecer, en cierta ocasión se pasó de rosca, prometiendo resolver de raíz el problema endémico del paro en su circunscripción por Granada. Entonces, surgió una potente voz de los asistentes: «Colócanos a tós, Natalico».  No consta que Rivas moviera un dedo al respecto. Lo que no fue óbice para salir triunfalmente reelegido. De un lado, la potente fuerza del cacicazgo; de otro lado, la servidumbre voluntaria, que diría La Boétie, de sus votantes.

2.-- No tengo los conocimientos suficientes –ni siquiera los necesarios-- para establecer la diferencia «orgánica» entre los cacicazgos de la época de don Natalio y los de nuestros tiempos. Pero intuyo que existe un hilo conductor que recorre tan largo trayecto. Si ayer el cacicazgo era fundamentalmente agrario, hoy hunde sus raíces en una actividad económica multiusos, no sólo en el ladrillo. En todo caso, entiendo que se trata de una diferencia de grado, no de cualidad.  En todo caso, hoy como ayer, el vínculo del cacicazgo con la política se da por descontado. Y si ayer ponía sus huevos en los diversos partidos de la Restauración –el mismo don Natalio era del Partido Liberal--, ahora los hay que, dicho lorquianamente, se disfrazan de izquierdas para no infundir sospechas. Naturalmente, es posible que haya quien impugne que hoy exista esa figura del cacicazgo y, concretamente, la del cacique. Espero los argumentos para mi mejor conocimiento.  

3.--   En todo caso, lo que une lo de ayer a lo de hoy es la proximidad geográfica del cacique, ya sea personalmente o mediante sus hechuras, al territorio en cuestión. Una presencia, pues, directa del cacique con la sociedad civil y con las instituciones municipales y de las comunidades autónomas, concretada en una red de clientelismos en torno a intereses económicos, favores y conchabeos varios. Así las cosas, la corrupción aparece con un cierto sostén de masas (la clientela) no desdeñable. Naturalmente lo más visible es la que, por su grosor, ha sido detectada y publicitada por los medios de comunicación, pero existe también la corrupción al detall (del trapicheo) ampliamente difusa.  

4.--  La política, y especialmente la izquierda, hasta donde yo sé, apenas ha reflexionado al respecto. Ha hecho bien formulando la autonomía del poder municipal frente al centralismo, incluido el de su comunidad autónoma; también ha acertado ante la autonomía de las comunidades autónomas frente al centralismo al por mayor. Pero no ha puesto las bases para socavar la tendencia “natural” al caciquismo, removiendo los obstáculos para su aparición y desarrollo. La política, en todo caso, parece que ha estado más atenta a la necesaria lucha contra el viejo centralismo (al que no pocos quieren resucitar) que ante la teratología del caciquismo de nueva y vieja estirpe.


5.--  Estas páginas están abiertas a don Carlos Arenas Posadas, el Enviado de Clío en la Tierra, para que introduzca una enmienda a la totalidad o por cachos de lo que decimos en este ejercicio de redacción.  Mientras tanto, me acerco a la estantería y cojo el libro   “Señores y señoritos: empresarios y caciques en la Andalucía contemporánea”, naturalmente su autor es el mencionado profesor Arenas Posadas.    Vale 

Habla Carlos Arenas Posadas


El clientelismo, el patronazgo, el caciquismo, el paternalismo, el capital social relacional, el capitalismo de amigotes, etc. son términos sinónimos y realidades tan viejas como la misma sociedad. Viene a ser la expresión de un intercambio de favores entre personas y clases económicamente muy desiguales; tanto más fuerte y arraigado cuanto más desigual sea la sociedad en cuestión. Generalmente, se intercambian votos (impunidad) por mercedes en forma de colocaciones, permisos, subvenciones, etc. Como digo, proliferan en aquellas sociedades en las que los individuos no encuentran solución colectiva a sus problemas y, como en el dilema del prisionero, deciden colaborar con la policía antes que confiar en su compinche (en sus iguales). El profesor de Granada José Cazorla, escribió ya en los ochenta, un artículo premonitorio, y silenciado, que llamó: del clientelismo familar (don Natalio) al clientelismo de partido (PSOE). Ya que me convocas, te diré que en el libro que acabo de terminar dedico un capítulo al clientelismo en la historia andaluza. Saludos, Carlos

lunes, 8 de septiembre de 2014

SINDICATO: TRES CONDICIONES PARA AUMENTAR LA AFILIACIÓN



A propósito de la afiliación al sindicalismo vamos a revisitar a Antonio Gramsci. Nuestro amigo sardo dejó  escrito lo siguiente: «El elemento decisivo de toda situación es la fuerza permanentemente organizada y dispuesta desde hace tiempo, que se puede hacer avanzar cuando se considera que una situación es favorable (y sólo es favorable en la medida que esa fuerza existe y está llena de ardor combativo)».  Aclaremos que Gramsci está reflexionando sobre el análisis de las situaciones y las correlaciones de fuerza en la segunda parte de sus Notas sobre la política de Maquiavelo. [Publicada en España con el título Política y sociedad, Ediciones Península, 1977, traducida por Jordi Solé Tura].

Resumiendo: para intervenir en los avatares de la correlación de fuerzas el elemento decisivo es «la fuerza permanentemente organizada». Sacar enseñanzas de esta lección es, pues, fundamental para toda organización y, desde luego, también para el sindicalismo. Ahora bien, lo que obviamente no podía añadir nuestro amigo sardo era de qué manera concreta se consigue esa «fuerza permanentemente organizada», aunque –a decir verdad--  toda su obra (y especialmente los Cuadernos de la Cárcel) contienen las indicaciones y propuestas necesarias para ello. Así pues, en nuestro caso y en las condiciones de hoy, nos toca a nosotros enhebrar esa aguja. Digo especialmente a nosotros porque la vocación del sindicalismo es ser una organización de masas, no un corpúsculo irrelevante.  

En ese ejercicio de redacción parto de dos premisas elementales: a) el nivel de fuerza permanentemente organizada que tenemos es necesaria, pero no suficiente para ser determinantes en los vaivenes de doña Correlación de Fuerzas; b) si esto es así, la pregunta es: ¿de qué manera se puede ir transformando la condición necesaria en suficiente? Se trata de una reflexión nunca acabada que debe ir revisándose a lo largo de todo el trayecto sindical.

¿Por dónde escudriñar el quid de la cuestión? ¿De qué manera se puede experimentar, a través del método ensayo y error o, si se prefiere, prueba y error? En principio, sugiero tres pistas: 1) el cambio del modelo de representación sindical, 2) la plataforma del convenio colectivo y del conjunto de las prácticas contractuales, y 3) la valoración y organización de todo lo que conquista el sindicalismo. Como mínimo, aunque con mucho gusto, si surgen otras pistas, lo ampliaré.  

1.— El modelo de representación

Reincido recordando lo que constatamos todos los días: el modelo actual de representación no sólo no facilita la afiliación –«la fuerza permanentemente organizada»--  sino que es un mecanismo de freno. Por ello entiendo que mientras el sindicalismo no encuentre un modelo que pueda representar la diversidad de los trabajadores de todas las tipologías desde el centro de trabajo, los que buscan empleo y los pensionistas será muy complicado que se incremente la cantidad y calidad de la afiliación, esto es, la «fuerza permanente».

Digo que será muy complicado, además, en esta fase de transformación del trabajo y de la aparición de multitud de subjetividades, también como expresión de tales transformaciones en el centro de trabajo. En resumidas cuentas, el augusto anciano del comité de empresa, que fue pensado y creado para otras épocas, es ya un sujeto inválido, lleno de achaques.

¿Por qué, entonces, se mantiene ese modelo de representación? Entiendo que por estos motivos: a) por la inercia a un instrumento que nos ha dado tantos beneficios y b) por la desazón que produce entrar en nuevas experiencias. Por la desazón o, tal vez, miedo. En esas condiciones no creo que aumente la fuerza permanente de la afiliación.

2.--  La plataforma del convenio colectivo 

Dice Juan Manuel Tapia, en clave apodíctica, que «la negociación colectiva es la centralidad del proyecto sindical». Claro que sí. Con la negociación colectiva se pretende defender los intereses del conjunto asalariado y, por ello, se les representa, no de manera abstracta sino con la fisicidad de un instrumento concreto. Y de la utilidad de lo conseguido se desprende la eficacia del instrumento en cuestión.

Ahora bien, el «conjunto asalariado» no es un segmento uniforme --¿lo fue alguna vez?--  como nos parecía a los sindicalistas de mi quinta en tiempos del fordismo. De aquella apreciación sacamos una conclusión práctica: la plataforma reivindicativa era un elenco homogéneo de reivindicaciones, deficitario de demandas de grupo. De ahí que defendiéramos una plataforma que no hacía distingos entre los grupos erarios, entre hombres y mujeres, entre los de «mono azul» y los de «bata blanca». Perdón por el casticismo: era algo así como café con leche para todos. Entendíamos, además, que de ir por otra camino corríamos el riesgo de meternos en la ciénaga corporativista. Pero el corporativismo no se conjuraba, ni se conjura tampoco hoy, con el café con leche para todos.

Comoquiera que hemos abordado estas cuestiones en otros momentos no abundo en la explicación. Tan sólo me falta decir, por ahora, que si  «la negociación colectiva es la centralidad del proyecto sindical» la plataforma reivindicativa ose corresponde con las diversidades que conforman el conjunto asalariado o estamos intentando defender y representar a un trabajador que ya no existe en la realidad efectiva. O, si se prefiere, nuestra representación y tutela es sólo de carácter paliativo. En estas condiciones no parece probable que se incremente considerablemente la fuerza permanente que constituye la afiliación.

3.— La valoración y organización de las conquistas  

Desde los primeros andares del sindicalismo en la legalidad arrastramos un defecto estructural: la no valoración de las conquistas y, tal vez, por las características movimientistas de otrora la insuficiencia de organizar nuestras conquistas. La relación entre ambas parece evidente, y no se me caen los anillos en afirmar nuevamente que esta ha sido una herencia negativa que los de mi quinta hemos dejado a las generaciones sucesivas.

Hay dos ejemplos de estos últimos tiempos que expresan  aproximadamente lo que quiero decir: una, en La utilidad del sindicato en Seat, se relata una conquista relevante  de lo que se quiere decir; la victoria sindical y iuslaboralista con relación a la huelga de Panrico. ¿Quién lo ha valorado? Que me lo presenten y rectifico.

Por lo demás, las conquistas no se organizan solas. Cosa que sabemos, pero que su conclusión práctica la dejamos para el maestro armero. Con lo que, de esta manera, tampoco se incrementará la fuerza permanente del sindicalismo.  Aclarémonos: una fuerza permanente y pensante.   

Radio Parapanda. EL SUFLÉ CATALÁN Y “PODEMOS” y GAMESA: hacia el segundo Acuerdo Marco Global de una multinacional de cabecera española


jueves, 4 de septiembre de 2014

¿«EL CORPORATIVISMO DE LOS SINDICATOS», DICE USTED?




El prestigioso historiador José Álvarez Junco escribe hoy en El País un interesante artículo: Nacionalismo y dinero.  Soy de quienes le leen atentamente y, en la mayoría de los casos, celebra sus escritos. En esta ocasión, no obstante, tengo un fuerte contraste no tanto con el argumento central de su exposición sino con una opinión no central, aunque importante, que a mi entender me distancia del autor.

En un momento dado, el profesor dice lo siguiente: «Llamamos corporativismo a la tendencia de un grupo o sector social a reforzar su solidaridad interna y defender sus intereses y derechos particulares anteponiéndolos a los principios de justicia, al interés general y a los perjuicios que puedan ocasionar a terceros». Ligado a esta definición, Álvarez Junco añade: «… El corporativismo es también muy del gusto  de los sindicatos…».  Vayamos por partes. 1) De momento no se me caen los anillos en reconocer que hay sindicatos corporativos y que, incluso, en aquellos que no lo son existen momentos que podemos reconocer como prácticas corporativas; 2) ahora bien, ¿a qué sindicatos se refiere Álvarez Junco cuando habla de que «el corporativismo es muy del gusto» de ellos? Comoquiera que mentar la bicha del corporativismo levanta zarpullidos en la piel –muy sensible de los sindicalistas--  procuraré distanciarme de toda reacción picajosa, la que se desprende de considerarse atacado desde fuera, lo que, a decir, verdad no es el caso de Álvarez Junco.

Analicemos particularizadamente lo que afirma el profesor Álvarez Junco.   

«Llamamos corporativismo a la tendencia de un grupo o sector social a reforzar su solidaridad interna…». ¿Por qué había de ser corporativista que cada grupo refuerce su solidaridad interna? ¿Es preferible, pues, que cada grupo se esmere en la desagregación interna, en un todos contra todos? Eso no sería un grupo social sino una horda. 

«… y defender sus intereses y derechos particulares anteponiéndolos a los principios de justicia, al interés general y a los perjuicios que puedan ocasionar a terceros». Nótese que Álvarez Junco ha separado esta frase de la anterior con la conjunción copulativa “y”, lo que nos permite enjuiciarla  como una característica más de la definición de corporativismo. Pues bien, así las cosas, todo indica que nuestro autor hace una escisión entre «derechos sociales», que dan soporte «a los intereses y derechos particulares, anteponiéndolos a los principios de justicia». Entonces, debo levantar la voz educadamente y recordar que no hay derechos particulares sino simplemente derechos, reconocidos unos por la Constitución y otros por las leyes. O lo que es lo mismo, indudablemente sin querer Álvarez Junco deconstruye los derechos sociales (que él califica de «particulares» colocándolos a un nivel de segunda división. En ese sentido, la puerta está abierta –sin proponérselo el profesor--  para avanzar más el razonamiento y tildar  a la arquitectura jurídica “social” de corporativa y, más todavía, de una estructura de privilegios.

Hablemos de la relación entre sindicalismo e intereses generales. ¿Es una práctica corporativa y ayuna del interés general la movilización en defensa del Estado del bienestar? ¿Es una expresión de corporativismo la defensa de lo público por parte del sindicalismo? ¿Cuándo el sindicalismo propuso la reforma de las administraciones públicas, hace ya tiempo y fue desoído su proyecto, «era del gusto del sindicalismo» en clave corporativa? Desde luego que no.

Y hay más: cuando el sindicalismo acepta la moderación salarial está actuando en clave corporativa? ¿Acaso no lo hace en función de los intereses generales? Desde luego que sí. Porque es una agresión al poder adquisitivo, debilita la demanda interna, interfiere la creación de empleo y pone las cosas más difíciles para la recuperación económica.

La propuesta de Fernández Toxo de un Pacto de Estado por el empleo fue desoída. Nadie en su sano juicio dirá que era una muestra más «del gusto de los sindicatos por el corporativismo». Es más, soy del parecer que, precisamente  porque representaba la expresión más concreta de los intereses generales, fue ninguneada.

Quiero decir enfáticamente que no todo es oro reluciente en las prácticas del sindicalismo. Tiene insuficiencias y limitaciones. Pero no son de naturaleza corporativista, aunque –como se ha dicho más arriba--  puede haber en algunos momentos ese tipo de burgos podridos en algunos sectores.  Esperemos, pues, que el profesor Álvarez Junco los señale, y si son tales haremos bien en reconocerlo. Y ante esa señalización lo que no podemos hacer es cultivar la piel picajosa sino corregirlo drásticamente.

Apostilla. Ciertamente el tema que estamos tratando no era el objetivo central del artículo mencionado. Pero no creo que sea apropiado tratar un tema de la naturaleza del «corporativismo» del sindicato aprovechando –mal aprovechando, más bien--  que el río Genil pasa por Santa Fe, capital de la Vega de Granada. 


Radio Parapanda.--  VEJEZ Y LIBERTAD




lunes, 1 de septiembre de 2014

MÁS SOBRE LOS EXÁMENES DE LOS SINDICALISTAS



Mi querido amigo Paco Rodríguez de Lecea ha comentado en OLOR A OVEJA mi planteamiento sobre ¿Deben los sindicalistas examinarse antes de ser elegidos para un puesto de responsabilidad?. Dice Paco: «Quizás me equivoco, pero interpreto que de la propuesta conscientemente provocativa de López Bulla trasciende de alguna forma la urgencia de contar con más “olor de oveja”, y menos tufo a pasillos, en los puentes de mando de las instituciones; menos trincheras y más batallas en campo abierto. Los pastores verán lo que hacen, pero en mi opinión ese anhelo de José Luis coincide en buena medida con lo que precisamente está reclamando un “rebaño” civil cada vez menos dócil y más indignado».

 

No, no van por ahí los motivos. Las únicas razones son las que dije en el artículo citado más arriba. Se trata de incrementar los saberes y conocimientos, científicos, técnicos y humanistas, de los sindicalistas. No se trata de formar eruditos o letraheridos, sino dirigentes capacitados para el ejercicio de una tarea cada vez más compleja. En concreto, se insiste en la idea de que «el conflicto social es –también y sobre todo--  un conflicto de saberes».

 

Quede claro: no me refería a los riesgos de burocratización, ni aludía a evitar el «tufo a pasillos, menos trincheras y más batallas a campo abierto». A los que siempre está expuesta toda gran organización. Para «oler a oveja» --es decir, la cercanía a la que alude metafóricamente el papa Francisco--  están las condiciones, estilos y normas del sindicato, que en otras ocasiones hemos referido, concretamente al sindicato-de-los-trabajadores, no el sindicato-para-los-trabajadores.  

 

Es más, unos grupos dirigentes con más saberes y conocimientos, contrastados diariamente con la realidad efectiva, establece la hipótesis –una hipótesis no equivale a certeza--  de que la organización no vaya de prestado a la hora de formular su proyecto y las características de su trayecto. Cuya relación con la independencia y autonomía del sindicato parece evidente. Y ya hemos visto, también, el vínculo que se ha ido estableciendo, a lo largo de la historia, entre «independencia» y «democracia».

 

Por cierto, será conveniente recordar que cuando antiguamente se ponía el énfasis en el «olfato de clase» era sólo (y solamente) una pícara metáfora. Nada más que una metáfora que, en no pocas ocasiones, tenía gato encerrado: los trabajadores deben tener olfato de clase; mientras tanto, desde el exterior a la clase tendremos las cosas más fáciles para que nos sigan clientelarmente. Como conclusión: el sindicato debe ser la fiel infantería de un estado mayor externo que lo utiliza para sus contingencias diarias. Lo que no queremos, naturalmente.