El lema de este blog es: "Nada curo llorando y nada empeoraré si gozo de la alegría" (Arquíloco).
martes, 5 de agosto de 2014
GUÍA PARA LA LECTURA DEL LIBRO «LA IZQUIERDA DE BRUNO TRENTIN»
En una serie de entradas anteriores se han
publicado los capítulos del libro La
izquierda de Trentin, cuyo autor es Iginio Ariemma. En esta ocasión, para
facilitar la lectura y búsqueda de tales trabajos, situamos las conexiones
correspondientes. Lo único que tiene que hacer el lector es clicar
con cada conexión. El lector tiene, además, la posibilidad de leerlo
en otra conexión: http://theparapanda.blogspot.com.es/2014/08/guia-de-lectura-de-la-izquierda-de.html
Este trabajo de traducción está dedicado a Paco Rodríguez
de Lecea, que de manera tenaz lo ha
publicitado a los amigos, conocidos y saludados
LOS CAPÍTULOS DEL LIBRO
CONOCER MEJOR A
BRUNO TRENTIN.
PARTIDO Y SINDICATO
LA LIBERTAD ES
LO PRIMERO
LA FORJA DE UN
SINDICALISTA
(1) VICTORIAS Y
DERROTAS DEL SINDICATO
(2) VICTORIAS Y
DERROTAS DEL SINDICATO
LA UNIDAD
SINDICAL COMO SÍMBOLO Y VALOR
(1) EL SINDICATO
DE LOS DERECHOS
(2) EL SINDICATO
DE LOS DERECHOS
EL EUROPEÍSMO
«NATURAL» (DE BRUNO TRENTIN) EN LA PRUEBA DEL PARLAMENTO EUROPEO
1) EL SOCIALISMO
LIBERTARIO DE TRENTIN Y FOA
2) EL SOCIALISMO
LIBERTARIO DE TRENTIN Y FOA
EL SOCIALISMO
HERÉTICO. Primera parte.
EL SOCIALISMO
HERÉTICO. Segunda parte
LAS OTRAS VÍAS
DE LA IZQUIERDA
LA NUEVA
GEOGRAFÍA DEL TRABAJO
CENTRO DE
TRABAJO Y CONOCIMIENTO
lunes, 4 de agosto de 2014
¿QUIERE PODEMOS FUNDAR UN NUEVO SINDICATO?
Diversos sectores de Podemos –ignoramos en principio la amplitud y importancia de los
mismos-- se están planteando la necesidad
de construir un sindicato. Empecemos por lo obvio: la libertad sindical es un
bien democrático, un derecho que permite la creación de organizaciones
sindicales; de manera que Podemos, y
cualquiera que se tercie, puede ejercer ese derecho. Ello no quita, naturalmente, que nos veamos
interpelados a opinar al respecto.
La historia
sindical española arranca con una anomalía en relación a cómo y quiénes fundan
los sindicatos en otros países europeos. En nuestro país, el PSOE y, muy
personalmente, Pablo Iglesias El Viejo,
funda la UGT en
1888. Decimos anómala porque no es exactamente una fundación que nace de manera
independiente y anómala del partido. Lo cierto es que el Viejo –lo empleamos en el término más afectuoso— seguía
estrictamente la concepción instrumental de Ferdinand Lassalle,
legendario político socialdemócratas alemán. Su idea era: «El sindicato, en tanto que hecho necesario, debe
subordinarse estrecha y absolutamente al partido» (Der sozial-democrat, 1869).
La reacción de Karl Marx no se hace esperar: «En ningún caso los sindicatos
deben estar supeditados a los partidos políticos o puestos bajo su dependencia;
hacerlo sería darle un golpe mortal al socialismo» en la revista Volkstaat,
número 17 (1869). Tendremos que convenir, sin embargo, que Karl Marx no ganó
esta batalla. Es más, la concepción lassalleana se impuso en todas la
corrientes de la izquierda durante un larguísimo periodo. De hecho, la gran
mayoría de las componentes políticas de la izquierda oficial –socialistas,
socialdemócratas, laboristas y comunistas--
fueron, en este sentido, estrictamente lassalleanas. De un lado,
imponiendo la autoridad y el dictado de la primacía del partido sobre el
sindicato que, para decirlo lisa y llanamente, lo situaba como chica de los recados; de otro lado, que, para decirlo
lisa y llanamente, situaba al sindicato como chica de los recados; y, de otro
lado, estableciendo una rígida y
artificiosa división entre los objetivos y tareas de uno y otro. Palmiro
Togliatti lo expresa de manera contundente: «no
correspondía a los trabajadores tomar iniciativas para promover y dirigir el
progreso técnico» y que «la función de propulsión en torno al progreso técnico
se ejerce únicamente a través de la lucha por el aumento de los salarios» en
una reunión del Comité central del Partido comunista italiano a finales de
1956. Véase hasta qué punto la mano de Lassalle es alargada (1).
Ahora bien, llega un momento en que las cosas
empiezan a cambiar: las intuiciones de Giuseppe Di Vittorio, padre del
sindicalismo italiano, las investigaciones de Bruno Trentin y, más adelante, la
contribución de Marcelino Camacho van
propiciando que el sindicalismo conteste en la práctica la entonces llamada
«correa de transmisión», esto es, el dogal que papá-partido ponía en el cuello
al sindicalismo. Y tantas veces fue el cántaro a la fuente que la correa saltó
por los aires. La vieja y autoritaria concepción de Lassalle, que tantos
estropicios había provocado en el movimiento sindical, empezó a convertirse en
una reliquia que nadie custodiaba. Porque el conflicto social ya no era una
hechura de lo que pretendía el auto considerado pater familias sino la expresión independiente y autónoma del
sujeto sindical. De manera que la ropa vieja de la correa de transmisión pasó
al archivo. Pero, según parece, algunos sectores de Podemos tratan de sacarla del arca y, con o sin alcanfor, reincidir
en Lassalle.
Con toda seguridad, Pablo Iglesias El Joven conoce estos antiguos trajines
de las (antes llamadas) relaciones partido – sindicato. De manera que no está
de más que se auto advierta de la contradicción entre crear un partido de nueva
estampa y que éste funde –o algunos sectores de su partido impulsen-- un sujeto de rancio estilo. Lo uno no se compadece con lo otro. Otra cosa,
bien distinta, es la obligación de Podemos
de dirigirse directamente a la nueva geografía del trabajo, cosa que más de uno
agradecerá.
(1) La respuesta de Bruno
Trentin es no menos tajante: ««Francamente,
nosotros pensamos que la lucha por el control y una justa orientación de las
inversiones en la empresa presupone en muchos casos una capacidad de iniciativa
por parte de la clase obrera sobre los problemas relacionados con el progreso
técnico y la organización del trabajo, intentando quitar al patrón la
posibilidad de decidir unilateralmente sobre la entidad, las orientaciones, los
tiempos de realización de las transformaciones tecnológicas y
organizativas. Una iniciativa similar
aparece, al menos a nosotros, como la condición en muchos casos para poder dar
a la negociación de todos los elementos de la relación de trabajo (e incluso de
los tiempos de producción, de las plantillas y de las formas de retribución) un
contenido efectivo dada nuestra imposibilidad de contraponer a la orientación
de las inversiones de la empresa nuestra propia alternativa poniendo límites
substanciales a las inversiones de la empresa y al desarrollo de la negociación
colectiva en la empresa». [Citado por Iginio Ariemma en http://theparapanda.blogspot.com.es/2014/08/guia-de-lectura-de-la-izquierda-de.html]
Radio Parapanda.--- DEMOCRACIA Y
ERROR por Paco Rodríguez de Lecea
domingo, 3 de agosto de 2014
CENTRO DE TRABAJO Y CONOCIMIENTO
Nota
editorial. Con esta entrega (la tercera parte del capítulo Las otras vías de
la izquierda) finaliza la traducción del libro de Iginio Ariemma La sinistra
di Trentin. Nuevamente agradecemos al autor y a la editorial Ediesse la
gentileza en autorizarnos la edición de este material en lengua castellana.
Recordamos que todas estas entregas se encuentran en el blog
almacén http://the parapanda.blogspot.com.es/2014/08/guia-de-lectura-de-la-izquierda-de.html Este
trabajo de traducción está dedicado a Paco Rodríguez de Lecea, que de manera
tenaz lo ha publicitado a los amigos, conocidos y saludados
Iginio Ariemma
Del trabajo abstracto al trabajo concreto y el proyecto
de nueva civilización
A pesar del intento de «salvaguardar el mito del
trabajo como un apéndice ciego de una clase managerial pensante», Trentin
sostiene con convicción que el trabajo cambia. Por eso escribe en 2002 cuando
le fue concedida la distinción de Doctor Honoris causa por la Universidad de
Venecia: «Estamos ante el declive del trabajo abstracto sin calidad, la idea de
Marx y el parámetro del fordismo.; hay que del trabajo concreto, del trabajo
pensado –y de la persona concreta que trabaja— la referencia de una nueva
división del trabajo y una nueva organización de la empresa. La revolución tecnológica e industrial en
curso contiene «la exigencia de redefinir los espacios de libertad, creatividad
y auto realización de la persona» y liquida «las barreras que lo separan del
trabajo asalariado y del trabajo autónomo, el trabajo mercantilizado del
trabajo voluntario, el trabajo abstracto del trabajo concreto». Y precisa: «El
dato nuevo es que la calidad y creatividad del trabajo se está convirtiendo en
un factor insubstituible de la competitividad de las empresas y también de las
naciones (29).
Ahora bien, es necesario distinguir la flexibilidad
como ideología y la flexibilidad como realidad, es decir, como «fisiología de
la empresa moderna». La primera tiene que ser combatida y derrotada, porque
conduce a la precariedad, y el precario no es un hombre libre. Conduce a un
«segundo mercado laboral, al poor work, al despilfarro de recursos
humanos y profesionales a todos los que no han tenido la posibilidad de ponerse
al día». El riesgo que prevalece hoy en el mundo del
trabajo es la «amenaza de una profunda fractura social entre quien es dueño de
un saber y quien está excluido». En el capítulo final de La ciudad del
trabajo hay un buen plantel de propuestas. Hablamos de propuestas, no de la
ferruginosa retórica de la centralidad del trabajo que hoy repiten todos, a
diestro y siniestro.
En primer lugar, un nuevo contrato social donde lo
que prime sea la calidad y no la cantidad; la autonomía real del trabajo, esto
es, la posibilidad y capacidad de seleccionar, de decidir y la responsabilidad
del resultado. Lo que exige una mayor democracia en los centros de trabajo en
el sentido más amplio, que puede realizarse si el trabajo es un derecho de ciudadanía
garantizado constitucionalmente. La participación democrática de los
trabajadores debe orientarse al control de la organización productiva y a
favorecer planes de empresa que incentiven el conocimiento y la formación,
también con el objetivo de aumentar la productividad.
La segunda gran propuesta que Trentin avanza es la
formación permanente a lo largo de toda la vida. La flexibilidad no se traduce
en precariedad si está acompañada por la formación, si no hay solución de
continuidad entre un trabajo y otro. Es la formación, la recualificación
continúa, la garantía para el trabajador
de nuevas tutelas a partir de la empleabilidad, es decir, el poder estar
empleado y con seguridad económica. Por lo demás, el conocimiento del
trabajador o, como se dice ahora, el capital humano es el factor decisivo para
aumentar la innovación y la productividad.
Trentin es consciente que estos derechos de tan largo alcance exigen
modificaciones radicales de los actuales convenios y relaciones industriales e
incluso del Estatuto de los trabajadores, pero no se arredra. Plantea, además
de una modificación substancial del
welfare social --que debe plantearse continuamente sus objetivos, incluso lo
del gasto-- la necesidad de invertir en la investigación y en la enseñanza.
La financiación de esta auténtica revolución en el campo del trabajo y la
industria debe ser, en gran medida, pública, pero puede tener el concurso de
las empresas e incluso de los trabajadores.
El tercer bloque de propuestas se refiere al horario
de trabajo. Trentin fue contrario a la reducción rígida del tiempo de trabajo
tal como se hizo en Francia con la ley de las 35 horas y como propuso Rifondazione
comunista en los años 1997 – 1998 durante el primer gobierno Prodi. Estaba
en contra; decía sarcásticamente que Rifondazione
«se equivoca de capitalismo», no comprendiendo que el fordismo está en declive.
Las 35 horas no permiten, de hecho, el control y la reducción del capitalismo.
Sin embargo, hay que pensar a lo grande, con medidas que favorezcan el aumento
de la población activa y el envejecimiento activo, de tipo voluntario, en
respuesta al crecimiento de la esperanza de vida y a los cambios demográficos.
Por ejemplo, la flexibilidad de salida del trabajo; la gradualidad del tiempo y
del horario de trabajo, sobre todo semanal, según la edad y más disponible a
permisos familiares, tanto del padre como de la madre; mayor oportunidad para
permisos sabáticos por motivos de estudios… Tal flexibilidad debe valer –también y quizá en mayor medida— para los
jóvenes con la idea de permitir una mayor integración entre estudio y trabajo
(30).
Los centros de trabajo: organizaciones que crean
conocimiento
Al
final de su vida Trentin centra su interés en la relación entre trabajo y
conocimiento. Giovanni Mari, cuando recordó la distinción de Doctor Honoris
causa de Trentin, reveló que plantear «los centros de trabajo como organización
que crean conocimiento» es una intuición extraordinaria porque contiene «la
idea del gran cambio que no se refiere sólo a la organización de la producción
y el trabajo, sino a toda la sociedad e indica el camino de una nueva
civilización» (31). Me parece que
también Jacques Délors, en el prólogo a la edición francesa, señala una
evidencia análoga cuando escribe que Trentin busca «construir la sociedad del
trabajo sin ingenuidad alguna, sin falsas ilusiones, con el concurso de todos:
desde el investigador al ingeniero, desde el obrero al encargado, desde el
programador al responsable provocando que emerja la inteligencia colectiva de
los trabajadores» (32). Uno de los momentos más felices de Bruno Trentin con
relación a Délors fue cuando el Parlamento europeo discutió y aprobó en la Conferencia de Lisboa el programa de desarrollo sobre la economía
del conocimiento al que Trentin aportó una notable contribución. Un programa
que, sobre todo, merece ser actualizado (33). Aunque con cierto esfuerzo la
innovación tecnológica basada en el conocimiento toma cuerpo y se está
conformando una nueva geografía del trabajo como testimonia el libro del
economista italiano que enseña en Berkeley, Enrico Moretti. El mapa de las
innovaciones en los productos y en los procesos productivas está cambiando
también la geografía y las ciudades, en las más innovadores el empleo es mayor
y también el bienestar. Esto sucede en los Estados Unidos, pero también –aunque
en menor meida-- en Europa (34).
En
el pensamiento de Trentin hay, sin duda, una vena o, mejor dicho, una tensión
utópica. Bruno no lo esconde. Pero ¡ojo con endosarle la máscara de un
Aristófanes de turno diciendo que tiene la cabeza en las nubes. Su proyecto es
serio y realista. Ahora se está convirtiendo en más actual. En una sociedad como la de hoy donde todo
–desde la economía a la vida afectiva y sexual, del espectáculo al arte— está
orientado al breve plazo y al consumo inmediato, una sociedad llena de
intolerables desigualdades, de injusticias y egoísmos exhibidos y arrogantes,
una sociedad cada vez más frágil y vulnerable, en gran medida a causa de la
falta de trabajo y de precariedad, es más que razonable sostener que el derecho
al trabajo es la prioridad y la base y la base de una nueva civilización. Atención: no se trata de un salario o renta
mínima garantizada de la que Trentin fue siempre coherentemente crítico
(apoyaba solamente una renta mínima de inserción en el trabajo acompañada de un
programa de formación), sino de un derecho al trabajo que ofrezca seguridad a
la persona humana y, sobre todo, aumente su libertad y su conocimiento y la
posibilidad de realizarse. Por ahí pasa su deseado nuevo humanismo.
Una
izquierda nueva
Cuando
acaba la redacción de La ciudad del
trabajo Trentin declara que se
siente parte de la izquierda libertaria que ha sido minoritaria en el
movimiento obrero y en la izquierda. Es
la izquierda que tuvo en el centro de su interés y de su acción el trabajo y el
proceso productivo, la que ha situado la primacía en la sociedad civil, no en
los juegos políticos de las cúpulas. Este capítulo, «Las otras vías» es una miscelánea de la izquierda herética de
matriz comunista, socialista, liberal-democrática y de aquel liberalismo
revolucionario a lo Carlo Levi del que se nutrió siendo joven. De ese modo
responde a la pregunta que se pone al principio: «¿Había otra izquierda?».
Había, hay y debe haber, responde, siempre que la izquierda tenga la voluntad
política de proponer una vía alternativa al neoliberalismo, agresivo y
frecuentemente salvaje, si quiere construir una vía que no sea una panacea o un
paliativo; que sea capaz de cambiar el trabajo y la vida para dar vida a una
nueva civilización.
Comparto
lo que escribe Supiot: «Su invitación [de Trentin] a situar el trabajo y la
libertad humana en el centro de la política de izquierda no debe entenderse
solamente como un llamamiento a la justicia sino incluso –o quizás sobre todo—
como una llamamiento a la razón y el buen sentido» (35). Es una invitación,
añado, que intenta dar una respuesta positiva a la cuestión de la democracia tout court, hoy claramente en
dificultad. El constitucionalista Vittorio Angiolini ha definido que la visión
democrática de Trentin es herética ya que su núcleo es la auto tutela
individual y colectiva de la libertad y los derechos conquistados. Es, pues,
una democracia que, reconociendo el valor de la democracia representativa de
matriz liberal, se ejercita –quizás ante todo— por la base, en la sociedad
civil en un enraizado sistema de autonomías.
En La ciudad del trabajo es
explícita esta visión: la auto organización social legitima el Estado y no al
revés. Realmente escribe en las últimas páginas que es necesario promover «la
formación de un Estado que sea expresión de la sociedad civil y se muestre
capaz de promover, cada vez más, unos derechos para favorecer la búsqueda de la
auto realización de la persona humana, en primer lugar en el trabajo»
(36). Según Norberto Bobbio, la
democracia es «subversiva» porque arranca desde abajo, pero para ser tal
–parece decir Trentin— el voto y la aceptación de la alternancia y del recambio
entre orientaciones contrapuestas deben caminar al lado de una robusta sociedad
civil, compuesta de partidos, sindicatos, asociaciones y redes informativas que adiestren a los ciudadanos a la cultura
democrática, la convivencia civil, la salvaguarda de los bienes comunes y la
creciente participación en la vida pública.
La
autonomía es la nueva forma del Estado federal y, en general, el lugar político
e institucional para la auto educación civil y democrática del ciudadano y de
las masas. Es evidente la herencia del azionismo más progresista y especialmente
de su padre, Silvio Trentin.
Trentin
desconfía del poder y, en primer lugar, de las élites que sin alternancia se
transforman fácilmente en castas auto referenciales narcisistas o jacobinas,
aunque se afirmen, en primera instancia, con procedimientos democráticos. Para Trentin, Gaetano Mosca era un politólogo
reaccionario. Incluso aquí, Angiolini
capta bien la heterodoxia trentiniana cuando escribe que para él «el
poder heterónomo, aunque sea democrático, es imprescindible para la vida social,
pero siempre es imperfecto, incompleto y sospechoso frente a la auto
afirmación» porque tiende a «perpetuarse a sí mismo y a sus contradicciones
poniendo frenos a la libertad» (37). Eso vale tanto para la economía de mercado
como para el capitalismo. Pero igualmente vale para el socialismo. Incluso por
esto, el socialismo –en el que continúa creyendo— no es un modelo definido y
concreto, sino un proceso, una búsqueda de libertad y opción, no como necesidad
de la historia. El corazón de ello es, ante todo, la libertad en el trabajo. Hay que situar la política, en primer lugar,
con el objetivo de crear libertad y derechos universales, con la reducción de
las distancias y desigualdades entre gobernantes y gobernados, entre los que
dirigen y los que son dirigidos.
Cuando
en 1989 se plantea la disolución del PCI, en el que se afilió en 1950, y la
constitución de un nuevo partido, Trentin estuvo de acuerdo. De hecho, ya en
1990 promovió la liquidación de la corriente comunista y de todas las
corrientes en el interior de la CGIL. Sin
embargo, no debía limitarse, en primer lugar, al cambio de nombre, tenía que
estar precedida por un debate serio y profundo sobre el diseño y los contenidos
programáticos, por un gran proyecto y, en segundo lugar, su objetivo debía ser
el partido del trabajo y tener como eje los sindicatos de los trabajadores,
aunque no de manera exclusiva y determinante, no como el modelo de los laboristas,
pero como protagonistas de la reforma de la sociedad civil. Las cosas, como es
bien sabido, no fueron de esa manera: prevaleció la naturaleza transformista
del nuevo partido, diría Trentin.
En
uno de los últimos cuadernos de su diario Trentin escribe: «Siento que mi mensaje sobre la libertad en
el trabajo, la posibilidad de auto realización de la persona humana no ha
salido adelante, y que la política ha tomado otro camino. Esto quiere decir
´out´. ¡Madre mía”». No, La ciudad del
trabajo no es un libro ´out´. Es un libro que permanece, que es necesario
leerlo más veces, como un «clásico». Se puede compartir o no su visión, una
auténtica apología del trabajo, una utopía no maximalista, concreta,
experimental, cotidiana. No obstante es una respuesta al caos, a los demonios
del poder, a la impotencia y al drama de la política; es, pues, una parte de
nuestra historia, no sólo de la de ayer,
sino de hoy y de la futura (38).
Notas
29)
La lectio doctoralis: http://baticola.blogspot.com.es/2006/07/trentin-doctor-honoris-causa-en-la.html
(30) En el
mismo sentido se orienta la propuesta de Kermal Davis, responsable del programa
de Naciones Unidas, Il lavoro su misura
de ogni età en Il Sole 24 ore, 28 de julio de 2013
31)
Giovanni Mari, Relazione
dattiloscritta per il decennale della laurea honoris causa, Venezia, 12 diciembre 2012.
32)
Sull’Europa v. Bruno
Trentin. La sinistra e la sfida dell’Europa politica, a cargo de Sante Cruciani, prólogo de Iginio
Ariemma, Ediesse, Roma 2011; y Bruno
Trentin e la sinistra italiana e francese,
a cargo de Dante Cruciani, Collection de l’École française de Rome, n. 46, 2012
33) Jacques
Delors, prefacio a La cité du travail, cit.
34) Enrico Moretti, La
nuova geografia del lavoro,
Mondadori, Milano 2013. Nota del traductor: Véase en LA NUOVA GEOGRAFIA DEL LAVORO.indd
35)
Alain Supiot, introducción, cit., p. 28
36)
La ciudad del trabajo, citada.
37) Vittorio
Angiolini, en Il
futuro del sindacato dei diritti,
cit., pp. 35-59.
38)
A Trentin le gustaba mucho la canción Le
temps des cerises: http://www.youtube.com/watch?v=HK2ZNDujsQA,
que tanto cantaron durante la
Comuna de Paris.
Traducción
José Luis López Bulla
sábado, 2 de agosto de 2014
LA NUEVA GEOGRAFÍA DEL TRABAJO
Nota editorial. Publicamos la segunda parte del capítulo «La
ciudad del trabajo y las otras vías de la izquierda» del libro La sinistra di Bruno Trentin. Recordamos que las
anteriores entregas se publican correlativamente en http://theparapanda.blogspot.com
Iginio Ariemma
Gramsci y la ideología consejista
Americanismo y fordismo, de Gramsci, ha sido el ensayo que más ha
comprometido, apasionado e incluso fatigado a Trentin. Lo leyó muy pronto,
recién publicado y escribe una recensión en Quarto Statu, la revista de Lelio
Basso, La società degli alti salari (11). Es junio de 1950, probablemente
antes de su afiliación al PCI. Capta el análisis general del ensayo, pero hace
una lectura crítica en un punto que no es secundario: el salario alto no es
«una forma transitoria; es verdad que es «un instrumento de coerción» y de
paternalismo, pero es un vínculo entre el fordismo y la política general del
gobierno americano. Los dos se orientan a generar una «productividad creciente»
a través de los altos salarios y la estabilidad de la mano de obra «con la
consiguiente posibilidad de mantener un ritmo productivo creciente» y un
«aumento del consumo nacional». Este es el incipit de su estudio sobre el
neocapitalismo que lo llevará a ser uno de los expertos más reconocidos en la
materia. Escribe esta recensión cuando todavía hace poco que ha estado en
Harvard y tiene frescas sus investigaciones y debates de la política
norteamericana, muy en particular sobre el New
Deal y la organización prouctiva y
el pensamiento de Henry Ford. Es ahí, en esa política, donde capta el origen
del neocapitalismo, la innovación que representa, incluso sus nuevas relaciones
sociales y de trabajo como, por ejemplo, las human relations.
Reemprende
seguramente la lectura de Americanismo y
fordismo cuando Giuseppe Di Vittorio lo envía a Turín a estudiar la
condición obrera de la FIAT
tras la derrota de la FIOM
(1955) en las lecciones sindicales (Comissioni interni). Fue un momento decisivo en su
vida ya que, en esa experiencia, comprende la importancia decisiva del control
de la organización del trabajo, todos los aspectos de la relación de trabajo
(ritmos, ambiente, cualificaciones profesionales, etc) mucho más decisivos que
la lucha por los salarios (12). Allí mdura la convicción de que la lucha
secular por la redistribución de la renta, aunque sacrosanta, no conduce a
resultados significativos en el plano de la igualdad, y que son los derechos
–es decir, el poder de ejercitar efectivamente la libertad-- las conquistas
duraderas del progreso social y la vía del socialismo (13). En el conflicto social y distributivo la libertad es lo primero, dejará como testamento espiritual.
En
los años cincuenta (entonces Trentin tenía treinta) investiga mucho sobre los temas del
progreso técnico, la productividad y el neocapitalismo. Recuerdo el ensayo Produttività, human relations e politica
salariale, aparecido en
agosto de 1956 en Critica economica,
la revista que dirigía Antonio Pesenti. Este ensayo es la reelaboración de su
ponencia en el seminario del Istituto Gramsci, I lavoratori e il progresso tecnico. En la correspondencia de Trentin hemos
encontrado un manuscrito de unas 140 páginas en respuesta a la intervención de
Franco Rodano, Neocapitalismo
e classe operaia, publicado precisamente en el número de mayo-junio
de 1957 en Nuovi argomenti. Simultáneamente
aparece en Mondo operaio el artículo de Vittorio Foa Il neocapitalismo è una realtà, que provocó una amplia discusión en las filas de
la izquierda. Aunque el ensayo de Trentin es de agosto de 1957 nunca ha sido
publicado y no sabemos por qué. De hecho tiene un gran interés porque anticipa
sus investigaciones, los temas y las soluciones que desarrollará más adelante. Trentin
critica a Franco Rodano en algunos aspectos significativos: el necocapitalismo
como «untopía pequeeño burguesa», la visión determinista del progreso
tecnológico y de la automatización y la concepción abstracta, apriorística e
idológica de la clase obrera. No obstante, la reflexión más densa es sobre la
terciarización y las alianzas con las capas medias; en este sentido, Trentin ve
en los técnicos, investigadores y científicos «los nuevos sujetos del proceso
revolucionario», los aliados naturales de la clase obrera.
Estos
temas tendrán una sistematización más profunda en la ponencia del seminario
sobre el capitalismo italiano (1962), promovido por el Istituto Gramsci.
En Le
dottrine neocapitalistiche e l’ideologia delle forze dominanti nella politica
economica nos encontramos con estas novedades:
1) El americanismo es también en Italia una
modernización tecnocrática y en la gestión del del capitalismo;
2) estas transformaciones (el management, las human
relations, los altos salarios, los procesos de automatización, etc.) no son
una mistificación sino el intento de construir una nueva hegemonía por parte de
las clases dominantes;
3)
la base de masas, en Italia, de esta hegemonía no es la socialdemocracia, que
no tiene raíces históricas, sino el movimiento católico, aunque a la búsqueda
de su propia dimensión autónoma en el plano social y económico;
4)
esta hegemonía puede ser derrotada, no con la ilusión verticista de reformas
estructurades impulsadas por arriba, sino medfiante un amplio movimiento de
base de la clase obrera que provoque nuevos instrumentos de democracia en la
fábrica y construya nuevas alianzas, especialmente con los técnicos.
La leadership de Trentin entre los metalúrgicos
–desde 1962 en adelante y, sobre todo, la experiencia de los años del otoño
caliente, 1968 y 1969, siendo uno de sus principales protagonistas-- tiene como referencia a Gramsci. La brújula
de su orientación es, particularmente, la ideología consejista de L´Ordine Nuovo. Pero su padre, Silvio,
también le influyó (15). Ahora bien, Trentin innova el modo de concebir los
consejos, ya que estaba convencido de que la ideología consejista había
fracasado tras la experiencia de los años 1919 – 1920. Para él, los consejos no
son --y no pueden ser-- instituciones públicas que se orientan al autogobierno
de los productores, ni tampoco instrumentos de contrapoder obrero en el proceso
revolucionario tal como sostenían los más radicales y extremistas. Trentin
concibe los consejos de fábrica como órganos del sindicato, de un sindicato más
democrático, unitario –de todos los trabajadores, afiliados y no afiliados-- para el control de la producción y de las
condiciones de trabajo (16). En aquella época le conocí y nos hicimos amigos.
Entonces yo era secretario provincial del PCI turinés.
Por
aquel entonces Trentin ya había madurado una posición original sobre el tema
del gobierno de la empresa: la autogestión por parte de los trabajadores es
errónea y está destinada a la derrota tanto en el plano económico como en el
político; la vía es la cooperación conflictiva, que Trentin denomina «codeterminación»,
según la cual los consejos de delegados y los sindicatos tienen el poder del
control de la organización del trabajo y el derecho de ser informados y
participar en los planes de la empresa, pero sin confusión de papeles con el
management –a quien le corresponde la propuesta y la decisión final-- ni tampoco mediante la participación
accionarial ni otras formas de capital.
Trentin, siendo secretario general, pidió y consiguió que el sindicato
no estuviera presente en los consejos de administración de los entes públicos;
tampoco era partidario del sistema dual de gestión, como en Alemania, porque a la larga daña el papel y la
autonomía del sindicato (17). En la raíz
de su concepción, al igual que Marx, está la noción de que entre capital y
trabajo la contradicción y el conficto social son irreductibles. Quizá esta contradicción –me apresuro a
añadir— no tiene la misma centralidad de hace tiempo, pero continúa siendo así. De
todos modos Trentin es consciente que la conflicitidad puede ser un factor
positivo del desarrollo económico y social, y el necesario ingrediente de una
sociedad pluralista y democrática siempre que se gestione con responsabilidad. Tanto sobre esta cuestión, como en otras,
Trentin presenta un desafío positivo al liberalismo a partir de su núcleo
central: la propiedad privada como matriz de la libertad. Sin embargo, para Trentin el trabajo es el
derecho de los derechos, la garantía fundamental de la libertad de la persona.
No hay libertad –es decir, posibilidad de auto realización-- sin trabajo. El trabajo responsabiliza y socializa la
libertad y es el fundamento de la igual libertad. Por lo demás, incluso John
Locke, el padre del liberalismo, definió la propiedad privada como «trabajo
acumulado», pero, según Trentin, la liberación humana no puede depender ni de
la propiedad privada, ni coherentemente de la propiedad pública, de la estatal.
En
la introducción a Da sfruttati a produttori, el libro que recoge su experiencia de quince
años como secretario de los metalúrgicos, en el que desde el título es evidente
el respeto que le tiene a Gramsci, hay una observación crítica que merece
señalarse: «Es difícil substraerse de la sensación –escribe en 1977-- que, de manera recurrente, esta concepción de
la clase obrera como clase dirigente, como clase de los productores […] ha sido
rebajada y superpuesta a los problemas específicos de la clase obrera
italiana»; esta visión y «el proceso de transformación consciente del productor
explotado se presentan referidos únicamente a la acción que los trabajadores
pueden desarrollar fuera del centro de trabajo y, por lo tanto, en el exterior
de su condición específica de explotados». Así, se cae inevitablemente en una
exageración voluntarista, si no paternalista. En todo caso, la experiencia
colectiva es substituida por la ideología. La construcción de un proceso se
transforma en ´llamamiento´ […], es la fractura con la realidad en
transformación» (18). Aunque Trentin
acepta la concepción gramsciana del «productor colectivo» cree que la clase
obrera puede tener éxito si cambia su propia condición de trabajo y de vida a
partir de la organización productiva, no si se queda en el limbo ideológico.
La ciudad del trabajo es, en cierto sentido, la conclusión de su
recorrido en torno a Gramsci. Y es, como reconoce, incluso con menos
generosidad con el fundador del PCI, que sin embargo le había inspirado –como a
todos nosotros-- que el proceso
revolucionario de transformación socialista en Occidente es complejo y exige
una mayor gradualidad y un trabajo en profundidad de hegemonía en la sociedad
civil y en la cultura. «En Gramsci –dice Trentin en una conferencia en Torino
el 21 de noviembre de 1997, pocas semanas antes de la publicación del
libro-- hay una contradicción de fondo
entre un «historicismo finalista, bañado de determinismo» y «un voluntarismo
prometéico» propio de un «misionero». Esta primacía de la voluntad permite la
aceleración del proceso de la historia, «violentar los tiempos», pero no
cambiar la dirección. Así pues, Gramsci es prisionero de dos principios de la
ciencia política, inspirados impropiamente o no por Marx, de los que hemos
hablado antes.
Las
luchas obreras de 1968 – 1969 y el descubrimiento de la persona
Las grandes luchas obreras de finales de los años
sesenta –escribe con orgullo en La ciudad del trabajo— pusieron en
crisis el fordismo y el taylorismo, situando los problemas de la liberación del
trabajo y del control efectivo del proceso productivo más allá de la lucha por
los salarios. En esa dirección fue
importante la contribución de la cultura de tradición cristiana, sobre todo, en
la «defensa de la integridad física y moral de la persona humana, incluso con
relación a la falsa cientificidad de la máquina taylorista». El personalismo
cristiano de Jacques Maritain, Emmanuel Mounier y los escritos de Simone Weil
sometieron a crítica con un «potencial subversivo» los imperativos de la
historia y consecuentemente «el historicismo […] ya oxidado con sus ´etapas
obligadas´ con sus insuperables ´fases de transición´ y sus categorías conceptuales». Trentin descubre la persona humana y la
coloca antes que la clase. La persona es el individuo elevado a valor porque
tiene un proyecto de vida, de autoafirmación. Y añade: «En aquellos años tomó
cuerpo en lo más vivo del conflicto social y en un área muy articulada de la
investigación teórica y empírica una nueva idea de la izquierda: el bosquejo de
un proyecto de sociedad que ponía en movimiento el trabajo y sus
transformaciones posibles (20). Un momento importante de esta investigación fue
el seminario del Istituo Gramsci (Turín 8 – 10 de junio de 1973) sobre «Ciencia
y organización del trabajo». Este seminario, hoy definitivamente olvidado,
conoció la amplísima participación de obreros, técnicos y científicos de varias
disciplinas que, durante meses, discutieron animadamente, con una profunda
preparación en las más importantes realidades productivas, la relación entre
trabajo y ciencia, la superación de la dicotomía entre fábrica y sociedad, una
diferente organización del trabajo y el control de los trabajadores. Trentín participó con una ponencia junto a
las de Giovanni
Berlinguer y Adalberto Minucci,
Raffaello Misiti y Gianni Cervetti (21). Sin embargo, este impulso y
esta investigación se agotan a finales de los setenta.
Son
múltiples las causas –incluída la debilidad del sindicato— de que no se pusiera al día la estrategia reivindicativa
ante los cambios de las políticas de las empresas: lo testimonia la derrota en la FIAT en 1980. Sin embargo, lo
que pesó más fue la debilísima reacción de la izquierda que, ya en el otoño
caliente según Trentin, fue «de baja intensidad» ante los nuevos procesos a
nivel mundial y nacional y no solamente la más marcada agresión del
neoliberalismo con la política reaganiana sino con la caída del fordismo. Esta
falta de reacción afecta tanto a los partidos como a la cultura de la
izquierda. Y se concreta en el «definitivo divorcio de la producción como
centro de interés, como terreno de conflicto». La dura polémica afecta a todos:
en primer lugar a los partidos, que privilegia la gobernabilidad y el juego
político en la cúpula; después a los intelectuales, incluso a los más radicales
que en el pasado habían hecho de la fábrica y de la clase obrera el perno de su
elaboración teórica y cultural, incluso reprendiendo al sindicato. No solamente
los de Lotta continua que vociferaban
aquello de «delegados bidón»; y también los obreristas, es decir, los que
teorizaron el contropiano y el
salario político como arma revolucionaria de superación del capitalismo y ahora
sostenían «la autonomía de lo político» ante los procesos sociales y políticos,
además de los seguidores de Franco Rodano de la Revista Trimestrale ,
que pasaron del productor colectivo al consumidor colectivo, poniendo en el
centro la distribución en vez de la producción.
La nueva greografía del trabajo y la sociedad del
management
A
dieciséis años de la publicación del libro, el taylorismo no ha sido derrotado,
continúa sobreviviendo, aunque con nuevas formas. En Italia está en marcha la
crisis del fordismo: desaparecen cada año fábricas de 500 trabajadores e
incluso de más de 250; los precarios alcanzan ya casi la mitad de los
trabajadores dependientes. Pero el taylorismo se resiste a desaparecer. Incluso
en países emergentes (China, India, Brasil y en los países del Este) fordismo y
taylorismo se reproducen. En nuestro país «la cantera de la innovación
organizativa postfordista –escriben los investigadores universitarios Giancarlo
Cerruti y Marcello Pedaci— está funcionando desde hace poco tiempo, aunque los
resultados son modestos y queda mucho por hacer» (23). Lo demuestran los estudios y las
investigaciones más recientes sobre la condición de trabajo. La gran encuesta
de la FIOM de
2007 (400.000 trabajadores consultados y 96.607 respuestas) demuestra que la
lógica productiva se mantiene inalterada: ritmos sofocantes, tiempos saturados…
Una menor capacidad de ejecución y una mayor responsabilidad en el trabajo que
no infrecuentemente se hacen a medias, escribe Aris Accornero (24). Por otra
parte, el «toyotismo» es una solución más aprente que real, como afirma
Trentin. La investigación de la
Fundación de Dublín, por encargo de la Unión Europea en 31 países,
algunos no europeos, confirma substancialmente los datos de la FIOM.
El
último acuerdo sindical en la
FIAT , inmuesto por el administrador-delegado con un insensato
referéndum entre los trabajadores, no se orienta, con toda seguridad, hacia la
superación del taylorismo, va en dirección opuesta. La mayoría de los trabajadores,
aunque por una escasa diferencia, lo ha aprobado porque tenía miedo de perder
el puesto de trabajo. Todavía recuerdo las caras fatigadas y de rabia de las
obreras, todas ellas de cierta edad, cuando salían de la puerta 2 de las
carrocerías de Mirafiori.
Incluso
allá donde es difusa la pequeña y pequeñísima industria –en Italia, el 95 % de
las empresas están a la mitad de sus plantillas-- no hay un cambio relevante en
la autonomía del trabajo. La
diseminación de los centros de producción y la dispersión de los trabajadores
se afrontan de una forma nueva, formando largas cadenas en el espacio, pero
siempre decididas y planificadas desde arriba, con controles informáticos,
frecuentemente penetrantes, y practicando una dura individualización del trabajo
con objetivos más incisivos y personalizados.
Obviamente,
también existen centros de excelencia tanto en la industria como en los
servicios y en la producción de bienes inmateriales, donde la relación entre la
ciencia y la técnica y el trabajo es más
orgánica; aquí la mayoría de la mano de obra, con estudios universitarios,
tiene mayor autonomía. Pero no es la mayoría.
También aquí el estress del trabajo es alto, dada la organización del
trabajo centralizada y heterodirigida. Pino
Ferraris –amigo de Trentin y mío-- pocos
meses antes de morir me envió dos ensayos de gran interés: el primero trataba
del declive de la solidaridad en los centros de trabajo; el segundo sobre la
larga lista de suicidios de trabajadores altamente cualificados en la France Telecom y en la Tecnocentro de la Renault , etc. En este
último texto relata la explicación de Christophe Dejours, importante psicólogo
del trabajo: «Son suicidios de personas exitosas, normales, implicadas
intensamente en su trabajo. Su gesto desesperado no puede imputarse a la
vulnerabilidad psicológica individual. Es la organización del trabajo la que
debe estar bajo acusación. El manager asigna
individualmente unos objetivos imposibles. Así es que tienes que aguantarte
porque han que conseguir los resultados. Esto es lo que llaman «autonomía del
trabajo» (25).
Richard
Sennet ya puso en evidencia que las características del trabajo actual –la
flexibilidad, la movilidad y el riesgo--
pueden debilitar la identidad laboral, hacer que se pierda el sentido del trabjo y minar el de la
comunidad y la solidaridad entre los trabajadores, no solo los manuales y de
ejecución, además de cambiar substancialmente el hombre (26). Es un cambio que
afecta a todos los trabajadores, incluídos los altamente cualificados. Hoy,
el peligro es mayor que antes porque es
más estrecho el ligamen (y yo diría la dependencia) del poder de quien manda y
dirige y la ciencia y la técnica, y entre estas últimas y el trabajo. No sé si
Supiot tiene razón cuando escribe en la introducción de La cité du travail que la prevalencia de la técnica junto al mando
unilateral y heterónomo del taylorismo podría conducir a una nueva tipología:
el hombre «programable» donde lo que cuenta ya no es la cabeza del trabajador
sino el computer (27). Es un hecho que crece pavorosamente el desnivel entre el
predominio de la técnica y la capacidad humana de guiarla y controlarla.
En
mi opinión, Trentin ha señalado bien el problema. Desde las primeras páginas de
La ciudad del trabajo define nuestro
mundo como «la sociedad del management». Hay ciertamente managers ilustrados;
algunos de ellos tenían una relación de estima y tal vez de afecto con Trentin,
que buscan con convicción y éxito extender la participación democrática y
mejorar la calidad del trabajo, pero el sistema general no va en esa dirección.
La sociedad del management se orienta al beneficio inmediato y a prvilegiar las
inversiones en bienes y en la organización del trabajo a corto, no a medio y
largo plazo. Esta es la naturaleza del capitalismo financiero dominante hoy que, por otra parte, tiene
dimensiones mundiales en el plano del mercado y del intercambio tanto de los
productos como de la producción y del
trabajo. De hecho, en los países emergentes, el taylorismo (como decía antes)
todavía se sigue caracterizando por el trabajo en cadena de Charlot. En estas
décadas, los managers han visto un aumento de diez –y tal vez de veinte veces—
en sus emolumentos con respecto a lo que ganaban en los años setenta. En el
periodo actual, de recesión económica en nuestro país, los cien super managers
han ganado más de 400 millones de euros, cincuenta más que en el 2012 y cien
más que en 2011. Esta ganancia es, en gran medida, el producto de las primas
sobre las acciones gratuitas que han recibido y por las stock options (28). La
diferencia entre estas retribuciones y la de un trabajador normal es ahora
abismal, inconmensurable. La desigualdad, a nivel mundial y en cada país, representa ya la existencia de una oligarquía
financiera con un excepcional poder económico y político, también sobre la
técnica condicionando el curso no solamente de las empresas sino de los
acontecimientos generales.
Notas
11) La
società degli alti salari,
in Quarto Stato, n. 6, junio 1950.
12)
Relazione sulla FIAT, dactiloscrito, 1955.
13 La ciudad del trabajo. Capítulo 4. CAPÍTULO 4 (1)
LA DISTRIBUCIÓN DE LAS RENTAS COMO VÍA AL SOCIALISMO y CAPÍTULO 4 (2)
LA DISTRIBUCIÓN DE LAS RENTAS COMO VÍA AL SOCIALISMO
14)
Bruno Trentin. La libertad es lo primero. Vid. La libertad como apuesta del
conflicto social: http://baticola.blogspot.com.es/2006/06/la-libertad-la-apuesta-del-conflicto.html
15)
Los apuntes de la
Constitución francesa e italiana se encuentran en Silvio Trentin:
Gli abbozzi della Costituzione francese e di quella italiana in Silvio Trentin,
Scritti inediti.
Testimonianze e studi,
Guanda, Parma 1972
16) Trentin
reconoce que esta visión consejista, ligada al sindicato, es más cercana a las
posiciones de Angelo Tasca que a la de Gramsci de 1919, aunque tenía una
opinión muy negativa de Tasca a causa de su doble juego en los años de la
guerra cuando fue funcionario del gobierno de Vichy.
17) Relazione
Bruno Trentin en Democrazia
industriale: idee e materiali,
IRES-CGIl, abril – junio de 1980.
18) Bruno
Trentin, Da sfruttati a
produttori. Lotte operaie e sviluppo capitalistico dal miracolo economico alla
crisi, De Donato,
Bari 1977, p. LXXXIII del la introducción.
19)
La conferencia de Turín, promovida por el Istituto Gramsci piemontese, se
celebró en 21 de noviembre de 1997. Se publicó en en Quale Stato,
n. 3/4, 1997.
20)
La ciudad del trabajo
21) Este
seminario fue publicado en dos volúmenes a cargo de Editori Riuniti, 1973
22) La ciudad del trabajo
23) El ensayo
de G. Cerruti y M. Pedaci está publicado en
Quaderni di
Rassegna sindacale,
n, 2, giugno, 2012.
23) Aris Accornero, Lavoro e classe: la grande inchiesta della FIOM
del 2007, en Lavoro e diritto, n. 3, 2009.
24) Aris
Accornero, Lavoro e classe:
la grande inchiesta della FIOM del 2007,
en Lavoro e diritto, n. 3, 2009.
25) Pino
Ferraris, Inchiesta, febbraio 2010. Véase http://theparapanda.blogspot.com.es/2010/07/los-suicidios-en-el-centro-de-trabajo_12.html
(Nota del traductor)
26) Richard
Sennet, L’uomo
flessibile, Feltrinelli,
Milano 2000.
27) Alain
Supiot, introduzione a La
cité du travail,
cit., p. 24. Versión on line en http://encampoabierto.wordpress.com/2012/12/30/bruno-trentin-la-ciudad-del-trabajo-izquierda-y-crisis-del-fordismo-1/
(N. del t)
28) Gianni
Dragoni, Crescono i
compensi dei super-manager di Piazza Affari,
en Il Sole 24 Ore, 21 luglio 2013.
Traducción José Luis López Bulla
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