viernes, 19 de febrero de 2010

PROTAGONISMO Y ANTAGONISMO DEL SINDICATO



EN AMIGABLE DISENSO CON LA CGIL


Uno de los lemas del próximo congreso de la Confederazione Generale Italiana del Lavoro es: “Sindicato protagonista, pero no antagonista”. Se me ponen los ojos como acentos circunflejos y, rápido como veloz centella, me dirijo a un querido amigo italiano, destacado dirigente sindical de la CGIL. Me responde de manera sobria: “un sindicato que es actor principal de acciones e iniciativas para contribuir a la representación de los intereses de los trabajadores y las trabajadoras. Que propone objetivos realizables e contribuye al gobierno del país durante la crisis y fuera de la crisis. Un sindicato que no se limita a decir no, sino que expresa claramente qué quiere y avanza programas y proyectos”. Estoy plenamente de acuerdo con lo dicho por el amigo italiano. Pero no comparto el mencionado lema congresual. Por otra parte, de las palabras definitorias que hace mi amigo, no se desprende que la conclusión deba ser la formulación de “no antagonista”. Más todavía, hasta donde yo recuerdo, la CGIL ha sido, por lo general –con unos u otros altibajos—una organización que respondía adecuadamente a la caracterización que ha hecho el amigo italiano.


A las personas de edad –como es mi caso— se nos permite no tener pelos en la lengua, especialmente si no tenemos “mando en plaza”. Incluso, con mayor o menor desenfado, también se nos consiente lanzar algunas puyas que, en mi caso, casi siempre parecen amablemente bienintencionadas. Y, con ese carné de identidad intento aproximarme al tema en cuestión. Para ello, me propongo declinar el concepto y la palabra agonista. De donde viene la palabra prot(agonista) y anta(gonista). Agonista, ἀγωνιστής, es una palabra que nos viene del griego clásico, significa: con unos y otros matices significa contendiente, luchador. En ese sentido, es obvio que el sindicato quiera ser protagonista; y, en la misma dirección, veremos si es antagonista o no. Pero, antes de meterme en harina, doy por sentado que no estamos ante un debate nominalista. Pues bien, como la expresión y el concepto “protagonista” me encanta, voy a centrarme en la “otra”, “antagonista”.


Si la base del sindicalismo confederal es el ecocentro de trabajo es de cajón que debemos partir de ahí para enhebrar un discurso que no debería estar apriorísticamente definido. Ahora bien, ya que el sindicalismo confederal pretende intervenir –con el mayor grado de protagonismo posible— en todos los intersticios de la economía-mundo debemos abordar una narrativa sindical que vincule ambos escenarios: 1) el ecocentro de trabajo y 2) la economía-mundo.


1.-- La pugna del movimiento de los trabajadores ha sido siempre –y también en las nuevas condiciones del centro de trabajo innovado— por la mejora de los salarios, por la humanización de las condiciones de trabajo y por los derechos sociales, entendidos éstos como bienes democráticos. Ni qué decir tiene que, en dichos aspectos, las conquistas de civilización parecen evidentes, incluso si lo comparamos con tiempos más históricamente recientes. Ahora bien, comoquiera que el sindicalismo es un sujeto cotidiano, su obligación no es la comparación con los viejos tiempos sino con lo que está sucediendo aquí y ahora.


Lo cierto es que, hoy como ayer, toda aspiración del movimiento de los trabajadores –conducido por el sujeto organizado, el sindicalismo— ha chocado con el poder autoritario del dador de trabajo o con las nuevas formas de management empresarial. Ayer con luchas y formas de expresión no tuteladas por las Constituciones; hoy mediante formas institucionales, más o menos regladas. Ayer a través de las relaciones de fuerza; hoy, también con ellas pero bajo la tutela del iuslaboralismo. Ahora bien, en ese sentido, vale la pena repensar, sin legañas en los ojos, que el dado de la empresa y el management se han comportado históricamente como sujetos de resistencia frente a las demandas del movimiento de los trabajadores, del sindicalismo confederal. Paradójicamente, sin embargo, la etiqueta de resistencialismo ha sido endosada al sindicalismo. O, lo que es lo mismo, todo planteamiento de alternatividad, de narrativa sindical diferente, era adjetivada como re-accionaria. Por ejemplo, cuando en mis buenos tiempos intentábamos confrontarnos al agudo problema de la asbestosis en la empresa Uralita (Cerdanyola, una ciudad vecina de Barcelona) la empresa afirmaba jupiterinamente que éramos una rémora para el progreso. Conclusión, centenares de trabajadores y sus familias estuvieron –y siguen estando— afectados por el mal del amianto. Y no sólo ellos sino una gran parte de la ciudad de Cerdanyola, aunque no trabajaran en dicha empresa. Este es uno de tantos ejemplos que conviene traer a colación. ¿Hay que poner más? No, todos estamos perfectamente al tanto de las cosas. Con un ejemplo emblemático nos basta y, de esa manera, aligeramos este ejercicio de redacción.


El sindicalismo en la fábrica y el sostén confederal expresaban la alteridad de su situación, la alteridad de sus propuestas frente al problema del amianto. La empresa ejerció su más berroqueña política de resistencia, amparada por la ley: la organización del trabajo está en manos de la unilateralidad del poder empresarial y de su ius variandi. En concreto, en Uralita (y otros mil lugares) éramos un sindicato, “actor principal de acciones e iniciativas para contribuir a la representación de los intereses de los trabajadores y las trabajadoras. Que propone objetivos realizables e contribuye al gobierno del país durante la crisis y fuera de la crisis. Un sindicato que no se limita a decir no, sino que expresa claramente qué quiere y avanza programas y proyectos”. Que es lo que atinadamente dice mi amigo italiano. Pero nosotros, con mayores o menos aciertos, nos encontrábamos ante el resistencialismo empresarial que siempre dijo que no a cualquier planteamiento, no digo ya del uso sino del abuso de la organización del trabajo. Al ejercicio de nuestra alteridad, el dador de trabajo oponía su propia personalidad. Uralita nunca quiso cambiar substancialmente las cosas porque eso le convenía y porque estaba apoyada por la ley. Una alteridad que indiciaba la independencia sindical, ejercida democráticamente mediante la cualidad de los hechos participativos; es desde esa alteridad donde se produce la orientación de sentido del sindicato.


En consecuencia, ¿hay que insistir más en que la principal característica del movimiento de los trabajadores –y, por consiguiente, de su representación, esto es, el sindicalismo— es la alteridad, es decir, ser el otro? Más todavía, así las cosas, ¿cuesta mucho trabajo admitir que frente a la contraparte, contumazmente resistencialista, nosotros éramos y somos un sujeto fundadamente antagonista?


2.-- ¿Qué decir de la economía-mundo en esta nueva fase de reestructuración-innovación de los aparatos productivos y de servicios? ¿Qué decir del origen y desarrollo de la crisis actual? Mucho han hablado sobre ella gentes temperadas y con punto de vista fundamentado. Me remito a Antonio Lettieri, Pierre Carniti y otros que, en el ejercicio de altas sus responsabilidades sindicales, siempre auspiciaron y provocaron momentos de discontinuidad y renovación del sindicalismo.


Pues bien, ¿no es cierto que sigue en curso una fuerte confrontación –de ideas y proyectos— que muestran a las claras, naturaliter, una consolidada alteridad? Una alteridad que, por supuesto, intenta colocar al sindicalismo en un lugar de protagonismo activo en el escenario europeo y de la globalización? ¿Y no es cierto que las contrapartes (a través de una actitud resistencialista, como gato panza arriba, en la necesidad de la negociación colectiva europea y de políticas contractuales en los grandes espacios? Más todavía, también en este escenario de la economía-mundo, el sindicalismo parte de su antagonismo. Cosa que no impide que, desde esa personalidad –nacida de la alteridad— llegue a acuerdos, convenios, pactos.


Pues, efectivamente, sí: continúa la confrontación de proyectos entre el sindicato y los responsables de la crisis. Nosotros fuimos claramente antagonistas frente al neoliberalismo, contra la exaltación que hicieron del poder que representaban las “zonas grisis” de la democracia, contra los movimientos especulativos que azotaron los cuatro puntos cardinales del planeta. Una confrontación que sigue ahora, en un momento en que vuelven a las andadas con un descaro que ni siquiera se disfrazan de noviembre, lorquianamente hablando, para no infundir sospechas.


3.-- Por unas y otras razones, tanto en el ecocentro de trabajo como fuera de la empresa, la alteridad del sindicato le hace ser un sujeto-conflicto. Un conflicto que se ejerce institucionalmente, esto es, con reglas, obligatorias y obligantes: otra conquista de bienes democráticos, expresados rotundamente en los textos constitucionales. Ahora bien, el sujeto-conflicto –como expresión de la alteridad sindical— está referido a un conflicto propositivo. No es, por tanto, una expresión “de barricada”. Es un elemento central para que el sindicalismo sea –según el maestro Bruno Trentin— un sujeto reformador.


Conclusiones provisionales. 1) Entiendo que es un
anacoluto relacionar la frase de mi amigo italiano con “sindicato protagonista, pero no antagonista”. 2) Tengo para mí que lo mejor sería eliminar, por confusa, la expresión “no antagonista”.


Pero, con perdón, ¡doctores tiene la iglesia: cada cual es muy libre de bajar las escaleras a su antojo. Y, ¿no es cierto?, cada cual es muy dueño de cantar o no las viejas canciones que los reformistas de antaño escribieron y musicaron. Por ejemplo, el
Inno dei Lavoratori que apenas si se entona en las grandes ocasiones. Es durillo eso del “riscatto del lavoro”. Más dura es, sin embargo, la letra de La Marsellesa. Y no digamos de la venerable ancianidad de Fratelli d’ Italia donde se sigue entonando algo tan chocante como la relación entre el yelmo de Escipión y la creación de Roma, obra de Dios Nuestro Señor. Que, como se sabe, son cosas más antañonas que lo escrito por el viejo padre del reformismo Filippo Turati con música del maestro Amintore Galli.




Radio Parapanda. Se remite encarecidamente a los blogs siguientes: Alumnos de Giuseppe Di Vittorio, Bruno Trentin, Con Umberto Romagnoli. Y, por supuesto, la crónica del día: LA DOCTRINA DEL TRIBUNAL SUPREMO SOBRE LA ACCION PROTECTORA DE LA SEGURIDAD SOCIAL



lunes, 15 de febrero de 2010

REPRSENTACIÓN Y PARTICIPACIÓN SINDICALES. Hablando con Carlos Mejia (Perú).


El jueves día 12 de febrero tuvimos un animado coloquio en el encuentro con dirigentes sindicales de Comisiones Obreras de Catalunya con motivo de la presentación del libro de Antonio Baylos en su versión catalana. Nuestro amigo peruano Carlos Mejía me envía unos comentarios a propósito de mi intervención en el mencionado acto barcelonés, SINDICALISMO Y DERECHO SINDICAL. Y, en el mismo lugar, el joven Simón Muntaner, presente en dicha reunión, con amable conductismo me invita a responder a Carlos. Cosa que haré de la manera más cómoda que me sea posible por dos razones: primero, porque la representación sindical en el centro de trabajo en Perú no es igual que en España; y, segundo, porque desgraciadamente estoy pez en las cosas sindicales de aquel país.


1.-- Quede claro: cuando hablo de transferir los poderes del comité de empresa al sindicato en el centro de trabajo (por lo tanto, estaríamos hablando de una única representación) estoy pensando en la necesidad de que la sección sindical rejuvenezca la democracia y la haga más cualitativa mediante una serie de hechos participativos que deberían estar reglados con normas obligatorias y obligantes. Por supuesto, ese traslado de poderes no puede ser atolondrado, aunque lo importante es no perder más tiempo y empezar a organizar la transición.


Naturalmente estamos hablando de una sección sindical auténticamente representativa de todas las situaciones y tipologías asalariadas presentes en el centro de trabajo. Entendiendo por “representativa” la capacidad de aprehender la condición asalariada de cada diversidad tanto colectiva como individualmente. De esta manera “representativa” se está en mejores condiciones para ejercer la “representación”, esto es, para hablar en nombre del conjunto asalariado. De manera que, así las cosas, “representatividad” y “representación” son conceptos no exactamente iguales. Y, más todavía: ambos conceptos hilvanados por la “participación” son los que presuponen el sindicato-de-los-trabajadores y no un mero sindicato-para-los-trabajadores.


Además de lo que he resaltado en anteriores ocasiones, en esta ocasión desearía añadir un elemento nuevo: el modelo dual que tenemos en España (el comité de empresa y la sección sindical) impide objetivamente que el sindicato general tenga realmente su base en el centro de trabajo. Por la sencilla razón de que la sección sindical, salvo algunas excepciones –ciertamente importantes-- es un huésped realquilado en el comité.


Lo cierto es que ha habido históricamente, en algunos países y modelos sindicales, una desatención notable a que el sindicato tuviera una organización propia en el centro de trabajo. Posiblemente tenga como origen remoto la vieja supeditación (hoy inexistente) del sindicato hacia Papá-partido (el que fuera) y a la antigua desconfianza de no pocos dirigentes sindicales (especialmente los de gran formato) de que el sindicato en el centro de trabajo conllevaba, según ellos, una serie de derivas corporativas. No se libró de esos recelos ni siquiera el gran
GIUSEPPE DI VITTORIO y los de una cultura similar. En concreto, en esos grandes dirigentes siempre se miró con suspicacia especialmente la negociación colectiva en la empresa. Por otra parte, un sujeto estable y, por así decirlo, trascendente era visto como una interferencia para el partido (el que fuera) que se autodefinía como la vanguardia del proletariado. Hoy no se da esa situación. Felizmente para todos, habría que recalcar.


No estoy muy seguro de interpretar correctamente lo que plantea el amigo Carlos Mejía en su comentario, de modo que diré lo que entiendo del fondo de su pregunta: yo soy partidario firme de que el sindicato en la empresa (lo que llamamos en España “sección sindical de empresa”) tenga el mayor caudal de poder contractual posible. Por eso, además, me pongo tozudo con el traslado de los poderes del comité hacia el sindicato en la empresa. Es más, si el tan repetido sindicato en la empresa tiene ese acervo contractual propio son menos los peligros de corporativismo, porque entiendo que puede entrar de lleno en todos los intersticios de la organización del trabajo. Siempre y cuando, lógicamente, contemple la “representatividad” que más arriba se requería. Es más, tengo para mí –pidiendo disculpas a los dirigentes del más alto nivel confederal--, en los procesos negociales en España (contrariamente a lo dicho por Carlos Mejía, si es que le he entendido bien) la Confederación reina, pero no gobierna. Y, peor todavía, seguirá así mientras el sindicato general no tenga definitivamente anclado su verdadero origen en la empresa: en la empresa real que hay actualmente y en la que va siendo. Por lo demás, entiendo que la casa confederal es más robusta si su arquitectura se cimenta en el sindicato en la empresa.


Ahora bien, lo que tenemos pendiente en el sindicalismo español es un pacto confederal: un compendio de normas que establezcan los poderes y el uso de los instrumentos que el ius sindicalismo dispone y los que vayan surgiendo como fruto de conquistas. Por lo menos en dos direcciones: qué prerrogativas tienen unos y otros y que zonas son inviolables, esto es, no sujetas a invasión por nadie. Por nadie de arriba y por nadie de abajo. De ahí que, entrando en la otra pregunta que me hace Carlos Mejía, diga que no creo en una negociación articulada donde todos los espacios negociales negocien absolutamente todo. Me refiero a que se haga –especialmente por abajo-- tabla rasa de lo acordado en otros ámbitos. Tengo para mí que lo más útil es el ejemplo de los convenios generales de la Química en España.


3.— He intentado aproximarme anteriormente al vínculo entre “representatividad” y “representación”. O sea, la “participación”, aunque un servidor prefiera la expresión de “hechos participativos”. La ausencia de esta praxis conduce inevitablemente a un sindicato que, en sus formas de ser, le hace ser taylorista en la más amplia acepción del término.


Afirmo, contra quienes mantienen que la innovación tecnológica impide inexorablemente la realización de los hechos participativos. Sin embargo, es muy verdad que la innovación tecnológica pone trabas al tradicional ejercicio de la participación. La asamblea de la fábrica fordista (que ya va siendo en Europa pura herrumbre) de naturaleza ecuménica –todos presentes a la misma hora y en el mismo espacio—va entrando, si ya no ha entrado, definitivamente en crisis. La innovación tecnológica y la morfología del centro de trabajo ha puesto en crisis la relación espacio / tiempo. Pero, también precisamente por ello, en el sindicalismo han aparecido (con la normal escasez de los primerizos) nuevas formas de relación entre el personal. Que la asamblea tradicionalmente presencial sea cada vez menos posible, no impide la puesta en marcha de nuevas concreciones en la participación y los hechos participativos.


De donde me saco de la manga una reflexión que viene al pelo de lo que se viene diciendo. Las innumerables webs sindicales son, de hecho, nuevas sedes del sindicalismo. Esta es una novedad sobre la que, todavía, no he visto suficientes reflexiones al respecto. Hoy por hoy esas nuevas sedes sindicales son una extraordinaria riqueza, y lo serían más si el formato de tales páginas contribuyera a una real participación. Me explico: la mayoría de ellas cuentan con una información (casi en tiempo real) de lo que sucede o se organiza para que ocurra. Pero, puestos a ser exigentes con esta gente tan seria, ¿no sería exigible que tales webs –hasta ahora concebidas, la mayoría de ellas, como instrumentos de arriba hacia abajo, fueran también mecanismos de participación, esto es, de discusión?


Puede que algún sindicalista emérito o de parecida estirpe me diga: “Oye, no hay que olvidar la asamblea presencial, el contacto humano, la relación interpersonal”. Naturalmente que no, afirmo con rotundidad. Pero no caigamos en el síndrome del
Asno de Buridán. Así pues, lo importante es la participación como ejercicio de la soberanía sindical; de qué forma se haga es secundario.


Finalmente, entiendo que con el compañero Carlos Mejía, cuyo blog
Bajada a bases sigo cotidianamente con interés, parece que han quedado algunos matices en el aire. Es normal, las situaciones son muy diferentes. Podemos y debemos, por eso, seguir hablando. Para mí es un placer.





Radio Parapanda. Retransmitimos en directo la conferencia de Javier López en el Círculo Tranquilino Sánchez de Parapanda:
YO NO DIGO, YO MUESTRO (Entre Rohmer y Benjamín)


jueves, 4 de febrero de 2010

UNA CABEZA, UN VOTO Y LA "SOBERANÍA" SINDICAL



Dentro de poco se celebrará el XVI Congreso de la Confederazione Generale de Lavoratori Italiani (CGIL), el primer sindicato de aquel país. Pues bien, su máximo dirigente ha declarado exactamente lo que sigue: “Il XVI congresso della Cgil, come quelli precedenti, ha detto Epifani nella sua comunicazione al direttivo, “si svolgerà sulla base del principio della sovranità assoluta degli iscritti all’organizzazione”, secondo la regola “una testa, un voto”. Permitan: “el XVI Congreso de la CGIL, igual que los anteriores –dijo Epifani en su informe al Comité directivo— se celebrará sobre la base del principio de la soberanía absoluta de los afiliados a la organización, según la regla una cabeza, un voto”.


Pues bien, celebro que el primer dirigente de la CGIL recoja el término y, sobre todo, el concepto. Que un servidor empezó a usar hace tres años. Véanse, concretamente, las siguientes entradas en este blog.


LA `SOBERANIA´ SINDICAL: Una conversación particular con Antonio Baylos y Joaquín Aparicio (1),


LA `SOBERANIA´ SINDICAL, DI VITTORIO Y OTROS ASUNTOS y


TEXTO CASI DEFINITIVO SOBRE LA "SOBERANIA" SINDICAL



Ahora bien, lo cierto es que fue la práctica de los metalúrgicos italianos de la CGIL quien me hizo proponer el término de “soberanía sindical”. Era costumbre –lo mantienen como elemento distintivo— que, antes de la firma del convenio, se sometiera el texto a referéndum. El testigo lo recogió --primero la confederación, después el conjunto del sindicalismo confederal, esto es, también la CSIL y la UIL— a raíz del pacto de pensiones con el Gobierno Prodi. En resumidas cuentas, en determinados grandes momentos, el sindicalismo debe dar la voz y la palabra a todos los trabajadores. No se trata de un “estatuto concedido” sino de la lógica que emana de la legitimación: ésta no viene de la dirección del sindicato sino de los afiliados hacia el sindicato. Y comoquiera que el sindicato negocia erga omnes –ya sea en los convenios como en todos los procesos contractuales— la legitimación y mandato para representar viene desde abajo. Es decir, el sindicalismo no es un sujeto autolegitimado. Esta es, por así decirlo, la filosofía del sindicalismo-de-los-trabajadores que no equivale exactamente al sindicalismo-para-los-trabajadores. Yendo por lo derecho: la “soberanía sindical” le diferencia.


Cuando propuse la idea y el término de “soberanía sindical” algunos pusieron cara de fastidio. En el mejor de los casos pensaron que, de llevarse a cabo, era una pérdida de las prerrogativas de los órganos dirigentes. Pues, no: nada de eso. Era, y es, un elemento corrector a las naturales tendencias a la autorreferencialidad. Otros, los más avisados, intuyeron que eso abría el camino a nuevas formas de representación (tanto la doméstica, como la exterior): ahí acertaron. Y, temerosamente, siguieron instalados en las nieves de antaño. No hay que extrañarse: tampoco Tycho Brahe supo prever que, si estás sentado demasiado tiempo, se puede acabar con una cistitis de tomo y lomo.


Pues bien, aparte de ostentar sin ningún tipo de modestia la acuñación de la “soberanía sindical” debo decir dos cosas: 1) no acabo de precisar el término; tengo claro que la palabra “soberanía” debe estar pero el segundo término parece impreciso. Y 2) la muy noble expresión “una cabeza, un voto”, es inapelable. Ahora bien, supongamos que …


… supongamos que en un centro de trabajo de cien personas hay veinte trabajadoras y ochenta varones; supongamos que la plataforma reivindicativa no contiene nada que reclaman las trabajadoras; y supongamos que se lleva a votación –al ejercicio de la “soberanía”-- ¿no está cantado, de antemano, el resultado no favorable a las veinte trabajadoras? Cierto, no necesariamente la plataforma sería masculinista, pero ¿y si lo fuera? Así las cosas, tengo que seguir dándole al magín.





Radio Parapanda. Nuestro locutor Cronopio del Vasto retransmite esta crónica UN ENCUENTRO SINDICAL MODÉLICO. Joaquim González y otros dirigentes sindicales de FITEQA. Con mis mejores deseas al admirado maestro Isidor Boix.


jueves, 14 de enero de 2010

¿ELECCIONES SINDICALES EN SEPTIEMBRE?


Voces amigas me informan que en septiembre arrancará, de nuevo, el proceso de elecciones sindicales. Ello comportará un dilatado recorrido donde las centrales estarán compitiendo para posteriormente decir, quien haya ganado, que se es el primer sindicato. Se recuerda al personal que el primer sindicato español –unas veces Ugt, otras Comisiones Obreras— siempre ganó por la mínima. Lo que nos lleva a presumir que, también en esta ocasión, las cosas irán de igual o parecida manera, ¿qué nos apostamos?


Hace mucho tiempo que estoy convencido de que dicho proceso es rematadamente inútil. Más todavía, que la forma de representación y el carácter del comité de empresa ya no nos sirven. Lo que fue importantísimo en su día es hoy algo necesariamente prescindible por su desencaje con la nueva morfología del centro de trabajo y por su desubicación de los cambios de la economía global. También porque es un ladronzuelo que roba potenciales afiliados al sindicalismo confederal: ¿para qué y por qué debo afiliarme al sindicato si tengo al comité?


Pero ahora encuentro otros argumentos para mostrar mi ausencia de simpatía. En septiembre (y lo que te rondaré) estaremos todavía metidos en la crisis económica. Ponerse a darle oxígeno al anciano instrumento, el comité, es una ostentosa pérdida de tiempo, especialmente de dinero y esfuerzos. Es más, en la medida que se prepara y organiza la competición, el resto de los grandes problemas pasan, inexorable y desgraciadamente, a segundo plano. Es materialmente imposible que una organización (la que sea) esté metida simultáneamente en un proceso electoral, negociando convenios y ejerciendo, cuando corresponda, el conflicto social y, para complicar las cosas en el contexto de esta crisis económica. Ni Prometeo, con ser Prometeo, es capaz de ello. Un esfuerzo, por otra parte, encaminado a re-crear un instrumento anciano. Así pues, lo práctico sería que los sindicatos acordaran lo menos malo, esto es: aplazar el proceso electoral hasta que pasara este agudo temporal donde los chuzos de los serenos siguen cayendo de punta.


Digo que es lo menos malo porque lo importante es que el sindicalismo confederal procediera a una discusión sobre qué modelo de representación es el más adecuada a partir de ahora. Un modelo de doble estampa: el doméstico o interior del sindicalismo y el extrovertido, a saber, el que se corresponde con el conjunto de los trabajadores, partiendo del centro de trabajo. Ambos modelos, además, ajustando las cuentas de cómo asumir en la práctica (y no retóricamente) las mil y una subjetividades del universo del trabajo asalariado.


Porque lo que ya no tiene sentido es la reproducción, por ejemplo, de la sección sindical de empresa en los mismos términos que concebimos en 1977. La cosa es chocante: todo ha cambiado, pero la forma-sindicato, en sus aspectos domésticos, sigue siendo igual a la de hace treinta y tres años. Tres cuartos de lo mismo ocurre con el venerable anciano, el comité, que mantiene sus poderes y forma de ser de cuando yo era un pollo pera.


En el discurso de clausura del Congreso de Comisiones Obreras, Toxo indició algo parecido al respecto. Pero todo indica que, al menos en esta ocasión, le sucede algo parecido al problema de los grandes reformadores: las rutinas y la pacata prudencia de la masa coral, o sea, de aquellos que se inquietan o asustan de lo que plantea el reformador. Y digo yo: ¿no sería más eficiente que la millonada de dineros que se gasta el sindicalismo en las campañas de elecciones sindicales se dedicara a la extensión de la organización, a la masiva incorporación de trabajadores para que, establemente, den mayor protagonismo a la acción colectiva eficaz?


En resumidas cuentas, lo que vuelvo a plantear es que el sindicalismo resuelva el callejón sin salida en el que está desde hace tiempo en lo atinente a la representación: mientras el sistema productivo y económico se orienta de manera vertiginosa hacia un paradigma radicalmente nuevo, el modelo de representación (tanto el doméstico como el extrovertido) sigue estando en el mismo lugar de hace cerca de cuarenta años. Digamos que esta fidelidad a los orígenes puede ser encomiable pero francamente contraproducente para los problemas de hoy y los que van surgiendo. Yendo por lo derecho, el empecinamiento en mantener el ilustre anciano, el comité, va en detrimento de lo que ya es urgente: conformar una nueva representación sindical así en el centro de trabajo como en las estructuras de cada sindicato.





Radio Parapanda. Canta
Gundula Janowitz el aria "Come scoglio" de la ópera Cosi fan tutte. La más apropiada para el contenido del artículo. Terminada la sintonía mozartiana, la voz de bajo abaritonado de Antonio Baylos informa: GLOBALIZACIÓN ECONÓMICA Y CONSTITUCIONALISMO, bajo la mirada sabia de Paco Puerto, arriba en la foto.




viernes, 8 de enero de 2010

MODELO PRODUCTIVO, SOSTENIBILIDAD ECONÓMICA Y REFORMA LABORAL



El complejo político-mediático tiene dificultades para que el verbo de la Ley de sostenibilidad de la economía, el verbo del cambio de modelo productivo y el verbo de la reforma laboral se hagan carne. Algo falla estrepitosamente porque no es normal que envoltorios tan estridentemente llamativos tengan tantas dificultades para abrirse camino propagandístico. Tal vez haya un cierto cansancio en la recepción de mensajes que bajo su cáscara tienen sabor a castañas pilongas. O quizá que el Gobierno no tiene la credibilidad necesaria para que sus mensajes se sostengan en el tiempo.


Sea como fuere, soy del parecer que el deseado tridente (ley de sostenibilidad, cambio de modelo productivo y reforma laboral) sigue, de un lado, en el limbo de la indefinición y, de otro lado, sin las conexiones suficientes para enhebrar (ni siquiera con los más elementales pespuntes) un proyecto medianamente creíble. Por otra parte, me permito plantear descaradamente: ¿en ese tridente, hablando en términos matemáticos, cuál es la “función” y cuáles las “variables”? Se trata de una pregunta pertinente, que necesita una respuesta capaz de despejar cualquier tipo de ambigüedades.


Echando mano al sentido común, yo diría que la función es el cambio de modelo productivo y, por consiguiente, las variables serían la ley de sostenibilidad y los procesos contractuales permanentes. Cambiar el orden sería lo que, granadinamente hablando, podría calificarse como pollas en vinagre. ¿Quiere decirse, sin embargo, que la reforma de los contenidos de los procesos contractuales debe esperar a las otras puntas del tridente? No tal. Es más, estoy convencido de que lo que se llama convencionalmente las “relaciones laborales” –o, para precisar más, los contenidos de las mismas en la negociación colectiva— sigue siendo un tapón que oblitera la puesta en España (y Europa también) de cualquier cambio a mejor. De ahí que me parezca, dicho con todas las cautelas habidas y por haber, que no hay posibilidad alguna de entrar a fondo en el cambio de modelo productivo, la sostenibilidad económica y la reforma laboral (como un proyecto digno de ese nombre) si no se produce un cambio ordenado de profunda reforma de los contenidos de la negociación colectiva. Ésta, la negociación colectiva, sería la corriente de agua –necesaria, aunque no suficiente-- capaz de generar el remolino del nuevo modelo productivo, la sostenibilidad económica y la reforma laboral.


Una negociación colectiva que, por supuesto, tuviera las mejores conexiones con lo que se dice en
UNA REFLEXION SOBRE LAS REGLAS DE ACTUACION COLECTIVA: PARTICIPACION, NEGOCIACION, CONFLICTO, tal como lo explica con tino el locutor de Radio Parapanda.



sábado, 26 de diciembre de 2009

FLEXIBILIDAD INTERNA EN LA NEGOCIACIÓN COLECTIVA




Editamos la intervención que nos ha enviado el autor, Juan Manuel Tapia, en el mencionado foro, con el ruego de su publicación.




FORUM ESADE – 30 NOVIEMBRE.
FLEXIBILIDAD INTERNA EN LA NEGOCIACIÓN COLECTIVA
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Mi intervención y la de Angels son necesariamente periféricas a la de Miquel Falguera [Que, muy aproximadamente, responde a
¿PARA QUÉ UNA REFORMA LABORAL? Nota de “Metiendo bulla”] . Por indicación del equipo coordinador nos centraremos en la identificación, según nuestra experiencia como negociadores, de lo que podemos considerar problemas aplicativos y de desarrollo de la flexibilidad. Hablamos siempre de la flexibilidad interna y negociada. Me referiré solo a 6 problemas o deficiencias de nuestras prácticas de negociación. No es un listado exhaustivo. También, lógicamente, a algunas pistas para trabajar en su solución. Problemas que impiden el desarrollo de todas las potencialidades positivas de la flexibilidad negociada, y hacen que, en muchas ocasiones, las personas tengan una percepción poco receptiva de la flexibilidad.


1.- Hace bien Miquel en analizar en primerísimo lugar la cuestión de si nuestro sistema de negociación colectiva, y especialmente la organización de nuestra estructura de negociación colectiva, es el idóneo para el desarrollo de la flexibilidad. Aquí tenemos un primer problema. La negociación colectiva sectorial, la inmensa mayor parte de nuestra negociación colectiva, es la que regula los mecanismos de flexibilidad, mientras la flexibilidad por su propia naturaleza es un hecho que se concreta y materializa en la empresa.


Con la negociación colectiva de empresa no hay grandes problemas. El convenio colectivo marca grandes criterios de flexibilidad, límites marco y procedimientos, y luego desde las relaciones laborales ordinarias y permanentes, se realizan las concreciones en función de las necesidades. El problema radica en la importante cantidad de convenios sectoriales, que yo denomino “planos”. Que no establecen mecanismos y procedimientos, para que las reglas generales de flexibilidad del propio convenio, se concreten luego en la empresa de forma negociada.


No se trata de impugnar el convenio colectivo sectorial, necesario para establecer las condiciones y reglas generales de competencia en los sectores de actividad, y para la protección mínima del tejido de las pequeñas y medianas empresas. Si no de la ausencia en muchos convenios colectivos sectoriales de instrumentos para el desarrollo y aplicación del propio convenio en la empresa. Agravado por la esquizofrenia de nuestro sistema de representación. El sindicato negocia el sectorial, pero no gobierna su aplicación en la empresa. Por eso para nosotros es importante la previsión, con diferentes mecanismos, de la participación del sindicato en el desarrollo del convenio en la empresa.


En ese sentido es urgente el conocimiento de los acuerdos y pactos que son la sede del desarrollo de la flexibilidad. Por eso el Consell de Relacións Laborals se declara depositario de esa realidad. Hay que ponerlo en marcha.


2.- Un segundo problema, el alargamiento, sin más causa que la debilidad organizativa de patronales y sindicatos, de la vigencia de los convenios colectivos. No son raros los convenios de 4 o 5 años. Agravado por el hecho de que en la mayoría de las ocasiones carecen de ámbitos de negociación permanente y sus comisiones paritarias tienen escasa vida propia.


La flexibilidad negociada que requieren los cambios en los sectores y empresas, cambios de la organización del trabajo y los procesos tecnológicos, cambios rápidos en las coyunturas económicas, no obtienen respuesta desde el convenio sectorial. Son convenios colectivos “ciegos”. La flexibilidad es dinámica y el convenio esta esclerotizado. Por eso es importante que se abran en la negociación colectiva sectorial éstos ámbitos de negociación permanente. Son importantes, también, las experiencias de observatorios y mesas sectoriales, escasas aún, que pueden generalizarse. El desarrollo de la ley de industria de Catalunya será una
oportunidad.


3.- Un tercer problema. Los convenios colectivos sectoriales generales, no terminan de ubicar regulaciones de carácter subsectorial, o profesional específicas. Las reglas de flexibilidad genéricas no responden a las necesidades de ciertas organizaciones del trabajo subsectorial y paulatinamente se pierde identidad con el convenio general. Lo mismo ocurre con ciertos grupos profesionales. Por poner un solo ejemplo, se esta negociando el convenio de enseñanza no reglada. Y tenemos dificultades para regular la flexibilidad en el ámbito de los profesores que prestan servicios itinerantes, fuera de los centros educativos: caso de los profesores de idiomas o de formación profesional que van a los centros de trabajo.


4.- Cuarto problema. La negociación colectiva no termina de hacer de la flexibilidad interna, en todas sus imensiones, una cuestión BIDIRECCIONAL. La flexibilidad para responder a las necesidades del proyecto empresarial, no tiene reciprocidad en la atención a las necesidades de las personas. No hay equilibrio. La flexibilidad debería ser una oportunidad para las personas. Si la organización del trabajo flexible invade los espacios tradicionales de organización de los tiempos de vida, o realiza exigencias y requerimientos nuevos y permanentes en orden, por ejemplo a la formación profesional, o la movilidad, debería en contrapartida, generar derechos personales de autogestión y autoorganización.


Más capacidad de conciliación, o sencillamente, de atención a las expectativas y proyectos de vida de las personas, que son necesariamente diversos. A propósito la conciliación, sigue siendo entendida como la conciliación de la mujer, y corremos un riesgo cierto de que termine apuntalando y consolidando situaciones de desigualdad, sino se avanza en una igualdad efectiva en la organización del trabajo. La conciliación es útil para, si se me permite la expresión, sobrevivir en los sistemas flexibles de trabajo, pero no es la solución de fondo. En este sentido, la evaluación de riesgos psicosociales, a través del método ISTAS-21, conocido como método Copenhague, el único que analiza la dimensión de la doble presencia de la mujer, da resultados devastadores. La buena noticia es que se extiende en la negociación colectiva, este método, como método de referencia.


Existen muchos convenios colectivos, por poner un ejemplo, que no tienen previsiones en relación, por ejemplo, al derecho de las personas a establecer los días de descanso compensatorio a las prolongaciones flexibles de jornada. La flexibilidad negociada es útil, también, para la gestión de la diversidad. Por ejemplo, la diversidad de origen y cultural. De la que el derecho personal a la libertad religiosa, es solo una pequeña parte, aunque sea llamativa. Ya tenemos alguna experiencia en la negociación colectiva o a través de planes concretos de empresa. Pocos convenios colectivos regulan que el esfuerzo formativo, incluso en campos que la empresa no necesita a corto plazo, pero pueden ser conocimientos estratégicos para el futuro del proyecto empresarial, tenga consideración a efectos de la promoción profesional.


Pocos son los convenios colectivos que ante la necesidad de un cambio en la situación laboral, sea de tiempo y horario, de puesto, etc., regule la prioridad de mecanismos de voluntariedad o permuta entre trabajadores. Hay mucho temor, a responder a las necesidades de la gente. Sin embargo, en la primera sesión se nos recordaba que hay sectores de actividad, como la sanidad, donde se han experimentado, tradicionalmente, estos mecanismos, sin problemas. Pocos convenios colectivos regulan que se mida el impacto de los cambios de la organización flexible del trabajo, sean nuevos turnos, cambios horarios, o gestión flexible del tiempo, en términos de movilidad sostenible.

Afortunadamente, empiezan a extenderse experiencias concretas de planes de movilidad sostenible, sea de la mano de nuevas legislaciones ambientales o de iniciativas sindicales concretas. En definitiva, los derechos personales, la persona como tal, debe tener un espacio distinto en la organización del trabajo flexible. No puede ser ya el trabajador despersonalizado del fordismo, que deja su condición de persona a las puertas de la fábrica.


Lo que Joan Coscubiela, con acierto, denominó la flexibilidad con “rostro humano”, estableciendo un paralelismo con la primavera de Praga. O lo que he denominado como “personalización” de las relaciones laborales, que es un concepto diametralmente opuesto a la individualización. Es justo decir, que aquí las responsabilidades empresariales y sindicales, son compartidas. El sindicato es hijo de su tiempo, y el sindicalismo del fordismo era fuertemente ajeno a considerar las diversidades personales, porque lo consideraba una amenaza a las prácticas, falsamente democráticas, del sindicalismo colectivo de las mayorías.


Tenemos tres instrumentos pactados, patronal sindicatos, en el marco del Consell de Relacións Laborals, en este último periodo, como orientaciones a la negociación colectiva, que incorporan algunos de estos criterios. En materia de igualdad y conciliación, en materia de tiempo de trabajo flexible (recuperando y mejorando los contenidos del AIC 2.005) y en materia contratación. Son accesibles en la web del Consell.


5.- Quinto problema. La flexibilidad y su gestión, exigen, por su propia naturaleza, de capacidad de anticipación, capacidad de programación y capacidad de establecer cambios dinámicos en su organización. Si hablamos en serio de flexibilidad negociada, y de hecho así se hace en las experiencias más exitosas de flexibilidad en la empresa, es necesario superar los temores empresariales a la participación sindical en el proyecto empresarial.


Los derechos sindicales legales, son derechos sindicales fundamentalmente “reactivos”, derecho a discutir los efectos de la decisión empresarial, y la negociación colectiva no ha construido, salvo excepciones, nuevos derechos “proactivos”. Si se quiere obtener todo el potencial de la organización flexible del trabajo, es imprescindible abandonar el “tabú” de las potestades unilaterales del empresario y establecer mecanismos de participación para compartir los cambios en la organización del trabajo. De facto, se hace así en materia de prevención de riesgos laborales.


Es necesaria una nueva cultura de compartir, que no excluye la lógica de los intereses contrapuestos. Construir decisiones compartidas, información, transparente, etc.


6.- En sexto lugar. La flexibilidad exige también cambios organizativos y culturales en los propios protagonistas de las relaciones laborales, patronales y direcciones de empresa, y no cabe duda el sindicato.


El empresario debe:


a) diseñar una gestión más inteligente de la organización del trabajo, que lógicamente, debe ser más compleja. No es posible que ha estas alturas la gestión de la flexibilidad se realice a través de horas extraordinarias o contratación temporal injustificada. No es posible que las bolsas de horas flexibles de los convenios colectivos, caben sin ser utilizadas.


b) el problema de las cadenas de mando jerárquicas. Los mejores proyectos se diluyen si la cadena de mando no esta formada en la gestión de la flexibilidad. Son los encargados los que acaban repartiendo horas extras, o ponen dificultades a las necesidades personales.


c) La patronal orgánica debe lograr una mayor implicación de los empresarios concretos.


El sindicato:


Lo comentaba Miquel y estoy de acuerdo, debe perder verticalidad y tejer unas relaciones de trabajo más horizontales, las que corresponden a la empresa constelación o neuronal. Las políticas que hemos denominado de cooperación sindical entre estructuras.


El camino es lento, hemos logrado por ejemplo, no sin resistencias, que se compartan espacios de negociación colectiva entre distintas federaciones sindicales. Pero, por ejemplo, los derechos de representación sindical de las contratas o subcontratas, en la empresa central, de la reforma legal de 2.006, han sido escasamente ejercidos.


El sindicato debe aumentar el conocimiento del proyecto empresarial y su gestión. El sindicato debe abandonar toda práctica que suponga la gestión de la flexibilidad en clave de doble escala de las condiciones de trabajo. Es decir, construir alternativas que supongan mantener un núcleo de trabajadores “inflexibles” y gestionar la flexibilidad a través de un segmento de trabajadores precarios.




lunes, 21 de diciembre de 2009

¿PARA QUÉ UNA REFORMA LABORAL?



Miquel FALGUERA*


Resulta ahora que el Gobierno –en sus constantes oscilaciones a la hora de abordar la crisis económica- se inclina por una reforma laboral y los agentes sociales nos lanzan constantes guiños anunciando una próxima fumata blanca. En los actuales momentos los ciudadanos de a pié nos hallamos ante un arcano, en tanto que –salvo error- la única propuesta concreta públicamente anunciada pasa por una genérica e inconcreta adaptación del modelo alemán de reducción de jornada de los trabajadores en circunstancias de dificultades económicas.


No sé a ustedes, pero uno empieza a estar ya muy harto de que cada vez que este país pasa por situaciones negativas en el empleo se culpe siempre a la legislación laboral. Ya sé que soy muy ingenuo. Es más, reivindico la ingenuidad –bien entendida- como una virtud, recordando los versos de Celaya “en los malos momentos, decid que no entendéis. Y, tras escuchar, decid, porque es verdad, que seguís sin entender”. Pero ingenuo no quiere decir tonto. Hablando en plata: estoy hasta los mismísimos que la economía traslade sus responsabilidades al Derecho del Trabajo.


Cuando hay una crisis habrá que colegir que los economistas –oficiales- no han estado a la altura, si no, ¿para qué sirven? Sin embargo, en lugar de analizar dónde ha estado el fallo en su análisis (puesto que la mayor parte de ellos parecen no haber asistido a clase el día que se explicaba el pensamiento económico de Marx… si es que aún se explica en las facultades de economía) sus recetas son siempre las mismas: hay que flexibilizar el mercado de trabajo. Valga como ejemplo el Gobernador del Banco de España, que incomprensiblemente sigue ocupando su poltrona, pese a las responsabilidades del organismo que dirige en la actual crisis. Y esa receta es asumida al final por los políticos, prestos a maquillar las estadísticas negativas. Y ya se sabe que lo más rápido y fácil es optar por la redistribución negativa de rentas y alterar los poderes del contrato de trabajo a favor del empresario (si por lo que me cuesta un currante puedo contratar dos, contrato uno y medio: así se ha venido creando empleo).


Y en la presente situación ese remedio tradicional no deja de ser más contradictorio si cabe: ¿qué culpa tiene el pobre mercado de trabajo de boom de las burbujas inmobiliaria y financiera? (estallido que, además, era del todo previsible, incluso para los que, como un servidor, somos legos en economía)


Llevamos un cuarto de siglo con esa cantinela y con continuas reformas laborales que apenas han servido para nada. Sobre ello acaba de escribir un magnífico artículo mi primo Antonio Baylos en la revista Relaciones Laborales, al que me remito en su integridad, a la par que recomiendo su detenida lectura.


Uno, como iuslaboralista, está harto de que los dogmas economicistas –matizo: de matriz neoliberal- acaben afectando a mi trabajo. Las leyes están llenas de experimentos economicistas con nula repercusión en el empleo. La temporalidad de 1984 no sirvió para dichos fines, sino para precarizar las condiciones de acceso al empleo de varias generaciones de asalariados y para el incremento exponencial del gasto público –lo que, a la postre, constituye un mecanismo de redistribución negativa de rentas-. Aún estamos esperando que alguien haga autocrítica y se disculpe públicamente. Y luego tenemos más experimentos: que si el contrato a tiempo parcial y sus horas complementarias –que nadie usa-, que si el contrato de relevo –que usan las grandes empresas como mecanismo de prejubilación a cargo de la Seguridad Social-, que si el contrato de inserción o el de lanzamiento de nueva actividad –derogados por su ineficacia-, que si los planes de empleo con reducciones de cuotas a la Seguridad Social –con nula eficacia práctica-, que si la regulación de la flexibilidad contractual impuesta, en 1994, olvidando que la flexibilidad es consensuada o no es… Y ahora nos salen los “expertos” con el “contrato único”.



Los que reivindicamos la ingenuidad pensamos otra cosa: que si la economía va bien se crea empleo y si va mal se destruye el empleo. Pero el condicionado –no la causa- es el empleo. Por eso, no acabamos de entender porqué se abordan como solución siempre las consecuencias –el empleo- y no la causa –el modelo económico-. Por supuesto que no se trata de dejar con una mano delante y otra atrás a la ingente cantidad de gente que a raíz de la crisis ha perdido su trabajo y se encuentra en situaciones difíciles. Pero una cosa es eso –con las dosis de sacrificios colectivos que sean precisas- y otra, distinta, achacar el desempleo a las garantías del derecho del trabajo.



Claro que habrá que poner solidaridad por TODOS –y no sólo por los trabajadores-, pero me parece que el debate ha de ser de mayor calado. Es decir, situarnos en el futuro y preguntarnos, con sinceridad: ¿qué tipo de empleo se precisa? Porque si se trata de precarizar aún más el mercado de trabajo tendré que colegir que el objetivo es seguir jugando a un modelo económico de limitado valor añadido y salarios bajos, ajeno a la innovación y centrado en sectores que apenas nada aportan a la riqueza real de un país (el tocho y el turismo)



Una reforma laboral actual que, en mayor o menor medida, en forma expresa o implícita, comportara incrementar competencias decisorias de los empleadores –como se ha hecho hasta ahora y como se aboga descaradamente por la patronal y sus impresionantes grupos de presión académicos y mediáticos, así como por la derecha política- no serviría para otra cosa que para seguir manteniendo ese modelo económico y productivo caduco y abrir aún más las zanjas de desigualdad. Y, por ende, para seguir huyendo hacia delante hacia esa fosa sin fin de un modelo económico meramente especulativo.



¿Por qué no invertimos los términos? Es decir, antes de hablar de reformas laborales nos ponemos de acuerdo en qué modelo económico y productivo es el necesario para nuestra realidad y, luego, diseñamos el modelo de relaciones laborales que se adecue a dichos fines. Desde luego, parece claro que jugar al dumping social tras la ampliación europea hacia el Este y con un mercado global –con mano de obra intensiva y barata en los países por ahora menos opulentos- es suicida. Pero ese otro modelo productivo y económico no acaba de diseñarse, salvo que consideremos que las propuestas de economía sostenible presentadas por el Gobierno van a tener alguna incidencia en el tema, con su contenido de generalidades y obviedades.



Me parece que la actual mesa de diálogo social tendría que empezar por ahí –y, a la vez, claro que sí, pensar sistemas de cobertura solidaria para las personas sin trabajo-, es decir por el modelo económico y productivo de este país. Y sin duda que ello obligaría a un amplio pacto de Estado que dudo mucho que hoy nuestra práctica política esté en condiciones de llevar adelante.



Hablemos claro: tenemos desde hace quince años (repito: QUINCE años) una legislación altamente complaciente con la flexibilidad unidireccional –es decir, la que atribuye competencias al empresario para modificar el contrato de trabajo por razones productivas, omitiendo prácticamente cualquier referencia a la misma práctica por parte del trabajador por razones familiares o personales-, combinada con una práctica –que no, una legislación- de uso y abuso de la temporalidad exorbitante. Una legislación que, sobre el papel, es puesta como ejemplo por iuslaboralistas extranjeros proclives a los intereses patronales. Pero, sin embargo, la implementación “natural” del nuevo modelo productivo de la flexibilidad, que supere el fordismo, tiene aún un largo camino por recorrer en la práctica. Una buena prueba de cómo la simple imposición por el legislador es ineficaz, un elefante en una cacharrería. Y una evidencia de la necesidad de modificar nuestro modelo productivo, en el marco de un cambio de nuestra economía, que debe ir acompañada, por supuesto, de un ímprobo esfuerzo formativo. De nada sirve cambiar la legislación y adaptarla a “lo nuevo”, si, en paralelo, no se cambia también el modelo productivo. Tenemos un software más o menos moderno para un hardware obsoleto. E, incluso, estoy dispuesto a afirmar que esa legislación “flexibilizadora” en nuestro modelo productivo para lo que ha servido es para reforzar las prácticas contractuales –y productivas- caducas, al dotar de mayores competencias unilaterales al empresario, con lo que la flexibilidad necesaria se ha acabado convirtiendo en precarización. Y en ese panorama: ¿a alguien le extraña que seamos uno de los países con menores índices de productividad?



Habrá, por tanto, que colegir que si el modelo productivo y económico ha de mutar –lo que parece obvio- nuestra realidad laboral (y, por supuesto, educativa) está desfasada, porque está pensada y diseñada para aportar bajo valor añadido. Por eso no comprendo cómo se pretende adaptar, de nuevo, nuestro mercado de trabajo al nuevo sistema de producción desde la Ley. La flexibilidad –como nueva manera de producir- se basa en la diversidad y el cambio constante. Y son esos elementos que difícilmente la Ley puede abordar porque su contenido, por definición, es homogéneo e inmutable.



La flexibilidad sólo puede ser regulada desde la negociación colectiva. Los intentos de la Ley para ello han sido inanes por los motivos que acaban de exponerse. Pero es que, además, optar por la ampliación de competencias del empresario en sede de autonomía individual también resulta contraproducente. La flexibilidad exige consensos y reclama un sistema de relaciones laborales menos jerarquizado que el fordista y un reparto de competencias entre los agentes sociales más horizontal. Es por eso que las prácticas de flexibilidad situadas en el plano individual acaban afectando a la propia productividad.



Para regular la flexibilidad están los convenios colectivos. Sin embargo, su panorama actual es desolador. Esa es la conclusión a la que he llegado en un estudio reciente sobre los contenidos convencionales en la regulación de la flexibilidad contractual en el ámbito global de la negociación colectiva catalana y sectorial estatal (en un seminario de ESADE sobre la materia que codirige Joan Coscubiela)



Veamos algunos ejemplos. Un sesenta por ciento de los convenios colectivos de Cataluña siguen regulando el modelo de encuadramiento profesional en base a las categorías fordistas y sólo un 19 por ciento lo hacen sobre la noción de grupo o nivel profesional. Y si ése mismo análisis se realiza en los convenios sectoriales estatales, resulta que la clasificación por este último concepto, más amplio, sólo se observa en un 39 por ciento. En materia de movilidad funcional, cabe observar, de entrada, que es éste un tema ampliamente regulado –más del cincuenta por ciento de los convenios catalanes así lo hacen- y, además dicha regulación dista mucho de ser generalista o carente de contenidos –paradójicamente es uno de los aspectos más normados en la negociación colectiva-. Sin embargo, esa regulación es, generalmente, limitadora, estableciendo requisitos complejos. Y, por el contrario, son muy pocos los convenios catalanes que contemplan aspectos esenciales al respecto, como la determinación y cuantificación del salario aplicable (menos de un tres por ciento), los encuadramientos profesionales y actividades en los que opera siempre la movilidad funcional (menos de un dos por ciento), realización de cursos de formación o períodos de adaptación previos (un 3 %), la formación e información en materia de riesgos laborales en relación al nuevo puesto de trabajo (apenas un 0.5 % de los convenios). Y, asimismo, resulta destacable que sólo un diez por ciento de las normas colectivas contemplan mecanismos de participación al respecto (de los que dos terceras partes no establecen más que un simple trámite de información). Y, por su parte, sólo un 7,4 % de los convenios colectivos regulan la polivalencia.



O en materia de movilidad geográfica, sólo un 21,4 % de los convenios contemplan la figura (y apenas un 7 por ciento regulan la movilidad locativa sin cambio de residencia y sus garantías) Por su parte, poco más del 10 % de los convenios regulan el régimen aplicable a la modificación sustancial de las condiciones de trabajo y algo más de un 25 por ciento, la distribución irregular de la jornada. A lo que cabe añadir que sólo he hallado cinco normas colectivas que establezcan algún tipo de causalidad específica a la hora de preveer la imposición de medidas de reestructuración de las plantillas. Y estoy hablando de una muestra de 758 convenios colectivos.



El cuadro descrito ha de ser completado desde la perspectiva de la flexibilidad horaria ejercida por el trabajador. Así, cabrá felicitarse que prácticamente una cuarta parte de los convenios catalanes contemplen el derecho de las personas asalariadas a permisos o licencias para acompañar a familiares al médico. Sin embargo, ese aspecto debe ser comparado con el resto del depauperado panorama que ofrece la regulación de la disponibilidad del tiempo de trabajo para la conciliación de la vida laboral y familiar de los trabajadores y trabajadoras. Entre otras muchas posibilidades: el régimen de permisos o licencias para asistir a entrevistas con tutores escolares de los hijos en edad escolar no llega al 3 por ciento; sólo 11 convenios contemplan la posibilidad de permisos no retribuidos por causas familiares y sólo 20 convenios desarrollan en forma efectiva el mandato del art. 38.4 ET después de la Ley Orgánica de Igualdad (por tanto, la posibilidad de que la persona trabajadora adapte horarios y turnos para el cuidado de hijos o mayores)



Con todo, quizás lo que resulte más preocupante es el modelo de organización del trabajo que se deriva de nuestra negociación colectiva. La inmensa mayoría de los textos que observan el tema lo hacen a partir de una lógica jerarquizada claramente fordista que, en sus contenidos y formalidades, es idéntica a la de las extintas ordenanzas laborales y reglamentaciones de trabajo. Permítanme un ejemplo. Así, el artículo 8 del convenio colectivo de trabajo para las industrias del aceite y sus derivados para los años 2008-2010 (publicado en el DOGC de 13.11.2008), en el que se afirma: “La organización del trabajo de cada una de las secciones y dependencias de trabajo es facultad exclusiva de la dirección de la empresa, que responde de su ejercicio ante el Estado. En consecuencia tiene el deber de organizarlo de forma que pueda lograr el máximo rendimiento en todos los aspectos: mano de obra, materiales, tiempo, etc., hasta el límite racional y científico que permitan los elementos de que dispone y la necesaria colaboración del personal para dicho objeto, todo ello respetando lo establecido en el artículo 41.2 del Estatuto de los trabajadores”. ¿Es posible hallar una retórica más desfasada y autoritaria? Sin duda que sí: se trata sólo un ejemplo, escogido al azar. La mayor parte de los convenios colectivos siguen esa misma lógica. Sólo he hallado 16 acuerdos en toda Cataluña que especifiquen medidas tuitivas en el ejercicio empresarial de sus capacidades de control (repito: sobre 758). Y, por seguir con la ejemplarificación: sólo 7 convenios regulaban en forma expresa nuevas formas de organización del trabajo o sólo 2 contemplan el teletrabajo. Y si ese análisis se extiende a la negociación sectorial estatal, los resultados no son mejores: la mitad de ellos nada dice sobre esta materia, un 27 % lo hace en redactados asimilables a las ordenanzas y un 21 % hace mención a mecanismos de participación de los trabajadores en la organización del trabajo en términos similares o idénticos a los del actual marco legal. Sólo tres convenios de ese ámbito contienen alguna cláusula de adaptación a “lo nuevo” desde una perspectiva genérica y sólo siete hacen mención expresa a la implantación y efectos contractuales de las nuevas tecnologías.



Por una parte, nuestra legislación está adaptada a la flexibilidad –matizo: a la flexibilidad unidireccional por parte del empresario-, pero, sin embargo, no puede regular (por la diversidad y la mutación constante) el fenómeno. Y por ello reclama constantemente en forma expresa o implícita (porque no puede hacer otra cosa) la ayuda de la negociación colectiva. A la vez, nuestra legislación es reacia a regular las nuevas formas de organización del trabajo desde la perspectiva del nuevo modelo de ejercicio de las capacidades decisorias empresariales. Y apenas nada dice al respecto, salvo algunas reflexiones en relación a la implantación de nuevas tecnologías y su impacto en la prevención de riesgos laborales y la posibilidad de intervención sindical en la política medioambiental de la empresa (y, en ambos casos esas redacciones heterónomas generales tienen como origen la normativa comunitaria)



Pero esas llamadas de auxilio del legislador y esas omisiones en relación a las nuevas formas de organización del trabajo y los imprescindibles mecanismos de participación de los asalariados, no son desarrolladas por nuestros convenios colectivos. Si alguna persona está interesada en la materia le propongo un simple divertimento: comparar los textos de determinados de convenios en su redacción actual respecto a la de hace un cuarto de siglo. En lo sustancial apenas se apreciarán cambios, pese a que las formas y modos de producir nada tienen que ver entonces y ahora.



Y es ahí donde aparece la paradoja. Los empresarios se niegan a soltar prenda en el modelo organizativo de los centros de trabajo, pretendiendo mantener sus competencias y poderes en lógica jerarquizada fordista, pero reclamando la máxima flexibilidad unidireccional –lo que no es más que simple precarización-. Y, por su parte, el sindicalismo negocia la flexibilidad, pero lo hace en forma reactiva, intentado poner el máximo de trabas y garantías formales y se muestra incapaz –capidisminuido como está y atacado por todos los frentes en su legitimación constitucional- de discutir de tú a tú, en la mesa de negociación el modelo tradicional de poder –y de legitimación social- de su contraparte. A lo que cabe añadir que tampoco el sindicalismo ha asumido como algo propio, no ha metabolizado, la flexibilidad –probablemente por simples motivos generacionales y de estructura interna, así como por su origen impositivo-. Volviendo al panorama negocial antes expuesto: no deja de ser sorprendente que uno de los aspectos más formalmente regulados en nuestros convenios sea la movilidad funcional. Pues bien: ¿qué tiene de malo la misma para el trabajador, si va acompañada de mayor formación, mayores capacidades profesionales, prevención de riesgos y de regulación de tutelas salariales y de tiempo de trabajo?



En consecuencia, si se comparte el punto de partida expuesto (es decir, que la Ley es ineficaz para regular el nuevo modelo productivo y que el ámbito natural a esos efectos es la negociación colectiva), habrá que colegir que nuestros convenios colectivos no están cumpliendo con sus deberes. Y es ahí –y no en la Ley- en dónde debería incidir, desde mi punto de vista, la concertación social en curso.



Sin embargo, creo que esta constatación, sin más, es del todo simplista. Si nos limitamos a quedarnos ahí llegaríamos a una conclusión errónea, de simple culpabilidad a los agentes sociales. Y estoy convencido de que existe un problema de fondo de mayor transcendencia: que nuestro modelo de negociación colectiva –el modelo legal y el real- es obsoleto.



Veamos: es conocido que ése nuestro modelo se caracteriza, entre otros por tres elementos centrales. El primero, su absoluta dispersión cuantitativa: hay en España casi seis mil convenios y, lo que es peor, en la práctica no existen reglas de articulación y concurrencia claras y terminantes. El segundo: pese a esa dispersión, más del ochenta por ciento de los trabajadores y trabajadoras rigen sus condiciones contractuales por convenios sectoriales. El tercero: nuestro modelo de negociación colectiva –como la Ley- toma como punto de referencia la gran empresa, obviando que el ochenta por ciento de nuestros empleadores tienen la condición de pequeña o pequeñísima empresa. Por tanto, pese a tanta dispersión, ocurre que la inmensa mayoría de trabajadores ven reguladas sus condiciones contractuales por convenios sectoriales y que éstos contemplan normas generales en clave ajena a la realidad de las dimensiones –y necesidades- de la mayor parte de las empresas.



Soy consciente de gran debate sobre el modelo de negociación colectiva que desde la perspectiva neoliberal se viene librando desde hace tiempo en la economía. Un sector aboga por la máxima centralización, mientras que otro –el menos dogmático- apunta en una línea contraria. Es ése un debate que lleva tiempo planeando sobre las distintas mesas de concertación de los agentes sociales estatales (que, en muchos casos, no ven con malos ojos el sistema centralizado, desde una perspectiva de incremento de su poder interno, pero sin una reflexión seria sobre la adaptación del instrumento convenio colectivo a la nueva realidad productiva)
Pues bien, debo afirmar que es ése un debate que me parece del todo intranscendente. El problema, desde mi punto de vista, no está en la cantidad, sino en los contenidos. Si los economistas neoliberales se preocupan por qué sistema es más útil para avanzar en la subindiciación salarial, con su pan se lo coman. A mí, como buen ingenuo militante, me parece más necesario reflexionar cómo regular en clave actual la flexibilidad a efectos de derechos y civilidad.



Y me permitirá mi hipotético lector que haga aquí un paréntesis que me parece importante en mis reflexiones. Así, debo matizar gran parte del panorama negativo que hasta ahora he efectuado. No es verdad que la negociación colectiva no se esté adaptando a lo nuevo. Esa lectura negativa se limita a los convenios colectivos. Pero está ocurriendo que la flexibilidad sí se está regulando en las empresas. Lo que ocurre es que se está haciendo desde los acuerdos y pactos de empresa. Y es aquí dónde surge el problema. Es un problema para los iuslaboralistas, porque desconocemos qué está ocurriendo en realidad en las empresas: a diferencia de los convenios esos pactos no se publican en ningún diario oficial y se quedan dentro de las cuatro pareceres, reales o virtuales, del centro de trabajo. Pero es también un gran problema para el sindicato, porque desconoce que está pasando de verdad y en perspectiva general en las empresas. Y ello comporta no sólo una pérdida de riqueza de los contenidos negociales, sino un alejamiento significativo entre el convenio (que se va quedando como un punto de referencia, cada vez más distante) y la realidad negocial del centro de trabajo. En el seminario al que me he referido un empresario lo exponía con claridad diáfana: “cada vez me preocupa menos el convenio sectorial. Lo mío es lo que debo negociar con el comité de empresa”.



Intentemos elaborar algún cesto con los mimbres dispersos hasta ahora expuesto. Así, imaginemos qué modelo de negociación colectiva –o, mejor dicho, de convenios colectivos- constituiría el desiderátum. Y desde mi punto de vista (al margen de los convenios de empresa, muy numerosos pero poco significativos cuantitativamente, como se ha visto) el modelo ideal no estaría muy alejado de alguna experiencia práctica ya existente, como el convenio de la Industria Química. Se trataría, así, de diseñar un convenio sectorial diverso, que diferenciara entre subsectores, actividades y modelos de organización del trabajo; cuyo ámbito fuese claro y definido, huyendo tanto del latifundio (por ejemplo, el sector del metal en el que se agrupa en una misma y prácticamente indiferenciada regulación a la gran empresa sin convenio propio que al taller mecánico de la esquina), como del minifundio (verbigracia, el sector del comercio, con múltiples convenios diferenciados en función del producto que se vende). A la vez, un convenio que trazara las líneas generales de la regulación contractual, permitiendo su concreción en cada empresa a través de acuerdos o pactos, con capacidades de control y validación posterior por la comisión paritaria. Y, finalmente, un convenio que permitiera la continua adaptación de sus contenidos a través de la actuación de dicha comisión paritaria.



El modelo de foto fija del convenio tradicional –que se toma una vez cada “x” años, cada vez más- no se adecua a un modelo productivo en cambio constante, que obedece a una lógica videográfica. Y, por otra parte –siguiendo con el símil- parece necesario pasar de la gran cine con mucha capacidad en la que se proyecta una única película a otro multisalas, donde se aúnen bajo un mismo techo proyecciones diferenciadas.



Se trata, pues, de adaptar nuestra negociación colectiva a las nuevas realidades productivas. Y para ello es, por supuesto, preciso que los agentes sociales cambien su “chip” negociador: no sólo por lo que hace los contenidos, sino también –creo que esencialmente- respecto al propio modelo de negociación colectiva. Y ello pasa por el establecimiento de reglas claras de articulación interna y distribución de reglas de concurrencia, por un papel más dinámico de las comisiones paritarias y por un modelo más abierto de contenidos.



Sin embargo, parecen también precisos cambios en la Ley. Por una parte, debe superarse la doctrina del Tribunal Supremo en relación a las limitadas competencias normativas de las comisiones paritarias. De esta manera, debería dotarse a dichos organismos de la posibilidad de disponer y adaptar constantemente de los contenidos del convenio. Y no parece surgir aquí ningún obstáculo para el cambio legal desde la perspectiva constitucional, en tanto que determinadas lecturas de los pronunciamientos del TC respecto a la composición de las comisiones paritarias, obvian que ahí se estaban analizando la aplicación del derecho a la libertad sindical en relación al derecho a la igualdad y no la propia negociación colectiva. Y, asimismo, parece necesario que el legislador establezca en la Ley el claro sometimiento de los acuerdos y pactos de empresa al convenio colectivo. Es ése un vacío clamoroso de nuestra legislación, que está permitiendo esa disgregación desarticulada –y, a veces, la precarización de las condiciones contractuales- a la que antes se hacía referencia.



Y, finalmente, creo que no estaría de más una reflexión a fondo en relación a los propios agentes sociales y las competencias de negociación. Quizás ha llegado el momento de replantear –como el máximo prócer de Parapanda viene exigiendo desde hace decenios- el papel de los organismos unitarios de representación en la empresa en beneficio del sindicato. Y quizás es también llegado el día de horizontalizar el poder decisorio en el seno del sindicato, porque es éste el que debe adaptarse al modelo productivo y no al revés.



Piensa uno que –más allá de aspectos puntuales de necesaria solidaridad ante la crisis- la prioridad en los actuales momentos debería pasar por una reflexión a fondo sobre el modelo productivo futuro y la adaptación al mismo de nuestro sistema de relaciones laborales. Y no tanto por el mero sometimiento de la legislación laboral a las necesidades puntuales de empleo: ese modelo ya sabemos a dónde lleva. A más de lo mismo. A una espiral sin fin de precarización que acaba afectando a la productividad y al modelo económico. Se trata de adaptar nuestro marco contractual laboral a la nueva realidad productiva, tanto en sus contenidos como en el imprescindible salto hacia un nuevo modelo más democrático de relaciones laborales. Y ello pasa, inevitablemente, por un cambio radical de nuestra negociación colectiva: no sólo en sus contenidos, sino esencialmente, por el propio modelo.



Pero, en fin, no me hagan demasiado caso. Ya he advertido que hablo desde la reconocida y pura ingenuidad.



*Miquel Falguera es Rector de la Universidad de Parapanda.


Radio Parapanda. Habla mi sobrino y dice UN DEBATE SOBRE LAS POLÍTICAS DEL TRABAJO EN LA FUNDACION 1 DE MAYO.


domingo, 1 de noviembre de 2009

CATALUNYA, los catalanismos y el fin de un modelo


Ahí está la pringue colorá de Santa Coloma. Y el caso Millet. Y lo que queda por venir. El fin del oasis catalán, dicen algunos.


Cuando lo del Orfeó, la lógica comunicativa de los medios nos hablaba de la corrupción en la burguesía catalana. Y ahora, con las últimas noticias, habrá que hablar de la corrupción de determinados estratos de la burguesía catalana (Prenafeta y, especialmente, Alavedra) y determinadas instancias socialistas (incluso, de algún sector menos proclive a la tendencia mayoritaria del PSC, más en consonancia con el PSOE, pero, a la postre, amigo de aquella burguesía nacionalista, puesto que, al fin B2B, o sea, “Business is Business” o, en español cañí, “Todo por la pasta”)


Sin embargo, hay algo en el fondo de todo esto que me preocupa. Y es el modelo de la sociedad catalana. ¿Está la sociedad catalana enferma, como afirmaba ese valiente adalid del neoliberalismo, neoconservadurismo y la más rancia tradición centralista española que es Pepe Mari Aznar?. Pues sí. Me explico: mis reflexiones nada tiene que ver con determinadas lecturas que contemplan la actual situación aquí frotándose las manos desde un modelo español excluyente, por único, que les sirve, además, para echar humo sobre sus brotes de corrupción en Madrid, Valencia y otros feudos. Es más, estoy convencido que mi país, Cataluña, es una nación (con independencia ahora del concepto diverso que cada cual tenga al respecto) o, si se prefiere, un hecho diferenciado respecto al resto de España. Y esa afirmación no quiere decir que uno sea nacionalista, de la misma manera –que como decía un viejo maestro mío- constatar que comer verduras es sano no quiere decir ser vegetariano. Odio el nacionalismo, sea español o catalán. Sigo reivindicando el internacionalismo, en unos tiempos que –como afirmaba el camarada Trotsky, en relación con el período inmediatamente anterior a la Primera Guerra Mundial- “los internacionalistas cabemos en un taxi”. O, como los viejos anarquistas, una servidora sólo tiene una patria, que es la humanidad.


Pero eso, repito, no impide constatar una realidad, que es el hecho diferenciado del lugar donde vivo –y donde he nacido, aunque eso sea, a la postre, anecdótico-. Esa constatación diferencial se ha conocido desde, al menos, las postrimerías del siglo XIX como catalanismo (lo de nacionalismo es muy posterior, como aún lo es más lo de independentismo, que, como fenómeno social más o menos de masas, apenas tiene tres lustros de vida) Y pongo esa fecha por no remontarme más lejos: si se quiere, a las propias Cortes de Cádiz o antes. O incluso ab urbe condita Parapanda.


Pues bien, se me antoja –aunque no tengo estudios demoscópicos o sociológicos que lo pongan en evidencia- que ese catalanismo es diverso. O, mejor dicho, que ha sido siempre diverso. Mi intuición epicena me lleva a la conclusión de que en el catalanismo han existido siempre tres corrientes diferenciadas. Una, que podríamos caracterizar como rural, propia de la Cataluña interior, que hunde sus raíces en el carlismo (mi amigo y ex amante Ramon Plandiura, como originario de Osona nos puede ilustrar mucho al respecto); se trata de una tendencia siempre minoritaria, meapilas, cerril y conservadora, que se basaba en la institución de l’hereu [heredero], siempre blasfemando (y válgame el cielo que las blasfemias agrarias, pese a que los que los emiten van cada domingo a misa, son legendarios y dignos de ateos febriles), porque el hereu, pese a quedarse con la propiedad está currando en el campo cada día, mientras los fadristerns [o cabaler, hermano menor del hereu] acaban en Barcelona, a la postre, viviendo mejor-. La otra tendencia es la que podríamos calificar como la mesocracia barcelonesa –en el sentido amplio-: la de la burguesía de toda la vida de la ciudad condal –y sus áreas de influencia-, de origen burgués, ilustrado y aparentemente liberal (aunque cuando había que llamar al ejército español para poner orden, se llamaba) Y, por fin, había eso del catalanismo popular, el de las clases laboriosas, que cualquier lector de la literatura obrera del siglo XIX puede encontrar, el catalanismo que parte del republicanismo federal, sigue con el anarcosindicalismo catalán –Salvador Seguí, Joan Peiró, etc- y prosigue con el republicanismo de los años 30, en el PSUC de la guerra y la postguerra –sin olvidar a Andreu Nin y otras tendencias de la rica experiencia de las izquierdas republicanas- y desemboca en CC.OO. en los años sesenta y setenta (no en vano, la CONC es la CONC –o lo era hasta hace poco, tras los cambios en la dirección electrónica- gracias, entre otros, a personalidades como el Cipri)


Descartada la capacidad de intervención social de la Cataluña profunda –el catalanismo rural-, que no ha pasado nunca de mirarse el ombligo en su microcosmos, en el último siglo largo el gran debate social en Cataluña se ha producido entre la mesocracia barcelonesa y el catalanismo popular. Y aunque pueda parecer contradictorio, el hecho cierto es que la singularidad catalana se ha ido incrementado precisamente por ese debate. No en vano ese conflicto a dos bandas es apreciable en la Semana Trágica, en el pistolerismo de los años veinte, en la Dictadura de Primo de Rivera –con Cambó-, en la República y –salvado el escollo del franquismo, con políticas más o menos unitarias- en la transición. Pero es más, de ese debate han surgido también muchas de las ideas y propuestas de modernidad y democracia en España en el último siglo y medio. La España moderna y democrática no puede entenderse sin él.


Pero ocurre que ahora el debate del catalanismo ha mutado. O al menos, ésa es mi impresión. La mesocracia barcelonesa ha acabado, con la prosperidad económica, engullendo el catalanismo popular. No hablo de CiU o ERC –una mezcla extraña e interesada entre catalanismo mesocrático y rural-, hablo de las izquierdas. El PSUC y su discurso catalanista han desaparecido en la práctica. Una parte de ese discurso fue metabolizada por el PSC, pero ya se ha visto dónde ha acabado: en manos de la mesocracia barcelonesa. Prueba de lo que digo: la reforma del Estatut –con toda la carga y efectos que ello comportó en el resto de España- fue la prioridad de los gobiernos de Maragall… pero ¿era ésa la prioridad del primer gobierno de izquierdas en Cataluña tras la Segunda República? Ciertamente, no. Ésa era la prioridad de las clases mesocráticas catalanas, preocupadas por los tremendos efectos negativos que para la economía de aquí habían tenido las dos legislaturas centralizantes de Aznar. No en vano la reclamación de un nuevo marco autonómico tenía como adalides organizaciones patronales, círculos de economía y demás thing tanks económicos. La prioridad de las izquierdas debiera haber sido demostrar, en esos momentos, que era posible hacer una política alternativa, más sensible a la igualdad en aspectos como la educación, la sanidad o la cobertura de necesidades sociales, entre otros muchos aspectos. Nada de eso se hizo –ni se ha hecho luego con Montilla-: se continuó con el modelo convergente. Una prueba de ese “no-hacer-nada” la hallaremos en la reciente Ley de Educación o las políticas de dependencia. Y luego, claro está, ahí tenemos a Iniciativa, más preocupada por el verde que por el rojo, sin una deriva clara, riéndole en definitiva las gracias a la mesocracia barcelonesa (si la Ley de Educación, que rompe la columna vertebral del principio de igualdad no era para plantarse, no sé cuándo piensan hacerlo, claro que eso de hacer de palmeros del PSC llevan haciéndolo en la ciudad de Barcelona hace decenios)


La tragedia de mi país –de mi nación, si es que tengo una nación- es que el catalanismo mesocrático no tiene ya adversario. Los intereses de esa mesocracia se han acabado convirtiendo en los intereses de Cataluña. El debate entre catalanismo mesocrático y catalanismo popular –sobre el que se sustentó el hecho diferencial- se ha acabado dilapidando. Y ha acabado, a la postre, sustituido por un absurdo debate sobre la independencia y esos ridículos plebiscitos locales, exasperando el españolismo cañí y reaccionario, lo que retroalimenta a ambos adversarios nacionalistas (español y catalán) Esos jóvenes altermundistas que pueblan barrios y pueblos de Cataluña con pintadas sitúan el debate en el absurdo independentismo. Y, desde luego, difícilmente puede aspirarse a que las nuevas clases menesterosas –la povertà laboriosa- que hoy son los inmigrantes se erijan en defensores de ningún catalanismo, huérfanos de un discurso que aúne –como antaño- sus legítimas aspiraciones sociales con las del país en el que viven.


¿Se extraña alguien que ese imperio de la mesocracia reine la corrupción? Quién así lo haga en un ingenuo. Con todo, lo que me preocupa no esa corrupción –que también-, sino que mi país (o mi nación, si es que tengo nación) se ha acabado inmolando como tal. Que la izquierda catalana haya vendido por un plato de lentejas su alternatividad. Ése es el problema de Cataluña y no tanto la gestión, pongo por ejemplo, del aeropuerto del Prat. Y se me antoja que ése también es el problema de la España progresista.


Sole Barberà i Salvadors, letrada por parte de la acusación particular en el caso Jurel.


Radio Parapanda. Raimon Obiols en Un editorial de Nou Cicle: Contra la corrupció lliberticida

miércoles, 14 de octubre de 2009

JUSTE DE NIN, JORDI SOCÍAS Y TITO MÁRQUEZ EN CC.OO.



El otro día anunciaba la salida a la superficie de un cuadro que el gran Tàpies regaló a Comisiones Obreras en 1974. Quise dar la noticia que me venía de la mano de Jorge González Aznar cuyo nombre de paz, en aquellos tiempos, era Jaime Aznar. A éste amigo le debe el sindicato haber puesto en marcha la segunda etapa de Lluita Obrera (la primera, la fundacional, fue dirigida por Cipriano García) y la creación de una revista de noticias (sólo de noticias) que se llamó Luchas Obreras, también de Comisiones. El equipo redactor lo formábamos Jaime-Jorge y un servidor en casa de Manolita Sanz en L´Hospitalet. La impresión la hacía íntegra un carpintero a quien Tito Márquez y yo mismo le pusimos un apodo cariñoso, don Juan; don Juan vivía y trabajaba en Nou Barris y era amigo de Tito.

Estamos hablando de primeros de los setenta del siglo pasado: Lluita Obrera y Luchas Obreras tuvieron un dibujante excepcional que firmaba, primero como el Zurdo y más tarde Esquerrà que viene a ser lo mismo. Debo recordar que Luchas Obreras fue un semanario, tal vez el único semanario sindical que ha existido en los últimos setenta años en España. El Zurdo-Esquerrà puntual, y previamente informado del contenido de la revista, nos traía sus excelentes dibujos que, como los grandes artistas, constituía todo un editorial. Su nombre: Lluís Juste de Nin, el gran diseñador de moda catalán que sigue asombrando por su creatividad. Hace unos pocos de años, Juste (el gran Esquerrà), ya en lo alto de la fama, publicó un tebeo con todas aquellas historias de antaño:
Juste de Nin edita un segundo cómic sobre Catalunya El Periódico ...


Tito Márquez, cada semana, hacía un periplo por Catalunya repartiendo en las diversas estafetas Luchas Obreras y Lluita Obrera cuando se editaba. Tito llegaba a casa a las tantas de la noche, después de conducir horas y horas en su Seat seiscientos, a quien llamaba el seiya. A las cinco y media de la mañana nuestro hombre salía pitando para ir a su puesto de trabajo en una fábrica de vidrio. Una fortaleza que le venía de la fuerza de sus convicciones y de su fortaleza de campesino cordobés.



Cuando raras veces no podía era substituido por otro gran artista, en esta ocasión de la fotografía profesional. Le llamábamos Pepito y no levaba un seiscientos, sino un potente y lujoso tiburón. Pepito era Jordi Socías, fotógrafo de prestigio mundial. Nadie como Pepito haciendo fotos; de hecho, las grandes figuras de la cultura y del arte, de la ciencia y la política han posado para nuestro hombre.


Pregunto: ¿hay quien dé más? Seguro que hay quien dé igual, pero no más.

Radio Parapanda informa que está haciendo gestiones para hermanarse con Radio Rexurdimento: Lóis Uxío Taboada cuyo link está en su lugar descansen.

jueves, 8 de octubre de 2009

ANTONI TÀPIES, COMISIONES OBRERAS Y EL VIETNAM




No digo dónde, ni cómo, porque con estas cuestiones hay que tener mucho cuidado. Diré lo imprescindible: el otro día Jorge González Aznar (cuyo nombre de “guerra” era Jaime Aznar) y un servidor nos deleitamos ante un cuadro de Antoni Tàpies. Nada menos que un tàpies. Este cuadro tiene una historia singular que explicaré detenidamente.


A principio de la década de los setenta mi maestro Cipriano García planteó en una reunión del Secretariado de Comisiones Obreras de Catalunya la siguiente idea: pedirle a Tàpies un cuadro para, una vez reproducido, vender miles de copias en las fábricas y barriadas, con lo que se sacara ayudaríamos al pueblo vietnamita. No podíamos aplaudir porque la reunión era clandestina; así es que dijimos “muy bien, Cipri, eres un fenómeno”. Cipriano, probablemente acompañado de Xavier Folch, visitó al maestro. Dicho y hecho. Tuvimos el cuadro, hicimos las copias y, a cinco duritos cada una, recogimos cincuenta mil pesetas. Aprovechando que (clandestinamente) íbamos a Paris a entrevistarnos con la Delegación exterior de Comisiones Obreras (Ángel Rozas y Carlos Elvira) acudimos a la Embajada del Vietnam en París. Nos recibió el Embajador, le explicamos el motivo de nuestra visita, le entregamos el dinero (trinco-trinco) y nos invitó a un licorcillo con unos pastelillos de guirlache. Qué emoción tuvimos los tres: el Embajador no salía de su asombro y nosotros dos éramos conscientes de algo muy serio.


El cuadro de Tàpies ha aparecido. Ya se explicará de qué manera y dónde. Se hará cuando Jorge lo entregue a la dirección de Comisiones Obreras de Catalunya, su legítimo propietario. He hablado con Joan Carles Gallego que era un crío en aquellos entonces: hay que ver cómo pasan las cosechas, madre mía. Naturalmente, el cuadro deberá ser autentificado, pero yo afirmo por lo más sagrado de mis ancestros que Tàpies nos lo entregó. Una bonita historia. Lo mejor de aquellos tiempos (peores) era nuestra jocundam iuventutem y lo peor de estos de ahora es nuestra molestam senectutem, si es que damos crédito a la vieja copla académica.


De repente se me ocurren las siguientes consideraciones: la solidaridad de la clase trabajadora –en unas condiciones no sólo de falta de libertad sino de represión-- con la justa causa de un país remoto, la generosidad militante de un gran artista con esas luchas y la presencia activa en todo ello de Comisiones Obreras. No fue, desde luego, el único compromiso de los trabajadores, ni fue el único artista. Pero, tras la reaparición de este tàpies, era cosa de hablar de ello. Mis saludos a Xavier Folch, el Enviado de Tàpies en la Tierra.