miércoles, 14 de noviembre de 2007

ACTUALIDAD EL SINDICALISMO. Di Vittorio y nosotros (2)

Mi amiguita Giovanna Pioveadirotto en el Liceo de Catania: una sabihonda que, con el tiempo, se hizo sabia


Esta es la segunda parte de mi intervención en el Seminario barcelonés y napolitano en homenaje a Di Vittorio. Veremos cómo engarzo la primera con ésta para no superar los veinte minutos que tengo asignados. Al grano:


En realidad la ponencia que tenía encargada en el seminario sobre el sindicalista Giuseppe Di Vittorio era –al igual que mi amigo Antonio Pizzinato—“la vigencia del pensamiento y la obra del dirigente de la CGIL en estos tiempos de hoy” o algo por el estilo. No obstante, como siguiendo las veteranas tradiciones que indican que una cosa es el encargo y otra lo que dices en la ponencia, reflexioné –al igual que Pereira— con la comodidad relativa de `frecuentar el pasado´. También porque, cuando no tienes responsabilidades directas, parece pretencioso intervenir en las cosas de hoy. No obstante, comoquiera que el carácter entrometido del sindicalista activo se trasmite al sindicalista emérito, me dije: respeta las órdenes recibidas sobre lo que tienes que hablar y, desde esa obediencia amistosa, tírate al ruedo con insinuaciones sobre las hipótesis de la actualidad del pensamiento divittoriano.


Primero. La actualidad de la praxis del dirigente sindical italiano parece evidente en lo que se refiere a la independencia del sujeto social. Que hoy tiene, por lo que todos sabemos, más comodidad que nunca. De una parte, la acumulación (cuantitativa y cualitativa) de `hechos independientes´ del sindicato. Y, de otro lado, el nuevo paradigma de, como se decía en mis tiempos, las relaciones entre el partido (el que fuera) y el sindicato (no importa cual).


Ciertamente, la acumulación de gestos de independencia sindical imprime carácter y, según cómo, acaba provocando, primero, una discontinuidad y, después, una ruptura conceptual. El sindicalismo, así las cosas –y por mera aplicación de la teoría matemática de los límites—se va acercando “in progress” a su propia independencia: de proyecto, de organización y de recursos propios, que a fin de cuentas es todo ello una y la misma cosa.


Por otra parte, la derrota histórica de los partidos comunistas (con permiso de Paco Mías) resuelve –espero que definitivamente— las viejas e inútiles relaciones entre el partido y el sindicato. Y, de igual manera, las extravagancias político-culturales de la tradición socialdemócrata interfieren las viejas relaciones entre el partido y el sindicato.


Pero hay algo más rotundo: el sindicalismo ya no acepta ser el mandao, la prótesis del partido (no importa cual) que, así mismo, se autodefine como la dirección –contingente o escatológica— de los asuntos que, de manera diversa, afectan a las, con perdón, tradicional o renovada clientelas. Porque, dígase con nitidez, el sindicalismo ha conseguido amplias cotas de poder contractual dentro y fuera de los centros de trabajo. Y, no se olvide, el ejercicio del conflicto social ya no está bajo la batuta (instrumental o no) del partido político. Y, diré algo más: el sindicalismo, aunque no lo haya teorizado ni caído en la cuenta, sabe o intuye que el partido (repito, el que sea) tiene una matriz lassalleana (estatalista) que poco tiene que ver con la confrontación, de otro tipo, entre el movimiento de los trabajadores y la contraparte. Especialmente en estos momentos de pérdida de poder factual en las relaciones económicas de los Estados-nacionales.


El pensamiento divittoriano, así las cosas, se redimensiona, y las enseñanzas del maestro, no contingentes sino de muy largo recorrido, en torno a la independencia cobran nueva actualidad. Ahora bien, eso no impide que –como sujeto sociopolítico que es el sindicalismo confederal— tenga nuevas relaciones con los actores políticos y, por extensión, con la política toda. Pero ya no es con el partido-amigo (más bien papá), sino con el conjunto de la política. Entre otras cosas porque tiene que compartir (diversamente, desde luego) zonas intersticiales con la política: tanto de la que gobierno como de la oposición. En zonas como, por ejemplo, las de welfare state. Se trata sólo de un ejemplo.


Segundo. Toda la pasión unitaria del maestro Di Vittorio tiene, en nuestros tiempos, no sólo más actualidad sino, incluso, más factualidad. En primer lugar, porque se ha incrementado la densidad de que el sindicalismo es una (noble) agrupación de intereses que, en sus diversidades, intenta reunir todos los retales del vínculo social, madre y padre de la independencia. Y, en segundo lugar, porque la existencia del sindicato mundial (CSI) es una condición casi necesaria –casi, digo—para impulsar –más todavía, si cabe— los visibles, aunque fisiológicos, momentos de unidad de acción sindical en los Estados-nacionales.


Tercero. Nuestro amigo italiano, tanto desde su responsabilidad sindical como la de `padre constituyente´-- se batió el cobre por los derechos de ciudadanía del conjunto asalariado. El reto que tenemos por delante, en estos nuestros tiempos, adquiere un novísimo significado. Que, por lo demás, precisa de un mayor robustecimiento de la adhesión estable, esto es, la afiliación —o el número de inscritos—al sindicalismo confederal. Y que, para ello, no hay otra condición aproximada que la radical puesta al día de las prácticas contractuales del sindicalismo de las diversidades. Comoquiera que todas estas cuestiones me parecen inter relacionadas haré una transversalización de todas ellas en la reflexión que viene de seguida.


Las políticas contractuales no son sólo un intento de mejorar la condición de vida y trabajo del conjunto asalariado. Son también, como todos sabemos, `fuente de derecho iuslaboralista´. En la medida que la gramática contractual mejore renovadamente la condición asalariada, se pone al día el Derecho del trabajo. Que es un artefacto que está recibiendo más empujones inamistosos y más ataques, sutiles y abruptos, que el propio sindicalismo. El Libro Verde es una visible prueba de ello.


Di Vittorio se batió por los derechos de ciudadanía del pueblo trabajador. Repensar con los ojos de hoy esos mismos problemas es nuestra tarea. Y aquí emergen algunas preguntas un tanto intempestivas: ¿se puede avanzar adecuadamente, mejorando las condiciones de vida y trabajo del conjunto asalariado, se pueden –desde ahí crear nuevas fuentes de derecho— no avanzando más, partiendo de ejemplos preclaros, en lo que podríamos llamar un elenco de reivindicaciones posfordistas? Y, todavía más: ¿se puede ignorar el acervo que nos viene de cómo ejercer el conflicto social tras las experiencias de la huelga virtual de la gente de IBM que, además, ha conseguido una victoria en toda regla?


Más todavía: dada la transformación –no sólo, ni principalmente entrópica— de la estructura categorial y sociológica del conjunto asalariado, ¿se pueden mantener las características morfológicas de la representación sindical, dentro y fuera del centro de trabajo, para tutelar más y mejor a los trabajadores y sus familias? Yo desapasionadamente pienso que no. Pero esta es una cuestión que dejo a los doctores de la Iglesia.


Temas todos ellos de gran importancia, desde luego. En todo caso, hay algo que me parece incuestionable: el carácter participativo del sujeto social.


Pienso que el sindicalismo divittoriano es una matriz lejana (aunque no estoy en condiciones de saber qué relación, directa o indirecta existe entre dicha matriz y lo que quiero exponer) de la articulada participación de masas en las recientes prácticas de la CGIL. Hablo concretamente del reciente referéndum sobre las políticas de welfare: una consulta que era temida por los grupúsculos políticos porque cuestionaba el carácter de cuerpo místico de éstos. Por eso le pusieron, creo yo –desde la relativa distancia catalana y desde mi retiro en mi residencia de sindicalista emérito— las viejas y harapientas reliquias de las nieves de antaño.


Pues bien, ¿qué impide al sindicalismo europeo contagiarse de esa experiencia que, en el fondo, expresa que la `soberanía sindical´ radica en el conjunto de los afiliados y, más allá, en la gente que potencialmente esperamos que se afilie? De donde traigo a colación un tema tan espinoso como el siguiente: no puede ser que los tratados constitucionales de los Estados nacionales hablen de que la soberanía radica en el pueblo y el sindicalismo no diga algo igual, parecido o similar? Esta sería la –no ya discontinuidad, sino ruptura— gran transformación de la nobleza del vínculo social entre el sindicalismo y el conjunto asalariado. Concretamente: ¿dónde reside la soberanía sindical?

martes, 13 de noviembre de 2007

CC.OO. de CATALUNYA, ESA RARA ORGANIZACION



Desde hace ya cierto tiempo la dirección de Comisiones Obreras de Catalunya hace anualmente un breve paseíllo: salen de su sede (Via Laietana) y, poquito a poco, calle Ferran arriba, antes de llegar a la Plaça de Sant Jaume, entran en un edificio público. Los recibe el Sindic de Comptes y –como cada año— los sindicalistas le hacen entrega de una cierta documentación: el estado financiero de las cuentas de la organización. Tras los oportunos comentarios de rigor, los sindicalistas vuelven al trabajo, y dada la hora mañanera es posible –sólo digo que es posible-- que se tomen unos cafelitos en el Bar Haití. Como queda dicho se trata de una breve caminata anual porque el ejercicio de rendición de cuentas –como los balances— tiene esa prudente cadencia. Por razones que francamente desconozco, la única organización que camina hacia la Sindicatura es Comisiones Obreras. Nadie en Catalunya hace algo igual, parecido o similar. En honor a la verdad, tampoco hay otro referente fuera de Catalunya, ni siquiera el mismo sindicato.


Comoquiera que los sindicalistas de Comisiones están insistiendo, también desde hace años, en tan higiénica medida, y dado que (según parece) todo el mundo dice llamarse Andana, han tirado por la calle de en medio (seguramente Princesa, Comercio y demás) y han ido al Parlament de Catalunya –esta caminata es más larga-- donde les esperaba un grupo de diputados de las diversas fuerzas políticas. Pero, antes de explicar algunos pespuntes de este encuentro, me permito hacer un descansillo.


Hace dos años y medio, el President Maragall formó una comisión de trabajo de eso que desacomplejadamente se llama “expertos de reconocido prestigio” con el encargo de proponer al gobierno catalán de un elenco de recomendaciones para procurar la eficiencia y transparencia de la cosa pública. Entre paréntesis: ignoro las razones que llevaron al conseller Josep Maria Vallés (el verdadero inspirador del asunto) a proponerme para formar parte de dicho grupo. Lo acepté por no hacerle un feo a Vallés, dado que pensaba –aunque esa no era la intención del conseller ni del propio Pasqual Maragall— que el resultado de nuestro dictamen acabaría engrosando los abultados archivos o las hospitalarias papeleras de la Generalitat. [El tiempo se ha encargado de demostrar que mis avinagrados pensamientos no iban desencaminados].


Pues bien, nos pusimos a trabajar con juvenil ardor y, guiados de la mano, por Juanjo López-Burniol, bajo la presidencia de Anton Cañellas (qpd), ya metidos en harina decidimos convocar a los representantes de las fuerzas vivas de la sociedad civil para que, con su potente sabiduría, nos iluminaran: de las organizaciones políticas y sociales, sólo se presentó Comisiones Obreras de Catalunya. Los comentarios que nos hicieron los sindicalistas, simplificando mucho las cosas, fueron: hay que normar las subvenciones, deben tener claro su finalismo y, además, todo ello debe ser transparente; por lo demás –añadieron en una tarde veraniega— sería ideal que todos los subvencionados de motu proprio presentaran sus cuentas en la Sindicatura. No dijeron que ellos lo hacían porque los que estábamos allí éramos gente aproximadamente bien informada, al menos de eso.


Bien, ¿cómo están las cosas? Sobre el documento de la comisión [llamado concretamente de Transparencia y Buen Gobierno] nada más se supo. Y tampoco de la invitación de Comisiones al resto de las organizaciones. De ahí que es normal que dicho sindicato esté, según me han explicado algunas voces conocidas, hasta la cruz de los pantalones (de ambos sexos) por la galbana compartida en ese celo de no dejarse ver las cuentas financieras, ni siquiera –según parece— por sus parciales. Cierto, una conclusión lógica es que si esa es la normalidad, el raro es quien dice: aquí están los números, juzgue usted y ya me dirá lo que estime conveniente. Sería, así las cosas, otra de las anomalías de Comisiones Obreras de Catalunya.


Pues bien, tranquilamente irritados los raros piden un encuentro con los grupos parlamentarios para tratar del asunto, esto es, de la petición que desde hace tiempo vienen planteando nuestros anómalos. El resultado del encuentro es el siguiente, con la aclaración de que las negritas las pone un servidor para evitar el cansancio del sufrido lector. Hélo aquí:


Los partidos del Govern eludieron comprometerse con la petición de CC.OO de obligar a los sindicatos, las patronales y otras organizaciones que reciban fondos públicos a someter sus cuentas a auditorías externas, y recordaron los pasos que está dando el Ejecutivo, entre los que incluyeron la próxima creación de una oficina antifraude.


Se trata de una respuesta que, consultado un eminente hermeneuta de la ciudad de Parapanda, contiene un disimulo [se elude el compromiso] y, a continuación, se sale por los Cerros del Anacoluto: unos cerros más disparatados que los de Úbeda. En ese sentido, el anacoluto parlamentario tiene ese aire de majestuoso (o, según se mire, republicano) surrealismo que lucía el afamado dicho: “Era de noche y sin embargo llovía”. Que es muy propio de la peor sintaxis parlamentaria.


La `interpelación´ que me permito hacer a los grupos es: ¿por qué se elude el compromiso? ¿por qué se relaciona esa elusión con la creación de una Oficina antifraude? Mientras tanto, pienso –y más adelante lo aclararé—que el sabio refrán de tiempos antiguos tiene hogaño una concreta vigencia: en casa del herrero, cuchillo de palo. Repito, volveré al tema.


Empezaré por el anacoluto. “Vamos a crear una Oficina antifraude”. Esta es una cosa que debe ser aplaudida sin reserva mental alguna. Ahora bien, lo que los raros sindicalistas están planteando es, indirectamente, una medida ex ante, una condición casi necesaria para que no haya fraude. He dicho casi necesaria, pero que indica la existencia de un control externo, como quien recela de que los que duermen en el mismo colchón son de la misma opinión.


Los sindicalistas debieron quedarse estupefactos ante el paralogismo de los parlamentarios, una labia tan vacua como exuberante. En todo caso, la respuesta (quiero decir, el anacoluto) no tiene la brillantez del “era de noche y sin embargo llovía”, posiblemente ideada por un bohemio de taberna con el cerebro en poder del orujo. Ahora bien, si tiramos del ovillo es posible que encontremos una cierta razón entre `eludir comprometerse´ y prometer la creación de una Oficina antifraude. Pero eso se lo dejo a ustedes, pues no está bien que yo lo ponga todo o casi todo.


Lo que no acabo de entender es la normalidad de mis primos hermanos (los sindicalistas de Comisiones del Ebro para abajo) : una gente poco atenta con sus cofrades, los catalanes.


En fin, si tienen alguna explicación de su normalidad no harían mal en decírmelo, al menos por los servicios prestados.


Con mis mejores deseos, JL

lunes, 5 de noviembre de 2007

TRES ASIMETRIAS DE CATALUNYA




Mi amiguita Cynthie Laurent (la más alta) de la mano de una conocida. Están en la playa de Biarritz.


En cierta ocasión escribí que “yo no tengo raíces, sino piernas”. Desde ciertos sectores identitarios me pusieron como un pingo; voces conocidas y saludadas fruncieron el ceño. Me reafirmo en lo dicho: una cita que tomé prestada del maestro George Steiner sobre quien, según parece, no cayó chaparrón alguno. Repito, piernas. Y es sobre la base de tener esos artefactos anatómicos lo que me permite contar con una mirada de présbita, pero no miope (al menos todavía). Así empezaré mi intervención en un coloquio que ha organizado la Fundació Catalunya Segle XXI, en el que intervendrán Lluis Foix, subdirector de La Vanguardia, y Juanjo López-Burniol. A ambas personalidades conviene oír, escuchar y leer.


La invitación parte de Carme Valls, a quien agradezco el detalle. Y el objetivo de este ejercicio de redacción es poner por escrito unos primeros pespuntes de lo que pretendo explicar en el mencionado coloquio. Espero ponerles los pelos de punta a los organizadores, y de esa manera evitar que hagan firme la invitación. Así me evitaría hablar. En todo caso, si no la retiran iré con mucho gusto a compartir mesa y micrófono con el ilustre periodista y el afamado notario.


1.-- Como digo, se trata de unos primeros pespuntes. En días sucesivos, según me visiten las musas, iré ampliando en una segunda parte el resto de mi conversación. De momento, me interesa hablar de lo he dado en llamar las asimetrías de Catalunya. Pienso que, mientras se mantengan –al menos tal como se presentan en estos tiempos-- hay pocas posibilidades de salir de ciertas patologías culturales y políticas.


Primera asimetría: el mundo vive una gran transformación de características globales e interdependientes; mientras, sectores relevantes de la política y la sociedad catalanas siguen instalados en el solipsismo nacionalista. Esa instalación atraviesa, en menor o mayor grado, a derechas e izquierdas en una indistinta defensa y rememoración de las raíces, al margen del avance de las piernas del mundo.


Segunda asimetría: si revisitásemos el libro del profesor Ramón Trías Fargas “Introducción a la economía de Cataluña” (Alianza Editorial, 1974), caeríamos en la cuenta del espectacular cambio que se ha dado en Catalunya desde aquellos tiempos. Más todavía, si nos comparamos con el resto de lo que se ha dado en llamar –un tanto presuntuosamente, es cierto— “Cuatro motores para Europa” (Baden Wutemberg, Lombardía, Rhône-Alpes y nosotros) llegaríamos a la conclusión que casi casi estamos a la par en no pocos indicadores económicos y sociales. ¿Panglossismo? No. Échense los números. Y sin embargo...


Y sin embargo, deambula por ahí –preferentemente en círculos noctámbulos-- una especie de mirada chuchurría (mustia, quiero decir) que está en precario a la hora de observar los cambios y avances que están ahí presentes. Los cambios que se deben a las piernas de la gente en las más variadas disciplinas y quehaceres cotidianos.


Tercera asimetría: esta gente que mueve el país es cada vez más diversa y plural; frente a esa potente novedad, que viene de un tiempo a esta parte, sectores no irrelevantes de la política y de la sociedad reclaman insistentemente –a veces por activa, a veces metafóricamente para no infundir sospechas excesivas— una rotunda unicidad identitaria que sea fiel a una inventada autoctonía de los tiempos de las nieves de antaño. Se trata de un conjunto de miedos amalgamados: de miedos al otro, que es diferente; de miedos a lo nuevo, que es una incógnita; de miedos a que Catalunya, con sus pies, no sea permanentemente itinerante. Miedos, claro, de diverso signo. Pero miedos al fin y al cabo.


2.— Conversando sobre estas cuestiones con algunas amistades, me aclaran que la responsabilidad de todo ello radica en el largo mandato de Jordi Pujol. No comparto esa idea, lo que no quita que algo tenga que ver en ello. A mi juicio, la cosa podría estribar –lo digo en condicional-- en la indistinción cultural de una parte relevante de las izquierdas con las derechas nacionalistas catalanas, al menos en los aspectos identitarios. Unas izquierdas que no han primado lo suficiente la cuestión social.


Tengo para mí que mientras se mantengan tales asimetrías, Catalunya no podrá abordar con claridad sus contenciosos, de ayer y hoy, con `España´. Pero ya basta por hoy. Porque no se trata de poner encima de la mesas, y de sopetón, todas las provocaciones. Hay que dosificarlas con moderación: igual que el bicarbonato.

jueves, 1 de noviembre de 2007

¿DE QUE MANERA ORGANIZA EL SINDICALISMO LAS CONQUISTAS SOCIALES?


El joven Pau Falguera, Consejero-delegado de The Parapanda Tribune, intenta explicarle a un turista calvo quiénes son los dos caballeros que están detrás: la más famosa pareja de hecho del siglo XIX, El Moro y El General. (Fotos, Javier Sánchez del Campo, Medalla Francesc Macià)



En el blog hermano “Según Antonio Baylos” aparece un importante trabajo jurídico, que ya está dando que hablar: ESTABILIDAD EN EL EMPLEO Y REFORMAS LABORALES. Digo que está dando que hablar por lo robusto de su argumentación, aunque nos encontramos sólo ante la primera parte, dado que el autor –obviamente, Antonio Baylos-- ha prometido una segunda entrega. No obstante, me permito unas primeras reflexiones, no sobre el contenido del ensayo baylosiano sino en torno a la introducción que hace el autor. Dice nuestro hombre:

Se abre en esta entrada y en otras sucesivas un espacio de reflexión sobre la relación existente entre la reforma de la legislación laboral, la política de empleo y el mercado de trabajo. Es decir, si debemos seguir acostumbrándonos al hecho de medir la bondad de una medida de reforma por sus (pretendidos) efectos sobre el mercado de trabajo, la creación o el mantenimiento del empleo.

Comparto esta inquietud (1). Es más, diré que, en mi opinión, es uno de los problemas que siguen sin resolverse a pesar de que vienen de tiempos muy antiguos. Me explico, el sindicalismo, que ha sido responsable –junto a otros sujetos políticos y sociales —de importantes conquistas de civilización ha tenido una notable dificultad a la hora de organizar la extensión y consolidación de tales conquistas. Más todavía, en nuestro caso permanece otra limitación, a saber, establecer la relación entre lo conquistado y la ampliación del consenso estable (la afiliación) del conjunto asalariado con el sindicalismo confederal. Vuelvo a decir que los sindicalistas de mi quinta no estuvimos muy al tanto y dejamos esta ganga a las generaciones actuales.

Antonio Baylos nos dice que debemos acostumbrándonos al hecho de medir la bondad de una medida de reforma por sus (pretendidos) efectos sobre el mercado de trabajo, la creación o el mantenimiento del empleo. Lo que, parcialmente, intento explicar tiene una deriva similar a lo que expone nuestro autor. Sin embargo, no acabo de encontrar una explicación convincente de esta tradicional dificultad del sindicalismo español.

Una aproximada razón –sólo válida para Comisiones Obreras— podría ser la siguiente: acaso el genoma fundante, esto es, ser un movimiento se haya mantenido más tiempo de lo debido y, a pesar de transformarse en organización, las derivas movimientistas siguen manteniendo unas determinadas inercias. Pero, si este fuera el caso, UGT --que siempre se definió como una organización, y actuó de esa manera-- estaría, por así decirlo, `exculpada´, y sin embargo le ocurre, en este caso, tres cuartos de lo mismo que a Comisiones. Habrá, pues, que descartar esa razón improvisada [esto es, las inercias movimientistas] porque, por lo demás, mucho ha llovido desde las nieves movimientistas de antaño. La razón, pues, habrá que encontrarla en algún elemento que sea común a los dos sindicatos. Pero ¿cuál?

Tal vez una razón a tener en cuenta es la evidente separación entre el proyecto sindical y los aspectos organizativos, en tanto que tales. Esto es, en no considerar que proyecto y organización es una y la misma cosa. Ahora bien, hay un referente sindical donde sí aparece indisolublemente unido el proyecto con la organización: las elecciones sindicales. [Dejo de lado, porque para lo que estamos hablando es irrelevante, quién gana las elecciones]

Cuando ambos sindicatos se meten de lleno en lo que comúnmente se llama el proceso de elecciones sindicales (que, desde hace tiempo no son esporádicas sino permanentes) aparece como inescindible el proyecto-objetivo con los instrumentos organizativos. Digamos, así las cosas, que es un proyecto-que-se-organiza. Pero, en el resto de las tareas, es una opinión, no ocurre ni lo mismo ni algo similar. O sea, que hecha la salvedad de los procesos electorales, estamos en lo de antes: sin explicación convincente de por qué fuimos de esa manera y por qué seguimos siendo de manera muy aproximadamente parecida a la hora de no rentabilizar convenientemente el gran acervo de conquistas sociales.

Habrá que tomar otro atajo: ¿es posible que la forma de representación sindical –que sigue siendo exactamente la misma de aquella de mis años mozos— tenga algo que ver? Puede que esto sea un filón para investigar... Desde luego, si es por ahí estaríamos en ciertas condiciones de responder –aunque fuera en parte— a lo que también plantea Antonio Baylos.

Cuando hablo de la forma de representación me estoy obviamente refiriendo al modo en que, organizadamente, el sindicalismo se estructura. Aclaro que no tengo en la cabeza lo que en jerga sindical se llaman las fusiones de federaciones: en tales procesos, ni entro ni salgo. Es más, para lo que nos ocupa es irrelevante. Aludo a la forma de la sección sindical, a la permanencia de los comités de empresa y a la inexistencia de modalidades orgánicas (incluidas las de tipo fugaz o estable) para unos colectivos, cada vez más numerosos, de trabajadores emergentes. Aludo, muy especialmente, a una asimetría que es del caso retener: la economía y el centro de trabajo emergente e innovado ya no se rigen exactamente por el tipo de relaciones verticales sino por otras de naturaleza horizontal o, si se prefiere, oblícuas. El sindicalismo confederal, sin embargo, mantiene una morfología de arriba-abajo y de abajo-arriba en una lógica que era más conveniente en el paradigma fabril de las nieves de antaño que en el de las portentosas transformaciones que están en curso y a todo meter.

Con mi admirado Antonio Baylos (y con buena parte de buenos cofrades) mantengo una complicada polémica que, aquí y ahora mismito, sólo quiero apuntar: la permanencia del comité de empresa ya no me parece conveniente. Y, es más, diré que para lo que estamos tratando representa un mecanismo de freno. Si el comité de empresa es el sujeto principal en el centro de trabajo, parece claro que no tiene ni los mecanismos (ni, evidentemente, la vocación) para organizar las conquistas y, menos todavía, para lo que Baylos apunta lúcidamente en el trabajo que, de manera indirecta, estamos comentando. De ahí que me parezca urgente la formación de una nueva autoctonía en la forma de representación del sindicalismo confederal, dentro y fuera de los centros de trabajo. Especialmente porque entiendo que no pueden seguir coexistiendo pacíficamente los nuevos impulsos que el sindicalismo intenta poner en marcha en sus políticas reivindicativas y negociales y unas arcaizantes formas de representación; arcaizantes y que, además, dejan a la intemperie amplios colectivos asalariados, no sólo jóvenes y mujeres (que es lo más visibles) sino de todos quienes se ven afectados –cada día más— por esa revolución incesante de la nueva y novísima tecnología.

Sea como fuere, en el caso de que las razones antedichas, sobre por qué el sindicalismo no es convenientemente organizador de sus propias conquistas, no sean de utilidad algo parece obvio: hay que saber dónde aprieta el zapato.

La nota prometida.


(1) Esta reflexión de Antonio Baylos me obliga a seguir pensando lo que dejé inconcluso en el mes de Julio: EL USO SOCIAL DE LAS CONQUISTAS SINDICALES (1); cuando tenga más retales procuraré enhebrarlos y diseñar un traje. Ahora me faltan algunos ovillos. Sea.

LA HUELGA VIRTUAL DE LOS TRABAJADORES DE IBM




El sindicalismo confederal ha dado un paso adelante de gran importancia con relación a cómo ejercer el conflicto social en el centro de trabajo innovado: es el caso de la ya famosa `huelga virtual´ en la multinacional IBM que, aunque ha tenido amplia repercusión mediática, apenas si ha concitado –al menos hasta la presente que yo sepa-- reflexión alguna. Aunque bien podría ser que algunos sindicalistas estén ya pensando en ello, y sociólogos (como, por ejemplo, Ramón Alos y Carlos Obeso) lo tengan presente para inmediatas reflexiones. Me consta, de todas formas, que juristas como Antonio Baylos lo está consultando con la almohada.


Un amable Miquel Lóriz, que vivió personalmente los acontecimientos, nos detalla las peripecias de esta movilización.


Se constituyó un centro de reunión en el que entraba la gente que quería participar en la protesta. AllI se les facilitaba (a sus avatares, que es como se llama a los personajes en Second Life) un "Kit de Huelga" (camiseta y pancartas a elegir entre inglés, italiano y español) y después se les dirigía a los diferentes centros de IBM en Second Life, donde varios miembros del equipo organizativo les esperaban para coordinar las acciones. Se animaba a la gente a mostrar las pancartas y manifestarse frente a esos centros de IBM, a visitar otros centros y finalmente a firmar una carta al CEO de IBM Italia (el que ha dimitido). La anécdota fue que en un centro se produjo la protesta mientras se desarrollaba una reunión de trabajo de ejecutivos de nivel medio de IBM, que fue temporalmente interrumpida por los huelguistas. Los organizadores habíamos tenido reuniones previas y contábamos con una serie de herramientas virtuales con instrucciones y utilidades para "teletransportarse" a otros centros de IBM. En el centro de información también había folletos y un vídeo explicativos. Calcularos en torno a unas 1800 participantes entre las 10 de la mañana y las 10 de la noche.


El éxito más grande, probablemente, fue la repercusión mediática en 30 países. AquI nos llamaron varios periódicos, radios y hasta una televisión (que tenía el problema de cómo grabar los hechos). Hubo errores en la convocatoria, sobre todo la incertidumbre en la fecha de la convocatoria que hizo que los medios perdiesen interés poco a poco, la inexperiencia. También aquí hay que añadir la dificultad de concentrar tanta gente en SEcond Life (la comunicación es por chat y, por tanto, tiende a ser caótica) pero en definitiva parece que no ha salido del todo mal. No lo quieren vender como un gran triunfo por aquello de la piel de oso, pero al menos se han vuelto a sentar en la mesa. También es bueno destacar que los sindicatos en IBM Italia llevaban un tiempo convocando acciones en el "mundo real" .


Hasta aquí la comunicación de Miquel Lóriz. Y sigo...


En un principio –hace no tantos años-- existía una considerable perplejidad ante la interferencia que suponía la innovación tecnológica para el ejercicio de la huelga y otras expresiones de conflicto. No quiero señalar a nadie, pero es el hecho que la abrupta innovación pilló a más de uno un tanto descuidado y el recurso fue la silicona. No pormenorizo más porque no quiero darle cuatro cuartos al pregonero. Este comportamiento de luddismo light era la expresión de, ya digo, la perplejidad y la querencia al recurso fácil. Más todavía, la siliconitis creó una especie de rutina que, además, impedía repensar la manera de ejercer el conflicto social en las nuevas condiciones. Una rutina que, durante algún tiempo, acabó siendo un idiotismo de oficio. Que, ciertamente, se caracterizaba por ser un mecanismo ademocrático y que, además, se diferenciaba del `piquete de huelga´ en que no dialogaba, no explicaba al personal los motivos de la convocatoria de huelga y la necesidad de seguirla, como era la función del `piquete´.


En todo caso, el problema estaba en el considerable retraso del sindicalismo confederal que seguía planteando las cosas de la misma manera que lo hacía en los tiempos de la hegemonía de Doña Cadena de Montaje, una dama ya casi en puertas de fenecer. En todo caso, algunos sectores sindicales llevan tiempo dándole vueltas a la cabeza. Por ejemplo Comfía-CC.OO. que organizó un seminario sobre la innovación tecnológica y, en su último congreso (celebrado en Canarias) empezó a ponerse muy al día. La sentencia que ganó, conocida popularmente, como la de los ciberderechos le significó una victoria redonda. Y es que las cosas empiezan a tener otro cariz...


Digo que las cosas empiezan a tener otro cariz cuando el sindicalismo cae en la cuenta de que es posible convertir la interferencia en nueva posibilidad de ejercer el derecho de huelga con el sostén logístico de la nueva y novísima tecnología. Es, como decimos, el conflicto virtual que los trabajadores de IBM han llevado recientemente a cabo y, felizmente, ha acabado con una rotunda victoria del sindicalismo.


Por lo demás, tanto la innovación tecnológica como esta notable experiencia de los trabajadores de IBM resitúan la necesidad de que el sindicalismo se interrogue sobre algo previo al ejercicio del conflicto social, esto es, qué nuevas formas de representación son las más idóneas dada la gran transformación del puesto de trabajo y del centro de trabajo innovados. Naturalmente la experiencia de IBM indica que ha sido la representación tradicional del sindicato quien ha convocado y gestionado (tan brillante y exitosamente) el conflicto. Pero objetivamente esa representación tradicional (el comité de empresa, tal como lo conocemos hoy y también el sindicato en la empresa, tal como lo conocemos hoy) han actuado fugazmente como si fuera una nueva forma de representación en IBM. Pues bien, posiblemente se trataría de convertir lo fugaz en permanente, estable. En resumidas cuentas, si la morfología del conflicto social se ha adecuado, expresando su alteridad, al hecho tecnológico, parece razonable (o, por mejor decir, coherente) que la forma actual de la representación sindical haga lo propio. Algo de eso dijimos en noviembre de 1997. Ahora, esa parte del documento –la referida al conflicto social-- la reproducimos, tal cual, en la nota que viene a continuación. En esto debo decir que algunos madrugamos.



(
1) EL CONFLICTO SOCIAL (Escrito en noviembre de 1997)


Lo cierto es que el sindicalismo confederal --salvo honrosísimas y muy pocas excepciones-- se encuentra desubicado en relación al ejercicio del conflicto social. Las gigantescas transformaciones tecnológicas han variado profundamente el centro de trabajo; sin embargo, se sigue practicando el conflicto de la misma manera y con la misma forma que antes de dichas mutaciones tecnológicas. Por ejemplo, se utiliza la asamblea como si en el centro de trabajo la gente tuviera el mismo apelotonamiento de personas que la fábrica fordista, por poner una expresión gráfica. Si las nuevas tecnologías producen interferencias al conflicto social, éste se ejerce de la misma manera que cuando aquéllas no existían; sin embargo, no se investiga ni se aprovecha la potencialidad real que las nuevas tecnologías ofrecen para el ejercicio del conflicto. Así pues, se mantiene la centralidad de la asamblea fordista como una especie de mito con la misma inadecuación que pudiera tener un científico que basara sus investigaciones sólo en los cálculos que le proporciona el método de la regla de tres compuesta.


Si el sindicalismo confederal mantiene su actual desubicación en relación al conflicto --es decir, si desdeña las interferencias en su contra y no abunda en las potencialidades reales que existen-- irá empequeñeciendo su personalidad; posteriormente, incluso sin desearlo, se iría transformando en un agente técnico, y no sería ya un sujeto que desde su alteridad pudiera transformar la condición de trabajo.


En todo caso, nosotros no concebimos el conflicto social como algo autónomo o independiente de las propuestas del sindicalismo confederal. Esto quiere decir fundamentalmente que el conflicto se ejerce en relación a un proyecto reivindicativo concreto en un momento determinado. Así las cosas, lo que cuenta --por este orden y no por otro-- es 1) la cualidad de las reivindicaciones, y 2) la forma que tiene el conflicto; a nuestro entender, ambas cuestiones son inseparables para y en el ejercicio del conflicto. Un proyecto reivindicativo concreto que no se refiera a cómo es exactamente la organización del trabajo en cuestión --las condiciones para el trabajo y las condiciones de trabajo más útiles para el conjunto asalariado-- siempre expresará utilidades limitadas; a la larga (no muy larga, pensamos nosotros) irá perdiendo todo su sentido. Y, de la misma forma, un proyecto reivindicativo concreto que no se sustentara en una forma conveniente del ejercicio del conflicto, tampoco sería eficaz.




Es preeciso que el sindicalismo confederal elabore una nueva praxis para el ejercicio del conflicto, muy en especial en aquellos sectores que, dadas las innovaciones tecnológicas, tienen una relación diversa entre "la máquina" y "la persona". Históricamente el ejercicio del conflicto se ha caracterizado por un acontecimiento rotundo: si la persona dejaba de trabajar, la máquina se paralizaba por lo general; este detalle era el que provocaba la realización de la huelga. Hoy, en no pocos sectores, la ausencia de vínculo puntual entre el hombre y la máquina (esto es, que la persona deje de trabajar) no indica que la máquina se paralice. Más aún, gran parte de los conflictos se distinguen porque las personas hacen huelga (dejan de trabajar), pero las máquinas siguen su plena actividad. Podemos decir, pues, que la disidencia que representa el ejercicio del conflicto no tiene ya, en determinados escenarios, las mismas consecuencias que un antaño de no hace tanto tiempo. Esto es algo nuevo sobre el que, a nuestro juicio, vale la pena darle muchas vueltas a la cabeza. Parece lógico, pues, que el sujeto social se oriente en una dirección práctica de cómo exhibir la disidencia, promoviendo el mayor nivel de visibilidad del conflicto. En otras palabras, la visibilidad del conflicto tendría como objetivo sacar la disidencia del espacio de la privacidad para hacerla visiblemente pública.

En
En suma, para una nueva praxis del conflicto, apuntamos los siguientes temas de reflexión: 1) el carácter y la prioridad de las reivindicaciones, tanto generales como aquéllas de las diversidades; 2) la utilización de la codeterminación; 3) los mecanismos de autocomposición del conflicto; 4) la utilización de las posibilidades reales que ofrecen las nuevas tecnologías para el ejercicio del conflicto; 5) nuevas formas de exhibición de la disidencia, dándole la mayor carga de visibilidad en cada momento.

Aunque la movilización de los internautas no tenga el carácter de un conflicto "de clase", vale la pena echarle un vistazo a sus características más llamativas; de esta manera veremos --como decíamos más arriba-- hasta qué punto las innovaciones tecnológicas proponen nuevas posibilidades para el ejercicio de la protesta y la disidencia. De este conflicto podemos hablar, ya que nosotros hemos mantenido, a través de internet, un diálogo con el centro promotor de la huelga. Los motivos de esta acción no son otros que el rechazo de los internautas del espectacular incremento de las tarifas telefónicas. A continuación surge el grupo coordinador, llamado Plataforma-la huelga (dice contar con 10.000 usuarios). Este colectivo establece una política de alianzas con grupos tales como Plataforma por la tarifa plana, Proyecto Serviline, Organización de consumidores y amas de casa, Asociación de transportistas y otras. Se convoca "la huelga" de usuarios internautas y se concretan en un plan de acción a realizar durante el mes de setiembre. Vale la pena explicar que todo ello ha estado presidido por una serie de hechos participativos a través de las chats, es decir, las "tertulias cibernéticas". Como puede verse, estamos ante un conflicto que se mueve, en unos casos, alrededor de las más tradicionales convenciones y, en otros casos, con nuevas formas en el ejercicio de la acción.

De un lado, existen unos motivos para la protesta que son aprehendidos por un grupo dirigente, situado en una sede; este grupo estimula una política de alianzas que desde su "local" lanza la convocatoria y fija el plan de acción, concretado en una serie de protestas, acordadas después de un debate participativo. Todo ello en el más puro convencionalismo tradicional de la teoría y práctica del conflicto; por ejemplo, el plan de acción invoca a los receptores de los mensajes "la necesidad de difundir las medidas tanto como podáis entre todos los sectores en internet y fuera" que parece recordar el viejo recado del movimiento obrero "lee y difunde esta octavilla". Por otra parte, este conflicto ha suscitado algo que también nos es familiar, a saber: la solidaridad. En efecto, miles de usuarios de, al menos, nueve países se han adherido a este conflicto; conscientes unos y otros de la fuerza de Telefónica, han fundado el Consejo social de las Comunicaciones --un ente que agrupa a organizaciones de usuarios de esos nueve países-- para "hacer frente a los abusos de la empresa y exigir un trato justo y equitativo de la prestación del servicio de Telefónica" .

De otro lado, la sede no es otra que Página web: http//www.lanzadera.com/la huelga, y e-mail:la huelga@ hotmail.com; las comunicaciones (en jerga tradicional, las octavillas) a los hipotéticos huelguistas se lanzan a través de esos mundos cibernéticos. Podemos decir satisfactoriamente que nos encontramos ante una parte de las facilidades que posibilita la innovación tecnológica, incluso para la participación de los auténticos sujetos conflictuales, que son las personas-usuarias. Todo ello abre un camino (cuyas consecuencias no nos son posibles determinar en estos momentos) a una nueva relación entre objeto del conflicto, el sujeto que lo organiza y los recursos de nuevo estilo. A saber, la innovación tecnológica concreta que desde un "centro invisible" (en este caso, un web) se puede organizar y convocar un determinado conflicto. Por otra parte, el web --que es, a la vez, sede y octavilla-- contiene una velocidad comunicativa, desde su fijación hasta la recepción, como jamás en la historia de los conflictos haya tenido convocatoria alguna; de igual modo, estos recursos de nuevo estilo permiten inter-conectar (esto es, conectar entre-si) a los que se encuentran físicamente separados en distancias lejanísimas. Es decir, estos nuevos recursos informan y agrupan instantáneamente a miles de personas que están separadas solamente en lo físico; de donde se infiere que el espacio clásico --el espacio fordista, se entiende-- ya no es determinante (o no tan determinante como antaño) para el ejercicio de determinadas formas de conflicto social. Entiéndasenos bien, para lo que nos ocupa no es la velocidad de la comunicación el rasgo fundamental sino la capacidad de reunir (conociendo, debatiendo y decidiendo) a los que están dispersos, separados a miles y miles de kilómetros en un mismo momento; que eso se haga de manera instantánea es cosa que se da por añadidura. De manera que objeto, sujeto y recursos adquieren una nueva dimensión, no sólo técnica sino también cultural. Lo insólito de dicha relación es que ya no afecta a las personas que son abarcables con la vista --como lo era el ágora griega o la asamblea fordista-- sino a miles de personas inabarcables con los ojos, dadas las distancias entre todos ellas. Y todavía más: de la misma manera que la asamblea fordista se realizaba en el lugar natural de una superficie concreta, la asamblea interconectada de los internautas también se ha desarrollado en un lugar natural, mejor dicho: en muchísimos lugares naturales. Podemos decir, en consecuencia, que se ha establecido un vínculo diverso entre espacio (el lugar físico donde está cada internauta) y el tiempo instantáneo (en el que se establece la colectiva intercomunicación).

Este conflicto de los internautas (al igual que otras experiencias) propone una nueva relación entre tecnología y conflicto social que debe ser estudiada por el sindicalismo confederal en cuyo seno existen ya unas prácticas muy minoritarias. Nosotros pensamos que sería erróneo interpretar esta fenomenología con viejas categorías o, peor aún, confrontarla con los modelos tradicionales dejándose guiar sólo por la nostalgia de una época en la que parecía posible una comunicación más rica y humana, que siendo ejercitada como si estuviésemos en el tradicional fordismo, ya no concita la agrupación física de las personas en la asamblea en la que hemos crecido y desarrollado

Para nosotros está meridianamente claro que estos hechos participativos conservan la misma esencia que los de la tradicional asamblea, aunque cambie el aspecto formal del estar juntas, físicamente, las personas. En otras palabras, se mantiene el conocimiento, el debate y la decisión colectivos y, formalmente, se les re-agrupa de otra manera. Es, sin ningún género de dudas, una alternativa a la objetiva dispersión física de las personas que provoca la utilización de las nuevas tecnologías.

En este conflicto de los internautas podemos sacar otra lectura más. La comunicación de todo tipo de mensajes (elaboración de las reivindicaciones, su razonamiento y la decisión de cómo y cuándo se ejercita el conflicto) es directa, esto es, no mediada por ningún tipo de sujetos o estructuras intermedias. Se reducen, por tanto, los matices y distorsiones que se dan en el conflicto tradicional como fruto de la cadena de estructuras intermedias y la subjetividad como cada una de éstas percibe las razones de dicho conflicto. Esta relación directamente intercomunicada redimensiona el carácter del grupo dirigente y la particular figura del secretario convencional, cuyo poder no viene ya del número y de la calidad de los secretos que guarda sino de su fuerza intelectual y propositiva. Experiencias como ésta indican que no existe la "cadena jerárquica" entre el centro y las periferias; al menos en este conflicto se han roto las intermediaciones y la relación de poder basada en el monopolio de la información tradicional de arriba-abajo.

Permítasenos una aparente (sólo aparente) digresión. En la lucha contra la Dictadura franquista la parte más organizada del movimiento obrero utilizó un concepto tan llamativo como la utilización a fondo de las posibilidades legales, que tuvo su traducción práctica en lo que todo sindicalista medianamente informado conoce. Pues bien, salvando todas las distancias que son al caso, vale la pena que hoy el sindicalismo confederal ponga en marcha la utilización a fondo de las posibilidades tecnológicas para el ejercicio del conflicto social; a nuestro entender hay que hacerlo con la misma naturalidad y decisión como cuando el sindicalismo dejó de utilizar la bocina de mano en las asambleas para apropiarse del altavoz eléctrico y del inalámbrico; con la misma naturalidad, también, con que miles de sindicalistas han asumido la cotidianidad del telefonillo portátil.

En resumidas cuentas, no estamos ante el fin del ejercicio del conflicto social. Este es un testamento ideológicamente dirigido al movimiento de los trabajadores que está siendo contestado por unas incipientes formas de realizar la disidencia. El sindicato --que también debe ser un sujeto organizador de los saberes y experiencias-- debe promover nuevas discusiones en torno a todo ello. Un sindicato confederal que debe percibir cuándo determinadas formas del ejercicio del conflicto --no decimos el conflicto-- acaban siendo fungibles y devienen inútiles, y por lo tanto deben ser re-emplazadas por otros mecanismos. Desde luego, la salida gradual del taylorismo que preconizamos no puede ir acompañada por el ejercicio de un conflicto cuyas características siguen siendo del sistema que se quiere superar. O, en otras palabras, el deslizamiento hacia otro paradigma de organización del trabajo debe ir teniendo su plena correspondencia del mayor número de los elementos que le acompañan: proyecto, reivindicaciones generales y de las diversidades y también las formas de cómo es el sujeto social y de qué manera ostenta su propia alteridad.

martes, 23 de octubre de 2007

MARCELINO CAMACHO Y GIUSEPPE DI VITTORIO: dos vidas (casi) paralelas (1)


Foto propiedad del Arxiu Històric de CC.OO. de Catalunya. Se agradece el préstamo. Le debo una, doctor Tébar.



El día 19 de noviembre se celebrará un seminario en Barcelona celebrando el cincuentenario de la muerte del gran sindicalista Giuseppe Di Vittorio. Me han pedido que haga una ponencia. Este es el borrador de la misma; la iré corrigiendo según me venga la inspiración.



No me consta que la generación fundadora de Comisiones Obreras tuviera conocimiento, directo o indirecto, de Giuseppe Di Vittorio. Ni siquiera nuestro Marcelino Camacho que siempre se autorretrató como `el más viejo del lugar´ estaba convenientemente al tanto de las propuestas del gran sindicalista italiano del que, dicho sea de paso, tenía un aire en su manera de ser y su relación con la gente. Sin embargo, podemos decir que no pocas cosas que plantea Di Vittorio, a lo largo de su fecunda vida, guardan una estrecha relación con la biografía de Comisiones Obreras. En ese sentido, los parecidos más visibles de esas (casi) vidas paralelas son, en mi opinión, las siguientes: 1) la independencia del sindicalismo, 2) su vocación unitaria, 3) la intervención en los asuntos generales del país, y 4) la forma-sindicato.


1. La independencia del sindicato


Conviene precisar los términos para evitar cualquier equívoco: el léxico que nosotros siempre utilizamos fue y es la `independencia sindical´, mientras que los italianos siempre usaron la expresión `autonomía sindical´(1) Por lo tanto, cuando un servidor hable de independencia está diciendo tres cuartos de lo mismo que la divittoriana expresión de autonomía. Nosotros, al igual que el sindicalista italiano, entendíamos que ser un sujeto independiente quería decir lo que sigue: a) que es él y sólo él quien elabora su proyecto contractual, b) quien decide las formas y el momento del ejercicio del conflicto, c) quien diseña sus prácticas organizativas y elige sus representantes, y d) quien mediante sus propios mecanismos se procura los medios financieros para la sostenibilidad de su funcionamiento. O lo que es lo mismo, quien pone en marcha la `fatiga de su proyecto´, por utilizar una expresión tan querida al inolvidable maestro Bruno Trentin.


Hablo enfáticamente: es el sujeto sindical --él y sólo él actúa-- quien actúa de esa manera. Lo que no quiere decir que estemos ante una cultura solipsista, introvertida, ensimismada. Lo que tampoco indica que sea un sujeto indiferente. Nuestras vidas (casi) paralelas –Di Vittorio y nosotros, españoles-- entendían que el sindicalismo es independiente de todos los poderes económicos, de todos los poderes del Estado y de todos los partidos políticos, incluidos los obreros. Es más, al igual que Di Vittorio dejó sentado en el Congreso de Viena de la Federación sindical mundial, nosotros afirmamos (en la famosa asamblea de Orcasitas, en abril de 1967) que estábamos hablando de una independencia que se refería a cualquier situación en el mundo, esto es, en no importa qué caracterización social del Estado.


Tengo la impresión de que esta manera de entender las cosas tenía una matriz: Comisiones Obreras –estoy hablando de sus primeros movimientos, que es cuando se elabora lo ya dicho— se caracteriza por ser un sujeto interno en el centro de trabajo. Es decir, no es un agente exterior ni un mediopensionista del colegio. Tampoco es un sindicalismo para los trabajadores sino de los trabajadores. Y si es un sujeto del interior del centro de trabajo es quien gestiona el vínculo social que recorre al conjunto asalariado de dicho centro de trabajo: un vínculo unitario en sus diversidades. En resumidas cuentas, la sofisticada elaboración que relata la Asamblea de Orcasitas es substancialmente la consecuencia de que aquello de quien se habla es un sujeto interno del centro de trabajo.


Ahora bien, los prolongados gestos de Di Vittorio en defensa de la autonomía sindical (y, según nosotros, independencia) de la Cgil que finalmente conducen al abandono (al menos teórico) de la `correa de transmisión´ del partido al sindicato nos vienen de perlas a nosotros, Comisiones Obreras. Estoy seguro que la dirección del partido comunista italiano hablaría con sus compañeros españoles y les pondrían al tanto. Y, picardías aparte, hasta es posible que les dijeran la manera de seguir funcionando como si no hubiera cambiado la cosa. En todo caso, de manera indirecta Giuseppe Di Vittorio nos quitó -- repito: en teoría— un problema o una parte del problema.


De todas formas, también es cierto que el partido nunca estuvo cómodo con la exhibición de Comisiones en torno a su independencia. Recuerdo perfectamente que en la primera conferencia, llamada obrera, del PSUC en los documentos propuestos figuraba una formulación programática un tanto curiosa: el sindicato es un sujeto independiente de los poderes económicos y autónomo de los partidos políticos. Como no se trataba de una errata, estaba claro que el redactor intentaba relativizar lo que, en aquellos tiempos, se llamaba las relaciones entre el partido y el sindicato. Es decir, el ponente de tan curiosa formulación pretendía que el sindicato fuera un próxeno del partido en la cuestión social. Debo aclarar que, no obstante, la discusión obligó a retirar la `perla´ y volver a la formulación tradicional de Comisiones Obreras.


Así pues, tengo para mí que nosotros tenemos una especial deuda con Giuseppe Di Vittorio. Desde luego, había que ser extremadamente consciente y riguroso para dar la batalla no sólo a dirigentes políticos tan importantes como Togliatti y Amendola sino a toda una tradición leninista, hegemónica en la tradición comunista de entonces. Y según parece de ahora también, vistas las asperezas de la Cgil con algunos grupos políticos ayer y ahora mismo.


2.— Nuestra vocación unitaria


El sujeto interno del centro de trabajo que apadrina la independencia sindical es, precisamente por ello, un elemento que construye la unidad social de masas, como expresión del vínculo social, unitario en sus diversidades, y, a partir de ahí, está en mejores condiciones para proponerse la unidad sindical orgánica. Cierto, no hay una relación inequívoca entre ser sujeto interno y la unidad sindical orgánica. Pero sí la favorece y sí está en las mejores condiciones para establecer unos grados de unidad de acción sostenible.


Debo repetir que nosotros no conocíamos la vida y milagros de Di Vittorio. Pero también en estos asuntos teníamos algo así como una especie de telepatía con el amigo italiano. Y aún diré más: en Catalunya la telepatía tuvo una mayor densidad. El gran padre de Comisiones Obreras de Catalunya, mi maestro Cipriano García, siempre ponía un gran énfasis en la unidad social de masas y su necesaria vinculación con el proyecto de libertad sindical y la unidad sindical orgánica.






Naturalmente partía del papel de los representantes de los trabajadores que mayoritariamente habíamos hecho entrismo en la Central Nacional Sindicalista, el sindicato-policía-capataz del franquismo. Si bien la utilización de los instrumentos y posibilidades legales, bajo el franquismo, era algo asumido por todas las Comisiones Obreras en España, es rigurosamente incontestable que las experiencias más plenas y fecundas se dieron aquí y en Andalucía.


En resumidas cuentas, estábamos haciendo casi lo mismo que Di Vittorio planteó en el Congreso de Lyón (Pci) por las mismas fechas en que un sindicalista catalán anarcosindicalista, Joan Peiró, planteara en tiempos de la dictadura del general Primo de Rivera.


3.— El sindicato interviene en todos los problemas de los trabajadores


Una de las caracterizaciones más llamativas de Comisiones Obreras fue su autodefinición como `sindicato sociopolítico´. Una formulación que nunca se dio así misma la Cgil, ni me consta, salvo error u omisión, en Di Vittorio. Aunque nos parecía claro que era todo un hallazgo (y, ciertamente, lo fue) también nos ocasionó, andando el tiempo, no pocos problemas, no pocas derivas extravagantes y disparates pansindicalistas. En todo caso, lo que se quería afirmar era que Comisiones Obreras debía tomar posición –y organizar el conflicto— en torno a todos los problemas que afectaban a la condición asalariada en cualquier esfera socioeconómica y sociopolítica.


Entiendo que el carácter sociopolítico era otra consecuencia del carácter explícito de la independencia sindical. Y en el fondo una cierta discontinuidad de la tradicional concepción de la II y III Internacional que dictaba: 1) la supremacía jerárquica del partido hacia el sindicato, y 2) la separación de roles entre el primero y el segundo. El partido, dicho desparpajadamente, era el capataz; el sindicato, se transformaba en un mandao. Digo que fue una novedad, aunque a decir verdad nunca planteamos explícitamente que no se admitía la primacía del partido ni tampoco que rechazábamos la división de competencias. Nos limitamos a intervenir en la práctica como iguales. Tal vez porque en plena dictadura la capacidad de abierta acción colectiva nos venía mejor a nosotros que al partido o, quizá, fuera una intuición camachiana. El caso es que, fuera como fuese, lo que fue seña de identidad primigenia prendió y en cierta medida abrió los postigos de la intervención sindical en una gran cantidad de problemas y situaciones. Lo paradójico del caso es que el partido político fue retirándose de la cuestión social hasta convertirse en un sujeto extrañado de la misma.


He dicho que no consta que Marcelino Camacho conociera incluso los momentos más estelares de Di Vittorio. Pero, como he dicho antes, la telepatía hacía ciertos milagros. Y al igual que el amigo italiano formulara el Piano del lavoro, para la reconstrucción de su país tras la guerra, Marcelino Camacho – recién salidos de la dictadura franquista-- propone, salvando todas las distancias, un cosa similar: el Plan de solidaridad contra el paro. Por las razones que fuere, Marcelino no tuvo los sinsabores del sindicalista de Cerignola, enfrentado a la dirección de su partido. Ni en público, ni que yo sepa, en privado Santiago Carrillo dijo nada que descalificara la propuesta camachiana.


En todo caso, esa formulación de sindicato sociopolítico tiene más vínculos con el posterior comportamiento de la primera parte de la biografía de Solidarnösc que con la acción general de la CGIL.


4.-- Algunos rasgos comunes de la forma-sindicato


Me atrevería a decir que el hilo conductor telepático que va de Di Vittorio a Comisiones Obreras es el carácter participativo del sindicato. En ocasiones he utilizado la expresión de democracia próxima, vecina. O, lo que es lo mismo, la asamblea instituida como elemento de legitimación de ese movimiento sindical de los trabajadores. Se diría que es la asamblea y los hechos participativos la fuente nutriente de la independencia sindical. Y, como remache, la no aceptación de nadie como sujeto que ostenta la supremacía.


Ahora puede parecer banal, pero en tiempos no tan antiguos el sindicalismo tradicional (o algunas expresiones del sindicalismo tradicional) no contaban con los desempleados como personas a encuadrar sindicalmente. Di Vittorio y nosotros pensábamos justamente lo contrario. ¿Cómo no iban a pertenecer a la familia los sujetos más débiles, los menos protegidos y más desamparados?


Ahora bien, si se me permite la impertinencia –tanto por los amigos italianos como los catalanes-- diré que no acierto a entender las razones que motivan el mantenimiento de la misma forma orgánica (me refiero a las formas de representación) del sindicato: la que telepáticamente idearon en su día tanto Di Vittorio como Marcelino Camacho. Con lo que ha llovido, con lo que sigue lloviendo...


Si convenimos que nos encontramos en un nuevo paradigma, totalmente distinto del que vivieron Di Vittorio y Marcelino, ¿cuál es la razón para que no surjan nuevas emergencias en la forma-sindicato, en la representación, en las estructuras? Dejo la pregunta en el aire cuando la tarde languidece y renacen las sombras y estoy moliendo café...


___________


(1) Al único sindicalista italiano a quien le oí hablar de `independencia´ (sólo al final de su vida) fue a mi amigo Claudio Sabattini, que fue dirigente de la Federación metalúrgica de la Cgil.