jueves, 1 de noviembre de 2007

LA HUELGA VIRTUAL DE LOS TRABAJADORES DE IBM




El sindicalismo confederal ha dado un paso adelante de gran importancia con relación a cómo ejercer el conflicto social en el centro de trabajo innovado: es el caso de la ya famosa `huelga virtual´ en la multinacional IBM que, aunque ha tenido amplia repercusión mediática, apenas si ha concitado –al menos hasta la presente que yo sepa-- reflexión alguna. Aunque bien podría ser que algunos sindicalistas estén ya pensando en ello, y sociólogos (como, por ejemplo, Ramón Alos y Carlos Obeso) lo tengan presente para inmediatas reflexiones. Me consta, de todas formas, que juristas como Antonio Baylos lo está consultando con la almohada.


Un amable Miquel Lóriz, que vivió personalmente los acontecimientos, nos detalla las peripecias de esta movilización.


Se constituyó un centro de reunión en el que entraba la gente que quería participar en la protesta. AllI se les facilitaba (a sus avatares, que es como se llama a los personajes en Second Life) un "Kit de Huelga" (camiseta y pancartas a elegir entre inglés, italiano y español) y después se les dirigía a los diferentes centros de IBM en Second Life, donde varios miembros del equipo organizativo les esperaban para coordinar las acciones. Se animaba a la gente a mostrar las pancartas y manifestarse frente a esos centros de IBM, a visitar otros centros y finalmente a firmar una carta al CEO de IBM Italia (el que ha dimitido). La anécdota fue que en un centro se produjo la protesta mientras se desarrollaba una reunión de trabajo de ejecutivos de nivel medio de IBM, que fue temporalmente interrumpida por los huelguistas. Los organizadores habíamos tenido reuniones previas y contábamos con una serie de herramientas virtuales con instrucciones y utilidades para "teletransportarse" a otros centros de IBM. En el centro de información también había folletos y un vídeo explicativos. Calcularos en torno a unas 1800 participantes entre las 10 de la mañana y las 10 de la noche.


El éxito más grande, probablemente, fue la repercusión mediática en 30 países. AquI nos llamaron varios periódicos, radios y hasta una televisión (que tenía el problema de cómo grabar los hechos). Hubo errores en la convocatoria, sobre todo la incertidumbre en la fecha de la convocatoria que hizo que los medios perdiesen interés poco a poco, la inexperiencia. También aquí hay que añadir la dificultad de concentrar tanta gente en SEcond Life (la comunicación es por chat y, por tanto, tiende a ser caótica) pero en definitiva parece que no ha salido del todo mal. No lo quieren vender como un gran triunfo por aquello de la piel de oso, pero al menos se han vuelto a sentar en la mesa. También es bueno destacar que los sindicatos en IBM Italia llevaban un tiempo convocando acciones en el "mundo real" .


Hasta aquí la comunicación de Miquel Lóriz. Y sigo...


En un principio –hace no tantos años-- existía una considerable perplejidad ante la interferencia que suponía la innovación tecnológica para el ejercicio de la huelga y otras expresiones de conflicto. No quiero señalar a nadie, pero es el hecho que la abrupta innovación pilló a más de uno un tanto descuidado y el recurso fue la silicona. No pormenorizo más porque no quiero darle cuatro cuartos al pregonero. Este comportamiento de luddismo light era la expresión de, ya digo, la perplejidad y la querencia al recurso fácil. Más todavía, la siliconitis creó una especie de rutina que, además, impedía repensar la manera de ejercer el conflicto social en las nuevas condiciones. Una rutina que, durante algún tiempo, acabó siendo un idiotismo de oficio. Que, ciertamente, se caracterizaba por ser un mecanismo ademocrático y que, además, se diferenciaba del `piquete de huelga´ en que no dialogaba, no explicaba al personal los motivos de la convocatoria de huelga y la necesidad de seguirla, como era la función del `piquete´.


En todo caso, el problema estaba en el considerable retraso del sindicalismo confederal que seguía planteando las cosas de la misma manera que lo hacía en los tiempos de la hegemonía de Doña Cadena de Montaje, una dama ya casi en puertas de fenecer. En todo caso, algunos sectores sindicales llevan tiempo dándole vueltas a la cabeza. Por ejemplo Comfía-CC.OO. que organizó un seminario sobre la innovación tecnológica y, en su último congreso (celebrado en Canarias) empezó a ponerse muy al día. La sentencia que ganó, conocida popularmente, como la de los ciberderechos le significó una victoria redonda. Y es que las cosas empiezan a tener otro cariz...


Digo que las cosas empiezan a tener otro cariz cuando el sindicalismo cae en la cuenta de que es posible convertir la interferencia en nueva posibilidad de ejercer el derecho de huelga con el sostén logístico de la nueva y novísima tecnología. Es, como decimos, el conflicto virtual que los trabajadores de IBM han llevado recientemente a cabo y, felizmente, ha acabado con una rotunda victoria del sindicalismo.


Por lo demás, tanto la innovación tecnológica como esta notable experiencia de los trabajadores de IBM resitúan la necesidad de que el sindicalismo se interrogue sobre algo previo al ejercicio del conflicto social, esto es, qué nuevas formas de representación son las más idóneas dada la gran transformación del puesto de trabajo y del centro de trabajo innovados. Naturalmente la experiencia de IBM indica que ha sido la representación tradicional del sindicato quien ha convocado y gestionado (tan brillante y exitosamente) el conflicto. Pero objetivamente esa representación tradicional (el comité de empresa, tal como lo conocemos hoy y también el sindicato en la empresa, tal como lo conocemos hoy) han actuado fugazmente como si fuera una nueva forma de representación en IBM. Pues bien, posiblemente se trataría de convertir lo fugaz en permanente, estable. En resumidas cuentas, si la morfología del conflicto social se ha adecuado, expresando su alteridad, al hecho tecnológico, parece razonable (o, por mejor decir, coherente) que la forma actual de la representación sindical haga lo propio. Algo de eso dijimos en noviembre de 1997. Ahora, esa parte del documento –la referida al conflicto social-- la reproducimos, tal cual, en la nota que viene a continuación. En esto debo decir que algunos madrugamos.



(
1) EL CONFLICTO SOCIAL (Escrito en noviembre de 1997)


Lo cierto es que el sindicalismo confederal --salvo honrosísimas y muy pocas excepciones-- se encuentra desubicado en relación al ejercicio del conflicto social. Las gigantescas transformaciones tecnológicas han variado profundamente el centro de trabajo; sin embargo, se sigue practicando el conflicto de la misma manera y con la misma forma que antes de dichas mutaciones tecnológicas. Por ejemplo, se utiliza la asamblea como si en el centro de trabajo la gente tuviera el mismo apelotonamiento de personas que la fábrica fordista, por poner una expresión gráfica. Si las nuevas tecnologías producen interferencias al conflicto social, éste se ejerce de la misma manera que cuando aquéllas no existían; sin embargo, no se investiga ni se aprovecha la potencialidad real que las nuevas tecnologías ofrecen para el ejercicio del conflicto. Así pues, se mantiene la centralidad de la asamblea fordista como una especie de mito con la misma inadecuación que pudiera tener un científico que basara sus investigaciones sólo en los cálculos que le proporciona el método de la regla de tres compuesta.


Si el sindicalismo confederal mantiene su actual desubicación en relación al conflicto --es decir, si desdeña las interferencias en su contra y no abunda en las potencialidades reales que existen-- irá empequeñeciendo su personalidad; posteriormente, incluso sin desearlo, se iría transformando en un agente técnico, y no sería ya un sujeto que desde su alteridad pudiera transformar la condición de trabajo.


En todo caso, nosotros no concebimos el conflicto social como algo autónomo o independiente de las propuestas del sindicalismo confederal. Esto quiere decir fundamentalmente que el conflicto se ejerce en relación a un proyecto reivindicativo concreto en un momento determinado. Así las cosas, lo que cuenta --por este orden y no por otro-- es 1) la cualidad de las reivindicaciones, y 2) la forma que tiene el conflicto; a nuestro entender, ambas cuestiones son inseparables para y en el ejercicio del conflicto. Un proyecto reivindicativo concreto que no se refiera a cómo es exactamente la organización del trabajo en cuestión --las condiciones para el trabajo y las condiciones de trabajo más útiles para el conjunto asalariado-- siempre expresará utilidades limitadas; a la larga (no muy larga, pensamos nosotros) irá perdiendo todo su sentido. Y, de la misma forma, un proyecto reivindicativo concreto que no se sustentara en una forma conveniente del ejercicio del conflicto, tampoco sería eficaz.




Es preeciso que el sindicalismo confederal elabore una nueva praxis para el ejercicio del conflicto, muy en especial en aquellos sectores que, dadas las innovaciones tecnológicas, tienen una relación diversa entre "la máquina" y "la persona". Históricamente el ejercicio del conflicto se ha caracterizado por un acontecimiento rotundo: si la persona dejaba de trabajar, la máquina se paralizaba por lo general; este detalle era el que provocaba la realización de la huelga. Hoy, en no pocos sectores, la ausencia de vínculo puntual entre el hombre y la máquina (esto es, que la persona deje de trabajar) no indica que la máquina se paralice. Más aún, gran parte de los conflictos se distinguen porque las personas hacen huelga (dejan de trabajar), pero las máquinas siguen su plena actividad. Podemos decir, pues, que la disidencia que representa el ejercicio del conflicto no tiene ya, en determinados escenarios, las mismas consecuencias que un antaño de no hace tanto tiempo. Esto es algo nuevo sobre el que, a nuestro juicio, vale la pena darle muchas vueltas a la cabeza. Parece lógico, pues, que el sujeto social se oriente en una dirección práctica de cómo exhibir la disidencia, promoviendo el mayor nivel de visibilidad del conflicto. En otras palabras, la visibilidad del conflicto tendría como objetivo sacar la disidencia del espacio de la privacidad para hacerla visiblemente pública.

En
En suma, para una nueva praxis del conflicto, apuntamos los siguientes temas de reflexión: 1) el carácter y la prioridad de las reivindicaciones, tanto generales como aquéllas de las diversidades; 2) la utilización de la codeterminación; 3) los mecanismos de autocomposición del conflicto; 4) la utilización de las posibilidades reales que ofrecen las nuevas tecnologías para el ejercicio del conflicto; 5) nuevas formas de exhibición de la disidencia, dándole la mayor carga de visibilidad en cada momento.

Aunque la movilización de los internautas no tenga el carácter de un conflicto "de clase", vale la pena echarle un vistazo a sus características más llamativas; de esta manera veremos --como decíamos más arriba-- hasta qué punto las innovaciones tecnológicas proponen nuevas posibilidades para el ejercicio de la protesta y la disidencia. De este conflicto podemos hablar, ya que nosotros hemos mantenido, a través de internet, un diálogo con el centro promotor de la huelga. Los motivos de esta acción no son otros que el rechazo de los internautas del espectacular incremento de las tarifas telefónicas. A continuación surge el grupo coordinador, llamado Plataforma-la huelga (dice contar con 10.000 usuarios). Este colectivo establece una política de alianzas con grupos tales como Plataforma por la tarifa plana, Proyecto Serviline, Organización de consumidores y amas de casa, Asociación de transportistas y otras. Se convoca "la huelga" de usuarios internautas y se concretan en un plan de acción a realizar durante el mes de setiembre. Vale la pena explicar que todo ello ha estado presidido por una serie de hechos participativos a través de las chats, es decir, las "tertulias cibernéticas". Como puede verse, estamos ante un conflicto que se mueve, en unos casos, alrededor de las más tradicionales convenciones y, en otros casos, con nuevas formas en el ejercicio de la acción.

De un lado, existen unos motivos para la protesta que son aprehendidos por un grupo dirigente, situado en una sede; este grupo estimula una política de alianzas que desde su "local" lanza la convocatoria y fija el plan de acción, concretado en una serie de protestas, acordadas después de un debate participativo. Todo ello en el más puro convencionalismo tradicional de la teoría y práctica del conflicto; por ejemplo, el plan de acción invoca a los receptores de los mensajes "la necesidad de difundir las medidas tanto como podáis entre todos los sectores en internet y fuera" que parece recordar el viejo recado del movimiento obrero "lee y difunde esta octavilla". Por otra parte, este conflicto ha suscitado algo que también nos es familiar, a saber: la solidaridad. En efecto, miles de usuarios de, al menos, nueve países se han adherido a este conflicto; conscientes unos y otros de la fuerza de Telefónica, han fundado el Consejo social de las Comunicaciones --un ente que agrupa a organizaciones de usuarios de esos nueve países-- para "hacer frente a los abusos de la empresa y exigir un trato justo y equitativo de la prestación del servicio de Telefónica" .

De otro lado, la sede no es otra que Página web: http//www.lanzadera.com/la huelga, y e-mail:la huelga@ hotmail.com; las comunicaciones (en jerga tradicional, las octavillas) a los hipotéticos huelguistas se lanzan a través de esos mundos cibernéticos. Podemos decir satisfactoriamente que nos encontramos ante una parte de las facilidades que posibilita la innovación tecnológica, incluso para la participación de los auténticos sujetos conflictuales, que son las personas-usuarias. Todo ello abre un camino (cuyas consecuencias no nos son posibles determinar en estos momentos) a una nueva relación entre objeto del conflicto, el sujeto que lo organiza y los recursos de nuevo estilo. A saber, la innovación tecnológica concreta que desde un "centro invisible" (en este caso, un web) se puede organizar y convocar un determinado conflicto. Por otra parte, el web --que es, a la vez, sede y octavilla-- contiene una velocidad comunicativa, desde su fijación hasta la recepción, como jamás en la historia de los conflictos haya tenido convocatoria alguna; de igual modo, estos recursos de nuevo estilo permiten inter-conectar (esto es, conectar entre-si) a los que se encuentran físicamente separados en distancias lejanísimas. Es decir, estos nuevos recursos informan y agrupan instantáneamente a miles de personas que están separadas solamente en lo físico; de donde se infiere que el espacio clásico --el espacio fordista, se entiende-- ya no es determinante (o no tan determinante como antaño) para el ejercicio de determinadas formas de conflicto social. Entiéndasenos bien, para lo que nos ocupa no es la velocidad de la comunicación el rasgo fundamental sino la capacidad de reunir (conociendo, debatiendo y decidiendo) a los que están dispersos, separados a miles y miles de kilómetros en un mismo momento; que eso se haga de manera instantánea es cosa que se da por añadidura. De manera que objeto, sujeto y recursos adquieren una nueva dimensión, no sólo técnica sino también cultural. Lo insólito de dicha relación es que ya no afecta a las personas que son abarcables con la vista --como lo era el ágora griega o la asamblea fordista-- sino a miles de personas inabarcables con los ojos, dadas las distancias entre todos ellas. Y todavía más: de la misma manera que la asamblea fordista se realizaba en el lugar natural de una superficie concreta, la asamblea interconectada de los internautas también se ha desarrollado en un lugar natural, mejor dicho: en muchísimos lugares naturales. Podemos decir, en consecuencia, que se ha establecido un vínculo diverso entre espacio (el lugar físico donde está cada internauta) y el tiempo instantáneo (en el que se establece la colectiva intercomunicación).

Este conflicto de los internautas (al igual que otras experiencias) propone una nueva relación entre tecnología y conflicto social que debe ser estudiada por el sindicalismo confederal en cuyo seno existen ya unas prácticas muy minoritarias. Nosotros pensamos que sería erróneo interpretar esta fenomenología con viejas categorías o, peor aún, confrontarla con los modelos tradicionales dejándose guiar sólo por la nostalgia de una época en la que parecía posible una comunicación más rica y humana, que siendo ejercitada como si estuviésemos en el tradicional fordismo, ya no concita la agrupación física de las personas en la asamblea en la que hemos crecido y desarrollado

Para nosotros está meridianamente claro que estos hechos participativos conservan la misma esencia que los de la tradicional asamblea, aunque cambie el aspecto formal del estar juntas, físicamente, las personas. En otras palabras, se mantiene el conocimiento, el debate y la decisión colectivos y, formalmente, se les re-agrupa de otra manera. Es, sin ningún género de dudas, una alternativa a la objetiva dispersión física de las personas que provoca la utilización de las nuevas tecnologías.

En este conflicto de los internautas podemos sacar otra lectura más. La comunicación de todo tipo de mensajes (elaboración de las reivindicaciones, su razonamiento y la decisión de cómo y cuándo se ejercita el conflicto) es directa, esto es, no mediada por ningún tipo de sujetos o estructuras intermedias. Se reducen, por tanto, los matices y distorsiones que se dan en el conflicto tradicional como fruto de la cadena de estructuras intermedias y la subjetividad como cada una de éstas percibe las razones de dicho conflicto. Esta relación directamente intercomunicada redimensiona el carácter del grupo dirigente y la particular figura del secretario convencional, cuyo poder no viene ya del número y de la calidad de los secretos que guarda sino de su fuerza intelectual y propositiva. Experiencias como ésta indican que no existe la "cadena jerárquica" entre el centro y las periferias; al menos en este conflicto se han roto las intermediaciones y la relación de poder basada en el monopolio de la información tradicional de arriba-abajo.

Permítasenos una aparente (sólo aparente) digresión. En la lucha contra la Dictadura franquista la parte más organizada del movimiento obrero utilizó un concepto tan llamativo como la utilización a fondo de las posibilidades legales, que tuvo su traducción práctica en lo que todo sindicalista medianamente informado conoce. Pues bien, salvando todas las distancias que son al caso, vale la pena que hoy el sindicalismo confederal ponga en marcha la utilización a fondo de las posibilidades tecnológicas para el ejercicio del conflicto social; a nuestro entender hay que hacerlo con la misma naturalidad y decisión como cuando el sindicalismo dejó de utilizar la bocina de mano en las asambleas para apropiarse del altavoz eléctrico y del inalámbrico; con la misma naturalidad, también, con que miles de sindicalistas han asumido la cotidianidad del telefonillo portátil.

En resumidas cuentas, no estamos ante el fin del ejercicio del conflicto social. Este es un testamento ideológicamente dirigido al movimiento de los trabajadores que está siendo contestado por unas incipientes formas de realizar la disidencia. El sindicato --que también debe ser un sujeto organizador de los saberes y experiencias-- debe promover nuevas discusiones en torno a todo ello. Un sindicato confederal que debe percibir cuándo determinadas formas del ejercicio del conflicto --no decimos el conflicto-- acaban siendo fungibles y devienen inútiles, y por lo tanto deben ser re-emplazadas por otros mecanismos. Desde luego, la salida gradual del taylorismo que preconizamos no puede ir acompañada por el ejercicio de un conflicto cuyas características siguen siendo del sistema que se quiere superar. O, en otras palabras, el deslizamiento hacia otro paradigma de organización del trabajo debe ir teniendo su plena correspondencia del mayor número de los elementos que le acompañan: proyecto, reivindicaciones generales y de las diversidades y también las formas de cómo es el sujeto social y de qué manera ostenta su propia alteridad.

martes, 23 de octubre de 2007

MARCELINO CAMACHO Y GIUSEPPE DI VITTORIO: dos vidas (casi) paralelas (1)


Foto propiedad del Arxiu Històric de CC.OO. de Catalunya. Se agradece el préstamo. Le debo una, doctor Tébar.



El día 19 de noviembre se celebrará un seminario en Barcelona celebrando el cincuentenario de la muerte del gran sindicalista Giuseppe Di Vittorio. Me han pedido que haga una ponencia. Este es el borrador de la misma; la iré corrigiendo según me venga la inspiración.



No me consta que la generación fundadora de Comisiones Obreras tuviera conocimiento, directo o indirecto, de Giuseppe Di Vittorio. Ni siquiera nuestro Marcelino Camacho que siempre se autorretrató como `el más viejo del lugar´ estaba convenientemente al tanto de las propuestas del gran sindicalista italiano del que, dicho sea de paso, tenía un aire en su manera de ser y su relación con la gente. Sin embargo, podemos decir que no pocas cosas que plantea Di Vittorio, a lo largo de su fecunda vida, guardan una estrecha relación con la biografía de Comisiones Obreras. En ese sentido, los parecidos más visibles de esas (casi) vidas paralelas son, en mi opinión, las siguientes: 1) la independencia del sindicalismo, 2) su vocación unitaria, 3) la intervención en los asuntos generales del país, y 4) la forma-sindicato.


1. La independencia del sindicato


Conviene precisar los términos para evitar cualquier equívoco: el léxico que nosotros siempre utilizamos fue y es la `independencia sindical´, mientras que los italianos siempre usaron la expresión `autonomía sindical´(1) Por lo tanto, cuando un servidor hable de independencia está diciendo tres cuartos de lo mismo que la divittoriana expresión de autonomía. Nosotros, al igual que el sindicalista italiano, entendíamos que ser un sujeto independiente quería decir lo que sigue: a) que es él y sólo él quien elabora su proyecto contractual, b) quien decide las formas y el momento del ejercicio del conflicto, c) quien diseña sus prácticas organizativas y elige sus representantes, y d) quien mediante sus propios mecanismos se procura los medios financieros para la sostenibilidad de su funcionamiento. O lo que es lo mismo, quien pone en marcha la `fatiga de su proyecto´, por utilizar una expresión tan querida al inolvidable maestro Bruno Trentin.


Hablo enfáticamente: es el sujeto sindical --él y sólo él actúa-- quien actúa de esa manera. Lo que no quiere decir que estemos ante una cultura solipsista, introvertida, ensimismada. Lo que tampoco indica que sea un sujeto indiferente. Nuestras vidas (casi) paralelas –Di Vittorio y nosotros, españoles-- entendían que el sindicalismo es independiente de todos los poderes económicos, de todos los poderes del Estado y de todos los partidos políticos, incluidos los obreros. Es más, al igual que Di Vittorio dejó sentado en el Congreso de Viena de la Federación sindical mundial, nosotros afirmamos (en la famosa asamblea de Orcasitas, en abril de 1967) que estábamos hablando de una independencia que se refería a cualquier situación en el mundo, esto es, en no importa qué caracterización social del Estado.


Tengo la impresión de que esta manera de entender las cosas tenía una matriz: Comisiones Obreras –estoy hablando de sus primeros movimientos, que es cuando se elabora lo ya dicho— se caracteriza por ser un sujeto interno en el centro de trabajo. Es decir, no es un agente exterior ni un mediopensionista del colegio. Tampoco es un sindicalismo para los trabajadores sino de los trabajadores. Y si es un sujeto del interior del centro de trabajo es quien gestiona el vínculo social que recorre al conjunto asalariado de dicho centro de trabajo: un vínculo unitario en sus diversidades. En resumidas cuentas, la sofisticada elaboración que relata la Asamblea de Orcasitas es substancialmente la consecuencia de que aquello de quien se habla es un sujeto interno del centro de trabajo.


Ahora bien, los prolongados gestos de Di Vittorio en defensa de la autonomía sindical (y, según nosotros, independencia) de la Cgil que finalmente conducen al abandono (al menos teórico) de la `correa de transmisión´ del partido al sindicato nos vienen de perlas a nosotros, Comisiones Obreras. Estoy seguro que la dirección del partido comunista italiano hablaría con sus compañeros españoles y les pondrían al tanto. Y, picardías aparte, hasta es posible que les dijeran la manera de seguir funcionando como si no hubiera cambiado la cosa. En todo caso, de manera indirecta Giuseppe Di Vittorio nos quitó -- repito: en teoría— un problema o una parte del problema.


De todas formas, también es cierto que el partido nunca estuvo cómodo con la exhibición de Comisiones en torno a su independencia. Recuerdo perfectamente que en la primera conferencia, llamada obrera, del PSUC en los documentos propuestos figuraba una formulación programática un tanto curiosa: el sindicato es un sujeto independiente de los poderes económicos y autónomo de los partidos políticos. Como no se trataba de una errata, estaba claro que el redactor intentaba relativizar lo que, en aquellos tiempos, se llamaba las relaciones entre el partido y el sindicato. Es decir, el ponente de tan curiosa formulación pretendía que el sindicato fuera un próxeno del partido en la cuestión social. Debo aclarar que, no obstante, la discusión obligó a retirar la `perla´ y volver a la formulación tradicional de Comisiones Obreras.


Así pues, tengo para mí que nosotros tenemos una especial deuda con Giuseppe Di Vittorio. Desde luego, había que ser extremadamente consciente y riguroso para dar la batalla no sólo a dirigentes políticos tan importantes como Togliatti y Amendola sino a toda una tradición leninista, hegemónica en la tradición comunista de entonces. Y según parece de ahora también, vistas las asperezas de la Cgil con algunos grupos políticos ayer y ahora mismo.


2.— Nuestra vocación unitaria


El sujeto interno del centro de trabajo que apadrina la independencia sindical es, precisamente por ello, un elemento que construye la unidad social de masas, como expresión del vínculo social, unitario en sus diversidades, y, a partir de ahí, está en mejores condiciones para proponerse la unidad sindical orgánica. Cierto, no hay una relación inequívoca entre ser sujeto interno y la unidad sindical orgánica. Pero sí la favorece y sí está en las mejores condiciones para establecer unos grados de unidad de acción sostenible.


Debo repetir que nosotros no conocíamos la vida y milagros de Di Vittorio. Pero también en estos asuntos teníamos algo así como una especie de telepatía con el amigo italiano. Y aún diré más: en Catalunya la telepatía tuvo una mayor densidad. El gran padre de Comisiones Obreras de Catalunya, mi maestro Cipriano García, siempre ponía un gran énfasis en la unidad social de masas y su necesaria vinculación con el proyecto de libertad sindical y la unidad sindical orgánica.






Naturalmente partía del papel de los representantes de los trabajadores que mayoritariamente habíamos hecho entrismo en la Central Nacional Sindicalista, el sindicato-policía-capataz del franquismo. Si bien la utilización de los instrumentos y posibilidades legales, bajo el franquismo, era algo asumido por todas las Comisiones Obreras en España, es rigurosamente incontestable que las experiencias más plenas y fecundas se dieron aquí y en Andalucía.


En resumidas cuentas, estábamos haciendo casi lo mismo que Di Vittorio planteó en el Congreso de Lyón (Pci) por las mismas fechas en que un sindicalista catalán anarcosindicalista, Joan Peiró, planteara en tiempos de la dictadura del general Primo de Rivera.


3.— El sindicato interviene en todos los problemas de los trabajadores


Una de las caracterizaciones más llamativas de Comisiones Obreras fue su autodefinición como `sindicato sociopolítico´. Una formulación que nunca se dio así misma la Cgil, ni me consta, salvo error u omisión, en Di Vittorio. Aunque nos parecía claro que era todo un hallazgo (y, ciertamente, lo fue) también nos ocasionó, andando el tiempo, no pocos problemas, no pocas derivas extravagantes y disparates pansindicalistas. En todo caso, lo que se quería afirmar era que Comisiones Obreras debía tomar posición –y organizar el conflicto— en torno a todos los problemas que afectaban a la condición asalariada en cualquier esfera socioeconómica y sociopolítica.


Entiendo que el carácter sociopolítico era otra consecuencia del carácter explícito de la independencia sindical. Y en el fondo una cierta discontinuidad de la tradicional concepción de la II y III Internacional que dictaba: 1) la supremacía jerárquica del partido hacia el sindicato, y 2) la separación de roles entre el primero y el segundo. El partido, dicho desparpajadamente, era el capataz; el sindicato, se transformaba en un mandao. Digo que fue una novedad, aunque a decir verdad nunca planteamos explícitamente que no se admitía la primacía del partido ni tampoco que rechazábamos la división de competencias. Nos limitamos a intervenir en la práctica como iguales. Tal vez porque en plena dictadura la capacidad de abierta acción colectiva nos venía mejor a nosotros que al partido o, quizá, fuera una intuición camachiana. El caso es que, fuera como fuese, lo que fue seña de identidad primigenia prendió y en cierta medida abrió los postigos de la intervención sindical en una gran cantidad de problemas y situaciones. Lo paradójico del caso es que el partido político fue retirándose de la cuestión social hasta convertirse en un sujeto extrañado de la misma.


He dicho que no consta que Marcelino Camacho conociera incluso los momentos más estelares de Di Vittorio. Pero, como he dicho antes, la telepatía hacía ciertos milagros. Y al igual que el amigo italiano formulara el Piano del lavoro, para la reconstrucción de su país tras la guerra, Marcelino Camacho – recién salidos de la dictadura franquista-- propone, salvando todas las distancias, un cosa similar: el Plan de solidaridad contra el paro. Por las razones que fuere, Marcelino no tuvo los sinsabores del sindicalista de Cerignola, enfrentado a la dirección de su partido. Ni en público, ni que yo sepa, en privado Santiago Carrillo dijo nada que descalificara la propuesta camachiana.


En todo caso, esa formulación de sindicato sociopolítico tiene más vínculos con el posterior comportamiento de la primera parte de la biografía de Solidarnösc que con la acción general de la CGIL.


4.-- Algunos rasgos comunes de la forma-sindicato


Me atrevería a decir que el hilo conductor telepático que va de Di Vittorio a Comisiones Obreras es el carácter participativo del sindicato. En ocasiones he utilizado la expresión de democracia próxima, vecina. O, lo que es lo mismo, la asamblea instituida como elemento de legitimación de ese movimiento sindical de los trabajadores. Se diría que es la asamblea y los hechos participativos la fuente nutriente de la independencia sindical. Y, como remache, la no aceptación de nadie como sujeto que ostenta la supremacía.


Ahora puede parecer banal, pero en tiempos no tan antiguos el sindicalismo tradicional (o algunas expresiones del sindicalismo tradicional) no contaban con los desempleados como personas a encuadrar sindicalmente. Di Vittorio y nosotros pensábamos justamente lo contrario. ¿Cómo no iban a pertenecer a la familia los sujetos más débiles, los menos protegidos y más desamparados?


Ahora bien, si se me permite la impertinencia –tanto por los amigos italianos como los catalanes-- diré que no acierto a entender las razones que motivan el mantenimiento de la misma forma orgánica (me refiero a las formas de representación) del sindicato: la que telepáticamente idearon en su día tanto Di Vittorio como Marcelino Camacho. Con lo que ha llovido, con lo que sigue lloviendo...


Si convenimos que nos encontramos en un nuevo paradigma, totalmente distinto del que vivieron Di Vittorio y Marcelino, ¿cuál es la razón para que no surjan nuevas emergencias en la forma-sindicato, en la representación, en las estructuras? Dejo la pregunta en el aire cuando la tarde languidece y renacen las sombras y estoy moliendo café...


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(1) Al único sindicalista italiano a quien le oí hablar de `independencia´ (sólo al final de su vida) fue a mi amigo Claudio Sabattini, que fue dirigente de la Federación metalúrgica de la Cgil.

viernes, 21 de septiembre de 2007

ANGEL ROZAS, JOVEN SINDICALISTA DE 80 AÑOS


Como puede verse, Angel toma la delantera a "los grises" en la manifestación del 11 de setiembre de 1967. Algunos neofederalistas de hoy le acusaron de ir a remolque de la burguesía. Tampoco estaban los mesócratas que hoy consideran que el Universo mundo empieza en Figueres y acaba en Alcanar. Y, no obstante, Angel estuvo aquel 11 de setiembre; los documentos gráficos no engañan. Este retrato es obra del pintor Miguel Helecho, de parapandesa natío.


ANGEL ROZAS, JOVEN SINDICALISTA DE QUATRE VINTG AÑOS



José Luis López Bulla y Javier Tébar*


Hace unos días Angel Rozas cumplía sus primeros ochenta años. No se puede decir, pues, que sea un zagal. Pero todavía tiene la suficiente juventud para ir enseñando y dando testimonio de su antigua sabiduría. Ahí está viendo cómo viene el futuro presidiendo la Fundació Cipriano García - Arxiu Històric de Comissions Obreres de Catalunya. Estoy por decir que Angel es el sindicalista más querido y respetado de la numerosa familia de su sindicato. Hoy un grupo de viejas amistades de ayer celebramos con nuestro amigo una cena, de la que todavía el maestro –a estas alturas del día— ni siquiera está enterado. No informarle era conveniente porque, poco amigo de trajines encomiásticos, era seguro que se hubiera negado. Comoquiera que Josep Maria Rodríguez Rovira es una persona seria –e incapaz de montar ningún embrollo— se consideró que debía organizarle a Angel una mentirijilla. Así es que aparentó que iban a cenar juntos, como tienen por costumbre de vez en cuando, y nuestro hombre picó el anzuelo. Allí estábamos una veterana cofradía de alumnos de nuestro hombre. Cuando Angel vio lo que había allí reunido sonrió, puso las cejas como acentos circunflejos y debió pensar que a sus ochenta años le habían engañado como a un crío.


Rozas nació en Olula del Río (Almería) muy cerquita de Macael, el famoso pueblo que según nuestro amigo “tiene el mejor mármol del mundo, mucho más que el de Carrara”. Así debe ser. Porque sabe de qué va el paño (perdón, el mármol) al haber trabajado allí, en las canteras, cuando era niño chico. (Por cierto, andando el tiempo volvió al pueblo para recibir la alta distinción que le dedicó el Ayuntamiento, nombrándole Hijo predilecto; todavía en vida de su Carmen).


Con muy pocos años, en 1943, la familia parte para Barcelona, siguiendo ese recorrido –a golpe de la carbonilla de aquellos trenes-- en busca de mejores oportunidades. Y Ángel se va haciendo un hombretón, trabajando a todo meter. Hasta tal punto que siempre explicó que “había aprendido a leer debajo de la luz del farol de la esquina”. Entre 1947 y 1949 aparece vinculado a las Hermandades Obreras de Acción Católica. Pronto lo expulsan: no sabemos si es que el joven Rozas no se sabía el Credo de memoria o no se santiguaba convenientemente. Simplemente sabemos que le expulsaron: la Iglesia católica es una gran fábrica que, de manera taylorista, organiza una legión de ateos.


Así las cosas, nuestro Angel se mete en la CNT, que tampoco le dice nada; este hombre, por lo que se ve, es un tiquismiquis. Sus ideas van en otra dirección: encuentra el PSUC, en puertas de la gran huelga general de Barcelona (la de los tranvías) de 1.951, y con sus amigos de La Torrassa se acerca a una gran manifestación que cubre las Ramblas de Barcelona hasta llegar al Puerto. El cuadro de arriba es un testimonio fehaciente de cómo nuestro hombre le lleva la delantera a los grises. En 1.954 es ya orgánicamente miembro del PSUC. La cosa le costó un Consejo de Guerra y los correspondientes años de prisión en el Penal de Burgos. Allí iba la abnegada Carmen Giménez Tonietti, su esposa, a llevarle el paquete y los correspondientes materiales clandestinos. Carmen no pararía de llevar paquetes de comida a todas las cárceles habidas y por haber. Corre el rumor –no convenientemente documentado— de que los flanes que Carmen llevaba a la Modelo de Barcelona provocaban irascibles contiendas entre un mozuelo y el veterano sindicalista Pedro Hernández en un conflicto generacional cuyos rasgos no están suficientemente historiados.





En su día es elegido enlace sindical y vocal nacional del ramo de la Construcción. Estaba, como miles de compañeros, aprovechando los cauces legales en la forma y medida que se ha explicado en el artículo titulado “Revisitando los orígenes de Comisiones Obreras” en este mismo blog.


Angel forma parte de la generación fundadora de aquel movimiento de trabajadores, Comisiones Obreras. Una generación que tuvo dirigentes de la talla de Cipriano García, Luis Romero, Antonet Martí Bernasach, Agustí Prats, Angel Abad, Nicolás Albendíz... Perdón, es imposible citarlos a todos. No cabrían aquí. Y, como fundador de aquel movimiento, ninguno de los pasos que se dieron le pillaron al margen, ni a trasmano.


Ángel Rozas era el hombre de la síntesis, un mediador nato entre las diversas `corrientes´ que siempre existieron en Comisiones Obreras. Cedía en lo accesorio para ganar en lo fundamental del debate. Sus compañeros oponentes siempre le trataron con afecto y respeto. Uno y otro no venían sólo ni principalmente de su combatividad y ejemplo; era, en especial, de la claridad y pedagogía de sus planteamientos. Era, también, la ternura que siempre inspiró un hombre muy bajito, muy bajito de estatura física. Y de cuerpo quebradizo, que parecía que se iba a partir en un momento dado. Pero ¡cá!, aquello era una roca de padre y muy señor mío: puro mármol de Carrara; perdón, de Macael.


Los distintos avatares de la lucha antifranquista –varios juicios en el Tribunal de Orden Público pendientes— le llevaron a aceptar a regañadientes (¡el partido tuvo que cuadrarle!) su salida clandestina hacia París. Desde luego, allí era más útil que pudriéndose en la cárcel.


En la capital francesa Angel forma parte de la delegación exterior de Comisiones Obreras (DECO), --una especie de “embajada oficiosa”-- organizando la solidaridad con las luchas obreras y estudiantiles de finales de los sesenta. Y allí tejió una potente red de relaciones con los sindicatos de todo el mundo. En cierta ocasión, Cipriano García y Rozas se entrevistaron con el embajador del Vietnam del Norte a quien le entregaron cincuenta mil pesetas (de la época, claro) que habíamos recogido en los centros de trabajo de Barcelona y su cinturón industrial.


En 1977 retorna del exilio con Carmen. Ocupa un lugar destacado en la dirección de Comisiones Obreras de Catalunya en la Secretaría de Formación sindical, teniendo a su lado un jovencísimo Miquel Falguera que hoy luce nobles puñetas y altas responsabilidades.


En resumidas cuentas, Angel Rozas es la historia viva del sindicalismo confederal catalán y, en la alta parte que le corresponde, de Comisiones Obreras. Un humanista a carta cabal. Un hombre que mira el futuro con sus ojos un tanto traviesos. Un veterano que, de cuando en vez, acostumbra a hacer picardías: por ejemplo, atraviesa adrede la calle cuando el semáforo está en rojo, provocando la estupefacción de sus parciales y la ira de los conductores. Pues bien, este amigo nos recibe –sin saberlo-- esta noche. Seguro que habrá cánticos –El ejército del Ebro, Bella ciao, L’ exèrcit popular, Bandiera Rossa, La bien pagá, Corazón partío y otras— y todos, menos el homenajeado, libaremos nuestras copitas de orujo. Porque in oruxo, veritas. (Tertuliano, Operae Variae)


¡Que tiemble el barrio de Gràcia!

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*José Luis López Bulla es pastelero. Javier Tébar es molinero.

viernes, 14 de septiembre de 2007

SINDICALISMO Y POLITICA



En el ejercicio de redacción que hice ayer (“Las pensiones y el referéndum”) relataba algunos de los pronunciamientos que ciertas fuerzas políticas de izquierda en torno al preacuerdo entre los sindicatos italianos y el Gobierno de Prodi y, más concretamente, del apoyo que dichos partidos están dando al pronunciamiento –contrario al pacto— de la federación metalúrgica de la FIOM. Como quedó escrito, un servidor volvía a reclamar su vieja tesis sobre las dos independencias entre sí: la sindical y la de los partidos políticos. Lo que implica, naturalmente, que a la autonomía de juicio de la política sobre los asuntos sindicales, también corresponde a los sindicatos dar su opinión sobre los comportamientos de los partidos políticos. Porque siempre me pareció que cuando el sindicalismo juzgaba de manera poco amable a los partidos, los militantes de éstos con responsabilidades sindicales ponían cara de pocos amigos.


Ahora bien, los asuntos italianos que estamos tratando vuelven a poner a debate no ya el viejo asunto de “las relaciones entre partido y sindicato”, sino entre el sindicalismo y la política. Porque yo veo las cosas de la siguiente manera: actualmente nos encontramos con que el sindicalismo confederal español ha alcanzado las cotas más elevadas de independencia con relación a los partidos; es posible –no lo digo categóricamente-- que unos sindicatos más que otros, pero, en todo caso, ya no se puede hablar con propiedad de la existencia de una correa de transmisión del partido (el que sea) al sindicato (no importa cual). Si esto es así, como creo, el debate parece estar entre las relaciones del sindicalismo y la esfera política partidaria y el cuadro institucional. (Me dice el amigo, siempre lúcido, Isidor Boix que le está dando vueltas al asunto y que sobre ello escribirá algo para su blog, Isidor Boix. Todos nos aprovecharemos de las reflexiones de nuestro compañero, y de paso se dará cumplida cuenta en esta bitácora).


Sobre este tema (los sindicatos y la política) vengo tomando apuntes desde hace tiempo. Especialmente desde que, quien en la blogosfera se hace llamar Anselmo Lorenzo, un destacado sindicalista y un notable contractualista, escribía en este blog llamándole la atención a los que, chispa más o menos, calificaba como “sindicalistas neutrales” o algo por el estilo. En resumidas cuentas, la tesis anselmiana era que existen importantes sindicalistas que son indiferentes al cuadro político institucional. Y para hablar en plata, lo mismo les da que gobiernen las izquierdas o las derechas. Otra cosa, apunto yo, es que el sindicalismo (y los sindicalistas) deben juzgar autónomamente las políticas de unos y otros por sus contenidos concretos y sus realizaciones concretas. De ahí que Anselmo sacara a colación mi propia tesis: el sindicalismo debe y tiene que ser independiente, pero no indiferente.


Me importa decir que una (no todas) de las razones de la muy avanzada independencia del sindicalismo con relación a los partidos se debe al incremento del poder contractual del sindicalismo sobre asuntos que anteriormente estaban reservados a los partidos. Lo que motivó, andando el tiempo, la gradual desaparición, por parte de los sindicatos, de una concepción que sólo y sólamente les reservaba los salarios y las condiciones laborales en el interior del centro de trabajo. Una tesis y una práctica defendida a capa y espada por los partidos socialistas, socialdemócratas y comunistas. El sindicalismo dejó poco a poco de ser la criada o la hijuela de los partidos, especialmente en estos asuntos. Y, a partir de ahí, fue reconstruyendo su propio andamiaje. Digamos, pues, que estas emergencias sindicales explican, aunque en parte, la crisis de identidad de las organizaciones políticas, porque ahora tienen que ´competir´ con el sindicalismo en ciertos espacios, por ejemplo el Estado de bienestar (welfare), anteriormente reservados exclusivamente a los partidos.


Bien, yendo por lo derecho: si nos encontramos ahora con unas personalidades avanzadamente independientes entre sí (sindicatos y partidos), ¿podemos inferir de ahí, como dicen algunos, que se está abriendo paso a una indiferencia de los primeros hacia el cuadro político institucional? Yo no tengo respuesta, de momento, a esta afirmación que de manera taxativa oigo de algunos cofrades míos. Es más, ni siquiera sé si la cuestión está planteada de manera razonable. De ahí que espere con impaciencia que Isidor Boix empiece a abordar el tema. Naturalmente no es una discusión academicista, sino algo que puede ofrecer más comprensión sobre la actual personalidad del sindicalismo español. Ahora bien, no estamos ante una problemática española. Porque los niveles de independencia del sindicalismo español nada tienen que ver con lo que ocurre en otros lugares. Véase, por ejemplo, cómo un mandatario latinoamericano –de matriz neomacmahonista— afirma que “eso de la independencia sindical es un cuento chino”.


Por último, para picar la curiosidad de más de uno, pregunto: ¿habéis leído las observaciones del barbudo de Tréveris en su áspera confrontación con los lassalleanos sobre `los sindicatos y la política´. Me reservo la cita por si los amigos del nuevo Mac Mahon quieren entrar al trapo.

jueves, 13 de septiembre de 2007

LAS PENSIONES Y EL REFERENDUM DE LOS TRABAJADORES


Homenaje en Calella a Bertomeu Barceló, maestros de sindicalistas de toda la vida.


Vuelvo al tema de las pensiones en Italia sobre el que tratamos antes de las vacaciones. El estado de la cuestión, antes de agosto, era, dicho en breve, como sigue: 1) después de muchas idas y venidas, los tres sindicatos confederales italianos firmaron un preacuerdo con el Gobierno Prodi que --aunque de contenidos insuficientes, según los sindicatos—globalmente era considerado, no con mucho entusiasmo, firmable; 2) según una reciente costumbre del sindicalismo italiano, este acuerdo debía ser sometido a votación por todos los asalariados, incluidos los precarios, y por los pensionistas. Ahora, nos encontramos con algunas novedades: de un lado, la dirección de la federación metalúrgica de la CGIL (FIOM) ha rechazado por amplia mayoría el mencionado preacuerdo, siendo ésta la primera vez que, en la historia de esta organización, se produce una situación de esta envergadura; de otro lado, el órgano unitario de todas las organizaciones confederales (CGIL, CSIL y UIL) lo ha aprobado por una amplísima mayoría y ha fijado la fecha de la convocatoria del calendario de asambleas (entre el 17 de este mes, o sea, el próximo lunes, y el 6 de octubre) y la fecha de la consulta, a mediados de octubre.


La primera consideración: es preciso destacar el coraje democrático del sindicalismo italiano a la hora de establecer el mecanismo de una consulta de tanta amplitud y sobre un tema tan delicado. Algo que, francamente, contrasta con la ramplonería del convencional quehacer político que está consolidando lo que podríamos denominar la democracia del bostezo. Naturalmente, no se está preparando un referéndum abnorme, esto es, a la buena de Dios: la consulta tiene sus normas para la participación, a saber, información previa y por escrito del texto del preacuerdo, calendario de debates para confrontar todas las opiniones, mesas electorales y sus respectivos colegios. Destaco el elemento de la información por escrito, porque de esa manera nos encontramos con: 1) el texto dice lo que dice, 2) los picos de oro –ya sean reformistas o antagonistas—pasan a segundo plano, porque la magia del verbo queda supeditada a la inteligencia de la lectura de cada cual. De suerte que los panglossianos (si los hay) y los fatalistas (si es que existen) deberán gobernar bien la lengua porque ante ellos está la lectura de lo que inequívocamente dice el documento. No quiero ocultar mi opinión, siempre limitada entre otras cosas por `la distancia´: comparto la opinión de los dirigentes del sindicalismo confederal y, más concretamente, la sobria valoración de Epifani. Lo que puedo decir porque yo no voto.


Naturalmente el patio político italiano está revuelto ante este preacuerdo y el referéndum. Los partidos de la izquierda antagonista le ponen la proa; las organizaciones reformistas (incluso el grupo de Fabio Mussi) apoyan sobriamente los contenidos. Todos, desde mi punto de vista, tienen el deber de opinar al respecto, y –dicho sea de paso— sus respectivos picos de oro también deberían gobernar adecuadamente la boca, porque el documento dice lo que dice. Sin embargo, algunos han empezado ya a pasarse de rosca. Un alto dirigente de Rifondazione Comunista ha declarado: “Tras la negativa de la FIOM, los comunistas y la izquierda alternativa estamos ante una encrucijada, a saber, o cambia la política de Prodi o salimos del Gobierno”. Uno que se ha ido de la lengua, porque sin quitar importancia a la FIOM y a su decisión, el panorama sindical es muchísimo más amplio, y –sobre todo— porque todavía los trabajadores no se han pronunciado. Esa lengua, Giannini, esa lengua...


Repito, todos los partidos deben hablar en la dirección que estimen conveniente. Por varias razones: porque la independencia de cada organización es un bien democrático y, además, porque el tema (las pensiones y el Estado de bienestar) es un tema político de primer orden. Es más, por ambas razones las organizaciones políticas no deberían actuar como la fiel infantería o los voceros (directos o indirectos) de las diversas posiciones sindicales. Éstas, por lo demás, deben ser independientes de los partidos y de las fracciones de cada partido.


La palabra la tienen los trabajadores, todos los trabajadores. Las cosas claras: el conjunto asalariado y los pensionistas no tienen ante sí un juicio a las organizaciones sindicales ni a las formaciones políticas, se expresen éstas en una u otra dirección. Están llamados a juzgar un documento y los contenidos que tiene relatados. Y, con toda seguridad, eso hará la inmensa mayoría del personal: estoy convencido que la participación será ejemplarmente altísima. Y, salga lo que salga, sin trampa ni cartón.


Por lo demás, es sabido que –en nuestros lares y fuera de ellos— se considera sindicalmente el referéndum con escasa simpatía. Es más diría que no es infrecuente que su uso sea instrumental. Por ejemplo, si una parte del comité de empresa (da igual a qué sindicato pertenecen sus miembros) ha quedado en minoría ante la decisión favorable a firmar el convenio llama a la convocatoria de una consulta. Lógicamente la mayoría (sea quien sea) dice que naranjas de la China, que no. O sea, existe algo así como un accidentalismo instrumental frente a la figura del referéndum. Como se puede ver, el caso italiano que estamos comentando no va por ahí. Se orienta a una participación inteligente de los trabajadores, previamente normada, precisamente para garantizar la contundencia icástica del hecho participativo. Ahora bien, el referéndum no debe ser visto como un fetiche; es simplemente un instrumento de democracia próxima, vecina: nada más y nada menos.

lunes, 10 de septiembre de 2007

REVISITANDO LOS ORIGENES DE COMISIONES OBRERAS

O qué utilidades depara esa excursión para estos tiempos de ahora.


Andrés Querol me ha pedido que hable en la Escuela Angel Rozas “sobre los primeros pasos de Comisiones Obreras”. He aquí el texto de mi intervención. La idea es que los jóvenes sindicalistas tengan de antemano estas reflexiones. De esta manera robaré menos tiempo al hipotético coloquio y el resto de los discursos previstos.


José Luis López Bulla (1)


Primero


Son muchos los pensadores que afirman que analizar el pasado conduce a estar al tanto de las cosas presentes y venideras. Naturalmente, todo depende de cómo se enfoque la mirada. Procuraré esmerarme en esa mirada a la hora de revisitar los orígenes de Comisiones Obreras para que estas reflexiones tengan, como propósito central, las utilidades más convenientes con la idea de encarar razonablemente los retos de nuestro tiempo. En todo caso, me importa aclarar de entrada que esta intervención no tiene pretensiones de estudio histórico. Por varias razones: no soy historiador y no creo que los protagonistas de los acontecimientos sean capaces de hacer una adecuada historiografía, ni siquiera aproximadamente objetiva. Así pues, aquí estoy –cosa que agradezco a los responsables de la Escuela Angel Rozas-- para ofrecer unos pespuntes, siempre subjetivos, con la mirada de hoy, de lo que fueron los primeros andares de Comisiones Obreras.

Aunque no hay un momento fundacional concreto, sí estamos en condiciones de aclarar que, en los primerísimos años de la década de los sesenta, existe ya un movimiento de trabajadores que, de manera significativamente descentralizada, está luchando por toda una serie de reivindicaciones muy centradas todas ellas en las condiciones de trabajo. No obstante, debemos señalar que, mucho antes de ese movimiento, se han producido importantes movilizaciones obreras en Catalunya y España. El movimiento –el que motiva estas reflexiones-- tiene un `origen´ inmediato: las posibilidades legales que permite la Ley de Convenios colectivos de 1958. Dicho texto, aprobado por las Cortes franquistas de la Dictadura, abre la posibilidad de que, en los centros de trabajo de una determinada dimensión, los representantes de los trabajadores, elegidos en las elecciones sindicales, puedan negociar el convenio colectivo de centro de trabajo y, con más restricciones todavía, los acuerdos colectivos de ramo profesional. Naturalmente se trata de una legislación restrictiva en un contexto --¿hace falta recordarlo?-- de ausencia de libertades democráticas; más todavía de dura represión de las mismas: una represión amplia que va desde los despidos patronales a las detenciones y encarcelamientos. Esta ley del 58 da voz (también la quita) a los jurados de empresa (la representación de los trabajadores) para poder negociar directamente con la patronal, substituyendo las reglamentaciones salariales que se decidían unidireccionalmente desde el Ministerio de Trabajo. Como es natural, la ley era una medida que necesitaba la peculiar forma de capitalismo de entonces que, a la chita callando, iba dejando de ser autárquico en España; por tanto, la medida convenía a las formas de desarrollo económico que, aunque muy retrasadas con relación a Europa, empezaban a disfrazarse de neocapitalismo a la española.

De manera que, en la gran empresa, con sus particulares características prototayloristas, empiezan a crearse ciertas condiciones para la reivindicación, cuyo objetivo es el intento de negociación, y para ello es necesaria la auto-organización de los trabajadores. Los sindicatos democráticos clandestinos no ven –no pueden o no saben ver-- las novedades que se abren. Aunque no estoy en condiciones de aclarar el orden de prelación de estas dificultades, diré que los motivos de esta dificultad son los siguientes: 1) la represión política que sistemáticamente descabezaba todo intento de organización que, por lo demás, era clandestina; 2) la natural desconfianza con relación a las medidas de la Ley de convenios y la de las elecciones sindicales, y habrá que recordar que el planteamiento de los sindicatos clandestinos, en relación con ambas leyes, era de boicot. Ahora bien, apunto –desde luego, con los ojos de hoy-- a otra explicación que, hasta la presente, no ha sido ni siquiera insinuada.

Pero, a mi juicio, lo más determinante era que el sindicalismo democrático tradicional –me permito esta absurda expresión, `sindicalismo´ y `democrático´ porque el sindicalismo sólo puede ser democrático— era, dicho de forma contundente, un sujeto externo al centro de trabajo. O, si se prefiere de una manera bondadosa, un sujeto parcialmente externo al centro de trabajo. Así pues, las centrales sindicales, anteriores a la guerra civil, eran unas organizaciones externas al centro de trabajo. Porque no consiguieron capacidad contractual en el interior de la fábrica. Así pues, las organizaciones clandestinas (UGT y CNT, perseguidas implacablemente por la dictadura, al igual que las fuerzas democráticas), además de ser lógicamente recelosas de los tímidos cambios que se iban operando, eran por situación (la clandestinidad) y por inercia (sujetos externos al centro de trabajo) organizaciones que no podían ver lo que estaba apareciendo en la realidad. Incluso el comunismo español y catalán fluctuaba, todavía a principios de los sesenta, entre el aprovechamiento de la UGT clandestina y la creación de un grupúsculo sindical, no menos clandestino, como lo fue la Oposición Sindical Obrera (OSO) que, dicho sea con desparpajo, eran cuatro y el cabo.

Mientras tanto, iba apareciendo un movimiento natural: ante cada problema surgían unas comisiones de obreros –unas comisiones obreras, que debemos escribir en minúsculas— que tomaban nota de las aspiraciones del personal, hablaban con la dirección e intentaban, negociando, sacar algo en claro para los trabajadores y sus familias. Conseguido el petitorio o agotado éste, de una u otra forma, el conflicto desaparecía la comisión obrera. Era pues un movimiento fugaz y pasajero. La novedad de estas comisiones de obreros (o comisiones obreras) es que eran un sujeto que estaba en el interior del centro de trabajo y, por lo tanto –ya fuera por necesidad, intuición o sentido común--, el análisis de aquel microcosmos y la reivindicación estaban en aproximada consonancia con los cambios que se iban operando. Comoquiera que no estamos aquí para establecer una cronología de los hechos, diré que se van incrementando las situaciones fugaces y pasajeras y, unas y otras, van adquiriendo una moderada estabilidad. Esto es, lo fugaz se va transformando en permanente. Las comisiones obreras acaban sacando unas mínimas ventajas de constituirse, en los centros de trabajo, en organismos que no se disuelven una vez acabado el conflicto, es decir, se mantienen en grupos estables y permanentes. Empiezan a ser Comisiones Obreras (así en mayúsculas). Cierto, todavía tendrá que llover lo suyo para que ese movimiento decida darse una estructuración de ramo profesional, pero los postigos de la ventana se han abierto de par en par.

El camino que se abre es: si somos un sujeto interno en la fábrica ¿qué orientación central se da a ese movimiento? ¿debe ser clandestino, semiclandestino, abierto? Un movimiento clandestino tiene, en teoría, la ventaja de ser menos vulnerable a la represión; en cambio si es abierto y público, la evidente ventaja es que la conexión directa con los trabajadores es, como hipótesis, mayor, aunque más vulnerable a los diversos tipos de represión. La solución a esta incógnita viene con una primera maduración de nuestras experiencias: el aprovechamiento de los resquicios legales que (parcialmente) posibilita la Dictadura y su combinación con formas ilegales o paralegales de acción colectiva. Por así decir, esta opción era más fiable que organizarse clandestinamente y, desde ahí, convocar por ejemplo un acto ilegal, como lo era la huelga, considerada como delito de rebelión. Por ahí fuimos, especialmente porque, en ese sentido, el comunismo español y catalán se esforzaron en que esa vereda era la más apropiada, y tenían razón. Entre paréntesis, diré que esta fue la orientación que Giuseppe Di Vittorio, a mediados de los años veinte, impuso al sindicalismo italiano en su lucha contra Mussolini, de un lado, y –según supimos posteriormente-- este camino fue el que intentó poner en marcha Joan Peiró, el gran dirigente de la CNT, en la lucha contra la dictadura de Primo de Rivera. Por lo demás, parece probado que Stalin aconsejó muy vivamente a los comunistas españoles, a principios de los cincuenta, una orientación similar, provocando, al principio, una sorpresa mayúscula de Dolores Ibárruri y Santiago Carrillo. Cierro paréntesis. Aclaro, hasta donde yo me sé, nosotros no conocíamos los planteamientos de Giuseppe Di Vittorio ni nadie citó las orientaciones de Joan Peiró.

Bien, se trataba de optar por consolidar la línea fuerza que, tendencialmente, era la expresión autónoma de aquel movimiento original que teníamos en las manos. Nuestro movimiento debía ser abierto y no clandestino, capaz de combinar las posibilidades de la legislación franquista con las formas paralegales e, incluso, ilegales. Naturalmente esta opción también estaba expuesta a la represión. Pero la solidaridad con los represaliados era mayor si el movimiento tenía esas características públicas.

Soy de la opinión que la discontinuidad histórica que representa aquel movimiento es, precisamente, ser un sujeto interno del centro de trabajo. Lo demuestra la preocupación fundamental: la elaboración de la plataforma reivindicativa, basada (como se ha indicado anteriormente) en las condiciones de trabajo. Es, a partir de esta consideración, de donde se desprenden las originales características de aquella acción colectiva. Tal vez la primera sea la relación entre representatividad y representación de las ya Comisiones Obreras. Llamo `representatividad´ a la capacidad de asumir las anhelos de los trabajadores; y defino la `representación´ como el nivel de apoyo que tales trabajadores ofrecen, de manera fugaz o estable, a los grupos coordinadores de CC.OO., que es de lo que estamos hablando ahora. Ya que esos grupos son un sujeto interno en el centro de trabajo y, comoquiera, que hay un vínculo estrecho entre representatividad y representación, la conclusión evidente es la naturalidad del quehacer democrático y participativo de los trabajadores en aquella acción colectiva, en aquel movimiento. Es lo que he llamado, en otras ocasiones, la democracia próxima, vecina. En suma, es un movimiento de trabajadores que conformará a la larga un sindicato-de-los-trabajadores y no un sindicato-para-los-trabajadores. Que tiene su arranque en –me interesa repetir el concepto— la naturalidad del quehacer democrático y participativo. Y porque si el vínculo que atraviesa la condición asalariada (obrera, diríamos en aquellos tiempos) es de naturaleza social, es claro que quien es un sujeto interno en el centro de trabajo, de manera fácil aúna la representatividad y la representación en torno a la unidad social de masas. Es decir, construye un movimiento unitario: el que se desprende del vínculo social. Parece claro que cuando el sindicalismo era un sujeto externo al centro de trabajo, la contaminación político-partidaria (que separa, legítimamente, a los trabajadores) era una potente interferencia para la unidad del sindicalismo.

Ahora bien, este hiato entre sujeto interno y unidad precisa unas propiedades que estén en concordancia entre sí y con el proyecto unitario. Primero, la representatividad y la representación se concretan en la asamblea en torno a un bidón, un andamio, una mesa de despacho o un pupitre: la democracia próxima, vecina, que construye la plataforma reivindicativa y diseña el (hipotético) ejercicio del conflicto social. Ahí se dibuja la independencia de esa asamblea y el establecimiento de su propia autonomía. La independencia no como elemento en negativo, sino como expresión positiva de depender sólo y sólamente de la representatividad y representación que se ostentan cotidianamente. La auto-nomía como catálogo implícito de unas normas rudimentarias, aunque sólidas que consuetudinariamente se entienden con naturalidad como obligatorias y obligantes, no como mandato estatutario. Es decir, la independencia sindical, así las cosas, no es el resultado de un constructo sino la consecuencia (y, a la vez, el origen) de la elaboración de la plataforma reivindicativa, decidida y apoyada en la asamblea de todos los trabajadores. Es, desde ahí, como se va edificando el andamio de la independencia frente a todos y todo lo que no sea el interés concreto de ese conjunto asalariado.

Una prueba de la sofisticación de nuestro análisis aparece por escrito en la Asamblea de Orcasitas (Abril de 1967). Allí se dejó escrito que propugnábamos un sindicalismo de clase, independiente de la patronal y de todos los partidos políticos (incluidos los partidos obreros); que apostábamos decididamente por las libertades sindicales y el derecho de huelga en todos los países, con independencia de su carácter social e institucional. Estábamos afirmando que, incluso en el socialismo, el sindicalismo y el movimiento de los trabajadores debían ser plenamente independientes, autónomos y contar con el ejercicio de los derechos (incluida la huelga) de todo tipo. En otras palabras, nuestras formulaciones no eran intuiciones u ocurrencias improvisadas, sino la concatenación de unas premisas que venían establecidas tras el hecho incontrovertible de que `aquello´ era un sujeto en el interior del centro de trabajo.

En todo caso (y sin excluir no pocas intuiciones) parece oportuno traer a colación una prueba del razonamiento. Explica el maestro Tuñón de Lara en su Historia de España la importancia de un artículo que Marcelino publicó en el número de Junio de un lejano 1964 de la revista “Cuadernos para el diálogo” lo siguiente:

[...] A la capital administrativa ha sucedido el Madrid industrial; hoy son millares de obreras, que con sus batas blancas o azules, pasan por Atocha camino de Standard, Telefunken o Phillips hacia las máquinas-herramienta y las cadenas de montaje (2).

Aparentemente esta descripción camachiana podría ser interpretada como un relato costumbrista. Pero tiene mucha más miga. Es la percepción de un paisaje socioeconómico que ha desplazado definitivamente lo anterior: por la calle --de la fábrica hasta casa-- el mono azul de un tipo de trabajo asalariado ha emergido y de esa visibilidad antropológica Marcelino saca sus conclusiones sociopolíticas y culturales.

En estas reflexiones estoy hablando poco del papel de los enlaces sindicales y de los jurados de empresa. La razón es clara: es lo más conocido, lo más historiado. Por eso he intentado relatar lo menos sabido. No obstante, para no dejarme nada en el tintero recordaré que ese `entrismo´ (esa parte del aprovechamiento de los instrumentos legales) fue una pieza fundamental, aunque es, parcialmente, una consecuencia del elemento decisivo: ser un sujeto interno en el centro de trabajo. Porque, al fin y al cabo, los enlaces y jurados eran un eslabón imprescindible de aquella democracia próxima y vecina. Fueron la voz más pública y abierta de aquel movimiento. Que sufrimos una dura represión, es cosa sabida. Pero como queríamos peces, no tuvimos más remedio que mojarnos el culo.

Poco diré sobre una importante cuestión de la cuestión nacional de Catalunya que no se haya afirmado y escrito. Tan sólo haré unas apostillas que considero de interés: nosotros no asumimos plenamente la cuestión nacional con el objeto de impedir la existencia de un sindicato nacionalista. Nosotros lo asumimos, también con naturalidad, porque no concebíamos una separación entre lo social y las coordenadas político-culturales (culturales en el sentido gramsciano, naturalmente) del pueblo de Catalunya. Hasta tal punto que si bien en un principio hablamos de sindicato de clase y nacional, no pasó mucho tiempo en que afirmáramos que éramos un sindicatodeclaseynacional. Que pronunciado queda casi igual pero que escrito afirma la distinción.

Segundo

La generación fundadora eran personas cuarentonas. El mismo Ángel Rozas lo era, al igual que Cipriano García, y un poco mayor el compañero Marcelino Camacho. Lo digo para constatar algo elemental: ninguno de ellos tenía experiencia de dirección sindical, porque, en tiempos del sindicalismo democrático, en la República, eran unos chavalillos. Es decir, aprendieron a dirigir, dirigiendo. Y lo insólito, visto con los ojos de hoy, es que –inexpertos, como eran-- pusieron en marcha un movimiento de proporciones, no sólo de novedosa discontinuidad sino de preñez histórica. La tentación de mitificarles forma parte de la naturaleza humana. Y sobre todo del orgullo, a veces desmesurado, que tenemos las organizaciones con nuestros grandes padres. No fueron y ahora no deben verse como mitos, sino como personas de carne y hueso. Esto lo percibió mi suegro Mingu Roig, obrero de la construcción de Mataró que, cuando oyó hablar a Marcelino Camacho en el Pabellón de Deportes por primera vez, le susurró a Martí Bernasach: “Fixa´t Tonet en Marselinu; aquest company és com jo, però en sap mes” [Fíjate, Tonet en Marcelino; este compañero es como yo, pero sabe más]. En realidad la observación que hizo Mingu Roig era probablemente una parte de la potente conexión sentimental que Marcelino establecía con la gente. Y, añadiría ahora, una expresión más de esa democracia próxima y vecina, que promueve una fuerte relación sentimental con la gente. O, por mejor decir, eran la expresión de la condición asalariada concreta, no ideologizada, que conoce los entresijos del microcosmos de la fábrica. Y, ya que el centro de trabajo había cambiado, era preciso que la mirada de aquellas personas, de carne y hueso, no tuviera telarañas.

Bien, mucho han cambiado las cosas. Y, en buena medida, una explicación es que aquel movimiento de trabajadores puso en crisis muchas cosas. De entrada diré que no se explican las actuales conquistas de los trabajadores sin la aportación de aquella acción colectiva. Pero hoy vivimos otros tiempos que tienen más potencialidades que las de antaño: primero, el ejercicio de las libertades democráticas; segundo, la mayor cantidad de dirigentes sindicales; tercero, la acumulación histórica de experiencias de todo tipo. Naturalmente, hoy os encontráis con otro panorama: una profunda transformación de los aparatos productivos, una economía global y más interdependiente que pone en cuestión los viejos poderes de los Estados nacionales; las emergencias de lo que se llama el Estado de bienestar. Es, pues, a vosotros a quienes compete establecer las discontinuidades convenientes para darle mayor consistencia a la representatividad y representación del sujeto sindical. En pocas palabras, ver el deslizamiento del viejo fordismo hacia otro eje de coordenadas en la acción colectiva general de un mundo asalariado lleno de diversidades. La discontinuidad es, pues, cosa vuestra.

Pero, si nadie se escandaliza por el uso de las palabras, diré que la promoción de tales novedades será más fuerte si se retiene una parcela del sujeto conservador que, en parte, es también el sindicalismo. ¿Conservar qué? La democracia próxima, vecina que conduce a ser un sindicato-de-los-trabajadores. Que es substancialmente diverso de un sindicato-para-los-trabajadores.

Tercero.

Tomo carrerilla para ir acabando. Ya he dicho, al principio, que este relato no pretende ser histórico. Lo cierto es que, cuando los protagonistas de unos acontecimientos se ponen a escribir en términos históricos, se tiene la tentación de dorar no poco la píldora. Corresponde a los historiadores –no a la memoria histórica-- seguir historiografiando los primeros pasos de aquel movimiento. Sin trampa ni cartón, desde luego. Poniendo al descubierto las limitaciones que tuvimos en aquellos tiempos. Porque tengo para mí que, todavía, estar por hacerse una historia crítica de aquellos primeros pasos. No sólo la nuestra, también la de aquellas organizaciones sindicales que nos fueron contemporáneas.


(1) Apertura del curso de otoño 2007 de la Escola de Joves Angel Rozas, de CC.OO. de Catalunya.

(2) Marcelino Camacho: "El fetichismo y la realidad", Cuadernos para el diálogo (Junio de 1964)