Traducimos
esta introducción, a cargo del eminente jurista Alain Supiot, de la edición
francesa del libro de Bruno Trentin “La ciudad del trabajo, izquierda y crisis
del fordismo”. La edición castellana ya está circulando por los cuatro
puntos cardinales con estudios introductorios de Nicolás Sartorius y Antonio
Baylos.
Alain Supiot
¿Cuáles
son las razones profundas de la incapacidad de la izquierda europea para
proponer otra vía diferente al ultraliberalismo? ¿Por qué parece condenada a
“acompañar” de manera compasiva la degradación de las condiciones de vida y
trabajo que ha engendrado la globalización? ¿O bien a refugiarse en un
catecismo revolucionario que ha olvidado el fracaso del comunismo real? Bruno Trentin
(1926 – 2007) responde a estos interrogantes en su obra maestra, La Città del lavoro, editado
en 1997, que ahora ha sido publicado entre los primeros títulos de la colección
“Poids et mesures du monde”. Nadie mejor que Trentin para plantear este trabajo
crítico.
Trentin
--que participó muy joven en la
Resistencia , siguiendo las huellas de su padre que fue uno de
los pocos profesores de derecho que se exiliaron de Italia para no declararse
leal al fascismo-- ha sido a la vez una persona comprometida con la acción
sindical y política y un pensador de primer orden, cuya formación transcurrió
en Francia y en los Estados Unidos antes que en Italia. Él nos habla sabiamente
de unos asuntos de los que tiene experiencia, lo cual le ha permitido revertir
en este libro, con una erudición exenta de pedantería, la fractura que –desde
Marx hasta nuestros días-- ha recorrido la izquierda intelectual y
política occidental. Una fractura que no se percibió, incluso hoy tampoco, ya
que nos hemos acostumbrado a reducir esta historia a la oposición entre
reformistas y revolucionarios y a la victoria final de un reformismo que es,
cada vez, menos reformador. Ahora bien, según Trentin la esencia no está ahí.
No está en esa oposición donde se encuentran las claves para entender esta
incapacidad de la izquierda contemporánea de pensar el mundo de nuestros
días. Pues “comunistas” y “reformistas” han estado, en su mayoría, de acuerdo
en confiar a una élite ilustrada la conquista de las palancas del Estado en
nombre del mundo del trabajo, cuya organización saldría de una racionalización
científico-técnica. El desalojo, en nombre de la ciencia, de la libertad en el
trabajo lleva, así, embrionariamente a la reducción de la ciudadanía política a
un ritual electoral, lo que es sólo el aplauso
litúrgico a los queridos dirigentes.
Ciertamente,
este desalojo no se ha dado sin las contradicciones que han señalado algunas
corrientes minoritarias de las que Trentin revive su recuerdo y sus luchas.
Estas contradicciones han afectado también a pensadores profundos, como
Gramsci, cuya obra Trentin revisita metódicamente para comprender cómo un
espíritu tan prevenido pudo aceptar el modelo taylorista de organización del
trabajo. Hasta el punto de predicar la “auto restricción” en el trabajo como
una especie de ascesis preparatoria. De lo que Trentin colige que “es
increíblemente cercana a la mortificación de la carne que libera la
fe”.
Esta
incapacidad de concebir la libertad en el trabajo constituye, según
Trentin, la fuente viva de la impotencia de la izquierda política y sindical
para cumplir las promesas de emancipación. Pues, una vez admitida en la empresa
la “organización científica” del trabajo, despliega todos sus efectos en
toda la sociedad. Esa incapacidad conduce a ver –ayer en el Estado, hoy en el
Mercado— el agente exclusivo de una justa redistribución de la riqueza y de la
realización, fuera del trabajo, de la mayor dicha posible (y no de la libertad).
Esa incapacidad que justifica la autonomización de lo político; la separación
de unos dirigentes que piensan y de los dirigidos que ejecutan; y del reenvío
del progreso social sólo a los resultados de las elecciones. No se puede pensar
en la libertad de la Ciudad
sin hacerlo antes en el trabajo. Toda ciudad es, ante todo, una ciudad del
trabajo, y no es verdaderamente libre si no permite a sus miembros experimentar
la libertad en el trabajo.
Pocas
palabras se han repetido tanto como ésta: libertad. Nos apresuramos a ver el
imperio ilimitado del buen placer individual, mientras que el de ella, la
libertad, es ante todo el fruto de una lenta y paciente auto conquista, y
que no hay verdadera libertad cuando está parcelada. El lugar por
excelencia de esta auto conquista es el trabajo. Es en el trabajo donde yo aprendo
a controlar lo que está más allá de mí mismo y es en el trabajo donde descubro
quién soy. Inscribiéndonos en el orden del mundo, pone a prueba la relación
entre nuestra imaginación y la realidad. Como decía Simone Weil, muy admirada
por Trentin: “Es por el trabajo por el que la razón descubre el mundo y se
adueña de la imaginación loca”. Ahora bien, este no es el principio de la
realidad que domina la cuestión del trabajo desde hace un siglo sino, más bien,
una “imaginación loca”. Locura de un nuevo género, científico-técnico, que
--rechazando admitir la parte de libertad y auto control inherente a todo
trabajo-- construye un universo donde el hombre está llamado a
deshacerse sin descanso en el universo de las cosas. Bruno Trentin no ha cesado
de insistir en la adhesión de la izquierda política a esta concepción
cosificada (reifiée) del trabajo para salir de los atolladeros donde
ella la ha conducido y fundar, bajo un análisis de las formas contemporáneas de
esa cosificación (reification), un proyecto político y sindical que
tenga como eje la libertad en el trabajo.
Su
reflexión se instala en lo que se ha dado en llamar el “compromiso fordista”.
Este compromiso, que tiene como base el Estado social, consistió en
cambiar la seguridad económica ¿por? la dependencia del trabajo; es decir,
hacer pagar a las empresas el precio de una alienación que se juzga inevitable
desde el principio. La expresión jurídica de este compromiso ha sido el empleo
del trabajo asalariado que inserta un estatuto protector en todo el contrato de
trabajo. Dicho estatuto se orienta a garantizar la seguridad física de los
trabajadores, limitar la duración de su trabajo, asegurándole un salario digno.
El perímetro de la justicia social queda, de esta manera, restringido a los
términos del intercambio salarial; es decir, a las cantidades de tiempo y
dinero, mientras que la dimensión cualitativa del trabajo –su sentido y su
organización-- se da por supuesto que son pura racionalidad
científico-técnica.
Para
hacer que este compromiso fuera duradero era necesario olvidar la observación
de Marx sobre la inestabilidad inherente a las formas de organización de la
industria moderna. Esta es, por naturaleza, revolucionaria y “trastorna, con la
base técnica de la producción, las funciones de los trabajadores y las
combinaciones sociales del trabajo; una naturaleza que no cesa de
revolucionar la división establecida, arrojando, sin interrupción, masas de
capitales y obreros de una rama de la producción a otra”. Lo que “acaba
destruyendo todas las garantías de vida del trabajador, siempre amenazado de
verse expulsado del trabajo y de los medios de subsistencia” [Karl Marx. Le
Capital. Gallimard] A una destrucción de este género están expuestas,
ante todo, desde hace treinta años, las clases populares, y hoy también las
clases medias de los países que habían adoptado el compromiso fordista. La
supresión de las fronteras del comercio, la revolución digital y el despliegue
del ejército de reserva de los trabajadores de los continentes emergentes se conjugan
para minar las bases del Estado social (empleo asalariado, seguridad social,
servicios públicos) y permitir el regreso del trabajo-mercancía.
Fiel
a Marx, Trentin considera que cada revolución industrial cuestiona los
equilibrios de poder y las formas de subordinación en el trabajo. Este fue el
caso, ayer, de la primera revolución industrial que arrebató al campesinado y a
los artesanos las masas laboriosas que eran una necesidad para las nuevas
fábricas; tras la segunda se expropió a los trabajadores de su saber y de su
saber hacer, reduciéndolos al estado de herramientas dóciles y totalmente
subordinados al poder de sus jefes. De nuevo, este es el caso, hoy, de la
tercera revolución industrial, en el cuadro de las nuevas tecnologías de la
información y la comunicación en un contexto de globalización de los mercados y
capitales donde se opera una nueva redistribución de los poderes y las
libertades con una serie de efectos sobre la condición de los trabajadores:
aumento simultáneo de las responsabilidades y de la precarización en un
contexto de reestructuración permanente de las empresas. Estas tres
revoluciones han tenido como consecuencia hacer inoperantes las anteriores
formas de organización o de la acción colectiva.
El
problema esencial al que se encuentra hoy confrontada la izquierda es el de
pensar esta tercera revolución, comprender los resortes con el objeto de
aprovechar las oportunidades de su combate por la libertad y la justicia
social. Y este esfuerzo del pensamiento debería conducir a reconsiderar
las bases del compromiso fordista, particularmente a su adhesión a la
concepción del trabajo que presidió la segunda revolución industrial. En esta
expresión cosificada del trabajo se encuentra la de un imaginario social típico
de la modernidad industrial de la que Cornelius Castoriadis desveló
magistralmente su dimensión potencialmente delirante: “Convertir un hombre en
cosa o en puro sistema mecánico no es cuestión de poca monta. Pero más
imaginativo que pretender ver en él un búho, ello representa otro grado de
hundimiento en el imaginario, pues no sólo el parentesco real de un hombre con
el búho es incomparablemente mayor que el que tiene con una máquina; pero nunca
ninguna sociedad primitiva aplicó tan radicalmente las consecuencias de las
asimilaciones de las personas a otra cosa como lo hace la industria
moderna con su metáfora del hombre-autómata. Las sociedades arcaicas parece que
siempre conservan una cierta duplicidad en sus asimilaciones mientras que la
sociedad moderna las toma prácticamente al pie de la letra de la manera más
salvaje” [Cornelius Castoriadis, L´institution imaginaire de la societé]
La
participación de la izquierda política y sindical en este imaginario del
hombre-autómata la ha llevado no solamente a admitir que el contenido mismo del
trabajo provino de una organización “científica”, sino también a adoptar el
proyecto de este modelo de organización que lo extendió a toda la sociedad. Se
sabe que Lenin vio en el taylorismo “un inmenso progreso de la ciencia”, y que
la revolución bolchevique, según él, habría conseguido su objetivo cuando “la
sociedad en su conjunto fuera un solo despacho, un solo taller” (I.V. Lenin, ¿Qué
hacer?] Trentin, por su parte, cita a Gramsci quien afirma que la división
del trabajo industrial hacía sentir al proletariado “la necesidad de que el
mundo entero fuera como una única e inmensa fábrica, organizada con la misma
precisión, el mismo método, el mismo orden que, como constata, es vital en la
fábrica donde trabaja” [A. Gramsci. La settimana política. L´operaio di
fabbrica. L´Ordine nuevo (febrero de 1920)].
Aunque
siempre haya provocado la crítica de los espíritus más lúcidos, esta
fascinación por la racionalización técnica del trabajo ha dominado a la
izquierda desde hace un siglo y ha constituido un zócalo ideológico compartido
con la derecha liberal. Esta convergencia ilustra las actuales bodas del
capitalismo y del post comunismo tanto en China como en la Europa ampliada. Y explica
ampliamente el consenso que rodea la importación a la esfera pública de
técnicas de organización procedentes del . modelo de gestión de las empresas.
Promovida hoy por la escuela llamada new public management, esta
generalización a toda la sociedad de los técnicas industriales de los recursos
humanos ha tomado la forma de una gobernanza de las cifras con la que
comulgan todos los partidos políticos, que no habría sido repudiado por los
teóricos del Gosplan. Esta base ideológica común proyecta un modelo de hombre
descrito por Trentin como “un nuevo sujeto, que es consciente de los límites
que imponen la ´técnica´ y la organización del trabajo y que es capaz de
asumirlas voluntariamente. Que, también por esa misma razón, es capaz de ser
cada vez más consciente y más libre”. Esta evocación nos lleva a pensar en la
figura del trabajador dibujado por Ernst Jünger tras la Primera guerra mundial: un
trabajador, heredero de la gestión industrial de los hombres,
experimentada en las trincheras, y cuya libertad era sacrificarse totalmente
por el Partido o el Mercado [E. Jünger. El trabajador. Tusquets, 1990]
Precisamente
porque no hace un análisis crítico sobre su adhesión a esta cosificación del
trabajo, la izquierda europea no ha hecho creíble el hecho de plantarle cara al
nuevo capitalismo globalizado. Confrontados a la depresión del Estado social,
partidos y sindicatos de izquierda oscilan entre dos actitudes. La primera (la
que se reclama radical) mantiene las redes del análisis de la era industrial
intentando parar el curso de la historia, aferrándose al statu quo o volviendo
a las temáticas revolucionarias de la primera mitad del siglo XX. La segunda
(que domina ampliamente la socialdemocracia europea) es una izquierda paliativa
(como la medicina del mismo nombre) que “acompaña” los cambios dictados por el
capitalismo financiero intentando ablandar los efectos sociales más
devastadores.
Detrás
de esta aparente oposición entre las dos izquierdas, Bruno Trentin
diagnosticaba un misma “debacle”. Cuando estaba en el Parlamento europeo
observaba “el poder de penetración, en un desierto de reflexión cultural, de
las formas más crudas de la ideología neoliberal en el seno de una parte
significativa de la izquierda europea hasta el punto de repetir a veces, de un
modo paródico, el itinerario de los neocons americanos originarios del
Partido demócrata” [B. Trentin en LA LIBERTAD: LA APUESTA DEL CONFLICTO SOCIAL] Trentin siempre combatió
la pseudo radicalidad izquierdista (véase, por ejemplo, su discurso tras el
secuestro de Aldo Moro en el film Buon giorno, notte de Marco
Bellocchio); una radicalidad que no saca ninguna lección de las desastrosas
experiencias del comunismo real, ni de las transformaciones del capitalismo, ni
de la emergencia de lo que la
Constitución de la República Popular
de China llama “la economía comunista de mercado”. De ahí el
confinamiento del discurso político y la zanja, cada vez mayor, que separa a
las clases dirigentes de los problemas y condiciones de vida reales de aquellos
a quienes representan.
Ayuno
de pensamiento político fundamentado, el sentimiento político de injusticia
social es un carburante inestable y explosivo y siempre se encuentra aprendices
de brujo que se ocupan de atizar las brasas de la xenofobia para convertirla en
odio contra el otro. Este peligro de regreso a los furores identitarios es la
principal lección que debería sacarse de las secuelas de la crisis de 1929 y no
podrá ser conjurado mientras la izquierda continúe defendiendo, con la fe de
los nuevos conversos, el dogma de la desaparición de todo límite de la
circulación de las mercancías y capitales, que ella confunde sin duda con la
vieja promesa internacionalista. Pues el reverso de esta libre circulación de
las cosas es la construcción de muros, cada vez más altos, y cada vez más
asesinos de la libre circulación de los hombres, así como la destrucción de sus
medios de subsistencia en el exilio.
Encontrar
el sentido de los límites, los del mercado, pero también los límites
territoriales sin los que no se puede concebir una democracia política,es un
primer paso de lo que Bruno Trentin llama “transformismo”. A diferencia del
reformismo, el transformismo “identifica la política con el arte de la
adaptación a las circunstancias y con el imperativo de la gobernabilidad de la
evolución de las costumbres y la sociedad [B. Trentin. Uscire dal
trasformismo en La libertà viene prima. Editore Riuniti, 2004]. Una
política reformadora debe tener, por el contrario, como primer objetivo la
definición de nuevos derechos que permitan a los ciudadanos enfrentarse a los
problemas concretos a los que se confronta el nuevo modelo del mundo, dentro y
fuera de su vida profesional. Este tipo de política reformadora no puede ser
concebida por los aparatos políticos preocupados por sí mismos cuyo programa es
un medio electoral y no un objetivo a realizar. Este aislamiento de lo
político sólo puede conducir a repetidos fracasos haciendo cada vez más
ingobernable, en la actualidad, tanto la sociedad como la economía. Por ello,
la prioridad para la izquierda, según Trentin, es poner los pies en el suelo
para reanudar la marcha con saberes de la sociedad y con la sociedad misma de
igual manera a como se expresa en la vida asociativa o sindical. No
conduciéndola a callejones sin salida como lo fue la ley francesa de las 35
horas que critica despiadadamente en su último libro La libertà viene prima.
Procedente de una visión anacrónica del mundo del trabajo, esta reforma típicamente
“fordista”, autoritaria y centralista, ignoró los problemas específicos de las
pequeñas empresas, perjudicó a los trabajadores más débiles y acabo por
desposeer a los trabajadores y sus sindicatos de todo control real de la
organización del tiempo real dentro y fuera del trabajo.
Trentin
nos invita, también, a dejar de asimilar el trabajo a una cosa cuantificable (y
fragmentada), a pura energía que –igual que la energía eléctrica-- hace
funcionar un dispositivo técnico cuyo sentido se le escapa al trabajador. Esta
asimilación solamente ofrece como horizonte el empequeñecimiento de la acción
colectiva y ver el fin del trabajo del que sólo se retiene su parte negativa y
alienante; más todavía, esta asimilación no nos deja percibir las formas
contemporáneas de la alienación en el trabajo.
Estas
nuevas formas de alienación en el trabajo han tomado un considerable desarrollo
con la tercera revolución industrial. Desde la Edad Media y la
instalación de relojes astronómicos en las iglesias para la adoración de los
fieles, el desarrollo científico-técnico de Occidente ha tenido diversas formas
en el imaginario social. En el modelo físico del reloj que, desde el siglo
XVIII, llevaba al hombre a verse como una máquina, se añade en el XIX el modelo
biológico de la selección natural que le conduce al darwinismo social y
continúa agrietándose bajo el neoliberalismo y la competencia de todos contra
todos. A estas representaciones, que se no anulan sino que se superponen, se
añade hoy la del hombre programable de la cibernética y la revolución digital.
El hombre-máquina de Tiempos modernos queda reducido a un juego
de fuerzas físicas controlado por el ritmo de la cadena de producción. Su
cuerpo debía adaptarse al modelo del reloj, tan querido por Julien
Offray de La Mettrie.
“Las maniobras sobre las máquinas, observa Simone Weil, alcanzan el ritmo
exigido siempre que los gestos de una segunda cadencia se sucedan de un modo
ininterrumpido, casi como el tic-tac de un reloj, sin que nada marque que una
cosa acaba y otra comienza. Este tic-tac, cuya desolada monotonía no se puede soportar oír durante mucho tiempo, debe
reproducirlo en su cuerpo” [Simone Weil, Expérience de la vie d´usine
(1941)] Según la famosa frase de Taylor a los obreros no se les exige pensar.
Antes al contrario, se les está prohibido y su trabajo queda reducido a una
sucesión de gestos simples y mesurables. La cualificación profesional y sus
misterios deben fundirse en el funcionamiento exotérico y transparente de la
fábrica. (¿Hay que remontarse a la etimología de la palabra ´métier´ --en castellano
antiguo, ´mester´-- que, hasta el siglo XVIII significa ´misterio´, que es como
le denomina Marx en el Libro Primero, Capítulo XV de El Capital?).
En dicho universo industrial, que continúa siendo el de muchos trabajadores en
el mundo (sobre todo en los países emergentes), el trabajo queda reducido a su
más simple expresión de trabajo de bestia de carga.
Ahora hay nuevos riesgos tras la ruptura del pacto fordista y
que con las nuevas formas de organización del trabajo generadas por la
revolución digital precipita a muchos trabajadores a la inseguridad económica.
En el universo fordista el trabajador estaba privado de la experiencia
específicamente humana del trabajo. En él corría el peligro de perder su salud
física y, a veces, su vida, estando expuesto al embrutecimiento, pero no
peligraba su razón. El análisis jurídico permite datar con mucha precisión el
nacimiento y extensión de este nuevo riesgo. Aparece por primera vez en el
código francés del trabajo en 1991 y es en el año 2010 cuando los problemas
mentales y de comportamiento se introdujeron en la lista de enfermedades
profesionales de la OIT.
Los médicos del trabajo, a finales de los noventa, han empezado a informar de
suicidios en las fábricas. Su número ha aumentado en los últimos años, no sólo
en los países occidentales sino también en las empresas de los países
emergentes que importan los mismos métodos, especialmente en China. Un
caso especialmente difundido [además de los tristemente célebres de Télécom
France, JLLB] es el del mayor fabricante mundial de componentes electrónicos,
la empresa Foxconn Technology, subcontratista de Appel, Dell y Nokia, en la que
once jóvenes trabajadores se suicidaron durante el primer semestre de 2010 (Libération,
3 de junio de 2010). Este fenómeno de los suicidios apareció en un
contexto de aumento del estrés y depresiones nerviosas relacionadas con las
condiciones de trabajo.
Estas nuevas formas de deshumanización del trabajo no son una
fatalidad ni el rescate inevitable del progreso técnico. Al contrario, las
nuevas tecnologías de la información pueden ser un formidable instrumento de
liberación del hombre cuando le permiten concentrar las fuerzas de su espíritu
en la parte más creativa de su trabajo, es decir, la más poética en el primer
sentido del término. Pero estas posibilidades son ignoradas cuando se concibe
al trabajador siguiendo el modelo del ordenador como medio de humanizar el
trabajo. Sometido en el tiempo real de la informática, absorbido en una
representación virtual del mundo y evaluado en términos de los indicadores de
rendimiento sin relación con las condiciones de su ejecución, el trabajo no es
la manera esencial de la inscripción del ser humano en la realidad del mundo.
Por el contrario, le bloquea en un sistema de significantes sin significados
que le exige una “capacidad de reacción” sin límites al tiempo que le priva de
toda capacidad de acción real, esto es, de la capacidad de obrar libremente a
la luz de su experiencia profesional y en el seno de una comunidad de trabajo
relacionada con la tarea que debe cumplir. Allá donde el taylorismo puso en
marcha la total subordinación de los trabajadores a una racionalización
que les era externa, tuvo que que construir su programación, es
decir, extender al espíritu aquella disciplina que, hasta entonces, estaba
reservada al cuerpo usando masivamente la disciplina psicotécnica.
La entrevista de evaluación es la más emblemática de estas
nuevas prácticas de las empresas que deben, ante todo, permitir al asalariado
“darle un sentido a su trabajo y entender su lugar en la empresa” y a esta
última “movilizar el mayor compromiso individual como fuente de rendimiento”.
De esta manera, las viejas técnicas religiosas y judiciales se transforman en
secretos de confesión. Pero, allá donde estos secretos significaban el poder
subjetivo de asumir su conducta, la entrevista psicoterapéutica de empresa se
convierte en una “señal de consentimiento de los sujetos de su desapropiación”
[Marcel Gauchet, La
Pratique de l´esprit humaine]
Asimilar los hombres a las cosas –a un “capital
humano” para emplear una noción lanzada por Stalin antes de ser
popularizada por la ciencia económica contemporánea— es cualquier cosas
menos realista, y es el principio de la realidad el que trágicamente retorna
cuando se suicidan aquellos que son tratados como máquinas programables. El
mensaje de Trentin, invitando a situar el trabajo en el corazón de la política
de izquierdas y la libertad en el centro del trabajo, no debe entenderse sólo
como un llamamiento a la justicia sino tal vez (y, sobre todo) como un toque de
atención a la razón y al buen sentido. Pues el mundo real no está en este mundo
plano, donde estarían abolidas las diferencias entre los hombres, los animales
y las cosas; un mundo imaginado hace medio siglo por la cibernética que hoy han
anunciado los profetas de la globalización. La experiencia nos enseña que este
aplanamiento, perseguido fervorosamente en Occidente desde hace un siglo, acaba
finalmente encontrando su límite catastrófico.
Ya que las lecciones que se pueden sacar en este sentido del
colapso de los totalitarismos del siglo XX parecen haber sido olvidadas,
deberíamos prestar atención a las más cercanas: las que nos inflinge la crisis
financiera de 2008. Su punto de partida fue la desregulación de las técnicas de
titulación. Desde el punto de vista jurídico, estas técnicas descansan siempre
sobre lo que se llama asignación de deuda y que, más exactamente, podríamos
denominar asignación de confianza: la creencia en la solvencia del deudor y en el
reglamento del crédito a plazos. Ciertamente, esta confianza tiene una fuerte
componente personal: está obligada a tomar en consideración a los hombres en su
singularidad y no solo las cosas en su dimensión monetaria. Esta dimensión
personal es la que se ha empleado para hacerla desaparecer, substituyéndola en
el lugar de la confianza por una evolución estadística de los riesgos por
agregación de los buenos y malos créditos. La desregulación de las técnicas de
titulación había sido defendida por ciertos juristas con motivo de que “la
objetivación de la obligación permite precisamente organizar la explotación
como si se tratase de un bien, lo que le permite optimizar su valor, todo ello
en un cuadro jurídico seguro pues responde más a las reglas de la mecánica que
a las de las inciertas consideraciones de la psicología” [Laurent Aynès y
Phillippe Stoffel-Munck en Droit et Patrimoine, Octubre 2005] La
seguridad que promete esta “mecanización” no se ha presentado a la cita:
carente de salvaguardias, la confusión de los lazos personales y de bienes
negociables ha construido un Himalaya de falsa moneda que nuestros gobernantes
han transformado en poco tiempo en un abismo de deudas públicas. Esta
cosificación (reificación) de los bienes personales ha alcanzado finalmente
su límite catastrófico. El principio de realidad (1) debería hacer que la
izquierda política volviera a la evidencia sobre la que siempre se batió el
derecho del trabajo: las personas no son cosas y no se les puede tratar
impunemente como tales.
La cosificación del trabajo, que es el crisol de esta
cosificación más general de las personas, debe acabar. De ahí que el concepto
trabajo se haya convertido en la cuestión central del pensamiento de Bruno
Trentin. A quienes denuncian, de antemano, como una traición del legado del
movimiento obrero toda reforma del estatuto del trabajo heredado de la era
industrial, convendría la advertencia de Marx: la generalización a toda la
sociedad de aquellos modos del gobierno de las personas que están en vigor en las
fábricas pone una cuestión de vida o muerte. Convendría añadir, más todavía,
que esta ruptura no debe ser escuchada sólo por los partidos políticos; debe
poner en marcha una profunda renovación de la democracia a través de los
saberes de la sociedad misma.
“¿Cómo salir de la hegemonía transformista y de lo que lleva
peligro de convertirse en un reformismo sin reformas? Naturalmente, trabajando
para construir y volver a legitimar un nuevo sujeto unitario de la izquierda
que pueda contribuir a redefinir una orientación federalista en Italia y Europa
de las fuerzas de centro-izquierda. Al mismo tiempo, intentando darle a ese
sujeto político la fuerza de un ambicioso programa de grandes propuestas
reformadoras. Todo ello buscando un consenso y una contribución crítica, no
solamente en los partidos políticos sino también entre todas las expresiones
argumentadas de la sociedad civil. Teniendo en cuenta no sólo sus
problemas, sino también la manera de entenderlos y vivirlos, sin la arrogancia
de quienes se sienten, en todas las circunstancias, predestinados al gobierno
del país” [Bruno Trentin, La libertà viene prima, página 133]
- Principio de realidad: uno de los dos
principios que, según Freud, rigen el funcionamiento mental. Forma un par
con el principio del placer, al cual modifica: en la medida en que logra
imponerse como principio regulador, la búsqueda de la satisfacción ya no
se efectúa por los caminos más cortos, sino mediante rodeos, y aplaza su
resultado en función de las condiciones impuestas por el mundo
exterior.
Considerado desde el punto de vista económico, el principio de realidad corresponde a una transformación de la energía libre en energía ligada; desde el punto de vista tópico, caracteriza esencialmente el sistema preconsciente-consciente; desde el punto de vista dinámico, el psicoanálisis intenta basar el principio de realidad sobre cierto tipo de energía pulsional que se hallaría más especialmente al servicio del yo.
Traducción de JLLB, subvencionada por la Escuela de Traductores de
Parapanda.


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