martes 27 de septiembre de 2011

EL PACTO POR EL EMPLEO



Ignacio Fernández Toxo ha puesto encima de la mesa una propuesta de enorme calado: el Pacto por el Empleo. Su objetivo es abordar el principal problema que tenemos, el desempleo de masas que en algunos sectores puede ser irreversible, cuya pista de solución gradual debe ser mediante un acuerdo que esté a la altura de la gravedad de dicho problema. Se trata de una propuesta de difícil (aunque no imposible) abordaje porque, al margen del sindicalismo confederal, no parece que nadie esté realmente interesado en la propuesta. Da grima que, hasta la presente, ninguna de las fuerzas políticas (de babor y estribor) hayan dicho ni mú ante la iniciativa del primer dirigente de Comisiones Obreras. Sorprendente es el mutismo de las izquierdas. Si algún candidato a las próximas elecciones ha dicho algo al respecto, me callo y le presento mis disculpas; en caso contrario deberían pensar que todavía están a tiempo de proponer lo que estimen conveniente.


La propuesta de Toxo, que es para el ahora mismo, tiene un primer desafío: configurar la literatura general y concreta de sus contenidos. El sólo enunciado no es, ni siquiera, una condición necesaria. Lo son –me excuso por la reiteración obvia-- los contenidos concretos. Que deben configurar, a mi entender, un articulado de planteamientos compatibles entre sí y, por lo tanto, estableciendo los vínculos entre los unos y los otros. Es decir, todas las variables que conforman el polinomio del pacto, incluidos los mecanismos de control itinerante de lo pactado.


Soy del parecer que mientras no aparezca articulación orgánica no existirá banderín de enganche así en el interior del sindicalismo confederal como hacia el resto de los sujetos sociales, políticos e institucionales. Así pues, lo urgente es pasar de la publicidad a la concreción motivada de esa propuesta. Téngase en cuenta que el mismo Toxo, tiempo ha, formuló una iniciativa similar cuando formuló el Pacto de Estado contra la crisis que también recibió una callada respuesta por parte de los romanos y los cartagineses. Sin embargo, la oferta de Toxo no estuvo acompañada de las necesarias concreciones, de lo que podríamos denominar proyecto orgánico. La posibilidad de que se abra paso la idea de Toxo guardará una relación directamente proporcional a la capacidad de concreción, al tránsito de la publicística a la fisicidad de su concreción. Sólo de esa manera, además, podrá concitar un respaldo de toda la familia sindical, capaz de distinguir que la cosa va en serio. Vamos, que no es un brindis al Sol.


Ponerse en serio querría decir, entre otras cosas, anunciar solemnemente que se ha creado el grupo de elaboración del proyecto. Que, en el reglamento de ese grupo, está la publicación de sus debates. Que se ha previsto, en definitiva, un itinerario de relación (información y debate) con todas las estructuras de la familia confederal.

ALEMANIA, FRANCIA, DINAMARCA, LETONIA ...




Las izquierdas están cosechando éxitos indudables en diversas contiendas electorales en las últimas semanas; sería insensato no ver los buenos resultados obtenidos en Dinamarca y Alemania, en Francia y Letonia. Primera conclusión provisional: algo se mueve en nuestro patio de vecindones. Quien no lo vea tiene unas portentosas legañas en los ojos. ¿Qué yo estoy echando las campanas al vuelo? Anda ya. Lo que no haré es minusvalorar –y, mucho menos, ignorar— lo que se está moviendo.


En el alma de la izquierda hay una tradicional patología: el sufrimiento compulsivo de su ciudad dormitorio. Se trata de un pathos enfermizo que le impide ver y, por tanto, analizar las novedades que surgen. Esa forma de ser de la gauche qui pleure es una desgraciada seña de identidad relativamente moderna. En cierta medida es, tal vez, un modo patriochiquero de ver las cosas: posiblemente es una visión de campanario.


Veamos, ¿debo seguir llorando como una Magdalena tras las nuevas enseñanzas que nos vienen de Alemania y Dinamarca, Francia y Letonia? ¿O debo brindar moderadamente por tales resultados? ¿Tengo que seguir haciendo pucheros o debo cavilar sobre esas buenas noticias? ¿Debo sumirme en aquel estado de ánimo sobre el que ya alertó Dante: “no hay mayor dolor que recordar el tiempo pasado estando en la miseria”? ¿O, por el contrario, asumir que, estando nosotros como estamos aquí en nuestra casa, necesito razonar sabiendo que, en el patio de vecinos, algo parece que va cambiando?


Por otra parte, ese estado de ánimo chuchurrío, que quiere decir mustio, tiene un efecto contagioso sobre las considerables bolsas de la izquierda submergida, porque no es capaz de transmitirle las señales de la necesidad de cambiar las cosas. Por ejemplo, si la izquierda que llora no observa las nuevas relaciones que se han establecido en Francia y Dinamarca, Alemania y Letonia será incapaz de movilizar esas amplias bolsas de abstención.


No me resigno a un desahogo personal. Tras la oceánica manifestación barcelonesa del famoso 14 de diciembre de 1988, el día de la gran huelga general y ciudadana, tuvimos que ir andando desde el centro de la ciudad a la periferia. Yo vivía en aquellos tiempos en La Sagrera: total que nos dimos una buena caminata. Mi vecino de escalera J* me dijo al despedirnos: “Lo que pasa es que nos falta unidad”. Sin pensármelo dos veces le espeté: “Tú eres un zanguango”. Me porté poco educadamente, pero el sujeto se lo merecía porque quería tener legañas en los ojos.


Que no está chupao el asunto, lo sé. Pero también soy del parecer de la enseñanza de aquel griego, Arquílaco, que afirmó: “Nada curo llorando…”, como reza el lema de este blog.

viernes 23 de septiembre de 2011

ITALIA EN ACCIÓN: Una exclusiva de Gianni Bombaci



He esperado un poco antes de escribir estas breves notas, aguardando las movilizaciones e iniciativas de lucha realizadas (y futuras) de la CGIL. El escenario de finales de agosto y principios de setiembre ha sido bastante variable y “movido”, lo que dificulta hacer una completa lectura. Hasta hace pocos días no estaban claros los contenidos de la “manovra” de los Presupuestos, que había sido cambiada por lo menos cuatro veces: contradicciones internas en la mayoría, populismo, trucos en el presupuesto, extremismo en las algunas medidas, inserción arbitraria en la manovra de algunas partes que son extrañas a los problemas del Presupuesto han sido las causas principales de esta confusión y sus diversas reelaboraciones (1).


Las acciones que ha decidido la CGIL y la huelga general del 6 de septiembre han tenido no sólo un éxito más allá de lo esperado, también han contribuido a determinar las pocas novedades de la manovra presupuestaria, tales como las relativas a la decimotercera mensualidad de los empleados públicos y a las festividades civiles (25 de Abril, fiesta de la Liberación del nazifascismo, Primero de Mayo y 2 de Junio, fiesta de la República) que de manera odiosa se pretendía suprimir.


Las manifiestaciones que han acompañado la huelga han registrado una presencia extraordinaria, no vista en los cortejos y las calles desde hace por lo menos veinte años, de jóvenes, mujeres, pensionistas y también de un gran número de asociaciones, alcaldes, administradores de los Entes locales y representantes de las fuerzas políticas. Todo ello prueba que la CGIL no sólo no ha aparecido aislada en esta fase sino que ha visto crecer a su alrededor un nuevo esfuerzo y nuevos apoyos. Un viento nuevo, ésta es mi impresión, recorre el país. Existe una consciencia cada vez más extendida de que la manovra no sólo es profundamente inicua e irresponsable sino inútil como es ha acabado agudizando la pesadísima crisis económica y presupuestaria italiana. Es incapaz de diseñar políticas estructurales de desarrollo y crecimiento, y continúa golpeando a los trabajadores dependendientes y a los pensionistas, empeorando las perspectivas de empleo, del Sur del país, de los servicios públicos y el Estado de bienestar. Lo que a la CGIL le espanta es que, durante este año, se haga una ulterior “manovra” que corrija a peor la actual.


Tras la huelga general, el Gobierno cambia a peor la manovra económica: el iva pasa del 20 al 21 por ciento con el consecuente y previsible aumento de los precios y la inflación, mediante otro golpe a los consumos y otro freno al crecimiento del país atacando las rentas más bajas. Otro golpe a las pensiones y a las mujeres: la edad de jubilación de las mujeres aumentará a partir de 2014 y no de 2016. Se trastoca el sistema público de pensiones a través de medidas duras al universo de las mujeres. Es en conjunto una mofa: se introduce una supertasa del 3 por ciento sobre las rentas superiores a los 300.000 euros al año: una medida ineficaz, demoagógica y embustera, pues téngase en cuenta que en Italia son poquísimos los que declaran más de esa cifra al año.


La CGIL no está a la espera ni a enrocarse en el sí o no a los diversas decisiones de la mayoría del Gobierno. Ha avanzado sus propias propuestas para evitar la recesión económica y el declive civil del país mediante: un plan estructural de lucha contra la evasión fiscal; un impuesto extraordinario sobre los grandes inmuebles y un ordinario sobre las grandes fortunas; hacer pagar a los que nunca lo han hecho y a los que nunca pagan; reducir a la mitad el número de parlamentarios y una reorganización de las instituciones públicas; calificar los servicios públicos; valorizar el patrimonio público; defender las iniciativas y la autonomía contractual del sindicalismo; y tutelar los derechos de los minusválidos.


Las propuestas de la CGIL son serias, factibles y orientadas al reequilibrio de las cuentas públicas, capaces de relanzar el crecimiento, el desarrollo y el empleo. Son las propuestas de un sindicato responsable con el país, las trabajadoras y los trabajadores que miran el conjuunto de los intereses generales.


Con este objetivo, la CGIL se mueve ahora con los firmes pilares de la acción sindical. Continuidad de la movilización en la calle, recursos legales sobre algunos aspectos puntuales de la “manovra”, de evidente inconstitucionalidad, como la contribución de “solidaridad” previsto sólo para los empleados públicos, el todavía más odioso de la “tasa de las remesas de los inmigrantes” a las propias familias. Esta es una norma que ha querido la Lega de Bossi para dañar a los trabajadores inmigrantes que están en Italia, el han introducido en el artículo 9 de la “manovra” que presupone auténticos y reales guetos para las personas minusválidas, poniendo discriminaciones inaceptables e inciviles entre los trabajadores normadotados y los discapacitados.


En fin, entre la preparación de los recursos judiciales está la batalla contra el artículo 8 de la manovra. Es una disposición subversiva que tiene que ser suprimida antes que desquicie los principios que regulan los contratos de trabajo en Italia, mediante la previsión de excepciones, que habían sido pactadas con los sindicatos territoriales y sus contrapartes empresariales, enm los convenios colectivos y en las mismas leyes del Estado. CSIL y UIL han declarado que nunca se aprovecharán de este instrumento; pero ello, obviamente, no basta. Es inadmisible que se pueda aceptar un régimen que pueda violar las mismas leyes del Estado a partir del Estatuto de los Trabajadores (Statuto dei lavoratori).


Ahora están previstas tres citas de relieve: el sábado 15 de Octubre con una gran manifestación nacional en Roma de los empleados públicos, el profesorado de toda la enseñanza (incluido el universitario y la investigación); a primeros de noviembre una gran iniciativa de los jubilados contra todas las normas de la “manovra” que recortan las pensiones, los servicios socio-asistenciales y sanitarios; y a finales de año se realizará una gran manifestación nacional que tendrá como eje central el trabajo, el crecimiento y la salida de la crisis.


Por lo demás, hay otros dos aspectos que quiero comentar sumariamente. El primero es el cuadro político. Las conocidas (ahora, sí) maneras de este Gobierno y (todavía más) de su presidente, Berlusconi, están minando más que nunca la cada vez mayor falta de credibilidad de nuestro país y de nuestro futuro, particularmente en el exterior y también de los invocados mercados.


Para evitar que el euro y la Unión Europea (o lo que queda de ella) se desvanezcan en la nada, con impactos imprevisibles y desastrosos en la situación concreta de la ciudadanía y de los trabajadores, se necesitan actos concretos. Hoy, a pesar de las enormes dificultades e incertidumbres –y, no obstante, los intentos por parte de los Gobiernos en la defensa desde el primero hasta el último sus propios intereses nacionales— la urgencia de salvar el euro hace ganar cada vez más terreno a los temas de la emisión de eurobonos y la creación de una unión fiscal y política a partir de los países de la eurozona.


Desde Berlín a París empiezan a surgir indicaciones bastante claras con la voluntad de acelerar el proceso de unificación fiscal, económica y política. Hay quien piensa en diseñar un nuevo Tratado, paralelo al de Lisboa, entre los países que comparten el euro. El resto pertenece a la deriva intergubernamental, a la humillación del principio de la legitimidad democrática y a la marginalización o exclusión de países como Italia, aunque no sólo.



(1) La expresión “manovra” (un neologismo italiano) no admite una traducción fácil en la sintaxis parlamentaria española. Lo más cercano sería decreto del conjunto de medidas presupuestarias o de financiación (N. del E.)

domingo 18 de septiembre de 2011

200 AÑOS DE COMPROMISO SINDICAL EUROPEO








Nota previa. He aquí el texto, que se publicará en diversas entregas, de la charla que pronunciaré en la Universidad de Zaragoza los días 18 y 19 de Octubre. Su publicación ha sido autorizada por los organizadores: Comisiones Obreras de Aragón.




Primeras aclaraciones.


Antes de entrar en materia quiero aclarar algo que me parece de interés. No voy a hacer un desarrollo histórico del sindicalismo porque no tengo las herramientas académicas y porque, en realidad, tampoco es mi papel. Lo que me propongo en esta conversación es plantearos una serie de reflexiones sobre los momentos más llamativos que, a mi entender, se han dado en todo ese largo proceso del movimiento de los trabajadores y del sindicalismo, como sujeto organizado. Los momentos más llamativos serían esas situaciones de corrimientos tectónicos que, eso sí, han tenido una importancia considerable. Por poner, de momento, un ejemplo: la gran autorreforma que
Joan Peiró, el gran dirigente anarcosindicalista catalán, se propuso y llevó a cabo trasladando la organización por oficios a las Federaciones de Industria. Este es un momento que, por su trascendencia, podríamos denominar tectónico.


Me propongo dividir esta conversación en dos grandes apartados. El primero trataría del siglo XIX, concretamente del sindicalismo europeo que prácticamente era el único realmente existente. La segunda parte versaría sobre la continuación de aquellos andares decimonónicos hasta nuestros días. Lo que no quiere decir que, en nuestra posterior conversación y debate, dediquemos –si os parece bien— un tiempo especial a las preocupaciones de hoy, de nuestros días, vale decir, al papel del sindicalismo en esta fase de innovación-reestructuración de toda la economía en el contexto de la globalización.


Una última aclaración previa: creo que los historiadores deberían revisar sus categorías de investigación sobre el movimiento obrero. Hasta la presente, salvo muy honrosas (aunque escasas) excepciones esta historiografía se ha caracterizado por analizar la vida y milagros de ese movimiento como si fuera una vida paralela a la de sus contrapartes; incluso las biografías de los grandes padres del movimiento de los trabajadores se han presentado, por lo general, escindidas de la biografía de sus oponentes, los patronos. Es como si el relato de la vida de Kasparov, el gran campeón del ajedrez, obviara la de sus contrincantes o no aludiera pormenorizadamente al desarrollo de tal o cual partida. Pues bien, a lo largo de mi intervención procuraré no caer en esa limitación. Pero el resultado no será todo lo bueno que sería menester. Mis limitaciones aparecerán en toda su crudeza, y ya de entrada pido benevolencia.



Primer tranco.



Lord Mansfield, presidente del Tribunal Supremo del Reino Unido, declaró en el último tercio del siglo XVIII que los sindicatos “son conspiraciones criminales inherentemente y sin necesidad de que sus miembros lleven a cabo ninguna acción ilegal”. La acusación de este magistrado, que será recurrente en toda la literatura liberal de la época, es que tales asociaciones intentan alterar el precio de las cosas, es decir, mejorar los salarios. Es el constructo jurídico que recorre el siglo XVIII, quedando sancionado por la Ley General de 1799, que prohibía taxativamente cualquier tipo de asociación, y que bajo diversas situaciones (de durísima represión) estuvo vigente en aquellas tierras hasta la década de 1870. Más allá de esta brutalidad, podemos sacar dos conclusiones. 1) Durante el siglo XVIII existen ya movimientos societarios en Inglaterra, asociaciones protosindicales de autodefensa, considerados como enemigos por parte de los poderes económicos y la coalescencia de éstos con la Magistratura. 2) La brutalidad de Lord Mansfield es el resultado de la derrota del Derecho de las corporaciones artesanas por el Derecho de las corporaciones mercantiles que, tras adquirir sólidamente el dominio de las relaciones económicas, desemboca en el territorio de las relaciones de producción, apoyadas con la fuerza coercitiva de los poderes públicos. De ahí que un lúcido
Karl Polanyi afirmara: “en lugar de que la economía se incorpore a las relaciones sociales, éstas se incorporan al sistema económico” [La gran transformación, en Fondo de Cultura Económica, 2003]


Estamos hablando de una gigantesca mutación de época, especialmente referida a los procesos de innovación tecnológica, que es el baricentro del desarrollo industrial a gran escala. Sus hitos más significativos son: en el año 1764 se crea la primera máquina de hilar; en 1769 la hiladora impulsada por fuerza hidráulica; 1776 Máquina de vapor como propulsor del fuelle de altos hornos que fue definida posteriormente por Marx como el agente principal de la gran industria pues en un abrir y cerrar de ojos se aplica a todo tipo de industrias; en 1785 el primer telar mecánico. La aparición del ferrocarril mejora las comunicaciones y, perdón por el esquematismo, es a aquellas épocas lo que Internet es a la nuestra. Las consecuencias de todo ello fueron, grosso modo: un aumento espectacular de la producción y la productividad, mediante la aplicación de las constantes innovaciones al proceso productivo; el crecimiento incesante y auto sostenido de la economía que provocará el modelo capitalista basado en la plusvalía. Lo que se ve favorecido por la ausencia de controles y de organizaciones que hagan de contrapeso. La consecuencia en las clases trabajadoras es dramática: condiciones infrahumanas de trabajo y vida, amplias masas en desempleo. Un epifenómeno que se dio en llamar el pauperismo. De todo ello Engels dejó escrito, a sus veintidós años, uno de los textos más emblemáticos del siglo XIX: La situación de la clase obrera en Inglaterra. De todo ello dará cuenta, en el terreno de la novela, Charles Dickens.


En la segunda década del siglo XIX, tras el final de las guerras napoleónicas –una época de hambrunas y desempleo crónico— se produce un acontecimiento dramático en Saint Peter´s Field, Manchester, concretamente el 16 de julio de 1819: unas ochenta mil personas se manifiestan pacíficamente en exigencia de mejores condiciones de vida y una reforma de la ley electoral y del Parlamento. La caballería cargó, sables desnudos en mano, contra la multitud: murieron 15 trabajadores y fueron heridos gravemente varios centenares. El historiador Robert Pool lo llamó la Masacre de Peterloo en negra alusión a la batalla de Waterloo. Retengamos el vínculo que establecieron aquellas organizaciones convocantes entre, de un lado, mejoras económicas y condiciones de vida y, de otro, la reforma política. Digamos, pues, que es un punto de referencia a las grandes movilizaciones, más tarde hablaremos de ello, de los Cartistas.


Existe información abundante, muy en particular la que recopilaron Sindey y
Beatrice Webb, que nos habla minuciosamente de los primeros andares de aquellas coaliciones de oficio y categoría a lo largo y ancho del Reino Unido. Y de las argucias de nuestros abuelos de aquellos tiempos: se reunían en la taberna (hous of call, que fue toda una institución del protosindicalismo británico) “para tomarse juntos una pinta de cerveza negra en una fiesta” y terminar hablando de sus problemas de todo tipo, según nos relata el mismísimo Adam Smith. Estas hous of call eran no sólo centros de organización sino también el lugar donde acudían los patronos para establecer las negociaciones, contratar a los trabajadores e incluso fundaciones benéficas y asistenciales.


Una gran parte de la historiografía insiste en el carácter localista de este asociacionismo. Ahora bien, vale la pena estar al tanto de todos los datos: si bien es cierto que el carácter local era lo que primaba, también es verdad que habían construido un sofisticado mecanismo de fondos de asistencia que atravesaba una considerable parte del Reino Unido. Este fondo común era un instrumento de solidaridad y socorro tanto a los miembros locales como a quienes de desplazaban a otros lugares en busca de trabajo, los “trabajadores errantes” (tramps): era la tramping society, estructurada por oficios, o –como diríamos en nuestros tiempos-- federaciones.


Junto a esos primeras sedes, las hous of call, donde nuestros abuelos estaban, por así decirlo, de prestado habían otras sedes –éstas de carácter estable— como la chapel (capilla) donde se reunían los tipógrafos. Era una organización informal presidida por un “padre”; sus miembros eran los brothers (hermanos) –nombre que todavía se utiliza para llamarse entre sí, de la misma manera que nosotros nos decimos “compañeros”. Se habrá notado el sentido religioso –no equivalente a clerical— de toda esa nomenclatura británica. Pero, a mi entender, ese sentido religioso, incluida la simbología de los estandartes y pendones por oficios era más bien una herencia de los gremios. Me permito un paréntesis y un salto en el tiempo: la historiadora norteamericana Temma Kaplan en su libro “Ciudad roja, periodo azul” (Península, 2003), referido a la Barcelona desde finales del siglo XIX hasta la guerra civil, dice notar una influencia religiosa en el itinerario de las manifestaciones obreras porque seguían el mismo recorrido que las procesiones de la Iglesia. Me permito ver las cosas de otra manera: si es lógico que el culto religioso hiciera sus liturgias públicas en el corazón de la city, no veo la razón de que el movimiento obrero se desplazara a la periferia, es de cajón que lo hacía en el centro de la ciudad como una exhibición de poder. Cierro el paréntesis.


De lo que hemos dicho hasta ahora se desprende ya el primer movimiento tectónico: el asociacionismo como elemento fundante de ese compromiso sindical desde hace doscientos años. Es un movimiento radicalmente nuevo que afilia a quienes voluntariamente se inscriben en él. Ya no se trata de movimientos compulsivos de composición genéricamente popular: es un corpus con vocación de estabilidad, trascendencia y sentido. Más todavía, el conflicto social que se origina es una disputa –de momento, tal vez, no suficientemente consciente-- de poderes para determinar los salarios y las condiciones de trabajo. Digamos, pues, que ese hecho societario nada tiene que ver con los viejos gremios, estructurados vertical y obligatoriamente, cuyos miembros son los dueños de los talleres. Es, por lo tanto, el primer hecho moderno del movimiento de los desposeídos. En resumidas cuentas, el asociacionismo y el ejercicio del conflicto social (no sólo ilegal sino perseguido sanguinariamente) es la expresión de la alteridad de aquellos primeros movimientos del que el sindicalismo confederal de nuestros días es su heredero.


Interesa traer a colación el carácter extrovertido de aquellos movimientos societarios de los trabajadores. Esto es, su relación con la cultura en sus más variadas expresiones: el teatro y los deportes, por ejemplo. Fundaron centenares de grupos teatrales de gran calidad, organizaron los primeros equipos de fútbol (algunos como el Arsenal, por ejemplo) y un sin fin de actividades. Vale la pena recordar la potente influencia manchesteriana en la ciudad de Terrassa como fruto de la presencia de los oficiales tejedores ingleses en esa ciudad catalana, que venían –digámoslo así— como monitores a nuestras fábricas textiles. Explica Tristam Hunt en su notable biografía de Friedrich Engels, El gentleman comunista (Anagrama, 2011), que me permito recomendar muy de veras, los actos culturales semanales en diversos clubs obreros de Manchester, llamada Algodonópolis en las crónicas de la época, con la presencia de importantes científicos de todas las disciplinas del saber. La expresión más sofisticadamente grandiosa fueron las Halls of Science, fundadas por los seguidores de Robert Owen, el socialista utópico. En una de ellas se reunían tres mil personas, tal como lo estáis oyendo, para escuchar a los oradores y, cada cual con su pinta de cerveza (siempre dicen los comentaristas que era negra) y, de paso, comentar las obras de los grandes poetas. Relata Engels que “a Byron y Shelley los leen exclusivamente las clases bajas; ninguna persona “respetable” podría, sin caer en el más tremendo descrédito tener en su escritorio las obras de Shelley”.


Es, por supuesto, un anticipo de lo que tendremos en España con la amplia red de ateneos obreros y masas corales, que organizaron nuestros abuelos catalanes anarcosindicalistas. Y de aquí podríamos sacar esta consideración: el buen uso social del tiempo libre, precisamente en aquellas épocas de extremada duración de los tiempos de trabajo. Dejo para otra ocasión algo que me inquieta: la colonización del tiempo libre, ahora entre nosotros, por la banalidad y la escasa relación colectiva de los trabajadores con la cultura.


No me detendré en la experiencia del ludismo. Fue, aunque muy estridente y contagiosa, de vida efímera, también en España que contó con dos sucesos: los incendios en Alcoi 1821 y en la fábrica Bonaplata de Barcelona, agosto de 1835. Hubo, también, otras acciones ludistas en Francia, Bélgica y Alemania pero, ya ha quedado dicho, tuvieron una vida fugaz. Se trató de una experiencia que no dejó huella en la acción del movimiento obrero y sindical. Cuestión diferente fue el cartismo.


La Asociación de Trabajadores de Londres, creada en 1836, fue la clave de bóveda de la gestación del movimiento cartista que, desde sus inicios, se procuró una eficaz política de alianzas, concitando el apoyo de algunos parlamentarios radicales. Creó el reputado periódico The Northern Star, que con una gran tirada, se convierte en la primera publicación del movimiento obrero organizado europeo y mundial. Les chansons de geste cuentan que quienes sabían leer se los leían a quienes no sabían. Lo que nos recuerda las posteriores andanzas de nuestro Anselmo Lorenzo por los cortijos andaluces. El movimiento cartista recupera, como hemos dicho antes, la experiencia que convocó a los manifestantes de Peterloo: el vínculo entre las reformas políticas y la mejora de las condiciones de trabajo y de vida. Fue un potente movimiento de masas en el sentido más lato de la palabra. Las reivindicaciones de signo político fueron, grosso modo, éstas:


Sufragio universal (a los hombres mayores de 21 años, cuerdos y sin antecedentes penales).
Voto secreto.
Sueldo anual para los diputados que posibilitase a los trabajadores el ejercicio de la política.
Reunión anual del parlamento, que aunque pudiera generar inestabilidad, evitaría el soborno.
La participación de los obreros en el Parlamento mediante la abolición del requisito de propiedad para asistir al mismo.
Establecimiento de circunscripciones iguales, que aseguren la misma representación al mismo número de votantes.


Estamos, como puede verse, ante unas exigencias maduras que indican que aquel movimiento heterogéneo del cartismo no sólo no es indiferente al cuadro político-institucional sino activo y beligerante. La influencia de esas gigantescas movilizaciones durante los diez años de efervescencia cartista: huelgas generales, gigantescas manifestaciones portando enormes cofres con las firmas de los trabajadores. Estamos hablando de una influencia de largo recorrido, a pesar de su derrota formal, no sólo en el Reino Unido y el resto de los países de su imperio sino también en el Continente. Derrota formal, digo. Porque acaba con el movimiento y con una parte de sus dirigentes encarcelados y deportados a Australia. Pero ello no impide que las secuelas de esa acción colectiva propicien en breve tiempo la promulgación de algunas leyes sociales (la jornada de diez horas, sobre el trabajo infantil, salud e higiene y la Ley inglesa de 1875, bajo el gobierno conservador (thory) de Disraelí que se consideró en su día como la afirmación de los valores democráticos frente a la opinión de los jueces tipo Mansfield. Esa ley sanciona que ni el sindicato ni el conflicto social eran ya “conspiraciones criminales”. La importancia de las disposiciones legales, en la década de los setenta, ha quedado expuesta por el historiador inglés G.F.H. Cole cuando afirma que “con todo fue el periodo más activo de todo el siglo XIX en lo referente a la legislación social” en su obra magna “Historia del pensamiento socialista”.










jueves 15 de septiembre de 2011

LA ZAHÚRDA DEL FRAUDE FISCAL




Por supuesto, la exigencia de una reforma fiscal es fundamental. Primero, por los principios de equidad; segundo, porque de ahí sale también el “forraje” para sufragar el Estado de bienestar. Esta es una batalla que, sin embargo, tiene una manifiesta discontinuidad pero, a mi entender, nunca fue un permanente hilo conductor (al menos de manera visible) en la línea de conducta de las izquierdas sociales y políticas. Presento mis disculpas, es como el Ave Fénix. Ahora todos estamos pendientes si el cántaro va a ir a la fuente con esa imposición a las fortunas de “los ricos”.


Sin embargo, todavía es más rara la exigencia de lucha contra el fraude fiscal. Hasta donde me llega la memoria, ni siquiera en el Parlamento ha preguntado a cuánto asciende el caballuno agujero del fraude fiscal. Por el amor de dios, no seamos tan zanguangos.


No me resisto a un desahogo que les pondrá los pelos de punta. Lo diré precavidamente, no sea que algunos quisquillosos me empapelen. Al grano: una tienda de cierta gran capital española, dedicada a la venta de togas y puñetas, cuando entrega tan señaladas prendas a los éforos de las distintas provincias de ese saber académico, pregunta al cliente: “¿Con o sin iva?”. No hace falta decir que se trata de una pregunta retórica.
Naturalmente, tales sisas son el chocolate del loro, pero ahí queda –queda ahí— la relación mercantil entre el eforazgo y el tendero.


miércoles 14 de septiembre de 2011

SOBRE LOS LIBERADOS SINDICALES

Hay una ofensiva en toda la regla contra lo que se ha dado en llamar los “liberados sindicales”. Esta ofensiva tiene dos caras: una, de signo claramente autoritario; otra, que expresaría una tolerancia hacia tales cargos en clave de fastidio. La primera viene de quienes han fracasado en su reiterada intentona de convertir al sindicalismo en un sujeto subalterno. La segunda se expresa de manera bífida: no osan maldecir el sindicalismo en público, aunque en corrillos de allegados lo ponen como un pingo.


En mi modesto entender nunca el sindicalismo explicó razonadamente las razones de contar con una red amplia de los llamados liberados. Los sobreentendidos motivos parecen ser la noble aspiración a ser más fuertes, esto es, tener más instrumentos para la acción colectiva. No tengo dudas de que se trata de una explicación con fundamento. Pero se trataría de una argumentación necesaria, aunque no suficiente. Así pues, creo llegado el momento (aunque con mucho retraso) de pararse a pensar en la cuestión y proponer una justificación seria. El objetivo de este ejercicio de redacción no es otro que sugerir pistas y, ¿por qué no? un nuevo enfoque.


Lo primero: es muy difícil convencer a la derecha cavernosa de la necesidad y utilidad del sindicalismo, a no ser que se proponga un asociacionismo vicario de sus intereses. Cuando la praxis sindical expresa subalternidad, no hay problemas: se entiende que es un sujeto cooptado. Pero si ejerce su alteridad, a través de su independencia y autonomía, siempre se está añorando los tiempos en que Lord Mansfield, presidente del Tribunal Supremo del Reino Unido, declaró en el último tercio del siglo XVIII que los sindicatos “son conspiraciones criminales inherentemente y sin necesidad de que sus miembros lleven a cabo ninguna acción ilegal”. Ahora bien, que sea prácticamente imposible convencer a la caverna de la necesidad del hecho sindical no impide que el sindicalismo explique al público pacientemente su razón de existir y las consecuencias (en este caso, organizativas) de todo ello.


Yendo por lo derecho: la actividad sindical tiene la intención de tutelar, y tutela, al conjunto asalariado. Una actividad que se concreta en la dedicación militante de miles de personas.


Que, en los centros de trabajo privados y públicos, adquiere fisicidad con toda una serie de propuestas cotidianas así en el universo de la organización del trabajo como en la cuestión salarial. Por extensión, todo ello conlleva una mejora de la economía de cada país. ¿Cómo se compensaría, pues, esa aportación del sindicalismo a la vida general de cada país? Con más instrumentos para que, gradualmente, se amplíe la “riqueza de las naciones”. Los liberados sindicales son un instrumento más.


También fuera de los centros de trabajo podemos seguir con nuestro razonamiento. ¿Cómo se compensa la actividad de miles de personas que, proponiendo toda una serie de reformas cotidianas en los escenarios del Estado de bienestar, mejoran mutatis mutandi la vida de las personas y, por extensión, toda la economía, esto es, “la riqueza de las naciones”? Con más instrumentos. Richard Rorty se encontraría cómodo con esta filosofía pragmatista. Como puede verse no se trata de argumentaciones sofisticadas sino de utilidades generales.


No me resisto a contar una experiencia de hondo calado. En mi libro “Cuando hice las maletas” rendí homenaje a un chaval de catorce años. Le llamábamos Antoñito El Pestiñero, porque su padre hacía esos dulces que en Motril (de allí era esa familia) llaman pestiños y en Santa Fe conocíamos como borrachuelos. Al grano: Antoñito, harto de que su máquina (y la de sus compinches) hiciera estropicios en los dedos, ideó unos nuevos mecanismos para corregir tales desperfectos. La dirección de la empresa aceptó perpleja aquellas innovaciones tecnológicas del joven Antoñito. Pero ni siquiera le dieron las gracias, y por supuesto no le subieron la semanada ni un duro. La empresa ganó en rapidez y eficiencia, el botiquín no sufrió quebranto en vendas y esparadrapo, en mercromina y agua del Carmen. Antoñito siguió hablando a sus compinches de la guerra del Vietnam y silbaba, silbaba el incipit del Concierto de las dos trompetas de Vivaldi: la sintonía de Radio España Independiente, la legendaria Pirenaica. No sé si me explico … ¿Sería una exageración decir que el joven Pestiñero contribuyó a la eficiencia de la empresa y, por ende, a un menor coste de la Seguridad Social al reducir los accidentes de trabajo? Si no es así, dispensen ustedes por esta digresión que sólo es un desahogo personal.



Radio Parapanda.
Vivaldi: Concierto Dos Trompetas

lunes 12 de septiembre de 2011

PEOR QUE UN COMPADRAZGO, ES UN ERROR

Antonio Baylos ha puesto el dedo en la llaga en su reciente escrito SOBRE EL PESIMISMO SINDICAL (A PROPÓSITO DE UNA INTERVENCIÓN DE JOSE MARIA FIDALGO) Nótese de qué manera el autor entra en el carácter orgánico de las palabras de JMF, rehuyendo, por inútil e innecesario, el tradicional ajuste de cuentas o el enfoque “personal”. El punto de vista de Baylos, que un servidor comparte, se dirige al “pesimismo” de JMF.


Yo diría, además, que el pesimismo del antiguo dirigente sindical está al margen de los acontecimientos. Para argumentarlo vamos a recurrir a un famoso verso de nuestro pre-renacentista Juan de Mena. El poeta cordobés explica, a propósito de los agüeros de un consejero aúlico que antes de salir a navegar estaba incordiando por lo que creía malos augurios, que el Almirante calmosamente respondió: “Non los agüeros, los fechos sigamos”. Pues bien, vamos a los “fechos”.


Los hechos indican que, de un tiempo a esta parte, hay un proceso de movilizaciones, sectoriales y generales, así en España como en una gran cantidad de países de la Unión Europea. Están en la alacena de la memoria del público en general. La más significativa ha sido la huelga general italiana que ha concitado una amplísima unidad social de masas. La no adhesión a la convocatoria por parte de la CSIL y la UIL (algo recurrente desde hace algunos años) no quita importancia al océano participativo del caso italiano, antes al contrario lo refuerza. Otra cosa –por supuesto, preocupante— es la pesimista actitud (por decirlo con palabras benevolentes) de esos dos sindicatos no convocantes. En el caso español sería de cegatos no ver lo que está en movimiento. Así, pues, hablar como lo ha hecho JMF es un disparate que, lo menos significativo para el caso (si queremos “despersonalizar” la cuestión) es si es consciente de lo que afirma. Algo así como la famosa frase de Talleyrand: peor que un crimen, es un error. Lo que debe entenderse como una metáfora en el caso que nos ocupa.


Me viene al pelo unos recuerdos de antaño: en puertas de la famosa huelga general del 14 de Noviembre famoso de 1988 una batahola de comentaristas de toda condición se echaron las manos a la cabeza porque decían que dadas las circunstancias aquello acabaría en un ridículo espantoso. Tras lo sucedido tales personas silbaron en semitono, y hasta algunos dijeron: yo no he sido, no he sido yo.


Así pues, mi tesis es: lo de menos es el real o fingido compadrazgo de JMF; lo que importa es el carácter orgánico de lo que ha dicho. Está en la línea de toda una serie de escribidores pesimistas o nihilistas que, como el Guadiana, aparecen y reaparecen de tiempo en tiempo. La década de los ochenta y noventa fueron unos años en los que tuvieron un insólito éxito ciertos “best sellers” como El fin del trabajo de Jeremy Rifkin, El trabajo, un valor en vía de desaparición, de Dominique Meda o, para el gran público, El horror económico, de la novelista Viviane Forrester. Estos textos y otros tantos subproductos parecían dictar los contenidos y las formas del fin de la historia y los sindicatos, el final de todo proyecto de sociedad que tuviese como uno de sus sujetos el mundo del trabajo: las clases trabajadoras. Fue el éxito de esta literatura una de las señales más manifiestas del retraso con el que una gran parte de la cultura política europea percibió la cualidad del gran cambio que significó el final de la era fordista en la segunda mitad del siglo pasado.









Resumiendo: peor que un compadrazgo (si se trata de ello), es un error.




domingo 11 de septiembre de 2011

¿QUÉ TIPO DE CRISIS NOS AZOTA?

Homenaje a don Enrique Muñoz Arévalo (es la foto que se repite), alcalde-mártir de la ciudad de Santa Fe (Granada).






Hace tres años se iba a pique la Lehman Brothers sin que las avispadas agencias ni los operadores económicos hubieran caído, previamente, en el detalle. Este singular acontecimiento es el inicio formal de lo que se ha dado en llamar la crisis del 2008. Que ni siquiera fue intuida, aunque voces consideradas menores habían alertado de la cada vez mayor frecuencia y gravedad de la emergencia de las crisis.

Con todos los titubeos habidos y por haber me atrevo a sugerir una arriesgada hipótesis: lo que nos está ocurriendo, vale decir, esta tempestad inmisericorde, ¿es una crisis o la concatenación de diversas crisis superpuestas las unas a las otras? ¿Se trata, pues, de un epifenómeno? Dejo el asunto en manos de personas sesudas. Es necesario afinar más en el parte meteorológico


sábado 10 de septiembre de 2011

LOS CAMINOS DE ALGUNOS CANDIDATOS SON INESCROTABLES (SIC)

Al igual que Saulo de Tarso, cabalgando en blanco potro camino de Damasco, doña Carmen Chacón dio de bruces en tierra y vio la luz cegadora: “No me ha gustado nada la manera apresurada de aprobar la reforma de la Constitución”. Lo ha comunicado El Periódico, que aprovecha la coyunda, para subir treinta céntimos el precio. Y, comoquiera que la rebeldía sobrevenida de la señora ministra de los tiros, no queda suficientemente manifiesta, añade que “los socialistas catalanes deben tener grupo propio en el Parlamento para tener más visibilidad”. Reitero: lo dice El Periódico que utiliza el momento para subir treinta céntimos el precio de cada diario.


Podríamos decir, pero no lo diremos, que “más vale tarde que nunca”. Porque, una vez aprobado el bodrio casamentero sin que la doña haya dicho ni oxte ni moxte, sus declaraciones sólo sirven para dejar en evidencia su actitud gregariamente silenciosa. Es, además, una pirueta que se dirige a sus parciales en puertas de los comicios que están a la vuelta de la esquina. Por otra parte, quien ha callado la quisicosa de “tener grupo parlamentario propio en Madrid” –que deberíamos valorar apropiadamente, pero tampoco lo haremos—está dando “el cante” en esta ocasión. Lo uno y lo otro parecen confirmar que Chacón está contagiada hasta el ossobucco de la vieja politiquería. O sea, el en carnes jóvenes caben lo más vejestorio del politicastro. Tal vez todo no quedará ahí.


¿Qué se juegan ustedes que pondrá como un pingo las putativas reformas que, también con su amplia sonrisa, se han puesto inútilmente en marcha? Si lo hace, tampoco se lo aplaudiremos: tiempo tuvo para impedirlo. Conclusión, al parecer los caminos de ciertos candidatos son inescrotables. Caminos tales que refuerzan la convicción de que la tarta de la provaricación está desgraciamente muy compartida.


Apostilla: las teclas del ordenador se resistían a escribir inescrotables y se empeñaban en poner inescrutables; y, de igual modo, se rebelaban ante lo de provaricación insistiendo en poner prevaricación. No es lo mismo, ¡oh duendecillos tecnológicos!

jueves 8 de septiembre de 2011

¿CÓMO HAN IDO LAS MANIFESTACIONES CONTRA EL BODRIO CONSTITUCIONAL?




Tengo la impresión de que todavía no se ha valorado lo suficiente la movilización contra el bodrio cocinado por Anás y Caifás, vale decir, la reforma de la Constitución. Todo el mundo, en efecto, tiene el deseo de esperar más. Y, sin duda, los convocantes de las manifestaciones del día 6 tenían en sus previsiones un seguimiento mayor. De ahí que, pienso, más de uno haya tenido la impresión de que ha sido una presión no excesivamente lucida. Yo veo las cosas de otra manera. Como dice la canción antigua, “todos queremos más”. Pero…


Pero conviene retener algunas cuestiones: primero, la necesaria (y urgente) respuesta al comistrajo constitucional estaba sólo presente en las amplias élites de la izquierda, pero no en la carne y los huesos del público en general; segundo, tal vez no se ha establecido el suficiente vínculo entre la reforma y la cuestión social; tercero, vivimos unos momentos de movilizaciones sectoriales que (todavía) no cuentan con el suficiente hilo conductor entre ellas mismas y con el origen central que provoca tales presiones. Por otra parte, es de cajón que la urgente respuesta no podía demorarse, a menos que la opción (equivocada, entiendo yo) fuera movilizarse a toro pasado. En resumidas cuentas, los convocantes debían hacer (e hicieron) lo que correspondía, incluso con independencia de los resultados. Ahora bien, de este proceso conviene sacar algunas conclusiones, aunque sean de tanteo, en esta presión que sin duda será de largo recorrido.


Primero, la izquierda política –tras estas movilizaciones generales y sectoriales-- debe seguir buscando el mayor diapasón de unidad para concurrir a las elecciones del 20 de Noviembre. Segundo, tras el resultado de los comicios (sea cual fuere el resultado de los mismas) la izquierda debe conformar un pacto de unidad parlamentaria, buscando el mínimo común denominador. Tercero, la izquierda debe reproponerse como elemento central la cuestión social en todo su quehacer tanto en su acción convencional partidaria como en la actividad parlamentaria. Cuarto, debe ser así mismo un sujeto político capaz mediar entre las diversas exigencias de los diferentes movimientos.


Lo que quiere decir aproximadamente lo que sigue: la centralidad de todos esos trajines está en la calidad de nuestra democracia; la cuestión social no es un mero acompañante del carácter y la calidad de nuestro sistema. De ahí que todos deban compartir ese paradigma, gestionado en y por la diversidad de todos los sujetos políticos de la izquierda y los que están en la izquierda. En todo ello no caben los intereses patriochiqueros, ni los idiotismos de corporación.



miércoles 7 de septiembre de 2011

JOAN COSCUBIELA CANDIDATO POR BARCELONA



Joan Coscubiela encabezará la lista electoral de ICV-EUiA por la provincia de Barcelona. Afirmo austeramente: no hay otra persona, en mi opinión, más idónea. No son pocos los conocimientos y saberes que tiene en su cabeza. No es poca la experiencia que ha atesorado en más de treinta años en las filas del sindicalismo confederal catalán que le levó a las más altas responsabilidades. No es moco de pavo su quehacer como iuslaboralista. Un servidor le piensa votar y ayudar a que le voten.


Tengo para mí que esa cabeza de cartel es, además, un elemento de agregación de nuevas adhesiones a significativos pasos adelante en la renovación del quehacer de la izquierda. Y, de paso, añado: es la mejor expresión de la relación entre cuestión social y política democrática. La una y la otra capaces de compatibilizar (diversamente) los elementos de confluencia que les son propios. Por otra parte, quiero añadir (y añado) que nuestro hombre no sólo es autoexigente consigo mismo: lo es, en pura lógica, con los demás que trabajan con él. De ahí que esté asegurado un esfuerzo de rigor en el proyecto colectivo. Sus parciales, en esas condiciones, tienen asegurado un recorrido de discusión sin concesiones a la galería ni titulares de pexiglás demagógico.


Desde hace tiempo votaba resignadamente. Ahora lo haré con entusiasmo. No será por cuestiones sentimentales, sino de manera razonada y, como Proust, a la búsqueda del tiempo perdido
. Apostillo: un torracollons entrará en el Parlamento, y --a buen seguro-- dará mucho que hablar.



lunes 5 de septiembre de 2011

¿DE VERAS SON LOS MERCADOS LOS QUE ...?



Lord Mansfield, presidente del Tribunal Supremo del Reino Unido, declaró en el último tercio del siglo XVIII que los sindicatos “son conspiraciones criminales inherentemente y sin necesidad de que sus miembros lleven a cabo ninguna acción ilegal”. La acusación de este magistrado, que será recurrente en toda la literatura liberal de la época, es que tales asociaciones intentan alterar el precio de las cosas, es decir, mejorar los salarios. Este fue el planteamiento legal que, bajo diversas situaciones (de dura represión como, por ejemplo, la Masacre de Peterloo o de aparente tolerancia) estuvo vigente en aquellas tierras hasta la década de 1870. La brutalidad de Lord Mansfield es el resultado de la derrota del Derecho de las corporaciones artesanas por el Derecho de las corporaciones mercantiles que, tras adquirir sólidamente el dominio de las relaciones económicas, desemboca en el territorio de las relaciones de producción, apoyadas con la fuerza coercitiva de los poderes públicos. [Hasta aquí es un fragmento de mi intervención en Zaragoza el próximo 19 de Octubre, invitado por los amigos de CC.OO. de Aragón]


Pues bien, el tránsito del Derecho de las corporaciones artesanas al Derecho de las corporaciones mercantiles no tiene nada de extraño: es lo que necesita el incipiente paradigma industrial para generar una potente acumulación capitalista. Los contrapoderes, por insignificantes que sean, son una interferencia para dicha acumulación; las reformas parlamentarias de signo progresista –una exigencia central en la manifestación pacífica de Peterloo—era igualmente intolerable. De todo ello saco una primera conclusión, que se expone de seguida.


Afirmar que las contrarreformas que se están dando por estos pagos obedecen a exigencias de los mercados es una verdad evidente, pero no es toda la verdad. Se trata, en mi opinión, de algo de mayor trascendencia: la gran operación de los grandes capitales globales de proceder, con menos controles democráticos (especialmente los de mayor contrapeso) para organizar una nueva acumulación capitalista. Por eso sobran, en fatal lógica, todos los instrumentos de la acción colectiva y el Derecho del Trabajo. Sobre el sindicalismo confederal, a menos que se decida a ser un agente técnico, en subordinado compadrazgo de dicha acumulación capitalista. Sobra el Derecho del Trabajo que, “no nació para cambiar el mundo, sino para volverlo más aceptable” (1). Los intereses de las grandes corporations, parece claro, no requieren un mundo más aceptable, si no es para ellas mismas. Así pues, aunque no considero una cortina de humo la sofistería de “los mercados”, me inclino por esta otra explicación.


Más todavía, entiendo que el endosamiento a “los mercados” es una forma de invitarnos a que las reclamaciones populares se dirijan al famoso Maestro Armero y no a los grandes operadores económicos. Otra manera –a ver si me explico-- de desnortar el conflicto social. Perdonad la pontificia vulgaridad: ¡al loro!




Umberto Romagnoli. El Derecho, el trabajo y la historia. Consejo Económico y Social (Colección Estudios, núm. 39, año 1997).



Radio Parapanda.
El Parlamento no puede perder la voz de Llamazares Con Manel García Biel de guionista. Y Antonio Baylos de locutor en UNA CONTRARREFORMA INCONSTITUCIONAL (HABLA GERARDO PISARELLO)




domingo 4 de septiembre de 2011

ELOGIO SIN ADJETIVOS DEL SINDICALISMO




Llevo unos cuantos días intentado refrescar mi vieja memoria. Provisionalmente he llegado a una primera conclusión: no recuerdo unos tiempos tan ajetreantes para el sindicalismo confederal como los actuales. Ni siquiera la primera etapa tras la recuperación de las libertades sindicales y políticas. Fueron tiempos de gran complicación, pues teníamos que simultanear la puesta en marcha de la arquitectura sindical, la negociación de los convenios en todos los ámbitos, las primeras elecciones sindicales y la celebración del Primer congreso. Pero, tengo para mí que la familia sindical lleva, por lo menos tres años, en una continua movilización mucho más complicada: la organización de la acción colectiva en tiempos de innovación-reestructuración de toda la economía en un contexto de globalización y de languidecimiento del proyecto político europeo; la crisis sistémica, aunque más bien parece un conjunto de crisis superpuestas, cosa que, de momento, dejo apuntado para una posterior (si soy capaz de ello) primera reflexión; la agresividad del neoliberalismo, y el contagio de éste en las políticas de lo que, tradicionalmente, algunos consideraban el “partido amigo”. Y, como sangriento volapié, la reforma autoritaria de la Constitución, en la que se han involucrado Anás y Caifás. Así pues, tiempos más convulsos que los de mis primeras épocas como sindicalista en libertad constitucional.


Todo lo anterior indica que nos encontramos en un momento de gran trascendencia, que no ha hecho más que empezar. Hablando en plata, estamos ante una operación de largo recorrido. Intuyo que, por ello, el sindicalismo confederal español es consciente de esa larga caminata. Los objetivos de la operación neoliberal se orientan, en mi pobre entender, a conseguir una nueva acumulación capitalista que, como al menos la primera, se vea libre de controles democráticos y con una substancial merma de poderes alternativos. Lo nuevo en esta situación es que el tradicionalmente considerado “partido amigo” ha cambiado de metabolismo y la “izquierda amiga” de antaño es claramente insuficiente para intermediar entre el movimiento de los trabajadores y el cuadro político-institucional. Así me parece que está el patio de vecinos.


Es inobjetable que el sindicalismo confederal se está confrontando contra ese paradigma. También lo hace un movimiento social, que todavía no es capaz de confluir –desde su diversidad-- con la organización más numerosa y estable, esto es, el sindicalismo. En tales condiciones, pedirle al sindicalismo que “haga más” me parece una evidente exageración. Que lo haga “mejor” podría ser una exigencia retórica.


Por lo general, la historiografía ha narrado en no pocas ocasiones les chansons de geste de los viejos movimientos sindicales. Ha hablado de cuando Lord Mansfield, presidente del Tribunal Supremo del Reino Unido, declaró en el último tercio del siglo XVIII que los sindicatos “son conspiraciones criminales inherentemente y sin necesidad de que sus miembros lleven a cabo ninguna acción ilegal”. Ha relatado el gigantesco movimiento de los cartistas; los combates de los wooblyes norteamericanos; las experiencias turinesas de los consejos de frábrica en los años veinte; los momentos insurrecciónales en París y Milán contra la ocupación alemana en las grandes empresas; el renacer del nuevo movimiento obrero en España a principios de los sesenta del siglo pasado. Pues bien, esa historiografía –necesitada también de ser expurgada de elementos mitómanos— se ha referido por lo general a las “vidas ejemplares” de los dirigentes de aquellas asociaciones, movimientos protosindicales y posteriormente el sindicalismo. Digamos que es así por la evidente imposibilidad de relatar el compromiso de millones de personas “de una pasta especial” que lo han dado todo por la emancipación. ¿A qué viene esta incursión en el ayer?


A lo siguiente: el compromiso firme del sindicalismo de nuestros días es la resultante de la pasión de centenares de miles de personas, de no importa qué edad y sexo. Pártase de ello si se quiere escribir –o mínimamente explicar— qué está pasando en el patio de vecinos de nuestros días.




Radio Parapanda. Dos locutores conspicuos hablan con fundamento para nuestros radioyentes:
NI POR LA FORMA NI POR LOS CONTENIDOS. NO A ESTA REFORMA DE LA CONSTITUCIÓN y La Europa que tenemos y la política para cambiarla Son mis sobrinos los profesores Aparicio Tovar y Baylos Grau. De parapandesa natio.


sábado 3 de septiembre de 2011

¿CONSENSO? No, cabildeo de los indistintos

La rutina, así en la jerga política como en la sintaxis de los medios de comunicación, no cae en la cuenta del uso y abuso de la palabra consenso. O, tal vez, no se trata de rutina sino de la mistificación de las palabras como denunciara en un bello librito el maestro Vittorio Foa, uno de los padres nobles de la izquierda europea. Así las cosas, me atrevo a impugnar letraheridamente la utilización de esa palabra en el caso de la coalescencia entre el PSOE y el Partido Popular.


En este caso concreto no se trata de una confluencia desde posiciones originalmente confrontadas en eso que podríamos llamar la democracia deliberativa o, mejor aún, disputativa. Estamos ante una indiferenciación de posturas acerca de cómo debe entenderse el juego política en democracia que, además, tiene como característica central la indistinción en considerar que un asunto de tanta envergadura como la reforma de la Constitución debe ser obra exclusiva de la autolegitimación indiscriminada de ambos partidos, que niegan que en la plaza pública se exprese todo bicho viviente. Lo, trágicamente, de menos, dadas esas circunstancias, es que se haya servido en bandeja de plata la cabeza del Bautista.


Quede claro que no se impugna en abstracto la negociación política. Es una práctica legítima dentro del juego democrático. Sin embargo, en este asunto ha habido otra cosa: el cabildeo más conspicuo de la vieja política, cuyos antecedentes habrá que buscarlos en los tejemanejes de la Restauración de Cánovas y Sagasta con la reedición del cacicazgo de aquellos viejos tiempos. Es el retorno a la España cañí, disfrazada con las gotas de chanel y brillantina que imponen esos seres llamados mercados.


Por lo demás, habrá que añadir que el grupo dirigente del PSOE ha abierto una cesura –una clamorosa discontinuidad-- con los esquemas centrales de la socialdemocracia. De un lado, por su descuelgue estridente de la radicalidad –de las raíces, quiero decir— de la naturaleza de la democracia; de otro lado, porque esa ruptura se ha referido a ejes tan nucleares como la fiscalidad y las políticas sociales. Ahora bien, ¿cesura, discontinuidad y ruptura no son términos excesivamente duros para calificar la actitud del PSOE? No tal. Es la consecuencia de liquidar administrativamente, en el interior de ese partido y su relación con la ciudadanía, del vínculo entre democracia y cuestión social en aras al déficit público. Liquidarlo, conviene recordarlo, en un texto tan fundamental como es la Constitución. De ahí que ningún dirigente de tal partido aluda nunca al santoral laico de, por ejemplo, Olof Palme. En suma, se ha substituido la Sierra de Guadarrama, donde Pablo Iglesias hacía sus excursiones veraniegas, por las montañas nevadas de Saint Pelerin do von Hayek diseñó la arquitectura ideológica de todos conocida.


Apostilla. El viejo cantante Angelillo, un fiel servidor de la República española, según parece nos advirtió de algo parecido en su famoso bolero Por el camino verde: la fuente se ha secado, lloran de pena las margaritas.




jueves 1 de septiembre de 2011

LA COALICIÓN DE IZQUIERDAS




Antonio Gutiérrez cumplió con la palabra dada: votó en contra de la orden tajantemente explícita del Consejo de Administración. El resto, perinde ac cadaver, apretó el chisme votacional –o sea, la prolongación orgánica de sus intereses-- y, callando moralmente para siempre, siguó el dictado del manager, el presidente-director general. Todos ellos, por descontado, han arruinado las capacidades, reales o hipotéticas, de renovar su partido cuando la tarde languidece y renacen las sombras. Esto es algo que se deberá recordar cuando, una vez consumado el tránsito, aparezcan voces disfrazadas de aire fresco. Y, comoquiera que las sedicentes renovaciones están siempre vigiladas (e incluso autocensuradas) no parece vislumbrarse que ese sistema-empresa pueda dejar de ser lo que no ha querido ser.


Ahora bien, el 20 de Noviembre está a la vuelta de la esquina. Posiblemente el batacazo electoral del PSOE no será tan grave como lo anuncian los todólogos de diversa condición, pero será más contundente de lo que espera su sistema-empresa. Miles de accionistas serán desalojados de sus responsabilidades y se unirán a los que fueron desalojados en los anteriores comicios electorales. La inmensa mayoría de ellos no tendrán fácil acomodo, porque la mies es poca para tantos segadores. Digo y recuerdo que el 20 de Noviembre está al caer.


Mis predicciones, en base a las evoluciones anteriores son las siguientes: Izquierda Unida subirá, pero no como esperan sus dirigentes. Posiblemente, será la abstención –especialmente en la izquierda submergida-- quien se haga con el cretino beneficio de los desperfectos que ha provocado el Consejo de Administración. Cierto, lo que ha sucedido hasta la presente no tiene por qué volver a ocurrir. Pero ello está en la naturaleza de las cosas de la vida y de las evoluciones electorales. De ahí la necesidad de un revulsivo que pueda romper esa tradicional tendencia. Que, como hipótesis –que no es equivalente a certeza—abra la posibilidad de un resultado objetivamente digno para las izquierdas. Para las izquierdas que se hayan conjuntado, quiero decir.


Unos resultados levemente mejores de Izquierda Unida, tal como es ahora mismo, no bastarán. De manera que sólo queda organizar el revulsivo. Esto es, la más grande confluencia que la izquierda quiera y sea capaz de poner en marcha. Es decir, lo que aproximadamente plantea Gaspar Llamazares, una persona temperada cuya voz es necesaria en el panorama político. Si ello no se pone en marcha, es de cajón que sus responsables serán --por activa, pasiva y perifrástica— quienes asuman las consecuencias de su molicie y haraganería. Porque aquí lo que está en juego no es la supervivencia de tal o cual formación de izquierdas, sino las condiciones de vida de la gente y el peso real de las izquierdas: o, lo que es lo mismo, el carácter de nuestra democracia. Así es que … ¡ustedes dirán!