sábado, 1 de noviembre de 2008

¿TOXO ES CANDIDATO A LA SECRETARIA GENERAL DE COMISIONES OBRERAS?




Leo en la prensa que Ignacio Fernández Toxo “no descarta disputar a Fidalgo la secretaría general del sindicato de Comisiones Obreras” [la cursiva es mía] en el congreso que se celebrará próximamente, el 17 de diciembre. Algo de eso sabía un servidor, informado por algunas conocencias en los mentideros (tabernas y barberías, patios de vecindonas y lavaderos) de la ciudad de Parapanda.


Vaya por delante mi respeto a Toxo. Es un sindicalista de gran formato. Que tiene los conocimientos y saberes –necesarios y suficientes—para ejercer la más alta responsabilidad del sindicato. De hecho lo demostró anticipadamente en sus, no lejanos tiempos, de primer dirigente de la federación metalúrgico-minera. A estas alturas…


A estas alturas, sin embargo, parece oportuno preguntarse por qué, a casi un mes y medio de la apertura del congreso sindical, se hace público lo que aparece como una ambigua declaración de intenciones: “no descarta” es una genérica toma de posición. De ahí que, así las cosas, puedo permitirme el desparpajo de preguntar sin ningún tipo de retranca: “¿Vas en serio, Toxo?”. Porque, de ir en serio, se está colocando, aunque tardíamente, en el debate precongresual la discusión no sólo de los “materiales” sino qué elección de grupo dirigente parece la más idónea. Por otra parte, si “el no descarto” no es una postura estética, me vienen a la cabeza algunas consideraciones: ¿qué lagunas hay en la gestión del actual secretario general que provocan que Toxo, una persona de extremada prudencia declare que “no descarta” optar por tan alta responsabilidad? Naturalmente este discurso es obligado en el “no descartable candidato”. Porque una opción de ese calibre no se puede susurrar desvaídamente. En todo caso, es de obligada exigencia que Toxo hable con rotundidad: o sí o no. El gallego debe aclarar si sube o baja la escalera. Y debe hacerlo no sólo respondiendo un “sí, quiero”. Debe (tiene que) hacerlo con un claro discurso de acompañamiento de cómo debería intervenir el sindicalismo confederal en su áspero itinerario frente a esta crisis sistémica. Que, en mi opinión, es la principal laguna de Fidalgo. Es posible que esta laguna fidalguiana haya sido la espoleta que ha llevado a Toxo a no descartarse.


Que haya dos candidatos a conformar los correspondientes equipos de dirección ha de verse con naturalidad. Máxime cuando ninguna de las situaciones de crisis interna del sindicato ha impedido que éste siguiera creciendo en influencia, tal vez porque lo que ocurre en la (metafórica) Torre del Homenaje tenga escasa vinculación con los siervos de la gleba. En primera conclusión: los dimes y diretes en el recorrido congresual no afectarán en nada al común de los mortales. Para mayor concreción: seguirá incrementándose la afiliación. Abro un curioso paréntesis de elogio a la acción organizadora del sindicato a través de una información referida a Comisiones Obreras de Catalunya: en los últimos diez años la población asalariada (no digo activa, sino asalariada) de Catalunya se ha incrementado en un cincuenta por ciento, exactamente lo mismo que ha aumentado la afiliación. Pero no nos vayamos por estas frondosas ramas…


Estábamos en que las cosas hay que verlas con naturalidad, incluso si saliera un tercero en concordia para lucir el palmito y la efímera gloria de lucir, sólo ante sus parciales, notas de prensa o micrófonos de quita y pon. Sea todo con naturalidad. Ya sé que no es fácil, porque en estas situaciones las tendencias antropológicas suelen ir por otros derroteros. Lo estúpidamente tradicional es lo que sigue: los partidarios de Fidalgo hablarán de su icono como si fuera el no va más y echando pestes de Toxo; en un sentido contrario, los parciales de éste reducirían la estatura del otro, elevando a los altares a su candidato. Esta vieja reductio ad unum los desautoriza a todos, porque ambos candidatos (si es que Toxo habla sin metáforas y se encarta) han estado implicados en el mismo proyecto sindical, al menos públicamente. Es decir, sean conscientes todos que maldecir al “otro” es desautorizar al propio.


Yo, por ejemplo, desde mi feliz retiro en la ciudad de Parapanda no pienso denostar a Fidalgo. Hubiera preferido otro candidato tras la retirada estatutaria de Antonio Gutiérrez. Pero seguí la antigua consigna del Roma locuta causa finita. O sea, habló aquel congreso, pues "choca esos cinco, Fidalgo". Tampoco pienso poner en el saloncillo de mi casa la foto de san Ignacio Fernández Toxo; ese espacio lo reservo para el amplio retrato de Renata Tebaldi, justo al lado de un cartel donde la Niña de la Puebla canta aquello de “los campanilleros por la madrugá”. Pero, si algún íntimo me preguntara quién es el mejor candidato, yo le respondería que nunca existió el mejor, sino el candidato más subjetivamente idóneo. Y en el caso de que insistiera, yo respondería: “Si me invitas a unas copitas de ron pálido de Motril, te digo que es Toxo”. La ambigüedad de los gallegos me recuerda a la de Dante Alighieri: este es el último argumento de por qué se lo digo a mi amigo, sólo en la intimidad de la taberna de Parapanda. Pero, ¿y si no se presenta como candidato? En Parapanda seguirá saliendo el sol cuando lo estime conveniente.

miércoles, 29 de octubre de 2008

LA MANIFESTACION DEL 5 DE NOVIEMBRE EN BARCELONA



Los sindicatos catalanes (CC.OO. y UGT) han convocado una manifestación para el día 5 de noviembre “en defensa del empleo y de la industria”. Una decisión que, como ellos mismos explican, “por la necesidad de realizar una fuerte ofensiva ante la hemorragia de anuncios de despidos y expedientes de regulación de empleo de estos últimos días y que tienen tendencia a incrementarse”.


Si mis informaciones no son erróneas se trata de la primera reacción sindical contra los efectos de la crisis y, muy especialmente, contra la “hemorragia” de un buen puñado de empresas que están utilizando la coyuntura de un modo tan interesado como fraudulento.


La reacción de nuestros sindicatos es lógica y legítima. Y es valiente porque seguramente son conscientes de que tener razón no basta y porque son sabedores de las reacciones contradictorias de los trabajadores en estos tiempos tan extremosos: de un lado, los que entienden que efectivamente debe exteriorizarse la protesta y, de otro lado, quienes se encogen, temerosamente preocupados. De quienes entienden que hay que dar la talla y de los que, en el peor de los casos, eligen resignadamente la “servidumbre liberal” por utilizar el viejo concepto de La Boètie que desempolvó en su día Jean-Léon Beauvois.


Naturalmente, es una manifestación de trabajadores. Pero, a buen seguro, no son los únicos convocados. Como diría Gramsci es una movilización “nacional popular” en su sentido más amplio. Porque (casi) todos los sectores de la ciudadanía, en uno u otro sentido, empiezan a estar ya afectados por las consecuencias del catacrac y porque (casi) todos ellos no las tienen todas consigo. Más todavía, de la mayor o menor presencia popular en la manifestación del día 5 se sacarán por parte de los poderes públicos unas u otras lecturas: unas interpretaciones para intervenir o bien con medidas serias o con parches; o, peor todavía, con unas disposiciones que darían a unos pocos la pechuga, el ala y la pata mientras que a los más sólo les quedarían los huesecillos del pollo.


El cuadro político e institucional de Catalunya no puede inhibirse de esta convocatoria. Naturalmente, valen las posiciones declarativas de quienes así lo hagan. Pero la visibilidad de la manifestación requeriría, en estas circunstancias, que los políticos estuvieran en la calle. No sólo los dirigentes de mayor responsabilidad: todos los militantes, afiliados, amigos, conocidos y saludados de las formaciones políticas catalanas debería hacer acto de explícita presencia. Es decir, configurando una especie de “contrato moral” con quienes las están pasando moradas, con quienes pueden empezar a estarlo en menos que canta un gallo. Porque, dígase con claridad, también el problema es político en su sentido más amplio. Lo es porque…


… Porque la suerte del común de los mortales es –o debería ser-- la preocupación central de la política y de sus representantes. Por eso se valoró tanto la resolución del Parlament de Catalunya contra la directiva europea de las 65 horas. Y porque estamos hablando de la calidad de la democracia que, de manera no infrecuente, queda dañada por los comportamientos que hemos dado en llamar fraudulentos de las empresas que burlan, descarada o subrepticiamente, la legalidad democrática. Más todavía, porque estamos hablando de la posibilidad del declive industrial de Catalunya.

Nota. Durante estos días, previos a la manifestación, se le puede echar un vistazo a las obras que recomendamos a continuación, incluso si vas en el metro, autobús o tren camino de la movilización.

Étienne de La Boétie

Tratado de la servidumbre liberal, de Jean-Léon Beauvois

martes, 14 de octubre de 2008

EL SINDICALISMO Y LA POLÍTICA




EL SINDICALISMO Y SU RENOVADO INTERÉS EN LA POLÍTICA*

Primero

Antonio Baylos revisita con punto de vista fundamentado las relaciones del sindicalismo con la política en
http://baylos.blogspot.com/2008/05/el-sindicato-debe-interesarse-por-la.html Comoquiera que el asunto tiene su miga me lanzo pastueñamente a la arena, aceptando el desafío que implícitamente plantea nuestro buen amigo blogista. Este es, como se sabe, un tema recurrente que nos viene desde los primeros tiempos del sindicalismo recorriendo todo tipo de guadianas y meandros.

En un principio fue la hipóstasis y subalternidad del sindicalismo ante el hecho político partidario; más tarde fueron los tímidos intentos de zafarse de la madre putativa, y –andando el tiempo de manera fatigosa— la tan complicada como áspera búsqueda de la autonomía e independencia sindicales. El inicial problema no era exactamente, en mi opinión, la subalternidad del sindicalismo hacia el partido sino algo de más enjundia: la supeditación del conflicto social a las contingencias de la política, interpretadas por Papá-partido; precisamente para que así fuera, se precisaba un sujeto ancilar: el sindicalismo a quien se le situaba sólo en las tareas del “almacén” (1). Pero tantas veces se rompió el cántaro cuando iba a la fuente que, en un momento dado, el sindicalismo dijo con voz aproximadamente clara: hasta aquí hemos llegado. Y el sindicalismo dejó de frecuentar su pasado subalterno y, quitándose los pantalones bombachos, se puso de largo, buscando una personalidad intransferible. Así pues, la discusión hoy no puede basarse esencialmente en aquello que, no hace tantos años, se denominaba pomposamente “las relaciones partido y sindicato”. El debate en estos nuestros tiempos de ahora mismo es “el sindicalismo y la política”. O, por mejor decir: el sindicalismo en la política. De ahí que, según entiendo, Antonio Baylos haya denominado certeramente sus reflexiones así: “El sindicalismo debe interesarse por la política”.

Cuando afirmamos que el sindicalismo es un sujeto político nos estamos refiriendo a su carácter de agente que interviene en las cosas de la vida de la polis. El avezado lector sabe que no lo equiparamos al partido político; así pues en ese sentido no hay que insistir más. Ahora bien, parece razonable traer a colación en qué escenarios políticos interviene el sindicalismo. Dicho grosso modo en dos “territorios”. Primero, en la relación que se establece entre la contractualidad (en su sentido más amplio) y la economía. Y segundo, en las cada vez más amplias esferas de intervención en las cuestiones del welfare que, hasta la presente, estaban, por así decirlo, monopolizadas por los partidos políticos. En ambos planos interviene el sindicalismo con sus propios proyectos, códigos e instrumentos. Yendo por lo derecho: desde su independencia y autonomía propias. Y, a mayor abundamiento, es desde ahí donde el conflicto social se ejerce al margen de las contingencias de la (convencional) política partidaria, la de los partidos. O, si se prefiere de manera tan conocida como castiza: la acción colectiva sindical ni es “balón de oxígeno” con relación a Zutano ni es flagelo vindicativo contra Mengano. Es el resultado de lo que conviene a una amplia agrupación de intereses, según la interpretación independiente y autónoma del sindicalismo.

Si no pocas de las importantes reformas que se han operado (tanto en Europa como en España) son, también, obra del sindicalismo, tendremos que hablar claramente que esa labor le caracteriza especialmente como agente reformador. Me ahorro, por innecesario en esta ocasión, describir el elenco de reformas que, junto a otros o él como protagonista principal, ha puesto en marcha; incluso cuando ha actuado como deuteragonista o figurante cumplió con su función de agente reformador. Pues bien, si le echamos un vistazo al almacén de las reformas y su concreción en bienes democráticos, estamos en condiciones de afirmar que se han orientado en un sentido inequívocamente progresista. Cuestión diferente –aunque esto es harina de otro costal— es el uso social de algunas conquistas [reformas], pero este asunto, un tanto descuidado, no cabe en estas líneas (2).

El almacén de reformas que autorizadamente se puede atribuir al sindicalismo europeo y español hace que el concepto vertido por algunos conspicuos dirigentes sindicales, eméritos o con mando en plaza, de que el sindicato no es “de derechas ni de izquierdas”, sea –dicho amablemente-- una chuchería del espíritu. Y, desde luego, estamos en condiciones de afirmar que tal constructo está desubicado del almacén de reformas que se ha ido construyendo --también las más recientes en torno a derechos inespecíficos-- contra el viento y la marea de los que siempre se opusieron. Así pues, soy del parecer que “no ser ni de derechas ni de izquierdas” significaría que el carácter de las reformas es de naturaleza neutra y que el significado del conflicto social para conseguir las conquistas fue técnico. Ni lo uno ni lo otro son equidistantes de Anás o Caifás, ni significaron tampoco indiferencia alguna por parte del sindicalismo en torno al cuadro institucional en el que se inscribían los derechos y poderes (los bienes democráticos, se ha dicho) que se iban conquistando en un itinerario, acompañado frecuentemente por unas u otras expresiones e conflicto social.

Lo diré sin ambigüedades: el sindicalismo está en la izquierda, pero no es de la izquierda. La vara de medir de la ubicación del sindicalismo [estar en la izquierda] no lo da su carácter ontológico, sino la naturaleza de tales conquistas. Y la vieja piedra de toque acerca de su pertenencia está en la personalidad independiente y autónoma del sindicalismo; en suma, no está en un genitivo de pertenencia a la izquierda política partidaria sino que, sin aspavientos, se coloca en la izquierda. Aviso, en ese sentido, que no se puede ser agnóstico al por mayor, aunque siempre es recomendable, para otras consideraciones, una dosis agnóstica al detall. Por ejemplo, cuando el sindicalismo da la impresión que está un tanto distraído –o quizá lo esté realmente— en determinadas situaciones. Pero ese agnosticismo al por menor no puede borrar ni minusvalorar la calidad del almacén de las reformas progresistas que, hablando en plata, connotan la relación del sindicalismo con la política, entendida en su sentido más ampliamente genérico y con el cuadro institucional in progress.

Algunos dirigentes sindicales, sean eméritos o con mando en plaza, intentaron argumentar que el sindicalismo (“ni de derechas ni de izquierdas”) debe ser “profesional”. Claro que sí, ¡voto a Bríos! Pero ¿qué vincula no ser de derechas ni de izquierdas a reclamar la profesionalidad al sindicalismo? Para mi paladar se trata de un anacoluto con todas las de la ley. De la misma manera que nadie encargaría un trabajo, pongamos por caso a un arquitecto zarrapastroso, nadie confiaría en un sindicalista-chapuza. Que los agnósticos al detall crean que hay sindicalistas chapuceros no lleva a la conclusión de que lo sean al por mayor. La solución la da la piedra de toque: el almacén de reformas muestra que se trata de sindicalistas con una gran dosis de profesionalidad, de saberes. ¿Cómo, si no, entender la fuerte recomendación del Barbudo de Tréveris que, su reputada opera magna, insiste en el general intellect del conjunto asalariado? Más todavía, si tanto se ha insistido en que el conflicto social es, sobre todo, un conflicto de saberes ¿por qué maltratar la expresión “profesional” o “profesionalidad”? ¿por qué situarla en la equidistancia entre “derechas” e “izquierdas”? Ahora bien, quizá no se trate en principio de un anacoluto sino de la siguiente consideración: la que se desprende de equiparar “profesional” y “profesionalidad” a tecnocracia, en el sentido taylorista de la expresión. Lo que nos llevaría a dejar sentado que una de las principales características de la praxis del gran capitán de la industria, don Federico Taylor, fue la separación drástica de gobernantes y gobernados en el centro de trabajo. Mira por dónde sindicalistas eméritos y con mando en plaza estarían induciendo, no sé si a sabiendas y queriendas, a una relación del movimiento de los trabajadores subalterna (la subalternidad que reclamó siempre el taylorismo) con la política empresarial y, por extensión, hipostática a la política partidaria. Lo que se daría de bruces con el largo itinerario del sindicalismo confederal en su acción colectiva por más derechos y poderes –repito: bienes democráticos—en el centro de trabajo. Hablo machaconamente de “bienes democráticos”, porque siempre me entra un cierto regomello en el cuerpo cuando hablo de “derechos sociales”. Esta inquietud me viene porque, de un lado, es preciso connotar el carácter social de las conquistas; pero, de otro lado, con esa sintaxis se establece una (indeseable) desidentificación de lo social con respecto a lo político y a los bienes democráticos. Un ejemplo concreto de lo que quiero decir es el carácter del pacto de empresa en el Matadero de Girona, que algunos denominamos el acuerdo-Córcoles, en honor a su principal arquitecto (3). Cierto, en jerga habitual hablaremos de derechos sociales. Pero esos bienes democráticos son derechos políticos de ciudadanía en toda regla. De lo recientemente dicho parecen desprenderse algunas cuestiones que abundarían en nuestra inamistosa mirada hacia los planteamientos de estos compañeros que postulan o se inclinan por un sindicalismo equidistante. Voy con la explicación.

Una buena parte de la acción colectiva del sindicalismo y del Derecho laboral ha sido, en abierta confrontación con la “libertad de los antiguos” que el centro de trabajo fuera un lugar privado. Esta es la gran conjunción del movimiento organizado de los trabajadores y el iuslaboralismo. Una lucha áspera que se enfrentaba a la contradicción entre el reconocimiento de las libertades formales en la polis moderna y su negación en el centro de trabajo: la comunidad de la polis era una, la comunidad social era otra. Esta lucha no tuvo unos contenidos `técnicos´ ni `profesionales´: tuvo una naturaleza eminentemente política. Esto es, que los derechos de la polis fueran reconocidos una vez atravesadas las cancelas de la fábrica. Los continuos avatares, así las cosas, en la dirección de la conquista de un buen almacén de bienes democráticos fue, además, el resultado de haber compartido diversamente el mismo paradigma entre el sindicalismo, la izquierda política y un buen conjunto de reformadores sociales. Que la izquierda política haya exportado no pocas gangas al sindicalismo, no impide el justo reconocimiento de su batalla por la consecución de los derechos `sociales´. Pues bien, ¿alguien piensa que la acción colectiva por la consecución de nuevos derechos y poderes se ha acabado? Estoy convencido que nadie piensa ese disparate. Pues bien, no sólo –convenimos, naturalmente— que no ha acabado sino que, en realidad, la creación de nuevos derechos y poderes no ha hecho más que empezar en el cuadro de la gran transición en esta fase de reestructuración-modernización, de globalidad interdependiente y de defensa del medioambiente. Cierto, un itinerario complicado, pero que --al igual que antaño-- ese nuevo recorrido no puede caracterizarse porque el sindicato se convierta en un sujeto solipsista, ni indiferente al cuadro institucional o a las fuerzas con las que puede compartir ese paradigma. O, expresado con cierto énfasis, debe ser beligerante como sujeto independiente --compartiendo co-aliados estables y puntuales— contra las fuerzas que se oponen a la consecución de derechos y poderes.

Pero hay algunas cosas de no menor interés que hablan de la relación entre el sindicalismo y la política. Aquí tampoco es razonable practicar el agnosticismo al por mayor. Que se considere que los niveles de participación en la vida sindical es manifiestamente mejorable, no empece afirmar que: 1) el movimiento organizado de los trabajadores se caracteriza por ser una democracia próxima, 2) que la frecuencia de los hechos participativos es cotidiana, y 3) que en el sindicalismo existen dos procesos de legitimación, a saber, el que le viene de la representación en los centros de trabajo y el mandato solemne de los momentos congresuales. Cierto, no es oro todo lo que reluce, pero hay oro reluciente. Y si esto es así, ¿cómo no relacionar esa acción colectiva con la política en su sentido más genérico?

En resumidas cuentas, la relación del sindicalismo, hoy, con la política (incluso teniendo en cuenta ciertas distracciones) no se refiere ni única ni principalmente a las viejas tradiciones de antañazo. Porque, en aquellos tiempos venerables, el conflicto social dependía de los golpes de timón de Papá-partido; y porque –para garantizar que el sindicalismo era pura prótesis de dicho caballero, Papá-partido-- el sindicalismo fue convertido en un sujeto hipostático: lo mismo, se dice, que hizo Dios-Padre con Jesucristo, que fue enviado a sufrir en este valle de lágrimas. Hasta que el sindicalismo abandonó su teodicea y dejó de justificar a su padre: la muerte en la cruz no era útil, al menos, para estos menesteres.

Ahora bien, creo que las ideas que amablemente cuestiono, tienen una explicación: podría ser que los empachos indigestos de ciertas discusiones antiguas acerca de la relación entre el partido y el sindicato hayan creado en algunos dirigentes sindicales, eméritos y con mando en plaza, la necesidad de un sonado ajuste de cuentas; o, posiblemente, la ausencia de discusión –o el insuficiente debate, como se quiera-- sobre las nuevas situaciones y el papel del sindicalismo como agente reformador hayan llevado a lo que más arriba he considerado como un anacoluto. Si es un ajuste de cuentas hay que decir que se les ha desbocado la lengua a algunos; si se trata de lo segundo, la cuestión tiene remedio: ábrase un sosegado debate al por mayor y cuádrense la cuentas.

Segundo

De abrirse ese debate que se sugiere (el sindicalismo en la política) se estaría en mejores condiciones para establecer una relación más fecunda entre el sindicalismo y la política. Especialmente tendría sentido esta pregunta: ¿cómo es posible que el sujeto reformador externo –hacia la sociedad, quiero decir— se muestra tan indolente para proceder a ciertas reformas internas? Dicen que la rosa de Alejandría es colorada de noche y blanca de día. Pues bien, el sindicalismo hace reformas por la noche hacia la sociedad y, durante el día, se muestra remolón en revisitarse a sí mismo. Lo que conllevaría que esa personalidad nicodemita –reformas externas y remolonería interna— oblitere una mayor capacidad de relacionarse con la política, entendida en su sentido más ampliamente genérico.

Sin remilgos: ¿las gigantescas mutaciones que se están dando desde hace unas tres décadas no deberían concitar un giro copernicano en la morfología de la representación en el centro de trabajo? ¿el carácter que imprime la globalización no debería llevar aparejado un instrumento de representación en el centro de trabajo que no fuera el actual, de naturaleza autárquica? ¿las innumerables tipologías asalariadas en el centro de trabajo no debieran propiciar un repensamiento de la representación social? Porque, sin pelos en la lengua, el modelo es prácticamente idéntico a cuando Marcelino Camacho estrenaba su segundo jersey de lana.

Sí, ya sé que aparecen ronchas cuando se habla de estos asuntos atinentes al carácter sagrado de los comités de empresa, cuya invariancia física se da de bruces con la física cuántica de las relaciones industriales de estos, nuestros tiempos. Pero, tengo para mí que, de seguir remoloneando, se incrementará la distancia entre el sujeto reformador externo y sus formas de representación, en detrimento de aquel y en perjuicio de seguir ampliando el almacén de las reformas progresistas. No abrir la mano por ahí haría recordar lo que John Dewey achacaba a los “académicos enclaustrados”: mantener hogaño las viejas cosas de antaño.

Y más crudo todavía: el mantenimiento de los trastos viejos se corresponde, además, con el grueso del carácter de la negociación colectiva, caracterizado –salvo algunas honorabilísimas y punteras experiencias— por un enorme caudal de instrumentos de ropavejero (4). Lo que –como guiño a la mayoría de lectores y estudiosos de esta revista— explicaría, de manera no irrelevante, que el arca de Noé del iuslaboralismo (Romagnoli, docet) no esté en buenas condiciones para seguir navegando: algo que, por ejemplo, podría debatirse en esta solemnidad del Año Bomarzo, quiero decir de su décimo aniversario. Porque, al decir del maestro Angelillo, la fuente se ha secado en el camino verde, camino verde, que va a la ermita. O sea, si las fuentes de derecho se secan, lloran de pena las margaritas del Derecho laboral.

Si se me pregunta qué hacer, la respuesta provisional debería ser la que insinuó aquel personaje de A buen juez, mejor testigo: “Hartemos... lo que sepamos”. En todo caso, habrá que evitar seguir haciendo, en estos terrenos de la autorreforma interna de la casa, lo de siempre, esto es, mantener las mismas paredes maestras –las mismas formas de representación, quiero decir— de los tiempos de las nieves de antaño. Por muchas razones, pero –para lo que nos ocupa—porque mantener los mismos planos de la casa entra en contradicción con la asignatura pendiente del sindicalismo: organizar las conquistas que, en amplios espacios, ha conseguido y continúa en ello.

Parapanda, X Año Bomarzo

* Artículo aparecido en Revista de Derecho Social, 42 (2008)


(1) [...] por ese motivo he estudiado a los ingleses de principios del siglo XX. Me gustaba que desde la fábrica incidieran en la sociedad. Pero, después, cuando se pusieron a construir algo se dieron cuenta que habían trabajado para otros. No perdieron. Simplemente habían trabajado para la socialdemocracia, que era otra cosa. (El subrayado es de un servidor, JLLB) en Vittorio Foa, “Las palabras y la política” (Sexto Tranco):
http://ferinohizla.blogspot.com/
(2) José Luis López Bulla El uso social de las conquistas sindicales en http://lopezbulla.blogspot.com/2007/07/el-uso-social-de-las-conquistas.html
(3) http://theparapanda.blogspot.com/2008/06/acuerdo-en-el-matadero-de-girona-versin.html
(4) Véase las diversas ponencias de Miquel Falguera i Baró sobre las negociaciones colectivas en:
Mujer e igualdad en
http://theparapanda.blogspot.com/2008/05/mujer-y-trabajo-entre-la-precariedad-y.html
La causalidad en la contratación temporal en http://theparapanda.blogspot.com/2008/05/la-causalidad-en-la-contratacion.html
Las dobles escalas salariales en http://theparapanda.blogspot.com/2008/05/miquel-falguera-las-dobles-escalas.html

domingo, 12 de octubre de 2008

DERECHO DEL TRABAJO Y SINDICALISMO





UNA ENTREVISTA A UMBERTO ROMAGNOLI

La Gaceta Sindical de Castilla La Mancha, el periódico de CC.OO. de esa Comunidad, hizo la entrevista que sigue al maestro Umberto Romagnoli. En breve aparecerá publicada en formato tradicional y con la traducción oficial a cargo de Charo Gallardo; de momento puede servir esta versión castellana, obra de un joven becario de Parapanda. La foto de arriba retrata un encuentro del maestro Umberto Romagnoli en la ciudad de Parapanda con tres sujetos escasamente recomendables.


César García Arribas y Charo Gallardo


Pregunta: Es doctor honoris causa de nuestra Universidad y nos visita a menudo. Tiene una especial relación con Castilla-La Mancha ¿a qué se debe?

Respuesta. Podría responder recordando la intensa relación intelectual y de amistad que dura ya 20 años con Antonio Baylos y Joaquín Aparicio. Pero no es lo único: el hecho es que en esta sede universitaria se ha formado un grupo de juristas del trabajo, guiado por Antonio y Joaquín, culturalmente preparado e intensamente motivado y que ha entendido una cosa fundamental: el Derecho del Trabajo no es solamente un sector del ordenamiento jurídico; como la historia para los historiadores, es también una llave para leer el mundo.

Por otro lado, comparto con ellos la responsabilidad de una significativa experiencia de formación para expertos latinoamericanos en problemas del trabajo y de las relaciones industriales. El curso, de celebración anual, se inició hace 20 años en la Universidad de Bolonia y desde hace una década se organiza en módulos, uno de los cuales se desarrolla en la sede toledana de la UCLM, con la inapreciable aportación de Charo (Gallardo).

Debo reconocer que la participación en esta iniciativa de los amigos del ateneo manchego ha permitido dar un salto cualitativo al curso, que ha extendido aún más su impacto en ambientes cualificados de América Latina, donde la cultura jurídica europea (marcadamente de izquierdas) es marginal respecto a la estadounidense.


¿Cuál es la relación entre Derecho del Trabajo y Sindicalismo?

R. La mejor prueba de que el Derecho de Trabajo es hijo del sindicato se encuentra en la comparación de sus cromosomas con los paternos. De hecho, el Derecho del Trabajo es ambivalente en la misma medida en que el sindicato es bipolar.

Al igual que este último es mitad instrumento de integración en el sistema y mitad instrumento de contestación del mismo, así el derecho que el trabajo reconoce como suyo es Derecho ‘del’ Trabajo no menos que Derecho ‘sobre’ el Trabajo: porque concede la palabra al trabajo, pero al mismo tiempo le prohíbe alzar demasiado la voz.

Es como decir que es a la vez instrumento de emancipación e instrumento de represión.

El Derecho del Trabajo no ha llevado a sus extremos los conflictos originales del sistema capitalista. Mas bien, lo ha regulado con la finalidad de evitar que el propio capitalismo se radicalice, produciendo efectos devastadores. Esto, bien mirado, es el signo menos discutible de que, aun llevando su nombre, el Derecho del Trabajo no ha escuchado sólo las razones del trabajo: también ha escuchado siempre las razones del capital. Esto está en plena sintonía con la naturaleza compromisoria de su proceso de formación.

¿Cabe en el siglo XXI el sindicato de clase?

No diría que CCOO está en un error al querer conservar su antigua definición, pero que quede claro para todos –incluso para CCOO- que el significado de la fórmula verbal ‘sindicato de clase’ es hoy diferente al que tuvo en el pasado, cuando la sociedad estaba divida en dos como una manzana y cada clase estaba convencida de que la derrota de la clase contraria sería beneficiosa para la sociedad entera.

La verdad es que en la sociedad actual es más fácil representar fragmentos del mundo del trabajo -ya que el trabajo se declina en plural-; y es más difícil unificar la representación global del universo múltiple de los trabajos. Esto es el “hic Rhodus, hic salta” del sindicato contemporáneo.

Su deber es reconducir la diferencia de contenidos de las tutelas repartidas en la tipología de los trabajos, descontaminándose de su cultura parcial que le lleva a concentrar la tutela en el ámbito del trabajo dependiente. Es un reto que el sindicato puede superar a condición de dejar de lado las falsas certezas de un silogismo que lo acompaña desde el siglo pasado: a) el trabajo fordista es trabajo subordinado; b) el trabajo fordista está en expansión; conclusión: el trabajo subordinado ocupará espacios tendencialmente ilimitados.

Sé bien que la perspectiva apenas vislumbrada de la política del derecho no es factible de inmediato, por insuficiencia de consensos. Solamente una interpretación evolutiva de los enunciados de las constituciones post-liberales de la segunda postguerra puede poner el acento en el significado unificador del trabajo: de ese significado es de donde nace el proyecto de reforma “au-delà de l’emploi” , como les gusta decir a los franceses.

En efecto, su realización exige que la relación entre trabajo y ciudadanía esté presidida por reglas que sigan a la persona en todas sus actividades, en cada posición y en cada momento, sea cual sea la modalidad de su relación con el trabajo, subordinado o autónomo; y, justo por esto, reglas calibradas más por el status que por el contrato. Al fin y al cabo, si el trabajo industrial ha conseguido su emancipación es porque la democracia constitucional lo ha transformado en un título privilegiado de legitimación de acceso a los derechos sociales de ciudadanía. Ahora que la fábrica ya no es uno de los grandes laboratorios de la socialización moderna, es la ciudadanía la que pretende emanciparse del trabajo industrial, reclamando las garantías necesarias para conservar su perfil de identidad por encima de la pluralidad y heterogeneidad de los itinerarios y situaciones laborales. Después de todo, como decía Gerard Lyon-Caen, “seguirá siendo necesariamente industriosa; o, si no, industrial”.

Por ello, sería un error subestimar el peso de los derechos constitucionales del individuo como base del ‘paquete estándar’ de bienes y servicios, en los cuales la noción de ciudadanía está destinada a adquirir visibilidad y concreción en una sociedad industriosa.

Una sociedad para la cual el Derecho del Trabajo no podrá ser igual que en el pasado siglo. El tren de vida del común de los mortales le expone al peligro de quedarse en tierra, o de ser apeado en marcha. De ahí la necesidad de reclamar que se vayan enganchando más vagones y vagonetas en número suficiente para que nadie quede en tierra, para que pueda subir todo el mundo.

Una sociedad en la que partiendo de una Constitución aún por alumbrar, que cuente con un Derecho del Trabajo ‘modernizado’, en la medida en que su función protectora se articule mediante la inclusión de los elementos que constituyen la ciudadanía social.

No es correcto ni razonable esperar la muerte del Derecho de Trabajo del siglo XX; en vez de eso lo que se espera es su transfiguración mediante la creación de un orden normativo que, sin cambiar el centro de gravedad, permita la exigibilidad de derechos sociales por parte del trabajador en cuanto ciudadano, más que del ciudadano en cuanto trabajador. Las palabras son las mismas, pero los acentos son diversos, están colocados de modo diferente. Lo que quiero es hacer entender que, en la relación biunívoca entre trabajo y ciudadanía, ha sucedido algo: la metamorfosis del trabajo, que ha hecho que haya cambiado la percepción social. Este cambio no deja de influir en el status de ciudadano y en la manera de beneficiarse de él.

Precisamente en estos días he entregado a la editorial Donzelli una obra sobre la cultura jurídica del trabajo en el siglo XX. En sus conclusiones sostengo que la creciente segmentación del trabajo impide continuar privilegiando la forma de ciudadanía basada en el trabajo -declinado en singular y con “t” minúscula-, del cual han sido en parte artífices y en parte garantes las grandes organizaciones de trabajadores que hicieron frente a las grandes estructuras y a las fuerzas del capital.

¿Podemos esperar esto de un derecho laboral europeo, o de una futura Constitución europea, impulsada desde un sindicalismo europeo?

R. Es prematuro hablar de un derecho laboral-sindical europeo. Todo lo más, existe un proceso de comunitarización de los derechos nacionales del trabajo. No es realista dar por sentado que eso suponga el germen de un sindicalismo europeo.

En la mayoría de los países europeos, el derecho del trabajo es hijo natural del estado-nación y del sindicato -al que, después de haberlo combatido, el mismo estado-nación ha comenzado a tratar como a un ‘partenaire’.

A su vez, el Derecho Comunitario –como el derecho global del trabajo, aunque en fase de formación- será un hijo concebido en probeta, cuya artificialidad no puede ser corregida por la exangüe autonomía colectiva-sindical de ámbito europeo. Ambos -derecho laboral europeo, sindicalismo de ámbito europeo- tienen en común un código genético que les contrapone a los derechos nacionales del trabajo.

Mientras que éstos se mueven dentro de una tradición de inspiración solidaria, donde la libertad de iniciativa económica no es un valor absoluto, el derecho global y el derecho comunitario del trabajo se mueven en un espacio inmaterial, deslizándose –velozmente, como campeones de windsurf- sobre grandes olas que le alzan por encima del espíritu animal del capitalismo de mercado.

Por ahora lo único que podemos prever es lo que no será un derecho global del trabajo: no podrá ser nacional-popular, en el sentido propio de los derechos domésticos del ordenamiento jurídico de cada Estado, que se han colocado en el punto de mira privilegiado de la gran generación de juristas del Trabajo a cuyas enseñanzas debemos lo que somos y lo poco que hemos sabido hacer.

Ciertamente, es una amputación que nos hace sufrir como a un animal cuya pata ha quedado atrapada en el cepo.

P. En sus orígenes el sindicalismo provocaba malestar y hasta miedo…..

R. Responderé con una metáfora de sabor kennedyano que tanto le gustaba al jurista Federico Mancini, fallecido a finales del pasado siglo, con quien di los primeros pasos en el estudio de la disciplina de mi vida: es la imagen del pluralismo gubernativo que en las democracias adultas adopta el aspecto de una montaña cuya cima es una meseta.

La pendiente comienza a subirse desordenadamente y siempre hay nuevos sujetos sociales que quieren conquistarla. Como la ascensión es dura, para escalar se sirven de todos los medios disponibles, aun de los más groseros y elementales. En la cima, los intereses que hayan conseguido llegar hasta allí se disputan el espacio, eligiendo el medio más compatible con el orden existente y practicando reglas de un juego que, mientras tanto, ha cambiado y se ha incivilizado.

La concertación supone que el sindicato ha llegado a la cima de la montaña.

P. Además de sus tremendos efectos en la economía mundial, la crisis financiera actual parece haber puesto en cuestión muchas cosas. Según muchos, no es una crisis más de las habituales crisis cíclicas del capitalismo. El liberalismo como ideología ha plegado velas. Los gobiernos nacionalizan los bancos en quiebra. El presidente de la Patronal española llegó incluso a solicitar, literalmente, que se suspendiera por un tiempo la economía de mercado ¿Cuál es su análisis de esta situación y de sus posibles efectos?

R. “El capitalismo tiene los siglos contados” no es solo la ocurrencia irónica que Giorgio Ruffolo ha elegido como título de su último libro. Es también la realista premisa de la que debemos partir. Sirve para soñar menos y hacer más política. Sirve también para el sindicato, el cual se encuentra frente a una gran oportunidad: la de forzar a la economía de mercado a que se replantee a sí misma.

De hecho, la clamorosa caída de su credibilidad a nivel mundial la deslegitima definitivamente en el papel de testigo de cargo en el proceso abierto a finales del siglo XX contra el sindicalismo y el Derecho del Trabajo. La verdad es que ha ocurrido algo que no se puede ignorar por parte del sindicato: un exceso de condescendencia ideológica, que le ha llevado a tomarse en serio la crítica dirigida al Derecho ‘del’ Trabajo de haberse convertido en el más aguerrido antagonista del Derecho ‘al’ Trabajo.

Cierto que esto último es un reto. Pero el Derecho del Trabajo no ha tenido a bien recoger el guante porque no va directamente dirigido a él –o por lo menos no solo a él; sino más bien a la economía, cuyo coeficiente de ética está ligado fundamentalmente a su capacidad para crear las condiciones que permitan que el mayor número posible de personas puedan ejercer el derecho al trabajo proclamado en las modernas constituciones.

A menos que se considere que el desmantelamiento de las tutelas del trabajo hace más realista el enunciado constitucional.

Lo cual sería paradójico, sería como culpar al semáforo de que los accidentes de tráfico no solo no disminuyen sino que aumentan. La verdad es que al igual que el semáforo es un instrumento regulador del que no puede prescindirse solamente porque muchos se lo salten en rojo. Así, el desmantelamiento del Derecho del Trabajo, de por sí, no provocará un aumento de la ocupación: la única certeza es que lo que sí producirá es la desregulación del trabajo que haya. Sea éste mucho o poco.





sábado, 11 de octubre de 2008

MÁS SOBRE LA UNIDAD SINDICAL (2)



Los comentarios que se hacen en el anterior escrito me animan a seguir con la importante cuestión de la unidad sindical orgánica. De un lado, las opiniones del muy veterano Fernando Garrido; de otro, la noticia que nos ofrece un misterioso Colomí missatger de una reunión de los sindicatos franceses, y finalmente la pregunta del amigo Despertaferro sobre si la unidad sindical podría provocar un incremento de la afiliación al nuevo sindicato.


Digamos las cosas claras: los mayores impedimentos que existían para no crear un sindicato unitario en España cayeron hace tiempo. Se trataba de la dependencia de una y otra organización a tal o cual partido. Subsisten todavía –y es cosa natural-- potentes inercias que se deben a códigos de conducta que vienen de muy atrás. Aunque ya no son determinantes, parece claro que aún juegan un papel de freno para la unificación de ambas organizaciones. En todo caso, cualquier observador puede darse cuenta de que se han operado, desde hace por lo menos veinte años, mutuas influencias entre ellos. Ha sido un contagio irregular, pero que en todo caso ha ido limando las diferencias de conducta en entrambas organizaciones.


Pues bien, si ya no existe (al menos con la intensidad de antaño) la dependencia del sindicato hacia papá-partido, es claro que lo más evidente es la consideración “teórica” de que el vínculo que recorre la condición asalariada es de naturaleza social. Que es unitaria, sabiendo que el conjunto asalariado tiene una diversidad de situaciones. Así pues, nada impediría que el sindicalismo unitario ejerciera de buen sastre reuniendo todos esos “retales”.


No será fácil avanzar en la unidad sindical orgánica. ¿Y qué? Menos utilidades reporta la no-unidad. De manera que nos vale empezar a hablar, debatir y echar cuentas para, gradualmente, ir poniendo los primeros ladrillos de la casa de todos los trabajadores.


Como enseña un avezado Fernando Garrido es necesario hablar largo y tendido y, sobre todo, consensuar reglas y pautas de conducta. En todo caso, tengo para mí que la tarea más necesaria podría ser todo lo relativo a la negociación colectiva, la razón de ser más potente del sindicalismo confederal.


¿Dónde estarán los mayores impedimentos para empezar a diseñar el nuevo edificio? Me imagino que en aquellas zonas grises de quienes hayan ido acumulando resentimientos por unas u otras razones. Y también en la dificultad que podría tener no poca gente en la reacomodación en el nuevo sindicato. Esto es, en el puesto dirigente al que creerían tener derecho. Pero estas cosas, que ya irán viniendo, no están en el orden del día. Porque, como se ha dicho, lo importante es trazar un camino gradual, con experiencias piloto, intermedias, capaces de ir construyendo –al principio un confortable patio de vecinos— una casa general.

Pregunta Despertaferro: ¿se incrementará la afiliación? La respuesta tradicional sería afirmativa. No obstante, por si las moscas es condición (casi) necesaria que el sindicalismo de nuevo estilo sea la expresión unitaria, contractual, en el centro de trabajo. Porque, digamos las cosas claras: ¿para qué serviría el comité de empresa si se alcanza la unidad sindical orgánica?

viernes, 10 de octubre de 2008

¿PARA CUÁNDO LA UNIDAD SINDICAL ORGÁNICA? (1)


Este catacrac financiero (casi) mundial está poniendo patas arriba muchas cosas. No hablo de las más evidentes porque, al menos parcialmente, se han puesto de manifiesto en este blog en los últimos días. Lo que sí parece claro es que todas las respuestas tradicionales que se han puesto en marcha no están cumpliendo sus objetivos. Al menos de momento. Puede ser que ello tenga algo que ver con lo que alguien dijo, tiempo ha: cuando sabíamos las respuestas, se cambiaron las preguntas. Bien, con mayor o menor propiedad casi todo el mundo se está moviendo. Por eso, tengo para mí que sería apropiado que el sindicalismo confederal español se moviera un poco más, poniendo en marcha una iniciativa de gran relieve. Que es la que se verá a continuación…


Premisa. Me informaron mis amigos andaluces, durante mi estancia en la Universidad Internacional de Andalucía, el pasado miércoles, en la bellísima ciudad de Baeza, que hace poco se celebró una asamblea de delegados sindicales andaluces de Ugt y Comisiones Obreras en Sevilla, presidida por Cándido y Fidalgo. El primer espada ugetista empezó su discurso con un potente elogio de los dirigentes sindicales de Comisiones Obreras; Fidalgo, a su vez, cerró su intervención con un “¡viva Ugt!”. La asamblea unitaria estaba preparando la movilización por el “trabajo decente”… Ni que decir tiene que los representantes de los trabajadores aplaudieron a rabiar las intervenciones de los máximos líderes de Ugt y Comisiones Obreras. ¿Sería exagerado apuntar que algo se está moviendo, imperceptiblemente, en nuestros sindicatos? Porque, según mis fuentes andaluzas, Cándido habló como si la gente de Comisiones fuera la propia y el grito de Fidalgo apareció tan natural como si el “otro” sindicato también le fuera propio. Por mi parte, me quito el sombrero.


Primera consideración. Hemos partido de que, con mayor o menor fortuna, casi todo el mundo se está moviendo para encontrar soluciones o unas primeras pistas frente a esta crisis financiera que estamos sufriendo y padeciendo (unos más que otros, y unos incluso aprovechándose de ella). Pues bien, el sindicalismo confederal debería considerar que más tarde o más temprano construirá la unidad sindical orgánica, esto es, la creación de un sindicato unitario. Por muchas razones. Por ejemplo, tiene poco sentido simbólico que existan la Confederación Europea de Sindicatos y la Central Sindical Mundial, esta última es la que ha convocado la jornada global por el “trabajo decente”. ¿Hasta cuándo, pues, puede mantenerse esto, todavía chocantemente lógico, de unidad por arriba y otra cosa en los Estados nacionales, en España por no ir más lejos?


Segunda consideración. Repito: más tarde o más temprano se construirá la unidad sindical orgánica en España. Así pues, ¿a qué esperar para, gradualmente, hablar, debatir, pergeñar y empezar a poner, gradualmente, los primeros ladrillos de la casa? Por supuesto, sin precipitaciones: he dicho gradualmente. Lo que quiere decir con fases intermedias. Más en concreto, puede haber (también gradualmente) organismos de unidad intermedia que mantengan, en una primera fase, la adscripción a la casa madre tradicional, esto es, a Comisiones y Ugt. Y, poquito a poco, leyendo las experiencias avanzar, también gradualmente
.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

COMISIONES OBRERAS DESDE 1977 AL VERANO DE 1978



LOS PRIMEROS ANDARES DE LA CAMINATA SINDICAL EN DEMOCRACIA: desde la legalización en 1977 hasta el Primer congreso de Comisiones Obreras en 1978


Argumento central de mi intervención en la Universidad Internacional de Andalucía. Baeza 8 de Octubre de 2008.


José Luís López Bulla
(Secretario general de CC.OO de Cataluña 1976 – 1995)




Me parece conveniente iniciar estos comentarios con una observación obligada: no se trata de historiar aquellos momentos del protagonismo sindical en los primeros andares de la recién estrenada democracia española; eso es cosa de los historiadores. Aquí se trata, lisa y llanamente, de reflexionar –también con los ojos de hoy y, digamos, a toro pasado— sobre una etapa fascinante. Fascinante porque estrenábamos el traje de la democracia y sus institutos; fascinante, por otra parte, porque éramos treinta años más jóvenes. Y, porque para eso me han llamado a participar, quiero agradecer a los organizadores que hayan pensado en un servidor; posiblemente la mano larga y amable de Eduardo Saborido está detrás de ello.

Llevo algunos años intentado convencer a los historiadores de que en España se dio una neta ruptura sindical. El sindicalismo putativo del franquismo, después de un tiempo de estado vaporoso, desapareció rotundamente: tampoco ningún jerarca de aquella organización jugó papel alguno en la vida sindical ya en democracia. Es más, la mayoría de las grandes líneas del diseño de cómo tenía que ser el edificio se cumplieron con muy buena aproximación. Tan sólo nos falló un gran deseo: la unidad sindical orgánica, esto es, la creación de un sindicato unitario. No es la ocasión para abundar en las razones que lo explican, a menos que se suscite en el coloquio. En todo caso, diré que, a pesar de que ese sueño nuestro no se cumplió, no es menos cierto que pusimos en marcha una potente institución unitaria de todos los trabajadores: el comité de empresa y, posteriormente, las Juntas de Personal en la Función pública.

1.-- Los primerísimos andares del sindicalismo confederal español, ya en democracia, se caracterizaron por una vorágine espectacular. Porque simultáneamente –casi en tiempo real, como diríamos hoy—teníamos que realizar toda un conjunto de tareas que no se podían dejar para el día siguiente: atender a los convenios colectivos era urgente y no esperaba demora porque era nuestra función de tutela del conjunto asalariado; estructurar la casa sindical era igualmente urgente porque era el referente de la representación de los trabajadores a quienes urgíamos para que se afiliaran; aclarar formalmente los grupos dirigentes al tiempo que dibujar un esbozo de orientación programática requería, así mismo, la (también urgente) celebración de nuestros propios congresos. Y, por si faltara poco, la urgencia de la convocatoria y desarrollo del conflicto social ante cada situación de reivindicaciones no satisfechas. Vale la pena traer al recuerdo que tantos ajetreos urgentes, con unas responsabilidades a cubrir a “tiempo real”, se desarrollaron en un clima de gran inestabilidad: de un lado, la crisis económica caballuna, y, de otro lado, el sangriento terrorismo (el de ETA y otras bandas por el estilo) que apuntaba contra las instituciones de la jovencísima democracia. También a lo uno y lo otro se enfrentó, con las escuálidas herramientas que tenía, el sindicalismo confederal. Todo ello lo hicimos de manera natural y sin ningún tipo de ostentación trascendente, ni tampoco, por lo general, como santones laicos ni monjes urbanos.

Pero, ¿quiénes eran aquellos hombres? Aclaro, no se trata de un desliz: en mi sindicato hablábamos enfáticamente de los “hombres de Comisiones” siguiendo acríticamente los constructos del histórico lenguaje machista del que, también, éramos responsables. Pues bien, aquellos dirigentes sindicales de los primeros andares del sindicalismo en democracia seguían siendo esencialmente las personas de la generación fundadora de Comisiones Obreras. Que tenían tras de sí un bagaje “de fábrica” y una probada capacidad negociadora y movilizadora. La mayoría eran cuarentones y ocupaban un lugar destacado en el proceso productivo y de administración que, dado el carácter taylorista de la gran empresa, favorecía la capacidad de representación de los trabajadores. Se trataba de algo curioso: de un lado, el puesto jerárquico del ingeniero, técnico o de gestión administrativa era una “garantía” para el resto de los trabajadores; de otro lado, esa jerarquía se democratizaba en el lugar central de la toma de decisiones: la asamblea, como instituto de participación radicalmente democrática, donde todo el mundo podía decir y decía la suya. De hecho, la mayoría de los primeros dirigentes sindicales tenía responsabilidades de mandos intermedios en los centros de trabajo. No pocos de ellos formados en la Universidad, en las Escuelas de Formación Profesional o en los centros de aprendices que tenían algunas grandes empresas.

Son paradigmáticos, en ese sentido, los casos madrileño, andaluz y catalán: Camacho y Ariza, Fernando Soto y Eduardo Saborido, Rodríguez Rovira, Carles Navales, y Gómez Acosta, entre otros. En concreto, dirigentes sindicales que, más allá de su reconocida militancia en el Partido comunista o en el PSUC eran la expresión social y cultural del conjunto asalariado emergente en nuestro país. En ellos se concretaba la naturaleza del fuerte reformismo que es el sujeto sindical.

La gran aportación que esta gente hace a la izquierda es de gran envergadura. Porque van produciendo un itinerario que es una rotunda discontinuidad con las (tan venerables como nocivas) tradiciones que presidían las relaciones entre los partidos obreros y el sindicalismo democrático. Tradicionalmente los partidos de matriz lassalleana (contra quienes polemizó el mismísimo Karl Marx) y también los leninistas consideraban imprescindible una drástica diferenciación de roles: el partido era, por así decirlo, Dios padre; el sindicato era su enviado en la Tierra, aunque severamente controlado. El partido se reservaba el proyecto de transformación, al sindicato se le encomendaba la “resistencia” que, en el fondo, era una guerra de resistencia contra la derrota. En esas condiciones, el conflicto social debía funcionar sobre la base de las contingencias políticas. Esta era la tradición del partido lassalleano (socialista, socialdemócrata y laborista) y del leninismo. O sea, el sindicalismo era, así las cosas, una mera prótesis de papá-partido.

La gran paradoja es que, en España –también en Italia con Giuseppe Di Vittorio, Luciano Lama y Bruno Trentin— fueron los comunistas quienes gradualmente van poniendo en entredicho estos estropicios de la izquierda. Y, a la chita callando, Comisiones Obreras entra en el juego de la democracia con una aproximada ración de independencia sindical. Es la potente herencia del documento aprobado en la Asamblea del barrio madrileño de Orcasitas en plena clandestinidad: allí se deja tajantemente claro que estamos por un sindicalismo independiente de los poderes económicos, de todos los partidos políticos (incluidos los obreros) y del Estado, con independencia de su carácter social. Así pues, un buen cacho del sindicalismo confederal se estrena en democracia con tan significativo acervo cultural.

Las consecuencias de ese cambio de metabolismo fueron, como mínimo, las siguientes: 1) la asunción de responsabilidades en torno a cuestiones sociales que tradicionalmente se reservaban para sí las organizaciones políticas, 2) el ejercicio del conflicto social era gobernado por el sindicalismo para la buena utilidad de los trabajadores y sus familias. O, lo que es lo mismo: las reformas en materias sociales de todo el universo del Estado de bienestar (empleo, enseñanza, sanidad, entre otras) también eran materias a negociar por el sindicalismo confederal. Se trataba de islas emergentes en lo que podríamos calificar como un incipiente “sindicalismo de los modernos” frente al “sindicalismo de los antiguos”, por utilizar una metáfora, referida a la democracia, de Benjamín Constant en su famosa conferencia parisina de 1819
[1].

Tal vez lo que voy a decir sea consecuencia de una “pasión de padre”, pero sostengo que, junto al sindicalismo italiano, nosotros fuimos lo más renovador de Europa. Porque incluso con nuestras imperfecciones y errores estábamos indiciando un proceso radicalmente nuevo, laminando no pocos mitos que la izquierda europea ha mantenido a lo largo y ancho del siglo XX. Lo chocante del asunto es que aquella generación de sindicalistas aprendió a capar matando gorrinos. Quiero decir que el más viejo del lugar no tenía experiencia de dirigir un sindicato en democracia. La falta de experiencia se suplió con una considerable cultura de fábrica, viendo –a veces con gafas de poca graduación— una parte de las gigantescas transformaciones que estaban en curso.

2.— De hecho el principal problema general con que nos enfrentamos fue el de la crisis económica, caracterizada por uno rápido crecimiento del desempleo, unos altísimos niveles de inflación y sucesivas devaluaciones de la peseta. Debo decir con claridad que aquellos grupos dirigentes –de una reconocida cultura de fábrica— no estábamos suficientemente preparados para intervenir adecuadamente en aquella situación. Tampoco existían las mejores relaciones entre los sindicatos: las dos grandes organizaciones no supimos entrar en el juego democrático con la suficiente y necesaria unidad de acción. Es más, de manera no infrecuente hubo algo más que asperezas y contrastes. Por lo general se entendía que estaba en juego qué modelo sindical iba a llevarse el gato al agua; esa disputa comportó una más que notable laceración en el sindicalismo, al tiempo que debilitaba la capacidad de respuesta a los problemas inéditos que apuntaba la crisis económica.

Una crisis que llevó al Presidente Adolfo Suárez a proponer un acuerdo político-económico con dos objetivos centrales: afrontar la crisis y poner en marcha una serie de reformas legislativas “de interregno” hasta la aprobación de la Constitución Española. Entre nosotros, el grupo dirigente de Comisiones Obreras, la idea era aceptable, entre otras cosas porque la idea basilar de Marcelino Camacho era la intervención de los trabajadores en los problemas generales del país y cuadraba con la distinción que, en aquellas épocas, caracterizaba a Comisiones: un sindicato sociopolítico.

Los pactos de la Moncloa fueron el primer sobresalto de, al menos, mi sindicato. Sólo habían sido llamadas a la elaboración del acuerdo las fuerzas políticas; el sindicalismo no fue tenido en cuenta a pesar que una gran parte de los contenidos anunciados eran materia de directa gestión de lo que hoy se llama los agentes sociales: política de rentas la contención de la inflación. Francamente no era sólo un torpedo simbólico al movimiento organizado de los trabajadores y sus organizaciones sindicales; era un primer aviso o una insinuación de que, en adelante, no íbamos a tener las cosas fáciles.

Tuvimos que hacer de tripas corazón. Es más, Comisiones aceptó el contenido final de los Pactos de la Moncloa porque abrían una hipótesis de lenta salida de la situación de crisis económica, como así fue. Pero hay algo más que no se ha dicho hasta la presente: nosotros no teníamos un planteamiento con cara y ojos, de carácter general, para abordar la crisis económica, salvo la “resistencia”, con más o menos acierto, en cada empresa, donde ya había empezado un proceso de innovación y reestructuración de los aparatos productivos y de servicios.

Ese déficit de proyecto sindical intentó suplirlo Marcelino Camacho con una propuesta que él mismo bautizó con el nombre de Plan de solidaridad contra el paro y la crisis. Sus confusos contenidos eran evidentes: establecer un fondo de solidaridad financiado por el trabajo (una hora) de los trabajadores y (dos horas) por las empresas. Hoy es fácil sonreír ante este ingenuo welfare cáritas. Pero era, aproximadamente, el resultado de un proyecto serio y la expresión de hasta qué punto los problemas agobiaban enormemente la concreta condición de los trabajadores y sus familias. El primer congreso de Comisiones Obreras tuvo una elegancia exquisita y no desairó a Marcelino Camacho: no aprobó ni rechazó la propuesta, se limitó con buenas palabras a pedir que se reelaborara. Cosa que nunca sucedió.

3.— Antes, al hablar de los cuadros dirigentes del sindicato, se ha insinuado de refilón las grandes líneas de la “estrategia” de aquellos primeros andares de Comisiones en libertad. Las recuerdo: a) la intervención en la negociación colectiva, b) el diseño de la estructura organizativa, c) la clarificación de la representación en el centro de trabajo y d) la marcha hacia el primer congreso del sindicato. Cosa que, como se ha dicho más arriba, se hizo en el tiempo de un año.

3.1.-- La negociación colectiva. En otras ocasiones he escrito que el modelo de negociación colectiva que adoptamos fue la mera continuidad, salvo la existencia de la representatividad institucional y democrática de los protagonistas, de la que existía en tiempos de nuestra acción colectiva en tiempos de la dictadura y contra el sindicato putativo del franquismo. Es verdad pero, pensando detenidamente en ello, me olvidé de algo singular: ello fue así –ese `continuismo´-- porque el movimiento organizado de los trabajadores aprovechó y, parcialmente, corrigió la Ley de Convenios colectivos de 1958. O lo que es lo mismo, no pocos convenios territoriales también fueron el resultado de movilizaciones democráticas en plena dictadura. Por citar tan sólo dos ejemplos llamativos: así nacieron convenios colectivos metalúrgicos como los de la comarca del Bajo Llobregat y los de Manlleu, una población cerca de Vic. O sea, quienes verdaderamente negociaban, ejerciendo el conflicto social, éramos nosotros, dado que los jerarcas del sindicato franquista eran la terminal de los intereses de la patronal y de la línea política de mando.

3.2.— El diseño de la estructura organizativa. En realidad el proceso organizativo más llamativo que desplegamos, durante los primeros andares del sindicalismo en democracia, fue la apertura de sedes en él mayor número de ciudades que pudimos. Vale la pena reseñar que llegamos a tener más casas sindicales que los que dispuso el sindicalismo putativo del franquismo. Las sedes se abrieron o bien por alquiler o de compra, bajo el aval personal de los dirigentes sindicales. Lo que indica el desprendimiento y generosidad de tales personas, algunas de las cuales tuvieron sus problemas económicas y, no hace falta decirlo, sus complicaciones familiares. En todo caso, la inauguración de las sedes fueron fiestas, auténticos acontecimientos populares de alta significación política y cultural: recuerdo la inauguración de la sede de Barcelona con la participación de las conocidas vedettes del Molino con sus plumeros y sus canciones picantes ante la perplejidad de Marcelino Camacho.

Organizamos el sindicato sobre una base dual: por un lado el territorio, llamado Unión de sindicatos; por otro lado, la agrupación de la profesión de ramo, tanto de industria como de los servicios, conocida oficialmente como Federación. Pero en realidad, el sindicato descansaba en el organismo unitario que eran los comités de empresa, dado que las secciones sindicales –esto es, la organización del sindicato, en tanto que tal, en el centro de trabajo eran prácticamente inexistentes.

3.3.-- De hecho poco se explica del sindicalismo de Comisiones sin la existencia de los organismos unitarios de los comités. Dicho sea de paso, estas instancias eran vistas por los compañeros de Ugt con mucha menor simpatía.

Vale la pena decir que nosotros pusimos todo el acento en los comités por varias razones: a) por la unidad social de masas que representaron los organismos en el centro de trabajo bajo el franquismo donde nosotros teníamos una amplia presencia; y b) porque, fracasada nuestra aspiración de compartir con Ugt y Uso la construcción de una central sindical unitaria, queríamos preservar que, al menos en la fábrica, existiera un organismo de todos los trabajadores. Ahora bien, no es menos cierto que la competencia entre los dos sindicatos mayoritarios, CC.OO. y Ugt, por la mayoría en los comités no dejó de ser una fuente de problemas.

3. 4.— La marcha hacia el primer congreso de Comisiones se hizo, también, de manera simultánea a todo lo que anteriormente se ha relatado. No hace falta que diga que el principal rasgo de todo ese proceso fue “de exaltación” y, excepto algún que otro chispazo, estuvo presidido por un elevado tenor unitario. En el fondo lo que nos proponíamos era oficializar la legitimidad social que se había alcanzado en el itinerario anterior: a ello, lógicamente, había que darle el rigor institucional, la creación de las convenientes normas internas (los Estatutos) y la elección de los dirigentes.
Más allá de las limitaciones (a decir verdad fueron muchas) de las propuestas congresuales, la novedad era evidente: un movimiento organizado de trabajadores adquiría la plena personalidad de sujeto sindical cuya aportación a la defensa y promoción de los intereses de los trabajadores ha sido decisiva a lo largo del tiempo que llevamos en vida democrática. Un acontecimiento que formula dos elementos que, aunque no aprobados en dicho congreso, indician una aportación moderna a la acción colectiva: la incompatibilidad de los dirigentes sindicales de ejercer responsabilidades de orden institucional mientras están en el ejercicio de sus cargos y la duración de los mandatos. En sucesivos congresos se aprobaron tales medidas.


[1] Benjamín Constant: “La democracia de los antiguos y la democracia de los modernos”.

jueves, 11 de septiembre de 2008

MOVIMIENTO SINDICAL Y CATALANISMO POLÍTICO



Artículo que me han publicado en el diario Avui hoy 11 de Setiembre.


El movimiento de los trabajadores y el catalanismo político han tenido en los últimos cien años una serie de avatares que, en buena medida, connotan la historia del país. En mi opinión dicho itinerario tendría dos fases visiblemente diferenciadas: una, la anterior a la guerra civil; dos, desde la posguerra hasta nuestros días. La primera, clarísimamente marcada por la potente influencia de la CNT, se caracteriza, de un lado, por unas relaciones ásperas y, a menudo violentas, entre el sindicalismo y la política y, de otro, por un teorizado (y practicado) abstencionismo de los confederales en los asuntos de la política y las instituciones. Los intentos de, por ejemplo, Francesc Layret de conducir a los trabajadores hacia un catalanismo político de izquierdas no cambiaron la situación. Los sindicalistas de la época, a cuyo frente estaban personalidades tan representativas como Salvador Seguí, Joan Peiró, Angel Pestaña y otros, fueron celosamente valedores de la idiosincrasia anarcosindicalista, no ya del apartidismo sino del apoliticismo más contundente. Además, todos ellos fueron testigos del estrabismo del catalanismo: frente al ejercicio del conflicto social, los políticos pactaban con “Madrid” para aplastar violentamente la presión obrera y popular.

La guerra civil española, en lo que se refiere a lo que estamos tratando, provoca una situación distinta: la CNT se implica directamente en la política –con características de excepción, parecen decir-- y asumen incluso altas responsabilidades en el Govern de la Generalitat, también en el gobierno republicano español. (A efectos de lo que nos traemos entre manos no es relevante las relaciones de Pestaña con la política y la creación del Partido Sindicalista, dado su carácter extremadamente minoritario).

La segunda fase representa una clara discontinuidad. La lucha antifranquista cuenta con un sujeto social nuevo: el nuevo movimiento obrero, privado de todas las libertades, crea un sindicalismo de nueva planta. Con no pocas fatigas pone en marcha una difícil caminata que vincula las reivindicaciones sociales con la exigencia de las libertades políticas y, por primera vez, asume rotundamente la exigencia de las libertades democrático-nacionales del pueblo de Catalunya. Deja en la cuneta el apoliticismo, aunque intuye al principio, y después lo consolida, que su relación con la política es de plena independencia. Trabajadores catalanes de toda la vida y los provinentes de otros lugares de España protagonizan esa discontinuidad, y contagiados por el catalanismo político de izquierdas (comunistas, socialistas y cristianos) reorientan la historia en otra dirección. Mucho se ha hablado, por ejemplo, de la propedéutica del PSUC en todo ello.

Ese nuevo movimiento es, básicamente, Comisiones Obreras que tiene la originalidad de actuar públicamente, esto es, no esencialmente de manera clandestina. Que busca fatigosamente amigos, conocidos y saludados en el cuadro político antifranquista. Y que relativamente pronto decide encuadrar el ejercicio del conflicto social en el marco de una praxis de sindicato-de clase-y-nacional: una novedad parcialmente intuida por nuestro Francesc Layret.

Desde la recuperación de las libertades el sindicalismo confederal catalán (para entendernos, Comisiones, UGT y USO) se ha caracterizado por ejercer su acción colectiva en pos de la creación de un marc català de relacions sociolaborals extrovertido y tendencialmente global. En resumidas cuentas, ese vínculo potente entre el sindicalismo y los problemas de Catalunya, de un lado, y la acción global, de otro, explican el rotundo fracaso del catalanismo político de derechas siempre a la búsqueda de sindicatos-probeta concebidos como su propia fiel infantería. Pero que, así mismo, connota un sindicalismo que no es sujeto subalterno de la izquierda, aunque efectivamente esté en la izquierda.

domingo, 7 de septiembre de 2008

LOS SINDICATOS ANTE LA CRISIS ECONÓMICA




Me imagino al grupo dirigente de la Confederación Europea de Sindicatos (CES) dándole vueltas a la cabeza con relación a los problemas de la crisis económica. Ahí es nada que países como Alemania, Francia y el Reino Unido estén en la antesala de la recesión, y en lo que a nosotros nos afecta más directa también España. Esta es una situación que no se veía desde hace no se cuantos años: una crisis horizontal y simultánea. En otras épocas, Alemania había entrado en una fase preocupante, pero el resto de los “grandes” mantenía su ritmo. Ahora las cosas han cambiado de manera radical. Como era de esperar las economías más modestas son las que se están apretando el cinturón. Así pues, me imagino a los compañeros de la CES –el amigo Walter Cerfeda, entre otros— devanándose la sesera para, mientras se capea el temporal, ir pensando de qué manera se aborda una salida a esta crisis con un proyecto sostenible e inclusivo; sostenible en su vinculación con la defensa y promoción del medio ambiente, inclusivo para el mayor nivel de personas, especialmente las menos protegidas. Por supuesto, en cada Estado nacional los grupos dirigentes sindicales están también por la labor, y no es cosa de recordarles –por suficientemente sabida— la necesidad de mantener la más convincente unidad de acción de las organizaciones sindicales.

Ahora bien, leyendo atentamente la literatura del sindicato europeo (CES) como las de las organizaciones de los Estados nacionales (la abundante literatura contenida en webs de unos y otros), caigo en la cuenta de: primero, todavía la Confederación europea está en un evidente retraso a la hora de proponer medidas que no signifiquen sólo planteamientos genéricos; segundo, que los sindicatos de los Estados nacionales, hasta la hora presente, sólo plantean medidas que se refieren al limitado espacio del propio territorio nacional que, aunque por muy atinadas que sean, no tienen en cuenta el carácter “horizontal” y simultáneo de esta crisis económica; de ahí que cada organización sindical `nacional´ vaya por su lado y sus propuestas apenas si tienen algo que ver con un proyecto general: cada una en su casa y la crisis en la de todos.

Estimo que la Confederación Europea de Sindicatos debería convocar urgentemente una conferencia cuyo objetivo sería la elaboración de un proyecto a negociar con la Unión europea y el empresariado, esto es, unas líneas de intervención urgente para afrontar el chaparrón que está cayendo. Porque, de no hacerlo, podría correr el peligro de zurruscarse, salpicando de manera desagradable la concreta condición de vida de los trabajadores y sus familias. Por difícil que sea la elaboración de esas propuestas, estimo que no hay otra salida. Y por complicado que fuere la metodología que se plantea, también creo que es necesariamente urgente que se metan en harina.

¿De dónde parten tamañas dificultades? De las diversas condiciones de cada país. Porque, aunque la crisis sea `horizontal´ y simultánea, el peso de las inercias de la tradición y de los idiotismos de oficio de cada organización cuenta lo suyo. Pero especialmente por la decisión absolutamente intencionada de la patronal de no desear una organización propia a nivel europeo digna de ese nombre: organización europea, pues solo les interesa el provinciano “modus variandi” en cada Estado nacional. Amén de que las autoridades de la Unión europea van por un lado poco proclive a la concertación económica y el Banco Central Europeo que –matarile, rile, ro— tiene las llaves en el fondo de su mar y no deja que nadie se acerque a ellas.

Pero la CES no puede considerar que estas dificultades (tan reales como la vida misma) son un punto de llegada, de manera que –recurriendo ramplona aunque apropiadamente al tópico— diremos que dichas dificultades sólo son de partida. Más todavía, la CES (más allá de las dificultades “de partida”) puede poner orden en su casa megaconfederal. Y, armonizando los retales útiles de cada propuesta nacional, construir un conveniente proyecto de urgencia. Si están en ello, me callo y me voy con la música a otra parte.

Diré que esta es una propuesta “de urgencia”. Lo deseable es poner en el orden del día la construcción de un sindicato europeo con sus poderes reglados. Seguir manteniendo la CES en sus actuales términos de voluntarista coordinadora es algo tan gelatinoso como un conjunto de retales que, cada cual por separado, sólo lucen su palmito en el cajón de un sastre.

Punto final: no me atrevo a decirle cuatro cosas a la política europea de izquierdas ya sean los partidos socialistas o los que se proclaman de la izquierda antagonista. Porque si mi casa sindical europea todavía sigue siendo un chambao ¿a qué llamarles la atención a la tienda de campaña política?

miércoles, 27 de agosto de 2008

LA CRISIS DEL NACIONALISMO CATALÁN

La crisis del nacionalismo catalán está llegando a unos extremos un tanto grotescos. Cierto periódico barcelonés que milita en las filas de las organizaciones subvencionadas no gubernamentales (OSNG, oesenegés) la tiene tomada con Pau Gassol al que acusa de españolismo; un ex diputado, afirma en su blog, que los olímpicos catalanes están secuestrados por “España”; y anteriormente, por parecidas razones, ciertos iracundos de medio pelo pusieron verde al futbolista Xavi Hernández porque tuvo el “desliz” de gritar viva España cuando festejaba el éxito deportivo europeo de la selección. La primera conclusión podría ser, de momento, la siguiente: este cartucho indica hasta qué punto el nacionalismo catalán está en horas tan bajas como grotescas.


Esta crisis es de proyecto y de liderazgo político-cultural. Es de proyecto porque los nacionalistas no saben de qué manera puede reorientarse Catalunya en este mundo de la globalización y la interdependencia; y es de liderazgo porque no se ven dirigentes políticos ni intelectuales que sepan estar en el mundo real. Lo único visible, en lo uno y en lo otro, es la estridencia mediática que, de modo no infrecuente, raya en una calcomanía del esperpento. Ahora, los malos de la película no son los charnegos sino aquellos catalanes que se venden al ardor guerrero español. Este chocante nacionalismo, así las cosas, no necesitaría las maniobras dilatorias de Zapatero sino los comportamientos de una serie de personas –Gassol, Xavi Hernández y otros-- a los que, como la vieja Radio Tirana del dictador Hoxa, se les acusa de vendepatrias.


Sin embargo, estos iracundos están consiguiendo algo que no es irrelevante, a saber, que un amplio sector de ciudadanos de otras comunidades autónomas consolide el viejo prejuicio de que (todos) los catalanes son así. Es como si tales gentes se reafirmaran en su españolidad a través del espejo deformado del nacionalismo catalán. Es la mejor manera de que las líneas paralelas no se encuentren jamás. En ese sentido sobraría también la conllevancia. Lo único que valdría sería la sistemática confrontación, siempre bajo el lema etílico “que la fiesta no decaiga”.


Que un mercachifle escriba en su blog que Catalunya debería adoptar, en prueba de solidaridad, a niños extremeños, en vez de ser visto como una irrefutable prueba de acné cultural, se interpreta como un ataque de Catalunya a Extremadura. Hasta el mismísimo presidente de la Junta de Extremadura se ve obligado a terciar en la cuestión, y ¿cómo no? sigue la deriva de su facundo predecesor: una manera más de querer ser “en todo el mar conocido / del uno al otro confín”, o sea, la aspiración del capitán pirata de aquel bajel que tenía diez cañones por banda. O, lo que es lo mismo, estamos ante un fuego cruzado entre Catalunya y (casi) todos los demás. Hasta tal punto es así que en la izquierda ocurre tras cuartos de lo mismo, y por no haber, no hay puentes entre la intelectualidad de aquí y la del Ebro para abajo. No hace falta tener cuatro dedos de frente para intuir que Catalunya es la gran perdedora. La gran perdedora en los terrenos económicos, sociales y políticos. Porque, de seguir tan contumazmente ese camino, se aísla no sólo de España sino de los gigantescos procesos de globalización: no podrá intervenir en las facilidades de ello ni tampoco estará en condiciones para corregir las no menores anomalías y desigualdades.


En cierta ocasión, Joaquim González –el primer espada de la organización federal de los textiles y químicos de Comisiones Obreras— me explicaba que, hablando con el presidente de una compañía multinacional, éste caballero se quejaba de hasta qué punto la situación catalana estaba generando no pocas desconfianzas en importantes empresas. No es que el alto manager desconociera la actitud encrespada “de Madrid”, de ahí partía. Pero no entendía las formas en que se expresaba el comportamiento de los nacionalistas catalanes. La fácil y banal conclusión del acné político de algunos bloguistas está cantada: otro que tal, otro secuestrado por España.


El velero bergantín del nacionalismo no tiene un proyecto para Catalunya que es una sociedad abierta: así lo han demostrado sus recientes congresos. Un ejemplo espectacular de ello ha sido que, en ninguna de tales citas, ha parecido propuesta alguna de cómo encarar esta crisis bifronte global: la económico-financiera y la ecológica. Tan sólo se ha hablado los problemas de intendencia de cada organización, algo necesario pero muy insuficiente a todas luces. Por otra parte, como causa o efecto (o, tal vez, ambas cosas a la vez) no aparecen personas en los grupos dirigentes de esas formaciones políticas con la necesaria talla para reconducir, al menos de momento, el estado gelatinoso en el que está el nacionalismo.


Jordi Pujol fue la culminación de un proceso, favorecido por su carácter poliédrico que, en buena medida, tenía una fuerte conexión sentimental con la gente. Este no es el caso de los actuales dirigentes políticos del nacionalismo. Ahora lo que toca es seguir siendo. Pero ese seguir siendo es una anomalía así en la Unión Europea como en el cuadro de las potentes transformaciones en curso. Unos dirigentes que están en un callejón sin salida: entre el no poder alcanzar sus objetivos mediatos y el no saber cómo despotenciar su discurso. Sólo existe un camino trillado: la acumulación de agravios como legitimantes de que tienen razón. Ahora bien, ¿saben que eso es una considerable pérdida de tiempo y un enorme lucro cesante? Porque, mientras estén ensimismados en su “Ay de mi Alhama” otras comunidades autónomas españolas y otras regiones europeas seguirán avanzando.


El lunes pasado unos amigos estuvimos cenando en Calella con Juanjo López Burniol. Éste nos explicaba que un viejo salmantino, allá por los años cuarenta del siglo pasado, afirmaba: “Dentro de sesenta años España habrá cambiado radicalmente: el centro, menos Madrid y su área, será un gran coto de caza; sin embargo, la periferia y la ribera del Ebro serán potentes zonas de desarrollo”. No creo que aquel caballero se equivocara, lo cierto es que acertó de pleno. Pues bien, ¿han tomado buena nota los nacionalistas catalanes de que les han salido unos espectaculares competidores?


No me atrevo a decir que Catalunya ha entrado en un nuevo ciclo. Sea como fuere, pienso que se necesita un proyecto postnacionalista (no antinacionalista) de largo recorrido que coloque a Catalunya en la fase actual de innovación-reestructuración de la economía global e interdependiente; un proyecto que revalorice socialmente el trabajo (decente); un proyecto que vaya fortaleciendo una ciudadanía más activa e inteligente… Tengo para mí que este es el reto de la izquierda postnacionalista.



Nota final al margen de lo dicho. Telefónica, por fin, después de un mes en lista de espera me ha dado línea para entrar en Internet. Esta demora yo la había interpretado rematadamente mal y hasta mi esposa había empezado a explicarlo a sus amigos, conocidos y saludados. No teníamos razón: Telefónica, después de un mes, me abre la línea porque este 26 de Agosto es el día de San Ceferino, y como mi padre adoptivo –el afamado confitero Ferino Isla— celebraba “su santo”, la compañía ha tenido ese detalle con un servidor. El gesto de Telefónica ha sido muy comentado en Parapanda, aunque algunos piensan que es mera coincidencia: hombres de poca fe.


martes, 26 de agosto de 2008

LEYENDO A THOMAS MANN:"Los Buddenbrook"

Los Budenbrook es una novela de gran envergadura. Joan Flóres Constans, cultísimo librero de Calella, afirma que supera a la mismísima Montaña mágica. Un servidor titubea y, de momento, se limita a manifestar, robándole unos términos a su autor, que es una novela de “gran formato”, de esas que hay que leer despaciosamente y sin saltarse ni una línea.

El mes de agosto lo he aprovechado releyendo esta obra de Thomas Mann que mis compañeros de trabajo me regalaron, junto a otros libros, con motivo de mi jubilación administrativa. Ellos sabían que yo había leído Los Budenbrook en la versión de Plaza y Janés de 1971 donde, por cierto, no figura qué persona ha traducido la obra. Quien diseñó los libros de la `conspiración´ del regalo –Yolanda Salva, filóloga germanista— sabía, además, que yo no había leído la nueva versión castellana a cargo de Isabel García Adánez. Se trata de una traducción potente, muy cuidada. Una de sus novedades es el respeto por los modismos dialectales y el uso del Plattdeutschs (el alto alemán) de algunos personajes de la obra, especialmente la servidumbre de la familia y las capas populares de la ciudad. Ignoro las razones de porqué la versión de 1971 obvia estas maneras de expresarse.

Es como si hubiera un pudor por parte del traductor en una aparente defensa del rigor lingüístico del autor. Un vicio que, por ejemplo, con relación a Dante es demasiado frecuente. Algunos traductores de alto copete de La Divina Comedia maquillan el lenguaje del autor cuando éste es intencionadamente ripioso o utiliza adrede vulgarismos con la intención de ajustar las cuentas a determinados personajes a los que el gran poeta florentino les tenía ojeriza. Ahora bien, cuando los personajes de alto copete se expresan de manera cultivada –por ejemplo, los continuados assez y otras palabras en lengua francesa— la traducción de 1971 los respeta religiosamente. En resumidas cuentas, de un lado la cosmética y, de otro, una ostentosa discriminación. Por eso afirmo provisionalmente que la vieja traducción, al menos en esas cuestiones, no comparte la descripción que Thomas Mann hace de los personajes que se expresan en dialecto: son gentes maquilladas y `traicionadas´ de manera innecesaria, al tiempo que se escamotea al lector la autenticidad verbal de los de abajo.


La novela, publicada por Mann a la edad de 28 años, es algo así como una metáfora de la genealogía de su familia a lo largo del siglo XIX, en una Alemania preindustrial y todavía no unificada por Bismarck: son los Budenbrook, comerciantes de Hamburgo, gentes a los que Dios les concedió, según Mann, “tranquilidad y rutina cotidiana” en sus vidas.

Mi relectura de la obra me ha llevado a la siguiente consideración: trata, ante todo, de lo que podríamos llamar la “razón del comercio”. Porque, de igual manera que existe una razón de Estado, el relato del autor nos indica que, en su país y en el siglo referido, había una razón del comercio. Lo primero es el negocio, lo segundo la familia; y, atravesando ambos elementos, la vasta influencia del luteranismo: en la puerta de la casa familiar, el título de Cónsul conlleva el dintel de Dominus providebit (“Dios proveerá”) o, lo que es lo mismo, Nuestro Señor –a pesar de sus muchas ocupaciones y quebraderos de cabeza-- está atento a la prosperidad del negocio familiar. Lo que me lleva a pensar, con la prestada licencia de Max Weber, que una de las causas de la inexistencia de una burguesía española, en aquellos tiempos decimonónicos, podría ser la desconsideración de los comerciantes de nuestro país con Dios misericordioso. En todo caso, el mencionado lema, “Dios proveerá”, es más austero que el florentino de los Medici: “En nombre de Dios y los negocios”, que tampoco fue seguido, al menos formalmente, por la burguesía comercial española del Ochocientos.

La razón del comercio: especialmente en las alianzas matrimoniales con idénticos propósitos a las de las viejas monarquías europeas o en la institución normada de la dote matrimonial como aportación de la novia al negocio de su futuro consorte. Una razón del comercio que pasa a primer término, incluso por encima de la familia, que se pone de manifiesto, por ejemplo, en las relaciones entre los hijos del primer Buddenbrook.

En la novela no pasa nada de especial relevanccia; nada inquieta sobremanera: la vida de los Buddenbrook transcurre con algún que otro sobresalto familiar, pero todo sigue su curso –también en la ciudad— en la “tranquilidad y rutina cotidiana”. Tan sólo la revolución de 1848 parece remover la modorra. Mann, en este capítulo, no carga las tintas; desdramatiza la situación y recurre a una de las metáforas más humorísticamente brillantes de todo el relato. De un lado, los miembros del Consejo Municipal a la espera de iniciar la asamblea; y, de otro lado, un amplio grupo de trabajadores –la canaille, en expresión del poderoso suegro de Johann Buddenbrook-- que cercan el ayuntamiento. El joven cónsul Buddenbrook no parece estar indignado por la revuelta, sino porque no se han encendido los faroles de la plaza, entiende que hay una ruptura del orden social. La revuelta de la canaille es lo de menos porque este Buddenbrook ha creído percibir que no hay un objetivo claro por parte de los manifestantes. Ahora bien, eso de que no se enciendan los fanales a su hora sí es un acto concreto de contravención del orden de la ciudad. Una opinión un tanto singular, porque lo cierto es que Europa no tembló en 1848 porque no se encendieran los fanales sino porque las muchedumbres atestaron sus calles y plazas.

¿Los Buddenbrook o La Montaña mágica, Las bodas de Fígaro o Don Giovanni, La ventana indiscreta o Vértigo? ¿Y qué más da? Después de muchos años he llegado a una conclusión, siempre revisable, desde luego: cuando estés leyendo, escuchando o viendo una de ellas, no pienses en la otra, disfrútala. Cosa que procuraré hacer cuando, dentro de pocos días, me ponga a revisitar La Montaña: los jubilados tenemos toda una vida por delante. Hasta pronto, Settembrini.



Post scriptum. Telefónica sigue sin darme línea para navegar por Internet. Estoy a la espera después de más de un mes. Mi mujer, Rosario Martínez Saborit, la propietaria de la línea, está que trina. Como experta en contabilidad (podría trabajar en Buddenbrook y Cía) cree que debe reclamar los dineros que un servidor se gasta en la cibertaberna para seguir alimentando este blog. Me ordena que ponga: “Telefónica, a ver si cumples. Me debes cuatro euros de la entrada del otro día y la de hoy”.

domingo, 10 de agosto de 2008

LA CONSTITUCIÓN Y NOSOTROS


Este es el esbozo de un trabajo que me ha encargado Eduardo Saborido para un libro que conmemora el próximo trigésimo aniversario de la Constitución Española.

En pocos países de nuestro patio de vecinos europeo existe tanta vinculación entre el sindicalismo confederal y la Constitución como en el caso español. Una primera muestra de esa relación puede ser que la mayor parte de la biografía del nuevo sindicalismo de nuestro país corre en paralelo con el itinerario de la exigencia de la Carta Magna, su discusión parlamentaria (en la que destacados dirigentes obreros tomaron la palabra: Camacho, Redondo, Cipriano García, Nicolás Sartorius, Eduardo Saborido, Antón Sarazíbar…), su aprobación –dentro de poco hará treinta años— y su despliegue. No es menor este argumento de la coincidencia biográfica porque indica el conocido compromiso del sindicalismo español con el texto constitucional. Lo que, a decir verdad, representa una discontinuidad entre los antiguos comportamientos sindicales y las constituciones de antaño, las anteriores a la brutal guerra civil española.



Digamos que la potente vinculación del sindicalismo español con la Constitución es, en parte, un (pacífico) ajuste de cuentas del movimiento organizado de los trabajadores contra la violenta represión física, moral, política y cultural del franquismo. Pero hay un elemento que debería ser tenido en consideración: ese vínculo tiene una clave, que es la práctica democrática, abierta y de masas, bajo (y contra) el propio franquismo de un amplio sector del movimiento sindical español.


Se diría –metafóricamente, por supuesto-- que la acción colectiva del nuevo sindicalismo español era “constitucionalista” ex ante, siendo la voz organizada en el taller y en torno al andamio, alrededor de los pupitres y en los campos de siembra… el instrumento básico de esa práctica democrática preconstitucional. Lo que equivaldría a no ver ese paisaje como dos “vidas paralelas” sino, como se ha dicho, una vinculación democrática. Tal vez podamos imaginar que esa relación explique que hubo en efecto una auténtica “ruptura sindical democrática”: ningún sindicato putativo del franquismo se abrió camino una vez conseguida la libertad en España. Esta es una herencia valiosa, no valorada suficientemente todavía que nos legaron gentes tan representativas como Marcelino Camacho, Pepe Cid de la Rosa y Nicolás Redondo, conspicuos representantes del –tomando parcialmente un préstamo de Benjamín Constant—“sindicalismo de los antiguos”.