miércoles, 24 de septiembre de 2008

COMISIONES OBRERAS DESDE 1977 AL VERANO DE 1978



LOS PRIMEROS ANDARES DE LA CAMINATA SINDICAL EN DEMOCRACIA: desde la legalización en 1977 hasta el Primer congreso de Comisiones Obreras en 1978


Argumento central de mi intervención en la Universidad Internacional de Andalucía. Baeza 8 de Octubre de 2008.


José Luís López Bulla
(Secretario general de CC.OO de Cataluña 1976 – 1995)




Me parece conveniente iniciar estos comentarios con una observación obligada: no se trata de historiar aquellos momentos del protagonismo sindical en los primeros andares de la recién estrenada democracia española; eso es cosa de los historiadores. Aquí se trata, lisa y llanamente, de reflexionar –también con los ojos de hoy y, digamos, a toro pasado— sobre una etapa fascinante. Fascinante porque estrenábamos el traje de la democracia y sus institutos; fascinante, por otra parte, porque éramos treinta años más jóvenes. Y, porque para eso me han llamado a participar, quiero agradecer a los organizadores que hayan pensado en un servidor; posiblemente la mano larga y amable de Eduardo Saborido está detrás de ello.

Llevo algunos años intentado convencer a los historiadores de que en España se dio una neta ruptura sindical. El sindicalismo putativo del franquismo, después de un tiempo de estado vaporoso, desapareció rotundamente: tampoco ningún jerarca de aquella organización jugó papel alguno en la vida sindical ya en democracia. Es más, la mayoría de las grandes líneas del diseño de cómo tenía que ser el edificio se cumplieron con muy buena aproximación. Tan sólo nos falló un gran deseo: la unidad sindical orgánica, esto es, la creación de un sindicato unitario. No es la ocasión para abundar en las razones que lo explican, a menos que se suscite en el coloquio. En todo caso, diré que, a pesar de que ese sueño nuestro no se cumplió, no es menos cierto que pusimos en marcha una potente institución unitaria de todos los trabajadores: el comité de empresa y, posteriormente, las Juntas de Personal en la Función pública.

1.-- Los primerísimos andares del sindicalismo confederal español, ya en democracia, se caracterizaron por una vorágine espectacular. Porque simultáneamente –casi en tiempo real, como diríamos hoy—teníamos que realizar toda un conjunto de tareas que no se podían dejar para el día siguiente: atender a los convenios colectivos era urgente y no esperaba demora porque era nuestra función de tutela del conjunto asalariado; estructurar la casa sindical era igualmente urgente porque era el referente de la representación de los trabajadores a quienes urgíamos para que se afiliaran; aclarar formalmente los grupos dirigentes al tiempo que dibujar un esbozo de orientación programática requería, así mismo, la (también urgente) celebración de nuestros propios congresos. Y, por si faltara poco, la urgencia de la convocatoria y desarrollo del conflicto social ante cada situación de reivindicaciones no satisfechas. Vale la pena traer al recuerdo que tantos ajetreos urgentes, con unas responsabilidades a cubrir a “tiempo real”, se desarrollaron en un clima de gran inestabilidad: de un lado, la crisis económica caballuna, y, de otro lado, el sangriento terrorismo (el de ETA y otras bandas por el estilo) que apuntaba contra las instituciones de la jovencísima democracia. También a lo uno y lo otro se enfrentó, con las escuálidas herramientas que tenía, el sindicalismo confederal. Todo ello lo hicimos de manera natural y sin ningún tipo de ostentación trascendente, ni tampoco, por lo general, como santones laicos ni monjes urbanos.

Pero, ¿quiénes eran aquellos hombres? Aclaro, no se trata de un desliz: en mi sindicato hablábamos enfáticamente de los “hombres de Comisiones” siguiendo acríticamente los constructos del histórico lenguaje machista del que, también, éramos responsables. Pues bien, aquellos dirigentes sindicales de los primeros andares del sindicalismo en democracia seguían siendo esencialmente las personas de la generación fundadora de Comisiones Obreras. Que tenían tras de sí un bagaje “de fábrica” y una probada capacidad negociadora y movilizadora. La mayoría eran cuarentones y ocupaban un lugar destacado en el proceso productivo y de administración que, dado el carácter taylorista de la gran empresa, favorecía la capacidad de representación de los trabajadores. Se trataba de algo curioso: de un lado, el puesto jerárquico del ingeniero, técnico o de gestión administrativa era una “garantía” para el resto de los trabajadores; de otro lado, esa jerarquía se democratizaba en el lugar central de la toma de decisiones: la asamblea, como instituto de participación radicalmente democrática, donde todo el mundo podía decir y decía la suya. De hecho, la mayoría de los primeros dirigentes sindicales tenía responsabilidades de mandos intermedios en los centros de trabajo. No pocos de ellos formados en la Universidad, en las Escuelas de Formación Profesional o en los centros de aprendices que tenían algunas grandes empresas.

Son paradigmáticos, en ese sentido, los casos madrileño, andaluz y catalán: Camacho y Ariza, Fernando Soto y Eduardo Saborido, Rodríguez Rovira, Carles Navales, y Gómez Acosta, entre otros. En concreto, dirigentes sindicales que, más allá de su reconocida militancia en el Partido comunista o en el PSUC eran la expresión social y cultural del conjunto asalariado emergente en nuestro país. En ellos se concretaba la naturaleza del fuerte reformismo que es el sujeto sindical.

La gran aportación que esta gente hace a la izquierda es de gran envergadura. Porque van produciendo un itinerario que es una rotunda discontinuidad con las (tan venerables como nocivas) tradiciones que presidían las relaciones entre los partidos obreros y el sindicalismo democrático. Tradicionalmente los partidos de matriz lassalleana (contra quienes polemizó el mismísimo Karl Marx) y también los leninistas consideraban imprescindible una drástica diferenciación de roles: el partido era, por así decirlo, Dios padre; el sindicato era su enviado en la Tierra, aunque severamente controlado. El partido se reservaba el proyecto de transformación, al sindicato se le encomendaba la “resistencia” que, en el fondo, era una guerra de resistencia contra la derrota. En esas condiciones, el conflicto social debía funcionar sobre la base de las contingencias políticas. Esta era la tradición del partido lassalleano (socialista, socialdemócrata y laborista) y del leninismo. O sea, el sindicalismo era, así las cosas, una mera prótesis de papá-partido.

La gran paradoja es que, en España –también en Italia con Giuseppe Di Vittorio, Luciano Lama y Bruno Trentin— fueron los comunistas quienes gradualmente van poniendo en entredicho estos estropicios de la izquierda. Y, a la chita callando, Comisiones Obreras entra en el juego de la democracia con una aproximada ración de independencia sindical. Es la potente herencia del documento aprobado en la Asamblea del barrio madrileño de Orcasitas en plena clandestinidad: allí se deja tajantemente claro que estamos por un sindicalismo independiente de los poderes económicos, de todos los partidos políticos (incluidos los obreros) y del Estado, con independencia de su carácter social. Así pues, un buen cacho del sindicalismo confederal se estrena en democracia con tan significativo acervo cultural.

Las consecuencias de ese cambio de metabolismo fueron, como mínimo, las siguientes: 1) la asunción de responsabilidades en torno a cuestiones sociales que tradicionalmente se reservaban para sí las organizaciones políticas, 2) el ejercicio del conflicto social era gobernado por el sindicalismo para la buena utilidad de los trabajadores y sus familias. O, lo que es lo mismo: las reformas en materias sociales de todo el universo del Estado de bienestar (empleo, enseñanza, sanidad, entre otras) también eran materias a negociar por el sindicalismo confederal. Se trataba de islas emergentes en lo que podríamos calificar como un incipiente “sindicalismo de los modernos” frente al “sindicalismo de los antiguos”, por utilizar una metáfora, referida a la democracia, de Benjamín Constant en su famosa conferencia parisina de 1819
[1].

Tal vez lo que voy a decir sea consecuencia de una “pasión de padre”, pero sostengo que, junto al sindicalismo italiano, nosotros fuimos lo más renovador de Europa. Porque incluso con nuestras imperfecciones y errores estábamos indiciando un proceso radicalmente nuevo, laminando no pocos mitos que la izquierda europea ha mantenido a lo largo y ancho del siglo XX. Lo chocante del asunto es que aquella generación de sindicalistas aprendió a capar matando gorrinos. Quiero decir que el más viejo del lugar no tenía experiencia de dirigir un sindicato en democracia. La falta de experiencia se suplió con una considerable cultura de fábrica, viendo –a veces con gafas de poca graduación— una parte de las gigantescas transformaciones que estaban en curso.

2.— De hecho el principal problema general con que nos enfrentamos fue el de la crisis económica, caracterizada por uno rápido crecimiento del desempleo, unos altísimos niveles de inflación y sucesivas devaluaciones de la peseta. Debo decir con claridad que aquellos grupos dirigentes –de una reconocida cultura de fábrica— no estábamos suficientemente preparados para intervenir adecuadamente en aquella situación. Tampoco existían las mejores relaciones entre los sindicatos: las dos grandes organizaciones no supimos entrar en el juego democrático con la suficiente y necesaria unidad de acción. Es más, de manera no infrecuente hubo algo más que asperezas y contrastes. Por lo general se entendía que estaba en juego qué modelo sindical iba a llevarse el gato al agua; esa disputa comportó una más que notable laceración en el sindicalismo, al tiempo que debilitaba la capacidad de respuesta a los problemas inéditos que apuntaba la crisis económica.

Una crisis que llevó al Presidente Adolfo Suárez a proponer un acuerdo político-económico con dos objetivos centrales: afrontar la crisis y poner en marcha una serie de reformas legislativas “de interregno” hasta la aprobación de la Constitución Española. Entre nosotros, el grupo dirigente de Comisiones Obreras, la idea era aceptable, entre otras cosas porque la idea basilar de Marcelino Camacho era la intervención de los trabajadores en los problemas generales del país y cuadraba con la distinción que, en aquellas épocas, caracterizaba a Comisiones: un sindicato sociopolítico.

Los pactos de la Moncloa fueron el primer sobresalto de, al menos, mi sindicato. Sólo habían sido llamadas a la elaboración del acuerdo las fuerzas políticas; el sindicalismo no fue tenido en cuenta a pesar que una gran parte de los contenidos anunciados eran materia de directa gestión de lo que hoy se llama los agentes sociales: política de rentas la contención de la inflación. Francamente no era sólo un torpedo simbólico al movimiento organizado de los trabajadores y sus organizaciones sindicales; era un primer aviso o una insinuación de que, en adelante, no íbamos a tener las cosas fáciles.

Tuvimos que hacer de tripas corazón. Es más, Comisiones aceptó el contenido final de los Pactos de la Moncloa porque abrían una hipótesis de lenta salida de la situación de crisis económica, como así fue. Pero hay algo más que no se ha dicho hasta la presente: nosotros no teníamos un planteamiento con cara y ojos, de carácter general, para abordar la crisis económica, salvo la “resistencia”, con más o menos acierto, en cada empresa, donde ya había empezado un proceso de innovación y reestructuración de los aparatos productivos y de servicios.

Ese déficit de proyecto sindical intentó suplirlo Marcelino Camacho con una propuesta que él mismo bautizó con el nombre de Plan de solidaridad contra el paro y la crisis. Sus confusos contenidos eran evidentes: establecer un fondo de solidaridad financiado por el trabajo (una hora) de los trabajadores y (dos horas) por las empresas. Hoy es fácil sonreír ante este ingenuo welfare cáritas. Pero era, aproximadamente, el resultado de un proyecto serio y la expresión de hasta qué punto los problemas agobiaban enormemente la concreta condición de los trabajadores y sus familias. El primer congreso de Comisiones Obreras tuvo una elegancia exquisita y no desairó a Marcelino Camacho: no aprobó ni rechazó la propuesta, se limitó con buenas palabras a pedir que se reelaborara. Cosa que nunca sucedió.

3.— Antes, al hablar de los cuadros dirigentes del sindicato, se ha insinuado de refilón las grandes líneas de la “estrategia” de aquellos primeros andares de Comisiones en libertad. Las recuerdo: a) la intervención en la negociación colectiva, b) el diseño de la estructura organizativa, c) la clarificación de la representación en el centro de trabajo y d) la marcha hacia el primer congreso del sindicato. Cosa que, como se ha dicho más arriba, se hizo en el tiempo de un año.

3.1.-- La negociación colectiva. En otras ocasiones he escrito que el modelo de negociación colectiva que adoptamos fue la mera continuidad, salvo la existencia de la representatividad institucional y democrática de los protagonistas, de la que existía en tiempos de nuestra acción colectiva en tiempos de la dictadura y contra el sindicato putativo del franquismo. Es verdad pero, pensando detenidamente en ello, me olvidé de algo singular: ello fue así –ese `continuismo´-- porque el movimiento organizado de los trabajadores aprovechó y, parcialmente, corrigió la Ley de Convenios colectivos de 1958. O lo que es lo mismo, no pocos convenios territoriales también fueron el resultado de movilizaciones democráticas en plena dictadura. Por citar tan sólo dos ejemplos llamativos: así nacieron convenios colectivos metalúrgicos como los de la comarca del Bajo Llobregat y los de Manlleu, una población cerca de Vic. O sea, quienes verdaderamente negociaban, ejerciendo el conflicto social, éramos nosotros, dado que los jerarcas del sindicato franquista eran la terminal de los intereses de la patronal y de la línea política de mando.

3.2.— El diseño de la estructura organizativa. En realidad el proceso organizativo más llamativo que desplegamos, durante los primeros andares del sindicalismo en democracia, fue la apertura de sedes en él mayor número de ciudades que pudimos. Vale la pena reseñar que llegamos a tener más casas sindicales que los que dispuso el sindicalismo putativo del franquismo. Las sedes se abrieron o bien por alquiler o de compra, bajo el aval personal de los dirigentes sindicales. Lo que indica el desprendimiento y generosidad de tales personas, algunas de las cuales tuvieron sus problemas económicas y, no hace falta decirlo, sus complicaciones familiares. En todo caso, la inauguración de las sedes fueron fiestas, auténticos acontecimientos populares de alta significación política y cultural: recuerdo la inauguración de la sede de Barcelona con la participación de las conocidas vedettes del Molino con sus plumeros y sus canciones picantes ante la perplejidad de Marcelino Camacho.

Organizamos el sindicato sobre una base dual: por un lado el territorio, llamado Unión de sindicatos; por otro lado, la agrupación de la profesión de ramo, tanto de industria como de los servicios, conocida oficialmente como Federación. Pero en realidad, el sindicato descansaba en el organismo unitario que eran los comités de empresa, dado que las secciones sindicales –esto es, la organización del sindicato, en tanto que tal, en el centro de trabajo eran prácticamente inexistentes.

3.3.-- De hecho poco se explica del sindicalismo de Comisiones sin la existencia de los organismos unitarios de los comités. Dicho sea de paso, estas instancias eran vistas por los compañeros de Ugt con mucha menor simpatía.

Vale la pena decir que nosotros pusimos todo el acento en los comités por varias razones: a) por la unidad social de masas que representaron los organismos en el centro de trabajo bajo el franquismo donde nosotros teníamos una amplia presencia; y b) porque, fracasada nuestra aspiración de compartir con Ugt y Uso la construcción de una central sindical unitaria, queríamos preservar que, al menos en la fábrica, existiera un organismo de todos los trabajadores. Ahora bien, no es menos cierto que la competencia entre los dos sindicatos mayoritarios, CC.OO. y Ugt, por la mayoría en los comités no dejó de ser una fuente de problemas.

3. 4.— La marcha hacia el primer congreso de Comisiones se hizo, también, de manera simultánea a todo lo que anteriormente se ha relatado. No hace falta que diga que el principal rasgo de todo ese proceso fue “de exaltación” y, excepto algún que otro chispazo, estuvo presidido por un elevado tenor unitario. En el fondo lo que nos proponíamos era oficializar la legitimidad social que se había alcanzado en el itinerario anterior: a ello, lógicamente, había que darle el rigor institucional, la creación de las convenientes normas internas (los Estatutos) y la elección de los dirigentes.
Más allá de las limitaciones (a decir verdad fueron muchas) de las propuestas congresuales, la novedad era evidente: un movimiento organizado de trabajadores adquiría la plena personalidad de sujeto sindical cuya aportación a la defensa y promoción de los intereses de los trabajadores ha sido decisiva a lo largo del tiempo que llevamos en vida democrática. Un acontecimiento que formula dos elementos que, aunque no aprobados en dicho congreso, indician una aportación moderna a la acción colectiva: la incompatibilidad de los dirigentes sindicales de ejercer responsabilidades de orden institucional mientras están en el ejercicio de sus cargos y la duración de los mandatos. En sucesivos congresos se aprobaron tales medidas.


[1] Benjamín Constant: “La democracia de los antiguos y la democracia de los modernos”.

jueves, 11 de septiembre de 2008

MOVIMIENTO SINDICAL Y CATALANISMO POLÍTICO



Artículo que me han publicado en el diario Avui hoy 11 de Setiembre.


El movimiento de los trabajadores y el catalanismo político han tenido en los últimos cien años una serie de avatares que, en buena medida, connotan la historia del país. En mi opinión dicho itinerario tendría dos fases visiblemente diferenciadas: una, la anterior a la guerra civil; dos, desde la posguerra hasta nuestros días. La primera, clarísimamente marcada por la potente influencia de la CNT, se caracteriza, de un lado, por unas relaciones ásperas y, a menudo violentas, entre el sindicalismo y la política y, de otro, por un teorizado (y practicado) abstencionismo de los confederales en los asuntos de la política y las instituciones. Los intentos de, por ejemplo, Francesc Layret de conducir a los trabajadores hacia un catalanismo político de izquierdas no cambiaron la situación. Los sindicalistas de la época, a cuyo frente estaban personalidades tan representativas como Salvador Seguí, Joan Peiró, Angel Pestaña y otros, fueron celosamente valedores de la idiosincrasia anarcosindicalista, no ya del apartidismo sino del apoliticismo más contundente. Además, todos ellos fueron testigos del estrabismo del catalanismo: frente al ejercicio del conflicto social, los políticos pactaban con “Madrid” para aplastar violentamente la presión obrera y popular.

La guerra civil española, en lo que se refiere a lo que estamos tratando, provoca una situación distinta: la CNT se implica directamente en la política –con características de excepción, parecen decir-- y asumen incluso altas responsabilidades en el Govern de la Generalitat, también en el gobierno republicano español. (A efectos de lo que nos traemos entre manos no es relevante las relaciones de Pestaña con la política y la creación del Partido Sindicalista, dado su carácter extremadamente minoritario).

La segunda fase representa una clara discontinuidad. La lucha antifranquista cuenta con un sujeto social nuevo: el nuevo movimiento obrero, privado de todas las libertades, crea un sindicalismo de nueva planta. Con no pocas fatigas pone en marcha una difícil caminata que vincula las reivindicaciones sociales con la exigencia de las libertades políticas y, por primera vez, asume rotundamente la exigencia de las libertades democrático-nacionales del pueblo de Catalunya. Deja en la cuneta el apoliticismo, aunque intuye al principio, y después lo consolida, que su relación con la política es de plena independencia. Trabajadores catalanes de toda la vida y los provinentes de otros lugares de España protagonizan esa discontinuidad, y contagiados por el catalanismo político de izquierdas (comunistas, socialistas y cristianos) reorientan la historia en otra dirección. Mucho se ha hablado, por ejemplo, de la propedéutica del PSUC en todo ello.

Ese nuevo movimiento es, básicamente, Comisiones Obreras que tiene la originalidad de actuar públicamente, esto es, no esencialmente de manera clandestina. Que busca fatigosamente amigos, conocidos y saludados en el cuadro político antifranquista. Y que relativamente pronto decide encuadrar el ejercicio del conflicto social en el marco de una praxis de sindicato-de clase-y-nacional: una novedad parcialmente intuida por nuestro Francesc Layret.

Desde la recuperación de las libertades el sindicalismo confederal catalán (para entendernos, Comisiones, UGT y USO) se ha caracterizado por ejercer su acción colectiva en pos de la creación de un marc català de relacions sociolaborals extrovertido y tendencialmente global. En resumidas cuentas, ese vínculo potente entre el sindicalismo y los problemas de Catalunya, de un lado, y la acción global, de otro, explican el rotundo fracaso del catalanismo político de derechas siempre a la búsqueda de sindicatos-probeta concebidos como su propia fiel infantería. Pero que, así mismo, connota un sindicalismo que no es sujeto subalterno de la izquierda, aunque efectivamente esté en la izquierda.

domingo, 7 de septiembre de 2008

LOS SINDICATOS ANTE LA CRISIS ECONÓMICA




Me imagino al grupo dirigente de la Confederación Europea de Sindicatos (CES) dándole vueltas a la cabeza con relación a los problemas de la crisis económica. Ahí es nada que países como Alemania, Francia y el Reino Unido estén en la antesala de la recesión, y en lo que a nosotros nos afecta más directa también España. Esta es una situación que no se veía desde hace no se cuantos años: una crisis horizontal y simultánea. En otras épocas, Alemania había entrado en una fase preocupante, pero el resto de los “grandes” mantenía su ritmo. Ahora las cosas han cambiado de manera radical. Como era de esperar las economías más modestas son las que se están apretando el cinturón. Así pues, me imagino a los compañeros de la CES –el amigo Walter Cerfeda, entre otros— devanándose la sesera para, mientras se capea el temporal, ir pensando de qué manera se aborda una salida a esta crisis con un proyecto sostenible e inclusivo; sostenible en su vinculación con la defensa y promoción del medio ambiente, inclusivo para el mayor nivel de personas, especialmente las menos protegidas. Por supuesto, en cada Estado nacional los grupos dirigentes sindicales están también por la labor, y no es cosa de recordarles –por suficientemente sabida— la necesidad de mantener la más convincente unidad de acción de las organizaciones sindicales.

Ahora bien, leyendo atentamente la literatura del sindicato europeo (CES) como las de las organizaciones de los Estados nacionales (la abundante literatura contenida en webs de unos y otros), caigo en la cuenta de: primero, todavía la Confederación europea está en un evidente retraso a la hora de proponer medidas que no signifiquen sólo planteamientos genéricos; segundo, que los sindicatos de los Estados nacionales, hasta la hora presente, sólo plantean medidas que se refieren al limitado espacio del propio territorio nacional que, aunque por muy atinadas que sean, no tienen en cuenta el carácter “horizontal” y simultáneo de esta crisis económica; de ahí que cada organización sindical `nacional´ vaya por su lado y sus propuestas apenas si tienen algo que ver con un proyecto general: cada una en su casa y la crisis en la de todos.

Estimo que la Confederación Europea de Sindicatos debería convocar urgentemente una conferencia cuyo objetivo sería la elaboración de un proyecto a negociar con la Unión europea y el empresariado, esto es, unas líneas de intervención urgente para afrontar el chaparrón que está cayendo. Porque, de no hacerlo, podría correr el peligro de zurruscarse, salpicando de manera desagradable la concreta condición de vida de los trabajadores y sus familias. Por difícil que sea la elaboración de esas propuestas, estimo que no hay otra salida. Y por complicado que fuere la metodología que se plantea, también creo que es necesariamente urgente que se metan en harina.

¿De dónde parten tamañas dificultades? De las diversas condiciones de cada país. Porque, aunque la crisis sea `horizontal´ y simultánea, el peso de las inercias de la tradición y de los idiotismos de oficio de cada organización cuenta lo suyo. Pero especialmente por la decisión absolutamente intencionada de la patronal de no desear una organización propia a nivel europeo digna de ese nombre: organización europea, pues solo les interesa el provinciano “modus variandi” en cada Estado nacional. Amén de que las autoridades de la Unión europea van por un lado poco proclive a la concertación económica y el Banco Central Europeo que –matarile, rile, ro— tiene las llaves en el fondo de su mar y no deja que nadie se acerque a ellas.

Pero la CES no puede considerar que estas dificultades (tan reales como la vida misma) son un punto de llegada, de manera que –recurriendo ramplona aunque apropiadamente al tópico— diremos que dichas dificultades sólo son de partida. Más todavía, la CES (más allá de las dificultades “de partida”) puede poner orden en su casa megaconfederal. Y, armonizando los retales útiles de cada propuesta nacional, construir un conveniente proyecto de urgencia. Si están en ello, me callo y me voy con la música a otra parte.

Diré que esta es una propuesta “de urgencia”. Lo deseable es poner en el orden del día la construcción de un sindicato europeo con sus poderes reglados. Seguir manteniendo la CES en sus actuales términos de voluntarista coordinadora es algo tan gelatinoso como un conjunto de retales que, cada cual por separado, sólo lucen su palmito en el cajón de un sastre.

Punto final: no me atrevo a decirle cuatro cosas a la política europea de izquierdas ya sean los partidos socialistas o los que se proclaman de la izquierda antagonista. Porque si mi casa sindical europea todavía sigue siendo un chambao ¿a qué llamarles la atención a la tienda de campaña política?

miércoles, 27 de agosto de 2008

LA CRISIS DEL NACIONALISMO CATALÁN

La crisis del nacionalismo catalán está llegando a unos extremos un tanto grotescos. Cierto periódico barcelonés que milita en las filas de las organizaciones subvencionadas no gubernamentales (OSNG, oesenegés) la tiene tomada con Pau Gassol al que acusa de españolismo; un ex diputado, afirma en su blog, que los olímpicos catalanes están secuestrados por “España”; y anteriormente, por parecidas razones, ciertos iracundos de medio pelo pusieron verde al futbolista Xavi Hernández porque tuvo el “desliz” de gritar viva España cuando festejaba el éxito deportivo europeo de la selección. La primera conclusión podría ser, de momento, la siguiente: este cartucho indica hasta qué punto el nacionalismo catalán está en horas tan bajas como grotescas.


Esta crisis es de proyecto y de liderazgo político-cultural. Es de proyecto porque los nacionalistas no saben de qué manera puede reorientarse Catalunya en este mundo de la globalización y la interdependencia; y es de liderazgo porque no se ven dirigentes políticos ni intelectuales que sepan estar en el mundo real. Lo único visible, en lo uno y en lo otro, es la estridencia mediática que, de modo no infrecuente, raya en una calcomanía del esperpento. Ahora, los malos de la película no son los charnegos sino aquellos catalanes que se venden al ardor guerrero español. Este chocante nacionalismo, así las cosas, no necesitaría las maniobras dilatorias de Zapatero sino los comportamientos de una serie de personas –Gassol, Xavi Hernández y otros-- a los que, como la vieja Radio Tirana del dictador Hoxa, se les acusa de vendepatrias.


Sin embargo, estos iracundos están consiguiendo algo que no es irrelevante, a saber, que un amplio sector de ciudadanos de otras comunidades autónomas consolide el viejo prejuicio de que (todos) los catalanes son así. Es como si tales gentes se reafirmaran en su españolidad a través del espejo deformado del nacionalismo catalán. Es la mejor manera de que las líneas paralelas no se encuentren jamás. En ese sentido sobraría también la conllevancia. Lo único que valdría sería la sistemática confrontación, siempre bajo el lema etílico “que la fiesta no decaiga”.


Que un mercachifle escriba en su blog que Catalunya debería adoptar, en prueba de solidaridad, a niños extremeños, en vez de ser visto como una irrefutable prueba de acné cultural, se interpreta como un ataque de Catalunya a Extremadura. Hasta el mismísimo presidente de la Junta de Extremadura se ve obligado a terciar en la cuestión, y ¿cómo no? sigue la deriva de su facundo predecesor: una manera más de querer ser “en todo el mar conocido / del uno al otro confín”, o sea, la aspiración del capitán pirata de aquel bajel que tenía diez cañones por banda. O, lo que es lo mismo, estamos ante un fuego cruzado entre Catalunya y (casi) todos los demás. Hasta tal punto es así que en la izquierda ocurre tras cuartos de lo mismo, y por no haber, no hay puentes entre la intelectualidad de aquí y la del Ebro para abajo. No hace falta tener cuatro dedos de frente para intuir que Catalunya es la gran perdedora. La gran perdedora en los terrenos económicos, sociales y políticos. Porque, de seguir tan contumazmente ese camino, se aísla no sólo de España sino de los gigantescos procesos de globalización: no podrá intervenir en las facilidades de ello ni tampoco estará en condiciones para corregir las no menores anomalías y desigualdades.


En cierta ocasión, Joaquim González –el primer espada de la organización federal de los textiles y químicos de Comisiones Obreras— me explicaba que, hablando con el presidente de una compañía multinacional, éste caballero se quejaba de hasta qué punto la situación catalana estaba generando no pocas desconfianzas en importantes empresas. No es que el alto manager desconociera la actitud encrespada “de Madrid”, de ahí partía. Pero no entendía las formas en que se expresaba el comportamiento de los nacionalistas catalanes. La fácil y banal conclusión del acné político de algunos bloguistas está cantada: otro que tal, otro secuestrado por España.


El velero bergantín del nacionalismo no tiene un proyecto para Catalunya que es una sociedad abierta: así lo han demostrado sus recientes congresos. Un ejemplo espectacular de ello ha sido que, en ninguna de tales citas, ha parecido propuesta alguna de cómo encarar esta crisis bifronte global: la económico-financiera y la ecológica. Tan sólo se ha hablado los problemas de intendencia de cada organización, algo necesario pero muy insuficiente a todas luces. Por otra parte, como causa o efecto (o, tal vez, ambas cosas a la vez) no aparecen personas en los grupos dirigentes de esas formaciones políticas con la necesaria talla para reconducir, al menos de momento, el estado gelatinoso en el que está el nacionalismo.


Jordi Pujol fue la culminación de un proceso, favorecido por su carácter poliédrico que, en buena medida, tenía una fuerte conexión sentimental con la gente. Este no es el caso de los actuales dirigentes políticos del nacionalismo. Ahora lo que toca es seguir siendo. Pero ese seguir siendo es una anomalía así en la Unión Europea como en el cuadro de las potentes transformaciones en curso. Unos dirigentes que están en un callejón sin salida: entre el no poder alcanzar sus objetivos mediatos y el no saber cómo despotenciar su discurso. Sólo existe un camino trillado: la acumulación de agravios como legitimantes de que tienen razón. Ahora bien, ¿saben que eso es una considerable pérdida de tiempo y un enorme lucro cesante? Porque, mientras estén ensimismados en su “Ay de mi Alhama” otras comunidades autónomas españolas y otras regiones europeas seguirán avanzando.


El lunes pasado unos amigos estuvimos cenando en Calella con Juanjo López Burniol. Éste nos explicaba que un viejo salmantino, allá por los años cuarenta del siglo pasado, afirmaba: “Dentro de sesenta años España habrá cambiado radicalmente: el centro, menos Madrid y su área, será un gran coto de caza; sin embargo, la periferia y la ribera del Ebro serán potentes zonas de desarrollo”. No creo que aquel caballero se equivocara, lo cierto es que acertó de pleno. Pues bien, ¿han tomado buena nota los nacionalistas catalanes de que les han salido unos espectaculares competidores?


No me atrevo a decir que Catalunya ha entrado en un nuevo ciclo. Sea como fuere, pienso que se necesita un proyecto postnacionalista (no antinacionalista) de largo recorrido que coloque a Catalunya en la fase actual de innovación-reestructuración de la economía global e interdependiente; un proyecto que revalorice socialmente el trabajo (decente); un proyecto que vaya fortaleciendo una ciudadanía más activa e inteligente… Tengo para mí que este es el reto de la izquierda postnacionalista.



Nota final al margen de lo dicho. Telefónica, por fin, después de un mes en lista de espera me ha dado línea para entrar en Internet. Esta demora yo la había interpretado rematadamente mal y hasta mi esposa había empezado a explicarlo a sus amigos, conocidos y saludados. No teníamos razón: Telefónica, después de un mes, me abre la línea porque este 26 de Agosto es el día de San Ceferino, y como mi padre adoptivo –el afamado confitero Ferino Isla— celebraba “su santo”, la compañía ha tenido ese detalle con un servidor. El gesto de Telefónica ha sido muy comentado en Parapanda, aunque algunos piensan que es mera coincidencia: hombres de poca fe.


martes, 26 de agosto de 2008

LEYENDO A THOMAS MANN:"Los Buddenbrook"

Los Budenbrook es una novela de gran envergadura. Joan Flóres Constans, cultísimo librero de Calella, afirma que supera a la mismísima Montaña mágica. Un servidor titubea y, de momento, se limita a manifestar, robándole unos términos a su autor, que es una novela de “gran formato”, de esas que hay que leer despaciosamente y sin saltarse ni una línea.

El mes de agosto lo he aprovechado releyendo esta obra de Thomas Mann que mis compañeros de trabajo me regalaron, junto a otros libros, con motivo de mi jubilación administrativa. Ellos sabían que yo había leído Los Budenbrook en la versión de Plaza y Janés de 1971 donde, por cierto, no figura qué persona ha traducido la obra. Quien diseñó los libros de la `conspiración´ del regalo –Yolanda Salva, filóloga germanista— sabía, además, que yo no había leído la nueva versión castellana a cargo de Isabel García Adánez. Se trata de una traducción potente, muy cuidada. Una de sus novedades es el respeto por los modismos dialectales y el uso del Plattdeutschs (el alto alemán) de algunos personajes de la obra, especialmente la servidumbre de la familia y las capas populares de la ciudad. Ignoro las razones de porqué la versión de 1971 obvia estas maneras de expresarse.

Es como si hubiera un pudor por parte del traductor en una aparente defensa del rigor lingüístico del autor. Un vicio que, por ejemplo, con relación a Dante es demasiado frecuente. Algunos traductores de alto copete de La Divina Comedia maquillan el lenguaje del autor cuando éste es intencionadamente ripioso o utiliza adrede vulgarismos con la intención de ajustar las cuentas a determinados personajes a los que el gran poeta florentino les tenía ojeriza. Ahora bien, cuando los personajes de alto copete se expresan de manera cultivada –por ejemplo, los continuados assez y otras palabras en lengua francesa— la traducción de 1971 los respeta religiosamente. En resumidas cuentas, de un lado la cosmética y, de otro, una ostentosa discriminación. Por eso afirmo provisionalmente que la vieja traducción, al menos en esas cuestiones, no comparte la descripción que Thomas Mann hace de los personajes que se expresan en dialecto: son gentes maquilladas y `traicionadas´ de manera innecesaria, al tiempo que se escamotea al lector la autenticidad verbal de los de abajo.


La novela, publicada por Mann a la edad de 28 años, es algo así como una metáfora de la genealogía de su familia a lo largo del siglo XIX, en una Alemania preindustrial y todavía no unificada por Bismarck: son los Budenbrook, comerciantes de Hamburgo, gentes a los que Dios les concedió, según Mann, “tranquilidad y rutina cotidiana” en sus vidas.

Mi relectura de la obra me ha llevado a la siguiente consideración: trata, ante todo, de lo que podríamos llamar la “razón del comercio”. Porque, de igual manera que existe una razón de Estado, el relato del autor nos indica que, en su país y en el siglo referido, había una razón del comercio. Lo primero es el negocio, lo segundo la familia; y, atravesando ambos elementos, la vasta influencia del luteranismo: en la puerta de la casa familiar, el título de Cónsul conlleva el dintel de Dominus providebit (“Dios proveerá”) o, lo que es lo mismo, Nuestro Señor –a pesar de sus muchas ocupaciones y quebraderos de cabeza-- está atento a la prosperidad del negocio familiar. Lo que me lleva a pensar, con la prestada licencia de Max Weber, que una de las causas de la inexistencia de una burguesía española, en aquellos tiempos decimonónicos, podría ser la desconsideración de los comerciantes de nuestro país con Dios misericordioso. En todo caso, el mencionado lema, “Dios proveerá”, es más austero que el florentino de los Medici: “En nombre de Dios y los negocios”, que tampoco fue seguido, al menos formalmente, por la burguesía comercial española del Ochocientos.

La razón del comercio: especialmente en las alianzas matrimoniales con idénticos propósitos a las de las viejas monarquías europeas o en la institución normada de la dote matrimonial como aportación de la novia al negocio de su futuro consorte. Una razón del comercio que pasa a primer término, incluso por encima de la familia, que se pone de manifiesto, por ejemplo, en las relaciones entre los hijos del primer Buddenbrook.

En la novela no pasa nada de especial relevanccia; nada inquieta sobremanera: la vida de los Buddenbrook transcurre con algún que otro sobresalto familiar, pero todo sigue su curso –también en la ciudad— en la “tranquilidad y rutina cotidiana”. Tan sólo la revolución de 1848 parece remover la modorra. Mann, en este capítulo, no carga las tintas; desdramatiza la situación y recurre a una de las metáforas más humorísticamente brillantes de todo el relato. De un lado, los miembros del Consejo Municipal a la espera de iniciar la asamblea; y, de otro lado, un amplio grupo de trabajadores –la canaille, en expresión del poderoso suegro de Johann Buddenbrook-- que cercan el ayuntamiento. El joven cónsul Buddenbrook no parece estar indignado por la revuelta, sino porque no se han encendido los faroles de la plaza, entiende que hay una ruptura del orden social. La revuelta de la canaille es lo de menos porque este Buddenbrook ha creído percibir que no hay un objetivo claro por parte de los manifestantes. Ahora bien, eso de que no se enciendan los fanales a su hora sí es un acto concreto de contravención del orden de la ciudad. Una opinión un tanto singular, porque lo cierto es que Europa no tembló en 1848 porque no se encendieran los fanales sino porque las muchedumbres atestaron sus calles y plazas.

¿Los Buddenbrook o La Montaña mágica, Las bodas de Fígaro o Don Giovanni, La ventana indiscreta o Vértigo? ¿Y qué más da? Después de muchos años he llegado a una conclusión, siempre revisable, desde luego: cuando estés leyendo, escuchando o viendo una de ellas, no pienses en la otra, disfrútala. Cosa que procuraré hacer cuando, dentro de pocos días, me ponga a revisitar La Montaña: los jubilados tenemos toda una vida por delante. Hasta pronto, Settembrini.



Post scriptum. Telefónica sigue sin darme línea para navegar por Internet. Estoy a la espera después de más de un mes. Mi mujer, Rosario Martínez Saborit, la propietaria de la línea, está que trina. Como experta en contabilidad (podría trabajar en Buddenbrook y Cía) cree que debe reclamar los dineros que un servidor se gasta en la cibertaberna para seguir alimentando este blog. Me ordena que ponga: “Telefónica, a ver si cumples. Me debes cuatro euros de la entrada del otro día y la de hoy”.

domingo, 10 de agosto de 2008

LA CONSTITUCIÓN Y NOSOTROS


Este es el esbozo de un trabajo que me ha encargado Eduardo Saborido para un libro que conmemora el próximo trigésimo aniversario de la Constitución Española.

En pocos países de nuestro patio de vecinos europeo existe tanta vinculación entre el sindicalismo confederal y la Constitución como en el caso español. Una primera muestra de esa relación puede ser que la mayor parte de la biografía del nuevo sindicalismo de nuestro país corre en paralelo con el itinerario de la exigencia de la Carta Magna, su discusión parlamentaria (en la que destacados dirigentes obreros tomaron la palabra: Camacho, Redondo, Cipriano García, Nicolás Sartorius, Eduardo Saborido, Antón Sarazíbar…), su aprobación –dentro de poco hará treinta años— y su despliegue. No es menor este argumento de la coincidencia biográfica porque indica el conocido compromiso del sindicalismo español con el texto constitucional. Lo que, a decir verdad, representa una discontinuidad entre los antiguos comportamientos sindicales y las constituciones de antaño, las anteriores a la brutal guerra civil española.



Digamos que la potente vinculación del sindicalismo español con la Constitución es, en parte, un (pacífico) ajuste de cuentas del movimiento organizado de los trabajadores contra la violenta represión física, moral, política y cultural del franquismo. Pero hay un elemento que debería ser tenido en consideración: ese vínculo tiene una clave, que es la práctica democrática, abierta y de masas, bajo (y contra) el propio franquismo de un amplio sector del movimiento sindical español.


Se diría –metafóricamente, por supuesto-- que la acción colectiva del nuevo sindicalismo español era “constitucionalista” ex ante, siendo la voz organizada en el taller y en torno al andamio, alrededor de los pupitres y en los campos de siembra… el instrumento básico de esa práctica democrática preconstitucional. Lo que equivaldría a no ver ese paisaje como dos “vidas paralelas” sino, como se ha dicho, una vinculación democrática. Tal vez podamos imaginar que esa relación explique que hubo en efecto una auténtica “ruptura sindical democrática”: ningún sindicato putativo del franquismo se abrió camino una vez conseguida la libertad en España. Esta es una herencia valiosa, no valorada suficientemente todavía que nos legaron gentes tan representativas como Marcelino Camacho, Pepe Cid de la Rosa y Nicolás Redondo, conspicuos representantes del –tomando parcialmente un préstamo de Benjamín Constant—“sindicalismo de los antiguos”.

lunes, 7 de julio de 2008

EL CENTRO Y EL PUESTO DE TRABAJO NOCIVOS

El 5% de los trabajadores sufrió algún accidente laboral en 2007 y el 17,8% enfermó, según el INE, nos comunica el ciberboletín de comfia que nos tiene cotidianamente informados de los sucedidos, noticias y asuntos de interés. De entrada se pueden sacar unas primeras conclusiones: 1) la gravedad de la siniestralidad laboral y las enfermedades laborales; y 2) la persistencia de dicho problema, a pesar de la importante innovación tecnológica que se ha operado en el centro de trabajo. Digamos, pues, que sigue existiendo la `fábrica nociva´, el `centro de trabajo nocivo´. Lo que indicaría, dicho sin protocolo melindroso, que las tanteos aproximativos para resolver tan peliaguda cuestión no consiguen variar la tendencia del rayo que no cesa de la siniestralidad y las enfermedades laborales. Con el agravante de que éstas últimas, las enfermedades, parecen tener una característica de invisibilidad.

Algo muy importante no funciona en nuestro sistema de relaciones laborales. Ese algo está produciendo dolor y luto en las familias trabajadoras. Un algo que acaba siendo externalizado a los sistemas públicos de protección que, en este caso, operan como instrumentos de resarcimiento de unos problemas que están enquistados en el centro de trabajo nocivo. Lo que vendría a plantear que, también en España, tenemos un problema de “trabajo decente”, según la caracterización que, de ello, hizo en su día Juan Somavía. Esto es, “el que se realiza en condiciones de libertad, igualdad, seguridad y dignidad humana”, según dejó sentado un organismo tan institucionalizado como la Organización Internacional del Trabajo (OIT). El subrayado en la palabra `seguridad´ es nuestro por si alguien no ha caído en la cuenta. Y por si algún lector piensa que Somavía es un alto dirigente de la Enésima Internacional Trostkista, aclararé que en 1999 fue elegido director general de la OIT y reelegido en 2003.

Repito, algo no funciona regularmente. Así lo demuestra el gran número de “víctimas no consideradas” (1). “Entre las enfermedades de origen laboral, las principales causas residen en problemas respiratorios y pulmonares, con un 28,2%, seguidas de problemas óseos, articulares y musculares en caderas, piernas y pies (17,3%) y en la espalda (17,2%).” Lo que nos viene a reproponer que el problema tiene un origen meridianamente claro: los sistemas de organización del trabajo, diseñados unilateralmente por el dador de trabajo. Esto es, no negociados o insuficientemente negociados. Mientras se mantenga esta taylorización (real o camuflada) de la organización del trabajo persistirá el dolor, el luto y la externalización de las consecuencias del ejercicio de esa unidireccionalidad empresarial. De ahí que sigue siendo un desafío de primer orden que el sindicalismo confederal ponga encima de la mesa la cuestión de la codeterminación. Aclaro, he dicho codeterminación, no cogestión. Es decir...

...Es decir, debe entenderse por `codeterminación´ el permanente instrumento negocial de todo el universo de la organización del trabajo que queremos que vaya saliendo gradualmente de la actual lógica taylorista. Es decir, la codeterminación como método de fijación negociada, como punto de encuentro, entre el sujeto social y el empresario, anterior a decisiones "definitivas" en relación, por ejemplo, a la innovación tecnológica, al diseño de los sistemas de organización del trabajo y de las condiciones que se desprenden de ella. Sabiendo que todas y cada una de las condiciones que componen la organización del trabajo no son variables independientes entre sí ni con relación al conjunto del sistema.

Esta es una hipótesis de trabajo para intentar cambiar gradualmente la tendencia; lo dejà vue es la certeza de que la vida seguirá igual.

(1) Antonio Baylos http://baylos.blogspot.com/2007/03/accidentes-de-trabajo-vctimas-no.html

martes, 1 de julio de 2008

NACIONALISMO POLÍTICO Y SINDICALISMO EN CATALUÑA


El joven y ya acreditado historiador José Manuel Rúa Fernández ha escrito un libro de gran interés, Nacionalisme i món sindical a Catalunya [1974 – 1990], que ha sido editado por el Consell de Treball, Econòmic i Social de Catalunya recientemente. En apretada síntesis diré que la investigación versa sobre los intentos de Convergència Democràtica de Catalunya, el partido de Jordi Pujol, de crear una organización sindical nacionalista frente al pretendido sucursalismo españolista de los sindicatos confederales Comisiones Obreras y UGT, y aprovechando que el Besós pasa por Sant Adrià disponer de una organización sindical propia. El libro de Rúa es la crónica, como dirá uno de sus protagonistas –concretamente la persona encargada de estructurar la operación— de un fracaso en toda la regla. Dicho lo cual, queda todavía pendiente explicar por qué una organización tan capilar como CDC fracasó sin paliativos, a pesar de los esfuerzos e instrumentos que puso en tan complicado empeño.


Me propongo explorar esas razones, aunque es obligado que advierta que no soy una persona totalmente de fiar: mi implicación en el terreno sindical, y mis responsabilidades en Comisiones Obreras de Catalunya, posiblemente me puedan conducir a arrimar el ascua a mi sardina. Quien lea lo que viene a continuación podrá juzgar, al menos tan subjetivamente como lo es mi caso. Ahora bien, cuando se llega a cierta edad (estoy en puertas de mi jubilación administrativa) algunos tenemos la tendencia a relativizar las cosas y, no siendo imparciales, deseamos coquetear aproximadamente con una cierta objetividad.


El nacionalismo político catalán tenía algunas dificultades (muchas como después se pudo ver) en construir ex nihilo un sindicato que fuera su propia hechura. Posiblemente por las siguientes razones: 1) el nuevo movimiento obrero y sindical en la época de la lucha contra la dictadura franquista surgió y se desarrolló sobre bases movimientistas unitarias, 2) protagonizadas, aunque no únicamente, sí de manera decisiva por Comisiones Obreras de Catalunya, 3) que asumieron con nitidez la lucha por las libertades democrático-nacionales de Catalunya. De manera descriptiva diré que la presencia organizada del sindicalismo nacionalista fue irrelevante; lo que no quiere decir, en absoluto, merma alguna para las personas que se empeñaron en aquel esfuerzo.


Digamos con desparpajo, pues, que el territorio sindical estaba ya cubierto por una manera de entender la acción colectiva “de clase y nacional” o, mejor dicho: de-clase-y-nacional que no dejaba huecos relevantes para una organización nacionalista. Debo alertar acerca de lo siguiente: nuestra concepción de-clase-y-nacional no tenía nada que ver con el sindicalismo nacionalista.


Los dirigentes del nacionalismo político catalán pensaron que se podía hacer una traslación del sindicalismo nacionalista vasco a Catalunya. Pero olvidaron que éste llevaba interviniendo cerca de un siglo y que su presencia en la lucha contra la dictadura fue visible. Más todavía, dichos dirigentes políticos creyeron que, de la misma manera que se puede organizar un partido “de la noche a la mañana”, eso valía también para el sindicalismo. En esa tesitura, pensaron, que la probeta política tendría su correspondiente traducción en una probeta sindical. Un desenfoque superlativo.


Por olvidar, olvidaron incluso que quien no negocia no existe; que quien negocia gobierna el conflicto social. El sindicalismo probeta nacionalista ni negoció ni gestionó el conflicto socio-político en tiempos de la dictadura y en la Transición. Desde la nada (ex nihillo) es harto difícil poner en marcha una organización sindical. Y muy especialmente si aquel nuevo movimiento obrero y sindical tuvo aproximadamente las siguientes virtudes: 1) leyó regularmente los cambios y transformaciones en los centros de trabajo, 2) vinculó las reivindicaciones en la fábrica a las de naturaleza política, 3) estableció relaciones extrovertidas con el resto de los sujetos sociales y políticos antifranquistas, 4) participó activamente en las `instituciones´ que luchaban por la libertad, y 5) su acción colectiva era abierta, pública, no clandestina. Ello condujo a algo que no se ha recalcado lo suficiente: si bien la ruptura democrática en el terreno político fue astillada, sí puede hablarse de una plena ruptura sindical democrática.


Y para colmo, los dirigentes políticos nacionalistas catalanes también llegaron a destiempo en otra cuestión no menos relevante. Que es: precisamente cuando el sindicalismo confederal catalán inicia sus primeros intentos, que gradualmente se van consolidando, de desprender sus amarras de Papá-partido, CDC pone en marcha una operación de crear su propia prótesis sindical. Dicho bondadosamente. es como si Salvador Espriu hubiera intentado hacer poesía a la manera de Aussias March.


Y por si no faltara astigmatismo, el destiempo se convirtió en cacotopía cuando, haciéndose visible la globalización interdependiente, se prepara un artefacto nacionalista, cuya naturaleza solipsista se da de bruces con lo que está a la vista de cualquier persona medianamente informada.


Rafael Hinojosa, la persona encargada por CDC, de poner en marcha la mentada operación es una rara avis. Es, de hecho, el gran protagonista del libro. Rara avis porque reconoce de pe a pa todos los destiempos de la obra que puso en marcha: una potente revisión de vida, se diría. Algo infrecuente en aquellas personas de altas responsabilidades. Un hombre cabalmente sincero.


martes, 24 de junio de 2008

LA DIRECTIVA DE LA VERGÜENZA Y LA IZQUIERDA PUTATIVA (2)


Algunas personas generalmente bien informadas han escrito que fue Diego López Garrido quien, telefónicamente expeditivo, conminó al elenco de eurodiputados socialistas españoles a votar la directiva que ha sido bautizada como “de la vergüenza”. Así pues, ya tenemos al cabeza de turco mientras el de más arriba se disfraza de noviembre para no infundir sospechas. Naturalmente don Diego no sale bien parado, aunque no es de extrañar el furor marrano de este alto cargo. Ahora bien el caso es que no pudo convencer ni imponer su decisión a Raimon Obiols y Josep Borrell.


Mucho y bien se ha escrito durante estos días sobre la directiva de la vergüenza y acerca del voto de la gran mayoría de los eurodiputados socialistas españoles. Desde la prensa, pongamos por caso Soledad Gallego hasta intelectuales de la talla de Jordi Borja quienes, además, han alertado del peligro de derechización del gobierno. Comoquiera que lo expresado por Soledad Gallego y Jordi Borja entra de lleno en la materia, quisiera aprovechar la ocasión para abordar el asunto desde otra dimensión. Que es…


Que es la relación entre los grupos parlamentarios y los gobiernos o administraciones. Una reflexión parcial que se limita, lógicamente en este caso, a la relación de tales grupos cuando su partido está en el gobierno. La primera consideración: es de cajón que la principal tarea de los grupos parlamentarios es la de sostener a sus gobiernos. Ahora bien, la manera paroxística con que se manifiesta el sostén está llevando en la práctica a la anulación del papel y del carácter de los grupos parlamentarios. Dígase con claridad: los grupos parlamentarios, en esos casos, son la prótesis terminal del gobierno. Lo que conlleva la automutilación del papel de representación de los parlamentarios. Que, por inferencia, conlleva la degradación de la democracia y sus valores `republicanos´ o simplemente `liberales´. El parlamentario es, así las cosas, un mandao. Si osa disentir sabe que su biografía representacional peligra. Es más, peligra también si se ampara en los valores, redactados o no, en el libro inmaterial de su partido; se arriesga, de igual manera, si se escuda en programas que, directa o indirectamente, concitaron que una parte de la ciudadanía les diera el voto. Su papel queda reducido a las contingencias políticas que expresa el imperativo telefonazo de (en este caso) don Diego y en otros de quien encarte.


De esta manera podemos suponer, con poca exageración por nuestra parte, que no existen resquicios de autonomía en los grupos parlamentarios; sólo cabe una reducidísima disidencia. El neocesarismo puede con todo. Las derivas autoritarias, que no son monopolio de las derechas, empiezan a ser moneda algo corriente en el territorio político de las izquierdas en una peligrosa indistinción con las derechas. Es más, el tal neocesarismo coloca a Obiols y Borell en una especie de, con perdón, reserva india, algo así como los últimos mohicanos. Son, ciertamente, el dato del honor de la izquierda. Pero el dato político es la decisión, el voto, del grupo parlamentario como colectivo, que se ha sumado gregariamente al telefonazo de don Diego López Garrido, perdón, del de más arriba.


¿Es la crisis de la izquierda? Sostengo que no. Porque cuando una serie de errores se repiten ene veces ya no se trata de un error, fruto de la crisis de la izquierda. Se trata de una decisión consciente a sabiendas y queriendas. Así pues, propongo saber diferenciar qué la crisis de la izquierda y qué es un planteamiento sostenido que, a la chita callando o de manera abrupta, hace que la izquierda se vaya convirtiendo en izquierda putativa. Ahora bien, como se dice en Parapanda: de la izquierda putativa a no ser de izquierdas ni de derechas hay un camino muy corto. Expresión ésta un tanto bondadosa porque cuando inicias ese camino acabas en la cooptación de los que nunca fueron los tuyos.


domingo, 15 de junio de 2008

REFORMA DEL TIEMPO DE TRABAJO EN LA UNION EUROPEA





¿HACIA DONDE CAMINA EUROPA?


Adoptada una decisión irrevocable en asamblea de Parapanda sobre la imperiosa necesidad de que Paco Trillo nos diera información inmediata sobre la reforma de la directiva de tiempo de trabajo, he aqui el texto entregado con la rapidez y eficacia que nos caracteriza. En la foto, el Mercado de Abastos de Parapanda.


Francisco J. Trillo
Universidad Castilla La Mancha


La propuesta modificada de la Directiva 2003/88/CE, relativa a determinados aspectos de la ordenación del tiempo de trabajo[i] supone un ejemplo más del posicionamiento ideológico de la Unión Europea ante las relaciones laborales y el Derecho del Trabajo. Ya se había tenido ocasión de verificar esta impronta europea sobre el Derecho del Trabajo a propósito del Libro Verde relativo a la modernización del derecho laboral para afrontar los retos del siglo XXI[ii]. A pesar de que el Libro Verde carece de eficacia jurídica alguna, éste ha servido de plataforma para impulsar la renovación de las relaciones laborales en el ámbito de la UE. Una renovación que se explica fundamentalmente a partir de la ampliación de la UE a 27 Estados Miembros, entre los que se encuentran de forma destacada los países del Este.


El Libro Verde, en materia de tiempo de trabajo, presentó como objetivo último la consecución de mayores dosis de flexibilidad -“¿cómo se podrían modificar las obligaciones mínimas en materia de ordenación del tiempo de trabajo para ofrecer mayor flexibilidad a los empleadores y a los trabajadores, garantizando al mismo tiempo un nivel elevado de protección de la salud y de la seguridad de los trabajadores?”[iii]-, instaurando una (ficticia) relación directamente proporcional entre flexibilidad e intereses de empresarios y trabajadores. Es decir, con independencia de cuáles sean los intereses específicos de trabajadores y empresarios[iv], la flexibilidad se erige en el fin a alcanzar como signo de modernidad y satisfacción de los intereses de empresarios y trabajadores. Más allá de este hecho, cabe destacar el salto cualitativo que supone que empresarios y trabajadores persigan intereses comunes, haciendo estallar la base conceptual que da sentido al Derecho del Trabajo: la contraposición estructural de intereses entre capital y trabajo. Todo ello, con un límite genérico, que parece no ser más un objetivo en sí mismo, como es la protección eficaz de la salud y seguridad de los trabajadores.


La materialización de estas líneas introducidas por el Libro Verde sobre la modernización del derecho laboral ha tenido lugar en la Propuesta Modificada de la Directiva 2003/88/CE. En ella aparecen nítidamente los fundamentos contenidos en aquél, que ahora se comentan brevemente.


En primer lugar, la Propuesta Modificada de la Directiva 2003/88/CE presenta como objetivo único la flexibilidad de la ordenación del tiempo de trabajo en aras, según reza en la propuesta, a la conciliación de la vida familiar y laboral[v]. Es decir, la base jurídica sobre la que se diseñó la normativa europea sobre tiempo de trabajo, la protección eficaz de la seguridad y salud de los trabajadores (arts. 136 y 137.1.a) Tratado de Roma), ha quedado relegada a un segundo plano o, más bien, como un límite genérico laxo a favor de la conciliación de la vida profesional y la vida familiar. En última instancia, el objetivo de la compatibilización de la vida profesional y familiar pretende ser un mecanismo de política económica que contribuya a mejorar el acceso de las mujeres al empleo (Estrategia de Lisboa). En resumidas cuentas, la propuesta modificada adolece de una cierta confusión, ya que se colocan en un mismo plano materias de política social y materias de política económica como objetivos alcanzables a partir de la ordenación del tiempo de trabajo. Curiosamente, el instrumento estrella para promover el acceso de las mujeres al empleo es el alargamiento de la jornada de trabajo hasta las 60 horas semanales en un período de referencia de 3 meses; hasta 65 horas semanales en el ámbito de la Sanidad en atención continuada[vi]. Todo ello frente a la tradicional reivindicación sindical de reducción del tiempo de trabajo -35 horas semanales- que basaba su intervención en la idea de trabajar menos para trabajar todos. A continuación, la redacción de la propuesta añade como instrumentos prácticos para hacer efectiva la conciliación de la vida familiar y laboral, la obligación de empresarios de informar a los trabajadores sobre cualquier cambio en la organización del tiempo de trabajo y la obligación igualmente de empresarios de tener en consideración las peticiones de los trabajadores para cambiar horario y ritmos de trabajo (art. 2 ter). A este respecto, el ordenamiento jurídico español ya cuenta, incluso antes de la entrada en vigor de la Ley de Igualdad, con instrumentos para adaptar la duración y distribución de la jornada de trabajo configurados como derechos unilaterales a favor de los trabajadores (arts. 37.5 y 6 Estatuto de los Trabajadores). El modelo que presenta esta Propuesta de modificación de la normativa comunitaria sobre tiempo de trabajo es, por tanto, de carácter individualista a la par que voluntarista, ya que no se conectan los objetivos de la norma a un tratamiento colectivo del tiempo de trabajo y los derechos de conciliación aparecen configurados como una liberalidad del empresario. Frente a este modelo individualista, insistimos, se abandona aquél solidario de la reducción de la jornada semanal a 35 horas.


En segundo lugar, la Propuesta Modificada lleva a cabo una revisión del concepto de tiempo de trabajo que supone un embate a la labor del Tribunal de Justicia en la delimitación de lo que debe entenderse por tiempo de trabajo. La introducción del concepto de período inactivo de atención continuada, es decir, el tiempo en el que el trabajador se encuentra en el lugar de trabajo, a disposición del empresario pero sin prestar servicio repercute en la jurisprudencia del Tribunal de Justicia negando la consideración de tiempo de trabajo a aquellos espacios temporales donde el trabajador cumple con, al menos, dos de los tres requisitos enunciados en el art. 2 de la D 2003/88/CE (Sentencia SIMAP y sucesivas). Es decir, afecta sensiblemente a los derechos de los trabajadores ya que estos lapsos de tiempo no serán computados como tiempo de trabajo a efectos salariales, cómputo de la jornada máxima, ni en relación con los descansos diarios y semanales. En definitiva, existe una equiparación entre el régimen jurídico de las guardias de atención continuada y las localizadas, lo cual puede tener repercusiones negativas en la calidad del servicio público de la sanidad. Al hilo de esta revisión se ha aprovechado para acotar la definición de lugar de trabajo[vii] con el objetivo de disipar cualquier duda sobre lo que haya de entenderse por tiempo de trabajo en atención continuada. Este hecho implica una selección de los espacios físicos transitados por el trabajador con ocasión del trabajo, ya que el art. 2.1.bis.bis hace alusión únicamente al “lugar o lugares en los que el trabajador ejerce habitualmente sus actividades o funciones”. Lo cual puede suponer, entre otras cosas, en el ámbito del ordenamiento jurídico español, una limitación de la presunción de accidente de trabajo contemplada en el art. 115.3 LGSS[viii] . Estos cambios normativos caminan en la dirección de una configuración del trabajo por cuenta ajena donde la obligación contraída por el trabajador no puede calificarse como de medios, sino por el contrario como de resultados. Téngase en cuenta que esta fragmentación del tiempo de trabajo que presenta la Propuesta, por otra parte nada novedosa en los ordenamientos jurídicos internos, toma como elemento definitivo el que el trabajador se encuentre en el ejercicio de sus funciones. Por tanto, el resto de tiempos donde el trabajador se halle en el puesto de trabajo y a disposición del empresario no tendrían la consideración de tiempo de trabajo y, sin embargo, la subordinación del trabajador a los poderes empresariales en estos tiempos intersticiales resulta patente. No se puede finalizar la exposición de este segundo bloque de reformas introducidas en la Propuesta sin hacer alusión al modelo de organización empresarial que planea en ésta, ya que como trasfondo se observa la aceptación del legislador de una imprevisión y falta de planificación empresarial de la producción.


En tercer lugar, la Propuesta Modificada implica una continuidad de la alteración de la tradicional relación de fuentes en materia de tiempo de trabajo, perpetuando la vigencia de la cláusula opting-out. Mientras la ley y/o el convenio colectivo están llamados a regular la duración máxima de la jornada de trabajo como regla general, el contrato individual de trabajo puede modificar in peius tal límite. De este modo, la prelación de fuentes prevista en el art. 3.1 Estatuto de los Trabajadores en materia de tiempo de trabajo queda sin efectos, al mismo tiempo que uno de los pilares del Derecho del Trabajo, la indisponibilidad de derechos legales o convencionales por parte de los trabajadores, se tambalea fuertemente. En general, este modo de legislar ahonda en la pretendida descolectivización del Derecho del Trabajo y en el desprecio al Sindicato, desplazando hacia el olvido la acción sindical y el conflicto como fundamentos de las relaciones laborales. En última instancia, se busca desesperadamente una individualización de las relaciones laborales justificada en los intereses de los trabajadores de conciliar vida profesional y familiar a través del vaciamiento de los convenios colectivos en esta materia (acuerdos individuales en masa).


Las posibilidades de que los objetivos depositados en la normativa comunitaria sobre tiempo de trabajo, salud de los trabajadores y conciliación de la vida profesional y laboral, puedan realizarse con la normativa prevista resultan tan escasas como escasos han sido los ánimos del legislador europeo de diseñar una normativa garantista de tales derechos. Un ejemplo, quizá el más sonoro, sea el del alargamiento de la duración máxima de la jornada de trabajo hasta las 60 horas en un período de referencia de tres meses. Para aquellos ordenamientos jurídicos como el español donde no son desconocidos fenómenos como la temporalización de las relaciones laborales, este hecho supone tanto como admitir que un trabajador temporal pueda prestar un número de horas de trabajo al año igual a 2.880 –el resultado de multiplicar 720 horas (cada tres meses x cuatro períodos anuales de tres meses). En definitiva se otorgaría con esta normativa carta de naturaleza a la precarización absoluta de las relaciones laborales. En cuanto al nuevo objetivo de la conciliación de la vida familiar y laboral, aunque pueda resultar un titular de prensa, las cuentas no salen, ya que si se trabajan 60 horas semanales y el empresario no está obligado a permitir tal conciliación…


Por todo lo anterior, debemos ser críticos con esta Propuesta por su claro carácter regresivo desde el punto de vista social, ya que en definitiva constituye un elemento normativo que potencia el alargamiento de la jornada de trabajo muy por encima de los límites dispuestos en los diferentes ordenamientos jurídicos europeos. A cambio de ello, una promesa de que los empresarios tendrán en consideración las demandas de los trabajadores sobre conciliación de vida familiar y laboral. Ni que decir tiene lo lejos que se queda esta Propuesta de aquella reivindicación histórica: ocho horas de trabajo, ocho de reposo y ocho de educación (1º de mayo de 1886). Por último, una reflexión sobre el modelo de construcción europea a propósito de la normativa sobre tiempo de trabajo. Este tipo de iniciativas legiferantes deja entrever un modelo de construcción de Europa basado estrictamente en su vertiente económica, enfatizando cada vez más los orígenes de la Unión. Lo cual no resulta novedoso, pero sí preocupante ya que en el desarrollo de la UE han existido determinados momentos donde las libertades económicas tenían como límite el ejercicio y respeto de los derechos sociales. Hoy, por el contrario, el modelo que se propone es del dumping social con el objetivo de incrementar las diferencias entre clases, entre países, entre trabajadores… Dicho de otro modo, lo que se propone es una igualación social por abajo, hacia el empeoramiento de las condiciones de vida y trabajo de los ciudadanos europeos.


[i] Expediente interinstitucional 2004/0209 (COD), de 4 de junio de 2008.

[ii] Vid. A. BAYLOS Y J. PEREZ, “Sobre el Libro Verde: modernizar el derecho laboral para afrontar los retos del siglo XXI”. Cuadernos de la Fundación Sindical de Estudios, nº 5, diciembre 2006, pp. 10.

[iii] Comisión de las Comunidades Europeas, Modernizar el derecho laboral para afrontar los retos del siglo XXI. COM (2006) 708 final, p. 15.

[iv] Repárese que de forma sorprendente no se elencan en dicho documento cuáles son los objetivos que persiguen empresarios y trabajadores en materia de tiempo de trabajo, ya que el objetivo no es otro que el de ofrecer mayor flexibilidad. Dicho de otro modo, la flexibilidad es el bien jurídico que se intenta preservar de forma hegemónica y que engloba los intereses de empresarios y trabajadores.

[v] “La conciliación de la vida profesional y la vida familiar es también un elemento esencial para conseguir los objetivos que se ha fijado la Unión Europea en la Estrategia de Lisboa, en particular para aumentar el índice de empleo de las mujeres. No solo contribuye a crear un clima de trabajo más satisfactorio, sino que permite, además, una mejor adaptación de las necesidades de los trabajadores, principalmente de los que tienen responsabilidades familiares. Las diversas modificaciones introducidas en la Directiva 2003/88/CE están destinadas a mejorar la compatibilización de la vida profesional y de la vida familiar” (Considerando 5).

[vi] Este proceder normativo no da cuenta del agotamiento del modelo productivo consistente en los bajos índices de productividad que presentan aquellos países con las jornadas de trabajo más prolongadas. Cfr. Euroíndice Laboral (EIL) IESE-Adecco (2007).

[vii] “Lugar de trabajo: lugar o lugares en los que el trabajador ejerce habitualmente sus actividades o funciones y que se determina de conformidad con lo previsto en la relación laboral o contrato de trabajo aplicables al trabajador”.

[viii] Y ello en abierta contraposición con lo estipulado en el RD 171/2004, de desarrollo del art. 24 de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales. El art. 2.a) define el centro de trabajo como “cualquier área, edificada o no, en la que los trabajadores deben permanecer o a la que deben acceder por razón de su trabajo”.