domingo 23 de agosto de 2009

EL CALENDARIO LABORAL Y EL RAMADAN



Mucho están hablando los medios acerca de la relación entre el trabajo y la celebración del Ramadán por los musulmanes. Repongo un artículo que publiqué en El País hace ahora unos tres años proponiendo una metodología técnica que, desde el punto de vista laico, llega a unas conclusiones que entiendo dan cumplida satisfacción a las exigencias de unos y las creencias de otros. En todo caso, la intención de las propuestas va más allá del aspecto coyuntural, aunque cada año se repite, de la celebración de este rito musulmán. Pues se inscribe en la reorientación de los tiempos de trabajo que permite la flexibilidad negociada. Clicando abajo verás qué se dice al respecto.



http://www.elpais.com/articulo/cataluna/fiestas/musulmanas/calendario/laboral/elpepuespcat/20060118elpcat_6/Tes



Por lo demás, ahí va otro regalo: Baylos en USO DEL COMPARATISMO Y REFORMAS EN FRANCIA: LA REGULACIÓN DEL CONFLICTO EN LOS SERVICIOS ESENCIALES (IV)

jueves 20 de agosto de 2009

ANTE EL CONGRESO DEL PARTITO DEMOCRATICO ITALIANO. Hablan mis amigos milaneses



Nota Editorial. Se cumple con lo prometido: la traducción del documento de los amigos lombardos de la revista Gli Argomenti Umani. Me permito una aclaración: se ha obviado la tercera parte que, por así decirlo, se refiere a las cosas italianas. En todo caso, el lector interesado sabe que el documento está a su disposición en el link Il progetto del Pd alla prova della crisi. Esta entrada es una reposición de la que se hizo en este mismo blog el dia 25 de febrero pasado.


Premisa


Estamos ante un estridente e insoportable contraste entre –de un lado-- las exigencias, las reflexiones y las perspectivas que se han abierto en el mundo con la explosión de la crisis económica y con la extraordinaria victoria de Barack Obma en las elecciones americanas y –de otro lado-- el nivel de análisis y debate político existente en nuestro país, todavía bloqueado por esquemas culturales obsoletos y modelos de confrontación llenos de astucia, desoladamente privados de proyectos y estrategias y, a menudo, carentes de principios sanos y valores.



Superar esta separación es esencial para que la izquierda democrática italiana (y también la europea) salga de la sequía de un reformismo débil y culturalmente subordinado al pensamiento neoliberal que, por otra parte, está hoy en crisis o perdido, en otros aspectos, en las ilusiones de un radicalismo conservador, aferrado a los esquemas clasistas del siglo pasado. Para hacer esto es necesario empeñarse en el análisis de la crisis y en el consecuente diseño de nuevos objetivos capaces de alcanzar un nuevo equilibrio entre crecimiento y justicia social. En el caso italiano, la crisis agrava de golpe los problemas históricos del país hasta poner a peligro el funcionamiento de la democracia constitucional y la misma unidad entre el Norte y el Sur.



Primera parte. La crisis del modelo de desarrollo neoliberal



La crisis inmobiliaria y financiera, de la alimentación y energética señalan la definitiva insostenibilidad del modelo de desarrollo hasta ahora dominante. Con la crisis se cierra un ciclo de desarrollo de treinta años bajo el signo de las políticas de la derecha neoliberal y de su supremacía cultural, alimentada por algunas importantes ideas: la substancial racionalidad de los mercados y su capacidad de autoregularse; la necesidad de reducir al mínimo la intervención del Estado en tanto que substancialmente contraproducente y limitador de la libertad de los individuos; la conveniencia de privatizar casi todo tipo de actividad; la necesidad de que la intervención pública, sobre todo mínima, se oriente a “apoyar a los vencedores” del objetivo de acelerar la revolución tecnológica. Dentro de esta visión, la derecha ha llevado adelante la opción de redimensionar el Estado social y el poder sindical.



Esta orientación antiestatalista se está convirtiéndose en su contrario: fuerzas e instituciones que le habían sostenido se convierten ahora en los principales paladines de la más masiva intervención del Estado en la historia del capitalismo.



Intervenciones necesarias para impedir el colapso de los sistemas financieros y evitar que la recesión en curso se transforme en una depresión, pero que –como no se concretan sobre la base de una coordinación y con reglas acordadas internacionalmente-- dan lugar incluso a una cobertura de las culpas de algunos de los mayores responsables de la crisis y a la creación de posiciones de ventaja competitiva. Sobre todo, en esta fase, se limita a señalar al Estado como simple pagador en última instancia. Mientras tanto, no emerge todavía ningún esfuerzo para definir sobre bases nuevas la relación Estado-mercado.



La experiencia histórica muestra que la conclusión traumática de los largos ciclos de desarrollo siempre llevó al pasaje a una nueva fase política y a un cambio substancial en la visión de la sociedad y del papel de la política. Así pasó con la crisis de los años treinta que abrió las puertas al New Deal roosveltiano en los USA y al nazismo en Alemania, poniendo las premisas de la Segunda guerra mundial. Así fue con la crisis de los años setenta que llevó al final de la supremacía cultural de la socialdemocracia y abrió las puertas a la hegemonía cultural y política de la derecha neoliberal. También esta crisis está destinada a generar un substancial cambio cultural y político: la victoria de Obama es el primer importante signo positivo de este cambio, pero no está cantado que en Europa los cambios sigan en la misma dirección.



El planteamiento neoliberal tiene en su base una cultura de tipo utilitarista que en su versión extrema niega incluso la existencia de la sociedad; es una ideología individualista que considera que los individuos y las empresas operan sobre mercados con motivaciones exclusivamente económicas y no como personas y organizaciones que construyen su propia libertad, cuya estabilidad y eficiencia depende de mecanismos de integración social y de las dotaciones de bienes públicos. Los individuos son puestos en evidencia sobre todo como consumidores o como propietarios en la teorizada «ownership society», base de una democracia de los propietarios, que ha resultado un engaño en un contexto caracterizado por un aumento general de la riqueza en la parte más rica de la población.



Se ha pensado erróneamente que el gran crecimiento de la economía norteamericana, a partir de los años ochenta, fue el resultado de aquel modelo liberal y no sin embargo la salida de un proceso radical de cambio estructural –estimulado por la intervención pública en el sector ares-espacial y de los armamentos— y fundado sobre un intenso flujo de innovaciones tecnológicas y organizativas que han abarcado el sistema económico.



Como ya es evidente, este profundo cambio no se ha dado en unas condiciones de reequilibrio espontáneo y automático. Por el contrario, el funcionamiento de este proceso dinámico y global contenía todos los elementos para producir los riesgos de crisis económica, a partir del crecimiento tumultuoso de las desigualdades y de la concentración del poder económico en los procesos de intermediación financiera. Lo que ha generado las semillas de la crisis y del desorden actuales ya que tal aceleración vino casi exclusivamente por el impulso de las fuerzas económicas, mientras deliberadamente se reducía la capacidad de dirección de los Estados, liquidando simplemente el bagaje de teoría y política que nacieron del encuentro entre las culturas reformistas, socialdemócrata y liberaldemocrática, que permitieron el desarrollo sostenido y ordenado de los treinta años precedentes, y se despotenciaron las instituciones del multilateralismo, también surgidas de la cultura reformista del siglo pasado.
La entrada de centenares de millones de trabajadores en el mercado mundial modificó substancialmente las relaciones de fuerza entre capital y trabajo, empujando a una redistribución de la renta ventajosa para el capital. Dicha tendencia no ha sido corregida, por lo general, en las políticas económicas que, sin embargo, la han reforzado reduciendo la progresividad de los sistemas fiscales, limitando el poder de los sindicatos y restringiendo la oferta de bienes públicos. El resultado ha sido que en los países avanzados la cuota de la renta asignada al trabajo dependiente se ha reducido substancialmente, y el crecimiento del rendimiento del capital se ha traducido en un incremento de la renta. Estos procesos están en la base del general y fuerte aumento de las desigualdades en la distribución de la renta y la riqueza en los países avanzados con excepciones de aquellos, que como los escandinavos han contrastado con la política económica la tendencia al aumento de las desigualdades provinentes de los mercados. La concentración de la riqueza en una franja restringida de la población aumenta las divergencias en las oportunidades de vida y reduce la movilidad social: resulta ilusoria, así, la promesa liberal de dar a todos la posibilidad de realizar sus propias capacidades simplemente a través del mercado.



También en los países emergentes –con China a la cabeza— donde se encuentra un relevante crecimiento del nivel medio de bienestar, las desigualdades han aumentado considerablemente, sobre todo entre los territorios afectados por el proceso de globalización y los que han quedado excluidos; entre la ciudad y el campo. El permanente atraso del campo es la causa principal de la crisis alimentaria en curso. En las zonas industrializadas los salarios han crecido de manera notable, pero no se han correspondido con los formidables incrementos de la productividad; los beneficios de las empresas han alcanzado niveles extraordinarios, mientras permanece una gran escasez de bienes públicos. Esta distribución de la renta está en la base de la increíble tasa de ahorro que caracteriza los países y les convierte en relativamente pobres a los más grandes exportadores de capital.



En los países avanzados, y sobre todo en el mundo anglosajón, elemento representativo de este tipo de desarrollo, la mayoría de la población –excluida de la participación en el aumento de la renta— ha mantenido, endeudándose, el ritmo del consumo. El endeudamiento fácil ha sido el modo con el que la derecha ha mantenido el consenso en un contexto en el que aumentaban las desigualdades. Aquellos en cuyas manos se iba concentrando la riqueza han incrementado de manera espectacular el consumo de lujo y la propensión al riesgo y a comportamientos especulativos. Los Estados se han endeudado porque ha prevalecido la falsa convicción de que la reducción estructural de la presión fiscal mejoraría la `performance´ de la economía.



El crecimiento del endeudameinto general ha sido el motor de la demanda interna y del crecimiento que sobre todo en los USA siempre estuvo financiado por los capitales provinentes de los países emergentes. Se trata de una distribución injusta, ineficiente e irresponsable: por una parte, no está en condiciones de generar un incremento estable y adecuado de la demanda interna sin un crecimiento sistemático de la tasa de endeudamiento privado y público; por otra parte, endosa a las generaciones futuras la carga de la deuda acumulada. En este mundo al revés --donde los países pobres financian el consumismo insensato de los países ricos-- las finanzas han encontrado el espacio para la innovación y los `excesos´ que han cambiado la naturaleza, mientras el crecimiento económico ha estado acompañado por una destrucción sistemática de los recursos ambientales y la depredación de los bienes públicos.



Esta consolidación del modelo distributivo ha ido caminando a la par con el prevalecimiento de una visión de la empresa que considera como su único objetivo, negándose a cualquier otra función social, la producción de beneficios. De este planteamiento se desprende que la governanza de la empresa se basa en una alianza entre el capital financiero, asumido impropiamente como el propietario de la empresa, y su agente: el management. Tal alianza y la consiguiente tentativa de alinear los intereses del management a los del capital financiero están en la base de un sistema de incentivos, incluidas las stock option, que han tenido un efecto poderoso, distorsionado las actividades de las empresas, aumentando la tendencia a operar con ópticas de breve periodo, y son la causa principal de las grandes quiebras y escándalos societarios de principios de este decenio y de las distorsiones y quiebras de las finanzas. El crecimiento estelar de la separación entre beneficios del manager y las retribuciones de los trabajadores señala también un substancial cambio de relaciones de poder en las empresas. Lo que se perseguía, de hecho, era una substancial desvalorización del trabajo.



La revolución informática crea las condiciones de un sistemático aumento de la complejidad del trabajo, una mejora de su cualidad en términos de contenido, conocimiento, capacidad de iniciativa y responsabilidad. Tales potencialidades vienen, sin embargo, frenadas por unos modos de producción orientados a mantener el máximo control sobre la empresa por parte del capital financiero y que tienden a conservar las estructuras jerárquicas y una centralización de las informaciones sensibles. Esta alianza entre rendimiento y beneficio se hacen a espaldas de los trabajadores.



La falta de un adecuado equilibrio de poder en la estructura prouctiva, la despotenciación de los Estados, el papel de neta prevalencia, que el mundo de los negocios ha asumido en el proceso de globalización, están haciendo, nuevamente, crítica la relación entre capitalismo y democracia. Dicha tendencia está agravada por el cambio de las formas de la comunicación política y el empobrecimiento de los tradicionales partidos de masas.



Se consolida la tendencia del mundo de los negocios a prevaricar y subordinar la política con la formación de una nueva clase global que opera fuera de las reglas. De esa manera se ha generado una especie de “inmoralismo ideológico” que ha empozoñado toda la vida civil y, en particular, los valores de la igualdad y la solidaridad. La paradoja del trentenio neoliberal consiste en el hecho de que, a mientras se ampliaba en el mundo el área de la democracia y caían las dictaduras en muchos países, las bases de la democracia se debilitaban allí donde nació y, desde hacía tiempo, se había consolidado. Una inadecuada respuesta internacional a la actual crisis podría dar lugar a una nueva fase de reflujo del proceso de democratización.



Segunda parte: el valor del trabajo y de la persona humana.



Con la victoria de Obama se ha producido un acontecimiento global destinado a cambiar culturas, valores, equilibrios sociales y políticos. Sabemos que su tarea no será fácil tanto en el plano internacional como en el interior. Y que incluso no estará privado de contradicciones. Pero, sin querer recurrir al fácil e interesado juego del rebaje de las expectativas que ahora están de moda, queremos registrar con claridad que, en el campo electoral y ya en sus primeras disposiciones de gobierno, Obama ha presentado significativas discontinuidades con relación al pasado. En primer lugar ha puesto en primer plano los problemas existenciales y sociales que atraviesan las capas medias que en América incluyen a los trabajadores, consiguiendo que la centralidad no esté en las dinámicas de Wall Street, sino en las necesidades fundamentales de los hombres, las mujeres y los jóvenes –sin diferencias de raza, sexo o religión— y sus derechos a la instrucción, el empleo, la asistencia sanitaria, la protección del ambiente... Impuso en la campaña electoral, como discriminación entre derecha e izquierda, el gran tema de la lucha contra las crecientes desigualdades sociales, reivindicando un nuevo orden económico y moral, introduciendo con coraje en la cultura americana el principio de la redistribución de la riqueza (spread the wealth) a los que con obstinada coherencia se opusieron los republicanos. Este principio que es familiar en nosotros, europeos, no lo es en América. Allí es fuerte un sentido de la justicia cuya consecución se confía sobre todo a la capacidad y riesgo de los individuos, no al Estado. Ésta ha sido su respuesta a la crisis que, cada vez más aparece en sus primeros actos, se mezcla con políticas públicas orientadas a conseguir en nuevo salto tecnológico en la economía norteamericana.



La respuesta a la crisis podrá venir mediante dos salidas: a) el cambio substancial del modelo de desarrollo, y b) el relanzamiento del multilateralismo. Se trata de realizar un giro con relación a la fase precedente, pero es en el curso de profundas crisis como se crean las mayores posibilidades de realizar grandes cambios, a condición de que existan fuerzas políticas que estén a la altura de orientar al cambio las tensiones que la crisis crea en las sociedades



1) El cambio substancial del modelo de desarrollo



Un nuevo modelo de desarrollo tiene que poner en el centro el valor del desarrollo humano a partir del trabajo que es, en sus diversas formas, el fundamento de la persona humana, de su identidad social. Y deberá crear las condiciones, incluso las potencialidades insitas en las nuevas tecnologías se realicen plenamente para mejorar la cualidad del trabajo.



Se trata de dotar bienes públicos a la sociedad para que las prsonas puedan realizar sus propias capacidades aplicando en el trabajo sus propias dotes de iniciativa y afirmar una visión que considere la empresa como una organización que, con sus estrategias, deba responder a las exigencias de los diversos sujetos que operan en ella y debe valorizar todos los elementos que están allí presentes, empezando por el trabajo.



Deberá dar vida a un modelo distributivo que reduzca las desigualdades y sea más funcional a las exigencias del desarrollo que esté a la altura de generar un crecimiento de la demanda sin que ello comporte un exceso de endeudamiento de las retribuciones del Estado y las familias. La dinámica de las retribuciones deberá tener una referencia al crecimiento de la renta nacional y la “performance” de las empresas.



El desarrollo de los próximos decenios no podrá medirse únicamente por el crecimiento cuantitativo de los bienes y servicios, por un incremento indiscriminado de los consumos. La humanidad deberá cimentarse, cada vez más, con el deterioro del medio ambiente y la creciente escasez de recursos materiales. El desarrollo, pues, deberá basarse sobre una general transformación cualitativa de los procesos y de los productos, de la organización social en su conjunto, de los consumos colectivos e individuales. Incluso esta importante cuestión, esto es, la cualidad del desarrollo, se pone como tarea a todos los países y estados. Ella condiciona fuertemente todas las opciones prácticas con las que afrontar y encarar la crisis. En ese sentido aparece como evidente una consecuencia que afecta directamente también a nuestro país. En los países avanzados, de hecho, los motores del desarrollo podrán y deberán surgir de la responsabilidad de esta nueva realidad. En primer lugar ponemos la investigación científica y la producción con la relativa puesta en marcha de nuevas tecnologías, capaces de aumentar la eficiencia energética y salvaguardar el ambiente. Tales tecnologías podrán y deberán transferirse a todos los países emergentes. En segundo lugar ponemos el desarrollo de actividades tales como la preservación de la salud, la formación permanente, las actividades culturales y, más en general, todas aquellas que están destinadas a proporcionar servicios a la persona. En tercer lugar: la producción y gestión de bienes públicos y modernas redes de infraestructuras. En este nuevo contexto hay que mantener la valorización del mercado y la empresa en la búsqueda del beneficio y el crecimiento de la eficiencia. Pero también se debe relanzar el papel del Estado, no simplemente para realizar operaciones de `salvamento´ o maniobras de deficit spending. Hay que redefinirlo sobre la base de:



(A) Reglamentar y controlar el funcionamiento de los mercados de manera que se eviten los excesos y los abusos que se han dado hasta ahora y reducir el conflicto de intereses.



(B) El mercado es insustituible, no porque sea reacional, sino porque es el sistema decisional más descentralizado, el que está en las mejores condiciones para liberar las capacidades de iniciativa y creatividad de las personas y producir innovaciones. Por eso hay que regularlo.



(C) Contribuir a la emergencia de un modelo distributivo más justo y funcional para el desarrollo en cuyo cuadro se pueda asegurar una adecuada dotación de bienes públicos.



D) Ser el garante de una distribución equitativa y racional de los recursos ambientales y financieros entre las generaciones presentes y venideras: una tarea que el mercado no puede asegurar estructuralmente.



No se trata de incrementar la gestión pública de empresas sino de dar al Estado la responsabilidad de racionalizar, responsabilizar y coordinar la distribución de los recursos para dar vida a una diversa cualidad del desarrollo. En esta perspectiva se plantean intervenciones de política industrial de cara a favorecer la evolución de la base productiva en la dirección de una nueva cualidad del desarrollo. Las intervenciones urgentes para encarar la crisis –incluidos los `salvamentos´-- deben contener ya la señal de una voluntad de marcha en aquella dirección. En el caso italiano la ausencia de dicha relación tendría unos efectos muy negativos ya que nuestro sistema económico y social necesita un urgente salto cualitativo.



2) El relanzamiento del multilateralismo



La crisis tiende a acentuar las divergencias entre los diversos países de la Unión Europea y las tensiones en su interior, y de esa manera puede producir fugas disgregadoras. La mayor adquisición que ha realizado la Unión en el último ventenio ha sido la ampliación del área de la democracia en Europa y la garantía de la paz; ahora se trata de evitar que tal resultado entre en crisis. Las divergencias se acentuarían si cada país decidiera intervenir por su propia cuenta y buscase obtener ventajas competitivas. Ahora bien, la crisis constituye una gran ocasión para completar el proceso unitario con un salto de cualidad sobre dos salidas fundamentales: 1) relanzar el papel de la Unión en el gobierno del desarrollo; 2) darse así misma una real capacidad de contribuir a la definición de una nueva arquitectura de las instituciones del gobierno mundial.



La tarea principal de la Unión es, ahora, dar una respuesta común y eficaz a la crisis. Ello implica encontrar reglas comunes para los `salvamentos´ y homogeneizar posteriormente los mercados; coordinar las respuestas de los diversos países; y sobre todo poner en marcha intervenciones de política económica directamente en el nivel europeo, financiadas por el Presupuesto de la Unión, los fondos del BEI e, incluso, el endeudamiento de la Unión para sostener el nivel de la demanda y potenciar la producción de “bienes públicos europeos”, componente indispensable de una nueva cualidad del desarrollo y la afirmación de una nueva visión de la sociedad, también a nivel europea, cuyas ideas más importantes estaban ya en el “Libro Blanco” de Delors. La crisis pone también la exigncia de una substancial reconsideración de las políticas macroeconómicas y del pacto de estabilidad que no ha estado evidentemente en condiciones de asegurar la estabilidad de la economía de la Unión.



Todo ello es particularmente importante para los países que participan en el euro. Hace tiempo que se ha reveló la insostenibilidad del desequilibrio existente entre una política monetaria del área euro y políticas presupuestarias puestas en práctica sólo a nivel nacional. Ahora tal desequilibrio es cada vez más evidente y dramático porque la evolución de la crisis está cuestionando los límites de una respuesta sólo a través de la política monetaria. Por otra parte, una posterior eventual revalorización del euro acentuaría las tendencias disgregadoras en ausencia de una política fiscal común en el área. Incluso el euro no puede considerarse irreversible.



La paradoja por la cual, mientras estallan los fundamentos del pensamiento de la derecha liberal, la izquierda europea no avanza e, incluso, retrocede es la consecuencia de un largo periodo de subalternidad cultural que, como demuestran las recientes posiciones del Partido socialista europeo, hacen difícil por ahora entender el alcance de la crisis actual.



La crisis está comportando una caída del prestigio de los Estados Unidos y consecuentemente de Occidente, un prestigio cercano a la quiebra tras la estrategia unipolar de Bush y, más concretamente por la agudización de los conflictos con el mundo islámico, aunque no sólo. Para el resto del mundo, USA y Occidente son los responsables del desorden actual y de la creciente sensación de un mundo que no gobernado.



La victoria de Obama crea las condiciones de un substancial cambio de la estrategia estadounidense y de la percepción del papel de los Estados Unidos en el mundo. Esta es una gran ocasión para que Europa redefina y relance las relaciones trasatlánticas. La base de tal relanzamiento deberá ser la vuelta al multilateralismo como única vía para gobernar la globalización del planeta y la disponibilidad del gobierno USA a discutir con sus aliados la estrategia a seguir. El mundo será ciertamente multipolar, lo ha sido en el pasado. Pero no ha sido un pasado de paz. Sólo un cuadro multilateral podrá poner orden en el planeta y pacificiar el proceso de globalización.



Podrá nacer un nuevo multilateralismo si Occidente supera la idea de una particular vocación civilizadora y si entiende que la globalización deberá comportar la coexistencia de culturas y modelos sociales diversos. Ahora bien un papel de leadership de los Estados Unidos y Occidente –en cuanto área donde han nacido la democracia y las ideas del multilateralismo-- sigue siendo necesario para orientar el mundo hacia nuevo un cuadro multilateral. Las instituciones del multilateralismo deberán ser profundamente refundadas y deberán ser dotadas de poderes efectivos que configuren nuevas formas de gobierno mundial. En este contexto, Europa tiene una gran ocasión para concurrir a la determinación de un nuevo cuadro del multilateralismo. Pero deberá darse cuenta que sólo aceptando estar representada unitariamente en las nuevas instituciones del multilateralismo podrá escaparse del papel de conservación que hoy ejerce para defender el privilengio de un exceso de representación derivada de su fragmentación.




(Traducción José Luis López Bulla)




Discos solicitados. Radio Parapanda dedica al amigo Aureli Álvarez una pieza magistral (The rose) de la ópera barroca Alcina (Haendel). Tiene la voz la extraordinaria soprano Joan Sutherland Y recuerde: los discos solicitados en radioparapanda@gmail.com


jueves 13 de agosto de 2009

POR LA DIMISIÓN DE MAFO


Homenaje a Pep Cervera. Padre fundador de CC.OO. de Catalunya.




Hace menos de dos meses que el maestro y amigo Joaquín Aparicio ponía a parir al gobernador del Banco de España por su reivindicación pública de rebajar el costo del despido (véase: EL PERTINAZ GOBERNADOR)

Lo compartimos. Pero añadimos más: el Banco de España (BE) inunda a los medios de comunicación, prácticamente cada día, con informe sobre la necesidad de abaratar salarios, estructurar en forma centralizada la negociación colectiva, flexibilizar –en lógica de precarizar- el mercado de trabajo, privatizar en forma parcial la Seguridad Social, promover la movilidad geográfica,…. Y no seguimos porque cualquier lector de prensa –escrita o virtual- puede comprobar esas aseveraciones. Y ahí surgen las preguntas: ¿para qué diantres sirve el BE?


Habrá que recordar que el BE es, en estos momentos, una simple sucursal territorial del Banco Central Europeo. Y que al margen de controlar y tener en depósitos las divisas, tiene como objetivo “promover el buen funcionamiento y estabilidad del sistema financiero” (art. 5 b) de la Ley 13/1994, de 1 de junio) Y luego, claro está, realizar informes. Pero me parece a mí que además de sesudas elucubraciones sobre el mercado laboral se pueden hacer también otras cosas, quizás más acordes con los fines legales del BE y con mayor interés para los ciudadanos:


¿Qué decía en su momento el BE cuando las entidades financieras realizaban hipotecas por encima del 80 % de la valoración de mercado de los inmuebles?


¿Qué decía el BE cuando las valoraciones de los inmuebles se realizaban muy por encima de los precios de mercado? ¿Qué decía el BE cuando las entidades financieras realizaban hipotecas y efectuaban créditos muy por encima del 30 por ciento de los ingresos netos anuales de la unidad familiar?


¿Qué decía el BE cuando las entidades financieras basaban más allá de la prudencia una buena parte de sus inversiones en un sector con tan poco valor añadido como la construcción? ¿Qué decía el BE cuando en los buenos tiempos del tocho y el ladrillo las diferentes Administraciones públicas centraban esencialmente sus ingresos en un sector tan versátil?


¿Qué dice el BE cuando las entidades financieras están recortando créditos a empresas solventes y con perspectiva de futuro? ¿Qué decía –y dice- el BE, cuando las ganancias de las empresas eran estratófericas, sin ningún límite de ingresos para los altos cargos? ¿Qué decía –y dice- el BE cuando la práctica de la descentralización productiva determina en muchos casos una mala calidad del servicio?


¿Qué decía –y dice- el BE cuando nuestra inversión empresarial –y pública- del I+D era irrisoria en relación con países de similar estatus económico a España? ¿Qué decía –y dice- el BE cuando las empresas de este país prácticamente no invierten en innovación y no se adecuan al proceso de globalización? ¿Qué decía –y dice- el BE cuando este país es uno de los principales incumplidores del pacto de Kyoto y otros posteriores y nuestra industria es una de las más contaminantes?


¿Qué decía –y dice- el BE cuando nuestro sistema de relaciones laborales se caracteriza por ser uno de los que más poco regula relaciones laborales flexibles para los trabajadores? ¿Qué decía –y dice- el BE cuando nuestro país es uno de los europeos que menor porcentaje del PIB dedica a aspectos sociales, con indudables aspectos sobre el consumo, la natalidad, la integración laboral de las mujeres, etc.?


¿Qué decía –y dice el BE-- cuando nuestro país es uno de los europeos en los que el uso de las nuevas tecnologías tiene menor implantación entre la población? ¿Qué decía –y dice- el BE cuando nuestro país es uno de los europeos en los que el acceso a las tecnologías de la información es más costoso para el ciudadano? ¿Qué decía –y dice- el BE cuando en nuestro país la educación es una gran carencia esencial para nuestro desarrollo?


¿Qué decía –y dice- el BE cuando la formación profesional es vista por los ciudadanos como algo accesorio, de tal manera que la lógica del nuevo rico de la carrera universitaria determina que un buen número de los licenciados –cuya carrera pagamos todos los ciudadanos- no sirva para nada en el mercado laboral? ¿Qué decía –y dice- el BE cuando nuestro país es uno de los del mundo con menor conocimiento de inglés?


¿Qué decía –y dice- el BE cuando aquí la lógica imperante es la de la vivienda en propiedad y se mira mal a quien opta por el alquiler, a diferencia de otros países europeos?
¿Qué decía –y dice- el BE cuando en este país se cobra por las entidades financieras comisiones por una buena parte de las actividades que realizan los ciudadanos con SU dinero, que dichas entidades simplemente gestionan?


¿Qué decía –y dice- el BE cuando ahora se empieza a cobrar a los usuarios de banca por operar en Internet o a través de cajeros? (encima que sustituimos currantes de la banca y las cajas, hemos de pagar… en catalán: “cornut i pagar el beure”) ¿Qué decía –y dice- el BE sobre nuestras infraestructuras del todo insuficientes para una economía moderna?


¿Qué decía –y dice- el BE sobre la quiebra o minusvaloración de fondos privados de pensiones que han sumido a un montón de gente apartada de actividades económicas en situaciones agobiantes? ¿Qué decía –y dice- el BE sobre nuestro modelo de transporte, basado en el uso privado del coche y el camión para el vinculado con la producción y el reparto? ¿Qué decía –y dice- el BE sobre nuestro nivel de sinistrabilidad laboral, con el indudable impacto que ello tiene sobre el coste público?


¿Qué decía –y dice- el BE nuestro nivel de contratación laboral temporal, con indudables efectos sobre prestaciones y costos de las Administraciones públicas y menor formación? ¿Qué decía –y dice- el BE respecto a un modelo de organización del trabajo altamente jerarquizado, indemne a la nueva realidad, que tiene evidentes aspectos negativos sobre la productividad? ¿Qué decía –y dice- el BE en relación a un modelo de participación en la empresa débil como el nuestro, que determina una menor implicación de los asalariados en la producción?


¿Qué decía –y dice- el BE por lo que hace a la práctica de prejubilaciones o jubilaciones forzosas, con un obvio impacto sobre el gasto social y que practican mayoritariamente las entidades financieras y la grandes empresas de este país? ¿Qué decía –y dice- el BE sobre el hecho de que nuestro país es en la práctica uno de los que más aspectos discriminadores presenta para las mujeres en el mercado laboral?


¿Qué decía –y dice- el BE en relación a que en este país las personas discapacitadas tienen menos posibilidades de empleo, con lógicos costes –aunque en la práctica desde el punto de vista de las personas afectadas, anecdótico- para el erario público? ¿Qué decía –y dice- el BE ante la escasa cobertura pública de las situaciones de dependencia –en la práctica, más allá de la pantomima de la Ley de dependencia- que afecta de facto a un montón de ciudadanos –especialmente ciudadanas- y que determina evidentes problemas de compaginar la situación personal con la vida familiar?


¿Qué decía –y dice- el BE sobre el escaso dispendio público en relación con la oficina judicial, pese a que ello tiene indudables efectos económicos sobre la sociedad? ¿Qué decía –y dice- el BE sobre los márgenes de beneficios de las empresas, superiores a cualquier país occidental?


¿Qué decía –y dice- el BE sobre la práctica inexistencia de cualquier política seria de integración de las personas inmigrantes? (política expresamente querida por los poderes públicos para abaratar costos salariales) ¿Qué decía –y dice- el BE sobre el hecho de que las rentas salariales son inmensamente mayoritarias en las aportaciones fiscales?


¿Qué decía –y dice- el BE sobre las prácticas de las grandes, medianas y pequeñas fortunas de constituir sociedades patrimoniales y pagar sólo el impuesto de sociedades? ¿Qué decía –y dice- el BE sobre las dádivas, trajes y bolsos de políticos en activo por parte de empresarios sin escrúpulos… aunque no sean delito hasta que el TS diga lo contrario, con evidente efectos sobre la moralidad pública?


¿Qué decía –y dice- el BE sobre la inexistente política de protección auténtica de la familia y el costo que determina tener hijos? ¿Qué decía –y dice- el BE sobre el coste de la privatización de la sanidad y sus nefastas consecuencias sobre las personas con menos ingresos? ¿Qué decía –y dice- el BE en relación con los escandalosas ganancias de la industria farmacéutica a costa de la salud de todos los ciudadanos?


¿Qué decía –y dice- el BE sobre la práctica inexistencia de control sobre intermediarios de los productos de primera necesidad?


Uno podría seguir hasta la saciedad. Ocurre, empero, que las recetas del BE son simples dogmas neoliberales. A saber, y entre otros: “lo privado funciona mejor”, “reducir impuesto genera desempleo”, “menos intervencionismo estatal”, “libertad de mercado”, “la mano invisible del mercado”, “la ley de la oferta y la demanda”, “abaratar costos salariales”, “menos funcionarios”….


Ocurre, sin embargo, que estos dogmas han llevado a estos lodos. Que la crisis actual se ha generado por esa privatización, por la falta de regulación, por la desigualdad entre ricos y pobres, por la precarización del mercado laboral y el menor poder adquisitivo de cada vez más gente y, especialmente, por las prácticas usureras y sin control de la entidades financieras y por la especulación con un bien básico como la vivienda.


Se le antoja a uno que la salida de la crisis es todo lo contrario de lo que indica el BE: mayor igualdad, mayor gasto público a favor de los desfavorecidos, mayor control de las entidades financieras, un nuevo modelo de relación entre la empresa y sociedad, mayor control ecológico, menor impacto de la producción en el medioambiente, mayor capacidad de gasto para las personas con menos rentas, más inversiones, más créditos para las empresas solventes, menor inversión para actividades con prácticamente nulo valor añadido, mayor formación de los ciudadanos, reversión en rentas sociales del PIB, mayor estabilidad en el empleo…


Hacer informes como los del BE es simple. Basta leer cualquier manual –ya desfasado- de buen neoliberal para parir esas chorradas. Ocurre que esos “sesudos” informes los pagamos los ciudadanos a precio de oro. Y no sé si es delito –no es ésa mi especialidad- pero pagar millonadas por dogmas debería serlo.


Por todo eso: ¿a qué esperan las izquierdas para pedir la dimisión de Miguel Angel Fernández Ordóñez? Nosotras no pagamos impuestos –y créannos, aunque pagamos mucho lo hacemos a gusto- para que ese insolvente y su equipo escriban lo que escriben.



Luisa SALVADORES y Sol BARBERÁ (Colectivo Juristas Críticos de Parapanda, CJCP)



Radio Parapanda en su Boletín Global retransmite lo siguiente:
LOS SALARIOS, EL PRECIO DE LAS SARDINAS Y DE LOS TOMATES, en la voz del Profesor don Joaquín Aparicio Tovar



jueves 6 de agosto de 2009

I HAVE A DREAM


Ayer leí un convenio como deberían ser los convenios. Un convenio que no se fijaba tanto en incrementos salariales y plataformas cicloestiladas. Un convenio que huía de la repetición de la Ley, porque para eso ya está la Ley.


Un convenio que regulaba la flexibilidad en clave productiva e igualitaria. Así, por ejemplo, que reconocía el derecho a la flexibilidad del tiempo de trabajo de las personas asalariadas por sus necesidades personales, familiares o sociales y no sólo la disponibilidad del empresario del horario por necesidades productivas. Que regulaba la posibilidad de establecer objetivos concretos por jornada, de tal manera que cuando el trabajador los hubiera cumplido se podía ir a casa, con independencia de las horas trabajadas. Que contemplaba el uso de los nuevos instrumentos productivos por necesidades personales (y por supuesto, con el añadido de que todo ello no perturbara la producción)


Un convenio que regulaba la igualdad por razón de género –y en relación con el ejercicio de los derechos derivados por razón de filiación y familia- en clave transversal. Sorprendentemente no había ninguna declaración sobre el trabajo de la mujer. Lo que ocurría es que todos los aspectos contractuales (salario, jornada y horarios, novaciones contractuales, modificaciones del contrato, encuadramiento profesional, salud laboral, prevención de riesgos, mejoras sociales, régimen disciplinario, contratación temporal y a tiempo parcial, horas extraordinarias, trabajo a turnos, etc) habían sido escrupulosamente observados en clave de “empoderamiento” transversal entre géneros.


Un convenio que contemplaba mecanismos dinámicos de modificación en función de las necesidades de la producción que pudieran producirse durante su vigencia. Con mecanismos de participación de los trabajadores en esa adaptación. Y, por supuesto, soñé que los tribunales modificaban su doctrina y permitían esa adaptación dinámica. Es por ello que la comisión de seguimiento tenía competencias fuertes y reguladas.


El convenio además establecía mecanismos fuertes de participación de los trabajadores. De esta manera, no sólo tenían las limitadas competencias de informes y consultas. También podían decir cosas –con mecanismos compensativos en caso de discrepancia con el empresario- en relación a las maneras y formas de producir en la empresa o en el sector. O en relación con el régimen de organización del trabajo y la adecuación de los turnos y la jornada laboral. No se trataba de declaraciones genéricas sobre medio ambiente. Los trabajadores a través del sindicato podían reflexionar con la empresa sobre esos aspectos. De esta manera mi convenio determinaba que el sistema de organización del trabajo debía ser más horizontal y democrático y abominaba en forma expresa de un modelo jerarquizado y ademocrático de relaciones laborales. Se establecía en forma específica que el trabajador –a través de sus representantes- tenía el derecho de discutir determinadas órdenes de trabajo o decisiones unilaterales del dador de trabajo que pudieran afectar la buena marcha productiva desde el punto de vista de las personas asalariadas (en tanto que son ellas, y no otros, los que están a pié de máquina o de mostrador, o de ordenador) Y además contenía cláusulas de codecisión en los supuestos de implantación de nuevas tecnologías, cambios de las condiciones de trabajo o novaciones contractuales.


Un convenio que reivindicaba como eje central la igualdad –compensada- entre los empresarios y los trabajadores, abominando de los sistemas jerarquizados del fordismo. Y que, a la vez, contemplaba cláusulas de igualdad entre los distintos colectivos de trabajadores. No había jubilación forzosa, ni dobles escalas.


Además, el convenio se preocupaba por la situación de las personas discapacitadas. Y no sólo establecía cuotas, sino que además determinaba la obligación de la empresa de adaptar los puestos de trabajo, las condiciones ergonómicas, los accesos, la información y los instrumentos productivos para las personas funcionalmente diversas.


Ese convenio, asimismo, limitaba en forma clara y contundente el uso de la contratación temporal para aquellos supuestos en los que hubiera una necesidad efectivamente acreditada –con sistemas de participación y seguimiento de los representantes de los trabajadores- de uso de contratos a tiempo cierto. Expresamente, huía de la aplicación del límite legal. Y además no determinaba artificiosos porcentajes. Estaba claro: la temporalidad quedaba limitaba a supuestos extraordinarios.


Ese convenio, además, regulaba los riesgos psicosociales en forma extensa, de tal manera que se aseguraba que no existieran supuestos de acoso sexual, por razón de género, por discriminación, o estrés laboral. Y si existiesen, determinaba los mecanismos internos y de participación de investigación. Para ello contemplaba un sistema paritario de control de la producción.


Y, lo que es más significativo, determinaba garantías y tutelas para aquellas personas que prestasen servicios para las empresas subcontratadas. Y a esos efectos, se dotaba de garantías efectivas de representación a los trabajadores de la empresa principal para que pudieran controlar el proceso de descentralización productiva, permitiendo mecanismos de participación horizontales o, en su caso, sistemas negociales conjuntos.


El elenco regulador no acaba ahí. Además, había cláusulas de salud laboral y prevención de riesgos que se basaban en la propia actividad de la empresa o del sector. Y se contemplaba una formación continua con mecanismos de participación y adaptada a las necesidades productivas del concreto ámbito en que la norma convencional se aplicaba.


Además, existían cláusulas específicas de creación de empleo, determinando obligaciones específicas de la empresa en concretos supuestos en los que la empresa venía obligada a contratar nuevos trabajadores. Y se prohibía en forma expresa que se pudiera despedir a una persona en situación de incapacidad temporal.


Y no sólo eso, como las cosas podían ir mal, regulaba en qué supuestos concretos podía accederse a despidos productivos o económicos o a suspensiones contractuales por ese motivo. Era un redactado que tenía presente la realidad de la empresa o del sector e intentaba en forma clara tipificar los supuestos específicos de uso de esas medidas traumáticas.


Ese convenio, por si fuera poco, determinaba en qué supuestos el trabajador podía ejercer sus derechos constitucionales en el marco de la empresa. No sólo los típicos del contrato de trabajo –huelga, conflicto colectivo, negociación colectiva y participación-, también aspectos como la libertad ideológica, de creencias, su derecho a la intimidad en sentido amplio –también la informática-, etc. Y, asimismo, el convenio intentaba sortear el marco legal, dotando a los sindicatos de competencias decisorias, huyendo de mecanismos que reforzaran a los organismos unitarios en detrimento del sujeto colectivo.


Por último, mi convenio regulaba en forma específica cómo debía ser la próxima negociación colectiva, regulando cuotas de participación por sexo, tempos de negociación, composiciones de la comisión negociadora y garantías formales entre las partes.


Sin embargo, cuando desperté el dinosaurio aún seguía allí. Y lo que es peor, seguían allí las plataformas negociales de los sindicatos. Prometo que nunca más volveré a pasarme con los orujos en la cena. Sufro pesadillas.



Juan de Dios Calero (Albéitar diplomado en Parapanda)



domingo 2 de agosto de 2009

EL CAMBIO DE MODELO PRODUCTIVO, SEGÚN ZAPATERO



El lenguaje político tiene sus estridentes banalidades: algo ha dejado dicho al respecto el maestro Vittorio Foa en su celebrado ensayo “Las palabras de la política” que yo traduje chusqueramente al castellano en http://ferinohizla.blogspot.com/. Digo que es chocante porque toda una serie de formulaciones suelen estar acompañadas, cuando se medio entra en el tema, por quisicosas de naturaleza homeopática. Esto es, existe una desproporción caballuna entre el énfasis de lo dicho y lo que, tras escarbar, encuentras, si es que encuentras algo. En nuestro caso, vale la pena fijarnos en dos formulaciones como “reforma laboral” y, ahora más reciente, “cambio de modelo productivo”. Como no quiero dispersar excesivamente este ejercicio de redacción, me limitaré a hablar del “cambio de modelo productivo”.


Con todo, algo es cierto: tales propuestas estridentes acaban siendo aceptadas y difundidas por el más vulgar sentido común, incluso por –con perdón-- romanos y cartagineses, y no es infrecuente que sesudos académicos incorporen tan minimalista sintaxis a sus prédicas (también llamadas bolos) e, incluso, a sus artículos. Cuando se lo haces ver, responden desparpajadamente: “Yo soy de Ciencias”.


Cuando oí al presidente Zapatero lo del “cambio de modelo productivo”, exclamé: “Ahivá”. Que debe entenderse, en este caso, como moderada exclamación de sorpresa. A continuación, talabarteros y veterinarios, economistas y sociólogos, limpiaparabrisas y pinchadiscos, catedráticos de postín y becarios al por mayor, repiten: cambio de modelo productivo. Sin embargo, quien tiró la piedra con diestra mano (para no saber lo que hace la zocata) calla y no nos aclara el contenido, naturaleza y alcance del mentado cambio de modelo productivo. Así es el presidente: un mago del verbo, aunque no acabe de hacerse carne.


Y, sin embargo, es claro que –desde, por lo menos, la década de los ochenta— estamos en una mutación de los aparatos productivos que poco tienen que ver con las viejas catedrales parafordistas españolas. Que esta mutación se haya hecho de manera desordenada ya es harina de otro costal. Así pues, bien podría suceder que Zapatero, cual Monsieur Jordain, hablara en prosa sin saberlo. Dicho con todos los respetos, naturalmente.


Ahora bien, no se trata de que nuestro gentilhombre ignore los gigantescos cambios operados en la producción y los servicios. Es simplemente que busca acuñar un constructo. Que no lo aclare, por lo menos hasta la hora presente, no parece serle relevante. Lo notable, así las cosas, es el pexiglás y que doctos y catetos publiciten un envoltorio en el que, si escarbas con el almocafre, encontrarás gaseosa. Sin embargo, retomo un consejo que dan los viejos de la ciudad de Parapanda: no hay que ser escépticos al por mayor, sino al detall (palabra catalana, que en tiempos antiguos encontró fácil acomodo en castellano). Porque, a lo que parece, lo que debe entenderse por cambio de modelo productivo es la reorientación de nuestra economía hacia otros vericuetos que no la hagan depender fisiológicamente del ladrillo y del turismo. Vale, pero sea como fuere ¿qué tiene en la cabeza nuestro Monsieur Jourdain?; me excuso respetuosamente, el presidente Zapatero.


Quiero decir: el cambio de modelo, entendido en esos términos, ¿consta, aunque sea en sus rasgos más esquemáticos, en alguna carpetilla presidencial? Lo bueno sería que estuviera en algún ordenador. De esa manera podría aconchabarme con Isabelita Salander (por supuesto, la de Millennium) para piratear y así, pro bono publico, difundiría al personal de qué cosa está hablando el presidente Zapatero.




Radio Parapanda. Nuestros servicios especiales recaban un momento de atención porque habla el Doctor sutil:
LA CEOE Y NOSOTROS TRAS LA RUPTURA DE LAS NEGOCIACIONES, Es una gentileza de The Parapanda Tribune.