lunes, 29 de septiembre de 2008

¿QUÉ DICE LA IZQUIERDA GLOBAL PARA SALIR DE ESTA CRISIS?

El catacrac económico está generando abundante literatura en los medios –con más profusión en los especializados, naturalmente— que dan pormenorizada cuenta de lo que está sucediendo en los centros más neurálgicos: Wall Strett y la city londinense. Por otra parte, las reacciones políticas más significativas vienen de dirigentes como Sankozy y doña Angela Merkel. El primero ha puesto encima de la mesa nada menos que la necesidad de “refundar el capitalismo”; la segunda, más temperada, viene a decir diplomáticamente que USA ha agotado su papel de superpotencia mundial. En todo caso, un hilo atraviesa los escritos de los analistas económicos y de los políticos que se han aproximado a la cuestión: “las cosas, a partir de ahora, no serán como antes”. Así debería ser, pero…


Pero, ¿eso quién lo sabe y, sobre todo, quién lo desea? Me parece pertinente traer a colación los justos anhelos que, a lo largo de la historia, han hecho exclamar “¡nunca más!”, para una vez pasado el zóster –o, por ejemplo, todavía oliendo a pólvora— volver desmemoriadamente a las andadas. ¿Desmemoriadamente? No, eso es una parte tal vez insignificante, del problema; el problema son los intereses. También otro elemento: la subalternidad de la política (tal vez no toda, pero sí la más determinante) hacia los grandes capitales. Y sin embargo, la solución o es política o los grandes capitales no se reforman voluntariamente.


De momento es preciso retener un dato: la solución al catacrac es selectiva y discriminada. De un lado, el chorreón de dineros del rescate americano hacia los grandes bancos; de otro lado, la (por lo menos hasta ahora) distracción hacia los ahorradores del pueblo llano. Porque no es igual el tratamiento a, pongamos por caso, Lehman Brothers que a Washington Mutual (WaMu). Los primeros saldrán del catacrac; ya veremos qué les pasa a los segundos. En concreto: de las crisis salen casi siempre los de toda la vida y otros que podíamos denominar “nueva gente y nuevo oro”.


¿Escepticismo? Nada de eso. Es un elemental recuerdo de la historia. Ahora bien…


Ahora bien, admitamos como hipótesis que –dado el monumental catacrac— hay mentes (económicamente decisivas y políticos influyentes) que piensan que se ha llegado excesivamente lejos y, por tanto, hay que ordenar el panorama y de ahí (según Sarkozy) “refundar el capitalismo”. Pues bien, se comparta o no la idea, no es menos exigible plantear descaradamente: ¿qué dice la izquierda al respecto? O, para no ser tan apresurado: ¿qué va diciendo la izquierda? Parece obligado interrogar a dos instancias globales para pedirles que vayan diciendo algo: una, la Internacional socialista; otra, la Central Sindical Internacional.


Puede que Sarkozy haya hablado por hablar o porque no podía estar calladito. O puede que tenga algo en la cabeza. Es preciso, en todo caso, tirarle de la lengua. Pero es del mayor interés que la (imperfecta) izquierda global hable. Que hable proponiendo un proyecto factible de carácter global. Y proponiéndose la conveniente auto reforma de cada organización en los Estados nacionales. También el sindicalismo global y, por lógica extensión, la transformación del sindicalismo de los antiguos en sindicalismo de los modernos.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

COMISIONES OBRERAS DESDE 1977 AL VERANO DE 1978



LOS PRIMEROS ANDARES DE LA CAMINATA SINDICAL EN DEMOCRACIA: desde la legalización en 1977 hasta el Primer congreso de Comisiones Obreras en 1978


Argumento central de mi intervención en la Universidad Internacional de Andalucía. Baeza 8 de Octubre de 2008.


José Luís López Bulla
(Secretario general de CC.OO de Cataluña 1976 – 1995)




Me parece conveniente iniciar estos comentarios con una observación obligada: no se trata de historiar aquellos momentos del protagonismo sindical en los primeros andares de la recién estrenada democracia española; eso es cosa de los historiadores. Aquí se trata, lisa y llanamente, de reflexionar –también con los ojos de hoy y, digamos, a toro pasado— sobre una etapa fascinante. Fascinante porque estrenábamos el traje de la democracia y sus institutos; fascinante, por otra parte, porque éramos treinta años más jóvenes. Y, porque para eso me han llamado a participar, quiero agradecer a los organizadores que hayan pensado en un servidor; posiblemente la mano larga y amable de Eduardo Saborido está detrás de ello.

Llevo algunos años intentado convencer a los historiadores de que en España se dio una neta ruptura sindical. El sindicalismo putativo del franquismo, después de un tiempo de estado vaporoso, desapareció rotundamente: tampoco ningún jerarca de aquella organización jugó papel alguno en la vida sindical ya en democracia. Es más, la mayoría de las grandes líneas del diseño de cómo tenía que ser el edificio se cumplieron con muy buena aproximación. Tan sólo nos falló un gran deseo: la unidad sindical orgánica, esto es, la creación de un sindicato unitario. No es la ocasión para abundar en las razones que lo explican, a menos que se suscite en el coloquio. En todo caso, diré que, a pesar de que ese sueño nuestro no se cumplió, no es menos cierto que pusimos en marcha una potente institución unitaria de todos los trabajadores: el comité de empresa y, posteriormente, las Juntas de Personal en la Función pública.

1.-- Los primerísimos andares del sindicalismo confederal español, ya en democracia, se caracterizaron por una vorágine espectacular. Porque simultáneamente –casi en tiempo real, como diríamos hoy—teníamos que realizar toda un conjunto de tareas que no se podían dejar para el día siguiente: atender a los convenios colectivos era urgente y no esperaba demora porque era nuestra función de tutela del conjunto asalariado; estructurar la casa sindical era igualmente urgente porque era el referente de la representación de los trabajadores a quienes urgíamos para que se afiliaran; aclarar formalmente los grupos dirigentes al tiempo que dibujar un esbozo de orientación programática requería, así mismo, la (también urgente) celebración de nuestros propios congresos. Y, por si faltara poco, la urgencia de la convocatoria y desarrollo del conflicto social ante cada situación de reivindicaciones no satisfechas. Vale la pena traer al recuerdo que tantos ajetreos urgentes, con unas responsabilidades a cubrir a “tiempo real”, se desarrollaron en un clima de gran inestabilidad: de un lado, la crisis económica caballuna, y, de otro lado, el sangriento terrorismo (el de ETA y otras bandas por el estilo) que apuntaba contra las instituciones de la jovencísima democracia. También a lo uno y lo otro se enfrentó, con las escuálidas herramientas que tenía, el sindicalismo confederal. Todo ello lo hicimos de manera natural y sin ningún tipo de ostentación trascendente, ni tampoco, por lo general, como santones laicos ni monjes urbanos.

Pero, ¿quiénes eran aquellos hombres? Aclaro, no se trata de un desliz: en mi sindicato hablábamos enfáticamente de los “hombres de Comisiones” siguiendo acríticamente los constructos del histórico lenguaje machista del que, también, éramos responsables. Pues bien, aquellos dirigentes sindicales de los primeros andares del sindicalismo en democracia seguían siendo esencialmente las personas de la generación fundadora de Comisiones Obreras. Que tenían tras de sí un bagaje “de fábrica” y una probada capacidad negociadora y movilizadora. La mayoría eran cuarentones y ocupaban un lugar destacado en el proceso productivo y de administración que, dado el carácter taylorista de la gran empresa, favorecía la capacidad de representación de los trabajadores. Se trataba de algo curioso: de un lado, el puesto jerárquico del ingeniero, técnico o de gestión administrativa era una “garantía” para el resto de los trabajadores; de otro lado, esa jerarquía se democratizaba en el lugar central de la toma de decisiones: la asamblea, como instituto de participación radicalmente democrática, donde todo el mundo podía decir y decía la suya. De hecho, la mayoría de los primeros dirigentes sindicales tenía responsabilidades de mandos intermedios en los centros de trabajo. No pocos de ellos formados en la Universidad, en las Escuelas de Formación Profesional o en los centros de aprendices que tenían algunas grandes empresas.

Son paradigmáticos, en ese sentido, los casos madrileño, andaluz y catalán: Camacho y Ariza, Fernando Soto y Eduardo Saborido, Rodríguez Rovira, Carles Navales, y Gómez Acosta, entre otros. En concreto, dirigentes sindicales que, más allá de su reconocida militancia en el Partido comunista o en el PSUC eran la expresión social y cultural del conjunto asalariado emergente en nuestro país. En ellos se concretaba la naturaleza del fuerte reformismo que es el sujeto sindical.

La gran aportación que esta gente hace a la izquierda es de gran envergadura. Porque van produciendo un itinerario que es una rotunda discontinuidad con las (tan venerables como nocivas) tradiciones que presidían las relaciones entre los partidos obreros y el sindicalismo democrático. Tradicionalmente los partidos de matriz lassalleana (contra quienes polemizó el mismísimo Karl Marx) y también los leninistas consideraban imprescindible una drástica diferenciación de roles: el partido era, por así decirlo, Dios padre; el sindicato era su enviado en la Tierra, aunque severamente controlado. El partido se reservaba el proyecto de transformación, al sindicato se le encomendaba la “resistencia” que, en el fondo, era una guerra de resistencia contra la derrota. En esas condiciones, el conflicto social debía funcionar sobre la base de las contingencias políticas. Esta era la tradición del partido lassalleano (socialista, socialdemócrata y laborista) y del leninismo. O sea, el sindicalismo era, así las cosas, una mera prótesis de papá-partido.

La gran paradoja es que, en España –también en Italia con Giuseppe Di Vittorio, Luciano Lama y Bruno Trentin— fueron los comunistas quienes gradualmente van poniendo en entredicho estos estropicios de la izquierda. Y, a la chita callando, Comisiones Obreras entra en el juego de la democracia con una aproximada ración de independencia sindical. Es la potente herencia del documento aprobado en la Asamblea del barrio madrileño de Orcasitas en plena clandestinidad: allí se deja tajantemente claro que estamos por un sindicalismo independiente de los poderes económicos, de todos los partidos políticos (incluidos los obreros) y del Estado, con independencia de su carácter social. Así pues, un buen cacho del sindicalismo confederal se estrena en democracia con tan significativo acervo cultural.

Las consecuencias de ese cambio de metabolismo fueron, como mínimo, las siguientes: 1) la asunción de responsabilidades en torno a cuestiones sociales que tradicionalmente se reservaban para sí las organizaciones políticas, 2) el ejercicio del conflicto social era gobernado por el sindicalismo para la buena utilidad de los trabajadores y sus familias. O, lo que es lo mismo: las reformas en materias sociales de todo el universo del Estado de bienestar (empleo, enseñanza, sanidad, entre otras) también eran materias a negociar por el sindicalismo confederal. Se trataba de islas emergentes en lo que podríamos calificar como un incipiente “sindicalismo de los modernos” frente al “sindicalismo de los antiguos”, por utilizar una metáfora, referida a la democracia, de Benjamín Constant en su famosa conferencia parisina de 1819
[1].

Tal vez lo que voy a decir sea consecuencia de una “pasión de padre”, pero sostengo que, junto al sindicalismo italiano, nosotros fuimos lo más renovador de Europa. Porque incluso con nuestras imperfecciones y errores estábamos indiciando un proceso radicalmente nuevo, laminando no pocos mitos que la izquierda europea ha mantenido a lo largo y ancho del siglo XX. Lo chocante del asunto es que aquella generación de sindicalistas aprendió a capar matando gorrinos. Quiero decir que el más viejo del lugar no tenía experiencia de dirigir un sindicato en democracia. La falta de experiencia se suplió con una considerable cultura de fábrica, viendo –a veces con gafas de poca graduación— una parte de las gigantescas transformaciones que estaban en curso.

2.— De hecho el principal problema general con que nos enfrentamos fue el de la crisis económica, caracterizada por uno rápido crecimiento del desempleo, unos altísimos niveles de inflación y sucesivas devaluaciones de la peseta. Debo decir con claridad que aquellos grupos dirigentes –de una reconocida cultura de fábrica— no estábamos suficientemente preparados para intervenir adecuadamente en aquella situación. Tampoco existían las mejores relaciones entre los sindicatos: las dos grandes organizaciones no supimos entrar en el juego democrático con la suficiente y necesaria unidad de acción. Es más, de manera no infrecuente hubo algo más que asperezas y contrastes. Por lo general se entendía que estaba en juego qué modelo sindical iba a llevarse el gato al agua; esa disputa comportó una más que notable laceración en el sindicalismo, al tiempo que debilitaba la capacidad de respuesta a los problemas inéditos que apuntaba la crisis económica.

Una crisis que llevó al Presidente Adolfo Suárez a proponer un acuerdo político-económico con dos objetivos centrales: afrontar la crisis y poner en marcha una serie de reformas legislativas “de interregno” hasta la aprobación de la Constitución Española. Entre nosotros, el grupo dirigente de Comisiones Obreras, la idea era aceptable, entre otras cosas porque la idea basilar de Marcelino Camacho era la intervención de los trabajadores en los problemas generales del país y cuadraba con la distinción que, en aquellas épocas, caracterizaba a Comisiones: un sindicato sociopolítico.

Los pactos de la Moncloa fueron el primer sobresalto de, al menos, mi sindicato. Sólo habían sido llamadas a la elaboración del acuerdo las fuerzas políticas; el sindicalismo no fue tenido en cuenta a pesar que una gran parte de los contenidos anunciados eran materia de directa gestión de lo que hoy se llama los agentes sociales: política de rentas la contención de la inflación. Francamente no era sólo un torpedo simbólico al movimiento organizado de los trabajadores y sus organizaciones sindicales; era un primer aviso o una insinuación de que, en adelante, no íbamos a tener las cosas fáciles.

Tuvimos que hacer de tripas corazón. Es más, Comisiones aceptó el contenido final de los Pactos de la Moncloa porque abrían una hipótesis de lenta salida de la situación de crisis económica, como así fue. Pero hay algo más que no se ha dicho hasta la presente: nosotros no teníamos un planteamiento con cara y ojos, de carácter general, para abordar la crisis económica, salvo la “resistencia”, con más o menos acierto, en cada empresa, donde ya había empezado un proceso de innovación y reestructuración de los aparatos productivos y de servicios.

Ese déficit de proyecto sindical intentó suplirlo Marcelino Camacho con una propuesta que él mismo bautizó con el nombre de Plan de solidaridad contra el paro y la crisis. Sus confusos contenidos eran evidentes: establecer un fondo de solidaridad financiado por el trabajo (una hora) de los trabajadores y (dos horas) por las empresas. Hoy es fácil sonreír ante este ingenuo welfare cáritas. Pero era, aproximadamente, el resultado de un proyecto serio y la expresión de hasta qué punto los problemas agobiaban enormemente la concreta condición de los trabajadores y sus familias. El primer congreso de Comisiones Obreras tuvo una elegancia exquisita y no desairó a Marcelino Camacho: no aprobó ni rechazó la propuesta, se limitó con buenas palabras a pedir que se reelaborara. Cosa que nunca sucedió.

3.— Antes, al hablar de los cuadros dirigentes del sindicato, se ha insinuado de refilón las grandes líneas de la “estrategia” de aquellos primeros andares de Comisiones en libertad. Las recuerdo: a) la intervención en la negociación colectiva, b) el diseño de la estructura organizativa, c) la clarificación de la representación en el centro de trabajo y d) la marcha hacia el primer congreso del sindicato. Cosa que, como se ha dicho más arriba, se hizo en el tiempo de un año.

3.1.-- La negociación colectiva. En otras ocasiones he escrito que el modelo de negociación colectiva que adoptamos fue la mera continuidad, salvo la existencia de la representatividad institucional y democrática de los protagonistas, de la que existía en tiempos de nuestra acción colectiva en tiempos de la dictadura y contra el sindicato putativo del franquismo. Es verdad pero, pensando detenidamente en ello, me olvidé de algo singular: ello fue así –ese `continuismo´-- porque el movimiento organizado de los trabajadores aprovechó y, parcialmente, corrigió la Ley de Convenios colectivos de 1958. O lo que es lo mismo, no pocos convenios territoriales también fueron el resultado de movilizaciones democráticas en plena dictadura. Por citar tan sólo dos ejemplos llamativos: así nacieron convenios colectivos metalúrgicos como los de la comarca del Bajo Llobregat y los de Manlleu, una población cerca de Vic. O sea, quienes verdaderamente negociaban, ejerciendo el conflicto social, éramos nosotros, dado que los jerarcas del sindicato franquista eran la terminal de los intereses de la patronal y de la línea política de mando.

3.2.— El diseño de la estructura organizativa. En realidad el proceso organizativo más llamativo que desplegamos, durante los primeros andares del sindicalismo en democracia, fue la apertura de sedes en él mayor número de ciudades que pudimos. Vale la pena reseñar que llegamos a tener más casas sindicales que los que dispuso el sindicalismo putativo del franquismo. Las sedes se abrieron o bien por alquiler o de compra, bajo el aval personal de los dirigentes sindicales. Lo que indica el desprendimiento y generosidad de tales personas, algunas de las cuales tuvieron sus problemas económicas y, no hace falta decirlo, sus complicaciones familiares. En todo caso, la inauguración de las sedes fueron fiestas, auténticos acontecimientos populares de alta significación política y cultural: recuerdo la inauguración de la sede de Barcelona con la participación de las conocidas vedettes del Molino con sus plumeros y sus canciones picantes ante la perplejidad de Marcelino Camacho.

Organizamos el sindicato sobre una base dual: por un lado el territorio, llamado Unión de sindicatos; por otro lado, la agrupación de la profesión de ramo, tanto de industria como de los servicios, conocida oficialmente como Federación. Pero en realidad, el sindicato descansaba en el organismo unitario que eran los comités de empresa, dado que las secciones sindicales –esto es, la organización del sindicato, en tanto que tal, en el centro de trabajo eran prácticamente inexistentes.

3.3.-- De hecho poco se explica del sindicalismo de Comisiones sin la existencia de los organismos unitarios de los comités. Dicho sea de paso, estas instancias eran vistas por los compañeros de Ugt con mucha menor simpatía.

Vale la pena decir que nosotros pusimos todo el acento en los comités por varias razones: a) por la unidad social de masas que representaron los organismos en el centro de trabajo bajo el franquismo donde nosotros teníamos una amplia presencia; y b) porque, fracasada nuestra aspiración de compartir con Ugt y Uso la construcción de una central sindical unitaria, queríamos preservar que, al menos en la fábrica, existiera un organismo de todos los trabajadores. Ahora bien, no es menos cierto que la competencia entre los dos sindicatos mayoritarios, CC.OO. y Ugt, por la mayoría en los comités no dejó de ser una fuente de problemas.

3. 4.— La marcha hacia el primer congreso de Comisiones se hizo, también, de manera simultánea a todo lo que anteriormente se ha relatado. No hace falta que diga que el principal rasgo de todo ese proceso fue “de exaltación” y, excepto algún que otro chispazo, estuvo presidido por un elevado tenor unitario. En el fondo lo que nos proponíamos era oficializar la legitimidad social que se había alcanzado en el itinerario anterior: a ello, lógicamente, había que darle el rigor institucional, la creación de las convenientes normas internas (los Estatutos) y la elección de los dirigentes.
Más allá de las limitaciones (a decir verdad fueron muchas) de las propuestas congresuales, la novedad era evidente: un movimiento organizado de trabajadores adquiría la plena personalidad de sujeto sindical cuya aportación a la defensa y promoción de los intereses de los trabajadores ha sido decisiva a lo largo del tiempo que llevamos en vida democrática. Un acontecimiento que formula dos elementos que, aunque no aprobados en dicho congreso, indician una aportación moderna a la acción colectiva: la incompatibilidad de los dirigentes sindicales de ejercer responsabilidades de orden institucional mientras están en el ejercicio de sus cargos y la duración de los mandatos. En sucesivos congresos se aprobaron tales medidas.


[1] Benjamín Constant: “La democracia de los antiguos y la democracia de los modernos”.

sábado, 20 de septiembre de 2008

LOS EMPRESARIOS DEL AÑO Y EL FONDO DEL PROBLEMA

Richard Fuld era hasta hace poco el mandamás de Lehman Brothers, la mega empresa que ha hecho recientemente catacrack. Pues bien, ¿sabían ustedes que el mencionado personaje fue nombrado Empresario del Año 2007 en los USA?


¿Se acuerdan ustedes de los masajes mediáticos que don Mario Conde estuvo recibiendo durante, por lo menos, un lustro? ¿Han olvidado que el Gobierno catalán, en tiempos de la coalición de Convergència i Uniò, destacó al supermánager Javier de la Rosa como “empresario ejemplar”?


No, algunos todavía no lo hemos olvidado; para quienes no se acuerden recomendamos la terapia que se estila en la ciudad de Parapanda: tomar rabillos de pasas. Pero si despersonalizamos tales galardones, sería cuestión de recordar el fondo de la cuestión. Que no es otro que…


Que no es otro que tales distinciones –por supuesto, también el más reciente, Richard Fuld— son la exaltación barroca de una manera concreta de intervenir en la economía, muy en particular lo atinente a las finanzas canallas: esos dineros desterritorializados, plenamente independizados de control alguno. Los tres eran los símbolos de una modernidad abnorme puestos como hagiográfico referente del empresariado moderno y, más en concreto, para las nuevas generaciones de economistas. Eran la la antítesis del viejo capitalismo renano y manchesteriano, ya derrotado: la expresión del hecho de asumir el riesgo (con los dineros de los demás, por supuesto); eran la conclusión del final de la asignatura “Economía política” para pasar a ser, a secas, Economía. Así pues, ¿cabe mayor derrota del capitalismo industrial que la extendida práctica del short selling, esa venta del humo inexistente?


Pues bien, Richard Fuld, Mario Conde y Javier de la Rosa (junto a otros, que ya no recuerdo dada mi avanzada edad) están en ese círculo infernal que imaginó el gran Dante para los personajes de esa gente nuova e subiti guadagni [La Divina Commedia, Inf. XVI, 73]. Ahora bien, no pocos de los tiralevitas de estos tres reyes magos de Occidente –políticos y economistas, analistas financieros y talabarteros de secano— se quitan ahora de en medio: o bien dicen que ellos nunca aplaudieron el neoliberalismo, que no estuvieron en el chambao de don Federico von Hayek o se disfrazan desparpajadamente de lagarterana, y como el tierno infante, cogido por sorpresa en algo guarro, responden “yo no he sido, yo no he sido”.


Como se dice en Parapanda: “hay mucho que hablar del bacalao”. Por supuesto, hay que hablar a fondo de los tremendos estropicios que ha hecho, y lo que colea, el neoliberalismo. Pero también de cómo salir de esta situación y en qué dirección. Porque cuando salgamos de este túnel se deberá saber hacía dónde nos dirigimos. Así pues, hay mucho que hablar del bacalao. Por ejemplo…


Por ejemplo, de las malas prácticas de los banqueros que, en buena medida, es consecuencia de la debilidad del capitalismo industrial; de esos escribas sentados que son los analistas o incluso de las agencias de rating, de los operadores financieros hedge-fund (fondos de inversión libre) y de ese enjambre de consultorías trasnacionales, todas ellas potentes cofradías que veneran, estructuran y difunden las finanzas canallas. Y, por supuesto, habrá que poner más énfasis en los controles que en ese placebo que es la llamada responsabilidad social de la empresa que, con lo que está cayendo, aparece como una banalidad o chuchería del espíritu. Más todavía, habrá que dejar constancia del fracaso de la autorregulación, todo un vericueto para escaparse de las normas y controles. Y más todavía…


Y más todavía, claro que sí. Por ejemplo, una vez que el Estado ha saneado las finanzas de las empresas intervenidas ¿en qué condiciones se procede la venta a otros particulares? ¿con qué reglas? Más, más: ¿cuál debe ser el papel de las authority de regulación? Finalmente, ¿existe el arsenal jurídico suficiente para meterle mano a estos megaembrollos?

¡Andá, se me olvidaba! Resulta que los altos ejecutivos de los bancos afectados por el catacrack han ganado 236 millones de dólares... Una minucia. Esta gente es partidaria, con toda seguridad, de la moderación salarial: de la de los demás, no la suya. También plantean que los salarios estén vinculados a la cuenta de resultados: de los demás, no de la propia. Pero que nadie diga que esos managers han inventado esa cultura: se trata de la rancia versión de un personaje netamente español, Juan Palomo, famoso por su "yo me lo guiso, yo me lo como".



Postscriptum. ¿Se sabe algo de cómo siguen los managers de Nestlé en Perú e Indonesia, continúan sin dar respuesta a las demandas de los trabajadores?



domingo, 14 de septiembre de 2008

GARCIA LORCA EN SANTA FE HACE CINCUENTA AÑOS


Pepe López y Pilica Bulla: un joven matrimonio santaferino.





Mi padre progenitor cumplió su palabra: me regaló las Obras Completas de Federico García Lorca cuando aprobé la Reválida de Sexto. Era la vieja edición de Aguilar con forro de piel y papel biblia. Cada mes Pepe López le pagaba cinco duros al ditero, así hasta diez veces. Un precio que ahora sería risible pero que, en aquella época (1958) era prohibitivo, pero la palabra dada era algo serio. Mi padre adoptivo, el maestro confitero más grande que ha dado la Vega de Granada, Ceferino Isla, me regaló su pluma estilográfica: una Cyros que se cargaba mediante un émbolo lateral. Yo estaba que no cabía de orgullo, a pesar de que mi tía Pilar –hermana de mi padre genitor, esposa del maestro Ferino y amiga íntima de Pilica Bulla, su cuñada— afirmaba que me habían aprobado porque hizo una promesa de ir descalza subiendo por las calles del Albaycín para darle las gracias a san Felipe Neri.

Por fin tenía toda la obra lorquiana, al menos lo que en aquellas calendas se pensaba que eran las obras completas. Así es que dejé de comprar lo que venía de la Editorial Losada, de Buenos Aires, y algunas cosas que vendían en las librerías de viejo en Granada: una, concretamente en la placeta donde después pusieron el edificio de la Telefónica y otra, justo al lado del cine Aliatar en Puerta Real.

El maestro Ferino decía que Federico, cuando estaba en Fuentevaqueros, pasaba con frecuencia por la pastelería a comprar piononos, los afamados dulces santaferinos, a veces con don Fernando de los Ríos o con su madre, doña Vicenta, que era santaferina y maestra de escuela. El maestro Ferino decía que Lorca era, ¿dónde va a parar?, mejor poeta que Villaespesa a quien consideraba un refitolero. Además, Federico era de la Vega…

El maestro Ferino me puso al corriente de quiénes habían denunciado y asesinado a nuestro poeta. Me habló de Trescastro de quien decía que era una aljofifa de los sublevados. Pero me lo explicaba a espaldas de su mujer, porque no quería problemas en casa: mi tía Pilar era, según su marido, una fiel exponente del beaterío local.

Aquel verano de 1958 fui inseparable compañero de las Obras de Federico. Y paseando por las alamedas que hay en las riberas del Genil se me ocurrió algo tremebundo. Haría todo lo posible porque en las fiestas de San Miguel (ahora se celebran en San Agustín) daría a conocer a todo el pueblo algo de nuestro poeta. Me aproveché de mi condición de manager de un quinteto local, Los Italianos, que eran unos maestros interpretando el afamado “Tintarella di luna” y la “Piccolissima serenata” de nuestro admirado Renato Carossone. Pues bien, un servidor había apalabrado con la comisión de fiestas que Los Italianos darían un “concierto” en la Plaza antes de que exlotaran los cohetes y la traca de clausura de las Fiestas. Un servidor actuaría de presentador del quinteto.

Horas antes pedí autorización al conjunto. Les expuse mi propuesta; mis amigos estuvieron de acuerdo. “Si pasa algo con los municipales o la guardia civil, es cosa mía”, les dije para no comprometer la carrera musical de Los Italianos. Así es que hice las presentaciones con cierto empaque y, después de algunas cancioncillas, me dirigí al respetable. “Queridos vecinos, tengo el gusto de recitarles a ustedes el poema de Federico García Lorca, natural de La Fuente, Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías. Ahí va”. El público se quedó de piedra: al Jerraor se le oyó soltar un ¡coñó! rotundo y a Juan de Dios Calero se le saltaron las lágrimas. Pepe López se puso más colorado que un tomate y el maestro Ferino, a pesar del fresquito de la noche santaferina, se quitó la chaqueta de los calores que le entraron.

Está feo que lo diga, pero no se oyó una ovación tan grande, cerrada y entusiasta como desde la actuación de los artistas del Circo Palacio en el Paseo del Señor de la Salud. Cuando acabaron aquellas palmas que echaban humo, volví a coger el micrófono y, sin venir a cuento, grité: “Vivan Los Italianos, el mejor conjunto musical del mundo”.

El maestro Ferino me dijo que me llevaría a casa, porque “ella” (la tita Pilar) estaría hecha un basilisco. Pues bien, no fue la guardia civil quien me pegó un bofetón: fue ella quien me puso la cara caliente. No paraba de decir: “Animicas mías del Purgatorio, me vas a matar con tanto disgusto”. Yo protestaba: “Lorca viene en los libros de texto”. Cuando terminó el acto represivo, el maestro Ferino me dijo estoicamente: “Todo tiene sus consecuencias, Pepe Luis”.
Mi tía Pilar decidió hacerle otra promesa a San Felipe Neri: iría otra vez allá arriba si el santo me apartaba del mal camino. Con el paso del tiempo, la tita Pilar tuvo que reconocer que el santo tenía poca mano y fue entonces cuando decidió recurrir a San Miguel que está más arriba: en todo lo alto del Albaicín.

Eso fue hace cincuenta años.






Postdata. En cierta ocasión, nuestro poeta le dedicó esta chuflilla a don Fernando:



Viva Fernando, viva Fernando
de los Ríos Lampérez, barba de santo,
padre del socialismo de guante blanco:
Besteiro es elegante pero no tanto.

viernes, 12 de septiembre de 2008

EL MUNDO ES DE LOS INMIGRANTES

Davide Orecchio*

En el prefacio de su última novela (The Deportees), el irlandés Roddy Doyle escribe: “En el año 1986 publiqué The Commitens, cuyo protagonista hace un chiste que se hizo famoso: los irlandeses son los negros de Europa; veinte años más tarde los africanos viven en Irlanda y, si ahora escribiera aquel libro, no usaría la misma frase”. En efecto, Doyle tiene razón: el aspecto demográfico de su país ha cambiado radicalmente por los últimos acontecimientos: Irlanda, tierra de emigrantes, es una isla de inmigrantes donde podemos ver a una polaca de camarera en un Kentucky Fried Chicken o a un nigeriano en un pub de Donegal.

Da la impresión que hay más tráfico en nuestro planeta que en Internet: sólo en el área de la OCDE (que incluye a los 30 países más desarrollados en el sentido económico) en el año 2006 fueron cuatro millones los inmigrantes regularizados: un crecimiento del 5% sobre el año anterior, y en el mismo periodo desembarcaron más de dos millones y medio de inmigrantes temporeros, o sea, personas que después volvieron a sus países. El objetivo de esta gente era el reagrupamiento familiar y la búsqueda de un puesto de trabajo, a menudo escasamente cualificado. El primer país es Estados Unidos (70%), después Francia (60%). Ahora bien, en otros países europeos (Gran Bretaña, España, Italia e Irlanda) el cuarenta por ciento de los inmigrantes lo hacía por motivos laborales. Son datos del Informe anual de la OCDE “Internatonal Migration Outlook”, presentado en Paris el pasado miércoles, 10 de septiembre. Globalmente –se lee en el Informe— el 44 por ciento de la inmigración está ligado a motivos familiares (reagrupamiento y matrimonios) y el 14 por ciento a la búsqueda de trabajo. Pero ha crecido también la inmigración de naturaleza humanitaria: del 8 por ciento en 2003 al 12 por ciento en el 2006, sobre todo en petición de asilo en los USA por parte de chinos, colombianos y cubanos “en fuga”. O sea, el “melting pot” se ha convertido en un fenómeno global.

En muchos de estos países de acogida, los inmigrantes representan el 40 por ciento del crecimiento total de la población y en la Europa meridional, aunque también en Austria y la República checa, llegan incluso a ser el 80 por ciento.

Estos porcentajes que no sorprenden, ya que en los países citados la tasa de natalidad es muy inferior al 2,1 por ciento (hijos por mujer), indicado como zócalo mínimo de substitución que garantiza el equilibrio demográfico. La OCDE hace notar que, desde el año 2000 hasta hoy, la población de origen extranjera ha crecido el 18 por ciento y que hace dos años había alcanzado el 12 por ciento del total de los países del área. Irlanda, Finlandia, Austria y España es donde se ha producido la mayor aceleración.

China (10,7 %), Polonia (5,3) y Rumanía (4,6) son los principales países de origen de los inmigrantes hacia los países del área de la OCDE. Ahora bien, el citado Informe advierte que no sabe el número de los clandestinos, con lo que ignora los 400.000 mejicanos que han llegado irregularmente a los Estados Unidos.

El creciente impacto sobre el mercado de trabajo no es más que una consecuencia de las cifras que se han dado: en algunos países el empleo de los extranjeros creció a ritmos muy rápidos. En la Irlanda de Roddy Doyle, entre 1996 y 2002, la tasa ha sido del 10 por ciento y lo fue del 14 por ciento entre 2002 y el 2006, y del 24 por ciento entre 2005 y 2006.

Concretamente en los Estados Unidos, desde 1996 y 2006, la ocupación total creció en más de 15 millones de personas, la mitad de ellos eran inmigrantes. Más números todavía: en Gran Bretaña se han creado en el mismo periodo 1,8 millones de puestos de trabajo: el 66 por ciento lo ocupaban extranjeros. En Italia y Suecia, el 66 por ciento del crecimiento de la ocupación fue de inmigrantes. Por el contrario en Portugal fue: 1996 al 2002, 9%; 2002-2006, 5,7%; 2005-2006, 1,7 %. España: 1996 – 2002, 30%; 2002-2006, 23%; 2005 – 2006, 17%. El tipo de ocupación de los inmigrantes (revela la OCDE) varía considerablemente de país a país. De la siguiente
tabella (clicca) el lector sacará sus propias conclusiones sobre la estructura ocupacional.



(www.rassegna.it, 10 settembre 2008)


* Gracias, David por enviarnos este artículo. Ha traducido este trabajo el tito Ferino.

jueves, 11 de septiembre de 2008

MOVIMIENTO SINDICAL Y CATALANISMO POLÍTICO



Artículo que me han publicado en el diario Avui hoy 11 de Setiembre.


El movimiento de los trabajadores y el catalanismo político han tenido en los últimos cien años una serie de avatares que, en buena medida, connotan la historia del país. En mi opinión dicho itinerario tendría dos fases visiblemente diferenciadas: una, la anterior a la guerra civil; dos, desde la posguerra hasta nuestros días. La primera, clarísimamente marcada por la potente influencia de la CNT, se caracteriza, de un lado, por unas relaciones ásperas y, a menudo violentas, entre el sindicalismo y la política y, de otro, por un teorizado (y practicado) abstencionismo de los confederales en los asuntos de la política y las instituciones. Los intentos de, por ejemplo, Francesc Layret de conducir a los trabajadores hacia un catalanismo político de izquierdas no cambiaron la situación. Los sindicalistas de la época, a cuyo frente estaban personalidades tan representativas como Salvador Seguí, Joan Peiró, Angel Pestaña y otros, fueron celosamente valedores de la idiosincrasia anarcosindicalista, no ya del apartidismo sino del apoliticismo más contundente. Además, todos ellos fueron testigos del estrabismo del catalanismo: frente al ejercicio del conflicto social, los políticos pactaban con “Madrid” para aplastar violentamente la presión obrera y popular.

La guerra civil española, en lo que se refiere a lo que estamos tratando, provoca una situación distinta: la CNT se implica directamente en la política –con características de excepción, parecen decir-- y asumen incluso altas responsabilidades en el Govern de la Generalitat, también en el gobierno republicano español. (A efectos de lo que nos traemos entre manos no es relevante las relaciones de Pestaña con la política y la creación del Partido Sindicalista, dado su carácter extremadamente minoritario).

La segunda fase representa una clara discontinuidad. La lucha antifranquista cuenta con un sujeto social nuevo: el nuevo movimiento obrero, privado de todas las libertades, crea un sindicalismo de nueva planta. Con no pocas fatigas pone en marcha una difícil caminata que vincula las reivindicaciones sociales con la exigencia de las libertades políticas y, por primera vez, asume rotundamente la exigencia de las libertades democrático-nacionales del pueblo de Catalunya. Deja en la cuneta el apoliticismo, aunque intuye al principio, y después lo consolida, que su relación con la política es de plena independencia. Trabajadores catalanes de toda la vida y los provinentes de otros lugares de España protagonizan esa discontinuidad, y contagiados por el catalanismo político de izquierdas (comunistas, socialistas y cristianos) reorientan la historia en otra dirección. Mucho se ha hablado, por ejemplo, de la propedéutica del PSUC en todo ello.

Ese nuevo movimiento es, básicamente, Comisiones Obreras que tiene la originalidad de actuar públicamente, esto es, no esencialmente de manera clandestina. Que busca fatigosamente amigos, conocidos y saludados en el cuadro político antifranquista. Y que relativamente pronto decide encuadrar el ejercicio del conflicto social en el marco de una praxis de sindicato-de clase-y-nacional: una novedad parcialmente intuida por nuestro Francesc Layret.

Desde la recuperación de las libertades el sindicalismo confederal catalán (para entendernos, Comisiones, UGT y USO) se ha caracterizado por ejercer su acción colectiva en pos de la creación de un marc català de relacions sociolaborals extrovertido y tendencialmente global. En resumidas cuentas, ese vínculo potente entre el sindicalismo y los problemas de Catalunya, de un lado, y la acción global, de otro, explican el rotundo fracaso del catalanismo político de derechas siempre a la búsqueda de sindicatos-probeta concebidos como su propia fiel infantería. Pero que, así mismo, connota un sindicalismo que no es sujeto subalterno de la izquierda, aunque efectivamente esté en la izquierda.

domingo, 7 de septiembre de 2008

LOS SINDICATOS ANTE LA CRISIS ECONÓMICA




Me imagino al grupo dirigente de la Confederación Europea de Sindicatos (CES) dándole vueltas a la cabeza con relación a los problemas de la crisis económica. Ahí es nada que países como Alemania, Francia y el Reino Unido estén en la antesala de la recesión, y en lo que a nosotros nos afecta más directa también España. Esta es una situación que no se veía desde hace no se cuantos años: una crisis horizontal y simultánea. En otras épocas, Alemania había entrado en una fase preocupante, pero el resto de los “grandes” mantenía su ritmo. Ahora las cosas han cambiado de manera radical. Como era de esperar las economías más modestas son las que se están apretando el cinturón. Así pues, me imagino a los compañeros de la CES –el amigo Walter Cerfeda, entre otros— devanándose la sesera para, mientras se capea el temporal, ir pensando de qué manera se aborda una salida a esta crisis con un proyecto sostenible e inclusivo; sostenible en su vinculación con la defensa y promoción del medio ambiente, inclusivo para el mayor nivel de personas, especialmente las menos protegidas. Por supuesto, en cada Estado nacional los grupos dirigentes sindicales están también por la labor, y no es cosa de recordarles –por suficientemente sabida— la necesidad de mantener la más convincente unidad de acción de las organizaciones sindicales.

Ahora bien, leyendo atentamente la literatura del sindicato europeo (CES) como las de las organizaciones de los Estados nacionales (la abundante literatura contenida en webs de unos y otros), caigo en la cuenta de: primero, todavía la Confederación europea está en un evidente retraso a la hora de proponer medidas que no signifiquen sólo planteamientos genéricos; segundo, que los sindicatos de los Estados nacionales, hasta la hora presente, sólo plantean medidas que se refieren al limitado espacio del propio territorio nacional que, aunque por muy atinadas que sean, no tienen en cuenta el carácter “horizontal” y simultáneo de esta crisis económica; de ahí que cada organización sindical `nacional´ vaya por su lado y sus propuestas apenas si tienen algo que ver con un proyecto general: cada una en su casa y la crisis en la de todos.

Estimo que la Confederación Europea de Sindicatos debería convocar urgentemente una conferencia cuyo objetivo sería la elaboración de un proyecto a negociar con la Unión europea y el empresariado, esto es, unas líneas de intervención urgente para afrontar el chaparrón que está cayendo. Porque, de no hacerlo, podría correr el peligro de zurruscarse, salpicando de manera desagradable la concreta condición de vida de los trabajadores y sus familias. Por difícil que sea la elaboración de esas propuestas, estimo que no hay otra salida. Y por complicado que fuere la metodología que se plantea, también creo que es necesariamente urgente que se metan en harina.

¿De dónde parten tamañas dificultades? De las diversas condiciones de cada país. Porque, aunque la crisis sea `horizontal´ y simultánea, el peso de las inercias de la tradición y de los idiotismos de oficio de cada organización cuenta lo suyo. Pero especialmente por la decisión absolutamente intencionada de la patronal de no desear una organización propia a nivel europeo digna de ese nombre: organización europea, pues solo les interesa el provinciano “modus variandi” en cada Estado nacional. Amén de que las autoridades de la Unión europea van por un lado poco proclive a la concertación económica y el Banco Central Europeo que –matarile, rile, ro— tiene las llaves en el fondo de su mar y no deja que nadie se acerque a ellas.

Pero la CES no puede considerar que estas dificultades (tan reales como la vida misma) son un punto de llegada, de manera que –recurriendo ramplona aunque apropiadamente al tópico— diremos que dichas dificultades sólo son de partida. Más todavía, la CES (más allá de las dificultades “de partida”) puede poner orden en su casa megaconfederal. Y, armonizando los retales útiles de cada propuesta nacional, construir un conveniente proyecto de urgencia. Si están en ello, me callo y me voy con la música a otra parte.

Diré que esta es una propuesta “de urgencia”. Lo deseable es poner en el orden del día la construcción de un sindicato europeo con sus poderes reglados. Seguir manteniendo la CES en sus actuales términos de voluntarista coordinadora es algo tan gelatinoso como un conjunto de retales que, cada cual por separado, sólo lucen su palmito en el cajón de un sastre.

Punto final: no me atrevo a decirle cuatro cosas a la política europea de izquierdas ya sean los partidos socialistas o los que se proclaman de la izquierda antagonista. Porque si mi casa sindical europea todavía sigue siendo un chambao ¿a qué llamarles la atención a la tienda de campaña política?

jueves, 4 de septiembre de 2008

¿QUÉ PASA EN EL PARTIDO SOCIALISTA FRANCÉS?



No parece exagerado constatar que la izquierda francesa está derrotada. Con ser grave, lo peor es que está dividida: que sigue dividida. Ahora bien, hablar de la izquierda francesa es hablar del partido socialista francés. Que está derrotado y sigue dramáticamente dividido. De ahí que no parezca excesivamente anómalo si alguien pregunta que cuándo se jodió el partido socialista, Zavalita.

Según las gacetillas, en la Escuela de Verano de dicho partido, celebrada este fin de semana pasado en tierras de la Normandía, brillaban más las navajas de Albacete que las propuestas de reorientar el curso político en un país tan importante –en los terrenos económicos, demográficos y demás— para Europa. Según me comunican se trataba de viejas y nuevas navajas muy celosas, ellas, de entrar rápidamente en acción.

Se trata de viejos problemas, algunos de ellos disfrazados de Octubre para no infundir sospechas. Y, como telón de fondo, una tradicional división que me temo no afecta sólo a los primeros actores del drama sino, incluso, a secundarios y figurantes. El vestuario de ese equipo es bastante revoltoso y, hasta la presente, el seleccionador más parece un aguerrido chicoleante que una persona que lleve sensatez y ese noble recurso tan poco académico, pero que en algunos sitios funciona, como es el sentido común.

Como se trata de una organización un tanto misteriosa, que se empeña en un pertinaz cainismo político, diré que sólo he llegado a una conclusión (provisional, por supuesto): en el partido socialista francés no existe ethos político que valga. Le sucede tres cuartos de lo mismo que a las diversas cofradías sindicales francesas: cada una de ellas en su casa y dios en la de todos. Unos y otros ni siquiera han tomado nota de que las derechas ya no se tiran tanto, como lo hacían antaño, los platos a la cara. Hogaño la derecha francesa no compite con la zahúrda socialista o sindical.

Y, además, llueve sobre mojado: no parece existir ninguna organización política que, con su fuerza y proyecto, le sople al cogote a los socialistas y les diga: “Corre, corre que te pillo”. Por eso, entre otras cosas, cada dirigente socialista es propietario de su propia encomienda y se muestra furioso con el resto de los encomenderos. Cada cual tiene, así las cosas, su propio programa sin ninguna relación con las otras behetrías ni con un proyecto común. Pongo atención y esta manera de ser indica que el partido socialista recuerda más a los partidos decimonónicos, formados especialmente por personalidades que van, todas ellas, a lo suyo. Insisto, ahí falta ethos político. O sea, el sentido de que se pertenece a algo serio. Y que, por lo tanto, en su interior hay que respetar el código de circulación y unas normas mínimas.

Ahora bien, no sería de extrañar que, dada mi avanzada edad, esté chocheando. Por favor, Zavalita, dime cuándo se jodió el partido socialista francés
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martes, 2 de septiembre de 2008

LA POLITICA DE AUSTERIDAD Y UNAS JORNADAS SOBRE "SINDICALISMO Y MEDIO AMBIENTE" (En Granada)



Recomiendo muy de veras la lectura de un artículo, publicado en El País, 2 de setiembre, con firma de XXX; se trata de “Regreso a la austeridad”, donde los periodistas (M. Manetto y C. Pérez) describen los pros y los contras de una política global de austeridad frente a la crisis económica, alertando que la gravedad de la misma (hoy centrada en los países desarrollados) puede trasladarse a las economías emergentes. Se trata, desde luego, de un tema apasionante y, por supuesto, de mil caras.

Por mi parte, quisiera llamar la atención sobre una notabilísima aportación de un dirigente comunista –Enrico Berlinguer, primer dirigente del Partido comunista italiano en los años setenta del siglo pasado—que fue una descomunal piedra de escándalo, incluso en las filas de su misma organización. Berlinguer lo expuso, sin pelos en la lengua, en un encuentro con intelectuales en Roma el 15 de Enero de 1977: Austerità, occasione per trasformare l´Italia (1).

Sorprende que nadie –ni siquiera los movimientos ambientalistas de hoy— se refieran a la aportación berlingueriana. Es lógico que, en la dulce Italia, los cuervos que crió Berlinguer le saquen ahora los ojos; como también cabe dentro de lo vulgarmente normal que la llamada izquierda antagonista, almacenando gambullos de mitos, tampoco relate el planteamiento de Berlinguer sobre la austeridad, porque al fin y al cabo rompía los tradicionales planteamientos del crecimiento sin límites en el que también se formó la izquierda europea. Pero es chocante que los movimientos ambientalistas ninguneen al gran dirigente italiano. Será, tal vez, porque cada maestrillo quiere refundar el mundo haciendo tabla rasa de las anteriores voces críticas. Como apretado anticipo (el lector tiene abajo una ampliación de la voz berlingueriana) diré que nuestro amigo hizo un planteamiento basado en los siguientes aspectos: 1) el desarrollo, tal como están las cosas, choca ya abruptamente con el paradigma medioambiental; 2) es necesaria una política de austeridad que afronte los grandes despilfarros, el inmoderado consumismo. Ahora bien –añadía Berlinguer—“la política de austeridad no es la igualación a la baja ni tiene nada que ver con una recreación de la pobreza”. Y sobre todo afirmaba: es necesario un nuevo modelo de producción y de producir.

Lo que me ha servido para preparar mi intervención en unas Jornadas sobre “Sindicalismo y medio ambiente” que se celebrarán en Granada, a primeros de Octubre, organizadas por el Consejo General del Poder Judicial. Como manda la galantería, no puedo publicar todavía esta ponencia ya que no le sentaría bien a los organizadores y, sobre todo, no me pagarían un céntimo por mi trabajo. Ustedes disculpen: los jubilados debemos defender celosamente nuestro poder adquisitivo.





(1) Enrico Berlinguer. Austerità: Occasione per trasformare l’Italia. Conclusioni al Convegno degli inttelettuali. Roma, 15.1.1977 en http://209.85.129.104/search?q=cache:bqtza-QcMTsJ:www.greenreport.it/file/docs/Berlinguer%2520%2520eliseo.pdf+Berlinguer+austerit%C3%A0&hl=it&ct=clnk&cd=2&gl=es&lr=lang_it&client=firefox-a