miércoles, 23 de enero de 2008

¿TRANSFERIR LA SEGURIDAD SOCIAL? ¡Anda ya!




Una fuerza política nacionalista catalana plantea, como parte de su programa electoral para las elecciones de marzo, la transferencia de la Seguridad Social. El razonamiento, afirman de manera insensata, es: de este modo garantizamos pensiones dignas a la ciudadanía, porque la Caja única lo impide. Y yo me digo: es posible que algún pijo pana se lo crea, pero no es creíble que Duran i Lleida piense así. Los pijo pana tienen bula para decir estos disparates; un político avezado como el dirigente demócrata-cristiano no la tiene en absoluto.





He aprendido que, en los tiempos que corren, es necesario argumentar incluso lo que es obvio. De ahí que no considere que entrar a saco contra estas trivialidades sea perder el tiempo: siempre hay un determinado pelotón que está dispuesto a pedalear gregariamente a la llamada de cualquier banderín de enganche.





Los pijo pana no han argumentado por qué la transferencia de la Seguridad Social llevará consigo una mejora de las pensiones. La cosmovisión paroxísticamente nacionalista no lo necesita. Se pone encima de la mesa la ocurrencia romántica y se informa que –haz correr la voz por todos los medios a tu alcance— se va a poner en marcha una campaña con los artilugios emocionales al uso. En primer lugar, colocando la propuesta en la sacralidad de un programa electoral. En segundo lugar haciendo ver que tal exigencia viene “desde abajo”, desde las entretelas de la sociedad.





Tal vez los pijo pana no saben que dicho planteamiento es irrealizable porque: 1) saben de buena tinta que no ganarán las elecciones generales y formar gobierno; 2) en el caso de que estén en el gobierno –que es cosa distinta de formar gobierno— el socio mayoritario (Mario o Sila) no picará en ese anzuelo. Tal vez no lo sepa esa hinchada. Pero Duran se lo sabe al dedillo, y lo acepta porque en puertas electorales hay que admitir la técnica del atrapalotodo. O tal vez como moneda de cambio para no despertar excesivas sospechas ante las tarascadas de los pijo pana. Entonces el templado dirigente democristiano se viste de pijo versace. Así pues, se trata de cambalacheos de juegos internos al margen de las nobles cosas de comer. Por lo demás, la propuesta le viene a las mil maravillas a los neoliberales, ya sean éstos militantes acérrimos o gregarios de las modas aparentemente postineras, aunque ahora mismo no son lo que fueron. Pero Duran no es ni lo uno ni lo otro. Es un renovado discípulo de Alcide de Gasperi con una aproximada sintaxis de la Rerum Novarum.





Por mi parte –no excusándome por la pontificación— diré: la Seguridad social no se toca; la Caja única, tampoco. Y me consta de buena boca que las casas sindicales opinan tres cuartos de lo mismo, y eso es lo que cuenta. ¿Hay que caer en la vulgaridad de demostrarlo, incluso a los profesores de simplismo? Sea.





El principal mecanismo de solidaridad y las paredes maestras de welfare deben tener un carácter unitario en los espacios más amplios posible. Hoy por hoy en el Estado-nación; mañana en la Unión europea. Trocear esos instrumentos por barrios es –tampoco me excuso por la enfática pontificación—llevarlos al despeñadero. De eso no son conscientes los pijo pana, Duran lo sabe desde que jugaba a la taba. Y, como es harto y bien sabido, llevarlos al despeñadero es del mayor interés para la economía de mercado, ya sea en su expresión neoliberal o comoquiera que fuese. Así pues, no se trata por mi parte de un constructo ideológico sino de interés. Del interés, entiéndase bien, situado en los grandes espacios. Por eso, aprovecho el momento para llamarles la atención a algunos cofrades.





En la dirección siguiente: ojo con responder a estos planteamientos con un “Santiago y cierra España”. El apóstol no tiene nada que ver en esta historia. Téngase cuidado en aprovechar que el río Genil pasa por Parapanda y contraatacar con constructos carpetovetónicos y de recentralización de los instrumentos del Estado. Es más, mantener la Caja única no está reñido con el hecho de que algunos de sus instrumentos técnicos puedan ser transferidos. En realidad, estas prótesis instrumentales pueden funcionar mejor de manera descentralizada. Así que ruego amablemente que no se confunda el culo con las témporas.





No es la primera vez que escribo al respecto. Y aprovechando que estamos en el “Año Bomarzo”, recuerdo un artículo que firmé con mi primo Carles Navales en El País allá un día del mes de las flores en 2003. Se llamaba significativamente “El Estatut y el Derecho del trabajo”. Decía así:





El Estatuto y el derecho del trabajo (El País, 26 de Mayo de 2003)




José Luis López Bulla y Carles Navales Turmos




Es posible que, tras las elecciones autonómicas de otoño, cada fuerza política catalana ponga encima del tapete su particular borrador de reforma del Estatuto de Autonomía. Si finalmente se opta por el deseable consenso, es cosa que se irá viendo con el tiempo. Ahora bien, tan necesaria reforma arrastrará, lógicamente, una situación parecida en determinadas comunidades autónomas, que no querrán ser menos. Es decir, se puede poner en marcha una ebullición, que, si va acompañada de hechos participativos inteligentes, se convertirá en una situación política de gran interés. O puede suceder también que, dada la estrategia de la tensión entre el centro y las nacionalidades, que tan buenos dividendos está dando al Partido Popular, éste centrifugue el tema y el resultado sea confirmar por mucho tiempo lo que ahora hay, que equivaldría a una involución, o sea, a la antítesis al progreso que los reformadores buscamos.




Como quiera que todavía hay tiempo hasta que llegue dicho momento, quizás valga la pena empezar a darle vueltas a la cabeza a tan significativa cuestión, y aunque el tema que trataremos es parcial, no por ello deja de ser relevante: las cosas del Derecho laboral. Más todavía: estas notas no esconden que podrían servir de meditación a la hora de configurar los definitivos programas electorales. También estas notas vienen a cuento porque hemos vivido personalmente la presentación de demandas de colectivos sociales, que exigían una leyes catalanas sobre determinadas materias laborales, en ocasiones con gran fundamento y en otras con menor justificación. Éste es un tema al que somos sensibles, seguramente por nuestra trayectoria pública. Pero, sobre todo, porque el Derecho laboral -una gran conquista de la civilización- ha dado históricamente la palabra a los trabajadores, aunque, a decir verdad, también se la ha recortado.




La primera cosa que se nos ocurre es: si todos se ponen a reformar sus correspondientes estatutos -y no vemos ninguna razón para contrariarles-, ¿habrá una generalizada demanda, que, en la práctica, implique el troceamiento del Derecho laboral? Pongamos dos casos extremos: ¿se puede fragmentar la Seguridad Social y, o también, lo relativo a la movilidad geográfica? Si se nos contesta que para ello hay que cambiar la Constitución española, cosa que sabemos perfectamente, se entrará parcialmente en el tema. Porque entonces volveremos a la carga: ¿hay que cambiar la Constitución para trocear el Derecho laboral? Estamos hablando, ¡quede claro!, de los aspectos legislativos químicamente puros, porque nada impide la transferencia de los instrumentos. Por ejemplo, somos partidarios de la unicidad de la Seguridad Social y, simultáneamente, de la descentralización de su gestión.




La segunda cosa que pensamos es: nuestro (nuevo) Estatuto de Autonomía de Cataluña, con su ejemplo, puede hacer avanzar en España un federalismo solidario, que, como tal, viene obligado a ser cooperante, o conducir a un conjunto de retales en orden disperso. Es decir, se puede orientar hacia un Derecho laboral con razonables diversidades o puede inducir a no sé cuántas apariencias de tutelas, estas últimas desagregadas las unas de las otras. Lo primero es deseable y útil; lo segundo, un estropicio caballuno para la condición asalariada, los pensionistas y los que buscan empleo, sea el primero o el enésimo. Así pues, nos preguntamos y, en especial, interpelamos a la política, al sindicalismo confederal, a los empresarios y a los profesionales del Derecho laboral: ¿qué corresponde legislar desde la centralidad de las Cortes?, ¿qué puede ser materia compartida? y, definitivamente, ¿qué legisla cada Comunidad Autónoma? Quien no tenga presentes estos asuntos a la hora de redactar sus definitivas propuestas de reforma del Estatuto está dando, a muchas sabiendas, gato por liebre.




Y nosotros añadimos -gracias a nuestro olfato felino, que nos permite intuir las paradojas- que las comunidades autónomas que sean partidarias de trocear el Derecho social serán las más perjudicadas, algo que es sabido por trabajadores, empresarios y profesionales del Derecho, aunque no estamos seguros de qué nivel de convencimiento al respecto tienen algunos sectores de la vida política: desde los suficientemente informados a los generalmente indocumentados -si los hay-, pasando por los que pueda haber del quiero y no puedo. Ni que decir tiene que pedimos disculpas si alguien piensa que somos unos descarados, pero con alguna frecuencia las calendas electorales dan la impresión de un cierto desmadre en lo que se promete, a veces incluso jugando con las cosas del comer. La verdad es que no estamos excesivamente inquietos, porque somos conocedores de una instancia catalana prestigiosa y que puede ponerse manos a la obra si es requerida para propiciar y sugerir razonadas propuestas: es el Consejo Económico y Social, acompañado por buenos expertos en la materia. No decimos que sea el único instituto propulsivo, pero ya sería un buen arranque que entrara en harina; saberes tiene y se supone que cuenta con recursos. Lo que no agota el asunto, porque éste es un debate y un proyecto que afecta al común de los mortales desde el cabo de Gata a Finisterre, de Roses a Ayamonte y desde los cántabros hasta las playas tarifeñas.




Nosotros lo vemos así, alertados como estamos de la sarta de disparates que se están haciendo en Italia con la llamada devolution, que no es otra cosa que la transferencia de importantes poderes desde el centro hasta la nueva realidad de las regiones. Decimos disparates porque cabe la posibilidad en aquel país de que cada Región legisle de forma diversa, y hasta contradictoria, sobre algo tan serio como el carácter del contrato de trabajo: una lógica que conviene a los berluscones. De ahí que exclamemos: ni eso, ni Felipe Quinto.




26 de mayo de 2003










martes, 22 de enero de 2008

LA DEMOCRACIA SINDICAL DE LAS DIVERSIDADES




Esta compañera se llama Federica von Stade, aunque también es Dorabella. La adoro.


Mi allegado Paco Pepe Calero (Monachil, Granada) me manda un correo electrónico para recordarme que, hoy 22 de enero, es el aniversario del nacimiento de Antonio Gramsci [“Deja constancia, Pepe Luis”, me pide] y plantea que amplíe algunas cosas que redacté el domingo, concretamente en la entradilla EL PROXIMO CONGRESO CONFEDERAL DE COMISIONES OBRERAS, no sin decirme que “me he dejado muchas cosas en el tintero”. Sea.


Veamos, lo que pretendía con mi entrada era situar, ya lo apunté, los grandes movimientos que, en mi opinión, deberían figurar en el proyecto organizado para el trayecto poscongresual. Sólo los grandes movimientos que me parecen más urgentes. Aclaro que, por mi parte, debía evitar algunas tentaciones: la primera, dar la impresión de que el escrito tuviera la apariencia, dicho sin retranca, de `tesis alternativa´; y la segunda, entrar en pormenores de excesiva concreción. Nada de ello me corresponde. Es más, no tengo la suficiente preparación. Ahora bien, lo que no puedo es renunciar a participar, en tanto que afiliado, en una hipotética amplia discusión que nos concierne a todos. Participar es un deber, una obligación y, según dicen algunos, una necesidad.


Me pide Calero que amplíe el apartado relativo a `las diversidades´. Me arriesgo a sentar un precedente, pero no puedo resistirme a su ruego: me ha invitado a pasar unas semanas en Monachil –el pueblo de Miguel Ríos— cuando me jubile. Monachil es mucho Monachil y Sierra Nevada [la Sierra, por ontonomasia] es mucho Sierra Nevada. Bien, ¡al grano y dejémonos de requilorios!


Para aligerar el equipaje no creo necesario que, en este ejercicio de redacción, valga la pena –por suficientemente sabido— explicar en demasía que el centro de trabajo se caracteriza por una miríada de situaciones categoriales: unas son fruto de las consecuencias directas e indirectas de los cambios objetivos que se han producido y siguen en curso; otras son el resultado de métodos organizacionales subjetivos, por lo general impuestos por el management empresarial. Metafóricamente existe una `península´ (esto es, los trabajadores-tipo, de toda la vida) y una cantidad de `islas´, frecuentemente incomunicadas) que son las diversidades de ese conjunto asalariado en el centro de trabajo. Cierto, esta es una descripción esquemática, pero mínimamente válida para lo que, ahora mismo, nos traemos entre manos.


Ayer decíamos también que, salvo algunas pocas aunque muy honrosas y útiles excepciones, la plataforma reivindicativa que indicia las negociaciones para el convenio colectivo tiene todas las apariencias de ser un café con leche para todos: he dicho todos, no todas. El resultado es, pues, una desatención a las necesidades, nuevas y viejas, de esos espacios descolectivizados y sujetos débiles, según la pregnante descripción de Antonio Baylos. Así pues, tres son, al parecer, los desafíos que tiene el sindicalismo confederal con relación a ello: 1) enhebrar la aguja para que la plataforma reivindicativa, el recorrido de la negociación y el resultado de la misma tengan una razonable aproximación a un acuerdo que tutele a todas las diversidades en el centro de trabajo y no sólo a los `peninsulares´; 2) pergeñar las formas de representación sindical de todas las diversidades de esa comunidad social que es el centro de trabajo; y 3) poner en marcha unos mecanismos, instituidamente normados, para la participación, activa e inteligente, de toda la comunidad social de ese centro de trabajo, como expresión del ejercicio de la democracia deliberativa de todas las diversidades, tanto las peninsulares como la de los isleños. Hasta aquí, ciertamente, hay poca novedad con lo que decíamos ayer en el ejercicio de redacción. A partir de ahora vienen los tambaleantes y primeros pasos de la democracia sindical que propongo para esa comunidad social.


Una de las reglas del comportamiento de la democracia es: una persona, un voto. Trabajo costó a lo largo de la historia que ese verbo se hiciera carne. Ahora bien, en la comunidad social del centro de trabajo realmente existente, ello podrá seguir siendo pacíficamente así en función del carácter de la plataforma reivindicativa, del recorrido de la negociación y del resultado de la misma. Pongamos por caso, en sentido negativo, lo que sigue: ¿sería justo que el sindicalismo, en tanto que sujeto colectivo que persigue derechos, dijera que como el sesenta por ciento de los votantes (los `peninsulares´) ha aprobado la plataforma (o el convenio), eso es lo que va a misa, habiendo votado en contra el cuarenta por ciento de los `isleños´que no han visto representadas sus demandas y necesidades en la plataforma y en el resultado final de la negociación?


De ahí que el sindicato necesite repensar cómo ejerce su acción colectiva, de qué manera debe tutelar todas las diversidades (peninsulares e isleñas), de qué modo representar a todos porque, como se dice, el convenio es de aplicación erga omnes. Más todavía, en la medida que existan diversidades asumidas, el convenio será más unitario. En caso contrario, el sujeto social está propiciando, involuntariamente, la descolectivización del convenio y, sin quererlo también, la aparición de miradas que impugnen la inutilidad del hecho sindical. Y quién sabe: el surgimiento en unos casos (y la consolidación en otros) de fuerzas centrífugas a quienes, de manera poco perspicaz, el sindicato llamará corporativas o antisindicales. Pero no se trata de que el sindicalismo haga las cosas como corresponde con la idea de evitar riesgos, sino porque debe representar y tratar a cada persona que trabaja como titular de una efectiva ciudadanía social, en la dirección opuesta de quienes la tratan como supeditada a las lógicas inestables del mercado.


Por último, me insiste Paco Pepe Calero que ayer “me he dejado en el tintero” las propuestas sobre la soberanía sindical. Lo he hecho adrede por estas razones: 1) no conviene atosigar a los sindicalistas con demasiadas propuestas; y 2) porque, al buen decir de nuestro común abuelo barbudo, “la humanidad sólo se plantea lo que puede resolver en un momento dado”, o algo por el estilo.



P/S. Con referencia a mi entradilla sobre el panótico que quiere poner en marcha Microsoft (por ciento, La Vanguardia publicaba un suelto sobre ello dos días después que lo hizo este blog), recomiendo “El orden y la producción”, de Jean Paul Gaudemar [Trotta]. Vale 11 euros.

martes, 8 de enero de 2008

SEGUNDA PARTE DE "LA MEMORIA HISTORICA DEL SINDICALISMO"


El retrato se corresponde con el sindicalista Frank Little: dirigente de los wooblies: fue asesinado , ya se pueden imaginar por quiénes.



En la entrada de hace unas semanas LA MEMORIA HISTORICA DEL SINDICALISMO trataba el referenciado asunto en una clave que posteriormente me pareció de tipo personal, esto es, la memoria histórica de los dirigentes sindicales de antaño y, muy indirectamente, de los avatares de viejas experiencias sindicales como, por ejemplo, el fascinante itinerario norteamericano de los wooblies*. Lo que viene a continuación es una serie de nuevas referencias que engarzaré como buenamente pueda a la hora de entregar el texto definitivo para las Jornadas de Albacete sobre la Memoria histórica durante los días 6 y 7 de Marzo próximos.


Me parece obligado que el texto ponga en primer lugar la memoria histórica del y en el centro de trabajo. Esto es, la morfología de la empresa, los sistemas de organización del trabajo, las plataformas reivindicativas, el ejercicio del conflicto social (submergido y aflorado), la estructura categorial de su conjunto asalariado. En fin, toda una serie de materias capaces de inducir a una serie de investigaciones sobre cómo eran esas cosas en tiempos de ayer y antesdeayer. Para ello los especialistas en la disciplina deberán bucear en todos los papeles y documentos que, desparramados o no, todavía (en algunos casos) pueden encontrarse. Y podrán, de igual manera, recurrir a las fuentes orales, con independencia de las picardías y `desmemorias´ que algunas de ellas encierran.


Por lo demás, si bien es complicado poner en marcha esas investigaciones (y, peor aún, contar con las pesetillas de rigor para ponerlo en marcha; perdón, los correspondientes euros) sí se está en condiciones para que se generalice la costumbre de ir escribiendo el cuaderno de ruta (la bitácora marinera) de los acontecimientos del centro de trabajo a partir de ahora. Salvando las distancias, algo parecido a lo que los viejos cronistas locales escribían de su ciudad. [Me acuerdo de la minuciosidad con que lo hacía el cronista de la ciudad de Santa Fe, allá por los años cincuenta]


Hoy se cuentan con muchos medios (que, cada vez son más manejables) para proceder a escribir el cuaderno de bitácora del centro de trabajo: los ordenadores, los móviles que fotografían, las agendas electrónicas y, ¿cómo no?, los blogs que empiezan a despuntar en las secciones sindicales. O, por ejemplo, el gran almacén informativo que representa el cibercotidiano boletín de comfia, que cuenta ya con un material archivístico de primer orden.


Entiendo que esas biografías de la comunidad social que es el centro de trabajo tienen las siguientes utilidades: 1) aprender de las experiencias de todo tipo para el ejercicio de la acción colectiva del movimiento de los trabajadores, 2) preservar los `hechos y dichos´ de todos los que han intervenido en el desarrollo de dicha comunidad, y 3) facilitar un importante material para la historiografía académica. Ahora bien, dicha documentación puede servir, en mi opinión, para que el sujeto social –en el sentido corriente del término `sujeto´, esto es, como ser pensante-- se imponga cotidianamente ajustar las cuentas consigo mismo de lo que es, de lo que va siendo sin suponer que los datos y las realidades están definitiva y canónicamente dadas. También la memoria histórica puede servir para ello.


P/S Comoquiera que estamos hablando de la memoria, diré que fue Alfons Labrador quien tuvo la idea de que la CONC creara el Arxiu Històric. Me explico: cuando estábamos preparando el Primero de Mayo de 1990, Alfons planteó en el Secretariado del sindicato más o menos lo siguiente: “en el discurso que haga José Luis tras la manifestación, yo propongo que se informe, si estamos de acuerdo, que vamos a poner en marcha un archivo histórico”. Faltaría más, le dijimos. A finales de ese año empezábamos a poner “la primera piedra”. Cuando falleció Cipriano García incorporamos su nombre al Arxiu: Fundació Cipriano García, que preside Ángel Rozas, joven octogenario, y dirige Javier Tébar, veterano minicuarentón.

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* De momento recordamos que dos grandes dirigentes de este movimiento sindical fueron Joe Hill y Frank Little: el primero fue ejecutado y al segundo lo asesinaron. El gran novelista Dashiell Hammett fue uno de los más famosos simpatizantes de los wooblies.

martes, 1 de enero de 2008

COSAS DE UGT Y COMISIONES OBRERAS




Hace bien UGT en querer tener las mejores relaciones con el PSOE. Eso no está reñido con la independencia de la una con relación al otro y viceversa. “Llevarse bien” las fuerzas democráticas entre sí es algo más que una cuestión de buena convivencia.



Hace pocos días leíamos en un solvente diario que
UGT “había normalizado las relaciones con el partido después de tantos años de ruptura”. El sindicato –siempre según el diario-- pidió al PSOE que uno de sus más representativos dirigentes fuera incluido en las listas electorales para los próximos comicios de marzo. Así pues, después de veinte años de `ruptura´ la relación se ha `normalizado´, según afirmó el medio. Este ejercicio de redacción intenta, primero, hacer observar que las palabras fuertes empleadas por el diario (ruptura y normalización) se usan de manera inadecuada; y, a continuación, este ejercicio pretende tocar otras teclas que ya se irán viendo, unas teclas que van más allá de la mera cuestión terminológica. Para no dejar las cosas en excesivo suspense, diré que también se hablará, en amigable polémica, de algunas concepciones que, en otro lugar sindical, apuntan al carácter del sindicalismo, afirmando que “no es de derechas ni de izquierdas”.



Introito. El origen de este relato está en los desacuerdos que la dirección ugetista tuvo a mediados de los años ochenta con el gobierno de Felipe González que, efectivamente, culminaron con el durísimo desencuentro de la huelga general del famoso 14 de diciembre de 1988. El PSOE hizo una lectura pública interesada: el conflicto se explicaba por razones personales entre Nicolás Redondo y Felipe González. En realidad se negaron a ver que, en el interior de la familia socialista (partido y sindicato) había de un choque de reformismos. El reformismo sindical fue presentado como otro vestigio más de antiguas posturas que se confrontaba con la modernización reformadora del gobierno y del partido socialista. La posición pública de los socialistas intentaba, de un lado, desactivar las razones de fondo del conflicto y, de otro lado, anular el destacado coprotagonismo de Comisiones Obreras tanto en este conflicto como en la confrontación que había dirigido desde la huelga generalizada del 15 de junio de 1985 contra el recorte de las pensiones a la que no se había sumado la dirección ugetista.



UGT se fue distanciando del gobierno socialista por, como mínimo, estas dos razones: primero, porque no compartía sinceramente los planteamientos del equipo de Felipe González; segundo, porque, así las cosas, no podía dejar en manos de Comisiones Obreras la movilización en los centros de trabajo y en la calle.



Lo cierto es que Nicolás Redondo no consiguió hacer entrar en razones al gobierno. Sus gestos templados –no votó en el Parlamento español, junto a otro dirigente, Antón Sarazíbar, la ley de pensiones del 85 y su posterior renuncia al escaño de diputado— aparecían como importantes gestos simbólicos, pero no pasaban de ahí y no hacían mella en los planteamientos del gobierno de González. Ese choque de reformismos sin un apoyo masivo, por muy clarificador que fuera, cargaba de razón a Comisiones Obreras. En esa tesitura,
UGT vio con claridad que su `modelo´ de templada gestualidad había entrado en una fase de agotamiento. Por otra parte, los ugetistas cayeron en la cuenta del discurso laico del nuevo secretario de Comisiones, Antonio Gutiérrez, que se distanciaba de la carga ideológica de Marcelino Camacho en sus críticas al gobierno. UGT hubo de decirse que, además de no compartir la política de Felipe González, su paciente gestualidad simbólica daba mayor carga argumentativa a Comisiones Obreras. Y se decidió honestamente a pasar el charco: estalló el gran conflicto que, en el fondo, no esperaban los dirigentes socialistas. Abro paréntesis, estábamos cenando en el Hotel Calderón, dos días antes de la huelga general, Rafael Ribó, Pere Portabella, Quim González y un servidor con nuestros invitados: Josep Borrel y, nada menos, con Giorgio Napolitano. Naturalmente se habló de la convocatoria. Borrell se lamentó de la decisión sindical y reconoció que sería una protesta seria, pero que sólo afectaría parcialmente algunas zonas industriales del país. Tampoco el ministro Borrell estaba debidamente al tanto de tan importante movimiento telúrico. Cierro el paréntesis.



Comoquiera que la memoria es flaca recordaré que en el 14 de diciembre hizo huelga hasta el aire y que, dicho lorquianamente, hasta el coñac de las botellas se disfrazó de noviembre para no infundir sospechas de enemistarse con el conflicto. Un acontecimiento de aquella envergadura no podía ser (y no fue) la consecuencia de una pésima relación personal entre Nicolás Redondo y Felipe González.


Naturalmente, comentaristas de la más variada desinformación hablaron de la ruptura entre el sindicato y el partido. Claro, era lo más aparente. No vieron lo más sencillo:
UGT no podía seguir enclaustrada en el simbolismo gestual, especialmente cuando no compartía la política económica y social de Felipe González. Por eso se dio tan estridente choque de reformismos. Ahora bien, la consecuencia de aquel movimiento telúrico no llevó esencialmente a la ruptura de las relaciones de UGT con el partido sino a una opción de mayor calado, tal vez no suficientemente elaborada al principio, esto es: la búsqueda de una nueva práctica –más acorde con los sindicatos `hermanos´ europeos-- de la autonomía sindical y la consideración de que no hay gratuitamente partidos-amigos o gobiernos-amigos. Así pues, me parece inexacta la expresión `ruptura´ porque fue otra cosa diversa, de otro calado. Es más, UGT entró en una vereda que era normal en Europa. Otra razón no irrelevante es que los sindicatos europeos (y en no menor medida) los sindicatos españoles, Comisiones Obreras y UGT, habían asumido ya en un proceso sin marcha atrás: la intervención en el diseño, por la vía contractual, de las políticas de Estado de bienestar, que anteriormente eran de exclusivo monopolio de los partidos políticos, amigos o no.



Esta novedad conducía, de entrada, a miradas diferenciadas sobre las reformas (y el carácter de las mismas) que eran necesarias. Unas miradas que podían conducir, y condujeron, a choques entre el reformismo del movimiento sindical en su conjunto y el partido en el gobierno. Esta novedad llevó a
UGT, mutatis mutandi, a una nueva normalización: la normalidad de un proceso de autonomía sindical que, en principio, es una aproximada explicación del itinerario (no siempre rectilíneo y con frecuencia complicado) de la unidad de acción del sindicalismo confederal español.



Primero. Se ha iniciado esta reflexión con un “hace bien
UGT en querer tener las mejores relaciones con el PSOE”. Y, como se ha dicho anteriormente citando la fuente de un solvente diario, UGT hizo saber al partido que estaba interesada en tener un referente propio en el Parlamento a través del grupo socialista. Cándido Méndez dio incluso el nombre de Manuel de la Rocha, un importante dirigente de su sindicato, planteando además que debería figurar en las listas de la circunscripción de Madrid. Al día siguiente la organización socialista madrileña no incluía a de la Rocha en la lista. Pero no es sobre esta negativa el motivo de estas reflexiones, sino la propuesta de UGT ya mencionada.



Así las cosas, vale la pena llamar la atención a quienes (si es que los hay) hagan correr que se ha producido un giro en los planteamientos del sindicato ugetista. Mi opinión es que no hay que irse de la lengua; también la prudencia conviene en este caso. Porque no se puede decir que
UGT enerva su autonomía porque plantea querer tener un referente propio en el Parlamento en las listas del PSOE y, a renglón seguido, olvidar que Marcelino Camacho, Cipriano García y otros destacados dirigentes sindicales, siendo diputados en las listas del PCE, aflojaron la autoafirmación de Comisiones Obreras de ser un “sindicato independiente”. O los casos de Giuseppe Di Vittorio y Bruno Trentin, por ejemplo, que simultanearon sus altos puestos de responsabilidad sindical y diputados italianos. Así pues, conviene medir mucho las palabras.



Ahora bien, parece oportuno, de momento, entrar en algunas consideraciones. La primera es: ¿qué se quiere dar a entender cuando se dice que “
UGT pretende tener un referente propio en el Parlamento” como garantía de que se pondrán en marcha políticas sociales? La segunda: cuando el sindicato ugetista lleva un largo proceso de autonomía práctica, por qué desandar el camino hacia algunas formas de relación que se usaban en tiempos pasados?



Creo que es aproximadamente exagerado el planteamiento que vincula tener uno o un grupo de sindicalistas como referentes propios en el Parlamento y la garantía de que se aprueben tales o cuales reformas en las Cámaras. Los casos de Nicolás Redondo, Antón Saracíbar y el mismo Méndez, que fueron diputados en tiempos antiguos, podrían servir de parcial argumento para llegar a conclusiones distintas. Debe quedar claro que no es un problema de incapacidad personal –tampoco en los casos citados lo fue-- sino de la propia lógica parlamentaria y de las mediaciones que, convencionalmente (en unos casos para bien, en otros ni fu ni fa) requiere el juego de las relaciones de representación en las Cámaras. Entiendo que sobre ello, así en las viejas experiencias españolas como en las europeas, la dirección ugetista está convenientemente avisada.



La segunda cuestión, se ha dicho antes, nos interpela a por qué
UGT quiere desandar al camino. Nuevamente quiero incidir en esta idea: no creo que, en el caso de que finalmente, dispusiera de uno o varios referentes propios enervara los niveles de autonomía práctica que el sindicato ugetista ha alcanzado. Sin embargo, no creo que tener tales puntos de referencia añadiera plus alguno a la organización sindical. Y sí me permito presumir que podrían darse dos situaciones: una, la reedición de situaciones de conflicto entre el partido y el sindicato; dos, un estancamiento de los niveles de autonomía práctica de UGT, en el bien entendido que estancamiento no quiere decir pérdida sino el mantenimiento de lo actual. Este es el problema que me interesa más.



Uno de los problemas que son visibles en una parte del sindicalismo español es la ausencia de reglas en algunas grandes cuestiones. Por ejemplo, la manera de normar la independencia y autonomía, también (aunque en esta ocasión no es motivo de reflexión, aunque se deja apuntada para otros momentos) para ordenar los comportamientos intersindicales cuando hay contrastes fuertes entre unos y otros en los procesos contractuales o en la relación entre el sindicalismo confederal y el conjunto de los asalariados. Aquí lo que especialmente nos ocupa es la ausencia de reglas que garanticen la autonomía de
UGT. No tengo más remedio que reincidir porque conozco un poco lo quisquillosa que es (toda) la familia sindical: la ausencia de reglas no impide la autonomía, aunque no la garantiza plenamente.



Como es sabido, Comisiones Obreras es en estos aspectos de las reglas más atenta: fijó, bien pronto, los niveles de incompatibilidades entre los cargos de representación propia y el universo de las instituciones. De acuerdo, eso tampoco por sí mismo garantiza la independencia. Pero, como mínimo, es una condición necesaria. Que sea suficiente depende ya de la voluntad orgánica y ejemplar en el momento de establecer el proyecto del itinerario cotidiano: la fatiga del proyecto, según Bruno Trentin. Así las cosas, el proyecto de la independencia es también una almádena capaz de romper todas las interferencias que se oponen (o puedan oponerse) a aquella.




Es más, la independencia sindical (que no es un planteamiento contingente), además de contar con sus propias reglas, debe ser visiblemente incontrovertible en sus formas estéticas. O lo que es lo mismo, sus referentes son las conductas independientes de la casa sindical; los referentes realquilados, de un lado, deslucen la pregnancia de la autonomía y la independencia del sindicalismo confederal; y, de otro lado, mantienen las actuales formas de cómo se expresa la propia personalidad del sujeto social. Dígase en pobres palabras: siguiendo estando así las cosas, la autonomía y la independencia sindicales no adquieren mayor fisicidad y, peor todavía, siempre está (posiblemente de manera injusta) bajo sospecha y en coplas.



Segundo. Sigo reclamando prudencia y buen ojo clínico, porque es relativamente fácil entrar en interesados comadreos. De manera que, tampoco esa novedad ugetista, me lleva a volver a reflexionar sobre el tema que antaño movió ríos de tinta y que, en mis tiempos, provocó un hartazgo de encendidas discusiones, esto es, las relaciones entre partido y sindicato. Pero, en cambio, sí parece estar en orden del día una cuestión más general: las relaciones del sindicalismo confederal con el mundo de la política. Lo que sigue a en esa dirección.



Soy de la opinión que todavía está por hacer una atinada valoración y un debido reconocimiento del papel que el sindicalismo confederal español ha jugado en su relación con el cuadro general: en el escenario político-institucional y en la sociedad.



Es justamente en estos momentos (o, por mejor decir, de un tiempo a esta parte) cuando, frente a la desmesura irritante del juego político partidario en esta legislatura (“dura y ruda”, según Manuel Marín), el sindicalismo confederal ha mantenido junto a los operadores económicos su larga trayectoria de acción colectiva contractual mediante miles de momentos negociales en un paisaje que está en las antípodas de la reyerta tabernaria del juego político partidario. Repito, esa ejemplaridad todavía no ha sido reseñada y, por tanto, está por estrenarse que alguien la valore. Más todavía, cuando las fuerzas políticas en el Parlamento han organizado la dificultad del no entenderse, el sindicalismo confederal y los actores económicos han actuado como legisladores implícitos en las reformas laborales que han sido. Esta asimetría entre la actividad político-partidaria y el permanente itinerario contractual de los sindicatos y sus contrapartes es una, digámoslo así, una lección de modos democráticos, que todavía no ha sido ni siquiera referida.



Así pues, mientras se daba la rudeza (más bien, la reyerta político-partidaria) en el Parlamento y en la calle, el sindicalismo confederal se vinculaba con el cuadro político-institucional y la ciudadanía de manera constructora. Por ejemplo, los innegables procesos de modernización de los aparatos productivos –aunque puedan ser todavía insuficientes— no hubieran sido posibles sin la acción colectiva contractual de eso que, pacatamente, se ha dado en llamar los `agentes sociales´. Lo chocante, pues, ha sido que contemporáneamente a la reyerta político-partidaria algunos procuraban la mejora de la situación económica y su estabilidad. Que los sindicatos no hayan hecho ostentación de ello puede ser debido, tal vez, a un exceso de ascetismo franciscano, pero eso es harina de otro costal. En todo caso, esa vinculación positiva de los llamados agentes sociales con el cuadro político y el paisaje de la sociedad se ha dado en la normalización del ejercicio de la autonomía y la independencia sindicales. Porque, en un escenario de subalternidad, ello no hubiera sido posible. Digamos, en pocas palabras, que los sindicatos no han sido de nadie, pero han estado en su lugar, mediante el ejercicio de la independencia razonada, esto es, el acto de ser independiente va acompañado de los argumentos de sus decisiones.



Recientemente han aparecido algunos pespuntes (todavía de manera un tanto gelatinosa) por parte de algunos conspicuos dirigentes sindicales que, para no dejarme muchas cosas en el tintero, diré --como casi todo el mundo sabe-- que pertenecen a Comisiones Obreras. El hilo argumental que parece recorrer esos pespuntes es el siguiente: comoquiera que somos independientes, el sindicato no es de derechas ni de izquierdas. De momento –y en clave de amistoso respeto— diré que eso es un ejemplo de lo que podríamos llamar un anacoluto, o sea, partiendo de una premisa se llega a una conclusión estrambótica que nada tiene que ver con el primer enunciado. Para darle a esta líneas un cierto aire festivo, me permito recordar un celebérrimo anacoluto de tiempos antiguos: “era de noche y, sin embargo, llovía” que provocaba la hilaridad de los viejos y la perplejidad de los niños chicos de la Vega de Granada. Porque la noche, como es natural, no comporta contradicción alguna con el hecho de llover o no.



Y, sin embargo, parece ser que sobre la base de la independencia sindical algunos dirigentes sindicales están edificando el constructo de que el sindicalismo “no es de derechas ni izquierdas”, y siguiendo el pespunte insinúan una nueva versión de la equidistancia. Lo que, en mi parecer, definiría el sindicalismo como un sujeto técnico y al ejercicio del conflicto social como un encontronazo igualmente técnico. Estaríamos, así pues, ante un sujeto neutro, situado en una nueva toponimia política, desubicada de las grandes corrientes de la transformación de las cosas. Dado que han sido varios los (altos) dirigentes sindicales de Comisiones que han enhebrado esos reiterados pespuntes me entró una cierta curiosidad y me decidí bucear en las fuentes. No busqué los textos sagrados de los padres fundadores sino la literatura más actualizada que pude encontrar, esto es, las plataformas de las negociaciones colectivas y las resoluciones congresuales. De ellas saqué las provisionales conclusiones que vienen de seguida.



Los grandes movimientos que expone dicha documentación --desde la española a la mundial, pasando por la europea-- es la siguiente, dicho sea con rasgos de brocha gorda: 1) una permanente atención a la defensa y promoción de los derechos económicos, sociales y civiles, concebidos como un conjunto inescindible; 2) la defensa y promoción de las protecciones y oportunidades del Estado de bienestar; 3) una razonada defensa de `lo público´; 4) la remoción de las barreras que interfieren o dificultan lo anterior. Que en todo ello puedan existir retrasos y zonas de obsolescencia, no empece que sea visible el carácter no equidistante de esos planteamientos. Un carácter no equidistante que se ha ido construyendo desde la personalidad independiente del sindicalismo confederal. Dígase sin tapujos: confrontado con los planteamientos de las derechas económica y política. De manera que las pregunta son: ¿tales planteamientos --españoles, europeos y los del nuevo sindicato mundial-- son una construcción equidistante de la fatigosa caminata por el progreso y la justicia social? ¿están al margen de una relación no explicitada (pero relación, al fin y al cabo) entre todos los sujetos socio-políticos, cada uno en su diversidad y correspondiente independencia, en la construcción gradual de mejorar y transformar las cosas? ¿ese modo de ser es de naturaleza técnica? ¿esas transformaciones se pueden hacer desde el carácter de sujeto neutro o neutral? Más todavía, la radical disparidad de concepciones que sobre asuntos de tanta importancia (hemos hablado del empleo, de la enseñanza, vivienda, sanidad...) existen entre el sindicalismo y la derecha –y los contrastes con la izquierda-- ¿hacen que el sindicalismo sea sólo una mera “asociación de intereses”? Cierto, el sindicalismo es también una asociación de intereses, y mucho más que eso: un día de éstos, si se tercia, hablaré sobre esta cuestión. De momento dejo apuntado que, siendo una asociación de intereses, es algo más.


Así pues, mi respuesta es amablemente negativa y radicalmente distinta a los pespuntes de algunos altos dirigentes de mi sindicato. Porque...



Porque, puestos nuevamente a intentar aclarar las cosas, diré que dado que la documentación leída y las prácticas reales (a pesar de sus retrasos e insuficiencias) tiene un inobjetable sentido de confrontación con las derechas económicas y políticas, no veo en ello indiferencia hacia tales culturas de resistencia al progreso. No lo es, por ejemplo, en los planteamientos en torno al trabajo, la enseñanza, la vivienda y el conjunto de los presupuestos del Estado de bienestar. Es más, el sindicalismo confederal no se comporta (tampoco en esos escenarios) como una gestoría técnica. Y sí, claro que sí, lo hace, empero, en una conexión implícita con el espíritu de la izquierda difusa.



Mi respuesta, como conclusión provisional a los pespuntes, es que el sindicalismo confederal español está "en" la izquierda, no siendo un sujeto "de" (genitivo) la izquierda política partidaria. Más todavía, desde hace muchos años el sindicalismo es el principal actor en la izquierda difusa española y europea. A pesar de sus retrasos. Incluso a pesar de no saber publicitarlo y organizar nuevas agregaciones de hombres y mujeres en sus propias filas.



Hubo un momento en que la palabra `profesión´ tuvo una gran dignidad; hubo una época en que la voz `profesional´ era la adjetivación de la dignidad de la profesión. En ese sentido antiguo la utilizo para lo que viene a continuación: la profesionalidad no sólo no está reñida con la buena práctica de la actividad sindical sino que es imprescindible. De manera que, desde esa connotación, podría estar de acuerdo con aquellos altos dirigentes sindicales (están en una u otra central) que reclaman profesionalidad, profesionalismo o como quiera que le den en llamar a la cosa. Porque no es posible continuar con la caminata del proyecto cotidiano del sujeto reformador que es el sindicalismo, sin los conocimientos profesionales que son necesarios para establecer qué propuestas y para qué subjetividades, con qué prioridades, compatibilidades y vínculos con la idea de representar al conjunto asalariado en todas sus variaciones del trabajo (y del no trabajo) dependiente. Ahora bien, ¿esos altos dirigentes, cuando hablan de la profesionalidad o del sentido profesional del sindicato se expresan en la anterior dirección o lo hacen para compatibilizar la profesionalidad tecnocrática con el carácter neutral del sindicalismo?



Tercero. La autonomía e independencia sindicales han sido el alma nutriente de los grandes cambios y transformaciones que ha promovido y protagonizado el sindicalismo confederal, la sustancia de la alteridad del sujeto social. Y, como consecuencia, la utilidad de la acción colectiva social. De ahí que me parezca lógico alargar el razonamiento: así las cosas, si se quiere avanzar más y mejor, es de cajón ampliar el diapasón de la autonomía y la independencia sindicales. En principio no oscureciendo su pregnancia buscando referentes en lugares realquilados; y, en segundo lugar, compartiendo toda la casa sindical unas mínimas reglas para el ejercicio de la independencia razonada. Ninguna de las dos cuestiones está reñida con “llevarse bien” o lo mejor posible con todas las fuerzas democráticas. Como tampoco entra en colisión con mejorar las relaciones con la izquierda política. Cierto, llevarse bien con la izquierda política no impide (antes al contrario, presupone) la existencia de confrontación cuando ha lugar. Sabiendo, por lo demás, que si bien el sindicalismo no tiene un partido-amigo, eso no conlleva tampoco el partido-enemigo.



En resumidas cuentas, la independencia sindical también necesita unas mínimas normas para su pacífico desarrollo. Aunque, naturalmente, hay algo no menos importante: saber que la independencia no es un atributo exclusivo de los órganos dirigentes. Es un código práctico que afecta a toda la organización. De donde se puede sacar otra conclusión: la fijación de unas reglas que indiquen las relaciones de los grupos dirigentes con el conjunto afiliativo y los asalariados en general. Capaces de expresar qué concretas atribuciones tiene cada cual, hasta dónde es discrecional la capacidad dirigente y en qué materias. Es decir, dar el salto de la (abnorme) actitud "representacional" del sindicalismo a la capacidad de representación normada.



p/s: Que ustedes lo pasen bien en 2008.