domingo, 21 de febrero de 2021

Legitimar la violencia


 

 

1.--- Los cabos furrieles de las manifestaciones de estos días en solidaridad con el cacofónico rapero defienden la libertad de expresión de ellos mismos y están radicalmente en contra de la de los demás. No hay nada nuevo bajo el Sol; esta es la enésima versión del carácter de estos conflictos y de las creencias de sus capataces a lo largo de la historia.

Son manifestaciones que se disfrazan ahora de democráticas para que piquen los desorientados, aquellos que apoyan todo lo que se mueve en no importa qué dirección y sentido. Son los que han llamado «antifascistas» a la avanzadilla dirigente que --segunda desubicación-- hace pensar en que, por los motivos y razones que sean no se trata ya de un error sino de una opción, sospechosamente a cosica hecha. Que sea una pirueta de aprendiz de brujo es, con todo, algo que intuimos. A veces un olfato casi ochentón puede oler indicios nunca tratados en los post modernos tratados de politología.

Pero, como estamos en un almacén abigarrado de paradojas, hemos de anotar una verdaderamente chocante: cuando se llama «antifascistas» a estas manifestaciones se está legitimando no tanto a los que se sienten convocados como a los que las dirigen: cabos furrieles y capataces, porque todavía está por saberse, aunque se intuye, quiénes están detrás del mostrador. Detrás están quienes son los enemigos de aquellos que el rapero amenaza y pone a caldo. 

 

2.--- Lo entiendo. Pablo Iglesias el Joven también está desorientado. Quien intentó incorporar a la juventud indignada a la acción política «para asaltar los cielos», mediante una lucha de los de abajo contra «la casta», ve que una cierta juventud –nueva de ropajes, de ortografía y atalajes— se mueve en una dirección que él, en su infinita sabiduría, no había previsto. Hay, por tanto, que engatusarles; y, en vez de hablarles con autoridad, les acaramela con el piropo de antifascistas. Del que se apropian, empero, los que orientan dónde hay que tirar el petardo y en qué calle hay que zambullirse.

Sí, claro que sí: hay que buscar a fondo las raíces de este malestar juvenil. Hay que exigir que se remuevan todos los obstáculos que obliteran la igualdad de oportunidades. Sin embargo –siempre sale ese fastidioso pero que matiza las cosas—justificar esos movimientos (y, mucho peor, legitimarlos) va en dirección contraria. «Lo primero es antes»; de manera que, para remover todos esos obstáculos, se debe denunciar el carácter violento de esas algaradas, cuyos cabos furrieles y senescales son radicalmente contrarios a la libertad, la democracia como palancas indispensables para solventar los problemas de la juventud.

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