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… Pero suponiendo que ganara la independencia en el referéndum, no
quiere decir que se declare», ha manifestado recientemente Ada Colau a la cadena
Al Yazira. No es una opinión irrelevante, ni quien la sostiene es una
cualquiera. Tener el bastón de mando en la ciudad de Barcelona y,
simultáneamente, ser la dirigente de un partido en ascenso, los popularmente
llamados comuns, le ha llevado a
acumular una serie de significantes de gran importancia.
La reflexión
de Colau obliga, además, a razonar sobre la utilidad del santificado
instrumento del referéndum en concreto y, sobre todo, del conjunto de la
estrategia del secesionismo. Una reflexión laica, en la acepción que Togliatti daba a dicho
término, y por tanto alejada de la mitografía que acompaña al mencionado
referéndum. Deberíamos convenir, pues, que esa cavilación que se reclama debe
orientarse hacia la utilidad. Es decir, ¿de qué sirve gastarse en «palas, picos
y azadones» para que después las cosas sigan en su lugar, descansen? Si el
referéndum se pierde, tiempo y dinero derrochados. Si se gana, y todo sigue
igual, ¿qué utilidad nos ha deparado? Digamos,
pues, que no encaja en todo ello las características de la razón pragmática.
Ahora bien, si
el planteamiento de la señora Colau es lo suficientemente rotundo, sus
consecuencias deben inspirar una orientación clara, sin titubeos ni zigzags, a
la misma alcaldesa y al partido que dirige. De no aclararse, su organización
puede acabar siendo una olla de grillos. Por lo demás, la rotundidad que
referimos exigiría, en pura lógica, una clarificación de las prioridades de los
Comunes. Urgente porque dicho partido
está en sus primeros andares. No veo otra prioridad que la «cuestión social»,
la representación del universo del trabajo realmente existente que cambia
aceleradamente.
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