domingo, 14 de mayo de 2017

¿Escisión en el PSOE si…?

Hemos oído decir a Susana Díaz que habría que preguntarle a Miquel Iceta si es neutral en la contienda que se traen entre manos los socialistas españoles. En verdad que se trata de algo chocante. Y extraña. Porque exige al dirigente catalán una actitud contraria a la de los exuberantes apoyos del Gotha socialista. Me malicio que la Díaz no ha sacado las pertinentes conclusiones de su sonada derrota en Cataluña en la fase de la recogida de avales. La responsabilidad de ello no está en el déficit de proyecto de la señora candidata –parece decir--  sino en una actividad oculta de Iceta que, clandestinamente o casi, induce a inclinar la balanza a favor de Pedro Sánchez.

Pero hay algo más. Díaz está dejando caer una interpretación de su primer fracaso en este trayecto para la secretaría general de su partido: si sale derrotada definitivamente la culpa es «de los catalanes». Abro paréntesis: en este aspecto Díaz me recuerda, en cierta medida, a mi madre adoptiva, la tita Pilar, que pensaba, allá por los años cincuenta, que los catalanes no tienen temor de Dios, ignorando ella que la familia Pujol es de misa diaria, y que no se puede ser «madre superiora» sin tener los requisitos necesarios como los de la fe, la esperanza y la caridad. En todo caso, la tita Pilar nunca confundió el misal con el parné. Cierro paréntesis. 

La culpa sería de los catalanes. Estimulando así un anticatalanismo, no por chusquero menos peligroso que el más agresivo de los que, es un poner, estimula el Partido Popular y sus terminales burocráticas. Preocupante.

Como igualmente preocupante es lo que están susurrando algunos viejos santones del socialismo. Esto es, si gana Sánchez estaría cantada la escisión en el PSOE. Un amplio reportaje de El País –de hoy domingo— lo insinúa sin reparo. Con lo que se ha dado un nuevo salto, más bien pirueta, en la amenaza. Primero fue: si gana Sánchez seremos irrelevantes. Ahora es un gancho en el mentón del electorado socialista: ojo con lo que se hace que nos vamos unos cuantos a otros lugares. ¿Amagan con dar? Todavía no lo sabemos, porque aún no se ha producido la gran votación, cuyo resultado sigue siendo incierto.


Pero sí podemos dar una referencia significativa. En un momento dado, Ernest Maragall organizó unos cenáculos tras perder fuelle el maragallismo con la idea de fundar un nuevo partido. Trabajo le costó, pero al final creó un nuevo grupúsculo, que le sirvió para negociar con Esquerra Republicana de Catalunya.    Ahí empezó la desbandada. Y en tan grande polvareda perdieron a don Beltrán.



sábado, 13 de mayo de 2017

El esplendor de la antigua Atenas y el nacionalismo excluyente

La cosa viene de muy antiguo. Me refiero al importante tema de la relación entre movimientos migratorios y progreso de los lugares de acogida. Tan antiguo que ya Tucídides (460 – 399 antes de nuestra era) deja constancia de ello en su afamada Historia de la Guerra del Peloponeso (1). Como es sabido, Tucídides es el primero en preguntarse por el método específico del historiador con el fin de distinguir entre causas auténticas y meros pretextos. No era esto lo que precisamente distinguía a Heródoto que según algunos maliciosos daba con frecuencia gato por liebre.

De la mano de Luciano Canfora he vuelto a visitar a Tucídides. Su libro Esportare la libertà (Mondadore, 2007) se inicia con un ensayo, La libertà per i greci, en torno al largo y duro conflicto entre Atenas y Esparta en la gran guerra del Peloponeso. Y como un libro siempre llama a otro, sentí la necesidad de meterme a fondo en la casa de Tucídides. Los jubilados tenemos todo el mundo por delante para dedicarlo a la lectura y a cualquier otra actividad gratificante.

No han pasado ni cinco minutos de lectura cuando el viejo historiador (en el libro Primero, nota 2) nos llama la atención con lo siguiente:

«… Cuando los hombres de mayor influencia eran expulsados de otra región de Grecia por la guerra o por una revuelta interna se refugiaban en Atenas por considerarla un lugar estable, y haciéndose al punto ciudadanos contribuyeron desde antiguo a engrandecer la ciudad». 

El historiador está hablando de un tiempo muy anterior, en siglos, a la Guerra del Peloponeso (431 --  404 antes de nuestra era).

Así pues, la palabra documentada de Tucídides nos indica hasta qué punto los diversos movimientos migratorios enriquecieron Atenas en todos los sentidos. Digamos, por lo tanto, que somos herederos también de la aportación que tales movimientos migratorios hicieron. Palabra de Tucídides.

¿Hemos aprendido lo suficiente de ello? No, aprovechamos la aportación científica, literaria, artística de aquellos nuevos atenienses pero vuelve a Europa el odio al migrante, que impulsa o gestiona una parte de la política instalada. Vuelve el mito, que ha adquirido carta de naturaleza. Vuelve el nacionalismo excluyente, disfrazado de «todo por la patria». Garrulamente.


miércoles, 10 de mayo de 2017

¿Intercambio entre Rajoy y Artur Mas?

El diputado convergente Jordi Xuclà ha sido designado para presidir la comisión parlamentaria que investigará la financiación del Partido Popular. Debe ser cosa de alta política, porque es paradójico que, en unos momentos de alto voltaje entre los partidos políticos catalanes partidarios de la «desconexión», sea un destacado miembro del PDeCAT, el partido de Artur Mas y Carles Puigdemont, quien dirija y modere los debates en ese grupo de trabajo. Hasta la presente no se sabe cómo le ha sentado esta designación al gobierno de la Generalitat, a la dirección del partido, a sus socios y al conjunto de fuerzas que animan el procés. Por lo demás, ¿es coherente que quien anuncia a bombo y platillo que quiere marcharse de España se implique en una cuestión de este tenor? Por no decir del sentido del Partido Popular aceptando activamente que sea Xuclà quien anime el cotarro de la investigación. Debe ser alta política. Tan alta que se nos escapan sus entretelas. Naturalmente, Ciudadanos está que trina. Pero, una vez más, se tragará lo que sea de menester.

Alta política. Ahora bien, ¿qué toma y daca tiene esa operación tan chocante, al menos formalmente? ¿Se trata de socorros mutuos? Esto es, ¿para intercambiar toneladas de tierra que sepulten, total o parcialmente, las podredumbres mutuas? ¿La del beato Bárcenas y sus conexiones con la del Tres por ciento y sus allegadas? ¿Es este el sentido del do ut des? A ciencia cierta no lo sabemos. Pero es claro que si se pone en marcha –y la cosa está ya cantada-- no son ajenos a la operación los mismísimos Rajoy y Artur Mas. Porque los masoveros de ambos no van por libre en este negocio.  Alta política, pues. En todo caso el mutismo en el puente de mando catalán da para todo tipo de hipótesis.

Ahora bien, sea como fuere, lo cierto es que las comisiones de investigación se han convertido en una chuchería parlamentaria. Igual que las comparecencias. Ambas han entrado en un proceso de degradación acelerada, donde a cambio de un intercambio de gritos e invectivas, garantizadas para ser emitidas por los medios audiovisuales, se da por sentado que las conclusiones de tales trabajos serán pura filfa, hojarasca parlamentaria. Así pues, ya no se trata de la banalización de ambas figuras –comisiones de investigación y comparecencias--  sino la corrosión de la vida parlamentaria.

Alta política. Con una segunda hipótesis: ¿se trata de una política de Estado? O sea, ¿es un guiño desde casa Mariano a los sectores más moderados del PDeCAT? El viejo Occam recomendó siempre que ante diversas opciones se debía escoger la más sencilla. Pues bien, ¿qué hipótesis es la más sencilla? Aunque tal vez el famoso fraile diría, para este caso singular, que la una y la otra no son contradictorias. Pues en el puchero de la alta política se pueden cocinar simultáneamente diversos comistrajos. De ello hay mil ejemplos en la historia de la política. Y también en la historia de los tratantes de ganado, aunque estos saben que «los dientes nunca engañan». 


Alta política donde la mancha  de la mora con otra verde se quita. 

sábado, 6 de mayo de 2017

La guerra de los avales

1.-- Patxi López ha lamentado que la recogida de avales haya desembocado en "una guerra" y ha denunciado que otras candidaturas han ido a "la caza del militante" intentando "armar ejércitos". Muy gráficas las tres imágenes bélicas: guerra, caza y ejércitos. No sabemos si exagera, pero es el testimonio de alguien que ha vivido en primera persona los episodios de la recogida de avales para las elecciones a dirigir el PSOE. Y es más: López nunca se distinguió por un lenguaje estridente, siempre tuvo fama de templado. Aclaremos: estas declaraciones se hicieron un día antes del recuento de los avales.

Diremos, pues, que todo ese proceso ha sido más bronco que lo aparecido en los medios de comunicación. Tres conceptos de una extremada dureza que, de ser verdad,  indican no sólo la profunda y dramática división del partido sino la corrosión de las reglas y los códigos deontológicos. De ahí que, en resumidas cuentas, podemos decir que el resultado final  –esto es, gane quien gane las primarias— estará contaminado por la «guerra», la «caza» y los «ejércitos». O, al menos, por la apariencia de ello. En resumidas cuentas, es una división profunda interna que tiene características territoriales y generacionales.

Tras el recuento de los avales no parece que remita la pugna. Ahora vienen los grandes acontecimientos: la segunda parte del proceso, a saber, el itinerario que conduzca a la elección para elegir al primer espada y, tras ello, la fiesta mayor del Congreso. Con lo que es previsible que la guerra se recrudezca, el coto de caza amplíe su perímetro y los ejércitos prosigan la batalla. Lo ocurrido hasta ahora han sido meros tanteos. Y en tan grande polvareda pierdan a don Beltrán.

2.--  El PSOE, a mi modo de  ver, lleva demasiado tiempo haciendo las cosas al revés. Poniendo la carreta delante de los bueyes. Primero, el líder; después, la literatura programática. Atención: literatura programática no equivale necesariamente a proyecto. Primero, el voluntarismo de que con Fulano o Zutana se resolverán los problemas; segundo, la literatura programática como adobo de aparente orientación del líder.

Entiendo, deslizándome cautelosamente en mis hipótesis, que hay dos causas en la actual situación del socialismo español: el mar de fondo en el que se desenvuelve la socialdemocracia europea y la puramente coyuntural. Ambas explicarían la batahola del PSOE. Ninguna de las dos ha motivado reflexiones solventes de la nomenklatura socialista ni de Díaz, Sánchez y López. Es más, los reiterados informes de los llamados «comités de sabios» han entrado a escudriñar sobre ello. Eran documentos, con desigual acierto, solamente para la gestión administrativa.

Por ejemplo, cada derrota electoral fue considerada, en el mejor de los casos, como un mero incidente del camino. De ahí, que tras cada tropezón, no se hiciera un reexamen crítico, ni se pusieran en cuestión las formas organizativas. Un defecto, todo hay que decirlo, que atraviesa la socialdemocracia europea. Así las cosas, el viejo partido iba languideciendo sin que nadie diera un serio toque de atención. El viejo partido ni siquiera aprendió de la vieja canción que declara que «cuando la tarde languidece, renace la sombra».

Digamos, pues, que el PSOE no atendió algunos avisos que inicialmente fueron mini discontinuidades: a) el distanciamiento de UGT; b) el éxodo hacia otros mundos partidarios de sectores urbanos. Y posteriormente la aparición en la escena de Podemos. ¿Hubo alguien que cavilara y sacara conclusiones sobre ello?

Sobre la ausencia de proyecto no insistiré en lo dicho en otras ocasiones. No es cosa de aburrir al lector. Aunque sí es el momento de esbozar, aunque sea someramente, otra hipótesis. A falta de proyecto, lo que más sorprende es la ruptura entre política del PSOE y el trabajo. Del trabajo en todas sus manifestaciones. Me atrevo a decir que la política que propone el PSOE considera el trabajo sólo como una variable de la economía. A un servidor le resulta muy difícil pensar en la utilidad de una izquierda que haya difuminado esa relación entre política y trabajo.


viernes, 5 de mayo de 2017

El cainismo de las izquierdas

Los socialistas nunca tuvieron un partido a su izquierda con tanta fuerza parlamentaria como ahora con Podemos. El PSOE estaba acostumbrado a un partido-competidor débil y sin posibilidad de ser su alternativa real. Ahora aquella vieja relación de fuerzas ha cambiado profundamente. Ambos se encuentran en una feroz competencia que no parece de utilidad para los intereses materiales de la ciudadanía.  Es más, sus consecuencias parecen claras: la debilidad de ambos partidos y la frustración de amplios sectores sociales que ven que, con la que está cayendo, la derecha no sólo no retrocede sino que repunta. Ciertamente, cada una de ellas endosará a la otra las culpas a su competidora como mero elemento de propaganda de cara al electorado.  Ni siquiera han sacado lecciones del brutal enfrentamiento entre CC.OO. y UGT a finales de los setenta y principios de los ochenta. Menos todavía han aprendido hasta qué punto fue fértil la reconsideración de aquella áspera pugna intersindical.

Es lógico y legítimo que cada fuerza política mire por sus intereses. Y es normal que se libre una fuerte disputa entre quienes pugnan por tener la mayoría del espacio de la izquierda. El problema es el carácter de la confrontación y el diapasón que va adquiriendo. Uno y otro se caracterizan, grosso modo, por considerar que la vida de uno es la muerte del otro: «mors tua, vita mea», de origen medieval. Las consecuencias que la izquierda ha cosechado con tal práctica son sobradamente conocidas; los perdedores siempre han sido las capas populares y especialmente los trabajadores y sus familias.

Sin embargo, no se escarmienta. Porque, en palabras de Luciano Lama, que fue secretario general de la CGIL, «el enfrentamiento en la izquierda se teoriza, mientras que la unidad se hace».  Quede claro: ni Lama, ni nadie con tres dedos de frente está hablando de una unidad de acción abstracta o, peor aún, sin contenidos claros. Tampoco de la unidad de acción que desdibuje los perfiles de nadie. Es la unidad de acción, que parte de la personalidad de cada cual y establece las zonas de confluencia de los diversos. Su contrario es la exhibición barroca de la reyerta, la exclusiva auto referencialidad de lo propio.  Se trata de un estilo que está calando incluso en el interior de cada organización.  

Los recientes acontecimientos están exasperando todavía más la sistemática confrontación entre el PSOE y Podemos. Llueve sobre mojado y no parece que la cosa tenga visos de escampar. Porque, entienden unos y otros que la lucha por la hegemonía en la izquierda se ventila con ese mors tua, vita mea. Porque el problema de fondo es la impotencia de ambas formaciones en elaborar un proyecto de regeneración de la vida política del país con un trayecto gradual; un proyecto de robustecimiento de la sociedad; un proyecto de transformación y humanización del trabajo. Ni el PSOE ni Podemos tienen ese proyecto. Ni siquiera una insinuación de proyecto. Un proyecto, en definitiva, acorde con las gigantescas transformaciones, que  están en curso desde hace tiempo. Mientras no lo tengan estarán dándose mamporros hasta la extenuación. A mayor gloria de las derechas económicas y políticas. Y para desgracia del objeto de la política, que no son los políticos sino la ciudadanía.

En ese sentido la moción de censura que auspicia Podemos, y todo lo que la rodea, es una anécdota. Todo lo importante que se quiera. Pero una anécdota. Lo que va de veras no es esa contingencia, sino el cainismo mutuo, basado en la desubicación de ambas formaciones de este paradigma de reestructuración y reconversión de la economía en un mundo globalizado. Lo que indica que no estamos en una época de cambios, sino en un cambio de época.


Así las cosas, todo seguirá más o menos igual hasta que se entienda que el problema no es quién tiene la hegemonía en la izquierda, sino la necesidad de la hegemonía de la izquierda.  De toda la izquierda. No de una parte de ella contra la otra.


jueves, 4 de mayo de 2017

Podemos y Melenchon

No todo el pescado está vendido en Francia. Aunque faltan pocos días para la segunda vuelta de las elecciones presidenciales es necesario hacer un penúltimo esfuerzo para convencer a los llamados insumisos de que su posicionamiento por la abstanción entre Macron y Le Pen es un suicidio. Un suicidio de clase y un suicidio democrático. Todavía es posible intentar convencer a los estetas de Melenchon de que la ingesta de cianuro es mal asunto para Francia y toda Europa.

Por ejemplo, Pablo Iglesias el Joven podría hacer un gesto. En la misma o parecida dirección que lo ha hecho Varufakis. El primer dirigente de Podemos estuvo acompañando a los insumisos franceses en un mitin electoral. De ahí que, dadas las circunstancias, entiendo que tiene una cierta obligación a intervenir cerca de los llamados insumisos. Puede romper el estúpido protocolo –una vieja estantigua, que ya nadie se cree afortunadamente--  de no intervenir en los asuntos de los demás. A Iglesias le corresponde el gesto de valentía de intervenir, de hacerle ver a su amigo francés que su postura es un error caballuno.

De hecho, sonroja que Melenchon necesite argumentos para cambiar de posición. Mi opinión –tal vez equivocada o quizás no tanto--  es que no se atreve a enfrentarse a sus parciales, que en un porcentaje muy amplio votarán a Le Pen. Si esto fuera así, cabe interrogarse qué composición política tiene su base y su electorado. Como mínimo de una fuerte dosis de ciega estupidez. Aquella que postula «tuerto yo, ciego tú».

En todo caso, el silencio de Iglesias sobre el particular no es buena cosa. Por lo que se ve, sus lecturas de Palmiro Togliatti no han dado resultado. Ni el sufrimiento de Gramsci en las cárceles de Mussolini. En todo caso, afirmo con Gabriel Jaraba que «Esta segunda vuelta de las elecciones francesas nos servirá para entender de una vez por qué la izquierda no vence ni gobierna: por su incapacidad de entender la sociedad compleja y actuar con precisión».

P/s.--  ¿Sabían ustedes que Esquerra Republicana de Catalunya Nord (Francia) también pide el voto en blanco? Véanlo en   http://www.elperiodico.com/es/noticias/politica/erc-catalunya-nord-pide-votar-blanco-segunda-vuelta-presidenciales-francesas-6012901?utm_source=twitter&utm_medium=social&utm_campaign=cm#




martes, 2 de mayo de 2017

La fragilidad del sindicalismo


En puertas del Primero de Mayo, Pepe Álvarez, secretario general de UGT, ha dicho algo de gran importancia: «Somos mucho más frágiles de lo que pensábamos» (1). Son palabras que deben fijarse en  mármol de Macael. Abro paréntesis: en Macael trabajó de niño chico el padre noble de la izquierda, maestro de sindicalistas y cofundador de CC.OO, Ángel Rozas.  Cierro paréntesis.

Las palabras de Álvarez son un toque de atención a cierto espíritu de autosuficiencia de no pocos sindicalistas que consideran la fuerza del sindicalismo como un dogma definitivamente dado. Como algo que cae por su peso al margen de la real fuerza cuantitativa y cualitativa del movimiento organizado de los trabajadores. Y de esas exageraciones, que vienen de antaño, surgió aquel dicho: «Sin el sindicalismo no se puede hacer nada, y menos en contra del sindicalismo». También, todo se ha de decir, mi generación se regodeó en ese constructo. No supimos ver –ahora tampoco, según parece--  que el sindicalismo es fuerte esporádicamente, en ciertas contingencias. Pero no de manera sostenida. Por ejemplo, la reforma laboral se hizo sin el sindicato y contra el sindicato.

Este tipo de reflexiones, como las de Álvarez, provocan urticaria en algunas pieles sensibles de las organizaciones sindicales. La respuesta es el silencio o la rutina.  Toxo ya advirtió en su día algo que muchos silenciaron: «No podemos seguir haciendo lo mismo de siempre para conseguir los mismos resultados de siempre». Pocos le acompañaron en la reflexión que finalmente fue sepultada en el ninguneo.

Paco Rodríguez de Lecea propone en su Todos los males menores lo siguiente: «El Primero de Mayo es el día idóneo para una reflexión de cierto calado, desde criterios de clase». ¡Ajá, bien dicho! Y yo me digo si no es demasiado pedir que, tras el Primero de Mayo –cuyo nombre empieza a transformarse en dos extrañas figuras: en 1 de Mayo, según muchos pasquines sindicales, y en Día del Trabajo como dicen las cadenas televisivas--  se inicie esa reflexión de «cierto calado». Es decir, sobre la fragilidad del sindicato y acerca de la rutina de hacer lo mismo de siempre para conseguir los mismos resultados.

Oído cocina: conjugar el verbo renovar sin darle contenido concreto es toreo de salón.  


lunes, 1 de mayo de 2017

1º de Mayo y “En mi hambre mando yo”

Dos noticias nos llegan de Francia. De la Francia ex ilustrada. Una, «el 19 por ciento de los afiliados a un sindicato votó por Le Pen». Otra, Cgt y Cfdt se manifestarán por separado en este Primero de Mayo. En la Francia de Jean Jaurés. Lo primero da mucho que pensar. Lo segundo conviene concretarlo.

La Cfdt es partidaria de votar a Macron en la segunda vuelta, que se celebrará el próximo lunes. La Cgt no lo hace explícito. Así es que cada una en su casa y el Diablo en la de todos. En la Francia de Jaurés campa por sus respetos la estupidez, enfermedad senil de un tipo de sindicalismo.

Siempre se me erizaron los pelos cuando leía y oía aquella consigna sindical: «Marchemos separados para golpear unidos». Como si marchar cada uno por su sitio tuviera una relación fecunda con el golpear conjuntamente. Este fue un error que se repitió hasta la nausea. Y, sin embargo, hizo furor como emblema de exaltación partidaria. Lo peor del asunto es que esta división –precisamente en el Primero de Mayo--  tiene su apariencia de explicación por motivos político-partidarios. Apariencia de explicación porque seguramente hay más mugre en la rebotica. Y uno de ellos podría ser la intranquilidad de la Cgt, que ha perdido su condición de primer sindicato en el último proceso electoral, siendo superada por la Cfdt. Sea como fuere, en Francia se está gestando una preocupante degradación del movimiento de los trabajadores. Y de sus sindicatos. Digamos, sin ambages: la responsabilidad es nuestra, sólo nuestra. Quien le eche la culpa a la derecha o al Maestro armero se hundirá todavía más en su propia miseria.


A esa clase obrera francesa habrá que recordarle, precisamente hoy Primero de Mayo, la respuesta de aquel jornalero granadino en tiempos de la República. Un cacique le ofreció dinero para que le votara. Le respondió, sin quitarse el sombrero de paja: «En mi jambre mando yo».  Y le dio la espalda. Lo explica don Salvador de Madariaga en el prólogo de su libro España.  


domingo, 30 de abril de 2017

Las canciones y el movimiento sindical

Hace mucho tiempo que no se cantan las viejas canciones del movimiento organizado de los trabajadores. Tampoco han surgido nuevas canciones que indiquen que el acto colectivo de cantar es una señal de pertenencia.

Siempre he mantenido que el sindicalismo debe rehuir el mito. Pero las canciones nunca fueron, por lo general, parte del mito. Eran una expresión del vínculo sentimental de un teorema: el de los trabajadores juntos entre-sí, un homenaje a una acción en pos de la transformación y humanización del trabajo, que se expresaba a través de la música. Un ejemplo de ello es la riqueza del cancionero del viejo sindicalismo de aquellos woobblyes norteamericanos (Industrial Workers of the World) o la gran musicografía italiana del Inno dei Lavoratori, Bandiera Rossa y otras muchas de potente inspiración verdiana. También en España hay una cierta tradición. Los hijos del pueblo, por ejemplo, es una bellísima composición, que cantaban los viejos confederales de la CNT.

Por el contrario, hoy sólo cantan, como expresión de pertenencia, los hinchas de cada equipo de fútbol.

¿Sería disparatado que los archivos históricos del sindicalismo contaran con una hemeroteca de las viejas canciones del movimiento obrero y sindical como parte, también, de la memoria histórica o, si se prefiere, de su propia Historia? Y, así de vez en cuando, se podrían organizar audiciones para general conocimiento.

Hacer esa hemeroteca es relativamente fácil. En youtube hay un buen manantial.

Radio Parapanda les ofrece una muestra de ello: el Inno dei Lavoratori y Los Hijos del Pueblo. 

https://www.youtube.com/watch?v=JSFnDJlEtJY

sábado, 29 de abril de 2017

El suicidio de la abstención en Francia el día 7

No fue pureza política sino estupidez, toneladas de estupidez. No pocos eruditos a la violeta, pijos de chanel número 5 o charlatanes de barrio propiciaron con su abstención la llegada de Trump a la presidencia de los Estados Unidos. Fue a cosica hecha. Primó más la energía de los esfínteres que el relativo trabajo de pensar (con la cabeza) las consecuencias de esa abstención. Votar a la Clinton –parecían decir--  era perder la virginidad política. Perder lo que nunca tuvieron. En primera conclusión: que no se quejen ahora; y, si lo hacen, que sea de ellos mismos.

Puede pasar lo mismo en Francia. Le Pen podría ganar la segunda vuelta. Las cosas no están claras, según afirman analistas políticos de la mayor solvencia. Puede ganar, porque una pureza virginal recorre una parte del electorado de izquierdas. La pureza virginal de la estupidez. De la pose ´estética´. Del toreo de salón de esos gauchistes de garrafón.

Nos dicen que Macron es de la derecha neoliberal. No descubren el mediterráneo. Lo sabemos. Pero ese no es el problema. La cuestión es la consecuencia histórica de que gane las elecciones Le Pen y sus mesnaderos. No necesitamos, pues, las excusas para abstenerse. La bandera que se agita en el fondo es: conforme peor, mejor. Cuyas consecuencias –ayer y hoy--  son harto conocidas. Segunda conclusión: quienes de manera esforzada plantean la abstención nos están diciendo que «su Reino no es de este mundo».


En radical oposición a estos estetas de la nada, Varoufakis ha hablado alto y claro: «Hay que votar a Macron». Y lo argumenta: "Somos conscientes de los peligros que representa el programa de Macron para los equilibrios sociales, y estamos en profundo desacuerdo con su proyecto para Europa y la zona euro, que solo prolongará y agravará la situación desastrosa de la Unión Europea. Sin embargo, sus políticas podrían ser combatidas democráticamente en el marco de las instituciones europeas y de las luchas colectivas".

viernes, 28 de abril de 2017

El Parlament calla ante los desmanes de los Pujol

Es del todo claro que Jordi Pujol Ferrusola –Junior para sus íntimos-- mintió con todo desparpajo en el Parlament de Catalunya. Otro tanto podría decirse de su señora madre, Marta Ferrusola. Y, por ese camino, nos atrevemos a establecer la hipótesis de que el Viejo Patriarca hizo tres cuartos de lo mismo. De lo que sabemos hasta ahora sacamos esta conclusión. La decisión del Juez, enviando a prisión al primogénito de la familia, no deja lugar a dudas.

Sin embargo, todavía es la hora de que la mayoría del Parlament de Catalunya diga que fue burlado, menospreciado hasta las cachas por la sagrada familia. Esta mayoría está ocupada en asuntos de mayor importancia, según parece. No le preocupa su propia dignidad. Es más, la principal fuerza parlamentaria (la vieja Convergència y sus masoveros) está intentando tapar el ingreso en prisión del llamado Junior y los nuevos registros en las diversas residencias de su familia. Lo intenta esconder, también, con el aprovechamiento de las amenazas de Lluís Llach a los funcionarios catalanes que no respeten la llamada desconexión. Un cantante que ha cambiado el pentagrama por la porra, convirtiéndose él mismo en pura «estructura de Estado».


Nota bene. La foto nada tiene que ver con el texto de esta brevería. Es un homenaje a mi compañero Paco Agüera. Sindicalista de raza.


miércoles, 26 de abril de 2017

TRABAJO Y CAMBIO TECNOLÓGICO: ¿SÓLO DESCONEXIÓN DIGITAL?



MIQUEL ÀNGEL FALGUERA BARÓ
Magistrado especialista TSJ Cataluña
En las últimas semanas han aparecido distintas informaciones sobre la posibilidad de implantación de la denominada desconexión digital en este país; por tanto,  el reconocimiento del derecho de las personas asalariadas a no estar pendiente de comunicaciones laborales fuera de su horario de trabajo. Se trata de un simple mimetismo de la descafeinada normativa francesa al respecto, tras la entrada en vigor de la denominada Loi El Khomri.

De entrada el lector puede tener la sensación de que se trata de una excelente idea, en tanto que esa posibilidad comportaría limitar el ámbito de las obligaciones de prestación de servicio a los concretos límites temporales a los que se circunscribe el horario laboral. Sin embargo, si reflexionamos un poco más sobre la cuestión emergen dudas importantes.

* Un cambio radical en las formas de trabajar

Las nuevas tecnologías están presentes en el mundo de las relaciones laborales desde hace ya más de tres décadas. Y lo están con creciente intensidad, en forma tal que las formas de trabajar actuales tienen escasa vinculación con las anteriores al cambio tecnológico.  
Uno empieza a tener ya cierta edad. Y si intento recordar cómo hacía un recurso de suplicación hace treinta y cinco años (era entonces un aprendiz de abogado) rememoro que me sentaba ante una máquina de escribir, colocaba los variados folios con su correspondiente papel carbón –teniendo a mano  aquél Tipex que te untaba de blanco los dedos- y así había que ir escribiendo poco a poco, meditando previamente cada frase. Pero antes, debía diseñar la “trama” del recurso y haberme provisto de las fotocopias de las sentencias y la normativa aplicables tras una búsqueda –a veces complicada- en los inagotables tomos de jurisprudencia y legislación. Un error en esa operación de confección del recurso devenía fatal, en tanto que obligaba a volver a empezar. El escrito así obtenido debía presentarse en el juzgado al día siguiente (o, entonces, en el juzgado de guardia, antes de las doce de la noche si finía el plazo)

Hoy un abogado que se enfrente a esa situación lo hace en forma radicalmente distinta: empieza a escribir por dónde quiere, rectifica lo que no le parece adecuando en el momento que cree oportuno, readecúa el texto cuándo le viene en gana, incluye –el maldito “corta y pega”- textos de sentencias, de legislación o de doctrina que obtiene fácil e inmediatamente de una base de datos on-line, etc. Y el recurso se presenta en el mismo momento de su finalización a través de LexNet.

Comparemos el resultado de ambos escenarios: mis recursos ocupaban, como mucho, cinco o seis páginas y tenía que dedicarles, con suerte, toda una tarde. El abogado de hoy puede escribir los suyos en menos tiempo con una extensión de muchas decenas de folios (para desesperación del ponente en el tribunal al que corresponda en reparto). Conclusión de esta breve reflexión propia: las formas de trabajar –y de pensar en el trabajo- de un abogado han sufrido un cambio radical por causa de las nuevas tecnologías. Y ello ha ocurrido en un sector en principio tan “artesanal” como el de los juristas…

Estas modificaciones en la forma de trabajar ya no son las microdiscontinuidades que caracterizan –como afirma el maestro ROMAGNOLI- nuestra disciplina: se trata de un cambio sísmico que está afectando a la orografía del iuslaboralismo.

*  Los inexplicables silencios del legislador, las insuficiencias de la negociación colectiva y el papel de los jueces

Pues bien, en esa tesitura no deja de llamar la atención que el legislador siga mirando hacia otra parte y permanezca ajeno a las implicaciones que ese choque en las capas tectónicas está teniendo en el contenido de derechos y obligaciones del contrato de trabajo. Si acudimos a la norma básica en materia de relaciones laborales, el Estatuto de los Trabajadores (ET), podremos comprobar como la mención a la tecnología es prácticamente inexistente. Aparte de la indeterminada referencia a la “técnica” contenida en los artículos 12,4 e), 39.2, 40.1 y 4, 41,1, 45.1 j), 47, 49.1 i), 51.1, 52 b) y 82.3) el ET únicamente  utiliza el término “tecnológico” en la letra b) del artículo 68 –en relación a la prioridad de permanencia de los representantes de los trabajadores, como sinónimo de causas técnicas-. Sólo el artículo 19.4 (como el artículo 19.1 LPRL) contiene una previsión normativa al respecto en materia de prevención de riesgos laborales (en un precepto, además, que no es otra cosa que la transposición de la Directiva 89/391/CEE). La conclusión resulta evidente: con la única salvedad de una puntual mención en salud laboral, la norma legal que por mandato constitucional deviene el eje central en la regulación del contrato de trabajo contempla el cambio tecnológico únicamente desde la perspectiva de lo que se conoce como flexibilidad interna o externa, situándolo en el marco de las medidas legales de reestructuración; esto es: el impacto del cambio tecnológico en las necesidades de gestión de mano de obra de la empresa. Ninguna mención a los derechos de los trabajadores ante el nuevo paradigma…

Podría pensarse que esa anomia ha sido cubierta por la negociación colectiva. Pero ocurre que no es así: si acudimos al Anuario de Estadísticas Laborales del 2015 publicado por el MEYSS podremos comprobar como apenas el 3,2 por ciento de los convenios registrados en ese período hacían mención a la regulación de la implantación de nuevas tecnologías (en porcentajes prácticamente inmodificados en los últimos años).

La inexistencia de una normativa reguladora del cambio tecnológico pone en evidencia un grave problema: el marco jurídico de las relaciones laborales está diseñado para un escenario que ya no es actual. Y en tanto que las garantías históricas devienen desfasadas –porque están pensadas sobre un modelo obsoleto- la desigualdad contractual entre las partes comporta que se incrementen en la práctica las potestades decisorias de los empleadores en detrimento de las tutelas las personas asalariadas.

Hace tiempo que he llegado a la conclusión que los silencios de la ley ante los grandes cambios del mercado de trabajo obedecen a una clara voluntad desreguladora. El legislador lleva casi un cuarto de siglo interviniendo, cual  elefante en cacharrería, en el complejo juego de derechos y obligaciones de lo que podríamos denominar “flexibilidad contractual”; pero lo ha hecho sólo en beneficio de una de las partes, negándose a regular el carácter bidireccional de esa flexibilidad (el empleador tiene concretos mecanismos de modificar horarios y condiciones de trabajo, pero esa opción no se contempla para el trabajador, más allá de declaraciones genéricas). Ese parcial intervencionismo se explica por razones de productividad y de adaptación de la producción. Sin embargo, la ley guarda un ominoso silencio ante los numerosos cambios del modelo de relaciones laborales; así ocurre, como se acaba de ver, respecto a los cambios derivados de los nuevos medios de producción. Pero ocurre también ante las nuevas formas de organización de la empresa (grupos de empresa, empresas-red, etc.) y de organización de la producción (externalización). Esas carencias del marco legal sólo son explicables por dos motivos: o una manifiesta ineptitud o, lo que se antoja más probable, una política no expresamente reconocida de potenciar la capacidad decisoria de los empresarios.

La obsolescencia de la ley obliga a jueces y tribunales a intentar adaptar –a martillazos- las antiguas tutelas al nuevo panorama, lo que provoca múltiples incertidumbres a los justiciables. Y a ello cabe añadir una creciente tendencia de la doctrina judicial de sustentar el progresivo deterioro de las garantías de las persona asalariadas, lo que se deriva del horror vacui y, por tanto, la negativa a suplantar el papel del legislador. Como prueba de esta afirmación: baste con observar la evolución de la doctrina casacional en relación con las capacidades empresariales de control del uso extraproductivo de los medios tecnológicos (no es lo mismo lo que se afirma en la STS UD 26.09.2007, Rec. 966/2006, que lo se indica en la STS UD 06.10.2011, Rec. 4053/2010) o respecto a la validez como prueba de los registros videográficos en el centro de trabajo (es suficiente comparar la conclusión de la STS UD 13.05.2014, Rec. 1685/2013, que la de la STS UD 07.07.2016, Rec. 3233/2014).

A ello cabe sumar que el propio Tribunal Constitucional –que sí tiene competencias para forzar la interpretación de la ley supliendo el papel del legislador- ha dejado de jugar en los últimos años el papel de impulsor del ejercicio de derechos fundamentales en las relaciones laborales que históricamente había venido cumpliendo. No está de más recordar cómo en la STC 114/1984, de 29 de noviembre se afirmaba que el secreto de comunicaciones no se limitaba únicamente al contenido de la misiva, extendiéndose asimismo a “otros aspectos de la misma, como la identidad subjetiva de los interlocutores o de los corresponsales”; y que la impenetrabilidad para terceros no se aplicaba únicamente respecto a los poderes públicos, sino que también era postulable en el ámbito interprivatus. A lo que se añadía que “el concepto de secreto en el art.  18.3 tiene un carácter formal, en el sentido de que se predica de lo comunicado, sea cual sea su contenido y pertenezca o no el objeto de la comunicación misma al ámbito de lo personal, lo íntimo o lo reservado”. Así el derecho constitucional al secreto de comunicaciones sólo podía ser afectado por una resolución judicial suficientemente motivada y con carácter proporcional.

Una lógica que también se aplicó en el terreno de las nuevas tecnologías (STC 173/2011, de 7 de noviembre). Sin embargo, cuando años después, el TC tuvo que aplicar su doctrina en el terreno de las relaciones laborales optó por una clara opción propietarista, aceptándose el acceso del empresario a ámbitos de privacidad del trabajador por el mero hecho de ser el titular del mismo (SSTC 241/2012, de 17 de diciembre, 170/2013, de 7 de octubre, etc.). El papel de cuasi legislador histórico –por tanto, de cubrir las carencias de la ley- del TC es claramente denotable en su sentencia 281/2005, reconociendo el derecho de los sindicatos a remitir información a los trabajadores, imponiendo, sin embargo, una serie de condicionantes. Por el contrario, la reciente STC 17/2017, de 2 de febrero, pone en evidencia cómo nuestro órgano de interpretación constitucional se ha negado a declarar contrario al derecho de huelga el esquirolaje tecnológico.

*  ¿Qué hacer?: no es sólo el derecho a la desconexión

Parece evidente que la inercia de potenciación de las competencias del empleador ante el nuevo paradigma tecnológico está afectando sensiblemente al juego tradicional de poderes del contrato de trabajo, rozando situaciones que en la práctica conllevan una limitación casi absoluta del ejercicio de derechos fundamentales por los trabajadores. Y ello sólo tiene una posible alternativa (obviamente, si lo que se pretende en un reequilibrio de fuerzas en el contrato de trabajo): una modificación legislativa. Se trata, pues, de regular por ley la incidencia del cambio tecnológico en las relaciones laborales. Ahí van algunas ideas:

- En primer lugar desde una perspectiva meramente contractual, hay que romper la tendencia propietarista del uso extraproductivo de las nuevas tecnologías en el trabajo. Ciertamente, el ordenador es propiedad del empresario; sin embargo, cuando ese ordenador se conecta a Internet es algo más: es un instrumento de comunicación. Por ello, las limitaciones que pueda imponer el empleador al respecto no son universales (en tanto que esto conlleva negar el ejercicio de un derecho fundamental) sino que deben ser causales, proporcionadas y objetivas. No está de más recordar, en este sentido, que la ONU ha declarado el acceso a Internet como un “derecho humano altamente protegido” (lo que ha empezado a aceptarse en algunos países, como México o Grecia.

- En segundo lugar, deben regularse los límites de las afectaciones de ámbitos de privacidad de la persona asalariada en el trabajo o en relación al mismo. Se trata, por tanto, de establecer las normas compositiva por la colisión del derecho a la libre empresa con los derechos al secreto de comunicaciones (acceso a los contenidos personales en el ordenador de la empresa), a la intimidad (grabaciones videográficas o de voz, instrumentos de seguimiento o reconocimiento, prueba de detectives, etc.), a la libertad informática (aspecto éste que tendrá que ser abordado por la trasposición del Reglamento 2016/79), a la libertad sindical (el tablón de anuncios virtual) y al derecho de huelga (esquirolaje tecnológico).

- En tercer lugar, parece imprescindible un cambio en la normativa procesal que regule plenamente aspectos como la prueba digital y su adaptación al régimen de recursos, así como la ilicitud de la prueba y su prueba.

- Por último, no estaría de más empezar a diseñar marcos legales ante fenómenos emergentes vinculados con la prestación laboral, como el teletrabajo (pese a los cambios experimentados en el art. 13 ET tras el RDL 3/2012 quedan aún múltiples aspectos del Acuerdo Marco por trasladar a nuestro ordenamiento) o la ubereconomia (que me resisto a llamar “economía colaborativa”).

Ni el mero propietarismo, ni el régimen de obligaciones contractuales justifican que el derecho a la libertad de empresa y el derecho a la propiedad enerven el ejercicio de otros derechos constitucionales (en especial cuando éstos tienen la condición de fundamentales). Es ésa una visión basada en la lógica de producción del paradigma fordista que, por tanto, está hoy en claro declive. El fin del fordismo no es únicamente predicable del contenido de la prestación laboral (la flexibilidad contractual), también se extiende a las formas de organización del trabajo y de la producción y al modelo de ejercicio del poder en la empresa. En otro caso, la subordinación autoritaria del anterior sistema deviene, por mor de las nuevas tecnologías, en una situación en la que se agudiza el sometimiento del trabajo a la esfera de poder del empleador.

En esa tesitura, iniciativas como la regulación de la desconexión digital pueden ser positivas… siempre que se acompañen de una efectiva normativización de las nuevas tecnologías en el trabajo. Lo contrario –quedarse ahí- conlleva un evidente mensaje implícito: mientras se está dentro de la empresa no existen derechos fundamentales (como escribió el gran Dante: “lasciate ogne speranza, voi ch'intrate”).

Empezar a regular las nuevas realidades productivas en el trabajo por la desconexión digital es, simplemente, empezar la casa por la ventana. La tendencia legislativa debería ser exactamente la contraria




martes, 25 de abril de 2017

¿Primero de Mayo o Uno de Mayo?

¿Primero de Mayo o Uno de Mayo? De un tiempo a esta parte las convocatorias del Primero de Mayo, 1º de Mayo, algunas convocatorias –manifiestos, carteles – hablaban del Uno de Mayo, 1 de Mayo. De ello se habló en este mismo blog en años anteriores. Ahora, se ha extendido y es raro ver un llamamiento que indique que el Día Internacional de los trabajadores se llama Primero de Mayo. O, para abreviar, 1º de Mayo. Incluso los órganos centrales de CC.OO. y UGT nos hablan del 1 de Mayo. Algo peor que una estupidez, es un error. Está ocurriendo igual que el Día Internacional de la Mujer trabajadora que, mutatis mutandi, se está convirtiendo en el Día de la Mujer. A secas. O sea, el día de la señora Botín y el de una trabajadora del textil Sabadell. ¿A qué se debe este cambio de carácter, que el sindicato ha ido asumiendo silenciosa y despreocupadamente. ¿Es irrelevante lo que estamos planteando? ¿Es una pejiguería propia de un viejo sindicalista?

El Uno de Mayo, 1 de Mayo, es solamente una fecha del almanaque con la misma personalidad que otro día del año. El Primero de Mayo, 1º, es la conmemoración de un acontecimiento histórico, la unidad ocasional de los trabajadores en el mundo entero, la celebración de un complejo itinerario de luchas en todos los países, y la oportunidad para reflexionar –renovando y repensando el sindicalismo--  sobre la transformación y humanización del trabajo. Este es el significado de un significante tan importante como el Primero de Mayo. Por el contrario, el significado y el significante del Uno de Mayo es irrelevante.

Me pregunto por qué se fue diluyendo el nombre de la cosa, y por qué nadie con mando en plaza ha llamado al orden. Esto del uno de Mayo es, sin duda, parte de una moda currutaca. Y que, de no corregirse, puede formar parte del almacén de aquellas denominaciones antiguas. Por ejemplo, las que intentaban disfrazar ese Día como San José Obrero o San José Artesano.


Lo nuestro es Primero de Mayo, Primer de Maig, Primo Maggio, Premier Mai. Lo otro es una gilipollescencia, que –sin querer, desde luego--  erosiona la fuerza de una conmemoración y de un proyecto. Por lo que se ruega encarecidamente un respeto a algo que es, además, memoria histórica. O, si se prefiere, historia. Perdón Historia. 



sábado, 22 de abril de 2017

La versión totalizante de Puigdemont


“Els 850 anys de l’Hospital de Martorell són possibles gràcies a aquesta gran estructura d’estat que és la nostra societat civil” (1). Tamaño disparate no es necesario traducirlo al castellano en ninguna de sus versiones geográficas. Ni siquiera hace falta ser becario de Metiendo bulla para saber que una cosa es la «sociedad civil» y otra el «Estado».

La primera consideración es la ignorancia caballuna del president de la Generalitat, que es periodista de carrera. La segunda es que la mitografía independentista es capaz de identificar «el Estado» con una talabartería que le sea afín. Estos son los tiempos y la lírica que tenemos en algunos recovecos de Cataluña.

Ahora bien, siendo preocupante lo anterior –la ignorancia y su hija putativa, la mitografía--  más lo son las consecuencias que se desprenden de lo uno y lo otro. A saber, el Estado ya no son sus necesarias estructuras convencionales que llamamos técnicamente los aparatos del Estado. En la versión de Puigdemont y sus masoveros la sociedad civil es también Estado y, por tanto, aparato del Estado. Alerto: no se trata simplemente de un chocante Libro de Estilo, es una concepción que remacha el clavo de una visión totalizante. Todo es Estado. Hasta un puesto de pipas.  Por lo tanto, el Estado debe ocuparlo todo.


En resumidas cuentas, algo más que una empanada rellena de ignorancia. El filósofo Leo Strauss   (en la foto) solía contar que su abuela le decía con frecuencia: «Te sorprenderás si supieras con qué poca sabiduría está dirigido el mundo». Puigdemont se esfuerza en demostrarlo. A destajo.


miércoles, 19 de abril de 2017

Mariano Rajoy, testigo de ocasión

Un auténtico terremoto: Mariano Rajoy es llamado a declarar como testigo en el caso Gurtel. Testigo o el que da testimonio de algo. Y si da testimonio es que no andaba lejos de donde ocurrió ese «algo». Por cierto, ¿cuántos afirmaron que Mariano sería llamado a declarar? No es mi caso. Pero seguramente habrá astrólogos de baratillo que dirán, tan panchos, que ellos ya lo dijeron en la barra de la taberna de la esquina. Ahora lo que se ventila es si el susodicho testificará a través del plasma o se personará en directo. Ya lo veremos.

Podemos afirmar, no obstante, que (tanto en plasma como en directo)  Mariano se acogerá a la doctrina del nomeconstantismo. A saber, esa técnica del «no me consta» que se ha puesto de moda. Que indica lo que los antiguos definían como «llamarse Andana». La han manoseado ad nauseam tanto patricios como plebeyos, tanto los de sangre azul como la verde, el color de los billetes, billetes verdes. «No me consta», u otro similar y menos manido, será el concepto sobado que usará Mariano. El hombre de Pontevedra sometido a la prueba del algodón.

Si dice lo que sabe hunde a su partido en una fosa abisal. Si no le consta quedará como un calzonazos que nada sabía, un títere manejado por los covachuelistas de la calle Génova.

Sea como fuere España está en coplas en el mundo. Una coincidencia astral ha hecho que coincidan en el espacio—tiempo lo de Mariano y lo de Rodrigo. Mariano o el testigo; Rato, el mega ex, que ha visto cómo ha saltado por los aires su secreto de dimitir del Fondo Monetario Internacional. Por cierto, la señora Lagarde todavía es el momento para que nos ofrezca una explicación. Aunque tal vez a ella tampoco le conste.

Y mientras tanto algo está en desuso: ese constructo de la «Marca España». Quienes la acuñaron y publicitaron han contribuido poderosamente a enterrarla. Un momento: la marca España que debe resaltarse es que un Tribunal de Justicia ha llamado a declarar al presidente del Gobierno como testigo. Con la exigencia de decir verdad.


Postdata.--  ¿No habrá alguien que le meta mano a una novela o relato que recuerde La Corte de los Milagros de aquel trueno de don Ramón María del Valle-Inclán? Al finalizar estas líneas me entero de la detención de Ignacio González y sus macabeos.