miércoles, 14 de octubre de 2009

JUSTE DE NIN, JORDI SOCÍAS Y TITO MÁRQUEZ EN CC.OO.



El otro día anunciaba la salida a la superficie de un cuadro que el gran Tàpies regaló a Comisiones Obreras en 1974. Quise dar la noticia que me venía de la mano de Jorge González Aznar cuyo nombre de paz, en aquellos tiempos, era Jaime Aznar. A éste amigo le debe el sindicato haber puesto en marcha la segunda etapa de Lluita Obrera (la primera, la fundacional, fue dirigida por Cipriano García) y la creación de una revista de noticias (sólo de noticias) que se llamó Luchas Obreras, también de Comisiones. El equipo redactor lo formábamos Jaime-Jorge y un servidor en casa de Manolita Sanz en L´Hospitalet. La impresión la hacía íntegra un carpintero a quien Tito Márquez y yo mismo le pusimos un apodo cariñoso, don Juan; don Juan vivía y trabajaba en Nou Barris y era amigo de Tito.

Estamos hablando de primeros de los setenta del siglo pasado: Lluita Obrera y Luchas Obreras tuvieron un dibujante excepcional que firmaba, primero como el Zurdo y más tarde Esquerrà que viene a ser lo mismo. Debo recordar que Luchas Obreras fue un semanario, tal vez el único semanario sindical que ha existido en los últimos setenta años en España. El Zurdo-Esquerrà puntual, y previamente informado del contenido de la revista, nos traía sus excelentes dibujos que, como los grandes artistas, constituía todo un editorial. Su nombre: Lluís Juste de Nin, el gran diseñador de moda catalán que sigue asombrando por su creatividad. Hace unos pocos de años, Juste (el gran Esquerrà), ya en lo alto de la fama, publicó un tebeo con todas aquellas historias de antaño:
Juste de Nin edita un segundo cómic sobre Catalunya El Periódico ...


Tito Márquez, cada semana, hacía un periplo por Catalunya repartiendo en las diversas estafetas Luchas Obreras y Lluita Obrera cuando se editaba. Tito llegaba a casa a las tantas de la noche, después de conducir horas y horas en su Seat seiscientos, a quien llamaba el seiya. A las cinco y media de la mañana nuestro hombre salía pitando para ir a su puesto de trabajo en una fábrica de vidrio. Una fortaleza que le venía de la fuerza de sus convicciones y de su fortaleza de campesino cordobés.



Cuando raras veces no podía era substituido por otro gran artista, en esta ocasión de la fotografía profesional. Le llamábamos Pepito y no levaba un seiscientos, sino un potente y lujoso tiburón. Pepito era Jordi Socías, fotógrafo de prestigio mundial. Nadie como Pepito haciendo fotos; de hecho, las grandes figuras de la cultura y del arte, de la ciencia y la política han posado para nuestro hombre.


Pregunto: ¿hay quien dé más? Seguro que hay quien dé igual, pero no más.

Radio Parapanda informa que está haciendo gestiones para hermanarse con Radio Rexurdimento: Lóis Uxío Taboada cuyo link está en su lugar descansen.

jueves, 8 de octubre de 2009

ANTONI TÀPIES, COMISIONES OBRERAS Y EL VIETNAM




No digo dónde, ni cómo, porque con estas cuestiones hay que tener mucho cuidado. Diré lo imprescindible: el otro día Jorge González Aznar (cuyo nombre de “guerra” era Jaime Aznar) y un servidor nos deleitamos ante un cuadro de Antoni Tàpies. Nada menos que un tàpies. Este cuadro tiene una historia singular que explicaré detenidamente.


A principio de la década de los setenta mi maestro Cipriano García planteó en una reunión del Secretariado de Comisiones Obreras de Catalunya la siguiente idea: pedirle a Tàpies un cuadro para, una vez reproducido, vender miles de copias en las fábricas y barriadas, con lo que se sacara ayudaríamos al pueblo vietnamita. No podíamos aplaudir porque la reunión era clandestina; así es que dijimos “muy bien, Cipri, eres un fenómeno”. Cipriano, probablemente acompañado de Xavier Folch, visitó al maestro. Dicho y hecho. Tuvimos el cuadro, hicimos las copias y, a cinco duritos cada una, recogimos cincuenta mil pesetas. Aprovechando que (clandestinamente) íbamos a Paris a entrevistarnos con la Delegación exterior de Comisiones Obreras (Ángel Rozas y Carlos Elvira) acudimos a la Embajada del Vietnam en París. Nos recibió el Embajador, le explicamos el motivo de nuestra visita, le entregamos el dinero (trinco-trinco) y nos invitó a un licorcillo con unos pastelillos de guirlache. Qué emoción tuvimos los tres: el Embajador no salía de su asombro y nosotros dos éramos conscientes de algo muy serio.


El cuadro de Tàpies ha aparecido. Ya se explicará de qué manera y dónde. Se hará cuando Jorge lo entregue a la dirección de Comisiones Obreras de Catalunya, su legítimo propietario. He hablado con Joan Carles Gallego que era un crío en aquellos entonces: hay que ver cómo pasan las cosechas, madre mía. Naturalmente, el cuadro deberá ser autentificado, pero yo afirmo por lo más sagrado de mis ancestros que Tàpies nos lo entregó. Una bonita historia. Lo mejor de aquellos tiempos (peores) era nuestra jocundam iuventutem y lo peor de estos de ahora es nuestra molestam senectutem, si es que damos crédito a la vieja copla académica.


De repente se me ocurren las siguientes consideraciones: la solidaridad de la clase trabajadora –en unas condiciones no sólo de falta de libertad sino de represión-- con la justa causa de un país remoto, la generosidad militante de un gran artista con esas luchas y la presencia activa en todo ello de Comisiones Obreras. No fue, desde luego, el único compromiso de los trabajadores, ni fue el único artista. Pero, tras la reaparición de este tàpies, era cosa de hablar de ello. Mis saludos a Xavier Folch, el Enviado de Tàpies en la Tierra.

viernes, 24 de julio de 2009

LOS PLANES DE IGUALDAD EN LA NEGOCIACION COLECTIVA





Miquel Falguera i Baró



Los planes de igualdad, más de dos años después de la Ley Orgánica de Igualdad. Algunas reflexiones críticas sobre nuestro sistema de negociación colectiva



1. Unos datos preocupantes


Leo en el magnífico newsletter de COMFIA de fecha 20 de julio (
http://www.comfia.info/noticias/50620.html) una referencia a la Circular 29/2009 de la Secretaría de Acción Sindical confederal de CCOO relativa al proceso de implantación de los planes de igualdad en las empresas, más de dos años después de la entrada en vigor de la Ley Orgánica de Igualdad Efectiva entre Mujeres y Hombres (LOIEMH) (http://www.ccoo.es/comunes/temp/recursos/1/204248.pdf)


El resultado de ese informe no deja de ser sorprendente: en ese período, según la noticia de COMFIA, sólo se ha llegado a acuerdos concretos en treinta y cinco empresas (4 en el 2007, 18 en 2008 y 13 en lo que va de 2009). El documento no contiene –cosa extraña- valoraciones. Se limita a constatar la existencia de dificultades en esas concretas negociaciones y a poner encima de la mesa que se están negociando un número similar de planes.


Pero permitan que un servidor sí haga una valoración apresurada. Primera constatación: ¿no tiene nada que decir el primer sindicato de España respecto a unos resultados tan parcos? Habrá que recordar que el art. 45.2 LOIEMH establece la obligación de negociar planes de igualdad en todas aquellas empresas que cuenten con una plantilla superior a las 250 almas –sin perjuicio de la posibilidad de consolidar pactos en otros ámbitos inferiores por voluntad de las partes y otros supuestos concretos que no vienen al caso-. Por tanto, aproximadamente, estamos hablando de un total de 4300 empresas (si los datos estadísticos oficiales no mienten) Ergo: más de dos años después del cambio normativo menos de 1 por ciento de esas empresas han llegado a pactos concretos en esa materia. Repito: más de dos años después. Es cierto que la Ley no contempla un plazo máximo para ese desarrollo convencional. Pero, de seguirse a este ritmo, cabrá pensar que esa concreta obligación no se va a cumplir definitivamente hasta la próxima centuria. Parece que esas cifras merecerían alguna reflexión crítica.


Creo sin embargo que los datos son incompletos, como el propio informe reconoce. Si los autores y/o autoras del informe me permiten alguna aportación, debo indicarles que existen convenios o acuerdos específicos sobre planes de igualdad que no parecen ser contemplados en el documento. Así –al margen convenios sectoriales- los de Alstom Tranporte, SA (DOGC 27.08.2008), Kenchic, SL, Panrico SLU (DOGC 16.12.2008), UGT (BOE 20.03.2009), Equipos Nucleares SA (BOE 03.10.2008), etc. Y también puedo poner a su disposición las cuatro decenas de convenios de empresa que en Cataluña establecen los mecanismos de desarrollo, plasmación y obligación de negociar –generalmente, en plazos concretos- de planes de igualdad. Pero es aquí dónde surge la segunda constatación: ¿cómo es posible que CCOO carezca de datos actualizados sobre los planes de igualdad pactados? Vale: la ley no establece la obligación de publicación, como el documento señala a efectos de justificación. Pero estamos hablando de grandes empresas, no del taller mecánico de la esquina. Por tanto, de ámbitos en los que el sindicato es, generalmente, fuerte. ¿Tan difícil resulta tener una base de datos actualizada sobre los planes firmados, que permita el acceso on-line a todos los estudiosos y, especialmente, a los sindicalistas que están negociando (o van a empezar a hacerlo) acuerdos similares?


Quizás soy injusto con la conclusión a que me llevan esas dos constataciones –y si así es, pido anticipadamente disculpas-, pero me parece claro que no habido tensión sindical en esta cuestión. No parece que exista otra justificación posible a un desarrollo convencional de la Ley tan escaso y a la inexistencia de datos actualizados y públicos sobre los acuerdos.


Quizás ha ocurrido lo de siempre. Es decir, una fuerte tensión en las negociaciones previas de la Ley (recuérdese que los sindicatos abogaban por la implementación de planes de igualdad en todas las empresas, no sólo en las grandes –no quiero ni pensar en qué panorama nos hallaríamos si esa exigencia se hubiera recogido al fin por el legislador-) y luego una evidente apatía e inercia omisiva en su concreción a través de los convenios o acuerdos. Repito, el planteamiento de siempre del sindicalismo ante esas cuestiones: “Ahí está esa “cosa” de la igualdad de género que es muy importante, pero primero vamos por el turrón del incremento salarial y la reducción de la jornada o por la renovación del convenio”. Y luego, pactado el dinero o el tiempo de trabajo o la fecha de constitución de la mesa negociadora del convenio, las reivindicaciones en materia de igualdad y no discriminación se desvanecen. “El año que viene…”. Y así, año tras año.


Siempre he pensado –y así lo escrito- que la estrategia de los planes de igualdad era un evidente error. Me explico: no niego la necesidad de esos planes. Lo que sustento es que, previamente, hace falta un cambio de chip en los sindicatos. Me parece más importante plasmar acuerdos con contenidos concretos (aunque sean limitados) en materia de igualdad y no discriminación en los convenios colectivos, que grandes declaraciones, normalmente genéricas, en planes de igualdad. Entre otras cosas porque los convenios –especialmente, los sectoriales- llegan a más personas y a más empresas.
Y el hecho cierto es que el actual panorama de nuestros convenios en esta materia es desolador (o, al menos, así me lo parece).



2. El desolador panorama de la regulación de la igualdad y no discriminación por razón de género en la negociación colectiva de Cataluña



Hace años –un lustro, para ser exacto- que vengo haciendo una auditoria anual de los convenios catalanes en relación a la regulación que contienen sobre igualdad y no discriminación, acoso y violencia de género y efectos contractuales de la filiación y la situación familiar (o conciliación de la vida laboral y familiar)


Permítame el lector que plasme aquí algunos resultados, a fecha de hoy, como prueba manifiesta de lo que acabo de calificar como panorama desolador.
En materia de igualdad y no discriminación la evolución de la negociación colectiva en Cataluña desde febrero de ha evolucionado desde una regulación del 15 % en el año 2005 o un 17.1 en febrero de 2007 a prácticamente un treinta por ciento en julio del presente año.


Ahora bien, no cabe omitir que más de dos terceras partes de esos convenios contienen cláusulas genéricas y sin contenido real de desarrollo. Por tanto, sólo una tercera parte de dichas normas colectivas tienen concreciones, matizaciones o especificaciones de aquello que la Ley ya recoge.
Así –y entre los múltiples ejemplos posibles- son inexistentes o muy escasas cláusulas convencionales que doten de contenido, aunque sea no normativo, al mandato constitucional de igualdad y no discriminación, por ejemplo estableciendo la obligación de realizar auditorias de la plantilla en relación al género, la eliminación de prácticas sexistas en el lenguaje o las relaciones personales o cibernéticas entre las personas que prestan servicios en las empresas, la articulación de planes concretos de empleo igualitarios, la realización de informes de impacto de género ante nuevas contrataciones, la regulación de garantías de de contratación y mantenimiento contractual de trabajadoras embarazadas, el establecimiento de criterios neutros de encuadramiento profesional claramente regulados en el convenio, la eliminación radical de categorías feminizadas, la concreción de tutelas para la promoción paritaria con garantías ante el ejercicio por la persona afectada de sus derechos de conciliación de la vida laboral y familiar, la implementación de medidas de control de la paridad salarial por géneros, las declaraciones efectivas de igualdad por todos los conceptos retributivos –con realización en su caso de los estudios pertinentes-, la formación específica destinada a la promoción del género con menos representación en una determinada actividad o profesión, la regulación de la variante “género” en la de las personas asalariadas, el incremento de la acción positiva con contenidos concretos y el establecimiento de mecanismos de control al respecto, la tipificación de conductas sancionables en relación a prácticas discriminadoras, etc. Sin duda que este cuadro de propuestas puede ser ampliado “ad libitum” y hasta el infinito. No obstante, esta posibilidad de concreción específica por los convenios está prácticamente inexplorada –más allá de muy puntuales experiencias-, decantándose la mayor parte de normas convencionales por el establecimiento de cláusulas simplemente declarativas, de escaso o nulo contenido. En otras palabras: reiterar –muchas veces, mal- lo que ya está en la Ley o en la Constitución.


En este marco resulta especialmente trascendente la total y absoluta falta de experiencias convencionales de transversabilidad en materia de igualdad y no discriminación y conciliación de la vida laboral y familiar. Más allá de genéricas declaraciones son inexistentes convenios que en Cataluña sigan esa lógica transversal. Ninguna norma colectiva analiza, por ejemplo, la singularidad de género de la contratación a tiempo parcial, o el impacto de la realización de horas extraordinarias y en general todos los aspectos relacionados con el tiempo de trabajo en las personas con responsabilidades familiares, o la incidencia de las horas de formación profesional fuera del horario laboral, o las singularidades en materia de contratación temporal en relación con las mujeres –aún siendo el sexo más afectado por esa medida- o el establecimiento de códigos de autorregulación que permitan la participación proporcional por cuota de las trabajadoras en listas electorales, organismos de participación de la empresa o bancos sociales de los convenios, etc. También aquí los ejemplos serían prácticamente infinitos si la negociación colectiva se hubiera empapado realmente de los valores de igualdad y no discriminación y, por tanto, la concreción de sus contenidos se hubiera adoptado desde esa perspectiva.


Sin duda que el mejor convenio colectivo sería aquél que no contuviera ningún apartado específico relativo a la igualdad, porque éste hubiera sido un parámetro que se habría tenido en consideración en la regulación de todos los contenidos contractuales (salario, tiempo de trabajo, contenido de la prestación laboral, encuadramiento, contratación, régimen disciplinario, mejoras voluntarias de la Seguridad Social, prevención, etc.) Por el contrario, ésa es una lógica ausente en nuestro panorama negocial. La lógica de los convenios es otra: la adición como un añadido –un pegote-, muchas veces en la parte final del texto convencional, de una declaración genérica de igualdad y no discriminación por razón de género.


Quizás la prueba más clara de esa ausencia de una tensión sindical en esta materia la hallaremos en el hecho de que sólo 60 de los convenios catalanes regula en forma más o menos concreta algún tipo de participación de los representantes de los trabajadores en dicha cuestión. Quiero aclarar que la muestra de convenios analizada es de 1208. Por tanto, sólo un cinco por ciento de los convenios establece sistemas de participación en temas de igualdad. A lo que cabe añadir que sólo he sido capaz de hallar un único convenio que contenga referencia al relativamente nuevo mecanismo específico de autocomposición que en materia de igualdad se ha creado en el Tribunal Laboral de Catalunya.


Por el contrario, hallaremos textos convencionales que contienen cláusulas de discriminación directa o indirecta. Así, por poner algún ejemplo, son muy numerosos los redactados que contemplan categorías específicas femeninas (normalmente, de baja calificación) O, por seguir con la ejemplarificación, nueve convenios establecen “dotes” por matrimonio o filiación (de tal manera que se regulan indemnizaciones en caso de que la persona asalariada extinga o suspenda su contrato de trabajo por dicha causa) Aunque esos redactados son en teoría aplicables a cualquier trabajador con independencia del sexo –y a veces, con extensión a la constitución de parejas de hecho-, es evidente que nos hallamos ante una discriminación indirecta.


Cambiando de tercio: cabe constatar que en los últimos años se ha producido un gran incremento de la regulación de los supuestos de acoso y violencia por razón de género.


Así, en relación a los supuestos de acoso sexual o por razón de sexo, debe reseñarse que un treinta y cinco por ciento de los convenios catalanes regulan esa cuestión. Sin embargo, la mayor parte de esos convenios (el 55 por ciento, concretamente) regulan esta cuestión únicamente desde la perspectiva disciplinaria, omitiendo cualquier régimen específico de tutela de las afectadas. A lo que cabe añadir que sólo setenta convenios (un 5,8 % de la muestra) establecen mecanismos internos de aclaración de los hechos ocurridos y sólo 43 convenios (un 3,6 %) regulan esta cuestión desde la perspectiva de la prevención de riesgos psicosociales y, por tanto, como materia inserta en la salud laboral.


Por su parte, cabe destacar que en los últimos tres años también se han incrementado notablemente las cláusulas convencionales que establecen tutelas contractuales para las trabajadoras víctimas de violencia de género, que ha pasado de una observancia de un uno por ciento en febrero de 2006 a un doce por ciento en julio de 2009.


Sin embargo, también aquí es regla general que la inmensa mayoría de los textos se limitan a recoger –generalmente, en forma parcial- las medidas que en relación a la prestación laboral contempla la Ley Orgánica 1/2004. Y por lo que hace a la conciliación de la vida laboral y familiar, se repite también la tónica general del simple “corta y pega” en relación a la Ley (advertencia, aquí iba un gráfico, que no puede reproducirse por incompatibilidad con el blog)


Si se tiene en cuenta que las medidas legales relativas a la situación de filiación y familia afectan en general al tiempo de trabajo, y que éste aspecto es siempre arduo en su determinación específica y concreción individual en el Derecho del Trabajo, puede comprenderse que la misión encomendada por el legislador al convenio para que desarrolle las previsiones heterónomas en estas materias está muy lejos de cumplirse, al menos en Cataluña. A lo que cabe añadir que en muchas ocasiones, la concreción del ejercicio de esos derechos por la persona asalariada es conflictiva, al chocar con los intereses organizativos de la producción del empleador, sin que la ley ofrezca mecanismos compositivos suficientes. Es este un aspecto sobre el que tampoco la negociación colectiva catalana aporta gran cosa. Por poner alguno de los múltiples ejemplos posibles como prueba de lo expuesto: el ejercicio del derecho a la compactación en jornadas completas del permiso legal de lactancia de una hora diaria requiere, conforme al art. 37.4 del Estatuto de los Trabajadores, una regulación específica en el convenio colectivo o bien, el acuerdo entre la persona asalariada y la empleadora. Es ése un mandato que han seguido, con mayor o menor fortuna desde el punto de vista de la técnica jurídica, 248 convenios de Cataluña. Sin embargo, 95 de ellos se limitan a reproducir íntegramente el texto legal citado sin más. Por tanto, el convenio colectivo afirma, en un Perogrullo evidente, que un convenio –él mismo- podrá regular dicha compactación, sin que efectivamente lo haga. Y ese vacío regulador por simple mimetismo con la Ley determina que la posibilidad y concreción de dicha compactación quede en manos de la autonomía individual de las partes (ergo, del propio empresario).


Por otra parte, tampoco son apreciables textos convencionales que aporten mejoras significativas respecto a los derechos legales. También aquí vale la pena poner algunos ejemplos, para corroborar dicha afirmación. Así, y entre otros muchos supuestos posibles:
· Como se ha denunciado por muchos autores, el derecho de la asalariada embarazada a ausentarse del trabajo para participar en cursos de técnicas de preparación al parto o la realización de diagnósticos prenatales (regulado en los artículos 37.3 f) del Estatuto y 26.5 de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales, con textos distintos) no ha sido extendido legalmente a la persona que vive con ella y que es el otro progenitor. Pues bien, sólo cinco convenios catalanes contemplan dicha posibilidad.
· Ítem más: la práctica convencional de regular días de libre disposición –como conocido mecanismos de reducción de la jornada- está muy extendida en los convenios de Cataluña. Sin embargo, sólo cinco convenios de ese ámbito (tres, pertenecientes a Administraciones públicas) contempla la posibilidad de ausencias retribuidas por motivos familiares. A idéntica conclusión puede llegarse respecto a la posibilidad de realizar licencias no retribuidas por causas expresamente vinculadas con la familia: sólo treinta convenios del sector privado incluyen ese supuesto.
· Probablemente la gran “prueba del nueve” sobre la sensibilidad de la negociación colectiva respecto a los aspectos personales de las personas asalariadas pasa por el establecimiento de mecanismos de permiso o licencia o flexibilidad horaria por aspectos relacionados con las necesidades personales de las familias, que son, en principio ineludibles y periódicas. Así, la posibilidad de acompañar a un hijo o a un familiar mayor dependiente al médico en caso de enfermedad o tratamiento. Pues bien, es esa una posibilidad que se recoge en casi una cuarta parte de los convenios catalanes, mientras que cinco años atrás sólo se establecía en uno de cada diez. Sin embargo, ese porcentaje que podría ser calificado “a priori” como positivo, aunque insuficiente, choca con el hecho de que sólo 31 normas colectivas (un 2,6 % del total) contemplan la posibilidad de concurrir a las reuniones pedagógicas anuales con los tutores de las hijas y los hijos de las personas trabajadoras.
· Y finalmente, por lo que hace a esta ejemplarificación, cabe observar que la posibilidad de flexibilidad horaria por causas familiares –y, en su caso, la elección de turno-, que contempla el art. 34.8 del Estatuto de los Trabajadores después de la modificación experimentada por la LOIEMH sólo se ha desarrollado en 41 de los 485 convenios publicados después de esa novación legal. Sin embargo, sólo 16 contienen efectivos contenidos, siendo el resto meras traslaciones del mentado redactado legal.


Los supuestos a contemplar para corroborar el déficit de transposición convencional denunciado serían interminables. Dejo ahí esos botones de muestra que creo –sin subjetivismos- que son bastantes elocuentes. Por eso afirmaba unas líneas más arriba que el panorama de la negociación colectiva en Cataluña en materia de igualdad es desolador. Y creo no pecar de patriotismo de vía estrecha si constato que estoy hablando de uno de los territorios con una realidad negocial más rica en toda España.



Probablemente ese sensible déficit en la negociación colectiva obedece a algo que todos sabemos, pero no nos atrevemos a escribir negro sobre blanco: la negociación sigue anclada en un modelo pasado, de matriz fordista, más proclive a la tutela de los “trabajadores-tipo” y poco permeable en la práctica (no en el discurso de los congresos sindicales o en sus escritos teóricos) a adaptarse a la nueva composición del colectivo asalariado (no voy a hablar aquí de la adaptación al nuevo modelo productivo, que esa es otra).




Las reivindicaciones de igualdad de género y de ejercicio de las obligaciones derivadas del hecho familiar estarán siempre a la cola de la plataforma, y son fácilmente intercambiables por dinero. Aunque, probablemente, cada vez haya más componentes del colectivo asalariado que, por ejemplo, prefieran una flexibilidad del tiempo de trabajo que un incremento porcentual mínimo del salario o una reducción imperceptible de la jornada anual. Pero eso no se cambia con ninguna ley –ni con cinco mil planes de igualdad-, sino con una auténtica revolución generacional y de género en los sindicatos, los organismos de representación y las mesas de negociación. Quizás era excesivo pedirle al legislador que estableciera sistemas de cuotas en los órganos colectivos expresados que, además, sería susceptible de resultar una posible intromisión heterónoma en la autonomía colectiva (aunque quiero recordar que, con medidas disuasorias, la LOIEMH sí los contempla para los organismos de dirección de las sociedades mercantiles)… Pero ¿tan difícil es un gran pacto confederal –o un código de autoconducta en cada organización- que tendiera –al menos, tendiera- hacia una proporcionalidad en cargos internos del sindicato dentro y fuera de la empresa, los comités de empresa y delegados de personal y la composición del banco social?


Si no, ocurre lo que creo que hace ya muchos, demasiados años, está ocurriendo: la negociación colectiva se está convirtiendo en un arma en manos de los trabajadores-tipo –de lógica, formación y cultura fordista-, que tienden a extender sus reivindicaciones a todo el colectivo asalariado. Y ocurre que esos trabajadores-tipo son cada vez menos dentro de ese colectivo. De esta manera, la negociación colectiva –que surgió como instrumento de igualdad- puede convertirse en un instrumento de desigualdad. Y ya no son sólo las trabajadoras: dobles escalas, jubilaciones forzosas, contratos temporales que se prolongan convencionalmente hasta el máximo legal sin causa efectiva, inexistencia de tutelas reales para los trabajadores que prestan servicios para las empresas subcontratadas, omisión de la regulación de la situación de los trabajadores extranjeros y sus particularidades, ninguneo en la práctica de los asalariados discapacitados…. Demasiadas luces de alarma, a mi entender, co
mo para que no empiecen a dar golpes encima de la mesa.


miércoles, 24 de junio de 2009

AQUELLA DETENCIÓN DE MARCELINO CAMACHO: LOS DIEZ DE CARABANCHEL



Ayer hizo la friolera de 37 años (treinta y siete) que se produjo la detención de diez dirigentes sindicales de Comisiones Obreras en Madrid, concretamente en el Convento de los Oblatos de Pozuelo de Alarcón, Madrid. De hecho el grupo constituía la dirección de aquel movimiento de trabajadores y, entre sus figuras, estaban compañeros como Marcelino Camacho, Nicolás Sartorius, Juan Muñiz Zapico (el inolvidable Juanín), Eduardo Saborido, Fernando Soto, entre los de más nombradía. Por los pelos nos escapamos la delegación catalana: Cipriano García, Armando Varo y un servidor. Como detalle anecdótico diré que yo iba con la pierna izquierda escayolada porque días atrás tuve un accidente de trabajo en una obra de Sant Pol de Mar: cuando hay cambio de tiempo todavía me pica el dedo gordo del pie.


Mi maestro Cipriano García y un servidor tomamos el ten en la Estación de Francia, en Barcelona. Armando Varo, que iba acompañado de su compañera, utilizó otro medio de transporte que ahora no recuerdo. Durante el trayecto Cipriano y yo estuvimos repasando los argumentos que íbamos a debatir en aquel encuentro. De hecho, el tema a debatir era “la unidad sindical”, sobre la base de un documento que había preparado Nicolás Sartorius. Como nota curiosa diré que había aparecido una versión pública, conveniente matizada, en la revista Cuadernos para el diálogo, firmado por NSA, esto es: Nicolás Sartorius Álvarez.


Nosotros habíamos estudiado el papel y teníamos algunos desencuentros sobre lo que allí se planteaba. Nos parecía que, siendo una brillante aportación a la cuestión unitaria, no ponía el énfasis suficiente (ni siquiera necesario) en el papel de los “enlaces sindicales”, es decir, los representantes de los trabajadores en la empresa. El documento abordaba la negociación “por arriba”, a saber: con las cúpulas de UGT y USO y, sólo de manera abstracta, hablaba del papel de los trabajadores y sus representates. Íbamos, pues, a Madrid a intentar convencer a nuestros compañeros de que la declaración necesitaba una buena mano de pintura. Cipriano dejó en mis manos (siempre intentaba que los jóvenes asumiéramos un papel relevante) la argumentación, al tiempo que insistía en que fuera lo menos petulante posible. Agotada la conversación se puso a nombrarme (recordando sus años mozos de cabrero en tierras manchegas) las estrellas del firmamento. Y, como quien no quiere la cosa, llegamos a la estación de Atocha.


Tomamos el autobús con dirección a Pozuelo (Armando Varo tenía que reunirse con nosotros en la plaza del pueblo) y, allí, alguien vendría a recogernos para ir al convento. Todo perfecto, de momento. Llegamos a la plaza del pueblo: cuatro o cinco furgonetas con policías hacían guardia. Lagarto, lagarto.


Un albañil, al lado de una hormigonera, comentaba con otros del oficio –aunque observándonos a nosotros— que la presencia policial se debía a una redada de traficantes de droga de toda España. Sorprendentemente explicó: “A la policía les falta detener a los de Barcelona”. Lagarto, lagarto. Cipri nos llevó a desayunar, haciendo tiempo para que viniese el autobús que nos llevara a Madrid y dejar de lado la reunión. A punto estuve de meter la pata en la taberna de la plaza del pueblo; un poco más y pido un bocadillo: el pan con tomate. No lo hice porque un sexto sentido me lo impidió.


Volvimos a Madrid: el convento de los Oblatos estaba tomado por la policía. Total que, ya en la capital, Cipri llamó a un camarada del Partido, llamado Sastrón. Desde su casa llamó por teléfono a Josefina, la esposa de Marcelino, que ya estaba al tanto. Salimos pitando. Sastrón nos metió en una furgoneta y nos dejó en Guadalajara. Y desde allí salimos para Barcelona, dando vueltas y revueltas.


Cipriano llegó a tiempo para corregir lo que hubiera podido ser un contratiempo para nosotros tres. Las máquinas de imprimir del PSUC se disponían a dar cuenta de todas las detenciones, e ignorando que nosotros no habíamos “caído” daban también nuestros nombres. Menos mal que se corrigió.


Días más tarde, hablando con los compañeros de Mataró, yo intentaba minimizar la gravedad de lo sucedido. Como no estaba Cipriano para recordarme la sobriedad en la exposición, dije altaneramente a la selecta concurrencia: “Sólo ha sido un rasguño”. Pero aquello no coló: la detención había sido importantísima. O, en otras palabras, tener excesivo desparpajo no siempre es conveniente.



Radio Parapanda. A la memoria del maestro Cipriano García. Cantan:
LEO NUCCI y LUCIANA SERRA, "SÍ VENDETTA”.





domingo, 26 de abril de 2009

ANATOMÍA DE UN INSTANTE DE COMISIONES OBRERAS DE CATALUNYA. A propósito de Javier Cercas

Mi librero de cabecera, Domènec Benet, me recomendó el libro de Javier Cercas. Nada más oír su razonado consejo planté mis reales en La Llopa, la afamada librería de Calella. Me hice con el libro y recogí mi encargo anterior: EL DESPIDO O LA VIOLENCIA DEL PODER PRIVADO; sus autores, ya lo hemos publicitado en otras ocasiones, son Antonio Baylos y Joaquín Pérez Rey. Me felicito por la elección y agradezco a Doménec –no es ninguna novedad— su sabio consejo. Dentro de unas semanas volveremos a hablar del libro de Baylos y Pérez Rey pues me tengo señalado leerlo despaciosamente y con el lapicillo de los apuntes en ristre para no perder las convenientes señales. Ahora es cosa de hacer algunos breves comentarios del libro de Cercas que, al igual que su afamado “Soldados de Salamina”, le pone a uno la carne de gallina. Advierto al curioso lector que sólo comentaré dos aspectos de este relato: un relato que recomiendo a todo el mundo muy vivamente. Se trata de lo siguiente: uno, mi personal bochorno por cómo veía yo en aquellas calendas (lo que el autor denomina “la placenta” del golpe militar); otro, la insuficiencia de la respuesta cívica y social contra el tejerazo.



Primero. Leyendo el libro me han venido a la cara los sofocos de mi incompetencia en aquel periodo ante la cuestión golpista. Yo pensaba en aquellos entonces que era una exageración el planteamiento que, de manera insistente, le oía a Marcelino Camacho que nos prevenía del ruido de sables. No pensaba que fuera una excusa sino simplemente un desenfoque. Es más, mi sonrojo se pone de bermellón encendido cuando recuerdo que, en cierta ocasión, me abstuve en la votación de un informe del propio Marcelino, lo que en el fondo equivalía a un voto en contra. No fui el único que pensaba de esa manera, pero –en esta ocasión— no conduce a nada señalar los cofrades que me acompañaban en mi disparatado razonamiento. Lo que importa es dejar constancia de que estuve poco al tanto de lo que estaba pasando realmente en el país. Cuando me enteré del golpe me recriminé para mis adentros.


Segundo. Me enteré del golpe en plena reunión del Comité ejecutivo del PSUC. El partido se encontraba en una dramática situación tras el desenlace de su Quinto Congreso. Llamé a la sede de Comisiones Obreras de Catalunya (estaba en la Avenida Meridiana de Barcelona, justo al lado del Edificio de Hipercord): “Dentro de una hora estoy ahí, convocad a la Comisión ejecutiva del sindicato. Joan Ramos y yo nos vamos a ver a Jordi Pujol”.


Cruzamos la Plaza de Sant Jaume, no vimos vigilancia especial en las puertas del Palau de la Generalitat, Joan Ramos y yo entramos en el edificio como Pedro por su casa. Nos dirigimos al despacho del Conseller de Treball, el amigo Joan Rigol, a quien encontramos hablando por teléfono y tranquilizando a su esposa. Ramos y un servidor le dijimos a Rigol que nos parecía muy mal que el Palacio estuviese indefenso. Le propusimos traer un nutrido grupo de sindicalistas para lo que hubiera de menester. No pudimos hablar con Pujol porque, como es natural, estaba haciendo gestiones ante el Capitán General y otras autoridades. El Conseller nos agradeció el detalle y le pongo por testigo de nuestra presencia e intenciones. A continuación nos marchamos raudo y volando a la casa de Comisiones.


La sala de la Comisión ejecutiva estaba atestada de sindicalistas. Los compañeros habían convocado, con mejor criterio que el mío, a los miembros de la Ejecutiva y a más personal que pudieron localizar en tan poco tiempo. La reunión tomó los siguientes acuerdos: 1) salvar la documentación, especialmente la referida a los afiliados, 2) ponernos al habla con las organizaciones territoriales del sindicato, 3) llamar a todas las organizaciones políticas y sindicales catalanas para hacer un llamamiento unitario en defensa de las libertades, la Constitución y el Estatut d’ Autonomía, y 4) convocar un movimiento de huelga en los centros de trabajo. El compañero Jaime Aznar se encargó de elaborar, en forma de ágil octavilla, nuestra convocatoria. Y la máquina se puso en marcha.


José Tablada organizó eficazmente el traslado de la documentación interna. Pedro Iglesias, Roser Martínez Saborit y el propio Tablada llevaron los papeles a una pollería cercana al Mercado del Clot, cuyo dueño era nuestro amigo Manel Fajula. Mientras tanto, los termos de café se multiplicaban en las plantas 14 y 15 del edificio de la Avenida de la Meridiana.


Se dispuso que Benito Fernández, miembro del Secretarido de Comisiones Obreras (provinente de la corriente autogestionaria de USO) hablara con las emisoras de radio para retrasmitir la declaración elaborada por Labrador, cosa que hizo en repetidas ocasiones. Mientras tanto, la multicopista que teníamos en la Unión sindical de Barcelona (en la calle Padilla) iba imprimiendo octavillas a todo meter. A las seis de la mañana numerosos grupos de sindicalistas de Comisiones estaban en los polígonos industriales y en las bocas de los metros entregando los papeles al personal. En las fábricas más importantes de la ciudad y en el cinturón industrial la gente reaccionó valientemente al llamamiento.


Pero antes, a eso de las 11 de la noche me llamó el gobernador civil de Barcelona: había que suspender el llamamiento a la huelga, me dijo. Me negué en redondo. Más tarde me convocó Jordi Pujol, y allí nos fuimos Benito Fernández, Bibiana Bigorra y un servidor. En su despacho se encontraba el President del Parlament de Catalunya, Heribert Barrera. Pujol me leyó la cartilla: había que desconvocar la huelga, había hablado con el Rey… Me negué y tras un sonoro rifirrafe (que ya ha sido explicado en otros momentos) nos fuimos con viento fresco. Había que hacer mucho aquella noche. De todo ello hay documentación escrita en libros diversos y reportajes periodísticos. Que me imagino le son conocidos a este gran periodista y escritor que es Javier Cercas.


Sin embargo, Cercas escribe [página 209 del libro “Anatomía de un instante”] que “”… salvo la Unión Sindical de Policías y el PSUC, el partido comunista catalán, apenas hubo una sola organización política o social que emitiera una nota de protesta, y cuando algún sindicato discutió la posibilidad de movilizar a sus afiliados, fue de inmediato disuadido de hacerlo con el argumento de que cualquier manifestación podría provocar nuevos movimientos militares”.


De lo dicho se desprende que a Javier Cercas, que ha hecho un buen trabajo en su libro, le ha faltado tiempo para tener una información más amplia. Lo que son las cosas: si esta parte del libro de Cercas la hubiera leído cuando tenía treinta años me habría dado un ataque de cólera. Ahora, con algunos más, sólo me entra un poquito de condescendiente perplejidad. La vejez le hace a uno ser un poquito más templado.




lunes, 9 de marzo de 2009

DÍA INTERNACIONAL ¿DE QUÉ?



No tengo nada en contra que el día 8 de Marzo sea también el día Internacional de la Mujer. El problema es otro. Que porque nadie ha levantado la voz, está desapareciendo, como quien no quiere la cosa, la principal y originaria característica: 8 de Marzo, Dia Internacional de la Mujer Trabajadora Lo es por su origen que es conocido suficientemente, y lo es por la acción colectiva de las mujeres trabajadoras en todo el mundo, incluso cuando –con no poca frecuencia— se han confrontado a los descuidos (con frecuencia conscientes) del sindicalismo confederal que no estaba precisamente muy por la labor en los hechos concretos. En ello está José María Izquierdo: 8 de marzo día de la Mujer (trabajadora).


Así pues, nada que objetar a que tan señalada fecha sea requerida y usada de la que ahora es más frecuente: Día Internacional de la Mujer (a secas). Pero, de igual manera, llamo la atención de que primordialmente el sindicalismo confederal y la izquierda no pueden dejar que esa característica (“de la mujer trabajadora”) tenga la centralidad de la efemérides. Porque es en el trabajo (y en la búsqueda de empleo) donde se da la mayor desigualdad. Es más, esa característica es la que connota con mayor fidelidad la memoria histórica.


Más todavía, me parece muy importante que las mujeres de cualquier condición hagan suyo ese día. Pero lo que me choca es que determinados medios de comunicación sindical se distraigan un tanto sobre el particular. Por supuesto, lo importante son los hechos concretos a la hora de poner en marcha políticas de igualdad. En eso están los sindicatos, pero poner énfasis en la centralidad del carácter de la fecha es: fidelidad a la historia de la lucha de las mujeres trabajadoras y, simultáneamente, estar por la labor.




Discos dedicados. Don Paco Ayala, joven granadino que ha traspasado ya su primer centenario –el día 16 de marzo cumple 103 años-- es una persona que nos es muy querida. En esta ocasión no estamos hablando de un disco solicitado sino dedicado por Radio Parapanda. Se trata de una preciosa obra del compositor napolitano Saverio Mercadante. A este gran músico, estúpidamente considerado menor, se deben piezas tan importantes como la que vamos a emitir a continuación. ¿Quién sabe por qué vericuetos ciertos personajillos consideran “músicos menores” a quienes son genios de la cabeza a los pies? Oiga usted la música del maestro Mercadante y dé su parecer. Y atrévase a decir que hay vida más allá de los grandes contemporáneos de nuestro hombre, o sea, hay buena música más allá de Rossini, Donizetti y Bellini. Dejemos, pues, a la Orquesta sinfónica de Parapanda dirigida por el maestro Sánchez del Campo, interpretar a
Mercadante en Flute Concerto in E minor Op.57


En próximos días seguirán las celebraciones de homenaje a don Francisco Ayala. Y recuerde: radioparapanda@gmail.com es su emisora.

miércoles, 28 de enero de 2009

LA "RENUNCIA" Y LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA



Otra vez, desgarbadas las filas y marcialmente desordenadas, se oyen las voces de algunos: “La transición española fue un acto de renuncia”. Tuve ocasión de entrar al trapo de esta recurrente discusión a raíz de la publicación de un artículo sobre el tema del historiador Ferran Gallego en “El País” el domingo pasado. Mis contertulios de tabernilla pertenecen a diversas generaciones, incluida la que vivió directamente aquella etapa tan requetediscutida. Matiz más, matiz menos estos fueron mis razonamientos. Pero, antes de entrar en harina, lo sorprendente de nuestra conversación es que nadie aludió al pretexto que nos llevó a la discusión, esto es, el artículo de Gallego. Me arremango los brazos de la camisa y entro en el asunto.


Observo que una novedad en la discusión de la transición es que se ha convertido en una coartada de las dificultades que tienen algunas expresiones políticas y determinados grupos (de la más variada condición) para situarse o resituarse en el actual quehacer público de nuestro país. Por lo general el mensaje que parecen trasmitir es: “nosotros no teníamos altas responsabilidades a la hora de decidir” (unos), “nosotros no estábamos ahí” (otros). El punto de contacto entre ambos sería: la transición fue una renuncia de los mandamases de la política de aquellas añadas, aunque los hay también que utilizan un lenguaje con más desparpaja contundencia, esto es, aquello fue una traición. Si intentas tirar de la manta, el hilo conductor de mis contertulios está buscando, no exactamente la aproximación a un proceso histórico sino la búsqueda de una serie de justificaciones que puedan explicar una serie de fracasos propios, un conjunto de limitaciones (también propias) para representar, como ellos desearían idealmente, a una mayor parte de la ciudadanía. Así pues, que ciertos sectores de la izquierda se encuentren en una determinada precariedad o que sectores independentistas no se vean, en su autorizada opinión, en puertas de conseguir sus reivindicaciones, queda explicado por la renuncia o la traición. En lo atinente a estos últimos vale la pena traer a colación hasta qué punto se distorsiona –tal vez a sabiendas y queriendas— la historia, la historia más reciente. Por ejemplo,…


… en un reciente acto independentista celebrado en el Palau de la Música, las imágenes de las potentes manifestaciones de masas de la famosa primavera Barcelona de 1976 (“amnistia, llibertat i Estatut d’ Autonomia”) se metamorfosearon en la “independència de Catalunya”. La señal de aquella sorprendente transformación simbólica era: véis, véis, con aquel gentío, que gritaba independencia nos quedamos en tres chucherías gracias a la renuncia y la traición de los capitostes que estaban en primera línea. Francamente, es posible que este personal sea sincero, pero la sinceridad no equivale a disponer de los mínimos conocimientos de aquella época, ni de ninguna otra. En caso de insinceridad –si la hubiere, lógicamente— no es posible conversar. ¿Qué no tenemos república? La responsabilidad estaría, nuevamente, en aquella hermandad de renunciantes o, peor aún, en aquella acomodada tribu que no quiso estar por la labor. Así las cosas, lo mejor es acudir al concepto teologal de la “renuncia” como explicación del fenómeno. O bien, encontrar la explicación en el concepto civil (o militar, si es el caso) de la “traición”. Pues no, …


… no divago de ninguna de las maneras: tanto la renuncia como la traición disparan, con estrafalaria energía, contra el instituto del pacto, del hecho de la negociación. De ahí que el pacto sea visto por mis contertulios de taberna como un comistrajo de renuncias y no como la compatibilización de unos vínculos mínimos no contradictorios entre sí. Y con mayor precisión: el hecho de no (querer) entender que esos vínculos mínimos son el hecho constitutivo del pacto. Un pacto que, por lo demás, suele ser con inusitada frecuencia el resultado de lo que en política se llama las relaciones de poder o las correlaciones de fuerza, como se decía en mis años mozos. Unas relaciones que se van creando, con sus meandros más o menos representativos, a lo largo de tiempos. Comoquiera que…


… la memoria es flaca les recordé a mis cofrades de taberna algunas piezas del anecdotario de mis años mozos en la importantísima ciudad de Mataró. Durante años, las únicas manifestaciones -–durante el franquismo, ¿eh?— en exigencia de las libertades democráticas y nacionales del pueblo de Catalunya fueron convocadas por Comisiones Obreras y el Partit Socialista Unificat de Catalunya (comunista). Salvo rarísimas excepciones los manifestantes eran trabajadores de la industria y la construcción. Los grupos que afirmaban rotundamente estar a la izquierda de los convocantes nos acusaban caritativamente de “hacerle el juego a la burguesía”. Una burguesía que tenía tanto interés catalanista como el que yo tengo por la cría del ganado caballar en Dakota del Norte. Un sólo sector de la izquierda social (Comisiones Obreras) y un sólo grupo político –ambos, para entendernos, cuatro y el cabo—podían crear una correlación de fuerzas muy limitada, porque a su izquierda putativa aquello no le interesaba (es más, era una renuncia) y al resto de las fuerzas políticas aquello, en los hechos de la vida política real, esto es, el compromiso militante, ni le iba ni le venia. Debo aclarar que no critico a nadie, simplemente relato la fisicidad de los comportamientos de unos y otros.


En resumidas cuentas, la complejidad de todo un proceso histórico queda reducido en el acné de mis contertulios de cafetín carajillero a mera renuncia: no franciscana, no estoica sino traidora. Y como esos llamados científicos sociales que ponen primero la conclusión y sólo buscan los datos que conducen al ideologicismo apriorístico, situar en primer lugar la renuncia y, a continuación, se ehebra un manojo de ajos con el rumbo puesto en la traición. La observación de que la consciencia real era una y la posible otra para crear unas relaciones de poder; la existencia de unos poderes fácticos todavía muy potentes; el hecho de una feroz crisis económica con unas cotas de inflación del 25 por ciento… no sólo no es tenido en cuenta por mis contertulios sino que ponen las cejas como acentos circunflejos como diciendo que todo ello es irrelevante.


¿Estoy diciendo que la transición fue una maravilla? No padre. Fue el resultado de unos datos, tangibles e intangibles, que de manera imperfecta se hizo en función de unas condiciones que, en parte, se han dicho más arriba. Es de reclamar que se haga historia seria sobre el tema. Sea como fuere, hacer esa historia significaría poner en su correspondiente lugar las discontinuidades que se provocaron. No importa lo suelto de lengua de cada cual, pero tiene un límite: las excusas sobre cómo están algunos en la actualidad no valen; las miserias de hogaño de algunos no es responsable antaño.


Parapanda, 28 de Enero de 2008

sábado, 22 de noviembre de 2008

EL SINDICALISTA JOAN PEIRÓ Y LA MEMORIA DE ALGUNOS OBISPOS



La sección “Cataluña” de El País publica hoy un artículo que vale la pena que sea leído en los cuatro puntos cardinales del planeta. Su autor es el historiador Hilari Raguer y se titula “El segundo asesinato de Joan Peiró”. Comoquiera que la memoria es un tanto flaca, me permitiré recodar (a unos) e informar (a otros) quién era Peiró, porque incluso los sindicalistas de otras latitudes han podido olvidar o desconocer la vida de este ilustre antecesor. Tiro de mano de doña Wikipedia y ahí está la entrada de Joan Peiró. Comoquiera que el mencionado artículo sólo ha salido en la sección catalana, no tengo más remedio que abusar de las informaciones que nos depara Hilari Raguer. Bien, vamos al grano.



Recientemente se reeditado la tesis doctoral del arzobispo emérito de Badajoz-Mérida, Antonio Montero Moreno, inicialmente publicada en 1961 con el título “Historia de la persecución religiosa en España 1936 – 1939”. El editor de la tesis doctoral escribía en la introducción a la obra que, en próximas reediciones, publicaría las correcciones o aportaciones que viniera de los lectores. Pues bien, leída dicha tesis, Hilari Raguer envió cumplida información y documentadas correcciones diversas y, particularmente, en lo atinente a Joan Peiró, dirigente de la CNT. Pues bien, el director de la Biblioteca de Autores Cristianos, Joaquín L. Ortega, en la reedición (2004) de la obra del mentado Montero Moreno se limita a, según sus notas, a “una escueta y esencial reimpresión”. Que yo interpreto como un hospitalario destino a la cesta de la papelera las aportaciones de Ragué.



La tesis doctoral del alto funcionario eclesiástico, en lo que respecta a Peiró, es una falsificación, a queriendas y sabiendas, de la historia. Lo presenta como un comecuras, como un organizador de asesinatos de sacerdotes. Si el doctorando Montero Moreno hubiera hablado con sus colegas de la ciudad de Mataró hubiera tenido cumplida información. Si el amanuense Montero hubiera hablado con los empresarios mataroneses, más de uno le habría dicho que Peiró justamente hizo lo contrario. Recuerdo, por cierto, una serie de conversaciones con empresarios textiles (por ejemplo, una muy suculenta con el viejo Sanfeliú, propietario de la legendaria empresa Gassol, la de las medias Glory) que siempre hablaron de Peiró de manera respetuosa. Y si el publicista Montero Moreno hubiera acudido a los archivos de la ciudad y, echara un vistazo a los escritos de Joan Peiró, hubiera leído lo siguiente:



“Que uno sea burgués o capitalista no es razón para que los revolucionarios lo persigan y lo exterminen. Tampoco lo es perseguir un exterminar curas y frailes por el sólo hecho de serlo. Nuestra lucha es contra el fascismo […] se ha perseguido y exterminado a los sacerdotes y religiosos únicamente porque lo eran”.



En resumidas cuentas, pase que el doctorando lo escribiera de tal modo, pase que el tribunal de tesis se descuidara y atendiera más a la palabra del joven Montero Moreno que a las categorías de la historiografía. Pero, tras las rectificaciones de Hilari Ragué, no se entiende por qué la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC) reincide en la bazofia. Perdón, claro que se entiende. Se entiende que hablara de esa manera en 1962, pero sobre todo es clarificador que BAC reedite la obra y mantenga el texto sin ni siquiera haber situado en el prólogo las rectificaciones de Hilari Ragué. Sin mencionar que Joan Peiró fue fusilado por el general de inmunda memoria. Por cierto, no pocas cosas que sabemos ahora del gran sindicalista vienen en la documentada biografía de nuestro amigo: “Joan Peiró, afussellat” (Edicions 62). Su autor: el gran Josep Benet. No estaría mal que alguien se propusiera una versión al castellano para conocimiento de propios y extraños.


Pero lo mejor es que, a través de Internet, los lectores busquen el artículo de hoy del historiador Hilari Ragué. Uy, se me olvidaba, el articulista no es un masonazo sino un respetado monje del monasterio de Montserrat. Estos catalanes... Por cierto, para que no haya confusiones: le aclaro a la BAC que a Manolete no lo mataron los rojos, sino "Islero", un astado de la ganadería de don Eduardo Miura. O sea, las cosas muy claritas.

viernes, 7 de noviembre de 2008

PRISIONES Y FRANQUISMO: Un relato particular




José Luís López Bulla*



Quiero agradecer, sin ningún tipo de protocolo, a la consellera Monserrat Tura que me invitara a participar en estas Jornadas de celebración del Centenario del Palau de Justicia. Para un servidor es un gran honor, máxime si tengo a mi lado al president Jordi Pujol compartiendo mesa y micrófono. En todo caso debo decir que encuentro desmesurada mi participación, dado que hay en Catalunya muchas personas con más sufrimiento y experiencia –con más largos años de condena— que la mía. Si recurriéramos al rico argot carcelario de la época, diré que tuve una condena “de chorizo”, comparada con la que sufrieron, por ejemplo, mis maestros Ángel Rozas y Ángel Abad, sindicalistas también. Por no hablar de la larga condena del amigo Miquel Núñez en Burgos, toda una leyenda para los jóvenes comunistas de aquellos tiempos. Por no hablar tampoco de la cantidad de veteranos que, en tiempos más difíciles que los míos y en condiciones mucho más ásperas, fueron condenados a largos años de prisión o campos de concentración que, al margen de las diferencias jurídico técnicas, son igualmente la privación de lo que la vieja canción, La Varsoviana, calificaba como “el bien más preciado es la libertad”. Mucho más duras, también, cuando salían en libertad. Pues tenían que presentarse periódicamente en comisarías y cuartelillos; eran desterrados a otros lugares; y con frecuencia se prohibía que tuvieran avaladores para rehacer sus vidas. Esta fase no la vivió un servidor. O por no hablar de las condiciones carcelarias de hace un siglo. Explica Benedict Andersen en su libro “Bajo tres banderas” (sobre los movimientos de liberación nacional en Filipinas, Cuba y Puerto Rico) que cuando llegaron --forzados, claro está— grupos de filipinos al presidio militar de Montjüic iban todavía con aquellas ropillas y aquellas sandalias, pasando las criaturas un frío de muerte. La lucha solidaria de los presos –incluidos los de delitos “comunes”— les salvó la vida. Eran los tiempos de José Rizal, Isabelo de los Reyes, Fernando Tarrida del Mármol y otras figuras de gran importancia.


Aclaro que esta intervención es solamente un conjunto de recuerdos. No hay, pues, ninguna pretensión de historiar porque este importante cometido no me corresponde; es más me disgusta que no se sepan deslindar convenientemente historia y memoria, dos formas distintas, por naturaleza y fines, de acceder al pasado, que hoy es habitual identificar de forma errónea.


Dicen que, cuando a Juan XXXIII le presentaron “la parola d’ ordine” del Concilio Vaticano II –la Iglesia y el Mundo--, el buen papa corrigió el texto y escribió “la Iglesia en el Mundo”. La preposición que introdujo Roncalli era ciertamente significativa de lo que tenía entre manos. Pues bien, una cosa parecida debería yo haberle dicho a Alex Masllorens cuando me llamó por teléfono para convocarme a este encuentro: “Las prisiones en el franquismo”, como dando a entender, siguiendo la enseñanza de Juan XXXIII que no había separación entre lo uno y lo otro. La sorpresa de la invitación y el postín de ser convocado me impidieron caer en la cuenta. Porque, más allá de la metáfora, lo cierto es que la Dictadura fue una inmensa, una difusa prisión, que iba más allá de las rejas de las cárceles y penales.


En 1967 ingresé por primera vez en la prisión de Mataró; dicen que fue la primera cárcel “modelo”. Después recorrería las prisiones de Barcelona, Granollers, Zaragoza (donde estuvo Jordi Pujol) y Soria. Tuve, no obstante, la suerte de escaparme en 1972 de las famosas detenciones del Proceso 1001 –protagonizada por Marcelino Camacho, conocida popularmente como “Los diez de Carabanchel”— gracias a la pericia en esos menesteres de mi maestro Cipriano García, que en paz descanse. Lo cierto es que nos escapamos de una buena. Todas mis estancias en prisión lo fueron, según las condenas del juez Mariscal de Gante, Presidente Tribunal de Orden Público --creado en la primavera de 1963 para sustituir a los tribunales militares en la represión de los delitos políticos y sindicales-- por mi adscripción al movimiento de Comisiones Obreras, tras haber sido declarado explícitamente como organización ilegal e “hijuela del Partido Comunista”, por el Tribunal Supremo en marzo del 67. Según algunos estudios, fuimos cerca de mil los sindicalistas de mi quinta que estuvimos privados de libertad. Me estoy refiriendo al periodo de 1964 a 1974. Como es natural, a lo largo de todo el franquismo la cifra es muchísimo más abultada.


La cárcel era un universo contradictoriamente cerrado para nosotros. De un lado estaba la privación de la libertad; de otro lado, la consciente preparación cultural y política de los presos. Por lo general, según mis recuerdos, lo habitual era la tranquilidad con que se asumía el hecho, tan sólo perturbado por lo que conocíamos con el nombre del “día del preso” que, de tiempo en tiempo, aparecía con unas manifestaciones de melancolía, relacionado o no con algún acontecimiento familiar o algún recuerdo del pasado. Para hacerme entender un poco, diré que los momentos pasajeros del día del preso te dejaban una sensación parecida a cuando oyes el “Va pensiero” de los coros de Nabucco: una cierta melancolía, aunque esperanzada.

Pasado el mal trago, la tranquila normalidad de la actividad y el estudio volvía a ser habitual. O, incluso, el momento de creación artística en el caso del poeta Marcos Ana que escribió en el Penal de Burgos unos versos hermosísimos, cuya lectura recomiendo muy de veras. Me dicen que la vida de Marcos Ana la está llevando al cine Pedro Almodóvar. Debo insistir que estoy hablando de los últimos quince años del franquismo: la situación anterior, según los comentarios de mis amigos y compañeros, fue extraordinariamente dura.


Me interesa destacar la función propedéutica que tuvo la cárcel y su inutilidad como artefacto totalmente represor. Nosotros teníamos en el penal de Soria planes de estudios diversificados por los conocimientos del alumnado. Desde la enseñanza más primaria hasta el estudio de carreras universitarias como Económicas, Derecho y Filosofía, pasando por el bachillerato. Los componentes de un expediente de obreros portuarios de Las Palmas que salieron sabiendo mucho más que leer y escribir, hasta la titulación de bachilleres de algunos trabajadores metalúrgicos sevillanos. O el caso de algunos economistas que obtuvieron allí el título. Los exámenes estaban presididos lógicamente por tribunales que acudían a la prisión: el malogrado Ernest Lluch acudió a examinar a algunos compañeros. Aquello fue posible en Soria porque el director del penal era un humanista, discípulo y amigo de don Joaquín Ruiz Jiménez, un hombre que permitió la entrada de los libros que nos enviaba Manuel Sacristán o incluso discos, gracias a la solidaridad del maestro Antoni Ros Marbà. Era curioso escuchar a Mozart, ver a José Manuel Fariñas (estudiante de Económicas) trabajar con integrales en un encerado y ver a Jaime Montes memorizar el rosa rosae. Y era no menos curioso observar a un veterano comunista valenciano, Miguel Pineda, copiar primorosamente a mano un grueso texto de filosofía marxista para que sirviera de estudio. O ver a mi maestro Ángel Abad dando clases de lógica formal. No hace falta que diga que aquel director duró poco y las cosas empezaron a cambiar. La excusa fue la negativa a acudir a misa que se puso en marcha por todos, excepto por el minoritario grupo de etarras que consideraba nuestra postura como contraria a los mandamientos de la Iglesia,… En resumidas cuentas, cuando se afirma que la cárcel era una universidad estamos hablando de algo más que una metáfora. Lo que, desgraciadamente, es aplicable para otros menesteres y otros tipos de gentes.


Esa “universidad” contaba, en el caso de los presos de Soria, con un buen arsenal de libros de la legendaria editorial Nova terra. Allí pudimos estudiar, entre otros, un libro “Los fraudes de la productividad” con escritos de gente tan solvente como mis amigos, sindicalistas de la CGIL, Bruno Trentin y Vittorio Foa, que falleció hace unos días; Trentin nos dejó hace un año, meses después de venir a Barcelona invitado por Rafael Hinojosa, en sus tiempos de presidente del CTESC. De un joven Rafael Hinojosa que precisamente era el editor de los libros de Nova terra que los amigos nos enviaban a Soria. O del libro, que también teníamos, “Historia del movimiento obrero español” de Núñez de Arenas. Vale la pena decir que, en todo caso, lo que nosotros disponíamos era el fruto de una conquista que las anteriores generaciones habían conseguido en condiciones de extrema dureza. Una dureza que no impidió que, por ejemplo en Burgos, los presos contaran con un aparato de radio (clandestino, por supuesto) que guardaba celosamente –según parece en el interior de un queso manchego-- mi maestro Cipriano García, ayudado por Tranquilino Sánchez, un reputado dirigente de Comisiones Obreras, que también falleció.


Las prisiones fueron también otro lugar de lucha antifranquista. Así lo evidencia el mero hecho de preparar cultural y políticamente a los presos para que, cuando salieran a la calle, seguir combatiendo la dictadura. Y, por supuesto, lo más llamativo: las huelgas de hambre y otras formas de protesta tanto en exigencia de mejores condiciones de vida como por la libertad de conciencia; también, claro está, en solidaridad con la acción colectiva de la lucha antifranquista en la calle. Vale la pena decir que algunas de las huelgas de hambre fueron dramáticas, así por la dureza de esa forma de protesta como porque aquello acarreaba el inmediato ingreso en la celda de castigo.


Me gustaría hablarles un poco de la personalidad de los presos. Como diría Thomas Mann eran “hombres de gran formato”. Pero, especialmente, eran gentes de mucha naturalidad, esto es, no eran superhombres ni exponentes de ningún santoral laico. Eran la expresión concreta de lo que significaba la idea de la libertad, la personificación de una gran parte del discurso de Pericles a los atenienses tal como lo dejó escrito Tucídides en su libro “Las guerras del Peloponeso”. Éramos, muy mayoritariamente, trabajadores industriales y otras formas de lo que el Derecho laboral denomina el trabajo heterodirecto. Muy pocos tuvimos condenas de pocos años. Llegué a conocer en Soria a compañeros con más de veinte años de cárcel a sus espaldas, algunos de ellos todavía penaban por haber estado en las guerrillas del maquis. Por lo general se trataba de personas autodidactas cuyos conocimientos se habían ido sistematizando a través de los planes de estudio que los responsables (me refiero también a presos) habían ido creando. Hombres de gran formato, mujeres de gran formato. Gentes que nunca se plantearon, por así decirlo, “la inocencia del futuro” en los términos de Nietzsche sino aquella “libertad de los que no la tienen”, como dejó escrito Arthur Rimbaud.


Frente a nosotros estaban los toscos e ignorantes funcionarios de prisiones: una gran mayoría de ellos todavía venía de la soldadesca vencedora de la guerra civil y de los primeros años de la dictadura. Un personal fácilmente sobornable especialmente con el dinero que nos llegaba de la solidaridad, tanto de la que venía del país como del extranjero. Debo manifestar, entre paréntesis, que la ayuda internacional –en presión política, dinero y en toda clase de especies— que nosotros recibimos jamás fue superada (por lo menos hasta la hora presente) por lo que después hemos hecho con otros países en una situación, igual o parecida, a la que sufrió España.


Como dije anteriormente Vittorio Foa –uno de los grandes sindicalistas italianos más importantes del siglo pasado— ha muerto hace unas semanas a la edad de 98 años. Meses antes publicó un libro “Le parole della política”. Amigo de Primo Levi y Norberto Bobbio, de Sandro Pertini y Rita Levi Montalcini. Pues bien en 1998 se publicaron (en Einaudi) sus “Lettere della Giovinezza”, es decir, su epistolario de cárcel durante el periodo del 1935 a 1943. El libro se ha reeditado seis veces con tiradas asombrosas. El dato fundamental es que la mayoría de sus lectores son gentes jóvenes. O, tal vez, por la forma de ser del amigo italiano, por la manera con que conecta sentimentalmente con la juventud. Siempre lejana a la natural forma de contar las cosas del abuelo Cebolleta. Una muestra del talante de Foa es lo que afirma: “Se puede estar orgulloso del propio pasado, pero al mismo tiempo uno tiene que ser humilde, profundamente humilde respecto del sufrimiento infinito de millones de personas que han dado el sacrificio de su vida, de su libertad, de su bienestar, creyendo o no creyendo, creyendo de forma justa o creyendo de forma equivocada, pero sufriendo humanamente”.


Voy concluyendo. Hasta hace poco tiempo la historiografía sobre las prisiones españolas bajo el franquismo era bastante exigua; afortunadamente parece que las cosas van cambiando y ya podemos hablar de libros que tratan el tema con seriedad científica y de relatos (como por ejemplo “Cárcel de mujeres” de Tomasa Cuevas, que en paz descanse, una amiga galardonada con la Creu de Sant Jordi) que pueden servir para dejar un concienzudo testimonio de lo que fue aquel horror.


Gracias.


* Conferencia en el Museu d’ Hisória de Catalunya (6 de noviembre de 2008) con motivo del Centenario del Palau de Justicia de Barcelona.


sábado, 1 de noviembre de 2008

¿TOXO ES CANDIDATO A LA SECRETARIA GENERAL DE COMISIONES OBRERAS?




Leo en la prensa que Ignacio Fernández Toxo “no descarta disputar a Fidalgo la secretaría general del sindicato de Comisiones Obreras” [la cursiva es mía] en el congreso que se celebrará próximamente, el 17 de diciembre. Algo de eso sabía un servidor, informado por algunas conocencias en los mentideros (tabernas y barberías, patios de vecindonas y lavaderos) de la ciudad de Parapanda.


Vaya por delante mi respeto a Toxo. Es un sindicalista de gran formato. Que tiene los conocimientos y saberes –necesarios y suficientes—para ejercer la más alta responsabilidad del sindicato. De hecho lo demostró anticipadamente en sus, no lejanos tiempos, de primer dirigente de la federación metalúrgico-minera. A estas alturas…


A estas alturas, sin embargo, parece oportuno preguntarse por qué, a casi un mes y medio de la apertura del congreso sindical, se hace público lo que aparece como una ambigua declaración de intenciones: “no descarta” es una genérica toma de posición. De ahí que, así las cosas, puedo permitirme el desparpajo de preguntar sin ningún tipo de retranca: “¿Vas en serio, Toxo?”. Porque, de ir en serio, se está colocando, aunque tardíamente, en el debate precongresual la discusión no sólo de los “materiales” sino qué elección de grupo dirigente parece la más idónea. Por otra parte, si “el no descarto” no es una postura estética, me vienen a la cabeza algunas consideraciones: ¿qué lagunas hay en la gestión del actual secretario general que provocan que Toxo, una persona de extremada prudencia declare que “no descarta” optar por tan alta responsabilidad? Naturalmente este discurso es obligado en el “no descartable candidato”. Porque una opción de ese calibre no se puede susurrar desvaídamente. En todo caso, es de obligada exigencia que Toxo hable con rotundidad: o sí o no. El gallego debe aclarar si sube o baja la escalera. Y debe hacerlo no sólo respondiendo un “sí, quiero”. Debe (tiene que) hacerlo con un claro discurso de acompañamiento de cómo debería intervenir el sindicalismo confederal en su áspero itinerario frente a esta crisis sistémica. Que, en mi opinión, es la principal laguna de Fidalgo. Es posible que esta laguna fidalguiana haya sido la espoleta que ha llevado a Toxo a no descartarse.


Que haya dos candidatos a conformar los correspondientes equipos de dirección ha de verse con naturalidad. Máxime cuando ninguna de las situaciones de crisis interna del sindicato ha impedido que éste siguiera creciendo en influencia, tal vez porque lo que ocurre en la (metafórica) Torre del Homenaje tenga escasa vinculación con los siervos de la gleba. En primera conclusión: los dimes y diretes en el recorrido congresual no afectarán en nada al común de los mortales. Para mayor concreción: seguirá incrementándose la afiliación. Abro un curioso paréntesis de elogio a la acción organizadora del sindicato a través de una información referida a Comisiones Obreras de Catalunya: en los últimos diez años la población asalariada (no digo activa, sino asalariada) de Catalunya se ha incrementado en un cincuenta por ciento, exactamente lo mismo que ha aumentado la afiliación. Pero no nos vayamos por estas frondosas ramas…


Estábamos en que las cosas hay que verlas con naturalidad, incluso si saliera un tercero en concordia para lucir el palmito y la efímera gloria de lucir, sólo ante sus parciales, notas de prensa o micrófonos de quita y pon. Sea todo con naturalidad. Ya sé que no es fácil, porque en estas situaciones las tendencias antropológicas suelen ir por otros derroteros. Lo estúpidamente tradicional es lo que sigue: los partidarios de Fidalgo hablarán de su icono como si fuera el no va más y echando pestes de Toxo; en un sentido contrario, los parciales de éste reducirían la estatura del otro, elevando a los altares a su candidato. Esta vieja reductio ad unum los desautoriza a todos, porque ambos candidatos (si es que Toxo habla sin metáforas y se encarta) han estado implicados en el mismo proyecto sindical, al menos públicamente. Es decir, sean conscientes todos que maldecir al “otro” es desautorizar al propio.


Yo, por ejemplo, desde mi feliz retiro en la ciudad de Parapanda no pienso denostar a Fidalgo. Hubiera preferido otro candidato tras la retirada estatutaria de Antonio Gutiérrez. Pero seguí la antigua consigna del Roma locuta causa finita. O sea, habló aquel congreso, pues "choca esos cinco, Fidalgo". Tampoco pienso poner en el saloncillo de mi casa la foto de san Ignacio Fernández Toxo; ese espacio lo reservo para el amplio retrato de Renata Tebaldi, justo al lado de un cartel donde la Niña de la Puebla canta aquello de “los campanilleros por la madrugá”. Pero, si algún íntimo me preguntara quién es el mejor candidato, yo le respondería que nunca existió el mejor, sino el candidato más subjetivamente idóneo. Y en el caso de que insistiera, yo respondería: “Si me invitas a unas copitas de ron pálido de Motril, te digo que es Toxo”. La ambigüedad de los gallegos me recuerda a la de Dante Alighieri: este es el último argumento de por qué se lo digo a mi amigo, sólo en la intimidad de la taberna de Parapanda. Pero, ¿y si no se presenta como candidato? En Parapanda seguirá saliendo el sol cuando lo estime conveniente.

miércoles, 29 de octubre de 2008

LA MANIFESTACION DEL 5 DE NOVIEMBRE EN BARCELONA



Los sindicatos catalanes (CC.OO. y UGT) han convocado una manifestación para el día 5 de noviembre “en defensa del empleo y de la industria”. Una decisión que, como ellos mismos explican, “por la necesidad de realizar una fuerte ofensiva ante la hemorragia de anuncios de despidos y expedientes de regulación de empleo de estos últimos días y que tienen tendencia a incrementarse”.


Si mis informaciones no son erróneas se trata de la primera reacción sindical contra los efectos de la crisis y, muy especialmente, contra la “hemorragia” de un buen puñado de empresas que están utilizando la coyuntura de un modo tan interesado como fraudulento.


La reacción de nuestros sindicatos es lógica y legítima. Y es valiente porque seguramente son conscientes de que tener razón no basta y porque son sabedores de las reacciones contradictorias de los trabajadores en estos tiempos tan extremosos: de un lado, los que entienden que efectivamente debe exteriorizarse la protesta y, de otro lado, quienes se encogen, temerosamente preocupados. De quienes entienden que hay que dar la talla y de los que, en el peor de los casos, eligen resignadamente la “servidumbre liberal” por utilizar el viejo concepto de La Boètie que desempolvó en su día Jean-Léon Beauvois.


Naturalmente, es una manifestación de trabajadores. Pero, a buen seguro, no son los únicos convocados. Como diría Gramsci es una movilización “nacional popular” en su sentido más amplio. Porque (casi) todos los sectores de la ciudadanía, en uno u otro sentido, empiezan a estar ya afectados por las consecuencias del catacrac y porque (casi) todos ellos no las tienen todas consigo. Más todavía, de la mayor o menor presencia popular en la manifestación del día 5 se sacarán por parte de los poderes públicos unas u otras lecturas: unas interpretaciones para intervenir o bien con medidas serias o con parches; o, peor todavía, con unas disposiciones que darían a unos pocos la pechuga, el ala y la pata mientras que a los más sólo les quedarían los huesecillos del pollo.


El cuadro político e institucional de Catalunya no puede inhibirse de esta convocatoria. Naturalmente, valen las posiciones declarativas de quienes así lo hagan. Pero la visibilidad de la manifestación requeriría, en estas circunstancias, que los políticos estuvieran en la calle. No sólo los dirigentes de mayor responsabilidad: todos los militantes, afiliados, amigos, conocidos y saludados de las formaciones políticas catalanas debería hacer acto de explícita presencia. Es decir, configurando una especie de “contrato moral” con quienes las están pasando moradas, con quienes pueden empezar a estarlo en menos que canta un gallo. Porque, dígase con claridad, también el problema es político en su sentido más amplio. Lo es porque…


… Porque la suerte del común de los mortales es –o debería ser-- la preocupación central de la política y de sus representantes. Por eso se valoró tanto la resolución del Parlament de Catalunya contra la directiva europea de las 65 horas. Y porque estamos hablando de la calidad de la democracia que, de manera no infrecuente, queda dañada por los comportamientos que hemos dado en llamar fraudulentos de las empresas que burlan, descarada o subrepticiamente, la legalidad democrática. Más todavía, porque estamos hablando de la posibilidad del declive industrial de Catalunya.

Nota. Durante estos días, previos a la manifestación, se le puede echar un vistazo a las obras que recomendamos a continuación, incluso si vas en el metro, autobús o tren camino de la movilización.

Étienne de La Boétie

Tratado de la servidumbre liberal, de Jean-Léon Beauvois

martes, 14 de octubre de 2008

EL SINDICALISMO Y LA POLÍTICA




EL SINDICALISMO Y SU RENOVADO INTERÉS EN LA POLÍTICA*

Primero

Antonio Baylos revisita con punto de vista fundamentado las relaciones del sindicalismo con la política en
http://baylos.blogspot.com/2008/05/el-sindicato-debe-interesarse-por-la.html Comoquiera que el asunto tiene su miga me lanzo pastueñamente a la arena, aceptando el desafío que implícitamente plantea nuestro buen amigo blogista. Este es, como se sabe, un tema recurrente que nos viene desde los primeros tiempos del sindicalismo recorriendo todo tipo de guadianas y meandros.

En un principio fue la hipóstasis y subalternidad del sindicalismo ante el hecho político partidario; más tarde fueron los tímidos intentos de zafarse de la madre putativa, y –andando el tiempo de manera fatigosa— la tan complicada como áspera búsqueda de la autonomía e independencia sindicales. El inicial problema no era exactamente, en mi opinión, la subalternidad del sindicalismo hacia el partido sino algo de más enjundia: la supeditación del conflicto social a las contingencias de la política, interpretadas por Papá-partido; precisamente para que así fuera, se precisaba un sujeto ancilar: el sindicalismo a quien se le situaba sólo en las tareas del “almacén” (1). Pero tantas veces se rompió el cántaro cuando iba a la fuente que, en un momento dado, el sindicalismo dijo con voz aproximadamente clara: hasta aquí hemos llegado. Y el sindicalismo dejó de frecuentar su pasado subalterno y, quitándose los pantalones bombachos, se puso de largo, buscando una personalidad intransferible. Así pues, la discusión hoy no puede basarse esencialmente en aquello que, no hace tantos años, se denominaba pomposamente “las relaciones partido y sindicato”. El debate en estos nuestros tiempos de ahora mismo es “el sindicalismo y la política”. O, por mejor decir: el sindicalismo en la política. De ahí que, según entiendo, Antonio Baylos haya denominado certeramente sus reflexiones así: “El sindicalismo debe interesarse por la política”.

Cuando afirmamos que el sindicalismo es un sujeto político nos estamos refiriendo a su carácter de agente que interviene en las cosas de la vida de la polis. El avezado lector sabe que no lo equiparamos al partido político; así pues en ese sentido no hay que insistir más. Ahora bien, parece razonable traer a colación en qué escenarios políticos interviene el sindicalismo. Dicho grosso modo en dos “territorios”. Primero, en la relación que se establece entre la contractualidad (en su sentido más amplio) y la economía. Y segundo, en las cada vez más amplias esferas de intervención en las cuestiones del welfare que, hasta la presente, estaban, por así decirlo, monopolizadas por los partidos políticos. En ambos planos interviene el sindicalismo con sus propios proyectos, códigos e instrumentos. Yendo por lo derecho: desde su independencia y autonomía propias. Y, a mayor abundamiento, es desde ahí donde el conflicto social se ejerce al margen de las contingencias de la (convencional) política partidaria, la de los partidos. O, si se prefiere de manera tan conocida como castiza: la acción colectiva sindical ni es “balón de oxígeno” con relación a Zutano ni es flagelo vindicativo contra Mengano. Es el resultado de lo que conviene a una amplia agrupación de intereses, según la interpretación independiente y autónoma del sindicalismo.

Si no pocas de las importantes reformas que se han operado (tanto en Europa como en España) son, también, obra del sindicalismo, tendremos que hablar claramente que esa labor le caracteriza especialmente como agente reformador. Me ahorro, por innecesario en esta ocasión, describir el elenco de reformas que, junto a otros o él como protagonista principal, ha puesto en marcha; incluso cuando ha actuado como deuteragonista o figurante cumplió con su función de agente reformador. Pues bien, si le echamos un vistazo al almacén de las reformas y su concreción en bienes democráticos, estamos en condiciones de afirmar que se han orientado en un sentido inequívocamente progresista. Cuestión diferente –aunque esto es harina de otro costal— es el uso social de algunas conquistas [reformas], pero este asunto, un tanto descuidado, no cabe en estas líneas (2).

El almacén de reformas que autorizadamente se puede atribuir al sindicalismo europeo y español hace que el concepto vertido por algunos conspicuos dirigentes sindicales, eméritos o con mando en plaza, de que el sindicato no es “de derechas ni de izquierdas”, sea –dicho amablemente-- una chuchería del espíritu. Y, desde luego, estamos en condiciones de afirmar que tal constructo está desubicado del almacén de reformas que se ha ido construyendo --también las más recientes en torno a derechos inespecíficos-- contra el viento y la marea de los que siempre se opusieron. Así pues, soy del parecer que “no ser ni de derechas ni de izquierdas” significaría que el carácter de las reformas es de naturaleza neutra y que el significado del conflicto social para conseguir las conquistas fue técnico. Ni lo uno ni lo otro son equidistantes de Anás o Caifás, ni significaron tampoco indiferencia alguna por parte del sindicalismo en torno al cuadro institucional en el que se inscribían los derechos y poderes (los bienes democráticos, se ha dicho) que se iban conquistando en un itinerario, acompañado frecuentemente por unas u otras expresiones e conflicto social.

Lo diré sin ambigüedades: el sindicalismo está en la izquierda, pero no es de la izquierda. La vara de medir de la ubicación del sindicalismo [estar en la izquierda] no lo da su carácter ontológico, sino la naturaleza de tales conquistas. Y la vieja piedra de toque acerca de su pertenencia está en la personalidad independiente y autónoma del sindicalismo; en suma, no está en un genitivo de pertenencia a la izquierda política partidaria sino que, sin aspavientos, se coloca en la izquierda. Aviso, en ese sentido, que no se puede ser agnóstico al por mayor, aunque siempre es recomendable, para otras consideraciones, una dosis agnóstica al detall. Por ejemplo, cuando el sindicalismo da la impresión que está un tanto distraído –o quizá lo esté realmente— en determinadas situaciones. Pero ese agnosticismo al por menor no puede borrar ni minusvalorar la calidad del almacén de las reformas progresistas que, hablando en plata, connotan la relación del sindicalismo con la política, entendida en su sentido más ampliamente genérico y con el cuadro institucional in progress.

Algunos dirigentes sindicales, sean eméritos o con mando en plaza, intentaron argumentar que el sindicalismo (“ni de derechas ni de izquierdas”) debe ser “profesional”. Claro que sí, ¡voto a Bríos! Pero ¿qué vincula no ser de derechas ni de izquierdas a reclamar la profesionalidad al sindicalismo? Para mi paladar se trata de un anacoluto con todas las de la ley. De la misma manera que nadie encargaría un trabajo, pongamos por caso a un arquitecto zarrapastroso, nadie confiaría en un sindicalista-chapuza. Que los agnósticos al detall crean que hay sindicalistas chapuceros no lleva a la conclusión de que lo sean al por mayor. La solución la da la piedra de toque: el almacén de reformas muestra que se trata de sindicalistas con una gran dosis de profesionalidad, de saberes. ¿Cómo, si no, entender la fuerte recomendación del Barbudo de Tréveris que, su reputada opera magna, insiste en el general intellect del conjunto asalariado? Más todavía, si tanto se ha insistido en que el conflicto social es, sobre todo, un conflicto de saberes ¿por qué maltratar la expresión “profesional” o “profesionalidad”? ¿por qué situarla en la equidistancia entre “derechas” e “izquierdas”? Ahora bien, quizá no se trate en principio de un anacoluto sino de la siguiente consideración: la que se desprende de equiparar “profesional” y “profesionalidad” a tecnocracia, en el sentido taylorista de la expresión. Lo que nos llevaría a dejar sentado que una de las principales características de la praxis del gran capitán de la industria, don Federico Taylor, fue la separación drástica de gobernantes y gobernados en el centro de trabajo. Mira por dónde sindicalistas eméritos y con mando en plaza estarían induciendo, no sé si a sabiendas y queriendas, a una relación del movimiento de los trabajadores subalterna (la subalternidad que reclamó siempre el taylorismo) con la política empresarial y, por extensión, hipostática a la política partidaria. Lo que se daría de bruces con el largo itinerario del sindicalismo confederal en su acción colectiva por más derechos y poderes –repito: bienes democráticos—en el centro de trabajo. Hablo machaconamente de “bienes democráticos”, porque siempre me entra un cierto regomello en el cuerpo cuando hablo de “derechos sociales”. Esta inquietud me viene porque, de un lado, es preciso connotar el carácter social de las conquistas; pero, de otro lado, con esa sintaxis se establece una (indeseable) desidentificación de lo social con respecto a lo político y a los bienes democráticos. Un ejemplo concreto de lo que quiero decir es el carácter del pacto de empresa en el Matadero de Girona, que algunos denominamos el acuerdo-Córcoles, en honor a su principal arquitecto (3). Cierto, en jerga habitual hablaremos de derechos sociales. Pero esos bienes democráticos son derechos políticos de ciudadanía en toda regla. De lo recientemente dicho parecen desprenderse algunas cuestiones que abundarían en nuestra inamistosa mirada hacia los planteamientos de estos compañeros que postulan o se inclinan por un sindicalismo equidistante. Voy con la explicación.

Una buena parte de la acción colectiva del sindicalismo y del Derecho laboral ha sido, en abierta confrontación con la “libertad de los antiguos” que el centro de trabajo fuera un lugar privado. Esta es la gran conjunción del movimiento organizado de los trabajadores y el iuslaboralismo. Una lucha áspera que se enfrentaba a la contradicción entre el reconocimiento de las libertades formales en la polis moderna y su negación en el centro de trabajo: la comunidad de la polis era una, la comunidad social era otra. Esta lucha no tuvo unos contenidos `técnicos´ ni `profesionales´: tuvo una naturaleza eminentemente política. Esto es, que los derechos de la polis fueran reconocidos una vez atravesadas las cancelas de la fábrica. Los continuos avatares, así las cosas, en la dirección de la conquista de un buen almacén de bienes democráticos fue, además, el resultado de haber compartido diversamente el mismo paradigma entre el sindicalismo, la izquierda política y un buen conjunto de reformadores sociales. Que la izquierda política haya exportado no pocas gangas al sindicalismo, no impide el justo reconocimiento de su batalla por la consecución de los derechos `sociales´. Pues bien, ¿alguien piensa que la acción colectiva por la consecución de nuevos derechos y poderes se ha acabado? Estoy convencido que nadie piensa ese disparate. Pues bien, no sólo –convenimos, naturalmente— que no ha acabado sino que, en realidad, la creación de nuevos derechos y poderes no ha hecho más que empezar en el cuadro de la gran transición en esta fase de reestructuración-modernización, de globalidad interdependiente y de defensa del medioambiente. Cierto, un itinerario complicado, pero que --al igual que antaño-- ese nuevo recorrido no puede caracterizarse porque el sindicato se convierta en un sujeto solipsista, ni indiferente al cuadro institucional o a las fuerzas con las que puede compartir ese paradigma. O, expresado con cierto énfasis, debe ser beligerante como sujeto independiente --compartiendo co-aliados estables y puntuales— contra las fuerzas que se oponen a la consecución de derechos y poderes.

Pero hay algunas cosas de no menor interés que hablan de la relación entre el sindicalismo y la política. Aquí tampoco es razonable practicar el agnosticismo al por mayor. Que se considere que los niveles de participación en la vida sindical es manifiestamente mejorable, no empece afirmar que: 1) el movimiento organizado de los trabajadores se caracteriza por ser una democracia próxima, 2) que la frecuencia de los hechos participativos es cotidiana, y 3) que en el sindicalismo existen dos procesos de legitimación, a saber, el que le viene de la representación en los centros de trabajo y el mandato solemne de los momentos congresuales. Cierto, no es oro todo lo que reluce, pero hay oro reluciente. Y si esto es así, ¿cómo no relacionar esa acción colectiva con la política en su sentido más genérico?

En resumidas cuentas, la relación del sindicalismo, hoy, con la política (incluso teniendo en cuenta ciertas distracciones) no se refiere ni única ni principalmente a las viejas tradiciones de antañazo. Porque, en aquellos tiempos venerables, el conflicto social dependía de los golpes de timón de Papá-partido; y porque –para garantizar que el sindicalismo era pura prótesis de dicho caballero, Papá-partido-- el sindicalismo fue convertido en un sujeto hipostático: lo mismo, se dice, que hizo Dios-Padre con Jesucristo, que fue enviado a sufrir en este valle de lágrimas. Hasta que el sindicalismo abandonó su teodicea y dejó de justificar a su padre: la muerte en la cruz no era útil, al menos, para estos menesteres.

Ahora bien, creo que las ideas que amablemente cuestiono, tienen una explicación: podría ser que los empachos indigestos de ciertas discusiones antiguas acerca de la relación entre el partido y el sindicato hayan creado en algunos dirigentes sindicales, eméritos y con mando en plaza, la necesidad de un sonado ajuste de cuentas; o, posiblemente, la ausencia de discusión –o el insuficiente debate, como se quiera-- sobre las nuevas situaciones y el papel del sindicalismo como agente reformador hayan llevado a lo que más arriba he considerado como un anacoluto. Si es un ajuste de cuentas hay que decir que se les ha desbocado la lengua a algunos; si se trata de lo segundo, la cuestión tiene remedio: ábrase un sosegado debate al por mayor y cuádrense la cuentas.

Segundo

De abrirse ese debate que se sugiere (el sindicalismo en la política) se estaría en mejores condiciones para establecer una relación más fecunda entre el sindicalismo y la política. Especialmente tendría sentido esta pregunta: ¿cómo es posible que el sujeto reformador externo –hacia la sociedad, quiero decir— se muestra tan indolente para proceder a ciertas reformas internas? Dicen que la rosa de Alejandría es colorada de noche y blanca de día. Pues bien, el sindicalismo hace reformas por la noche hacia la sociedad y, durante el día, se muestra remolón en revisitarse a sí mismo. Lo que conllevaría que esa personalidad nicodemita –reformas externas y remolonería interna— oblitere una mayor capacidad de relacionarse con la política, entendida en su sentido más ampliamente genérico.

Sin remilgos: ¿las gigantescas mutaciones que se están dando desde hace unas tres décadas no deberían concitar un giro copernicano en la morfología de la representación en el centro de trabajo? ¿el carácter que imprime la globalización no debería llevar aparejado un instrumento de representación en el centro de trabajo que no fuera el actual, de naturaleza autárquica? ¿las innumerables tipologías asalariadas en el centro de trabajo no debieran propiciar un repensamiento de la representación social? Porque, sin pelos en la lengua, el modelo es prácticamente idéntico a cuando Marcelino Camacho estrenaba su segundo jersey de lana.

Sí, ya sé que aparecen ronchas cuando se habla de estos asuntos atinentes al carácter sagrado de los comités de empresa, cuya invariancia física se da de bruces con la física cuántica de las relaciones industriales de estos, nuestros tiempos. Pero, tengo para mí que, de seguir remoloneando, se incrementará la distancia entre el sujeto reformador externo y sus formas de representación, en detrimento de aquel y en perjuicio de seguir ampliando el almacén de las reformas progresistas. No abrir la mano por ahí haría recordar lo que John Dewey achacaba a los “académicos enclaustrados”: mantener hogaño las viejas cosas de antaño.

Y más crudo todavía: el mantenimiento de los trastos viejos se corresponde, además, con el grueso del carácter de la negociación colectiva, caracterizado –salvo algunas honorabilísimas y punteras experiencias— por un enorme caudal de instrumentos de ropavejero (4). Lo que –como guiño a la mayoría de lectores y estudiosos de esta revista— explicaría, de manera no irrelevante, que el arca de Noé del iuslaboralismo (Romagnoli, docet) no esté en buenas condiciones para seguir navegando: algo que, por ejemplo, podría debatirse en esta solemnidad del Año Bomarzo, quiero decir de su décimo aniversario. Porque, al decir del maestro Angelillo, la fuente se ha secado en el camino verde, camino verde, que va a la ermita. O sea, si las fuentes de derecho se secan, lloran de pena las margaritas del Derecho laboral.

Si se me pregunta qué hacer, la respuesta provisional debería ser la que insinuó aquel personaje de A buen juez, mejor testigo: “Hartemos... lo que sepamos”. En todo caso, habrá que evitar seguir haciendo, en estos terrenos de la autorreforma interna de la casa, lo de siempre, esto es, mantener las mismas paredes maestras –las mismas formas de representación, quiero decir— de los tiempos de las nieves de antaño. Por muchas razones, pero –para lo que nos ocupa—porque mantener los mismos planos de la casa entra en contradicción con la asignatura pendiente del sindicalismo: organizar las conquistas que, en amplios espacios, ha conseguido y continúa en ello.

Parapanda, X Año Bomarzo

* Artículo aparecido en Revista de Derecho Social, 42 (2008)


(1) [...] por ese motivo he estudiado a los ingleses de principios del siglo XX. Me gustaba que desde la fábrica incidieran en la sociedad. Pero, después, cuando se pusieron a construir algo se dieron cuenta que habían trabajado para otros. No perdieron. Simplemente habían trabajado para la socialdemocracia, que era otra cosa. (El subrayado es de un servidor, JLLB) en Vittorio Foa, “Las palabras y la política” (Sexto Tranco):
http://ferinohizla.blogspot.com/
(2) José Luis López Bulla El uso social de las conquistas sindicales en http://lopezbulla.blogspot.com/2007/07/el-uso-social-de-las-conquistas.html
(3) http://theparapanda.blogspot.com/2008/06/acuerdo-en-el-matadero-de-girona-versin.html
(4) Véase las diversas ponencias de Miquel Falguera i Baró sobre las negociaciones colectivas en:
Mujer e igualdad en
http://theparapanda.blogspot.com/2008/05/mujer-y-trabajo-entre-la-precariedad-y.html
La causalidad en la contratación temporal en http://theparapanda.blogspot.com/2008/05/la-causalidad-en-la-contratacion.html
Las dobles escalas salariales en http://theparapanda.blogspot.com/2008/05/miquel-falguera-las-dobles-escalas.html