jueves, 6 de diciembre de 2018

La furia y la mugre






Escribe Javier Terriente Quesada

La derecha se derechiza. Resurge un nuevo fascismo a la española.
Con toda seguridad, España es un país admirable por muchas razones luminosas pero, a la vez, hay que declararlo en voz alta, atravesado hasta la extenuación por causas rechazables. Esta ha sido su contradicción histórica.
Las elecciones andaluzas han puesto de manifiesto varios datos sorprendentes, que dan un giro radical a las previsiones académicas encorsetadas en el viejo discurso político. Irrumpen nuevos sujetos políticos, Ciudadanos y Vox, dando un puñetazo al predominio hasta ahora incontestable del PSOE y a las ensoñaciones de sorpasso de Adelante Andalucía, que reclaman la constitución de  gobiernos conservadores por vías espurias.
En la derecha se ha producido una revolución interna: Ciudadanos asciende con fuerza y se derechiza, el PP pierde influencia y se bascula a la extrema derecha, y, por primera vez, se sienta a la mesa de forma inesperada, sin pedir permiso, un nuevo comensal claramente fascista, Vox, que se apropia del menú y del orden de los platos.
En el trasfondo, un gravísimo proceso de fascistización de significativos segmentos de las clases medias y trabajadoras empobrecidas durante la crisis, y una abstención pavorosa que golpea sobre todo a la izquierda: 41,35% + 3,78% votos nulos y blancos = 45,13%.
Hay pues una crisis abierta en la izquierda, en tanto que ha tenido lugar un desplazamiento del eje de la derecha hacia posiciones extremas. Vox, lejos de ser una criatura repelente a la que rehúyen las derechas de otros países (Francia, Alemania), se ha convertido aquí en la clave de bóveda de la reconstrucción de la hegemonía conservadora sobre bases claramente inconstitucionales.         
Este nuevo fascismo a la española  hunde raíces, ahora  como en el pasado, en el lado oscuro de nuestra historia. La que se nutre de la degradación aguda de las condiciones de trabajo y de y de la ira desesperada de mucha gente ante una vida sin futuro, y en la exaltación patriotera  de la Unidad de la Nación Española en peligro. Ignorarlo, banalizarlo, o caracterizarlo como un fenómeno andaluz irrepetible, sería un error irreparable.
Esa convergencia de factores, cuando se dan por separado, pueden sobrevivir durante mucho tiempo en planos distintos si no entran en colisión, pero suele ser explosiva si, a modo de una espoleta, se le suma una gravísima crisis de credibilidad de la política, de los políticos y de los partidos, particularmente de la izquierda.
He ahí el escenario soñado de la extrema derecha. La expansión de la cólera incontenible de los de abajo, huérfanos de protección y representación institucional.
Es el momento propicio, favorecido por una abstención brutal que golpea principalmente a las izquierdas, de que emerjan los bajos fondos del sistema en forma de fascismo, al que se blanquea  impropiamente como extrema derecha. Con 12 escaños, repartidos por todas las provincias, el 10,97% y casi 400.000 votos, ha llegado el tiempo excepcional de la furia y la mugre.
La izquierda tiene alergia a la autocrítica.
Sin paliativos, el socialismo retrocede al menos transitoriamente y la operación de Unidos Podemos, bajo la denominación de Adelante Andalucía, entra en declive nada más nacer, probablemente de forma definitiva.
En un caso, la opción socialista paga la factura de su compromiso histórico con los poderes fácticos de la economía y la sociedad andaluza. Y a su lado, el anticapitalismo de Adelante Andalucía, padece un durísimo revés por instalarse en un discurso antisocialista retórico y en un verbalismo estridente de manual.
Contrariamente, en el campo de las derechas, hay un núcleo programático común que tiende  a constreñir el régimen de  derechos y libertades en su plenitud, y a limitar la política democrática hasta límites insospechados.
Aun se espera que las izquierdas tengan el coraje de reconocer los errores propios, tras el tsunami electoral, como condición indispensable para cambiar el curso de las cosas. Nada de nada.
Es más, desde el socialismo andaluz, y otras voces reconocibles de este partido, y de determinados medios de comunicación, se señala la cuestión catalana, esto es el esfuerzo del gobierno para alcanzar acuerdos con los partidos nacionalistas catalanes para aprobar los presupuestos, como la principal causa de la pérdida de votos y diputados del PSOE-A, ¿ocurre también, por ejemplo, en la Almería de los invernaderos, convertida en el nuevo bastión de Vox, etc?
Ciertamente debe ser un dato a tomar en cuenta, pero en realidad lo que evidencia esa tesis es un interés inmoderado por transferir al gobierno central la responsabilidad exclusiva del declive del voto socialista en Andalucía, dejando en segundo plano las políticas de la Junta durante casi 37 años.  
Políticas y medidas estas concretas y decisivas, que han llevado a que Andalucía siga ocupando los últimos puestos de España (y Europa) en términos de empleo estable, atención a las pymes, en producciones agrarias de calidad, en defensa y conservación del patrimonio cultural y medioambiental, la educación, la sanidad… y esté embarcada en una privatización imparable de bienes, empresas y servicios públicos. Tiene lógica, entonces, que el PSOE-A descienda desde el 35,41% en 2015 al 27,95% en 2018, pase de 47 a 33 diputados, y pierda 400 mil votos engrosando la abstención y a Ciudadanos.
Pero, a la vez, Adelante Andalucía obtiene un fracaso sin paliativos, justo en el momento en que se daban las mejores condiciones posibles para atraer al voto socialista desencantado y conquistar una nueva posición estratégica de futuro. A eso contribuyó la percepción general de que Adelante Andalucía, una refundación meramente nominal de Unidos Podemos, más otros grupos minúsculos, sea una izquierda inútil (“ni muerta gobernar con el PSOE”).
Por ello, la declaración conmovedora de su S.G. de que Adelante Andalucía se convertirá en el dique infranqueable a la derecha (‘Sevilla será la tumba del fascismo´), tras pasar del 21,73% (2015, sumados Podemos y IU) al 16,17%, perder 3 diputados y 300.000 votos, en proporción la mayor sangría de cualquier otro partido, recuerda a aquellas manifestaciones de estudiantes universitarios de los años 60, que corrían despavoridos huyendo de la policía al grito desafiante de no pasarán. Osados ayer, patético hoy.
¡Alerta! Italia è vicina
Con una lógica similar, es sorprendente que el PP parezca exultante, a pesar de su retroceso (26,74% al 20,75%, 33 a 26 diputados y 250.000 votos menos). Cierto que  sigue siendo la segunda fuerza andaluza y que no ha padecido el sorpasso de Ciudadanos, pero su optimismo suicida procede de otro origen: se siente ya al frente del gobierno andaluz gracias al apoyo de Vox. Ese objetivo entra en conflicto con la aspiración de Ciudadanos a la Presidencia de la Junta, supuestamente legitimado por su avance espectacular al duplicar sus resultados porcentuales del 9,28% al 18,27% y pasar de 9 a 21 diputados, con casi 300.000 votos más que en 2015.
Estamos en vísperas de un formidable duelo al sol entre trileros impenitentes, arbitrado por Vox, al que cortejan sin pudor.
El argumento de que semejante maridaje no va ocurrir en España, puesto que Merkel o Macron han evitado contaminarse con sus respectivos monstruos domésticos, o porque erosionaría las expectativas electorales de la derecha, es bastante frágil. Por encima de todo, la derecha española se ha caracterizado siempre por su fervor al nacionalismo centralista español, adobado con un ultraliberalismo económico montaraz. Europa está lejos,  Italia è vicina.
Granada 5 de diciembre 2018

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