jueves, 15 de junio de 2017

Rafael Hernando, trístemente célebre



La intolerable sarta de improperios del portavoz del grupo parlamentario del Partido Popular en la moción de censura demuestra dos cosas: una, el miedo de Rafael Hernando al presente y futuro de la diputada Irene Montero; y otra, el enraizamiento en ese tipejo de los contravalores ancestrales del machismo ibérico.

Este Hernando pareció intuir durante el debate que la sombra de la moción  podría ser alargada. Cierto, técnicamente no tendría éxito, pero no estaba descartado un potente revolcón político al Partido Popular. Este caballero podrá ser un jabalí pero sus quinquenios en la política le han proporcionado una pituitaria de cierta envergadura. Tuvo que estremecerse tras el discurso de la Montero y, especialmente, de sus réplicas. Se dio cuenta de que no era una niñata. Más todavía, que la zahúrda soterrada de sus jabalíes no desestabilizaba a la joven diputada podemita. Tuvo que ver con desagrado que el PSOE no aparecía como el convidado de piedra en este debate. Que el portavoz José Luis Ábalos era la expresión natural del resultado de las primarias y de sus consecuencias. Hernando vislumbró que el apretón de manos del portavoz socialista y Pablo Iglesias el Joven podría indiciar una micro discontinuidad en las relaciones de la izquierda. Y ya con los números en la mano nuestro jabalí constató lo que se sabía: que el apoyo a Rajoy era inferior a la suma de los votos de Iglesias y las abstenciones. El jabalí rebuscó en la trastienda de su colodrillo argumentos y no los encontró. Un portavoz sin argumentos. Y, con siniestra sabiduría, decidió hablar de lo que entiende: el improperio carajillero.

El jabalí organizó su verborrea con un ataque ad hominen.  Conta la diputada Irene Montero. Más propia de un huelebraguetas que de un político. En total consonancia de ese (todavía) amplio sector de la España cañí que de la emergente. De la España de los puños verbales, temerosa y adversaria de la más mínima regeneración del país.

En suma, Hernando o el miedo atávico. El mismo miedo de los bravucones machistas de ayer y hoy. Nada que ver con el personal de la foto que no tienen miedo a lo nuevo.


  

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