martes, 9 de mayo de 2017

Los becarios y el chef Jordi Cruz

Tras las recientes declaraciones del chef de alta cocina Jordi Cruz se ha armado, como era de esperar,  una buena zapatiesta. El chef justifcaba que los becarios que trabajan con los grandes maestros de la cocina no deberían cobrar dinero porque «es un privilegio aprender y trabajar con ellos». Han clamado al cielo los sindicalistas y sus amistades iuslaboralistas; han aplaudido con las dos manos los colegas de Cruz.

Sindicalistas y juristas del trabajo han declarado que hay que distinguir entre el becario y el contrato en prácticas. El primero es el que se refiere a los estudiantes que realizan prácticas para completar su formación universitaria o profesional y adquirir una especialización. El segundo es el que se utiliza para la inserción de los jóvenes al mercado laboral.

Oficialmente este mes hay 81.737 becarios afiliados a la Seguridad Social aunque, aunque todo indica que eso es tan solo la punta de un iceberg que oculta a otros varios miles de jóvenes que son víctimas del uso fraudulento de las becas por parte de muchas empresas para encubrir puestos de trabajo.

Ahora bien, puestos a abundar en la cuestión debemos cavilar sobre una importante cuestión que está dejada de la mano de Dios: el control sindical. El control sindical sobre las condiciones de trabajo. Algo que en los últimos tiempos ha sufrido una considerable erosión. El sindicalismo confederal no ha estado especialmente atento. La cuestión que estamos viendo –es decir, el abuso y la extorsión que está sufriendo el becariado--  es también una prueba de la distracción del sindicalismo en torno al control de las condiciones en el ecocentro de trabajo. Es más, se diría que, en ese sentido, se ha producido no sólo un impasse sino un retroceso. Al menos con referencia al lúcido planteamiento que se hizo en la famosa Plataforma sindical Prioritaria, elaborada por CC.OO. y UGT, tras la huelga general del famoso 14 de diciembre. Aquel planteamiento unitario impulsó una cultura de control, especialmente en torno a la contratación, que figuró en no pocos convenios colectivos de empresa y sector. Que tuvo además algunas importantes concreciones sobre el control del salario y el tiempo de trabajo intentando ampliar la exigua capacidad de control  que figuraba en el Estatuto de los Trabajadores.

Tengo para mí que una de las rémoras del sindicalismo está en la organización de sus conquistas. Actuamos, tras cada conquista, como si esta se desarrollara posteriormente de manera espontánea y natural. O, por así decirlo, definitivamente dada. Esta distracción –quiero decir, la ausencia de verificación de cómo se van desarrollando en la práctica las conquistas--  nos lleva a, mutatis mutandi, a una erosión de lo alcanzado y, a continuación, a su pérdida. En el caso del becariado nuestra distracción es aprovechada por las artimañas y martingalas de la contraparte que, en no pocas tipologías, de la contratación intenta (y finalmente consigue) dar gato por liebre.

Cierto, habrá que regular más y mejor todo este archipiélago del becariado. Pero si a ello se sigue acompañando con ausencia de control hacemos el negocio de Roberto el de las Cabras.

De manera que todo ello habrá que reducirlo, reglamentarlo, modificarlo y controlarlo. Cuatro reglas inexcusables, que deberían presidir la acción colectiva. No sólo para el caso particular que nos ocupa, sino para el conjunto de las condiciones de trabajo.  Son reglas de oro imprescindibles en este cambio de época de la reestructuración e innovación de los aparatos productivos y de servicios. De toda la economía. En suma, la recuperación del control debe presidir todo esquema que se oriente al repensamiento del sindicalismo. Y llevarlo a la práctica.   

Ya lo saben: reducir, reglamentar, modificar y controlar. Vale.




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