domingo, 19 de marzo de 2017

La clase reinventada

Nota editorial. Llamo la atención sobre la polémica que ha abierto esta respuesta de Paco Rodríguez de Lecea sobre «clase y ciudadanía» a Bruno Estrada. Se abre el turno de palabras.


Paco Rodríguez de Lecea

Corren malos vientos para la lucha de clases; en general, se estima que se trata de un concepto caducado por no adaptarse a las crecientes complejidades de la estratificación social en las sociedades postindustriales. Un experto en la materia tan poco sospechoso como Bruno Estrada ha dejado escrito: «Que la clase social sea el envolvente emocional colectivo de un abanico de trabajadores tan diverso y plural se me antoja un ejercicio político baldío.» (1)

Dejemos a un lado los “envolventes emocionales colectivos”; mal servicio haremos a la obra de Marx considerando la conciencia de clase como un factor emotivo, un mero ideal subjetivo de “comunidad”. Así pues, si el recurso a la clase y a los intereses de la clase es un “ejercicio político baldío”, por fuerza eso significa que la lucha de clases ha dejado de ser – si alguna vez lo fue, que esa es otra cuestión – el motor de la historia.

Sigamos el razonamiento de Estrada: «La ciudadanía democrática debería ser el catalizador de los sentimientos de pertenencia a una comunidad incluyente. La enorme virtualidad social de la democracia es que nos permite sentirnos individuos libres a la vez que formamos parte de una colectividad en cuya definición participamos.»

No pretendo discutir esta afirmación; la aplaudo y la subrayo. Es solo que no veo contradicción ni incompatibilidad entre la clase y la ciudadanía. En primer lugar, los dos conceptos corresponden a dos lugares diferenciados del proceso histórico enfocado hacia la humanización de las relaciones humanas. Me excuso si la última frase parece redundante; la humanidad, en la teoría de Marx, no es un punto de partida sino un punto de llegada de la historia, y aparece como epifanía una vez eliminados vicios originales tales como la propiedad privada y su corolario, la explotación del hombre por el hombre. (Afinemos esta última formulación: explotación de una persona por otra persona, que nadie ponga en duda que las mujeres forman parte necesaria y en condiciones iguales de todo el proceso.)

Pues bien, la clase es un concepto situado en el inicio del trayecto; agrupa a todas/os aquellas/os que solo pueden ofrecer en el mercado su fuerza de trabajo, porque carecen de medios propios de subsistencia. La clase agrupa en principio a las personas humanas sometidas a la explotación de su trabajo subordinado y heterodirigido; la ciudadanía, en cambio, aparece en mitad del camino hacia la emancipación, como ingreso en la pertenencia a una comunidad más amplia que la propia clase.

Entonces, ¿por qué contraponer clase a ciudadanía, por qué imaginarlas incompatibles, cuando tan bien se complementan y se refuerzan las dos situaciones en un contexto que impulsa constantemente a seguir avanzando más allá, hacia la humanización plena de las relaciones sociales, sin conformarse con hacer punto final en la mitad del camino?

Pero es posiblemente necesario redefinir la clase, o incluso reinventarla, porque (en eso tiene toda la razón Estrada) hoy sus signos distintivos son mucho más imprecisos que en el siglo XIX, porque sus límites se difuminan y las situaciones subjetivas (emocionales, si se quiere) que comprende se han ido extendiendo y diversificando hasta formar una maraña difícil de devanar.

No será posible abarcar a toda la clase en una definición escueta, sencilla y movilizadora, al estilo de: la “gente” contra la “casta”. Esa fórmula no funciona. Por muchas razones, pero sobre todo porque no da una idea de dirección ni de avance. Tomada como idea central, dibuja una confrontación social puramente estática, sin abrir ninguna perspectiva más allá de la indignación (y es que, como bien advertía Pietro Ingrao no hace tantos años, “indignarse no basta”).

La lucha de clases ofrece, por lo menos, una articulación y una coherencia mucho mayores que la dicotomía gente/casta. Las categorías utilizadas no son un totum revolutum, no son ni mucho menos “transversales”: de un lado están los poseedores de los medios de producción; del otro, los meros poseedores de su fuerza de trabajo subordinado y heterodirigido. Las líneas maestras de avance serán entonces:
Primero, la conquista de una sociedad de iguales frente al principio secular de la subordinación de unas clases sociales a otras. En ese camino se encuentra la ciudadanía como un objetivo intermedio, que significa la vigencia de unos derechos y unos deberes concretos que son iguales para todas/os.

Y segundo, la aportación progresiva de elementos de autoconciencia y autodirección en el trabajo heterodirigido, de forma que este sea cada vez más autónomo, más racional, más eficiente, más útil al común, y en último término, más humano.



Radio Parapanda.-- El original se encuentra en http://vamosapollas.blogspot.com.es/2017/03/la-clase-reinventada.html