domingo, 8 de enero de 2017

Ese alcalde-costra de Casasimarro


En la foto, Angel Rodríguez Leal


Antonio Baylos y Paco Rodríguez de Lecea han escrito en sus respectivas bitácoras sobre la negativa del alcalde (PP) del pueblo conquense de Casasimarro a erigir una placa que honrara la memoria de los asesinados en el despacho de Atocha hace cuarenta años. Cliquen y vean en http://baylos.blogspot.com.es/2017/01/herir-sensibilidades-sobre-los-abogados.html y http://vamosapollas.blogspot.com.es/2017/01/atentados-contra-la-convivencia.html.



Ángel Rodríguez Leal fue uno de los asesinados. De pie, contra la pared del despacho por aquel pelotón de fascistas por orden de la ´superioridad´. Ángel había nacido en Casasimarro.  La negativa del alcalde pretende justificar tan ignominiosa decisión afirmando que «no quiere herir sensibilidades» (sic). A continuación, en un comunicado, añade que ello «no implica un posicionamiento concreto de la Corporación» (resic). Ese no querer «herir sensibilidades», ¿a qué se refiere? ¿A las de los pistoleros de extrema derecha? ¿A la de sus herederos ideológicos? Sin duda. Con lo que se pone a la misma altura al pelotón de fusilamiento, a sus víctimas y a sus familiares.

Algún alma de cántaro podría pensar que este triste episodio es una muestra de ciertas cosas de pueblo. De la aspereza de las cosas de campanario. No tal. Es la aplicación (y su justificación vergonzante) de toda una serie de prácticas políticas que se desprenden, directa u oblicuamente, de las decisiones de las alturas del Partido Popular y d las covachuelas gubernamentales. Es, como dice Paco Rodríguez, una expresión de «guerracivilismo». De ese guerracivilismo que, sociológico y político, que hunde su raíces en la persecución a sangre y fuego de los Iluminados renacentistas, los librepensadores, los ilustrados afrancesados, los movimientos emancipatorios. Que ha dejado una costra enorme. No sólo de élites, sino de masas en nuestro país.

No es, por tanto, un pronto aldeano. Es, también y sobre todo, un desgraciado signo de lo que está sucediendo en Europa. Y sucede cuando las fuerzas de izquierda están sumidas en un proceso –unas de desvertebración y otras de ensimismamiento— decadente. O si se prefiere: cuando la socialdemocracia europea languidece y las izquierdas emergentes no encuentran su propio camino. O cuando la exigencia de regeneración de la vida política e institucional parece que sestea. Por otra parte, hay algo de no menor preocupación: puede que algunas fuerzas emergentes no consideren cosa suya el brutal asesinato de Atocha, porque, como es cosa de la Transición, no va con ellas. Porque cuando uno se acerca a los ochenta años se vuelve muy picajoso. 


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