viernes, 2 de diciembre de 2016

El pobre Hollande



François Hollande ha anunciado que no se presentará a la reelección como presidente de la República francesa. Los motivos están claros: su popularidad está a la altura del betún. Se trata, ciertamente, de un fracaso personal del alto magistrado. Pero, sobre todo, hay algo más: es el creciente desprestigio del Partido Socialista Francés que desde hace tiempo, perdonen el sarcasmo, no da una a derechas. Ni a izquierdas tampoco, podríamos añadir. Sin duda, los comillos retorcíos de Manuel Valls han ayudado lo suyo apretando la garganta al melifluo Hollande para que no opte por un segundo mandato.

En todo caso, lo importante no es el fracaso personal del todavía primer mandatario francés. El PSF no puede coger el rábano por las hojas y endilgarle a Hollande su propia crisis. Una crisis doble: de proyecto y de liderazgo. De una crisis que va más allá de las propias fronteras francesas. Es la crisis de la socialdemocracia europea, que viene de muy atrás. Lo que no sabemos, en el caso francés,  es si se trata de una crisis de ir tirando o  ya definitiva. Sea como fuere, los grupos dirigentes franceses han despilfarrado un capital considerable. Hollande y Valls han confiado más en las recetas de derechas que en poner en marcha políticas progresistas: frente a la crisis económica impusieron unas medidas autoritarias enfrentándose a los sindicatos, mediante los recortes más drásticos y el corte de uñas al famoso Code du Travail, al tiempo que iban deconstruyendo los valores republicanos de la libertad, igualdad y fraternidad. En suma, por perder han perdido hasta la tabla de logaritmos.


Voy a darle a don Manuel Valls un consejo completamente gratis. Si quiere salvar los muebles, aunque sea la mesita de noche, proponga a Anne Hidalgo, la alcaldesa de París como candidata. Usted, don Manuel, tiene muchos alifafes.