miércoles, 17 de agosto de 2016

Pérez Andújar, el asesinato de mi abuelo y el diccionario



Habla el maestro Javier Pérez Andújar: «La prevención ante los diccionarios es cosa antigua, yo la descubrí a los dieciséis años de la mano de la profesora de griego -sí, en aquella época se estudiaba griego clásico en los institutos-, que no nos hacía traducir a los insufribles Platón y Aristóteles, sino pedazos de las comedias de Aristófanes: momentos de gran hilaridad de Las nubes o de Lisístrata, donde continuamente aparecían palabras que no podíamos encontrar en los diccionarios de griego-español que teníamos a nuestra disposición en aquella época. Todos en clase pensábamos que no las encontrábamos por nuestra falta de pericia, sin embargo la profesora, un buen día, se puso muy seria y nos dijo: no, no sufráis, esto es culpa de los curas, los curas y las monjas han hecho y editado desde hace siglos estos diccionarios de griego y, por supuesto, se han olvidado de incluir algunos términos, especialmente los relacionados con el sexo; entonces ella, para nuestro asombro risueño y vergonzoso de adolescentes, nos hizo un glosario que incluía palabras como “marica”, “follar” o “polla”.

 

»De todo eso hace mucho, y he olvidado por completo cómo se conjuga el aoristo, sin embargo sigo recordando perfectamente cómo se podría parar una guerra. Es una lástima -aprovecho la ocasión, aunque no parezca que venga a cuento- para denunciar que los actuales planes de estudios niegan la necesidad imperiosa de lenguas clásicas que seguimos teniendo en la actualidad» (1).

 

Mi relación con el diccionario empieza en 1951 y tiene un origen bastante macabro. Como cada año mi padre adoptivo, el maestro confitero Ceferino Isla y yo íbamos al cementerio de Santa Fe a cuidar a nuestros muertos. Entre ellos figuraba mi abuelo Pepe López Vázquez. Que se ganaba la vida yendo a Motril, cruzando por algunos caminillos Sierra Nevada, con una recua de burros a por pescado. A la vuelta para aligerar la carga de los animales iba andando cogido de la cola del último burro, siguiendo la técnica de los contrabandistas antiguos del Campo de Gibraltar.

 

Pues bien, en la lápida de mi abuelo rezaba esta leyenda: «Don José López Fuentes, muerto de forma aleve, año 1911». Intrigado por ello pregunté al maestro confitero qué quería decir eso de aleve. Noto que da un inquietante respingo y su respuesta me aturrulla más todavía: «Cosas de la vida». Nada más llegar a casa me voy a la estantería de los libros; junto al Miranda Podadera (los viejos manuales de sintaxis, ortografía y demás artificios de la Gramática) está el diccionario. Aleve, dice, es «a traición». Y me digo que al abuelo o le han dado con la navaja en la espalda o le han pegado un tiro.

 

Y, como quien no quiere la cosa, estando comiendo pregunto: «A ver, ¿quién mató al abuelo?». Estupefacción, mi madre adoptiva se santigua, el maestro Ferino se pone lívido. Silencio. Y como el vacío hay que rellenarlo, me pongo a preguntar a algunas vecindonas, que lo saben todo. Y, al final, doy con la tecla. Mi abuelo se entendía con una jovencita casada, treinta años más joven que él. Según parece a sus cincuenta años era un fenómeno.

 

Cuando no iba a Motril se veía con la damisela. Hasta que un día algunos envidiosos informan al marido que no tiene la frente bien aseada, y que precisamente en ese momento Pepe López, el del Pescao, está de sospechosa visita en su casa. El marido, al parecer bastante quisquilloso, agarra la escopeta y se dirige al lugar de autos. Entra sigilosamente en su casa y, sin mediar palabra, deja a mi abuelo como un colador. Ningún poeta cantó aquel sucedido. O sea, lo contrario de los amoríos de Paolo y Francesca.

 

Mi familia nunca pasó por aquella calle. En mi caso, mi amigo el diccionario me ayudó a despejar el velo de silencio. Y para que aquello no quedara en el olvido lo dejé relatado en mi libro Cuando hice las maletas en el capítulo primero. Una parte de mi familia no me habla por ello. Seguramente envidiosos de la tierna galanura de Pepe López Vázquez. Después nadie de los míos emuló al abuelo. 



   






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