lunes, 22 de agosto de 2016

De burkas y burkinis




Homenaje a Carmen y Gemma

Reconozco mis muchas limitaciones. Por ejemplo, me pongo a cavilar sobre el nuevo culebrón veraniego del burkini y no llego a ninguna conclusión que me satisfazga. Lo mismo me pasa con otras vestimentas, llámense el velo, burka y demás. Ni siquiera cuando me ocurrió un sucedido, allá en el verano de 2000, pude articular algo con punto de vista fundamentado.

Mes de agosto, sofocante y pegajoso bochorno, que aquí llamamos xafogor. Bajaba un servidor por la barcelonesa calle Balmes  a eso de las cuatro de la tarde con cara de pocos amigos y ligeramente atontolinado por la quimioterapia. Me topo con algo que me pone los pelos de punta: un tío con gafas de sol, pantalones pirata, sandalias, polo de marca, sombrero panamá, una cámara de fotografiar a la bandolera y un señor peluco; a poquitos metros de distancia le seguía un bulto andante embutido en un burka más negro que el carbón. Me paro, miro descaradamente al sujeto y no puedo reprimir un incisivo «¿con que esas tenemos, eh?». El tipo, que algo me ha entendido, me mira como si yo fuera un intruso desestabilizador de su intimidad y me responde con un gruñido con acento presuntamente de Katar. Naturalmente mi pragmatismo me aconseja no seguir provocando porque solo dispongo de una cara y el caballero no tiene pinta de practicar el tancredismo de Estado.

De esta situación saqué momentáneamente una ventaja: se me fueron el apollardamiento de la quimioterapia y el escozor del glande. Pero la cabeza me bullía de suposiciones: ¿tendrá cara el katarí? Y otros devanamientos de los sesos. Por ejemplo, ¿qué ley era esa si no la del embudo? El katarí a los cuatro vientos y ella enfundada en el uniforme de rigor.


Mi sorpresa: comento el sucedido con algunas amistades de refitolera progresía. La respuesta mayoritaria de aquellas ursulinas de calisay: eso es multiculturalismo y otras pipirranas por el estilo. Y lo peor: me miran como si yo estuviera realquilado en el laicismo más tronera. Aprendí la lección: con estas ursulinas nunca volví a discutir, ni siquiera de quién tenía la voz más celestial, si la Niña de los Peines o María Callas. De manera que me impongo el silencio, porque no quiero problemas con esa incontable ristra de señoras multiculturalistas del pan pringao.