miércoles, 8 de junio de 2016

Antoni Doménech me da un cogotazo




El profesor Antoni Doménech me ha puesto de chupa de dómine en su reciente artículo “Varoufakis en la Barcelona de Ada Colau y en la España de Unidos en ascenso: noticia informal de sobremesa”  (1). Así me gustan a mí los títulos: cortos y jugosos. El motivo del coscorrón profesoral se debió a un comentario que hice sobre Varaoufakis hace ya tiempo. En el artículo de Doménech figura mi comentario con lo que el paciente lector tiene a su disposición lo que osé afearle al político griego.

En primer lugar quiere agradecerle a Doménech que se haya tomado la molestia de leerme y con cierta frecuencia, como director de la prestigiosa revista Sin permiso, publique algunos trabajillo míos. Este doble agradecimiento es bien sincero. En segundo lugar, no se acaba de entender bien cuál es la intención del artículo que comentamos ahora. Si se trata de ensalzar a Varoufakis la cosa se le queda corta. Y si el objetivo es atizarme un cogotazo profesoral a Doménech se le va la mano. Y entra con desparpajo en un desliz, que yo atribuyo a su exhibición verbal a veces desmesurada. Lo digo con admiración porque, en ocasiones, nos parecemos en ello.  

El profesor aprovecha la coyuntura de que el Genil riega la Vega de Granada para hablarnos de ortoréxicos y arqueréxicos. El mismo Doménech nos pone al tanto del cultismo de ambas expresiones: «De un lado, los ortoréxicos, patológicos guardianes de una supuesta ortodoxia por encima de cualquier hecho objetivo. Del otro, los arqueréxicos, que sufren de una patológica adicción al mando de turno, siempre bajo la famosa divisa del cartel colgado en los antiguos tranvías: “¡No molesten al conductor!». Según Doménech yo entro en la categoría de los arqueréxicos.

Debo decir que, entre mis muchos defectos –tengo más que los que se me atribuyen, quede claro--  no figura ni siquiera una miajica de aproximación a ella. De donde me parece inferir que las noticias que le llegan acerca de mis maneras son exageradas. Es más, Antoni Doménech me conoce o cree conocerme. Hasta tal punto que me invitó a formar parte del grupo fundacional de su revista y estar en el dintel del comité de redacción. Cosa que yo le quité de la cabeza porque en aquellos tiempos necesitaba un retiro de mis actividades. Comoquiera que una revista como Sin permiso no necesitaba la infliltración de un arqueréxico, parece de cajón que nuestro profesor no me tenía como tal.

Nuestro profesor –refresquemos la memoria al lector—dice que los arqueréxicos, «sufren de una patológica adicción al mando de turno». Sabe perfectamente que (1) llevo más de cinco quinquenios sin ser cabo furriel y (2) que siempre tuve, por mi mala cabeza, unas relaciones muy poco simpáticas con mis jefes.

Quien tiene boca se equivoca, por supuesto. Y los que la tienen cultivada les ocurre tres cuartos de lo mismo. La cuestión en este caso es: ¿se equivoca quien tiene noticias fidedignas de que el rio Guadalquivir pasa por Lora, pasa por Lora, Lora del río y, escribe que pasa por Llavaneras? De momento, esta equivocación fluvial podría ser fruto de una sobrevenida cacanorexia que nada tiene que ver ni con la ortoerexia ni con la arquerexia.

Profesor, en todo caso, ha sido un placer polemizar con usted. Porque también he podido comprobar que las noticias que me llegaban de usted eran un tantico exageradas.