miércoles, 27 de abril de 2016

Hala, a votar otra vez



Ni siquiera santa Rita, la famosa abogada de los imposibles físicos y metafísicos, pudo evitar que nuevamente vayamos a las urnas. Los diversos partidos en liza fueron incapaces de formar gobierno. Todos ellos construyeron su «verdad», estáticamente fijada en el dintel de sus respectivos chambaos, y todos ellos –mediante un pacto implícito— se pusieron de acuerdo en echarle la culpa a los demás. Comoquiera que, precisamente ahora, fueron muchos los que dicen que dijeron que iba a suceder lo contrario, debo señalar que un servidor pensó que, en un momento u otro, estallaría el pacto. Mi error viene, sin duda, de los achaques y alifafes de la edad. O sea, me equivoqué, cosa que volverá a suceder cuando lleguen otras ocasiones parecidas y similares.

Volveremos, pues, a embarcarnos en otra navegación electoral que nos lleve a cualquier otro lugar, sea éste determinado o indeterminado. De momento, estoy en condiciones de pronosticar (el comentarista que no pronostica no existe) que los mismos agentes que han intervenido en esta pasada campaña seguirán rivalizando en que la responsabilidad del fracaso ha sido definitivamente del rival que tenía más al lado y del socio aparente que no pudo tener. Digamos pues que esta es la primera regla de la toponomástica política de ayer, hoy y de los siglos venideros. Por lo tanto: hala, a votar otra vez. O si lo prefieren: ala, a votar otra vez, que también puede y debe escribirse.

Ahora bien, tengo para mí que hay otra razón añadida al evidente fracaso de ese proceso. Es, por así decirlo, una razón oculta, de la que nadie se atreve a mentarla. Se trata de algo que, aunque evidente, conviene esconder. Se trata de la inestabilidad de los partidos políticos más influyentes a la hora de confeccionar un acuerdo para conformar un nuevo gobierno. Concretamente, los socialistas y los podemitas.

De un lado, el Psoe, aturullado e inseguro, siempre estuvo vigilando que en las espaldas de Pedro Sánchez no hicieran diana los puñales visigóticos que les lanzaban, de manera inmisericorde, viejos y nuevos dirigentes. De otro lado, la inestabilidad de Podemos en torno a la relación entre su grupo dirigente y las organizaciones territoriales y en el seno de estas últimas. De donde debemos sacar otra conclusión: el postulado de la toponomástica política que indica «que la inestabilidad interna de cada partido se traslada, en mayor o menor medida, al panorama político general».