sábado, 2 de abril de 2016

Ada Colau y Félix de Azúa



Obertura

El flamante académico de la Lengua Española, en su primera intervención pública tras su nombramiento, se ha estrenado con una insólita sugerencia –más bien una exigencia--  a la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau. Ya saben ustedes, don Félix de Azúa le ha espetado que debe irse a vender pescado. Tres cuartos de lo mismo que planteó, hace un par de semanas, un concejal del Partido Apostólico de Palafolls (Barcelona), aunque cambiando de gremio: la Colau debe ponerse a fregar los suelos. Ya ven, ya ven ustedes hasta qué punto las relaciones de ciertos intelectuales con la edilicia chusquera pueden tener una aproximada biyección según se desprende de la teoría matemática de conjuntos de George Cantor.

Lo primero que se me ocurre es que de Azúa es un ordinario. Aclaro: mi madre adoptiva pensaba que «ser un ordinario» era el peor calificativo que se le podía hacer a una persona. Nunca rectificó cuando, ya entrado en años, le hice ver que había en el diccionario otros adjetivos más contundentes y apropiados para cualquier bellaquería de alto cabotaje. También mi suegra, Conxita Frasquet, tenía sus propios códigos lingüísticos: cada vez que la policía franquista venía a casa a detenerme les gritaba unos potentes insultos: ¡tuberculosos! Le hice ver en varias ocasiones que la tuberculosis ya no era algo tan maldito como antaño. Vamos, que se curaba. Tampoco tuve éxito. De manera que ambas damas sin duda no tendrían empacho en calificar al flamante académico como «ordinario» y «tuberculoso».

Primer acto

La primera reacción que han provocado las palabras del flamante académico es que ha vejado a la señora Colau. Por supuesto, pero comoquiera que Azúa es un renombrado poeta utilizaremos una metáfora: sus palabras son solamente espuma; sucia, naturalmente. Ahora bien, la tonalidad del insulto, en do de pecho, se dirige principalmente a las pescaderas. Porque el elitismo antidemocrático del personaje no concibe que las pescaderas  deban ejercer ningún cargo público, incluido el de ser alcaldesas. El motivo: como hipótesis sería que esas trabajadoras ignoran qué cosa es el ablativo absoluto. Cosa que, según parece, tampoco está en los conocimientos de las mujeres de la limpieza, las tejedoras, y demás gremios. Luego, siguiendo el principio de inducción, ninguna mujer del mundo del trabajo tendría los saberes para ser alcaldesa.

Segundo acto

Don Félix, que otrora figuró entre los poetas llamados novísimos,  ha ingresado formalmente en la Encomienda del machismo clasista, aunque cabe la posibilidad de que antes militara clandestinamente en esa Orden. Nuestro encomendero ha salido, pues, del armario.

Tercer acto

En todo caso, al flamante académico le debemos el tránsito de la conjetura a la demostración. Es decir, no son pocos los que nos han llamado la atención de que el machismo no es algo privativo de las capas más incultas de la sociedad, ni siquiera de las formalmente más violentas. Es algo que está repartido en todos los intersticios de la vida. Ahora, don Félix ha demostrado que en las altas copas de los árboles de la Real Academia de la Lengua Española anidan algunos encomenderos de alto copete.

En resumidas cuentas, también en la docta institución puede colarse un «ordinario». Es evidente que con dicha calificación somos muy generosos. Pero este es un homenaje a la sintaxis de mi madre adoptiva. Que, como era de misa diaria, no sabía blasfemar. Nuestro intelectual sabrá disimular el desfase entre el significante y el significado, ya que mi madre era solamente la mujer de un confitero.