jueves, 15 de octubre de 2015

La nefasta doctrina del cardenal Cañizares. Por una alianza entre creyentes y no creyentes




Las declaraciones del cardenal Cañizares, que son sobradamente conocidas por lo que nos ahorrarmos reproducirlas, no apuntan exclusivamente al territorio político de qué tipo de transformaciones pueden darse en Europa con la llegada de refugiados políticos e inmigrantes económicos. Cierto, son un material de apoyo directo a la xenofobia y a quienes temen la pérdida de las «raíces cristianas» de nuestro continente. Son esencialmente un airado puñetazo al  papa Francisco. Dígase, ante todo, que este alto funcionario de la Iglesia no hace otra cosa que revisitar algunos de los textos y viejas doctrinas que su corporación ha ido emitiendo a lo largo de siglos. La diferencia ahora con las nieves de antaño es que quién más puede formalmente, Francisco, ha hablado alto y claro.

Con todo, Francisco tiene un problema: de un lado, una parte no irrelevante de los dicasterios vaticanos (y de los funcionarios eclesiásticos de los Estados nacionales) le es profundamente adversa: por enumerar los casos españoles, ahí están --además de este Cañizares— los mitrados de Alcalá y Córdoba, los de Granada y el ubícuo Rouco, entre otros, que expresan contundentes discursos en dirección contraria a la de Francisco. De otra parte, los católicos progresistas no le hacen explícito su apoyo. Y el conjunto de la feligresía es accidentalista: están con él como pudieran estarlo con otro de orientación contraria, practicando –por así decirlo--  la doctrina Estrada.  Este último es el terreno que le disputan Cañizares y sus hermanos a Francisco mediante una operación de gran envergadura: este papa es herético o, perdonándole la vida, es un alma de cántaro. Sin descartar que otro sector ensotanado le mire como un aventurero que les lleva a un callejón sin salida.

¿Son los católicos progresistas conscientes de esta situación, están al tanto de que esta disputa no se ventila, sólo ni principalmente, en los pasillos del Vaticano sino en todos los campanarios?  ¿Son los progresitas, creyentes o no, de que dicha disputatio no es un asunto interno de la Iglesia? ¿Es posible establecer una entente, sin ningún tipo de instrumentalizaciones mutuas, entre creyentes y no creyentes en torno a una serie de grandes cuestiones de civilización, algunas de las cuales plantea Francisco? Por ejemplo, la lucha contra la pobreza, la paz en el mundo, la solidaridad con los refugiados, la tutela y promoción defensa del medio ambiente, entre otros? 

No sabemos cómo responder a estas incógnitas. Pero de algo estamos aproximadamente seguros: esta batalla no es sólo eclesiástica, ni ´romana´. Es global en su sentido más químicamente puro. Y, para decirlo en términos claros es una cuestión de poder. O del poder armado de los Cañizares y compañía o del poder suave de Francisco y lo que representa. El primero, el de la vuelta atrás a Concilio Vaticano del papa Roncalli; el segundo, el poder de la solidaridad.

¿Exagero en mis interrogantes? ¿Es necesario ese movimiento de base de los católicos progresistas? Claro que sí, porque Francisco ha pasado de la advertencia preventiva de sus primeras semanas de papado a la crítica social, lo que ya en sí representa un salto en cualidad. Mientras la cosa quedaba en advertencia preventiva, el complejo curial-administrativo permaneció silente y a verlas venir. Cuando Francisco pasó la raya y saltó a la crítica social, las viejas placas tectónicas de un sector muy influyente de la Iglesia tuvo que decirse aquello de «hasta aquí hemos llegado, Bergoglio». Y pronostico: no parará hasta o bien ser derrotado o hacer que dimita Francisco, como hicieron con el bueno de Celestino V.

¿Exagero la nota cuando planteo la necesidad de un entendimiento en torno a una serie de problemas –los que motivan la crítica social de Francisco--  entre los creyentes y los no creyentes? Pues, no. Porque, con independencia de la fe de unos y la increencia de otros, la cuestión que une a todos es el avance de la democracia, el universo de los derechos, la tolerancia, un nuevo humanismo. Que son las enemistades del «complejo curial-administrativo».  

Volvemos a las recientes palabras del cardenal Cañizares. Además de todo lo dicho anteriormente, el caballero envía un mensaje de protección y estimulo a una desgraciada novedad sobre la que las izquierdas no han reflexionado suficientemente: considerar la solidaridad como un delito. Esto es algo que ha percibido lúcidamente Stefano Rodotà en un libro que conviene estudiar a fondo, Solidarietà, un´utopia neccessaria (Editori Laterza, Bari 2014). Este viejo profesor de la Universidad de Roma, La Sapienza, se refiere a que esta palabra, solidaridad, empieza a ser impugnada y proscrita por ciertos sectores y también por determinados gobiernos cuando «los comportamientos de aceptación del otro, del inmigrado ´irregular´ son considerados como ilegales, prescribiendo incluso sanciones legales». Esto es también lo que quiere reforzar ese Cañizares.

Frente a ello vale la pena traer a colación una exigencia del maestro Pietro Ingrao:  «Os ruego que no permitáis que se eliminen las preguntas sobre el ser humano» en su librito Indignarsi non basta.


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