viernes, 19 de junio de 2015

Un aviso a las nuevas autoridades

El presidente de la CEOE es una persona temerariamente facunda. Habla por los cuatro costados como aquel personaje del teatro que «en todas partes dejó memoria amarga de mí», quiero decir de él. 

El bueno de Joan Rosell se ha unido a la zahúrda de quienes están arremetiendo contra aquellas fuerzas que presiden las instituciones –locales y autonómicas— tras las recientes elecciones. Tampoco ha tenido el detalle de la cortesía de los cien días de gracia. Por lo que debería entenderse así: los primeros cien días hay que practicarlos cuando gobierna su particular parentela. Primera consideración: tome bicarbonato el caballero cuando tenga ardores de estómago y actúe de manera pragmática.

Lo más sorprendente ha sido que en su paroleo ha criticado a los nuevos inquilinos de no tener un Business plan. Que, dicho en román paladino, no es otra cosa que un Plan de Negocios. Algunos dirán que sobran los comentarios. De ninguna manera. Hay que hablar de ello.

El dirigente empresarial concibe las instituciones democráticas como hijuelas de la economía, de manera que está proponiendo la técnica de cierto antepasado suyo en el cargo y de otros colegas que establecieron provechosos business plan, de compadreo económico, con los dirigentes políticos. No importa que algunos de ellos estén ahora en la cangrí o imputados o señalados públicamente. La culpa no es de ellos sino de ciertos jueces picajosos que no entienden la subalternidad de la política hacia el plan de negocios.

Y, en realidad, lo que no entiende Joan Rosell es que el cambio operado en ciertos ayuntamientos y comunidades autónomas es, también, el resultado de un hartazgo indigesto de tanto business plan de tierra quemada, excepto para unos pocos. Muy concretamente a ese 40 por ciento de nuevos ricachones que ha crecido en estos tiempos de aguda y exasperante crisis. Así pues, no se trata del uso de un lenguaje pijo –business plan— sino de un concepto hondamente asimilado por este caballero y sus parciales. Es, además, un lenguaje que expresa el temor de que –dispensen el lenguaje barriobajero— se les haya acabado el mamoneo.


Cosas veremos: incluso que las mesnadas de Rosell y sus franquicias diversas azucen a quienes se impacienten porque todavía no se les ha resuelto lo suyo: aquello que estropearon al máximo los business plan.    

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