lunes, 4 de febrero de 2013

¿LA POLÍTICA SE PUEDE REFORMAR?




Nota editorial. Sigue la conversación en torno al libro de Fausto Bertinotti. Ahora en torno a la primera parte del capítulo (1) Hundimientos y revueltas, donde Bertinotti dialoga con Dario Danti.


De Paco Rodríguez de Lecea a José Luis López Bulla

Las revueltas expresan una potencialidad performativa, querido José Luis. Ni espontaneísmo, ni inmadurez. Potencialidad performativa. Dice Fausto que no hemos de juzgarlas a través de las categorías analíticas del siglo pasado, y da el ejemplo innovando con algún desparpajo. Convendrás conmigo, sin embargo, en que la utilización de esa “terminología punta” no ha conseguido sorprendernos a nosotros, orgullosos ciudadanos de Parapanda, hombres libres bien afincados en la modernidad del siglo XXI. Nosotros, por poner tan sólo dos ejemplos, hace ya largos años que manejamos con soltura el teléfono humano, y nunca nos hemos visto en la penosa tesitura de elegir entre una cocacola y una pepsicola, porque para eso tenemos en el rincón más aireado del zaguán agüita milagrosa de la fuente del Avellano puesta a refrescar en un botijo decorado en tiempo real con pictogramas de videogame.

Dejo a un lado toda una serie de aspectos de la conversación de Fausto dignos de comentario pero marginales en último término, y me centro en lo que me parece son los puntos neurálgicos del discurso desarrollado en este capítulo: la irreformabilidad de la política, y las dos características que en opinión de Fausto dan una proyección de futuro (una potencialidad performativa si lo prefieres) a las revueltas del año 2011: a saber, la democracia directa y la política concebida como conflicto.

“Irreformabilidad” es la palabra clave, dice Fausto. Luego parece tener algunas dudas sobre qué es lo irreformable. Los gobiernos de los Estados, empieza por decir, y en seguida se corrige a sí mismo: más que los gobiernos, los regímenes. Y aún vuelve a rectificar: lo irreformable es el sistema. En todo caso, se desprende de su discurso que no tiene ya objeto dirigir la acción política contra las instituciones políticas (la Casa Blanca), sino contra los centros donde se asienta el poder real (Wall Street).

Reconozco en ese planteamiento al Fausto impaciente y jacobino que conocí hace treinta años, el que dirigió la ocupación de la FIAT, el que veía la negociación colectiva como un elemento de movilización permanente, y no como la plasmación ordenada de acuerdos estables. A la vía democrática hacia el socialismo propuesta por el viejo Engels, Fausto contrapone el asalto al Palacio de Invierno y la dictadura del proletariado implantada por Lenin y los bolcheviques en Rusia. Las circunstancias no son hoy las mismas, advierte, pero todo indica que él prefiere arriesgar el todo o nada, ir al choque de trenes en lugar de a la guerra de trincheras del lento proceso por las reformas. ¿Son imposibles las reformas, como sostiene Fausto, o más bien son incompatibles con su concepción de la política? A mí su posición me parece paradigmática de aquello que decía Vittorio Foa de los comunistas de los años cuarenta del siglo pasado: «Se niegan a hacer nada hasta después de haberlo hecho todo.» En contraposición a los lampadieri del Dante, Fausto está dispuesto a colocar el farol en el horizonte lejanísimo de la emancipación, aunque eso implique dejar a oscuras toda la tierra fragosa que nos separa de aquel lugar.

La democracia directa practicada por los indignados es un soplo de aire fresco bienvenido en un ambiente político impregnado de cansina rutina institucional. El carácter de base de la protesta, la ausencia de siglas y de líderes del movimiento, es una característica positiva para incorporar y aglutinar “subjetividades” (en la expresión de Fausto) muy heterogéneas, aunque adolece de una falta de concreción en la propuesta y en los objetivos a corto plazo que gravita pesadamente sobre la continuidad de las acciones en el tiempo.

Y no seremos tú y yo quienes nos opongamos a la concepción de la política como conflicto. En mi recuerdo, siempre hemos sostenido de forma consecuente que la democracia no se reduce al consenso, sino que debe tener una expresión fuertemente conflictual: uno no está en democracia para seguir pasivamente el parecer de la mayoría, sino para defender vigorosamente las propias posiciones utilizando para ello todos los variados instrumentos que ofrece la política. Incluidas, cómo no, las movilizaciones, las huelgas, las concentraciones, las manifestaciones de calle y todas las facetas posibles de una libertad de expresión respetuosa con el adversario pero firme y combativa tanto en la forma como en el fondo.

Al contrario que Fausto, yo tomaría como punto de partida la convicción profunda de que los gobiernos, los regímenes, el sistema incluso, son reformables. Nadie dice que sea fácil reformarlos; testimonio de ello son las derrotas históricas del movimiento obrero en el siglo XX. Pero no me parece de recibo sostener que las categorías que entonces eran útiles se han revelado de pronto inservibles.

Tuyo en la Idea, Paco

De José Luis López Bulla a Paco Rodríguez de Lecea


Querido Paco, me parece bien que propongas como tema a debatir el de la “irreformabilidad de la política”.  Me parece, también a mí, que nuestro Fausto utiliza por lo general un lenguaje a golpe de apotegma. Primero fue la reiteración abusiva de “las ocasiones perdidas”; ahora es la “irreformabilidad”. Sospecho que esa contundencia forma parte de una sintaxis política, muy extendida en las izquierdas, de carácter imperativo. En ese sentido, creo que es el maestro Pietro Ingrao de los pocos que se salvan. No es sólo la ausencia de la duda; de la duda  que es tan frecuente en Ingrao;  es, sobre todo, la falta de condicionales. ¿Se trata de otra de las herencias de los conceptos y lenguajes de la teología, siempre tan taxativo? Que se expresan de una manera tan contundente como si tuvieran unas leyes inexorables que se pueden expresar en teoremas. 

En todo caso, querido amigo, me parece que todo intento de reformar la política debería partir del dilema que nos plantea Trentin en  CAPÍTULO 3 (1) ¿CAMBIAR EL TRABAJO Y LA VIDA O, ANTES, CONQUISTAR EL PODER? y CAPÍTULO 3 (2) ¿CAMBIAR EL TRABAJO O, ANTES, CONQUISTAR EL PODER? Ahí me parece que está, al menos como hipótesis, una serie de indicios para darle la vuelta a la tortilla de la reformabilidad. Por supuesto, siempre en el camino de la potencialidad preformativa que has hecho bien en aclararnos que es algo así como una proyección de futuro. Aunque deberíamos pedirle que nos dé un anticipio, aunque fuera pequeño.

 

Tuyo en la Idea, JL

 

 

P/S. La foto de arriba: en el Penal de Soria (día de la Mercè de 1969). Puedes ver algunos viejos amigos. Estoy irreconocible como puedes ver. En cambio, a Angel Abad y Vicenç Faus se les nota todo. 



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