martes, 29 de enero de 2013

EL MOVIMIENTO DE LOS MOVIMIENTOS



Nota editorial. Sigue nuestra conversación en torno a Hundimientos y promesas (2), otro capítulo más del libro de Fausto Bertinotti Las ocasiones perdidas. Tiene la palabra Paco Rodríguez de Lecea.



Habla Paco Rodríguez de Lecea


Por supuesto, querido José Luis, lo que estamos leyendo no es la descripción de un diálogo real sino un artificio bien diseñado que sus protagonistas apenas se molestan en disimular. Danti se comporta como el peón de brega de confianza de Bertinotti:

–¿Ande le pongo el bisho, maestro?
–En los medios, Darío, en los medios. Y luego dejarme solo, que hoy armo el alboroto...

Entonces el capote experto de Danti da salida a la potente metáfora de Tom Benetollo sobre los “lampadieri” medievales (no he querido traducir la palabra por “faroleros”, por el doble sentido del término en nuestro idioma; y “portalámparas” significa decididamente otra cosa), y Fausto se arrima al morlaco y compone una faena de filigrana, llena de belleza y de verdad. ¡Olé, Fausto!

La cuestión sobre dónde colocamos el punto de luz en nuestro camino hacia un cambio de sociedad, no es anecdótica. Hay en el tema de la ‘salida’, bien sea de la derrota histórica a la que alude Fausto, o bien sea de la crisis, como nos ocurre en este momento, dos tareas distintas pero ambas imprescindibles: la primera, reunir la fuerza suficiente, o dicho al modo convencional, la política de alianzas; la segunda, avanzar en la buena dirección, lo que significa establecer un proyecto, fijar unos objetivos y un itinerario adecuado para alcanzarlos. «Quien no cata los fines, fará los principios errados», decía el consejero Patronio al conde Lucanor. Fausto nos dice lo mismo, y recuerdo que nuestro Isidor Boix también hizo una observación parecida, en respuesta a Miquel Falguera, en unos trabajos publicados hace muy poco en este blog. Esa es la razón por la que sigue siendo necesaria, entre las instancias del poder político y las iniciativas que surgen de la sociedad, la mediación de los partidos. O como dice Fausto en su texto, de la “subjetividad político-partidaria”.

¡Qué empresa descomunal describe Fausto en relación con aquella “ocasión perdida” en el año 2001! Rifondazione, dice, habría tenido que disolverse para recomponerse como una especie de columna vertebral del movimiento de los movimientos, para dar solidez, experiencia y coherencia a aquel magma, para guiarlo y protegerlo de tropezones y encontronazos en su camino hacia la madurez. Para servirle de lampadiere, piensa irresistiblemente el lector, atraído por la fuerza de la metáfora. Es fácil ironizar sobre esa pretensión, y yo no voy a hacerlo. Me importa más detenerme en el meollo de la propuesta.

Es cierto que la izquierda asentada, vincente en la expresión de Trentin, se situó escrupulosamente al margen de los movimientos. Hubo incomprensión, recelo, vacío en las relaciones entre ambos. Es cierto que esa situación condujo a la larga al fracaso de unos y otros, y a la victoria desatada, terriblemente tóxica, de la derecha global neoliberal. Los partidos políticos y en buena parte también los sindicatos funcionaban –y siguen funcionando, ni el menor atisbo de rectificación en ese sentido– desde un sólido principio jerárquico en el que las ideas y las consignan circulan predominantemente de arriba abajo, se difunden desde la cúpula hacia la base. Los movimientos lo hacían, y también siguen haciéndolo, a partir de una organización horizontal, de base, con una red organizativa amplia y muy laxa. Sus antenas están pegadas al terreno, detectan a la perfección los movimientos telúricos del subsuelo, reaccionan con rapidez, son ágiles en la convocatoria. Pero el poderoso impulso que son capaces de generar puntualmente se agota pronto por falta de estructuras estables capaces de sostener y dar continuidad a las acciones.

Son esas estructuras las que Fausto piensa que pudo aportar su formación, entre 2001 y 2003, al movimiento de los movimientos. Cambiar la forma-partido haciéndola más flexible y polimorfa, más participativa también, para encauzar y dar mayor persistencia en el tiempo a la acción de los movimientos. Falló entonces, dice Fausto, la “conexión sentimental”, y se frustró la posibilidad de nacimiento de un nuevo sujeto político, un partido movimientista, libre de la disciplina férrea de los partidos tradicionales, y también de las carencias derivadas de la espontaneidad efímera de los movimientos.

Nadie puso ese tema en el orden del día entonces, dice Fausto, pero eso no significa que no fuera necesario. Alguien tendría que ejercer la función de lampadiere, tantear una senda inexplorada y dar pasos un poco a ciegas para alumbrar el camino a los que se animaran a seguir detrás. No faltarán escépticos que sostengan que una operación de ese tipo está destinada al fracaso. A mí me parece que valía la pena entonces, y sigue valiendo la pena ahora, intentarlo, a la vista de cómo está el panorama general. En el peor de los casos Fausto podría haber dicho, como Don Quijote en respuesta a las burlas que recibió después de emprender la portentosa aventura de Clavileño: «Nadie podrá quitarme la gloria del intento.» Paco.


Querido Paco, comparto el contenido de tu comentario. Ello significa, claro está, que me encuentro cómodo con los planteamientos que hace, en este capítulo, nuestro amigo Fausto Bertinotti. Quisiera, por otra parte, detenerme un momentito en algo que nos dice Fausto con la franqueza que le caracteriza: «Antes que nada, hemos de reconocer que la izquierda radical no posee la masa crítica suficiente para asumir la suplencia de la izquierda moderada y mayoritaria en Europa…»  Está hablando de la fase actual, desde finales del siglo XX hasta nuestros días. Pero lo cierto es que esa misma situación se ha dado a lo largo del siglo XX. No es necesario recurrir a Bruno Trentin para constatar ese dato.

Desde luego, este no era tal vez el momento para que Fausto nos explicara el por qué de esa carencia de “masa crítica” de la izquierda radical para suplir a la izquierda moderada. Pero el caso es que nunca nos ha explicado qué piensa al respecto. Lo digo porque he leído su abundante literatura política y ensayística y me he quedado con las ganas de saber a qué se debe que la izquierda radical ha tenido y (todavía) tenga menos perímetro que la moderada.

Por lo demás, me parece que Fausto “se impacienta”, aunque tenga motivos para ello. Al final de este capítulo nos dice que «el movimiento de los movimientos ha sido premonitorio y ha ejercido una crítica eficaz de las grandes injusticias llevadas a cabo por la globalización neoliberal, pero no ha conseguido poner en pie una real y auténtica alternativa de sociedad. Por lo tanto, hemos de hablar de otra ocasión perdida.» Cuando habla de que eso ha sido otra ocasión perdida ¿está dando a entender que pensaba que dicho movimiento de movimientos podía construir, a las primeras de cambio, una real y auténtica alternativa de sociedad?  ¿En tan poco tiempo y sin relación con la política?  Así pues, francamente me parece una exageración afirmar que, también ésta, fue una ocasión perdida.

Mis saludos, JL  
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