domingo, 20 de enero de 2013

CANTANDO LA CANCIÓN DE LOS MUERTOS


Nota editorial. Paco Rodríguez de Lecea y un servidor, que nos lo pasamos la mar de bien conversando, iniciamos un nuevo diálogo (el primero fue sobre Bruno Trentin y su ciudad del trabajo) con motivo de nuestra traducción del libro de Fausto Bertinotti LAS OCASIONES PERDIDAS    Hoy hablamos sobre HUNDIMIENTOS Y GIROS (1) donde el autor expone toda una serie de cosas que ya se verán.  




Querido Paco, celebro que nuevamente nos veamos las caras en este debate a distancia; lo celebro, todavía más, porque a ello nos convoca un amigo común, Fausto Bertinotti, con su obra Las ocasiones perdidas. Un Fausto Bertinotti, que siempre fue tan solidario con Comisiones Obreras de Cataluña, en su época de dirigente sindical: primero, como secretario de la Cgil piamontesa y, posteriormente, en la dirección nacional del sindicato. Han pasado ya muchos años de aquello. Recordarás que le conocimos en 1980, en nuestro segundo congreso, que tú presidiste con mano ducha. Más adelante Fausto dejaría las responsabilidades sindicales y su militancia en el Partido comunista italiano tras su profundo desacuerdo con el giro (svolta) de Achille Occhetto, que él mismo comenta posteriormente y que, cuando llegue el momento, hablaremos de ello en nuestra conversación. Fausto ingresaría en el nuevo partido comunista, Rifondazione, después de una confusa situación interna de la que salen malparados sus dos principales dirigentes fundadores, Armando Cossutta y Sergio Garavini. Fausto, tras esa melée política, acaba siendo el secretario general de Rifondazione. En lo que a este partido se refiere, al menos en sus primeros andares, ya tendremos ocasión de hablar de ello. Esperemos, pues, los próximos capítulos donde nuestro Fausto habla de la transformación del Partido comunista italiano.

No quiero ocultar, sin embargo, que por lo general he tenido muy pocas coincidencias con Fausto, así en sus planteamientos sindicales, especialmente en su etapa romana, como en su quehacer político. Pero nuestra amistad siempre estuvo por encima de todo. Es una persona que piensa con su cabeza y un intelectual de gran formato. Es más, considero que su voz, siempre fuertemente crítica, fue (y es) necesaria para la izquierda.

Querido Paco, a mí me pasa tres cuartos de lo mismo que Bertinotti: tengo una memoria vaga con relación al proceso inmediato del hundimiento de la URSS; y, al igual que Fausto, todavía me impacta la noticia de la invasión de los tanques soviéticos en Praga. Lo había oído por la radio. Verás, salgo de trabajar y me encuentro en la rambla de Mataró a un compañero de partido, el PSUC, que hacía unos meses se había tomado un descanso en la militancia porque estaba hecho polvo a causa de unos amoríos no correspondidos. El compañero, con una sonrisa de oreja a oreja, me dice: “Oye, que vuelvo a militar. Que ya vienen los rusos”. Me quedé de piedra. Después, en una reunión de urgencia del comité local, la mayoría era partidaria de inundar de octavillas la ciudad saludando la entrada de las tropas soviéticas en Praga. Sólamente Pedro Barrena, obrero metalúrgico, y un servidor estuvimos radicalmente en contra. Finalmente, se impuso una transacción: “Esperemos a ver qué dice la dirección”. Lo demás es cosa sabida.

En todo caso, tengo la impresión de que Fausto no explica en su diálogo con Dante Danti por qué ocurrió el hundimiento de la URSS. Se limita a recordar lo que dicen otros comentaristas. En ese sentido, es bastante chocante que apenas exista literatura de dirigentes políticos que hayan reflexionado a fondo sobre el particular. Es como si eso sólo correspondiera a la competencia de los politólogos. En todo caso, hay una pregunta que todavía no ha salido del fondo del armario: ¿por qué el pueblo no salió a defender aquello? Lo único que podemos constatar es que, cuando los golpistas se rebelaron contra Gorbachov, salieron a la calle unos cuantos miles de personas (sólo unos cuántos miles en la inmensidad de Moscú) con aquel Yeltsin interesadamente al frente. Insisto: ¿por qué nadie defendió lo que se dio en llamar el socialismo real? Me pregunto: ¿y por qué iban a hacerlo? ¿Por qué no defendieron la apertura y la renovación que propiciaba Gorbachv?

Que la situación económica era calamitosa es algo que relata puntillosamente Abel Agambeyan, el economista de cabecera de Gorbachov, en su libro La perestroika nella economia (Rizzoli, 1988), que te tengo reservado para cuando nos veamos en Pineda de Marx. Por cierto, el autor califica a la URSS como “superpotencia subdesarrollada”. Unamos a ese subdesarrollo, la falta de libertades en el centro de trabajo y en la sociedad, una centralización sofocante y un régimen cuartelero-policial y tendremos unas primeras y básicas explicaciones de que la gente no se sintiera concernida a defender aquel putiferio. Pero, con toda seguridad, tiene que haber mucha más miga. Y una parte de esa miga, no irrelevante, es la relación entre la caída in itinere de la URSS y la crisis generalizada que se va produciendo (anterior al hundimiento formal del comunismo soviético) en los partidos comunistas de Occidente. 

Quedamos, pues, en vernos el sábado en mi casa (que es la tuya), pasada ya la ciclogénesis y te pondré al corriente del homenaje que se prepara a Monserrat Avilés y su legendario despacho de abogados laboralistas. Oiremos, si te parece, la música de Agostino Steffani, cantada por la Bartoli. Abrazos, JL              


Querido José Luis,

Fui presentado a Fausto Bertinotti formalmente con ocasión del II Congrès de la CONC, que Higinio Polo y yo moderamos, no ‘presidimos’, con mano más o menos ducha según tu expresión. Pero los recuerdos que tengo de él se focalizan más o menos un par de años más tarde, en una serie de visitas que hizo a Barcelona en la época en que yo tuve el honor de trabajar como secretario de Organización de Catalunya. Fausto era entonces el secretario de la CGIL del Piamonte, pero sobre todo el hombre que había dirigido muy recientemente la ocupación de la fábrica FIAT, en Ivrea, durante 35 días. Siempre exigente consigo mismo, no estaba del todo satisfecho de aquel récord.

Una noche, charlando de sobrecena los tres –quizá lo recuerdas–, salió a colación el compositor Fausto Amodei, y yo comenté que cada vez que oía la canción de los Muertos de Reggio Emilia, no podía evitar que me saltaran las lágrimas a los ojos. “¿Qué te parece la letra de la canción?”, me preguntó, y creo que el adjetivo que empleé fue: “Definitiva.” “En Italia, hay compañeros que la critican”, dijo. Yo no podía creerlo. ¿Por qué? “Es esa estrofa...”, explicó, y tarareó:

Il solo vero amico che abbiamo al fianco adesso
è sempre quello stesso che fu con noi in montagna.
Ed il nemico attuale è sempre ancora uguale
a quel che combattemo sui nostri monti e in Spagna (*)...

Una alusión en exceso prosoviética, decían los críticos. Creo recordar que le expliqué que no me había significado nunca como prosoviético, pero tampoco como antisoviético. “Lo mismo yo”, dijo, y tarareó otro fragmento de la misma canción:

Lauro Farioli è morto per riparare il torto
di chi si è già scordato di  Duccio Galimberti


“Para demostrar que yo no me he olvidado, puse a mi hijo el nombre de Duccio. Esto te dará idea de cuánto aprecio esa canción.”

Recordé la conversación cuando supe que, después de serias dudas y vacilaciones, Fausto había salido del partido de Occhetto para adherirse a Rifondazione Comunista. Sus razones me parecieron entonces confusas, y me lo siguen pareciendo ahora, a pesar de su argumentación. Porque me pareció un paso en la dirección equivocada. Por la laceración; no porque considere que Occhetto tenía la razón. (Por lo menos, no ‘toda’ la razón.)

Quiero referirme al respecto a una cuestión capital, la del partido-iglesia. Fue así. El partido comunista nos ofrecía –in illo tempore– a los militantes una certeza que era al mismo tiempo un consuelo: prometía el paraíso en este mundo. Para más adelante, claro está; pero sin la menor duda ni confusión posible. Vittorio Foa describe con sarcasmo en sus memorias la actitud de los comunistas de hierro que, como Gramsci en la carta citada, abominaban del reformismo y del sindicalismo: “Los comunistas se negaban a hacer nada antes de haberlo hecho todo.”

Aquella fe laica quebró en algún momento indefinible. Hubo tensiones cada vez más fuertes. Me ha sorprendido encontrar en los escritos de algunos excomulgados tempraneros, como Jorge Semprún y Rossana Rossanda, la añoranza de la época en la que el partido se envolvía en un aura de infalibilidad. Fausto hacia 1982 se permitía ironizar con nosotros sobre esa extraordinaria virtud: “El partido no es infalible, ni mucho menos. Pero por fortuna el segretario generale sí lo es. Siempre.”

Coincido de todos modos con Fausto en que el derrumbe del socialismo real fue para la izquierda una ocasión perdida. Los dirigentes políticos se encontraron en aquel momento, en Italia como en España, con una herencia incómoda en las manos que no sabían muy bien cómo gestionar. Y se produjo una laceración, entre los renovadores que se apresuraron a ajustar las expectativas de hacer política a los límites del sistema imperante, y los nostálgicos que se refugiaron en unos símbolos y una liturgia que habían perdido su sentido. Los primeros perdieron por el camino el horizonte del socialismo; los segundos se refugiaron en una oposición numantina sin porvenir ni perspectiva.

Fausto era demasiado inteligente y combativo para marchar al paso de los primeros, pero me sorprendió que eligiese entonces, y defienda aún, los símbolos y la liturgia. Después de todo, él tenía muy próximos a compañeros como Pietro Ingrao y Bruno Trentin. Podía haber sumado esfuerzos para reagrupar los restos dispersos de aquel ejército derrotado y, con todos, con renovadores y nostálgicos juntos, buscar una síntesis política más eficaz en la situación comprometida en la que se encontraba el movimiento obrero.

Han pasado veinte años y seguimos buscando esa síntesis. Ni los renovadores ni los nostálgicos están ya en el centro de la escena. Ahora es el momento de los indignados.

(*)"El único amigo verdadero que tenemos aún a nuestro lado
sigue siendo el mismo que estuvo con nosotros en las montañas.
Y el enemigo actual también sigue siendo igual
al que combatimos en nuestros montes y en España."

"Lauro Farioli ha muerto para reparar la injusticia
de quienes se han olvidado ya de Duccio Galimberti."

(Traducción de Francisco Rodríguez de Lecea)


La Canción de los muertos:


Radio Parapanda. Unas relaciones laborales basadas en el diálogo social, la calidad del empleo y la profesionalidad. A propósito del XVII Convenio general de la Industria Química



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