miércoles, 28 de noviembre de 2012

EXPULSAR LA POBREZA DE NUESTRAS VIDAS


Hèlios López Roig



Creo que históricamente ha sido una gran tarea pendiente y hoy todavía lo es más. Lo condenso en: Yo Quiero expulsar la pobreza de mi vida, de las personas y las familias de mi comunidad de vecinos, de mi calle, de mi barrio, de mi centro de trabajo, de mi escuela pública, de mi ciudad, de mi país, del mundo, pero no dispongo de ninguna varita mágica y tampoco desearía tenerla en mis manos. Yo Quiero encapsular toda la miseria y lanzarla como una piedra sin retorno a los confines del espacio sideral, pero no tengo el suficiente impulso, y además, desconozco por completo el método, la fórmula, la tecnología y las herramientas a emplear. En todo caso, creo que en esta gran y central tarea y como también con otras pendientes, nos toca, nos concierne seguir manteniendo impulso, lucidez, habilidad, creatividad al mismo tiempo que entretejemos fuertes y constantes vínculos y sentimientos entre personas y generaciones para mejorar las condiciones de vida y trabajo en nuestras Ciudades del Trabajo y del Saber que entre todos hemos construido.

Para documentarse de forma fundamentada sobre las principales causas, las evidentes consecuencias y las diferentes respuestas de combate cultural, social y colectivo al fenómeno de la pobreza en España, ustedes pueden encontrar un libro magnífico de reciente aparición que merece atención, lectura, notas y apuntes complementarios para elaborar reflexiones y extraer algunas conclusiones que nos sean útiles para comprender la naturaleza y los movimientos de este monstruo. El trabajo se titula “Socialización de la pobreza en España. Género, edad y trabajo en los riesgos frente a la pobreza” de Ángel Belzunegui (coord.), Icaria Editorial, año 2012.

La mirada sobre la pobreza nos refleja el estado de salud de los lugares sociales que esta alimaña ocupa e invade, dejándolos arrasados, deteriorados, precarizados e indignos para el provecho vital de los colectivos, las familias y las personas. El libro arranca describiendo que la pobreza es un fenómeno social total; pertenece a ese tipo de fenómenos que abarcan diversas dimensiones de lo social: la económica, la relacional, la simbólica, la cultural y la política. “Estar en” o “padecer” una situación de pobreza es habitar los lugares sociales de las pobrezas, aunque parezca una tautología. Al estado de pobreza se le asocian, en diferente grado, las situaciones funcionales de vulnerabilidad, de riesgo y de privación, que soportan las personas que denominamos pobres.

En otro extremo, los ricos y los megaricos son la reducida y finísima capa social de familias e individuos que habitan lugares sociales dorados y de prestigio. Situados en lo más alto de la pirámide social, donde gozan de una privilegiada posición de poder, influencia e independencia. Concentran y disponen de propiedades, rentas del capital, fondos de inversión, fondos de pensiones que mueven y multiplican fácilmente con operaciones y transacciones de alcance global. Alcanzan y acumulan una alta y eficaz capacidad extractiva de la energía, los bienes y los conocimientos generados y producidos en la Ciudad del Trabajo y del Saber. Una posición supuestamente garantizada por su talento, su acceso y dominio corporativo y elitista de las diversas y bien ensambladas dimensiones, estructuras y esferas de la cultura y el ámbito social: La económica en el sector industrial, de servicios y financiero. El relacional con el despliegue de los lobbies y los filtros sanitarios necesarios a cuerpos extraños a sus intereses y amistades. La simbólica con la edificación de una ideología neoliberal, siendo el parné el totem central de la plaza, el triunfo de las burbujas especulativas, la veneración a productos gallinaceos, una cornucopia de artefactos que utilizan el márketing como el perfume gaseoso que eleva y seduce a todo mortal a comprar, la exaltación y mimetización de personajes gelatinosos, espumosos de caspa y brillantina que se exhiben y son encumbrados a referentes de éxito efímero y espacios de lujo vedados, a clubs y marcas selectas y exclusivas. La cultural con la adhesión a estilos de vida superficialmente elitistas que son la ensoñación fantasiosa de pertenecer a un grupo de más status social que gana terreno en adquisiciones y servicios, a espacios de placer, a oasis paradisíacos antes reservados a una minoría, desegmentandose de su clase social. La mediática con la imitación de formas de consumo conspicuo y comportamientos banales. La política como espacio que está restringido a unos dirigentes profesionalizados, superentendidos, de carrera brillante y modélica que escenifican públicamente y de forma ortopédica y mendaz la garantia y la tutela del interés general y el buen funcionamiento de los servicios públicos pero velan con lupa por su interés corporativo y particular, sabiendo jugar sus cartas marcadas. Se envuelven en mantos simbólicos, reconstruyen mitos y espíritus fundacionales y se bunkerizan en instituciones inviolables, tratados internacionales, constituciones y en marcos legales y jurídicos que eliminan y torpedean derechos conquistados. No dudan demasiado en desarrollar un programa con una gran batería de medidas para un nuevo régimen que no es más que una nuevo y alicatado modelo de país pre-democrático, utilizando cuando sea preciso el arsenal de los cuerpos y las fuerzas de seguridad del estado. Se trata de infiltrarse, domesticar, contener, disuadir, disolver y reprimir a los aguerridos bárbaros que se manifiestan con toda razón contra la sinrazón, situados en las plazas populares y fuera de este elevado castillo fortaleza. No hace falta rendir cuentas de nada y ante nadie. Lanzan mensajes que cualquier intento de re-conquista es vano, ilusorio, irresponsable y contraproducente a la estabilidad del sistema, de la democracia, del orden social, del status quo, de los mercados, etc.

Habitar los lugares sociales de las pobrezas no es solo ocupar un lugar vacío de narrativa: Es quedarte sub-subalterno. En este país se ha fundido el ascensor social y no está previsto repararlo o encargar uno nuevo. El bienestar de las familias y las personas ha descendido gradual o en caída libre y se permanece en estos lugares de forma crónica, contrayendo una pérdida de identidad, un sentirse a la intemperie, un los lunes al sol desamparado, sumergido y enfermo, sin poder de maniobra, expuesto a inclemencias encadenadas, a factores y a fuerzas externas incontrolables que empujan el seguir rodando y descendiendo precipitadamente hacia un valle desértico de recursos, de oportunidades y esperanzas. En cambio, habitar los lugares sociales de las riquezas es más que ocupar un lugar lleno de narrativa: Es formar parte de un núcleo relevante, fértil, sólido, merecido y de poder, un sentirse pletórico en lo alto de una cumbre llena de manantiales y en la que se divisa un horizonte prometedor de logros y beneficios, despejado de penas y amenazas y libre de hacer y deshacer.

Este libro cita la emergencia de un nuevo régimen de marginalidad avanzada alimentada por la inestabilidad estructural del trabajo asalariado, el retroceso del Estado Social y la concentración, en distritos desprestigiados, de sectores desprovistos de una lengua compartida que les permita forjar una identidad común y afirmar reivindicaciones colectivas. Esta concentración y aislamiento es producto de un proceso activo de desidia institucional y de segregación favorecido por la descomposición avanzada del sector público.

Como escrito y vivido hace más de cuatro cientos años: “Algo huele mal en Dinamarca...”. Como escrito y vivido hace más de quinientos años: “Avive el seso dormido y despierte...”

Como escrito y vivido hace unos años por el cantautor catalán Francesc Pi de la Serra en esta conocida canción:

EL HOMBRE DE LA CALLE

A este hombrecillo que todo lo hace bien,
que siempre camina, que siempre camina,
a este hombrecillo que nada puede hacer,
lo llamaré desde ahora el hombre de la calle.

Nunca se levanta tarde, se afeita muy bien
-la patilla izquierda, la patilla izquierda-,
desayuna una pizca, porque no tiene más;
mirad si lo hace bien el hombre de la calle.

Saca un cigarrillo, ¡ay no!, que no tiene,
cuando fuma es de gorra, cuando fuma es de gorra
los amigos, si lo ven, se hacen los distraídos...
¡qué poco fumarás, hombre de la calle!

Baja en ascensor, ¡ay no!, que no tiene,
camina deprisa, camina deprisa,
en el rellano de abajo, encuentra a Roser,
te pones colorado, hombre de la calle.

La mujer no lo sabe, ¡ay no!, que no tiene,
¡qué mal pienso!, ¡qué mal pienso!,
se le murió, ya ni sabe de qué;
eso es un pecado, hombre de la calle.

Abre su cochecito, ¡ay no!, que no tiene;
no tiene una peseta, no tiene una peseta,
no quiere cambiar el último billete...
¡ya ves qué papel, hombre de la calle!

A pie va al trabajo, de eso sí que tiene;
mucho menos querría, mucho menos querría,
si no hay dinero, tampoco hay Roser...
¡lo tienes muy crudo, hombre de la calle!

Le duele la cabeza, ¡ay no!, que no tiene;
antes la tenía, antes la tenía;
un día la perdió y no la encontró más...
no tienes nada de nada, hombre de la calle.

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