Existe
una abundante (y, a veces, sugerente) literatura académica y política sobre lo
que podríamos entender como la crisis de
la democracia. Recientemente hemos conversado en este mismo blog en torno a
un artículo, SOBRE LOS DILEMAS DE LA ACCIÓN POLÍTICO-DEMOCRÁTICA, de Guillermo Gianibelli. Ahora, nuestro amigo
Riccardo Terzi nos envía un trabajo que viene al pelo. (1). Riccardo Terzi, miembro de la secretaría nacional del
Sindacato dei Pensionati Italiani (SPI – CGIL), ha presentado una ponencia
sobre una investigación sobre “cómo responder a la crisis de la democracia” en
la que participan el sindicato, el potente equipo de investigadores del IRES –
CGIL y la Universidad
de Florencia. Entiendo que los
resultados de esta investigación y la misma introducción de Terzi nos pueden
ser útiles también en España
El ponente parte de la siguiente sintomatología:
a) crecimiento impetuoso del abstencionismo electoral, b) descrédito de los
partidos, c) explosión violenta de la anti-política, d) la constante retahíla
de los episodios de corrupción, e) la imagen de una “casta”, cerrada en la defensa de sus privilegios. No se
trata, nos dice Terzi, de situaciones
aisladas: todo ello afecta en todo el sistema político-institucional. Estamos
ante una aguda crisis del sistema”. De ahí, advierte, que “no se pueden
confundir las causas con los efectos; y lo que se llama anti-política es, claro que sí, una señal alarmante, la señal de un
cambio del espíritu público que puede provocar salidas destructivas, pero es
realmente el reflejo de una situación que ya no es sostenible”. Por ello son
urgentes los proyectos de reconstrucción, las ideas positivas de cara al
futuro.
Estamos ante una encrucijada: ¿la salida de la
crisis exige una determinada limitación del método democrático o demanda una
coherente expansión de la democracia, una ampliación de su campo de acción? Es
decir, el verdadero problema no es entre política y anti-política, sino entre
desarrollo o limitación de la democracia. La respuesta vendrá ahondando en la
profundidad de los procesos reales.
Terzi nos dice que el ataque a la democracia viene
a través de vías indirectas con una acción molecular que no aborda los
principios sino los mecanismos concretos. La vara de medir no es otro que la
verificación del grado de aproximación a lo que es el corazón de la idea
democrática: el derecho de todos sin excepciones a participar en las decisiones
políticas y la ilimitada extensión de este método en todos los campos, sin
áreas protegidas, sin cotos vedados. La democracia es, pues, un proceso de
universalización.
El autor nos alerta de quienes razonan así: la
democracia, siendo por naturaleza relativista, no puede basar en ella misma su
fundamento; necesita una autoridad
externa. Esta tesis, declarada o sobreentendida, atraviesa todas las
corrientes conservadoras y basa en tres diversas trayectorias que se inter
relacionan entre sí.
En primer lugar está la
potencia ideológica de las religiones que tienden a afirmarse como el único
posible fundamento de la comunidad, como el recurso de las fuentes morales. La
religión –ya sea el cristianismo o el Islam-- acepta la democracia solamente
como un producto secundario, subordinado. Está hablando de la institución, no
del sentimiento religioso.
En segundo lugar está el
segundo movimiento, todavía más relevante y actual: la idea y la práctica
tecnocrática en nombre de una presunta objetividad de las leyes económicas. Todo
(las soluciones y la agenda posible) deben estar supeditadas a la práctica
tenocrática. En este sentido, es evidente que se opera una radical
despotenciación de la democracia con una separación entre las sedes de la
representación y las sedes del poder.
La tercera tendencia es
la plebiscitaria, que confía a la figura carismática del líder; de un líder en
el que se condensa el espíritu de la nación. Aquí también la clava el amigo
Terzi, pensara o no en Cataluña. Ante la
crisis de las culturas políticas tradicionales se apunta a ese modelo: a la
personalización, bajo una competición, no en base a las ideas, sino en la
delegación fiduciaria del jefe, el regulador exclusivo de toda la vida política
e institucional.
Frente a todo ello es
necesario un programa coherente de democratización del sistema. En la historia han sido los partidos quienes,
esencialmente, han sido la conjunción entre sociedad civil e instituciones, el
canal donde se organiza la participación democrática. Los partidos, ahora, no pueden ser el canal exclusivo, la
democracia sólo puede vivir si existe una pluralidad de sujetos, movimientos
asociacitivos, instrumentos, sedes de confrontación sin que nadie pueda
arrogarse el monopolio de la representación. Ni el interés público está
sólo en manos del Estado, existiendo un espacio para la libre iniciativa de los
sujetos sociales, incluido el sindicato.
Ahora bien, cuando
hablamos de democratización ¿en qué medida situamos a introducir en ese proceso
la esfera de la economía y el sistema empresa? Más todavía, ¿existe democracia
participada si el trabajo –y el momento de trabajar—queda excluido? Del trabajo
que continúa siendo el lugar fundamental de la identidad de las personas. En
resumidas cuentas, el proyecto de reconstrucción de la democracia debe ligar
inseparablemente ciudadanía y trabajo, empresa, economía y política.

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