Joaquím
González Muntadas.
Agradezco
sinceramente a los organizadores de este ciclo de conferencias la posibilidad
de participar en ellas, ya que pretenden -y sinceramente creo que lo
consiguen-, situar la defensa de nuestro tejido industrial en el centro de
atención y preocupación de la sociedad y de la acción política (1).
Una
vez más parece que sólo se aprecia lo que se ha perdido, y quizás sea lo que le
está sucediendo a nuestra sociedad de nuevos ricos: el humo de las fábricas y
la grasa de las máquinas ha provocado grima, y ahora, con sorpresa infantil,
nos preguntamos con preocupante ingenuidad ¿qué ha pasado con nuestro tejido
industrial?, ¿dónde queda nuestra tradición industrial?, ¿donde está nuestra
industria, la que fue el motor de nuestro progreso social?...
Y
la respuesta no es otra que nuestra industria está donde la hemos dejado
con la complicidad de todos, de los gobiernos municipales, que han puesto
dificultades una tras otra para liberar terreno industrial y destinarlo al uso
de servicios o residencial. Comprenderán
que desde mi actividad de responsable de una Federación Sindical de Industria
tengo anécdotas que nos deberían hacer enrojecer, casos de administraciones de
todos los colores expulsando a centros fabriles con futuro porque eran notas
disonantes respecto al modelo de ciudad al que aspiraban, disonantes en una
ciudad de alta tecnología, de industria limpia y de servicios de alta
cualificación, pero nadie se preguntaba a quién prestarán los servicios si
cerrábamos la principal receptora de estos servicios, que lógicamente emigran
siguiendo a la industria. He vivido movimientos ciudadanos y vecinales que han
empujado al cierre de empresas con futuro porque no eran propias del barrio
residencial al que habían ido a vivir hacía un año mientras la fábrica estaba
allí cien años atrás.
La
industria, nuestra industria, está donde la hemos querido llevar con la escasa
potenciación de la formación técnica universitaria y, no sé cómo calificarla,
nula, escasa o deficiente y devaluada política de formación profesional.
Tenemos
la industria que ha querido apoyar nuestro sector financiero, la que se ha
querido grabar con unos precios del terreno industrial que doblaban los del sur
de Francia, por poner un ejemplo cercano. Tenemos la industria que ha soportado
el lastre de una política deficiente en infraestructuras de puerto y
ferrocarril que encarece el transporte de nuestros productos. Y tenemos la
industria que hemos castigado con un coste energético más caro y de peor
calidad que la de nuestros competidores. Esta es la industria que tenemos.
Parece que está cambiando la sensibilidad social y política, parece que hemos
entendido que no hay riqueza sin industria, aprovechamos la ocasión.
Pero
yo he venido aquí a hablar de una de las materias centrales de las
relaciones laborales en las empresas y sectores, la Organización del
Trabajo, en unas fechas de máxima expectación porque estamos en la recta final
de las negociaciones de la concertación social y que, en mi opinión, las
futuras medidas que puedan salir de esta reforma, sean con acuerdo o sin él,
una vez más corren el peligro de las exageradas expectativas que se espera de
ellas.
El
peligro y el error que representa entender que la explicación principal
de nuestros males económicos y del paro está en nuestras normas y leyes, y
sinceramente creo que no es así. Podríamos coincidir en que quizás representan
las medidas más fáciles y más cómodas de tomar, pero oí una vez a un médico que
explicaba que peor que no encontrar la enfermedad era que te trataran de una
equivocada. Nuestra enfermedad no está en el mercado de trabajo -a pesar de
precisar urgentes reformas-, la fiebre de nuestra economía refleja una grave
infección motivada por la baja productividad, la falta de financiación, la
escasa innovación y los débiles esfuerzos en la formación.
Pero
el título de la mesa es LA
FLEXIBILIDAD LOS RRHH EN LA INDUSTRIA , y para
ayudarme a entrar en materia, permítanme que use el truco de los malos oradores
y lo haga ayudado de una pregunta retórica: ¿Para qué industria? o mejor dicho
¿para qué empresa industrial queremos hablar de flexibilidad de los RR HH? Y si
me apuran ¿para qué empresario?
Para
ese empresario de la
Revolución Industrial de principios del siglo XX y finales
del XIX, que describe el profesor Guillermo de la Dehesa (El Empresario del
Siglo XXI) como un perfecto "Homo economicus", es decir “hedonista
en el consumo, egoísta en la riqueza, individualista en la gestión y
estajanovista en su trabajo”?. O
hablamos del empresario del Siglo XXI que el mismo profesor define como quien “se
adapta a un nuevo entorno económico más abierto, global y complejo, donde los
valores del egoísmo comienzan a dar paso al altruismo, a quien su flexibilidad,
capacidad creativa y de innovación sustituyen a la rigidez y el trabajo en
equipo, un empresario que ya no vive aislado, tiene responsabilidades sociales
respecto a sus empleados, los clientes, los suministradores, y un entorno cada
vez más competitivo, que le exige una excelencia que sobrepasa sus
tradicionales dotes de mando”.?
Y
si hablamos de la empresa, lo hacemos de la empresa taylorista que define el
propio Frederick Winslow Taylor como aquella en la que “el trabajo consiste
principalmente es una serie de tareas sencillas y no especialmente interesantes
y la única manera de conseguir que la gente lo haga es darle incentivos con el
perfil apropiado y controlarlos cuidadosamente”?. Para resumir, con
palabras del propio Taylor, el promotor de la organización científica del
trabajo, cuyas bases, lamentablemente, están todavía vigentes en muchas
de nuestras empresas, cuando define el perfil del trabajador como: "el
hombre es un ser tonto que se motiva a través de un interés económico".
Para
esta empresa que existe y para el empresario descrito por Guillermo de la Dehesa del pasado Siglo,
donde la base de su organización del trabajo es rígida, autoritaria o no, pero
donde encaja mal la iniciativa y la participación de los trabajadores y de sus
representantes?.
Para
esta empresa que responde a trabajos rutinarios, poco estimulantes, demandantes
de poca formación, que responde a trabajos ALGORÍTMICOS, entendiendo éstos como
que para resolver un problema difícil, se divide en partes más simples tantas
veces como sea necesario, hasta que la resolución se haga obvia?.
Para
esta empresa los instrumentos de flexibilidad que demanda son los que le
proporciona la
Flexibilidad Externa , la que proporciona al empresario la
capacidad para aumentar o disminuir el empleo sin incurrir en grandes costes o
sin grandes obstáculos de tipo normativo. Nos estamos refiriendo a empresas
asociadas a bajo desarrollo profesional y también bajos esfuerzos en materia de
capacitación y de formación específica, como consecuencia de la constante
rotación interna de los trabajadores.
Una
empresa que, descrita así, se nos representa antipática o, como mínimo, poco
atractiva para trabajar en ella, es para la que responde en gran medida, por
desgracia, nuestro actual cuerpo normativo y contractual, es decir,
nuestras leyes y la mayoría de nuestros convenios colectivos, pensados para la empresa de ayer, pensados para trabajos de bajo valor
añadido, de poca formación, y por ello, para trabajadores fáciles de sustituir.
Pensados para una industria que podría resolver la flexibilidad que le exige su
mercado por la vía de la contratación eventual, a tiempo parcial, y con despido
rápido y, a poder ser, barato. Así es como se ha resuelto una parte muy
importante de nuestro crecimiento, basado en sectores como la
construcción y sus derivados, con cuotas de eventualidad del 50, 60 ó el 70% en
muchas empresas.
Pero
para el empresario del Siglo XXI y para la empresa donde el trabajo requiere de
formación permanente, versatilidad, iniciativa de todas las personas que en
ella trabajan más allá de su responsabilidad, la empresa de hoy, con jerarquías
difusas y organigramas planos, la empresa donde su trabajo es Heurístico porque
no hay manual de instrucciones, porque tiene relativos niveles de autonomía y
responsabilidad, que necesita formación permanente e implicación y compromiso
con la marcha de la empresa, para esta empresa cada vez más compleja, más
dinámica y que sobrevive sólo a través de su capacidad de innovación, de
reacción y de flexibilidad, para esa empresa nuestro actual mercado de trabajo
ha representado su perdición, ya que le ha facilitado, cuando no empujado y
viciado, a la flexibilidad cómoda, la flexibilidad externa, la que proporciona
poder disponer del 40 y 60% de eventualidad, pero que lleva acompañado que los
niveles de compromiso del trabajador con el proyecto de la empresa sean mínimos
por no decir nulos.
Este
entorno normativo no ha favorecido la resolución de las necesidades de nuestras
industrias, que necesitan flexibilidad interna, entendida como la posibilidad
de que los trabajadores puedan realizar unas u otras tareas dentro de la empresa,
adaptándose a las necesidades de las nuevas técnicas productivas o a las
cambiantes exigencias de los mercados de productos.
Una
flexibilidad basada en el mercado de trabajo interno donde las cualificaciones
requeridas de la mano de obra se obtienen fundamentalmente por el reciclaje del
personal y la formación permanente, porque la redefinición de las tareas y la
reconversión de los trabajadores también es permanente.
Para
esta flexibilidad interna los instrumentos son más complejos, como lo es la propia
organización del trabajo, porque son cambios en el tiempo de trabajo, en la
rotación de personal en diferentes lugares y tareas, en la polivalencia de
actividades, el uso de horas extras, los trabajos en turnos, en fines de
semana, las pausas en la jornada diaria y las semanas de trabajo
comprimidas, la redistribución de los permisos anuales (permisos sabáticos, por
maternidad y aquellas necesidades de conciliación y privadas que la
flexibilidad también debe permitir atender), el teletrabajo, y un largo
etcétera, que no se logra con la imposición de las normas y sí con el diálogo y
la cooperación en la empresa, que representa el más serio déficit cuando
hablamos de las relaciones laborales de nuestro país.
Solo
hay que mirar en el interior de muchas empresas para ver nuestras debilidades,
que unidas a nuestro agotado y débil modelo productivo (lo que producimos, cómo
lo producimos y a qué precio lo producimos), explican unas relaciones laborales
llenas de desconfianza o de confrontación entre empresario y trabajador. Si el
objetivo es construir un nuevo modelo que represente una fortaleza para la
permanente mejora de la competitividad de nuestras empresas, no hay otro eje
que la implicación y la participación de los trabajadores y trabajadoras y de
sus sindicatos.
Detectado
el principal escollo, el de la desconfianza mutua, es hora de preguntarnos cómo
se articula un modelo que permita a la empresa establecer la adecuada relación
entre los costes laborales y la situación de ésta y que, al mismo tiempo, genere
confianza en el trabajador y eleve su nivel de compromiso con la mejora de la
productividad. Pero eso sí, conscientes de que la productividad es un mix de
esfuerzo del trabajador, mejora formativa, aplicación de tecnología,
reinversión de excedentes y eficaz gestión, lo que exige compromiso por ambas
partes. Y cuando las cosas vayan bien, los beneficios deben ser para
todos.
Necesitamos
nuevos convenios colectivos que incorporen, en justa correspondencia a sus
instrumentos de flexibilidad, los necesarios derechos de participación e
información de los trabajadores y sus representantes, sobre los resultados, los
proyectos y la marcha de la empresa. Sólo estos convenios pueden ser la base
del cambio de modelo de relaciones laborales, basado en la cooperación y el
esfuerzo común. El ejemplo lo tenemos en estos países a los que envidiamos su
capacidad de adaptación y su positiva combinación de flexibilidad y seguridad.
Pero demasiadas veces se mira sólo una cara de la moneda y se oculta que éstos
son también los países con mayor equilibrio, protección social, empleo estable,
sindicalización y derechos de formación, de información y participación.
Dos
caras de la misma moneda de las relaciones laborales cooperativas. En una, la
necesaria flexibilidad, adaptación permanente e implicación y, en la otra,
seguridad, transparencia, información y participación.
Un
modelo de relaciones laborales de cooperación y de flexibilidad interna que
precisa más diálogo y de soluciones negociadas desde el necesario equilibrio
entre los interlocutores.
A
través de la negociación colectiva se pueden abordar con claridad y valentía
los problemas clave de la flexibilidad, tanto en relación con la ordenación del
tiempo de trabajo, como los sistemas de contratación y retribución, afirmando
la necesidad de tener en cuenta la evolución económica de las empresas y los
sectores, la situación de los mercados, la inflación, la productividad, la
variación de costes, las inversiones y la modernización tecnológica, etc., así
como la relación entre retribuciones variables y objetivos de la empresa.
Es
posible y necesario que los convenios no sólo posibiliten, también estimulen la
relación con la formación, la movilidad funcional, el absentismo, la política
de igualdad, la apuesta reforzada de solución extrajudicial de conflictos etc.
Y todo ello en el marco de una activa y transparente interlocución de las
empresas con los representantes de los trabajadores. Y tenemos algunas
experiencias no sólo de sectores, también de empresas, grandes y pequeñas.
Avanzar
en esta línea exige a los empresarios confiar en ellos mismos y en su capacidad
de negociación y acuerdo, no esperando todo de las reformas legislativas por
muy bien que les suene la música que se avecina, porque para que sea eficaz, la
letra debe estar escrita conjuntamente por los que después tendrán que llevarla
a la práctica. Y a nosotros, los sindicatos, también nos exige tomar clara
conciencia de que no estamos jugando en campo contrario cuando hablamos de
mejorar la eficiencia del trabajo, ni cuando hablamos de mejorar la
productividad y la competitividad de la empresa.
Pero
si queremos avanzar hacia un marco de relaciones laborales que sea una
fortaleza para nuestra economía y nuestras empresas, es imprescindible superar
la vagancia negociadora de los empresarios, patronales, trabajadores y
sindicatos, y de aquellos que siempre han esperado que sean las reformas
legislativas las que muevan los obstáculos de un terreno donde prima por
definición la autonomía de las partes, de donde han salido y saldrán las
mejores prácticas.
Y
lo preocupante y criticable que nos debería hacer reflexionar a los agentes
sociales es el hecho, digamos paradójico, de que no haya sido durante el
largo periodo de crecimiento, con más y mejores instrumentos, los que dan los
beneficios empresariales y, por ello también, la mejor correlación de fuerzas
sindical, cuando hayamos acometido la verdadera y útil reforma de la
negociación colectiva, de su estructura y de sus contenidos y tengamos que
afrontarlo en plena crisis cuando se nos amontonan los problemas.
Pero
como suele suceder muchas veces en la vida y en la historia de las comunidades,
lo difícil lo hacemos en los momentos, precisamente, más difíciles. Esperamos
que sean estas dificultades un acicate y no una barrera para la modernización
de nuestras relaciones laborales.
Muchas
gracias por su atención.
Joaquim González Muntadas
Secretario general de Fiteqa – CC.OO.
(1)
Conferencia organizada por la
Fundació Privada del Gremi de Fabricants de Sabadell. 10
de Enero de 2012

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