Recordando a Josep Lluís Lligonya
El otro día hablaba de la poda de los servicios públicos. Mi tesis es que, además de la gravedad de la amplitud de los recortes, lo más preocupante es el modelo a que apunta. Quienes más dañados saldrán de toda esta impúdica operación en la sanidad será el mundo del sufrimiento : los enfermos y los ancianos. Elemental, pero hay que caer en esa elementalidad. Contemporáneamente, el Gobierno catalán ha decidido que el imnpuesto de sucesiones se quede en su mínima expresión: cien millones que se regalan a los ricos, --"y esto es un primer paso", ha manifestado el que maneja el bisturí. Beneficios para unos pocos, sacrificios para todos los demás, la moderna ecuación diofántica que recorre Europa.
Pues bien, esa lobotomía contra lo público adquiere unas características esperperpénticas: en el caso del Hospital del Mar (Barcelona) sus gestores –según dice la prensa— están pensando en que las sábanas no se cambien cada día. Porque afirman esos caballeros que eso cuesta un dineral. Para no infundir excesivas sospechas todavía no han aclarado cuál será la frecuencia del cambio de sábanas. ¿Qué hay otras cosas más importantes? Sin duda. Pero esta es una muestra de la bulimia de los gestores.
En mi opinión es urgente dar una respuesta urgente y masiva a todo el vendaval. Urgente, porque a toro pasado es poco eficaz. Masiva, ya que el problema afecta al conjunto de la sociedad. Y, como diría Ferran Monegal, ¡alerta!. La respuesta no puede ser invertebrada, esto es, por corporaciones. Los médicos por un lado, otras categorías profesionales de la sanidad por otro lado; los sindicatos por aquí, los movimientos sociales por allá… Una respuesta vertebrada. Hay que plantearse una respuesta vertebrada.
Pido disculpas por decir obviedades. Pero, a veces, puede ser útil recordarlas. Por ejemplo, en mi casa –cuando yo era niño chico— me recordaban siempre una obviedad porque nunca hacia caso a lo que me decían: “Niño, apaga la luz que corre el contador”. Sólo hice caso cuando me dieron un bofetón que me dejó la cara colorá durante un par de días. Vale decir que me vengué, planté cara a la mano represora y dije campanudamente: "Pues que sepas que lo de la la Virgen de Fátima es un cuento chino".
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