lunes 29 de marzo de 2010

LOS PRIMEROS 95 AÑOS DE PIETRO INGRAO



El maestro Pietro Ingrao cumplirá mañana sus primeros noventa y cinco años. Publicamos su Discurso pronunciado en el Paraninfo de la Universidad de Barcelona el 5 octubre de 2002, tras recibir la distinción de Doctor Honoris Causa. Habla Pietro Ingrao:



Era el mes de julio de 1936. Había cumplido 21 años. Era estudiante de la Facultad de Derecho de la Universidad de Roma, en la plenitud de mi juventud. La agresión del gobierno fascista italiano a la joven República española fue el trauma, la ocasión desconcertante que me orientó (diré: me obligó) a la conspiración antifascista: a aquel empeño en la batalla política que después ha marcado toda mi existencia. Empezó para mí, en aquellos años, una confraternidad con el antifascismo español en el exilio, que se prolongó en el tiempo, y se acompañó con el encuentro de la fascinante poesía española del "Novecento": Machado, Lorca y Rafael Alberti.

En este largo camino de mi vida he esperado ardientemente que los horrores, las masacres, la pila de víctimas que han marcado la época que he vivido, fueran solamente un amargo recuerdo: casi como la culminación de una locura a la que nos llevaron el capitalismo en su fiebre de la época fordista y, por su parte, los errores fatales del estalinismo. Después me engañé cuando, tras la caída de la URSS, pensé que se podía abrir un espacio nuevo para frenar la carrera de armamentos. No fue así. Cuando cayó el Muro de Berlín en pedazos, vimos que volvía la guerra en una zona crucial del mundo: en la península arábiga, que es un punto de juntura entre Europa, Asia y África. Hoy la cuestión de la guerra ve otro capricho. Ante todo ha sido un turbio y ambiguo pasaje orientado a relegitimar la intervención de las armas en nombre de un deseo de justicia. Recordad: fue la grave acción militar de la OTAN en Serbia, justificada en nombre de la democracia y la liberación de los pueblos destrozados por el déspota Milosevic. Vinieron los sermones de la "guerra justa". Y alguno en Europa se lanzó incluso a evocar un término supremo y antiguo. Habló de "guerra santa".

En verdad, en aquella ocasión de los Balcanes también se lanzó y alimentó (al menos por parte de algunos autores) la esperanza y la imagen de una purificación de la guerra: como si, apartándose del fango del territorio y moviéndose en la pureza de las grandes alturas de la atmósfera, pudiese y se quisiera golpear solamente (con la sabiduría de las técnicas modernas) los medios militares del adversario. Es lo que he llamado la ilusión (o el engaño) de la "guerra celeste". Brotó (¿lo recordáis?) aquella consoladora representación del piloto americano atravesando las orillas atlánticas, allá en la calma solitaria de los cielos lanzó la bomba inteligente, volviendo a casa, a la patria americana, limpio de manchas.

¡Qué horror! Sin embargo, vino la guerra de Afganistán y el ataque del cielo se ha mezclado con la cancelación de la ciudad, con los estragos civiles, con la máquina de las armas, dirigiéndose a los altiplanos y a los pliegues de la tierra. Y, paso a paso, cayeron amargamente las justificaciones éticas, las representaciones salvíficas, los sermones moralizantes.

Verdaderamente hasta ahora no han sido cancelados los vínculos formales que, en muchas Constituciones europeas y en la Carta de las Naciones Unidas, limitan el recurso a las armas. Todavía siguen ahí tales vínculos, escritos en leyes solemnes. Simplemente sucede que se han descabalgado o, de hecho, hechos trizas. El artículo 11 de la Constitución de mi país, que consiente sólo la guerra de defensa, se ha roto, sin que sobre ello haya sorpresa, ni escándalo, ni siquiera una discusión en el Parlamento o algunas aclaración del Presidente de la República, que observa sobre tal violación un religioso silencio.

Y hay algo que me espanta todavía más. Es el hecho amargo que, en nuestros países, el sentido común no se alarma, no tiembla. Hay que decir esta amarga verdad. Ojead los libros, oíd las palabras de los gobernantes, echadle un vistazo a los debates parlamentarios. Veréis que ha desaparecido la palabra "desarme". Ya no la usa nadie. Es, en este sentido amplio y angustioso que yo hablo de "normalización de la guerra". Se ha liquidado el espanto, el horror que sobrecogió a mi generación, que en aquel mayo de 1945, nos hizo jurar que nunca más debería volver la masacre.

¡Cómo mentíamos! Mirad hoy, mirad cómo se discute ahora, en estos días, abiertamente de un ataque a Irak y se invoca la "guerra preventiva". Quien habla no es un político descerebrado o un gacetillero fanfarrón. Hoy lo propone al mundo, como obligación ineludible y urgente, el Presidente de los EE.UU., el jefe de la potencia más grande de la Tierra. Y eso sucede sin escándalo. No se reúnen con angustia los parlamentos. No suenan las campanas de las iglesias, Los sindicatos no convocan huelgas. Atención: se ha convertido en normal la "guerra de prevención", invocada por el país que se considera el guía del mundo.

¿En qué se funda esta revalorización y normalización de la guerra, y, por qué el pacifismo tiene hoy una restringida minoría?

Quiero, solamente, aludir a una explicación que, por comodidad y brevedad, llamaré "técnica". La verdad es que no entra en mis conocimientos la criba de las grandes innovaciones tecnológicas y de los nuevos saberes que han dilatado y revolucionado los sistemas de alarma, la trama de los conflictos, la combinación de las estrategias entre tierra, mar y aire. Sin embargo, tengo "in mente" los fuertes cambios acaecidos en la relación políticosocial entre la vida del hombre sencillo y las masas de civiles, de un lado, y, de otra parte, en lo que se ha convertido la guerra en este cambio de siglo.

Me parece indudable que, en los últimos decenios, se está desarrollando (¿o retornando?) la connotación "especializada" de la práctica de la guerra. Parece que ha desaparecido o empalidecido aquella connotación totalizante que viene clamorosamente desde principios del "Novecento": aquel camino que, a partir del conflicto mundial de 1914, vio alinearse a millones de hombres en los frentes de varios continentes. Durante años y años, y en una condición humana radicalmente diversa del vivir civil: aquella guerra de masas en el fango de las trincheras que pronto fue dilatándose hasta atrapar al conjunto de las naciones, las ciudades lejanísimas del frente, la vida de los desarmados, las mujeres y los niños. En suma, la guerra de masas. La guerra mundial como la llamábamos.

Hoy las obligaciones prevalentes, el núcleo central de la acción bélica parecen nuevamente confiados a los soldados de oficio: a ciudadanos y ciudadanas que aceptan (o incluso piden) ser llamados a practicar la ciencia de la guerra, con sus tecnologías refinadas y sus riesgos de muerte. El matar colectivo, en nombre del poder público, vuelve a ser una tarea noble y ambicionada, bajo el aspecto de las retribuciones, del rango social y del reconocimiento público. Y la existencia de estos cuerpos especializados en el matar, en nombre de la comunidad pública, aparece como una nueva división de responsabilidades que permite a los civiles garantías de protección y sabiduría especializada para dedicarse (digámoslo de ese modo) serenamente al objetivo de la paz. Así, el soldado Ryan (¿recordáis la famosa película?) puede quedarse tranquilamente en su ciudad, ya que un adecuado "ejército de oficio" echa sobre sus espaldas el cruento y "nuevamente" noble oficio de la guerra.

De ahí que se podría pensar que esta revalorización de las armas y su relanzamiento como nervio y recurso central de la política se apoyen sobre operaciones de desagravio de masas de civiles y sobre eso de la lejanía (de su horizonte) del peligro a una vuelta de las pruebas terribles vividas en dos trágicas guerras mundiales (y aún, otra más). Y se puede pensar que Bin Laden y la feroz masacre de las Torres Gemelas (intencionadamente y con una espectacular audacia) han querido e intentado volver a lanzar al horno de la guerra de masas a "los civiles" del enemigo americano para sembrar en su ánimo nuevamente el espanto de la guerra, el miedo de masas de las masacres de masas. ¿Fue ese el feroz reto? No lo sé. Sé que los terribles acontecimientos a los que me he referido y el hecho de que nosotros queramos atrapar los acontecimientos reabren ásperas preguntas sobre el sentido y las formas que asume la política cuando se abre el Tercer Milenio y en la época de la globalización: un momento en que el capitalismo (desagregados a escala planetaria los momentos del producir y del consumir) vuelve a desorientar y dividir las nuevas subjetividades sociales que, en el curso del trágico "Novecento" habían puesto en discusión sus poderes y parámetros. Sin embargo, para sorpresa de muchos, de esta victoria no brotan ni la primavera del Tercer Milenio ni la calma de una estación segura de sus reglas íntimas. Retorna también sobre el trono, con arrogancia (y con una duda interior) la ciencia del matar; y vuelve, además, incluso sobre aquel vértice del mundo occidental donde (tras la trágica derrota de los "rojos") parecía que florecería una calma sabiduría irrefutable.

Entonces, en aquel 1936, el fragor de las armas sobre vuestra tierra y la masacre de Guernica cambiaron mi existencia, metiéndome dentro del conflicto. No pensaba, nunca lo habría pensado que habiendo tenido la fortuna de vivir casi un siglo, habría tenido finalmente que volver a la pregunta elemental sobre el derecho y sobre la forma del matar colectivo a nuestros semejantes; y que ese arte viniera hoy presentado, incluso, como instrumento de "educación" del mundo, de sabia "prevención".


Traducido del italiano por José Luís López Bulla.

domingo 28 de marzo de 2010

LOS CONTAGIOS DE LA IZQUIERDA EN LA HUELGA DE LOS PEAJES DE LAS AUTOPISTAS



En la entrada anterior, LA HUELGA DE PEAJES EN LAS AUTOPISTAS CATALANAS, hacía una somera referencia al comportamiento del Departamento de Trabajo de la Generalitat de Cataluña con relación al mencionado conflicto. De hecho, para decirlo sin perifollos, podríamos convenir en que se trata de una perturbación –de otra más— de lo dejà vu. Porque, efectivamente, esta es la enésima vez que las autoridades decretan unos servicios mínimos que, posteriormente recurridos, acaban siendo desautorizados enérgicamente por los Tribunales. Eso sí, por lo general con algunos años de retraso. Se podría decir que con eso contaban las autoridades del Departamento de Trabajo que, en estas cuestiones, han actuado por lo general de manera indistinta a cómo actuaron los anteriores gobiernos en manos de la derecha.


Y no será por las sucesivas advertencias y observaciones del sindicalismo confederal a las autoridades. El efecto cerumen –del que nos alertó Jacques Derrida en su día— ha vuelto a funcionar. Sí, el efecto cerumen: no querer oír a quien habla. Acompañado por el efecto visera: no querer ver a quien te mira, y de paso provaricar (atención, he dicho provaricar, no lo que te parece haber leído), esto es, hacer las cosas mal a queriendas y sabiendas.


Esta provaricación (no he dicho prevaricación) se explica por: tener conocimiento de lo que en estos casos, más o menos similares, han dejado sentado los tribunales; saber a ciencia cierta que los peajes de las autopistas no son servicios esenciales de la comunidad; tener cumplida información que los servicios mínimos intentan ser un mecanismo tuitivo de los usuarios y no de las empresas. De ahí que, en buena lid, sea exigible que el Departamento de Trabajo de la Generalitat justifique en qué dogmática jurídica se ha apoyado para elaborar un decreto tan desajustado a derecho.


Por lo demás, al cerumen y la visera se han juntado el efecto contagio. En primer lugar, la tolerancia del derecho de huelga en clave de fastidio como, en estas situaciones, siempre actuó la derecha. Es como si el poder tuviera un carácter ontológico al margen de las orientaciones de izquierda o derecha. En segundo lugar, parece como si también la izquierda, cuando está en el gobierno, concibiera el Derecho del Trabajo –el más eurocéntrico de todos los derechos, según Aris Accornero— como otro de los cascotes del siglo XX que debe ser desplazado labilmente hacia el territorio del iusprivatismo. Y en tercer lugar, el acercamiento de quienes han elaborado el decreto al error de los revisionistas que, según Umberto Romagnoli, creen “creer que definitivamente han clausurado una búsqueda secular solamente porque entienden que el derecho (incluso el del trabajo) no puede ser ya algo más y distinto de la reproducción de un orden natural preexistente fuera de él; que debe tener una vocación gregaria y al servicio de la economía; que su racionalidad empírica debe ser indicio más de docilidad que de inteligencia pragmática”.


Postdata. Sesudos académicos vendrán cuando llegue el día de las elecciones para explicar las razones de los niveles de abstención. Esperemos a que nos den sus razones. De entrada, un servidor se atreve a dar una explicación chusquera: de mica en mica s´omple la pica. ¿Estáis en lo que es? En la foto de arriba, el profesor Héctor Barbagelata se hace cruces ante tales contagios.



LA HUELGA DE PEAJES EN LAS AUTOPISTAS CATALANAS



El gobierno de Cataluña ha metido el remo hasta el corvejón. Prefiero creer, aunque no tengo pruebas para ello, que ha sido por ignorancia. Estoy hablando del comportamiento del Departamento de Trabajo con relación a la huelga de los trabajadores de los peajes de las autopistas catalanas.


Vayamos por partes: el personal se declara en huelga en apoyo de sus reivindicaciones de cara al convenio colectivo. La reacción de la empresa es levantar las barreras de los peajes: los coches pasan libremente sin que los usuarios paguen un duro. Ni que decir tiene, los conductores se muestran felices y contentos, como es natural.


Ahora bien, a los garrulos del Alto funcionariado del Departamento de Trabajo las cosas no parecen cuadrarle. Y es cuando se produce una decisión insólita: ponen en marcha un decreto de “servicios mínimos” del cincuenta por ciento. Es insólita porque la práctica de los servicios mínimos siempre se concibió (por lo general, de manera abusiva) como un intento de garantía para los usuarios, no para las empresas. Es más, si las barreras estaban levantadas –repetimos, por decisión de la empresa-- los usuarios estaban perfectamente “protegidos”. Más que nunca, diría yo. Porque los tapones y atascos eran menos y menores.


Así las cosas, la garrulada del alto funcionariado se entiende como una reacción peristáltica de unos esfínteres poco moderados. Eso lo digo desde una visión caritativa de ese acontecer administrativo. Si, no obstante, yo tuviera ojeriza contra esos personajes diría que han usado los servicios mínimos a la manera convencional, esto es, no para proteger la libre circulación de las personas (que ya estaba garantizada por esa forma de hacer la huelga y el levantamiento de las barreras decretado por la empresa) sino para interferir en abstracto la huelga: una huelga que no limitaba nada, es más procuraba más agilidad a la movilidad. Y no se olvide: el hecho de poner servicios mínimos provoca más tapones todavía.


Nótese hasta qué punto en esta ocasión la agilidad de la garrulada del alto funcionariado ha sido espectacular. Nada más empezar la huelga estaban ya en marcha los, en esta ocasión, contraproducentes servicios mínimos. Conclusión, tal vez apresurada: hay gente que chochea más que un servidor. Que yo lo haga es comprensible dada mi provecta edad. Pero que chocheen personas con cuatro quinquenios menos es preocupante. Otra conclusión: el Derecho del Trabajo puede ser agredido, incluso por gobiernos de izquierda, a través de gentes de mentalidad senil, aunque todavía estén en edad de cantar 'El Cocherito Leré.


Aivá, resulta que se me olvida algo. ¿Desde cuándo los altos funcionarios del Departamento de Trabajo consideran que el uso de las autopistas es un servicio esencial de la comunidad? Estos olvidos míos son cosas de la edad… Ustedes dispensen estas distracciones mías.


sábado 27 de marzo de 2010

GARZÓN Y LOS NICOMEDITAS





En cierta ocasión me comentaba el maestro Manuel Vázquez Montalbán que había notado una cierta incomodidad en algunos sectores políticos cuando Marcelino Camacho hablaba, tras la recuperación de las libertades democráticas, de sus repetidas estancias en las cárceles. Que incluso había escuchado que determinadas personas habían hablado del “exhibicionismo” que suponía el reiterado discurso de Marcelino. La opinión de MVM era clara: se sentían, en el fondo, avergonzados del sufrimiento del dirigente sindical, de su compromiso ético mientras que ellos no habían dado un palo al agua.


Dejando aparte la caspa y la caverna, ¿es un dislate suponer que algunos silencios en torno a Garzón se asemejan a la incomodidad que sentían aquellos nicomeditas ante Marcelino Camacho? ¿No será que algunos envidian
al juez indómito porque hizo lo que más de uno había escrito académicamente o dicho desparpajadamente en la taberna pero no llevó a la práctica por no “significarse”? Ya digo, lo de la caspa y su confluencia con la brillantina es otra cosa …



viernes 26 de marzo de 2010

HAY QUE MOVERSE, HAY QUE MOVERSE, HAY QUE MOVERSE



Las cosas se ponen mal para el juez Garzón. Pero se ponen peor para la democracia. Pintan bastos para Garzón. Pero, peor todavía: pintan espadas para el Estado de Derecho. Y más malamente se pondrán si no se reacciona con más contundencia y eficacia contra la ley del encaje del Bajo Tribunal.



Hasta la presente se puede decir que se amplía un movimiento cívico que apoya resueltamente a Garzón. Pero estas acciones –con ser de gran importancia-- no confluyen, al menos todavía, en “algo” de más envergadura. Por otra parte, las izquierdas políticas pasean su tristeza ambulante exclamando la banalidad tópica del “confiamos en la justicia”, cuando ésta se ha disfrazado de noviembre para no infundir sospecha. Así las cosas, después vendrán las lagrimicas, que pueden ser de cocodrilo o de abubilla. Así pues, quienes tengan mando en plaza –por diminuta que sea el ágora—deberían exclamar: hasta aquí hemos llegado, y convocar. Porque, así lo pienso, algo se está rompiendo en el Estado de Derecho.


miércoles 24 de marzo de 2010

UN GRUPO DE ENSOTANADOS ACUSA A UNOS NIÑOS DE SENECTOFILIA


El calcorreo de los altos funcionarios de la Iglesia católica, apostólica e hispanorromana contra la ley del aborto es una reacción extremista de la burocracia curial contra la información que los medios están dando sobre esa pandemia, tendencialmente global, de esa pederastia de masas en la que están involucrados, directamente unos y aconchabados otros. Más todavía, el alto funcionariado eclesial sabe que ya no hay vuelta atrás, que todavía hay mucha basura bajo las alfombras de seminarios y sacristías, de palacios arzobispales y otros chambaos con o sin agua bendita. En resumidas cuentas –como intuyera aquel personaje, Crispín, de “Los intereses creados”, de don Jacinto Benavente, ya no hay tierra suficiente en el mundo para tapar estas abyectas violaciones.


La Iglesia católica se encuentra en una bancarrota moral desde hace tiempo; ocurre que ahora es mediáticamente visible. Que incluso los medios de comunicación de tendencia conservadora han tomado sus distancias con la iglesia. Que ya no son los viejos aclericales o anticlericales quienes se tiran de los pelos ante esa charca de corrupción. Ante eso, dos tendencias parecen salir de la cofradía: quienes piden que salga toda la mugre a la intemperie y los que –como el subcomandante Cañizares, mitrado-- se enrocan (¿por qué no decir enroucan?— como aquel Mac Mahon en Crimea: je suis, j’y reste. Mucho trabajo les costará a los primeros, desde luego. Pero los segundos no se quedarán mudos: ¿qué se juegan ustedes a que el aguerrido tropel se comparará con los antiguos cristianos que fueron comidos por aquellos pacíficos leones? Tampoco sería de extrañar que los jerarcas ensotanados intenten una maniobra espectacular: denunciar a un grupo de chavalillos acusándoles de senectofilia, de acoso sexual a sacerdotes maduros por tocamientos indebidos y desgarrones donde la espalda pierde su difícil honestidad.


De momento el comportamiento de algunos altos funcionarios es de una cierta teología antropológica: en la sociedad también existen pederastas seglares. Cosa que se parece a lo que manifiestan no pocos políticos cuando exclaman que también existen corruptos entre la gente corriente y moliente. O bien el socorrido constructo de “la indulgencia”. Se trata –esto de la indulgencia— de algo más que una picardía: es la consideración de que la pederastia es un pecado, cuando en realidad estamos ante un delito nefando. Un paréntesis: ¿por qué la pederastia nunca estuvo, tampoco ahora, considerado como delito en el Derecho Canónico? Una pregunta que debería contestar Rouco en su condición de doctor en dicha disciplina. Pues bien, una cosa es la indulgencia y otra es hacer justicia, algo que sistemáticamente han negado los altos funcionarios curiales en el caso de la pederastia.


Termino este ejercicio de redacción con dos apostillas.


La primera: recuerdo la obsesión de don José Ratzinger en su discursos repetidos contra la barquichuela del relativismo. Digo yo que no será para tanto cuando la propia Iglesia se mece en dicha navicella: por un lado, el Evangelio habla taxativamente de “Ay de quienes escandalizaren a esos pequeñuelos, más vale que se colgaran a una rueda de molino” (Mateo, 18.6) Y por otra parte, la propia institución los protege contra viento y marea. Tal vez por eso, una cierta dama que yo conocí en tierras meridionales acostumbraba a decir que “menos mal que tenemos a la Iglesia, pues nos defiende de los Evangelios”.


La segunda: dudo que el celibato sea la explicación del asunto. Me inclino, más bien, por la inveterada postura de la iglesia contra la mujer que consagrara campanudamente un experto en dichos asuntos (los de la mujer, quiero decir) aquel obispo que fue Agustín de Hipona. Más o menos este santo varón dijo que la mujer era
il pericolo numero uno, cosa que siglos más tarde Claudio Villa relativizó, aunque no suficientemente.



Radio Parapanda. Conectamos con la Emisora hermana Radio Rexurdimento:
Aí vái o meu croio, Ratzinger.


martes 23 de marzo de 2010

COMUNICADO SOBRE LAS QUERELLAS CONTRA GARZÓN



La prestigiosa asociación europea de juristas MEDEL nos manda el siguiente comunicado para conocimiento del público en general. Cosa que hacemos con sumo placer. He aquí su texto que ya ha sido presentado en Parapanda en el Círculo Cesare Beccaria, presidido por don Javier Nuín.



El Consejo de Administración de MEDEL, reunido en Turín el 19 de marzo de 2010, ha adoptado por unanimidad el siguiente comunicado:


“El respeto a la independencia de los tribunales, principio democrático básico, es compatible con el derecho a la crítica de sus actuaciones, cuando estas contengan razonables signos de incoherencia, arbitrariedad o carencia de efectiva motivación.

Desde aquel respeto, y con base en este derecho, MEDEL desea expresar su preocupación al conocer determinadas actuaciones judiciales que tienen como común denominador la persecución penal contra el juez Baltasar Garzón, en contra de la opinión del Ministerio Fiscal, por haber impulsado una interpretación del principio de justicia universal, posible legalmente, permitida con anterioridad a él mismo y compartida por otros magistrados y la mayoría de la comunidad científica.”




Organizaciones miembros de MEDEL: Association syndicale des Magistrats (Bélgica), Cyprus Judges Association (Chipre), Soudcovska Unie Èeské Republiky, Unie statnich zastupcu Èeske republiky (República Checa), Syndicat de la Magistrature (Francia), Vereinigte Dienstleistungsgewerkschaft VER.DI (Fachausschuss Richter und Staatsanwälte), Neue Richtervereinigung (NRV) (Alemania), Eteria Elinon Dikastikon Litourgon gia ti Demokratia ke tis Elefteries (Grecia) ; Magistratura democratica (MD), Movimento per la Giustizia) (Italia) , Iustitia , Association des procureurs de Pologne (Polonia), Associação Sindical dos Juizes Portugueses ASJP, Sindicato dos Magistrados do Ministerio Público (Portugal) , Jueces para la democracia (JpD), Unión progresista de Fiscales (Upf) (España), Uniunea Naţională a Judecătorilor din România (Rumanía), YARSAV (Turquía).

viernes 19 de marzo de 2010

¿QUÉ ESTÁ PASANDO EN LA CONFEDERACIÓN EUROPEA DE SINDICATOS?


¿Sabe alguien exactamente qué está sucediendo en la Confederación Europea de Sindicatos? Después de tres dimisiones de altos cargos dirigentes parece oportuno que dicha organización informe de lo que ocurre por aquellos pagos. Y si no lo hacen ellos, al menos alguien debería explicar qué pasa en la dirección del sindicato europeo. Porque lo que no es de recibo es que, ante tal situación, todo el mundo decida llamarse Andana. Es como si no importara que el grupo dirigente esté capitidisminuido. Máxime en un contexto tan dramático como el que los trabajadores están viviendo. Pero además, hay otro elemento: el sindicato europeo está en puertas de su congreso.


Si yo supiera qué ocurre en aquel palacio lo diría. Observo, eso sí, una opacidad digna de las tradiciones de las antiguas cofradías. Tal vez la respuesta –esto es pura especulación, mero subjetivismo por mi parte— esté en la vieja romanza
Hace tiempo que vengo al taller y no sé a qué vengo de la zarzuela “La del manojo de rosas”. Otra explicación no tengo.


Francamente, se añora la época de
Emilio Gabaglio que hizo todo lo que pudo para que la prioridad de la CES fuera convertirse en un sindicato, en el sindicato europeo. De ahí que saque una precipitada conclusión, los sindicalistas del Sur de Europa son los más interesados en que las cosas funcionen.


Por lo tanto, un consejo a la CES: a ver si estamos por la labor y déjense de pollas que el agua está muy fría. [Comoquiera que este idiolecto granadino da la impresión de ser malsonante hay que explicarlo: en este caso, las pollas son unas gallináceas de charca de reconocida insipidez; dado que el agua está muy fría no vale la pena meterse en la charca].


Radio Parapanda. UN NUEVO MARCO PARA LOS DERECHOS DE LOS EXTRANJEROS, en la voz de Antonio Álvarez del Cuvillo.

domingo 14 de marzo de 2010

LOS SABERES DE LA FAMILIA SINDICAL


En cierta ocasión hice referencia a la investigación realizada por un grupo de científicos sociales de diversas universidades catalanas, titulado “La diversitat en el sindicat” (CERES, 2009). Se trata de una macroencuesta, un auténtico viaje al interior de Comisiones Obreras de Catalunya. Vuelvo a recomendar su estudio detallado. Y recuerdo que, en la página 33, se hace una distribución de la afiliación según el nivel de estudios. Concretamente: el 32 por ciento de los inscritos cuenta con estudios superiores. Lo que significa que estamos ante una organización culta y, sin lugar a dudas, con la afiliación más preparada, científica y técnicamente, de toda la historia del sindicalismo español.


Se supone que tan importante elenco afiliativo juega un cierto papel en la acción colectiva así en las estructuras federativas como territoriales en atinente a la mejora de sus condiciones profesionales y de vida. Ahora bien, me interrogo hasta qué punto la casa sindical es consciente del potencial intelectual que tiene y su capacidad para interesarlos en el diseño de un proyecto general de largo recorrido: un proyecto confederal, se entiende. No me estoy refiriendo a un diseño de los expertos, sino al que imbricaría los conocimientos profesionales de tan amplio personal en tanto que sindicalistas, esto es, de personas comprometidas con la humanización del trabajo en el actual paradigma postfordista. Es decir, meterse en las entretelas de los gigantescos procesos de cambio, reinterpretándolos con un serio análisis científico adecuado y pergeñando el proyecto social en las nuevas condiciones dadas. Insisto, hay saberes para ello que, si no se utilizan, representaría un colosal despilfarro.


Me pregunto si no sería adecuada la convocatoria de unos estados generales del conocimeinto que abriera el proceso en el interior del sindicato –y relacionado extrovertidamente— con la intelligentizia externa del sindicato. Por supuesto, se están dando pasos muy acertados que ya se han valorado en otras ocasiones. Me refiero a la fecunda relación que la Fundación Primero de Mayo está llevando a cabo con académicos. Pues bien, al tiempo que se sigue dicho camino, ¿no sería de interés utilizar también los saberes que existen en el interior de la casa?


lunes 8 de marzo de 2010

OCHO DE MARZO



Se recoge aquí un intercambio de mensajes sobre igualdad, diferencia y discurso emancipatorio que tuvo lugar a partir de una sesión de seminario en Toledo, el 17 de diciembre de 2009 y que se recupera de forma fragmentaria en esta entrada. Se ha mantenido el anonimato de los autores de la correspondencia, porque la foto no recoge la totalidad de los integrantes del seminario referido. Se ha mantenido sin embargo el tono de la escritura. Se recoge aquí este artículo aparecido en el blog hermano Ciudad nativa, obra del joven Simón Muntaner, delegado de curso de la Universidad de Parapanda.



Queridas amigas, querido amigo: Os escribo para intentar entablar un diálogo desde un proceso de trabajo como el mío que mantiene ciertas peculiaridades y que se ha ido asentando durante un largo tiempo en una perspectiva fundamentalmente partidaria de un colectivismo democrático o de democracia colectiva (llamémoslo así de momento).

Ante todo el lenguaje. En este terreno todo son convergencias. La ruptura de los estereotipos que crea un lenguaje y una narrativa determinada golpea por igual a cualquier proyecto de emancipación social. De la historiografía feminista, por ejemplo, se puede deducir importantes indicaciones sobre la propia forma de producir el relato histórico, sus contenidos y su “ámbito” de descripción. Lo mismo podremos decir del derecho y del lenguaje jurídico. Las categorías jurídicas en muchas ocasiones se construyen como inversión de la realidad o al menos como inversión de una realidad tal como es percibida por el observador. Es por tanto muy interesante hablar sobre las palabras y el sentido de las palabras, porque nombran el mundo, y lo hacen desde la visión de quien puede ordenar ese mundo. Por eso es importante apropiarse del lenguaje y/o tener un lenguaje propio. Con el problema de no saber si se opta por la invención de nuevas palabras o la reformulación -¿refundación? - de otras.

Después el silencio. El silencio que pertenece a un sujeto que no se revela / no se rebela. Hay algunas semejanzas con la problemática del catolicismo existencialista de los años 50 del pasado siglo: el silencio de Dios. El, como ese sujeto mudo del que hablamos, es una verdadera potentia, en la que se radica el poder de crear. Pero no habla. Se expresa de forma indirecta, a través de otros signos – la ciencia, la fraternidad entre las personas, la felicidad. Tomad pues esa imagen aunque -¡ay!- tenga tan oscuro origen ideológico. ¿Por qué la potentia no habla sino a través de otros signos, no hace escuchar su voz? Posiblemente porque no puede hacer de otro modo, porque no tiene forma de comunicarse directamente. La voz del oprimido se expresa así a través de sus organizaciones que le convierten en un sujeto colectivo, general (lo que implica el cambio de sustancia del sujeto). Y el derecho interviene en esa transustanciación definiéndola como representación, que es presencia de tantos y acción de intervenir en nombre de. Por tanto, subjetividad colectiva y representación son los órganos vocales de los oprimidos.

Pero no saben hablar con su propio lenguaje. Aprenden el que encuentran en la sociedad, el lenguaje de los otros, del otro. Le dan otro significado, lo retuercen con modismos y significados propios, lo transforman, pero no hablan otro lenguaje. Ese es el problema del lenguaje de los derechos, y de las nociones básicas como las de igualdad, no discriminación e cosí via. Porque hay una gran ambivalencia en esas nociones que expresan tanto una forma de gestión del poder – y del gobierno de las relaciones socio-económicas – como una capacidad de resistencia y un deseo de emancipación.

En estos dos temas hay diferentes formas de comprensión de los elementos que lo componen. En el del sujeto que da voz a los que no la tienen y en el espacio en el que se desenvuelve, el espacio público de la política, la intersección entre la economía y la sociedad, las construcciones culturales del mercado y del Estado. Todos estos son los perímetros en los que se quiere encerrar al poder y su capacidad de reproducir las estructuras de subordinación / sumisión a través de la opinión pública, los mecanismos culturales, la violencia sobre la existencia. En este aspecto, la dimensión colectiva de la subjetividad aparece trabada por el universal “persona”, “hombre”, “trabajador”, y guiada ante todo por criterios posiblemente objetivables en torno a los valores de igualdad y fraternidad, que dan lugar a su traducción jurídica en los derechos sociales, el Estado Social y los derechos sindicales como derechos de participación democrática. Los derechos se articulan y se complejizan, ofreciendo vertientes individuales y colectivas, pero se configuran como espacios de resistencia (frente al poder) y de construcción de un proyecto social general en cuyo marco se desarrollan las potencias y capacidades creativas personales. Este esquema que se construye sobre todo a partir de un espacio público a partir de la política (o de la socio-política) y que busca en esencia la desmercantilización programada de las necesidades sociales, se basa ante todo en el trabajo. Porque en él se da la ambivalencia máxima de la capacidad creativa, constructiva, y la expropiación máxima de ésta hasta el extremo de comprometer las propias energías y el propio cuerpo en un proceso de cosificación y de alienación para otro. Y en esa contradicción se resume una gran parte de los problemas del lenguaje del poder, de su gramática y de su sintaxis, que estamos condenados a practicar para comunicarnos entre nosotros e intentar otros acentos, otros énfasis que precipiten un “habla” dialectal, propia e identitaria.

Normalmente, desde este punto de vista, la “apertura” se produce desde la noción de representación, que condiciona la propia subjetividad colectiva. Por esta vía – re/presentar los distintos grupos e intereses que se “encuentran” (están presentes) en el trabajo como sujetos relevantes – es como se interroga el discurso laboralista sobre los cambios de la subjetividad del trabajo. En este aspecto, las identidades en el trabajo condicionan la propia categoría del trabajo, cada vez más adjetivado y referenciado: trabajo típico y atípico, formal e informal, productivo y reproductivo. Adjetivos que se juegan en relación con identidades muy marcadas de los sujetos que trabajan: mujeres, jóvenes, inmigrantes. Esa problemática trasciende desde luego el terreno de la representación y se proyecta sobre los principios de igualdad, no discriminación, paradigmas ahora de un mundo regulado sobre la aceptación de la diferencia identitaria: género y etnia fundamentalmente como convenciones sociales y culturales que pueden / deben ser apreciadas como fundamento de una radicalidad democrática alternativa.

Entonces posiblemente la transformación de las relaciones de fuerza en relaciones libres y la exaltación de la libertad como capacidad de autodeterminación personal que no sólo se mantenga incólume en el “tiempo de vida”, sino que se reivindique en el “tiempo de trabajo”, ayuda a forzar los límites del derecho, mantener desde varias posiciones una crítica emancipadora a la arquitectura del sistema jurídico – laboral y a sus fundamentos de protección social, donde perspectivas culturalmente diferentes no se estorben en una labor de “deconstrucción” del lenguaje del poder y del discurso jurídico dominante que lo legitima. Hay mas problemas en la pars construens de nuestros razonamientos, pero es cuestión a mi juicio de ir confrontando algunas experiencias teóricas y prácticas que nos aseguren mutuamente.