viernes 19 de febrero de 2010

PROTAGONISMO Y ANTAGONISMO DEL SINDICATO



EN AMIGABLE DISENSO CON LA CGIL


Uno de los lemas del próximo congreso de la Confederazione Generale Italiana del Lavoro es: “Sindicato protagonista, pero no antagonista”. Se me ponen los ojos como acentos circunflejos y, rápido como veloz centella, me dirijo a un querido amigo italiano, destacado dirigente sindical de la CGIL. Me responde de manera sobria: “un sindicato que es actor principal de acciones e iniciativas para contribuir a la representación de los intereses de los trabajadores y las trabajadoras. Que propone objetivos realizables e contribuye al gobierno del país durante la crisis y fuera de la crisis. Un sindicato que no se limita a decir no, sino que expresa claramente qué quiere y avanza programas y proyectos”. Estoy plenamente de acuerdo con lo dicho por el amigo italiano. Pero no comparto el mencionado lema congresual. Por otra parte, de las palabras definitorias que hace mi amigo, no se desprende que la conclusión deba ser la formulación de “no antagonista”. Más todavía, hasta donde yo recuerdo, la CGIL ha sido, por lo general –con unos u otros altibajos—una organización que respondía adecuadamente a la caracterización que ha hecho el amigo italiano.


A las personas de edad –como es mi caso— se nos permite no tener pelos en la lengua, especialmente si no tenemos “mando en plaza”. Incluso, con mayor o menor desenfado, también se nos consiente lanzar algunas puyas que, en mi caso, casi siempre parecen amablemente bienintencionadas. Y, con ese carné de identidad intento aproximarme al tema en cuestión. Para ello, me propongo declinar el concepto y la palabra agonista. De donde viene la palabra prot(agonista) y anta(gonista). Agonista, ἀγωνιστής, es una palabra que nos viene del griego clásico, significa: con unos y otros matices significa contendiente, luchador. En ese sentido, es obvio que el sindicato quiera ser protagonista; y, en la misma dirección, veremos si es antagonista o no. Pero, antes de meterme en harina, doy por sentado que no estamos ante un debate nominalista. Pues bien, como la expresión y el concepto “protagonista” me encanta, voy a centrarme en la “otra”, “antagonista”.


Si la base del sindicalismo confederal es el ecocentro de trabajo es de cajón que debemos partir de ahí para enhebrar un discurso que no debería estar apriorísticamente definido. Ahora bien, ya que el sindicalismo confederal pretende intervenir –con el mayor grado de protagonismo posible— en todos los intersticios de la economía-mundo debemos abordar una narrativa sindical que vincule ambos escenarios: 1) el ecocentro de trabajo y 2) la economía-mundo.


1.-- La pugna del movimiento de los trabajadores ha sido siempre –y también en las nuevas condiciones del centro de trabajo innovado— por la mejora de los salarios, por la humanización de las condiciones de trabajo y por los derechos sociales, entendidos éstos como bienes democráticos. Ni qué decir tiene que, en dichos aspectos, las conquistas de civilización parecen evidentes, incluso si lo comparamos con tiempos más históricamente recientes. Ahora bien, comoquiera que el sindicalismo es un sujeto cotidiano, su obligación no es la comparación con los viejos tiempos sino con lo que está sucediendo aquí y ahora.


Lo cierto es que, hoy como ayer, toda aspiración del movimiento de los trabajadores –conducido por el sujeto organizado, el sindicalismo— ha chocado con el poder autoritario del dador de trabajo o con las nuevas formas de management empresarial. Ayer con luchas y formas de expresión no tuteladas por las Constituciones; hoy mediante formas institucionales, más o menos regladas. Ayer a través de las relaciones de fuerza; hoy, también con ellas pero bajo la tutela del iuslaboralismo. Ahora bien, en ese sentido, vale la pena repensar, sin legañas en los ojos, que el dado de la empresa y el management se han comportado históricamente como sujetos de resistencia frente a las demandas del movimiento de los trabajadores, del sindicalismo confederal. Paradójicamente, sin embargo, la etiqueta de resistencialismo ha sido endosada al sindicalismo. O, lo que es lo mismo, todo planteamiento de alternatividad, de narrativa sindical diferente, era adjetivada como re-accionaria. Por ejemplo, cuando en mis buenos tiempos intentábamos confrontarnos al agudo problema de la asbestosis en la empresa Uralita (Cerdanyola, una ciudad vecina de Barcelona) la empresa afirmaba jupiterinamente que éramos una rémora para el progreso. Conclusión, centenares de trabajadores y sus familias estuvieron –y siguen estando— afectados por el mal del amianto. Y no sólo ellos sino una gran parte de la ciudad de Cerdanyola, aunque no trabajaran en dicha empresa. Este es uno de tantos ejemplos que conviene traer a colación. ¿Hay que poner más? No, todos estamos perfectamente al tanto de las cosas. Con un ejemplo emblemático nos basta y, de esa manera, aligeramos este ejercicio de redacción.


El sindicalismo en la fábrica y el sostén confederal expresaban la alteridad de su situación, la alteridad de sus propuestas frente al problema del amianto. La empresa ejerció su más berroqueña política de resistencia, amparada por la ley: la organización del trabajo está en manos de la unilateralidad del poder empresarial y de su ius variandi. En concreto, en Uralita (y otros mil lugares) éramos un sindicato, “actor principal de acciones e iniciativas para contribuir a la representación de los intereses de los trabajadores y las trabajadoras. Que propone objetivos realizables e contribuye al gobierno del país durante la crisis y fuera de la crisis. Un sindicato que no se limita a decir no, sino que expresa claramente qué quiere y avanza programas y proyectos”. Que es lo que atinadamente dice mi amigo italiano. Pero nosotros, con mayores o menos aciertos, nos encontrábamos ante el resistencialismo empresarial que siempre dijo que no a cualquier planteamiento, no digo ya del uso sino del abuso de la organización del trabajo. Al ejercicio de nuestra alteridad, el dador de trabajo oponía su propia personalidad. Uralita nunca quiso cambiar substancialmente las cosas porque eso le convenía y porque estaba apoyada por la ley. Una alteridad que indiciaba la independencia sindical, ejercida democráticamente mediante la cualidad de los hechos participativos; es desde esa alteridad donde se produce la orientación de sentido del sindicato.


En consecuencia, ¿hay que insistir más en que la principal característica del movimiento de los trabajadores –y, por consiguiente, de su representación, esto es, el sindicalismo— es la alteridad, es decir, ser el otro? Más todavía, así las cosas, ¿cuesta mucho trabajo admitir que frente a la contraparte, contumazmente resistencialista, nosotros éramos y somos un sujeto fundadamente antagonista?


2.-- ¿Qué decir de la economía-mundo en esta nueva fase de reestructuración-innovación de los aparatos productivos y de servicios? ¿Qué decir del origen y desarrollo de la crisis actual? Mucho han hablado sobre ella gentes temperadas y con punto de vista fundamentado. Me remito a Antonio Lettieri, Pierre Carniti y otros que, en el ejercicio de altas sus responsabilidades sindicales, siempre auspiciaron y provocaron momentos de discontinuidad y renovación del sindicalismo.


Pues bien, ¿no es cierto que sigue en curso una fuerte confrontación –de ideas y proyectos— que muestran a las claras, naturaliter, una consolidada alteridad? Una alteridad que, por supuesto, intenta colocar al sindicalismo en un lugar de protagonismo activo en el escenario europeo y de la globalización? ¿Y no es cierto que las contrapartes (a través de una actitud resistencialista, como gato panza arriba, en la necesidad de la negociación colectiva europea y de políticas contractuales en los grandes espacios? Más todavía, también en este escenario de la economía-mundo, el sindicalismo parte de su antagonismo. Cosa que no impide que, desde esa personalidad –nacida de la alteridad— llegue a acuerdos, convenios, pactos.


Pues, efectivamente, sí: continúa la confrontación de proyectos entre el sindicato y los responsables de la crisis. Nosotros fuimos claramente antagonistas frente al neoliberalismo, contra la exaltación que hicieron del poder que representaban las “zonas grisis” de la democracia, contra los movimientos especulativos que azotaron los cuatro puntos cardinales del planeta. Una confrontación que sigue ahora, en un momento en que vuelven a las andadas con un descaro que ni siquiera se disfrazan de noviembre, lorquianamente hablando, para no infundir sospechas.


3.-- Por unas y otras razones, tanto en el ecocentro de trabajo como fuera de la empresa, la alteridad del sindicato le hace ser un sujeto-conflicto. Un conflicto que se ejerce institucionalmente, esto es, con reglas, obligatorias y obligantes: otra conquista de bienes democráticos, expresados rotundamente en los textos constitucionales. Ahora bien, el sujeto-conflicto –como expresión de la alteridad sindical— está referido a un conflicto propositivo. No es, por tanto, una expresión “de barricada”. Es un elemento central para que el sindicalismo sea –según el maestro Bruno Trentin— un sujeto reformador.


Conclusiones provisionales. 1) Entiendo que es un
anacoluto relacionar la frase de mi amigo italiano con “sindicato protagonista, pero no antagonista”. 2) Tengo para mí que lo mejor sería eliminar, por confusa, la expresión “no antagonista”.


Pero, con perdón, ¡doctores tiene la iglesia: cada cual es muy libre de bajar las escaleras a su antojo. Y, ¿no es cierto?, cada cual es muy dueño de cantar o no las viejas canciones que los reformistas de antaño escribieron y musicaron. Por ejemplo, el
Inno dei Lavoratori que apenas si se entona en las grandes ocasiones. Es durillo eso del “riscatto del lavoro”. Más dura es, sin embargo, la letra de La Marsellesa. Y no digamos de la venerable ancianidad de Fratelli d’ Italia donde se sigue entonando algo tan chocante como la relación entre el yelmo de Escipión y la creación de Roma, obra de Dios Nuestro Señor. Que, como se sabe, son cosas más antañonas que lo escrito por el viejo padre del reformismo Filippo Turati con música del maestro Amintore Galli.




Radio Parapanda. Se remite encarecidamente a los blogs siguientes: Alumnos de Giuseppe Di Vittorio, Bruno Trentin, Con Umberto Romagnoli. Y, por supuesto, la crónica del día: LA DOCTRINA DEL TRIBUNAL SUPREMO SOBRE LA ACCION PROTECTORA DE LA SEGURIDAD SOCIAL



miércoles 17 de febrero de 2010

LA CONFEDERACIÓN EUROPEA DE SINDICATOS Y LAS PENSIONES


Lo hemos leído en los medios: también el ubicuo Sarkozy vuelve a plantear –dice que para dentro de pocos meses— una reforma de las pensiones. No sería extraño que el resto de los gobernantes de la Unión Europea sigan esos pasos. Me parece de cajón que la CES (el sindicato europeo) tome cartas en el asunto.


En un arranque de sinceridad diré que, tampoco en este caso, debería repetirse lo que me parece moneda corriente de los sindicatos de cada país ante determinadas cuestiones importantes que, de una u otra medida, afectan al conjunto asalariado europeo, los parados y pensionistas, a saber: que cada sindicato tira por su lado con planteamientos dispares entre sí y sin ninguna relación con un proyecto sindical europeo. Es como si fuera un conjunto de tapas variadas que no tienen, entre ellas, ningún tipo de vínculo.


No se trata de encorsetar nada, pero –de igual modo— tampoco es cuestión de que el sindicalismo europeo actúe como la
Brigata Brancaleone. Así pues, la responsabilidad de la Confederación Europea de Sindicatos es de primer orden. Más todavía, es otra oportunidad para comportarse como un sujeto social europeo con un proyecto general.


Radio Parapanda conecta con Radio Rexurdimento: Falange contra Garzón o la transición española en los espejos cóncavos del Callejón del Gato.

lunes 15 de febrero de 2010

REPRSENTACIÓN Y PARTICIPACIÓN SINDICALES. Hablando con Carlos Mejia (Perú).


El jueves día 12 de febrero tuvimos un animado coloquio en el encuentro con dirigentes sindicales de Comisiones Obreras de Catalunya con motivo de la presentación del libro de Antonio Baylos en su versión catalana. Nuestro amigo peruano Carlos Mejía me envía unos comentarios a propósito de mi intervención en el mencionado acto barcelonés, SINDICALISMO Y DERECHO SINDICAL. Y, en el mismo lugar, el joven Simón Muntaner, presente en dicha reunión, con amable conductismo me invita a responder a Carlos. Cosa que haré de la manera más cómoda que me sea posible por dos razones: primero, porque la representación sindical en el centro de trabajo en Perú no es igual que en España; y, segundo, porque desgraciadamente estoy pez en las cosas sindicales de aquel país.


1.-- Quede claro: cuando hablo de transferir los poderes del comité de empresa al sindicato en el centro de trabajo (por lo tanto, estaríamos hablando de una única representación) estoy pensando en la necesidad de que la sección sindical rejuvenezca la democracia y la haga más cualitativa mediante una serie de hechos participativos que deberían estar reglados con normas obligatorias y obligantes. Por supuesto, ese traslado de poderes no puede ser atolondrado, aunque lo importante es no perder más tiempo y empezar a organizar la transición.


Naturalmente estamos hablando de una sección sindical auténticamente representativa de todas las situaciones y tipologías asalariadas presentes en el centro de trabajo. Entendiendo por “representativa” la capacidad de aprehender la condición asalariada de cada diversidad tanto colectiva como individualmente. De esta manera “representativa” se está en mejores condiciones para ejercer la “representación”, esto es, para hablar en nombre del conjunto asalariado. De manera que, así las cosas, “representatividad” y “representación” son conceptos no exactamente iguales. Y, más todavía: ambos conceptos hilvanados por la “participación” son los que presuponen el sindicato-de-los-trabajadores y no un mero sindicato-para-los-trabajadores.


Además de lo que he resaltado en anteriores ocasiones, en esta ocasión desearía añadir un elemento nuevo: el modelo dual que tenemos en España (el comité de empresa y la sección sindical) impide objetivamente que el sindicato general tenga realmente su base en el centro de trabajo. Por la sencilla razón de que la sección sindical, salvo algunas excepciones –ciertamente importantes-- es un huésped realquilado en el comité.


Lo cierto es que ha habido históricamente, en algunos países y modelos sindicales, una desatención notable a que el sindicato tuviera una organización propia en el centro de trabajo. Posiblemente tenga como origen remoto la vieja supeditación (hoy inexistente) del sindicato hacia Papá-partido (el que fuera) y a la antigua desconfianza de no pocos dirigentes sindicales (especialmente los de gran formato) de que el sindicato en el centro de trabajo conllevaba, según ellos, una serie de derivas corporativas. No se libró de esos recelos ni siquiera el gran
GIUSEPPE DI VITTORIO y los de una cultura similar. En concreto, en esos grandes dirigentes siempre se miró con suspicacia especialmente la negociación colectiva en la empresa. Por otra parte, un sujeto estable y, por así decirlo, trascendente era visto como una interferencia para el partido (el que fuera) que se autodefinía como la vanguardia del proletariado. Hoy no se da esa situación. Felizmente para todos, habría que recalcar.


No estoy muy seguro de interpretar correctamente lo que plantea el amigo Carlos Mejía en su comentario, de modo que diré lo que entiendo del fondo de su pregunta: yo soy partidario firme de que el sindicato en la empresa (lo que llamamos en España “sección sindical de empresa”) tenga el mayor caudal de poder contractual posible. Por eso, además, me pongo tozudo con el traslado de los poderes del comité hacia el sindicato en la empresa. Es más, si el tan repetido sindicato en la empresa tiene ese acervo contractual propio son menos los peligros de corporativismo, porque entiendo que puede entrar de lleno en todos los intersticios de la organización del trabajo. Siempre y cuando, lógicamente, contemple la “representatividad” que más arriba se requería. Es más, tengo para mí –pidiendo disculpas a los dirigentes del más alto nivel confederal--, en los procesos negociales en España (contrariamente a lo dicho por Carlos Mejía, si es que le he entendido bien) la Confederación reina, pero no gobierna. Y, peor todavía, seguirá así mientras el sindicato general no tenga definitivamente anclado su verdadero origen en la empresa: en la empresa real que hay actualmente y en la que va siendo. Por lo demás, entiendo que la casa confederal es más robusta si su arquitectura se cimenta en el sindicato en la empresa.


Ahora bien, lo que tenemos pendiente en el sindicalismo español es un pacto confederal: un compendio de normas que establezcan los poderes y el uso de los instrumentos que el ius sindicalismo dispone y los que vayan surgiendo como fruto de conquistas. Por lo menos en dos direcciones: qué prerrogativas tienen unos y otros y que zonas son inviolables, esto es, no sujetas a invasión por nadie. Por nadie de arriba y por nadie de abajo. De ahí que, entrando en la otra pregunta que me hace Carlos Mejía, diga que no creo en una negociación articulada donde todos los espacios negociales negocien absolutamente todo. Me refiero a que se haga –especialmente por abajo-- tabla rasa de lo acordado en otros ámbitos. Tengo para mí que lo más útil es el ejemplo de los convenios generales de la Química en España.


3.— He intentado aproximarme anteriormente al vínculo entre “representatividad” y “representación”. O sea, la “participación”, aunque un servidor prefiera la expresión de “hechos participativos”. La ausencia de esta praxis conduce inevitablemente a un sindicato que, en sus formas de ser, le hace ser taylorista en la más amplia acepción del término.


Afirmo, contra quienes mantienen que la innovación tecnológica impide inexorablemente la realización de los hechos participativos. Sin embargo, es muy verdad que la innovación tecnológica pone trabas al tradicional ejercicio de la participación. La asamblea de la fábrica fordista (que ya va siendo en Europa pura herrumbre) de naturaleza ecuménica –todos presentes a la misma hora y en el mismo espacio—va entrando, si ya no ha entrado, definitivamente en crisis. La innovación tecnológica y la morfología del centro de trabajo ha puesto en crisis la relación espacio / tiempo. Pero, también precisamente por ello, en el sindicalismo han aparecido (con la normal escasez de los primerizos) nuevas formas de relación entre el personal. Que la asamblea tradicionalmente presencial sea cada vez menos posible, no impide la puesta en marcha de nuevas concreciones en la participación y los hechos participativos.


De donde me saco de la manga una reflexión que viene al pelo de lo que se viene diciendo. Las innumerables webs sindicales son, de hecho, nuevas sedes del sindicalismo. Esta es una novedad sobre la que, todavía, no he visto suficientes reflexiones al respecto. Hoy por hoy esas nuevas sedes sindicales son una extraordinaria riqueza, y lo serían más si el formato de tales páginas contribuyera a una real participación. Me explico: la mayoría de ellas cuentan con una información (casi en tiempo real) de lo que sucede o se organiza para que ocurra. Pero, puestos a ser exigentes con esta gente tan seria, ¿no sería exigible que tales webs –hasta ahora concebidas, la mayoría de ellas, como instrumentos de arriba hacia abajo, fueran también mecanismos de participación, esto es, de discusión?


Puede que algún sindicalista emérito o de parecida estirpe me diga: “Oye, no hay que olvidar la asamblea presencial, el contacto humano, la relación interpersonal”. Naturalmente que no, afirmo con rotundidad. Pero no caigamos en el síndrome del
Asno de Buridán. Así pues, lo importante es la participación como ejercicio de la soberanía sindical; de qué forma se haga es secundario.


Finalmente, entiendo que con el compañero Carlos Mejía, cuyo blog
Bajada a bases sigo cotidianamente con interés, parece que han quedado algunos matices en el aire. Es normal, las situaciones son muy diferentes. Podemos y debemos, por eso, seguir hablando. Para mí es un placer.





Radio Parapanda. Retransmitimos en directo la conferencia de Javier López en el Círculo Tranquilino Sánchez de Parapanda:
YO NO DIGO, YO MUESTRO (Entre Rohmer y Benjamín)


jueves 11 de febrero de 2010

PROLOGANDO EL LIBRO DE ANTONIO BAYLOS



El libro que mañana se presenta en el Salón de Actos de Comisiones Obreras de Catalunya, “Sindicalisme i Dret sindical”, es la versión catalana de la cuarta edición en lengua castellana. Aprovecho, pues, que estamos en vísperas para publicar en este medio el prólogo que me encargó don Luís Collado, editor de las cuatro ediciones de la Editorial Bomarzo.





Yendo por lo derecho y sin rodeos: estamos ante un libro importante. Primero, por su contenido; segundo, por el autor que lo firma; tercero, porque viene a suplir una tradicional laguna: la precariedad de literatura iuslaboralista en lengua catalana; oído, cocina: precariedad no quiere decir inexistencia. Tres motivos que justifican sobradamente la aparición de esta investigación. Su contenido tiene, de entrada, una novedad: la provocación (en su sentido original, provocare, esto es, volver a llamar) de recordarnos algo que se olvida con excesiva frecuencia, esto es, que existe el Derecho sindical, hermano de leche del Derecho laboral. Su autor, Antonio Baylos, un eminente jurista del trabajo, que mantiene la vieja y noble tradición de algunos de sus colegas, de ayer y hoy: ser un cosmopolita ciudadano militante, partiendo de su profundo compromiso con el movimiento de los trabajadores y el sindicalismo confederal que representa Comisiones Obreras. Un inciso: no puedo dejar de pensar en toda una serie de personas: tengo en la cabeza ahora mismo el testimonio de otro amigo: Manuel Vázquez Montalbán que siempre se desvivía por acudir a todas las llamadas para decir su (siempre) lúcida palabra. Antonio Baylos tiene una característica que le distingue de la gran mayoría de profesores universitarios, incluidos los de su disciplina académica. No solamente describe la geografía del Derecho –esto es, qué dice la legislación y cómo debería ser aplicada— sino que se mete en la harina de cómo deberían ser las cosas, el por qué de cómo están las cosas y el por qué de cómo, a su juicio, deberían ser. Valga esta metáfora: Baylos no se limita a decir, como algunos geógrafos, que afirman sólo descriptivamente
qué bonita es Barcelona, sino que explica las razones de lo que propone en una adecuada relación entre el ayer y ahora mismito y, de ahí, la invitación al vals del futuro. En concreto, es sobre todo un filósofo del Derecho laboral. Que escribe con la más absoluta y sencilla claridad. Digamos que es el estilo del profesor Baylos en toda su abundante producción científica: en sus escritos altamente especializados; en la literatura “de choque”, esto es, en sus artículos para la prensa; en su cotidiano quehacer del imprescindible blog que lleva su nombre (http://baylos.blogspot.com); en sus notables aventuras editoriales: la Revista del Derecho Social en sus dos versiones: la española y la latinoamericana. Y, por supuesto, el presente texto que el mismo Baylos califica como “material escolar”. Y algo más podemos decir sobre el libro: se trata, además, de un recorrido sobre los bienes democráticos que el sindicalismo confederal ha conquistado en los últimos años. Lo que, de vez en cuando, es pertinente señalar para que el seso de los sindicalistas, dicho a lo Jorge Manrique, avive y despierte.En resumidas cuentas, el libro pretende que sepamos más, porque el conflicto social es, también, un conflicto de saberes y conocimientos y, como se ha dicho, evoquemos las conquistas de ayer y de ahora mismo. Saber más precisamente para acumular más bienes democráticos, dentro y fuera de los centros de trabajo, en estos tiempos de profundas y aceleradas transformaciones. Precisamente a través de un sostenida conversación entre sindicalistas y iuslaboralistas: una de las tareas en las que está comprometida a fondo lo que podríamos llamar la escuela de derecho social castellano-manchega con la editorial Bomarzo a la cabeza.Con vuestro permiso: me vais a permitir un cierto desahogo personal. Una de las cosas que mejores recuerdos guardo de mis viejos tiempos era ver cómo los sindicalistas llevaban en el bolsillo aquel libro titulado “Los enlaces sindicales”, que escribieron al alimón Martín Toval y Jesús Salvador que –me parece recordar— publicó la editorial barcelonesa Laia en su colección Primero de Mayo, dirigida por el inolvidable Alfons Carles Comón. En buena medida, los conocimientos prácticos que nos deparó la lectura de aquel libro fueron responsables del “asalto democrático” a las estructuras del sindicalismo putativo de la dictadura franquista.

Postdata al margen del Prólogo. Espero que el pormenorizado conocimiento de este libro comporte, de un lado, una mayor preocupación por los derechos sindicales y, de otro lado, propicie que la plena sindicalización en el centro de trabajo.




Radio Parapanda. Emitiendo:
UNA REVISTA DEDICADA AL DERECHO LABORAL COMPARADO

miércoles 10 de febrero de 2010

SINDICALISMO Y DERECHO SINDICAL



El viernes se presenta en el Salón de Actos de CC.OO. de Catalunya el libro de mi sobrino Antonio BaylosSindicalismo y derecho sindical”, traducido al catalán. Durante la comida, a la hora de los brindis, pienso decir cuatro palabritas. Por si no me dejan acabar los comensales, ahí va el texto del discursillo. Nota: se pronunciará antes de los orujos.



Parafraseando a algunos amigos quiero señalar que Antonio Baylos es un jurista prestado al sindicato y, si él mismo me lo permite, es a la vez un sindicalista prestado al derecho. Este pez anfibio es, hasta donde llegan mis conocimientos, uno de los iuslaboralistas más importantes de Europa. Con ramificaciones hacia toda la América Latina, por si faltara poco. Es, por lo tanto, un militante cosmopolita universal. Sólo diré que mi suerte es muy grande al tenerlo como amigo personal y querido maestro. Es, además, un brillante académico que nos ofrece, en su abundante
literatura un fuerte compromiso con el movimiento de los trabajadores y con la izquierda. Todo ello con punto de vista fundamentado. Lejos, por tanto, de la aséptica, pija y tramposilla equidistancia orteguiana.


Pues bien, mi alegría es enorme haciendo de telonero en este encuentro. Por ello quedo agradecido a Josep Maria Romero que me convidó a participar en la presentación del libro de Antonio. Un material que es, en el fondo, un diálogo entre el sindicalismo y el Derecho del Trabajo, la gran pareja de hecho del siglo XX; un libro que, además, reaparece en un momento –después del Congreso del sindicato— de fecunda relación entre los sindicalistas y los profesionales del Derecho (me refiero a Madrid) y también con el mundo académico a través de la Fundación Primero de Mayo, cuyo ejemplo tendría que imitarse. Por lo demás, el autor compendia todo el caudal de instrumentos y derechos (bienes democráticos, en realidad) que cuenta el sindicalismo español. Lo que representa toda un curso de formación para nuevos y viejos sindicalistas. Pues bien, en mi caso, tengo la oportunidad de –en esta ocasión-- traer a colación algunas reflexiones que vengo haciendo desde hace años.


1.-- Hemos quedado, pues, que el sindicalismo es la preocupación de este libro. En ese sentido pienso que el gran esfuerzo que siempre hicimos en la defensa y promoción de los intereses del conjunto asalariado nunca se ha correspondido, en igual medida, con el conocimiento y preocupación por el instrumento, por el sindicato en sí. Esa despreocupación nos ha llevado a no preguntarnos nunca si la forma-sindicato necesita cambios (cambios, lo que se dice cambios, no manos de pintura) o no. Para mi es realmente muy chocante, por ejemplo, que la construcción de nuestra casa, a mediados de 1976, se mantenga casi exactamente igual cuando se han producido tantas mutaciones en el centro de trabajo y en la economía. Quedo agradecido por el respeto a lo que hicimos la gente de mi generación en aquellas épocas, pero es preciso que, con tantos cambios y en ese mundo de la globalización, repensemos la forma sindicato.


Yo parto de lo siguiente: todo ha cambiado, pero se mantienen las viejas formas de representación del sindicalismo. Me refiero –muy especialmente, aunque no sólo-- a la considerada más importante de todas ellas, esto es, el comité de empresa: una forma de representación que, por sus características, no se adecua a los cambios en la morfología del centro de trabajo; que está desubicado, por su naturaleza autárquica, de la economía interdependiente y globalizada; y, para más inri, impide el necesario incremento de la afiliación al sindicalismo confederal. Por ello hace tiempo que pienso que es necesario agradecer a los comités de empresa su importantísima contribución a la acción colectiva de los trabajadores y, tras ello, organizar la transición para que el sindicato en la empresa sea el único sujeto social. Es el sindicato quien tiene la posibilidad –al tener la vocación de sujeto global— de ejercer una representación útil y acorde a las transformaciones de todo tipo; con el comité tenemos la certeza, tras su agotamiento como modelo, de que no se avanzará adecuadamente.


En ese sentido tengo la impresión que algo se está moviendo en la organización. He visto con satisfacción que en el libro “La diversitat en el sindicat”, editado por el CERES, los consultados sobre el órgano de representación más adecuado para defender los intereses de los trabajadores opinan así: el sindicato, con un 41,2 por ciento; el comité, un 37,2; y la asamblea, un 21,5 por ciento. [Página, 37].


Ahora bien, la sección sindical de empresa (y el conjunto de la representación, que tiene su base en ella) precisa una nueva arquitectura, que le haga ser un instrumento capaz de recoger todas las tipologías asalariadas en el centro de trabajo, esto es, lo que hemos dado en llamar las diversidades de género, edad y de categoría. En suma, con la voluntad de conquistar nuevos derechos de ciudadanía social y ejercer el no irrelevante cúmulo de bienes democráticos que señala el libro de Antonio Baylos.


2.-- Soy del parecer que el sindicalismo precisa una nueva acumulación de hechos participativos: de una democracia más cualitiativa. Lo que sería un rasgo distintivo de la nueva forma de ser sindicato. Me limitaré a dos cuestiones: las atribuciones de los órganos dirigentes de cualquier nivel y lo que he dado en llamar la “soberanía sindical”.


Necesitamos un planteamiento que explicite hasta dónde pueden llegar las responsabilidades dirigentes (insisto: a cualquier menor). Porque no es cierto, dado el carácter federal del sindicalismo, que aquí sea aplicable la máxima del viejo Derecho: “quien puede lo más, puede lo menos”. Estoy planteando cuáles son los límites de los poderes de todos los órganos dirigentes del sindicalismo. Lo que significa que cualquier órgano superior no puede invadir competencias de los llamados inferiores. O, si se prefiere, que hay determinados cotos vedados para los órganos dirigentes. Para todos los órganos dirigentes. Cuestión ésta que sigue imprecisa en la praxis sindical, sometida siempre a una especie de amable extralimitación del que está, por así decirlo, arriba. Ello exigiría la plasmación de un auténtico pacto federal con sus normas perfectamente claras.


La segunda cuestión es la “soberanía sindical”. Este es un término que empecé a utilizar hace unos diez años. Ahora tengo la satisfacción de habérselo escuchado al amigo Gugliemo Epifani, secretario general de la CGIL con ocasión del debate precongresual de ese sindicato, un acontecimiento que está a la vuelta de la esquina. Yo definiría la “soberanía sindical” así: la voz de los trabajadores, expresada reglamentariamente en las urnas, cuando son requeridos por los sindicatos para decidir temas de gran interés colectivo. Unos temas que, por supuesto, deberían especificarse.


Formulé el concepto cuando tuve noticia, hace ya muchos años, de la costumbre de la FIOM de someter a referéndum la firma o no del convenio colectivo. Más tarde –primero Trentin y después todo el sindicalismo confederal italiano— fue utilizado para el Pacto sobre pensiones con el Gobierno Prodi. Esto les convertía en un sindicato-de-los-trabajadores y no en un mero sindicato-para-los-trabajadores. La diferencia de cualidad y calidad parece evidente.


El sindicato está en perfectas condiciones de asumir estos cambios. Siempre practicó una democracia próxima, vecina. Está en su código genético. Ahora, a mi entender –en este constante estadio de innovación y reestructuración— necesitaría una nueva acumulación de hechos participativos en el cuadro de una democracia más cualitativamente participativa.


3.-- Una componente importante de la personalidad del sindicato son los saberes de que dispone: los más amplios de toda la historia de Comisiones y del sindicalismo español. En el libro antes citado, “La diversitat en el sindicat”, lo deja bien a las claras. En el año 1991 la distribución de la afiliación, según el nivel de estudios, era del 21,4 por ciento para “los estudios medianos” y un año más tarde subía ligeramente al 24,1 por ciento. Y lo más llamativo es lo que sigue: en esos mismos años los afiliados con “estudios superiores” subían del 16,6 por ciento al 26,2 por ciento [Página 33] Lo más seguro es que, a estas alturas, haya cambiado más positivamente todavía. Pero, oído cocina: resulta que los hombres con titulación superior son el 18 por ciento, mientras que las mujeres casi doblan ese porcentaje. En todo caso,
estamos ante una organización con muchos saberes y conocimientos profesionales, especialmente entre las sindicalistas. El salto que se ha dado desde los tiempos de Anselmo Lorenzo, Pablo Iglesias y Salvador Seguí es importantísimo.


Pues bien, sugiero que el sindicato tome nota del importante acervo cultural, técnico y científico de que dispone. Eso no puede ser un dato sumergido. Entiendo que debe sacar conclusiones al respecto. Por ejemplo, abriendo un espacio de debate interior y extrovertido con el mundo de los conocimientos técnicos –especialmente con la ingeniería-- con la idea de renovar profundamente las políticas negociales. Y de la misma manera que se ha sabido establecer una cierta conexión con los iuslaboralistas, se debería hacer otro tanto con los ingenieros. Nos son imprescindibles para organizar el tránsito hacia un sindicato plenamente ubicado en el nuevo paradigma de la organización del trabajo.


Pues bien, ese caudal de saberes es, en principio, una condición necesaria (aunque tal vez no suficiente) para darle al sindicato mayor capacidad de proyecto, especialmente en el que se refiere a su plena ubicación como sujeto con vocación de globalidad. Como instrumento de largo recorrido para la conquista de nuevos bienes democráticos. Sabiendo que el conflicto de saberes es parte esencial del conflicto social.


4.— Cojo carrerilla para acabar: el libro de Antonio, traducido al catalán, es además una aportación a la sintaxis iuslaboralista en esta lengua que todavía no cuenta con la suficiente literatura científica en ese campo. También por eso debemos estar contentos y orgullosos. Y, ante todo: gracias, Antonio, por mirar a Comisiones Obreras de Catalunya desde siempre con muy buenos ojos.



domingo 7 de febrero de 2010

LA CRISIS Y EL LARGO SILENCIO DE LA IZQUIERDA



Antonio Lettieri


Ha pasado un poco más de un año de cuando el mundo fue zarandeado por la que se definió como la crisis más grave tras la Gran depresión de los años treinta. La crisis, de manera no diversa, de la de 1929 nació del estallido de la banca. Pero, en esta ocasión, estaba claro que en su origen estaba –además de la especulación financiera, la explosión de los desequilibrios sociales que se acumularon en los últimos decenios. Con la stagnación de los salarios y la requisición de los beneficios de la productividad alrededor del 20% de la población más rica, la economía americana creció con el endeudamiento de las familias. Y la banca encontró el modo de realizar una colosal especulación sobre las hipotecas adoptando los más sofisticados instrumentos de las nuevas finanzas. Pero, a pesar de su responsabilidad en la crisis, se abrió camino la idea de que ante todo era necesario salvar los bancos para evitar una nueva Gran depresión. “Demasiado grandes para dejarlos caer”: este fue el principio rector de todos los gobiernos occidentales. Se pensó después en poner en movimiento la economía real para frenar el desempleo que, mientras tanto, crecía a simple vista.


A poco más de un año de distacia, podemos decir que la operación de salvamento de la banca ha salido adelante. Incluso obtienen grades beneficios y distibuyen bonus como lo hacían en pleno boom de la economía, creando un cierto embarazo incluso en las élites del capitalismo global que se reune anualmente en las nieves de Davos. ¿Cómo ha podido ocurrir? Muy simple. Los gobiernos occidentales han puesto a su disposición trillones de dólares con durísimas consecuencias para las finanzas públicas. Los efectos de la recesión, sumados al salvamento, no podían no hacer levitar el retroceso de las cuentas públicas. Los Estados Unidos presentaron un retroceso del presupuesto superior al 10 por ciento, el más alto registrado en tiempos de paz. En Gran Bretaña fue próximo al 13 por ciento del PIB. Gracia, Portugal y España están en una situación más o menos parecida a esas cifras. ¿Qué hacer en estas circunstancias? Grecia es el caso ejemplar.


La Comisión Europa exige volver a los parámetros de Maastricht lo más rápidamente posible. Grecia, no teniendo otra salida –si no es la salida del euro con los riesgos que comporta— se esfuerza en contraer la caída del 13 a 2 por ciento en el año 2012. Para conseguirlo deberá reducir el gasto público, aumentar los impuestos indirectos y privatizar una parte de las empresas públicas. La Comisión Europa y el Banco Central, finalmente, se han declarado satisfechas. Pero para un país en crisis es una cura de caballo, una enorme sangría. Los sindicatos se rebelan. Los mercados financieros aprecian la opción de “sangre y lágrimas”, pero no creen que el gobierno socialista consiga realizar el programa. Vuelve a surgir la especulación financiera y se extiende a Portugal y España. En substancia, la Comisión Europea y el Banco Central adoptan las mismas medidas estranguladoras que son típicas del Fondo Monetario Internaciona: las llamadas políticas de ajuste, tendentes a la reducción de los salarios reales, el gasto público y las inversiónes públicas. Pero Grecia es, solamente, la punta del iceberg de una política que es un impudoroso retorno al pasado. En el inicio de la crisis se dijo que el primer paso debía ser parar el derrumbe de las finanzas. El segundo paso sería la intervención en la economía real y el empeño por el empleo. Hoy se dice que el objetivo es frenar la caída de los presupuestos, cuyo origen –no lo olvidemos-- está en el origen de la recesión y en el salvamento de la banca. Lo que Paul Krugman llama la “budget hysteria” bloquea el segundo paso: la intervención para relanzar la economía y el empleo. Las políticas neoconservadoras vuelven a la carga. El Estado debe volver a las andadas. La reforma sanitaria en Norteamérica se ha reducido a un simulacro y peligra con evaporarse del todo. El desempleo frena el avance (y reciprocamente) pero permite el aumento de la productividad y de los beneficios junto a una comprensión de los salrios. No está dicho que esta línea pase dado que las consecuencias sociales de la crisis se arrastrarán durante largo tiempo. La crisis del 29 tuvo altibajos durante una década. Pero fue la era del New Deal lo que puso las bases de una revolución cultural y social que proyectó sus efectos en los decenios sucesivos.


¿Podemos esperar un nuevo “New Deal” tras la crisis más grave –así se la ha considerado unánimemente-- de los últimos ochenta años? Sería una esperanza exagerada. Aquella fue la época de Franklin Roosvelt, John M. Keynes y Lord Beveridge. De diverso modo todos ellos estaban convencidos de que el viejo modelo liberal se demostró fracasado y que al Estado le correspondía un nuevo papel para garantizar el crecimiento, el pleno empleo y un nuevo equilibrio social. No eran ni anticapitalistas ni marxistas. Eran la expresión de una visión del mundo y de una práctica política que, no sin esfuerzo, podemos definir progresistas o de izquierdas.


Hoy la crisis se consuma en la opacidad del debate cultural y político. O, para ser más preciso, el debate se desarrolla en América en la minoría democrática que se sitúa a la izquierda de Obama. En Europa emerge, sin embargo, más o menos confusamente en el interior de las filas del gobierno de centroderecha, como lo demuestra el enfrentamiento entre Angela Merkel y sus partners liberales sobre los temas sociales y fiscales. Pero es un debate que dificilmente aflora en los grandes partidos de la izquierda o centroizquierda, estén en el gobierno o en la oposición. Callan o se mueven al margen del gran estrago que la desregulación ha llevado al mundo del trabajo. La tutela del trabajo se considera una utopía del siglo XX. Se mira a los sindicatos con sospecha y se les considera responsbles del dualismo del mercado de trabajo. La intervención pública, tras la borrachera de las privatizaciones, se considera un retorno al pasado.


En esto, la crisis no de manera distinta a los años treinta, es el fracaso del modelo económico neoliberal. Esta cultura estaba profundamente insinuada en la izquierda, apenas enmascarada en la retórica de la “Tercera vía”. La crisis era la ocasión para un profundo reexamen cultural y político. Pero poco o nada se ha visto en esta dirección. Un largo silencio domina a los grandes partidos de la izquierda europea. El temor a salir de la ortodoxia ha prevalecido hasta ahora frente al deseo de indagar los orígenes de la crisis, el fracaso de las teorías neoconservadoras y la posibilidad de abrir nuevos caminos ideológicos y políticos.





Versión castellana de la Escuela de Traductores de Parapanda del original
La crisi e il lungo silenzio della sinistra.





jueves 4 de febrero de 2010

EL GOBIERNO Y LA NAVAJA DE OCCAM


Primer tranco. Lo que hemos vivido en las últimas horas más parece un esperpento del gran don Ramón María que otra cosa. A decir verdad, a mis años no había visto algo tan poco edificante como los vaivenes y aturrullamientos del Gobierno con el tema de las pensiones. No es cosa de hacer bromas, aunque ciertamente es muy difícil tomarse las cosas en serio. Dicho con prontitud: esto es una crisis caballuna de las formas de gobernar. Es cierto que en tiempos de don Pedro Solbes se dieron algunos anticipos, pero lo de las últimas cuarenta y ocho horas lo supera con creces: un estajanovismo desordenado de propuestas –unas diciendo pitos, otras rumbo a Bruselas tocando flautas— provinentes de las covachuelas del Ministerio que dirigen la Salgado y Campa: la casa de tócame, Roque. Mientras tanto el presidente del gobierno, raudo como una centella –cuando la tarde languidecía y renacían las sombras— tomaba su aeroplano y ponía rumbo al desayuno (putativamente santurrón) en los Estados Unidos: la familia que reza unida, permanece unida. Todo un gasto inútil, habiendo en nuestro país santuarios, ermitas y cenobios de más alta devoción popular. Por ejemplo, ahí están –viendo pasar el tiempo como la Puerta de Alcalá— el Monasterio de Las Huelgas o la Ermita de los Tres Juanes que mira, desde lo alto, la vega de Granada, una ciudad que está cerca de Santa Fe. O sea, puestos a rezar no hay motivos para gastar, en estos tiempos de crisis, tanta gasolina por los aires de los aires de los aires, amén.



Segundo tranco. Con esta zahúrda el Gobierno ha enviado unos mensajes que han arruinado algunas de sus joyas más queridas. Por ejemplo, la Ley de sostenibilidad económica. Se supone que el objetivo es –perdonen la tautología— que la economía sea sostenible. Porque si la ley es tan demiúrgica, ¿a qué viene esta retahíla de medidas? Es más, hasta la presente, nadie nos ha dicho qué fundamentación tienen: ¿es la cuestión del envejecimiento de la población? ¿es el resultado de todo un cúmulo de presiones desde “los mercados internacionales”, de las instancias internacionales y otros sinedrios más o menos relevantes?


Si se trata de lo primero (el envejecimiento de la población), estamos ante un problema no digo ficticio, pero sí de coartada. Pero en ambas cuestiones el Gobierno ignora algo que sabemos desde hace no pocos quinquenios: lo importante no es cuántos trabajan, sino la productividad que tienen. De ahí el tiempo que se ha perdido (y lo que te rondaré, morena) en no relacionar la argamasa del Estado de Bienestar con la innovación tecnológica a través de un pacto social en esa dirección. Y si se trata de lo segundo (las presiones de los mercados y los chambaos internacionales) el resultado ha sido justamente lo contrario: las caídas de la Bolsa de Madrid, ayer un 2,27 por ciento y hoy el batacazo de casi el 6 % y el cachondeo internacional ante ese desgobierno. Pues bien, si se trata de lo primero: ahí está la instancia del Pacto de Toledo. Si se trata de lo segundo: se toma una medida “para toda la vida” ante una situación contingente, sabiendo que “los mercados extrapolan a corto plazo”, según dejó enseñado Claude Bébéar, fundador y presidente de Axa, empresa líder mundial del sector de Seguros. [Acabarán con el capitalismo, Paidós, 2004]


Ante esta situación, han surgido desorientación e inseguridad, estupor y miedo de millones de personas que, ante este zafarrancho, pueden haber entrado en una crisis de vida: ¿cuándo me jubilaré y en qué condiciones? Un tema que bordaría Ulrich Beck.


No parece que el Gobierno haya caído en la cuenta del
efecto resonancia: la duración de sus vibraciones tendrá un largo recorrido. Entonces, ¿cuál es la explicación de este desordenado estajanovismo gubernamental? Gente sesuda hay por academias y ventorrillos, institutos y lavaderos que se ocuparán del asunto. Yo, por si las moscas, les propongo utilizar el viejo método de la navaja de Ockham . Que, chusquera pero no desatinadamente explicado se resume así: de todas las opciones a elegir, escoge siempre la más sencilla. Me pregunto si lo más claro es que estamos ante un problema de acrisolada incompetencia.



Tercer tranco. Como era de esperar el sindicalismo ha reaccionado oportunamente: la última semana de este mes –febrerillo loco, por más señas— las calles y las plazas serán un clamor. Como siempre es necesario que resuene el grito. Pero es más necesario todavía que –con mayor fuerza y diapasón que el grito— se ponga en conocimiento de propios y ajenos el proyecto alternativo. Un proyecto que es conocido por millares de sindicalistas pero todavía no leído y escuchado por millones de personas.








Radio Parapanda. Como música de fondo
Ah mes amis de La fille du regiment con el tenor colombiano Hans Ever . Y la voz abaritonada de Simón Muntaner informado sobre el EL PROBLEMA DE LOS PIIGS

UNA CABEZA, UN VOTO Y LA "SOBERANÍA" SINDICAL



Dentro de poco se celebrará el XVI Congreso de la Confederazione Generale de Lavoratori Italiani (CGIL), el primer sindicato de aquel país. Pues bien, su máximo dirigente ha declarado exactamente lo que sigue: “Il XVI congresso della Cgil, come quelli precedenti, ha detto Epifani nella sua comunicazione al direttivo, “si svolgerà sulla base del principio della sovranità assoluta degli iscritti all’organizzazione”, secondo la regola “una testa, un voto”. Permitan: “el XVI Congreso de la CGIL, igual que los anteriores –dijo Epifani en su informe al Comité directivo— se celebrará sobre la base del principio de la soberanía absoluta de los afiliados a la organización, según la regla una cabeza, un voto”.


Pues bien, celebro que el primer dirigente de la CGIL recoja el término y, sobre todo, el concepto. Que un servidor empezó a usar hace tres años. Véanse, concretamente, las siguientes entradas en este blog.


LA `SOBERANIA´ SINDICAL: Una conversación particular con Antonio Baylos y Joaquín Aparicio (1),


LA `SOBERANIA´ SINDICAL, DI VITTORIO Y OTROS ASUNTOS y


TEXTO CASI DEFINITIVO SOBRE LA "SOBERANIA" SINDICAL



Ahora bien, lo cierto es que fue la práctica de los metalúrgicos italianos de la CGIL quien me hizo proponer el término de “soberanía sindical”. Era costumbre –lo mantienen como elemento distintivo— que, antes de la firma del convenio, se sometiera el texto a referéndum. El testigo lo recogió --primero la confederación, después el conjunto del sindicalismo confederal, esto es, también la CSIL y la UIL— a raíz del pacto de pensiones con el Gobierno Prodi. En resumidas cuentas, en determinados grandes momentos, el sindicalismo debe dar la voz y la palabra a todos los trabajadores. No se trata de un “estatuto concedido” sino de la lógica que emana de la legitimación: ésta no viene de la dirección del sindicato sino de los afiliados hacia el sindicato. Y comoquiera que el sindicato negocia erga omnes –ya sea en los convenios como en todos los procesos contractuales— la legitimación y mandato para representar viene desde abajo. Es decir, el sindicalismo no es un sujeto autolegitimado. Esta es, por así decirlo, la filosofía del sindicalismo-de-los-trabajadores que no equivale exactamente al sindicalismo-para-los-trabajadores. Yendo por lo derecho: la “soberanía sindical” le diferencia.


Cuando propuse la idea y el término de “soberanía sindical” algunos pusieron cara de fastidio. En el mejor de los casos pensaron que, de llevarse a cabo, era una pérdida de las prerrogativas de los órganos dirigentes. Pues, no: nada de eso. Era, y es, un elemento corrector a las naturales tendencias a la autorreferencialidad. Otros, los más avisados, intuyeron que eso abría el camino a nuevas formas de representación (tanto la doméstica, como la exterior): ahí acertaron. Y, temerosamente, siguieron instalados en las nieves de antaño. No hay que extrañarse: tampoco Tycho Brahe supo prever que, si estás sentado demasiado tiempo, se puede acabar con una cistitis de tomo y lomo.


Pues bien, aparte de ostentar sin ningún tipo de modestia la acuñación de la “soberanía sindical” debo decir dos cosas: 1) no acabo de precisar el término; tengo claro que la palabra “soberanía” debe estar pero el segundo término parece impreciso. Y 2) la muy noble expresión “una cabeza, un voto”, es inapelable. Ahora bien, supongamos que …


… supongamos que en un centro de trabajo de cien personas hay veinte trabajadoras y ochenta varones; supongamos que la plataforma reivindicativa no contiene nada que reclaman las trabajadoras; y supongamos que se lleva a votación –al ejercicio de la “soberanía”-- ¿no está cantado, de antemano, el resultado no favorable a las veinte trabajadoras? Cierto, no necesariamente la plataforma sería masculinista, pero ¿y si lo fuera? Así las cosas, tengo que seguir dándole al magín.





Radio Parapanda. Nuestro locutor Cronopio del Vasto retransmite esta crónica UN ENCUENTRO SINDICAL MODÉLICO. Joaquim González y otros dirigentes sindicales de FITEQA. Con mis mejores deseas al admirado maestro Isidor Boix.