
El calcorreo de los altos funcionarios de la Iglesia católica, apostólica e hispanorromana contra la ley del aborto es una reacción extremista de la burocracia curial contra la información que los medios están dando sobre esa pandemia, tendencialmente global, de esa pederastia de masas en la que están involucrados, directamente unos y aconchabados otros. Más todavía, el alto funcionariado eclesial sabe que ya no hay vuelta atrás, que todavía hay mucha basura bajo las alfombras de seminarios y sacristías, de palacios arzobispales y otros chambaos con o sin agua bendita. En resumidas cuentas –como intuyera aquel personaje, Crispín, de “Los intereses creados”, de don Jacinto Benavente, ya no hay tierra suficiente en el mundo para tapar estas abyectas violaciones.
La Iglesia católica se encuentra en una bancarrota moral desde hace tiempo; ocurre que ahora es mediáticamente visible. Que incluso los medios de comunicación de tendencia conservadora han tomado sus distancias con la iglesia. Que ya no son los viejos aclericales o anticlericales quienes se tiran de los pelos ante esa charca de corrupción. Ante eso, dos tendencias parecen salir de la cofradía: quienes piden que salga toda la mugre a la intemperie y los que –como el subcomandante Cañizares, mitrado-- se enrocan (¿por qué no decir enroucan?— como aquel Mac Mahon en Crimea: je suis, j’y reste. Mucho trabajo les costará a los primeros, desde luego. Pero los segundos no se quedarán mudos: ¿qué se juegan ustedes a que el aguerrido tropel se comparará con los antiguos cristianos que fueron comidos por aquellos pacíficos leones? Tampoco sería de extrañar que los jerarcas ensotanados intenten una maniobra espectacular: denunciar a un grupo de chavalillos acusándoles de senectofilia, de acoso sexual a sacerdotes maduros por tocamientos indebidos y desgarrones donde la espalda pierde su difícil honestidad.
De momento el comportamiento de algunos altos funcionarios es de una cierta teología antropológica: en la sociedad también existen pederastas seglares. Cosa que se parece a lo que manifiestan no pocos políticos cuando exclaman que también existen corruptos entre la gente corriente y moliente. O bien el socorrido constructo de “la indulgencia”. Se trata –esto de la indulgencia— de algo más que una picardía: es la consideración de que la pederastia es un pecado, cuando en realidad estamos ante un delito nefando. Un paréntesis: ¿por qué la pederastia nunca estuvo, tampoco ahora, considerado como delito en el Derecho Canónico? Una pregunta que debería contestar Rouco en su condición de doctor en dicha disciplina. Pues bien, una cosa es la indulgencia y otra es hacer justicia, algo que sistemáticamente han negado los altos funcionarios curiales en el caso de la pederastia.
Termino este ejercicio de redacción con dos apostillas.
La primera: recuerdo la obsesión de don José Ratzinger en su discursos repetidos contra la barquichuela del relativismo. Digo yo que no será para tanto cuando la propia Iglesia se mece en dicha navicella: por un lado, el Evangelio habla taxativamente de “Ay de quienes escandalizaren a esos pequeñuelos, más vale que se colgaran a una rueda de molino” (Mateo, 18.6) Y por otra parte, la propia institución los protege contra viento y marea. Tal vez por eso, una cierta dama que yo conocí en tierras meridionales acostumbraba a decir que “menos mal que tenemos a la Iglesia, pues nos defiende de los Evangelios”.
La segunda: dudo que el celibato sea la explicación del asunto. Me inclino, más bien, por la inveterada postura de la iglesia contra la mujer que consagrara campanudamente un experto en dichos asuntos (los de la mujer, quiero decir) aquel obispo que fue Agustín de Hipona. Más o menos este santo varón dijo que la mujer era il pericolo numero uno, cosa que siglos más tarde Claudio Villa relativizó, aunque no suficientemente.
Radio Parapanda. Conectamos con la Emisora hermana Radio Rexurdimento: Aí vái o meu croio, Ratzinger.
La Iglesia católica se encuentra en una bancarrota moral desde hace tiempo; ocurre que ahora es mediáticamente visible. Que incluso los medios de comunicación de tendencia conservadora han tomado sus distancias con la iglesia. Que ya no son los viejos aclericales o anticlericales quienes se tiran de los pelos ante esa charca de corrupción. Ante eso, dos tendencias parecen salir de la cofradía: quienes piden que salga toda la mugre a la intemperie y los que –como el subcomandante Cañizares, mitrado-- se enrocan (¿por qué no decir enroucan?— como aquel Mac Mahon en Crimea: je suis, j’y reste. Mucho trabajo les costará a los primeros, desde luego. Pero los segundos no se quedarán mudos: ¿qué se juegan ustedes a que el aguerrido tropel se comparará con los antiguos cristianos que fueron comidos por aquellos pacíficos leones? Tampoco sería de extrañar que los jerarcas ensotanados intenten una maniobra espectacular: denunciar a un grupo de chavalillos acusándoles de senectofilia, de acoso sexual a sacerdotes maduros por tocamientos indebidos y desgarrones donde la espalda pierde su difícil honestidad.
De momento el comportamiento de algunos altos funcionarios es de una cierta teología antropológica: en la sociedad también existen pederastas seglares. Cosa que se parece a lo que manifiestan no pocos políticos cuando exclaman que también existen corruptos entre la gente corriente y moliente. O bien el socorrido constructo de “la indulgencia”. Se trata –esto de la indulgencia— de algo más que una picardía: es la consideración de que la pederastia es un pecado, cuando en realidad estamos ante un delito nefando. Un paréntesis: ¿por qué la pederastia nunca estuvo, tampoco ahora, considerado como delito en el Derecho Canónico? Una pregunta que debería contestar Rouco en su condición de doctor en dicha disciplina. Pues bien, una cosa es la indulgencia y otra es hacer justicia, algo que sistemáticamente han negado los altos funcionarios curiales en el caso de la pederastia.
Termino este ejercicio de redacción con dos apostillas.
La primera: recuerdo la obsesión de don José Ratzinger en su discursos repetidos contra la barquichuela del relativismo. Digo yo que no será para tanto cuando la propia Iglesia se mece en dicha navicella: por un lado, el Evangelio habla taxativamente de “Ay de quienes escandalizaren a esos pequeñuelos, más vale que se colgaran a una rueda de molino” (Mateo, 18.6) Y por otra parte, la propia institución los protege contra viento y marea. Tal vez por eso, una cierta dama que yo conocí en tierras meridionales acostumbraba a decir que “menos mal que tenemos a la Iglesia, pues nos defiende de los Evangelios”.
La segunda: dudo que el celibato sea la explicación del asunto. Me inclino, más bien, por la inveterada postura de la iglesia contra la mujer que consagrara campanudamente un experto en dichos asuntos (los de la mujer, quiero decir) aquel obispo que fue Agustín de Hipona. Más o menos este santo varón dijo que la mujer era il pericolo numero uno, cosa que siglos más tarde Claudio Villa relativizó, aunque no suficientemente.
Radio Parapanda. Conectamos con la Emisora hermana Radio Rexurdimento: Aí vái o meu croio, Ratzinger.
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