
Nota Editorial. Se cumple con lo prometido: la traducción del documento de los amigos lombardos de la revista Gli Argomenti Umani. Me permito una aclaración: se ha obviado la tercera parte que, por así decirlo, se refiere a las cosas italianas. En todo caso, el lector interesado sabe que el documento está a su disposición en el link Il progetto del Pd alla prova della crisi. Esta entrada es una reposición de la que se hizo en este mismo blog el dia 25 de febrero pasado.
Premisa
Estamos ante un estridente e insoportable contraste entre –de un lado-- las exigencias, las reflexiones y las perspectivas que se han abierto en el mundo con la explosión de la crisis económica y con la extraordinaria victoria de Barack Obma en las elecciones americanas y –de otro lado-- el nivel de análisis y debate político existente en nuestro país, todavía bloqueado por esquemas culturales obsoletos y modelos de confrontación llenos de astucia, desoladamente privados de proyectos y estrategias y, a menudo, carentes de principios sanos y valores.
Superar esta separación es esencial para que la izquierda democrática italiana (y también la europea) salga de la sequía de un reformismo débil y culturalmente subordinado al pensamiento neoliberal que, por otra parte, está hoy en crisis o perdido, en otros aspectos, en las ilusiones de un radicalismo conservador, aferrado a los esquemas clasistas del siglo pasado. Para hacer esto es necesario empeñarse en el análisis de la crisis y en el consecuente diseño de nuevos objetivos capaces de alcanzar un nuevo equilibrio entre crecimiento y justicia social. En el caso italiano, la crisis agrava de golpe los problemas históricos del país hasta poner a peligro el funcionamiento de la democracia constitucional y la misma unidad entre el Norte y el Sur.
Primera parte. La crisis del modelo de desarrollo neoliberal
La crisis inmobiliaria y financiera, de la alimentación y energética señalan la definitiva insostenibilidad del modelo de desarrollo hasta ahora dominante. Con la crisis se cierra un ciclo de desarrollo de treinta años bajo el signo de las políticas de la derecha neoliberal y de su supremacía cultural, alimentada por algunas importantes ideas: la substancial racionalidad de los mercados y su capacidad de autoregularse; la necesidad de reducir al mínimo la intervención del Estado en tanto que substancialmente contraproducente y limitador de la libertad de los individuos; la conveniencia de privatizar casi todo tipo de actividad; la necesidad de que la intervención pública, sobre todo mínima, se oriente a “apoyar a los vencedores” del objetivo de acelerar la revolución tecnológica. Dentro de esta visión, la derecha ha llevado adelante la opción de redimensionar el Estado social y el poder sindical.
Esta orientación antiestatalista se está convirtiéndose en su contrario: fuerzas e instituciones que le habían sostenido se convierten ahora en los principales paladines de la más masiva intervención del Estado en la historia del capitalismo.
Intervenciones necesarias para impedir el colapso de los sistemas financieros y evitar que la recesión en curso se transforme en una depresión, pero que –como no se concretan sobre la base de una coordinación y con reglas acordadas internacionalmente-- dan lugar incluso a una cobertura de las culpas de algunos de los mayores responsables de la crisis y a la creación de posiciones de ventaja competitiva. Sobre todo, en esta fase, se limita a señalar al Estado como simple pagador en última instancia. Mientras tanto, no emerge todavía ningún esfuerzo para definir sobre bases nuevas la relación Estado-mercado.
La experiencia histórica muestra que la conclusión traumática de los largos ciclos de desarrollo siempre llevó al pasaje a una nueva fase política y a un cambio substancial en la visión de la sociedad y del papel de la política. Así pasó con la crisis de los años treinta que abrió las puertas al New Deal roosveltiano en los USA y al nazismo en Alemania, poniendo las premisas de la Segunda guerra mundial. Así fue con la crisis de los años setenta que llevó al final de la supremacía cultural de la socialdemocracia y abrió las puertas a la hegemonía cultural y política de la derecha neoliberal. También esta crisis está destinada a generar un substancial cambio cultural y político: la victoria de Obama es el primer importante signo positivo de este cambio, pero no está cantado que en Europa los cambios sigan en la misma dirección.
El planteamiento neoliberal tiene en su base una cultura de tipo utilitarista que en su versión extrema niega incluso la existencia de la sociedad; es una ideología individualista que considera que los individuos y las empresas operan sobre mercados con motivaciones exclusivamente económicas y no como personas y organizaciones que construyen su propia libertad, cuya estabilidad y eficiencia depende de mecanismos de integración social y de las dotaciones de bienes públicos. Los individuos son puestos en evidencia sobre todo como consumidores o como propietarios en la teorizada «ownership society», base de una democracia de los propietarios, que ha resultado un engaño en un contexto caracterizado por un aumento general de la riqueza en la parte más rica de la población.
Se ha pensado erróneamente que el gran crecimiento de la economía norteamericana, a partir de los años ochenta, fue el resultado de aquel modelo liberal y no sin embargo la salida de un proceso radical de cambio estructural –estimulado por la intervención pública en el sector ares-espacial y de los armamentos— y fundado sobre un intenso flujo de innovaciones tecnológicas y organizativas que han abarcado el sistema económico.
Como ya es evidente, este profundo cambio no se ha dado en unas condiciones de reequilibrio espontáneo y automático. Por el contrario, el funcionamiento de este proceso dinámico y global contenía todos los elementos para producir los riesgos de crisis económica, a partir del crecimiento tumultuoso de las desigualdades y de la concentración del poder económico en los procesos de intermediación financiera. Lo que ha generado las semillas de la crisis y del desorden actuales ya que tal aceleración vino casi exclusivamente por el impulso de las fuerzas económicas, mientras deliberadamente se reducía la capacidad de dirección de los Estados, liquidando simplemente el bagaje de teoría y política que nacieron del encuentro entre las culturas reformistas, socialdemócrata y liberaldemocrática, que permitieron el desarrollo sostenido y ordenado de los treinta años precedentes, y se despotenciaron las instituciones del multilateralismo, también surgidas de la cultura reformista del siglo pasado.
La entrada de centenares de millones de trabajadores en el mercado mundial modificó substancialmente las relaciones de fuerza entre capital y trabajo, empujando a una redistribución de la renta ventajosa para el capital. Dicha tendencia no ha sido corregida, por lo general, en las políticas económicas que, sin embargo, la han reforzado reduciendo la progresividad de los sistemas fiscales, limitando el poder de los sindicatos y restringiendo la oferta de bienes públicos. El resultado ha sido que en los países avanzados la cuota de la renta asignada al trabajo dependiente se ha reducido substancialmente, y el crecimiento del rendimiento del capital se ha traducido en un incremento de la renta. Estos procesos están en la base del general y fuerte aumento de las desigualdades en la distribución de la renta y la riqueza en los países avanzados con excepciones de aquellos, que como los escandinavos han contrastado con la política económica la tendencia al aumento de las desigualdades provinentes de los mercados. La concentración de la riqueza en una franja restringida de la población aumenta las divergencias en las oportunidades de vida y reduce la movilidad social: resulta ilusoria, así, la promesa liberal de dar a todos la posibilidad de realizar sus propias capacidades simplemente a través del mercado.
También en los países emergentes –con China a la cabeza— donde se encuentra un relevante crecimiento del nivel medio de bienestar, las desigualdades han aumentado considerablemente, sobre todo entre los territorios afectados por el proceso de globalización y los que han quedado excluidos; entre la ciudad y el campo. El permanente atraso del campo es la causa principal de la crisis alimentaria en curso. En las zonas industrializadas los salarios han crecido de manera notable, pero no se han correspondido con los formidables incrementos de la productividad; los beneficios de las empresas han alcanzado niveles extraordinarios, mientras permanece una gran escasez de bienes públicos. Esta distribución de la renta está en la base de la increíble tasa de ahorro que caracteriza los países y les convierte en relativamente pobres a los más grandes exportadores de capital.
En los países avanzados, y sobre todo en el mundo anglosajón, elemento representativo de este tipo de desarrollo, la mayoría de la población –excluida de la participación en el aumento de la renta— ha mantenido, endeudándose, el ritmo del consumo. El endeudamiento fácil ha sido el modo con el que la derecha ha mantenido el consenso en un contexto en el que aumentaban las desigualdades. Aquellos en cuyas manos se iba concentrando la riqueza han incrementado de manera espectacular el consumo de lujo y la propensión al riesgo y a comportamientos especulativos. Los Estados se han endeudado porque ha prevalecido la falsa convicción de que la reducción estructural de la presión fiscal mejoraría la `performance´ de la economía.
El crecimiento del endeudameinto general ha sido el motor de la demanda interna y del crecimiento que sobre todo en los USA siempre estuvo financiado por los capitales provinentes de los países emergentes. Se trata de una distribución injusta, ineficiente e irresponsable: por una parte, no está en condiciones de generar un incremento estable y adecuado de la demanda interna sin un crecimiento sistemático de la tasa de endeudamiento privado y público; por otra parte, endosa a las generaciones futuras la carga de la deuda acumulada. En este mundo al revés --donde los países pobres financian el consumismo insensato de los países ricos-- las finanzas han encontrado el espacio para la innovación y los `excesos´ que han cambiado la naturaleza, mientras el crecimiento económico ha estado acompañado por una destrucción sistemática de los recursos ambientales y la depredación de los bienes públicos.
Esta consolidación del modelo distributivo ha ido caminando a la par con el prevalecimiento de una visión de la empresa que considera como su único objetivo, negándose a cualquier otra función social, la producción de beneficios. De este planteamiento se desprende que la governanza de la empresa se basa en una alianza entre el capital financiero, asumido impropiamente como el propietario de la empresa, y su agente: el management. Tal alianza y la consiguiente tentativa de alinear los intereses del management a los del capital financiero están en la base de un sistema de incentivos, incluidas las stock option, que han tenido un efecto poderoso, distorsionado las actividades de las empresas, aumentando la tendencia a operar con ópticas de breve periodo, y son la causa principal de las grandes quiebras y escándalos societarios de principios de este decenio y de las distorsiones y quiebras de las finanzas. El crecimiento estelar de la separación entre beneficios del manager y las retribuciones de los trabajadores señala también un substancial cambio de relaciones de poder en las empresas. Lo que se perseguía, de hecho, era una substancial desvalorización del trabajo.
La revolución informática crea las condiciones de un sistemático aumento de la complejidad del trabajo, una mejora de su cualidad en términos de contenido, conocimiento, capacidad de iniciativa y responsabilidad. Tales potencialidades vienen, sin embargo, frenadas por unos modos de producción orientados a mantener el máximo control sobre la empresa por parte del capital financiero y que tienden a conservar las estructuras jerárquicas y una centralización de las informaciones sensibles. Esta alianza entre rendimiento y beneficio se hacen a espaldas de los trabajadores.
La falta de un adecuado equilibrio de poder en la estructura prouctiva, la despotenciación de los Estados, el papel de neta prevalencia, que el mundo de los negocios ha asumido en el proceso de globalización, están haciendo, nuevamente, crítica la relación entre capitalismo y democracia. Dicha tendencia está agravada por el cambio de las formas de la comunicación política y el empobrecimiento de los tradicionales partidos de masas.
Se consolida la tendencia del mundo de los negocios a prevaricar y subordinar la política con la formación de una nueva clase global que opera fuera de las reglas. De esa manera se ha generado una especie de “inmoralismo ideológico” que ha empozoñado toda la vida civil y, en particular, los valores de la igualdad y la solidaridad. La paradoja del trentenio neoliberal consiste en el hecho de que, a mientras se ampliaba en el mundo el área de la democracia y caían las dictaduras en muchos países, las bases de la democracia se debilitaban allí donde nació y, desde hacía tiempo, se había consolidado. Una inadecuada respuesta internacional a la actual crisis podría dar lugar a una nueva fase de reflujo del proceso de democratización.
Segunda parte: el valor del trabajo y de la persona humana.
Con la victoria de Obama se ha producido un acontecimiento global destinado a cambiar culturas, valores, equilibrios sociales y políticos. Sabemos que su tarea no será fácil tanto en el plano internacional como en el interior. Y que incluso no estará privado de contradicciones. Pero, sin querer recurrir al fácil e interesado juego del rebaje de las expectativas que ahora están de moda, queremos registrar con claridad que, en el campo electoral y ya en sus primeras disposiciones de gobierno, Obama ha presentado significativas discontinuidades con relación al pasado. En primer lugar ha puesto en primer plano los problemas existenciales y sociales que atraviesan las capas medias que en América incluyen a los trabajadores, consiguiendo que la centralidad no esté en las dinámicas de Wall Street, sino en las necesidades fundamentales de los hombres, las mujeres y los jóvenes –sin diferencias de raza, sexo o religión— y sus derechos a la instrucción, el empleo, la asistencia sanitaria, la protección del ambiente... Impuso en la campaña electoral, como discriminación entre derecha e izquierda, el gran tema de la lucha contra las crecientes desigualdades sociales, reivindicando un nuevo orden económico y moral, introduciendo con coraje en la cultura americana el principio de la redistribución de la riqueza (spread the wealth) a los que con obstinada coherencia se opusieron los republicanos. Este principio que es familiar en nosotros, europeos, no lo es en América. Allí es fuerte un sentido de la justicia cuya consecución se confía sobre todo a la capacidad y riesgo de los individuos, no al Estado. Ésta ha sido su respuesta a la crisis que, cada vez más aparece en sus primeros actos, se mezcla con políticas públicas orientadas a conseguir en nuevo salto tecnológico en la economía norteamericana.
La respuesta a la crisis podrá venir mediante dos salidas: a) el cambio substancial del modelo de desarrollo, y b) el relanzamiento del multilateralismo. Se trata de realizar un giro con relación a la fase precedente, pero es en el curso de profundas crisis como se crean las mayores posibilidades de realizar grandes cambios, a condición de que existan fuerzas políticas que estén a la altura de orientar al cambio las tensiones que la crisis crea en las sociedades
1) El cambio substancial del modelo de desarrollo
Un nuevo modelo de desarrollo tiene que poner en el centro el valor del desarrollo humano a partir del trabajo que es, en sus diversas formas, el fundamento de la persona humana, de su identidad social. Y deberá crear las condiciones, incluso las potencialidades insitas en las nuevas tecnologías se realicen plenamente para mejorar la cualidad del trabajo.
Se trata de dotar bienes públicos a la sociedad para que las prsonas puedan realizar sus propias capacidades aplicando en el trabajo sus propias dotes de iniciativa y afirmar una visión que considere la empresa como una organización que, con sus estrategias, deba responder a las exigencias de los diversos sujetos que operan en ella y debe valorizar todos los elementos que están allí presentes, empezando por el trabajo.
Deberá dar vida a un modelo distributivo que reduzca las desigualdades y sea más funcional a las exigencias del desarrollo que esté a la altura de generar un crecimiento de la demanda sin que ello comporte un exceso de endeudamiento de las retribuciones del Estado y las familias. La dinámica de las retribuciones deberá tener una referencia al crecimiento de la renta nacional y la “performance” de las empresas.
El desarrollo de los próximos decenios no podrá medirse únicamente por el crecimiento cuantitativo de los bienes y servicios, por un incremento indiscriminado de los consumos. La humanidad deberá cimentarse, cada vez más, con el deterioro del medio ambiente y la creciente escasez de recursos materiales. El desarrollo, pues, deberá basarse sobre una general transformación cualitativa de los procesos y de los productos, de la organización social en su conjunto, de los consumos colectivos e individuales. Incluso esta importante cuestión, esto es, la cualidad del desarrollo, se pone como tarea a todos los países y estados. Ella condiciona fuertemente todas las opciones prácticas con las que afrontar y encarar la crisis. En ese sentido aparece como evidente una consecuencia que afecta directamente también a nuestro país. En los países avanzados, de hecho, los motores del desarrollo podrán y deberán surgir de la responsabilidad de esta nueva realidad. En primer lugar ponemos la investigación científica y la producción con la relativa puesta en marcha de nuevas tecnologías, capaces de aumentar la eficiencia energética y salvaguardar el ambiente. Tales tecnologías podrán y deberán transferirse a todos los países emergentes. En segundo lugar ponemos el desarrollo de actividades tales como la preservación de la salud, la formación permanente, las actividades culturales y, más en general, todas aquellas que están destinadas a proporcionar servicios a la persona. En tercer lugar: la producción y gestión de bienes públicos y modernas redes de infraestructuras. En este nuevo contexto hay que mantener la valorización del mercado y la empresa en la búsqueda del beneficio y el crecimiento de la eficiencia. Pero también se debe relanzar el papel del Estado, no simplemente para realizar operaciones de `salvamento´ o maniobras de deficit spending. Hay que redefinirlo sobre la base de:
(A) Reglamentar y controlar el funcionamiento de los mercados de manera que se eviten los excesos y los abusos que se han dado hasta ahora y reducir el conflicto de intereses.
(B) El mercado es insustituible, no porque sea reacional, sino porque es el sistema decisional más descentralizado, el que está en las mejores condiciones para liberar las capacidades de iniciativa y creatividad de las personas y producir innovaciones. Por eso hay que regularlo.
(C) Contribuir a la emergencia de un modelo distributivo más justo y funcional para el desarrollo en cuyo cuadro se pueda asegurar una adecuada dotación de bienes públicos.
D) Ser el garante de una distribución equitativa y racional de los recursos ambientales y financieros entre las generaciones presentes y venideras: una tarea que el mercado no puede asegurar estructuralmente.
No se trata de incrementar la gestión pública de empresas sino de dar al Estado la responsabilidad de racionalizar, responsabilizar y coordinar la distribución de los recursos para dar vida a una diversa cualidad del desarrollo. En esta perspectiva se plantean intervenciones de política industrial de cara a favorecer la evolución de la base productiva en la dirección de una nueva cualidad del desarrollo. Las intervenciones urgentes para encarar la crisis –incluidos los `salvamentos´-- deben contener ya la señal de una voluntad de marcha en aquella dirección. En el caso italiano la ausencia de dicha relación tendría unos efectos muy negativos ya que nuestro sistema económico y social necesita un urgente salto cualitativo.
2) El relanzamiento del multilateralismo
La crisis tiende a acentuar las divergencias entre los diversos países de la Unión Europea y las tensiones en su interior, y de esa manera puede producir fugas disgregadoras. La mayor adquisición que ha realizado la Unión en el último ventenio ha sido la ampliación del área de la democracia en Europa y la garantía de la paz; ahora se trata de evitar que tal resultado entre en crisis. Las divergencias se acentuarían si cada país decidiera intervenir por su propia cuenta y buscase obtener ventajas competitivas. Ahora bien, la crisis constituye una gran ocasión para completar el proceso unitario con un salto de cualidad sobre dos salidas fundamentales: 1) relanzar el papel de la Unión en el gobierno del desarrollo; 2) darse así misma una real capacidad de contribuir a la definición de una nueva arquitectura de las instituciones del gobierno mundial.
La tarea principal de la Unión es, ahora, dar una respuesta común y eficaz a la crisis. Ello implica encontrar reglas comunes para los `salvamentos´ y homogeneizar posteriormente los mercados; coordinar las respuestas de los diversos países; y sobre todo poner en marcha intervenciones de política económica directamente en el nivel europeo, financiadas por el Presupuesto de la Unión, los fondos del BEI e, incluso, el endeudamiento de la Unión para sostener el nivel de la demanda y potenciar la producción de “bienes públicos europeos”, componente indispensable de una nueva cualidad del desarrollo y la afirmación de una nueva visión de la sociedad, también a nivel europea, cuyas ideas más importantes estaban ya en el “Libro Blanco” de Delors. La crisis pone también la exigncia de una substancial reconsideración de las políticas macroeconómicas y del pacto de estabilidad que no ha estado evidentemente en condiciones de asegurar la estabilidad de la economía de la Unión.
Todo ello es particularmente importante para los países que participan en el euro. Hace tiempo que se ha reveló la insostenibilidad del desequilibrio existente entre una política monetaria del área euro y políticas presupuestarias puestas en práctica sólo a nivel nacional. Ahora tal desequilibrio es cada vez más evidente y dramático porque la evolución de la crisis está cuestionando los límites de una respuesta sólo a través de la política monetaria. Por otra parte, una posterior eventual revalorización del euro acentuaría las tendencias disgregadoras en ausencia de una política fiscal común en el área. Incluso el euro no puede considerarse irreversible.
La paradoja por la cual, mientras estallan los fundamentos del pensamiento de la derecha liberal, la izquierda europea no avanza e, incluso, retrocede es la consecuencia de un largo periodo de subalternidad cultural que, como demuestran las recientes posiciones del Partido socialista europeo, hacen difícil por ahora entender el alcance de la crisis actual.
La crisis está comportando una caída del prestigio de los Estados Unidos y consecuentemente de Occidente, un prestigio cercano a la quiebra tras la estrategia unipolar de Bush y, más concretamente por la agudización de los conflictos con el mundo islámico, aunque no sólo. Para el resto del mundo, USA y Occidente son los responsables del desorden actual y de la creciente sensación de un mundo que no gobernado.
La victoria de Obama crea las condiciones de un substancial cambio de la estrategia estadounidense y de la percepción del papel de los Estados Unidos en el mundo. Esta es una gran ocasión para que Europa redefina y relance las relaciones trasatlánticas. La base de tal relanzamiento deberá ser la vuelta al multilateralismo como única vía para gobernar la globalización del planeta y la disponibilidad del gobierno USA a discutir con sus aliados la estrategia a seguir. El mundo será ciertamente multipolar, lo ha sido en el pasado. Pero no ha sido un pasado de paz. Sólo un cuadro multilateral podrá poner orden en el planeta y pacificiar el proceso de globalización.
Podrá nacer un nuevo multilateralismo si Occidente supera la idea de una particular vocación civilizadora y si entiende que la globalización deberá comportar la coexistencia de culturas y modelos sociales diversos. Ahora bien un papel de leadership de los Estados Unidos y Occidente –en cuanto área donde han nacido la democracia y las ideas del multilateralismo-- sigue siendo necesario para orientar el mundo hacia nuevo un cuadro multilateral. Las instituciones del multilateralismo deberán ser profundamente refundadas y deberán ser dotadas de poderes efectivos que configuren nuevas formas de gobierno mundial. En este contexto, Europa tiene una gran ocasión para concurrir a la determinación de un nuevo cuadro del multilateralismo. Pero deberá darse cuenta que sólo aceptando estar representada unitariamente en las nuevas instituciones del multilateralismo podrá escaparse del papel de conservación que hoy ejerce para defender el privilengio de un exceso de representación derivada de su fragmentación.
(Traducción José Luis López Bulla)
Discos solicitados. Radio Parapanda dedica al amigo Aureli Álvarez una pieza magistral (The rose) de la ópera barroca Alcina (Haendel). Tiene la voz la extraordinaria soprano Joan Sutherland Y recuerde: los discos solicitados en radioparapanda@gmail.com
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