domingo 22 de marzo de 2009

TRAS EL REFERÉNDUM DE SEAT




En el momento de las asperezas entre Ugt y Comisiones Obreras con relación al referéndum de SEAT hubo quien se anticipó a frotarse las manos: va bien –se decían con cierto jolgorio— que vuelvan a la greña los sindicatos. Más todavía, tales observadores se precipitaron en augurar que la tensión y, sobre todo los resultados (favorables a Ugt) dejarían un poso de complicada solución. No ha sido de esa manera. Hasta donde sabemos las cosas han ido por otro camino.


En primer lugar, vale la pena resaltar que los sindicatos han reaccionado con un encomiable saber hacer: Comisiones Obreras aceptó con natural elegancia su derrota y Ugt, por boca de su primer dirigente catalán, Pepe Álvarez ha reconocido que los dos sindicatos no han estado a la altura. Tras lo cual, no es exagerado decir que, por lo menos sindicalmente hablando, las cosas están mejor que hace una semana. Es cierto que no todo es (o será) coser y cantar, pero podemos deducir –según los datos y los indicios— que se ha superado lo peor del bache.


En todo caso, naturalmente, vale la pena apuntar –aunque sea someramente— algunas reflexiones que cuentan con la aproximada serenidad de quien ve los toros desde el tendido. Me refiero a: 1) la manera de enfrentarnos a la crisis económica, y 2) la inagotable tarea de la unidad de acción entre Comisiones Obreras y Ugt.


Primero. El sindicalismo confederal debe dilucidar sin más rémora de qué manera piensa enfrentarse a la crisis económica. De manera un tanto tosca (aunque, para entendernos, clarificadora) puede hacerlo o bien de una manera “general” o bien “empresa por empresa”. Si interviene de manera general indicaría una hipótesis de hacer las cosas medianamente bien, dentro de las circunstancias; si por lo otro, podría afirmarse que está cantada la certeza de la derrota, la derrota del movimiento sindical. De manera general quiere decir disponer de un proyecto concreto con la voluntad de proponer una gran concertación. Si las cosas no van por ahí se corre el peligro de una desordenada intervención en cada centro de trabajo: lo que se pone en marcha en uno poco tiene que ver con lo que se hace en los demás. Peor todavía, ese desorden puede acabar en desbandada y –así las cosas— el riesgo de la subalternidad estaría en el orden del día. En esas condiciones la derrota no sería sólo del movimiento de los trabajadores sino especialmente de los propios sindicatos, como ha ocurrido en ciertos momentos de la historia de los movimientos sociales. Por supuesto, un proyecto general no impide su cuidadosa atención a las particularidades de cada centro de trabajo. La inexistencia de este proyecto general –esta es mi opinión—es la principal causante de la gran querella en SEAT.


Cuando hablamos de un proyecto general estamos refiriéndonos a aquello que es posible conseguir en España con relación a las particularidades propias de esta crisis en nuestro país. Ahora bien, forma parte de nuestras viejas tradiciones la elaboración de programas elefantiásicos. Soy del parecer que –al menos en esta coyuntura— sería un disparate. Se trataría de un programa de choque con sus propias prioridades, sabiendo que mil prioridades equivalen a ninguna. Estableciendo vínculos y compatibilidades entre todas las variables del cartapacio que se exige. Repito: prioridades, vínculos y compatibilidades.


Segundo. El sindicalismo confederal ha tenido históricamente la fea costumbre de, en tiempos de crisis, ser más vulnerable a la división. Y es un dato que en tiempos de bonanza y de una situación económica la unidad de acción siempre apareció como menos problemática. Paradoja o no, esto es lo que ha sucedido. Si va a suceder lo mismo ahora, es cosa que deben resolver los dirigentes sindicales a todos los niveles. Recuerden, pues, que la división sindical es siempre la partera de la derrota de todos. La unidad de acción es, por otra parte, una hipótesis –sabiendo las diferencias entre certeza e hipótesis— de encarar las cosas de manera más adecuada. Algunos me recuerdan con frecuencia: “la unidad de acción, sí; pero sobre bases claras”. Por supuesto, ¿pero quién está planteando que sea sobre planteamientos oscuros? Hay cosas, amigos míos, que a determinadas edades no conviene repetir, por sabidas desde que teníamos los dientes de leche.


La unidad de acción requiere temple. Por ejemplo, cuando hay momentos de tensión y aspereza vale la pena gobernar adecuadamente la lengua. Y más que inútiles invectivas se precisan normas intersindicales de cómo se practican las relaciones unitarias. La primera de ellas, pienso, es que el recurso a la consulta de los trabajadores no es un instrumento contingente sino la piedra angular. Cierto, sin caer en un fetiche. Léase, por ejemplo, las reflexiones que sobre las prácticas referendarias hicieron nuestros viejos amigos Sidney y Beatrice Webb con relación al sindicalismo inglés en su libro canónico “Las relaciones industriales”.


Normas –o, lo que es lo mismo— un código de comportamiento común de cómo abordar los problemas cuando existan los inevitables litigios o disparidades de criterio. Estableciendo mecanismos de mediación y beneficioso arreglo. Debo decir, sin embargo, que esta vieja idea la propuse, hace diecinueve años, al sindicalismo confederal sin haber recibido respuesta alguna. Cabe la posibilidad de que no hiciera un planteamiento apropiado, pero es peor dejar las cosas al albur de las buenas intenciones, hipotéticas o no.




Discos solicitados. Un reconocido melómano, mi sobrino Joaquín Aparicio Tovar, pide a Radio Parapanda la posibilidad de escuchar una fenesta napolitana, preferentemente con la bella voz de Fernando de Lucia, el tenor que triunfó en el “Teatro Giulia Grisi” de Parapanda. Héla aquí en la Secció radiofónica Ars canendi:
"Fenesta ca lucive"