Hace días me ocupaba en PROBABLEMENTE DIOS NO EXISTE de los anuncios que, con esa leyenda, aparecerán en los lomos de algunos autobuses de Barcelona. El lector podrá ver el rifirrafe que me traigo a raiz de algunos comentarios que me hace llegar Carles. Una de las líneas más sobresalientes de tales opiniones es: Un creyente es un ignorante resignado, un necio sumiso... o un farsante profesional que vive del cuento: la voz del amo. Es normal que estén contentos los señoritos como el Comín que ahora resulta que trajo la libertad no se sabe donde, porque aquí juzgan lehendakaris por hacer política a la primera denuncia de un fascista meapilas. Una curiosa manera –me digo para mis adentros – de enfocar la cuestión.
Le respondo con un poco de retranca –los orígenes granadinos siempre sacan a flor de piel la malafoyá congénita, sin que eso sea disculpable— y le recuerdo ciertos nombres de gente cristiana con un verdadero y auténtico compromiso social. Con cierta mala uva le pregunto a Carles si nuestro José María Valverde, gran poeta y extraordinaria persona, podía ser considerado un necio. O Frei Betto. Se me olvidó Ernesto Cardenal. Como no podía ser de otra manera, Carles entra pastueñamente en la roja franela y responde, ahora sí, de manera un poco avinagrada. No se sabe muy bien por qué afirma que no está dispuesto a recibir lecciones de Historia de la Filosofía por un sindicalista como yo. Posiblemente se le contagiara el pijo vicio de leer en diagonal. Sin embargo, esto último –no querer recibir lecciones de alguien, que ni siquiera, cosa rara, lo intentó—es irrelevante. Lo curioso es… …
… hasta qué punto hay, todavía, intelectuales de izquierdas que tienen como patrón el monopolio de las certezas. Ni siquiera una miajica de duda. Ni siquiera un balbuceo de “a ver, a ver”. Ni siquiera una interrogación de por qué un amigo suyo, Jaume Botey –un creyente, ergo un necio—está activamente comprometido con el comunismo. Ni siquiera una extrañeza de los motivos que llevaron a Paco Fernández Buey (que no necesita presentación alguna) escribió un artículo al alimón con otro necio, José Ignacio González Faus que, por más señas, es teólogo y jesuita. Aquí está la referencia: ¿Dios en Barajas? José I. González Faus, / Francisco Fernández Buey Un ejemplo, donde los haya, de diálogo impecable entre un increyente y un creyente. Ni siquiera, por parte del comentarista, una inquietud de por qué Enrico Berlinguer dialogaba con el Obispo de Ivrea. O, más aún, los motivos de los elogios de ese viejo león del comunismo, Pietro Ingrao, a Dom Milani, el sacerdote tan preocupado por la cultura de “los de abajo”. De ahí que, de momento, saque una conclusión provisional: los necios están muy bien repartidos en los cuatro puntos cardinales del universo. Incluso en Parapanda –con ser Parapanda— hay necios. Son fácilmente distinguibles por su irascibilidad militante.
En mi opinión, los valores de la increencia y los valores de la creencia no son ni verdaderos ni falsos. Están ahí, y punto. Este punto de vista me lleva a considerar que, en ese sentido, somos los increyentes (palabra que me horroriza, porque –como negativa-- me pone en función del creyente en positivo) quienes hemos ganado más a lo largo de la historia. Mucha sangre les costó a nuestros mayores: en primer lugar a los increyentes, pero también a los aliados que tuvieron, aquellos ilustrados, aquellos liberales de antaño. Por utilizar una vieja expresión: gracias a una sabia “política de alianzas” entre increyentes y creyentes. Así pues, si se considera necio a todo viviente que cree la única política (común, como coaligados) de alianzas se va a freir puñetas. Sólo quedaría la política de pocos pelos y bien peinados. Nosotros sólos, pues, contra Bonifacio VIII.
Es posible que algunos consideren piedra de escándalo mi opinión de que los valores de la creencia y los de la creencia no son verdaderos ni falsos. Es mi opinable parecer. Pero hasta la presente nadie ha demostrado nada: sólo las matemáticas prueban. Aunque también en esta disciplina hay quien se le va la mano con afirmaciones tan garrulas como quella que indicó Leopold Kronecker que, en su polémica con Georg Cantor, afirmó: “Dios hizo los números enteros; el resto es cosa del hombre”. Cosa que tampoco demostró, por supuesto.
Repito: nadie ha demostrado nada al respecto. De ahí la necesidad de la tolerancia. Una tolerancia activa y con debate sereno en torno a las reglas de la democracia pluralista. En ella se ha conseguido algo que no se ha valorado todavía lo suficiente: la separación entre la moral y el Derecho. Cierto, todavía queda mucho camino que andar. Pero ahí está, ahí está viendo pasar el tiempo como la Plaza de Alcalá o la ciudad de Premià de Marx. Lo peor sería…
… que nos enfrascásemos en una reedición de las viejas reyertas de casino eructando todos a favor de su propio monopolio: del creyente y del increyente. O que se reeditara la patochada de aquella votación en el Ateneo de Madrid: durante la II República, dicho ateneo puso a votación la existencia de Dios; éste ganó por un voto de diferencia –en Madrid todo se gana por poco--, pero no consta que cambiara creencia alguna. Otra patochada de gran relevancia fue la leyenda que había en el aereopuerto de Tirana: “Dios no existe, Hender Hoxa, sí”. Cuando murió el tirano albanés, salieron desde debajo de las piedras más creyentes que afiliados al partido comunista albanés.
En definitiva, la campaña de los autobuses barceloneses –en vez de convertirse en una llamada a la discusión seria y temperada—puede convertirse en un berenjenal más propio de una zahúrda que una invitación a la reflexión y a la tolerancia. Vale la pena correr ese riesgo, por supuesto. Pero, voto a Sanes, no eructemos demasiado. .
Tadeo Giorgio - Zarastro-aria-Flauto magico-Mozart (En el Teatro Ana María Iriarte de Parapanda, canta Tadeo Giorgio)
Nota.- Os envio un link con un blog de un cooperante que se ha quedado en Gaza y cuenta el infierno desde dentro. http://guerrillaradio.iobloggo.com/
4 comentarios:
Señor Bulla, sigo regularmente este blog y debo decir que ojalá hubieran más intelectuales de izquierdas de los que no caen en trampas tan antiguas como las religiones. En esta materia precisamente la izquierda ha vivido una verdadera involución. Este tono de "tolerancia" y lenguaje políticamente correcto con determinadas religiones es lamentable a estas alturas de la historia. No se usan esas formas cuando las buenas personas son musulmanas, por ejemplo. En cualquier caso, llamar necios a los creyentes no debería escandalizar a nadie. No se puede llamar de otra a forma a quienes son cómplices, aunque no por mala fe, de todas las formas de opresión que han existido, desde la terrible Inquisición a la actual invasión criminal de Palestina. Si son conscientes son conniventes, sino, son un poquito "necios".
Como quieras, Jaume. Ahora bien, para exponer lo que dices ¿era tan necesario que te pusieras en antifaz? Observo, pues, que la izquierda está dividida en relación a los creyentes (no pocos de izquierda): los que afirman que son necios, los que dicen que son un poquito necios y otros que afirmamos que tienen los mismos motivos para creer como nosotros para no creer. En todo caso, eres un "poquito" menos sectario que otros. Aunque te pongas bajo la capa del anonimato.
Ostras tío Pepe Luis, he leído el poster anterior y el insultador de turno también me ha largado una coz, de paso. ültimamente he recibido agradables visitas semejantes en mi blog, de modo que ver que si a tí te hablan con ese desparpajo (por no decir mala educación), también me puedo permitir ser obsequiado como "lama Gabrielito". Enormemente revelador: no es, pues, intolerancia sino inquina, es decir, un escalón inferior en una escala moral que no se mide por creencias o ideas sino por simple catadura personal. Así queda aclarado el debate, por atenta lectura de sus propias expresiones.
Venerado padre prior, a mí no me gusta el mensaje ateísta de los autobuses porque entiendo que, al igual que el tito Benedito o que el ayatola Mostazeri, sitúa la existencia de Dios, y su consecuencia de un premio o un castigo eterno, como el presupuesto último de la ética del creyente. Quienes nos hemos pasado años (probablemente no del todo infructuosos, apostillo) a la busca de puntos de coincidencia mínimos para conseguir mejorar las correlaciones de fuerzas, sabemos que, como bien has dejado claro tú en el coloquio o zurriburri posterior a tu entrada en el blog, puede que Dios exista o que no exista, y decídanlo si pueden los matemáticos. Pero nosotros los míseros increyentes, desde nuestra humilde condición relativista y laica, tenemos que intentar poner en pie unos presupuestos éticos a escala simplemente humana a los que se reconozca validez y que puedan ser respetados por creyentes y no creyentes, tirios y troyanos, romanos y cartagineses, mayorías y minorías sindicales. En los estatutos de la CONC no consta la existencia de Dios. Tampoco su inexistencia. Abrir la polémica sobre la cuestión parece baldío, dado que de momento tenemos unos documentos congresuales de acción sindical que urge llevar a la práctica. Ahora bien, si en la noble y culta ciudad de Parapanda alguien se dedica a organizar un suculento festín para comecuras, idme reservando una plaza. Iré armado de una guitarra y dispuesto a cantar aquellas estrofas de Le Mécreant de Georges Brassens:
Je n'ai jamais tué, jamais violé non plus
Y a dejà quelque temps que je ne vole plus.
Si l'Éternel existe en fin de compte Il voit
que j'me conduis guère plus mal que si j'avais la foi.
Atentamente, Fray Mínimo
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