
A finales de diciembre escribí sobre ¿LA HUELGA DE LOS JUECES? Ahora confieso que me quedé corto. Porque, de la misma manera que hay mucho que hablar del bacalao, también hay mucho que comentar sobre este conflicto. Cosa que haré con titubeos y con el rabillo del ojo puesto en lo puedan decir al respecto juristas tan competentes como mis sobrinos, los profesores Antonio Baylos y Joaquín Aparicio. Pues bien…
… la única certeza que comparto con los jueces convocantes es que, según dejó cantado Amalia Rodrigues, "uma Casa Portuguesa é con certeza, é con certeza una casa portuguesa". El resto de los asuntos es perfecamente opinable, y desde ese punto de vista presento este ejercicio de redacción, no sin advertir algo ya sabido por algunos amigos, conocidos y saludados: mis conocimientos chusqueros sobre la materia puede que me jueguen una mala pasada.
Doctores hay que piensan que los jueces pueden ejercer el derecho de huelga y doctores hay también que afirman lo contrario. Estamos aproximadamente en una situación parecida a la Parrala: unos dicen que sí, otros que no. Normal en un debate académico. Los partidarios del sí explican que la Constitución no lo prohíbe, aunque a decir verdad no mientan que nuestra Carta Magna prohíbe taxativamente la adscripción de los magistrados, jueces y fiscales a [partidos políticos y] sindicatos. De ahí que tan necesario personal esté encuadrado, si es de su gusto, en asociaciones. Ahora bien, si estas asociaciones tuvieran el derecho-poder de convocar huelgas ¿qué les diferenciaría del sindicato? Claro, podrían no ser las asociaciones quienes llamasen a la huelga. Podrían ser colectivos o personas de “reconocido prestigio” en el menester quienes se disfrazaran de noviembre para no infundir sospechas, según versificó el más preclaro hijo de Fuentevaqueros. Pero en ese caso estarían parapetándose en un burladero chocante, aplicándose la conocida ley del encaje, cosa inconcebible pues podrían caer en provaricación. [Lean bien, no he dicho prevaricación. En la jerga de la ciudad de Parapanda se llama provaricación cuando un funcionario público hace algo fuera de la ley a sabiendas y queriendas].
Como se ha dicho más arriba, también hay académicos que discrepan de los que defienden ese derecho de huelga para los magistrados y jueces. De manera que la discusión que propongo, si se me permite la intromisión, la podríamos calificar de metajurídica. La razón de ello es que académicamente no parece que se aclare el bochinche: tres cuartos de lo mismo ocurre con la sinfonía 37 que unos musicólogos atribuyen a Mozart y otros a Haydn; de ahí que algunos parapandeses le llamemos pacíficamente la 37 sin más. Pero ese irenismo no conviene en un asunto de tanta relevancia como el que nos llevamos entre manos. Así pues, la discusión debería ir –sin obviar la conversación académica— por otro camino: ya sea verde o no, ya vaya a la ermita o no.
La cuestión de fondo es la siguiente: ¿puede un poder del Estado enfrentarse tan conflictivamente con el Estado? Depende cómo sea la respuesta –por ejemplo, en sentido afirmativo— estaríamos ante una minimización y dispersión en tropel de los poderes del Estado. Lo que, sea importante o no, conllevaría un cambio de metabolismo del constitucionalismo. Más todavía, sería un cambio no producido por los representantes de la soberanía popular sino por un acontecimiento –no el derecho de huelga estipulado por la Constitución, sino esta huelga que pretenden convocar los caballeros con toga y puñetas-- cuya naturaleza es, como mínimo, extra constitucional o aconstitucional.
Por lo demás, tengo para mí que estos caballeros necesitan algunas atinadas observaciones de uno de los viejos padres de la izquierda europea, uno de los más grandes sindicalistas de la historia: Giuseppe Di Vittorio. Con la venia: séame permitido que explique una de sus más famosos razonamientos. A mediados de los años cincuenta la CGIL, el sindicato que dirigía nuestro amigo italiano, sufrió tal batacazo en la Fiat de Turín que ha quedado a la historia con el nombre de la “derrota de la Fiat” [la derrota de la Fiat]. Los compañeros de Di Vittorio le echaron la culpa a los otros sindicatos, a la dirección de la empresa: sólo faltó el maestro armero. Di Vittorio, en una gran asamblea, clamó aproximadamente: “Vale, vale. Pero, en el caso de que sea así –incluso si todos ellos tienen el noventa y nueve por ciento de culpa de nuestra derrota— el uno por ciento de nuestra responsabilidad es nuestro cien por cien”. Intelligenti pauca, Di Vittorio sabía que pocas palabras bastan cuando se habla a inteligentes.
Yendo por lo derecho: aunque sea poca la responsabilidad de los magistrados y jueces –pongamos por caso el uno por ciento divittoriano-- ¿no será cosa de que lo reconozcan? Ciertamente, todos convenimos que la Justicia no cuenta con los medios necesarios para abordar las patologías sociales. Pero ¿quién quiénes son los responsables de la organización del trabajo? ¿Por qué se mantienen formas prototayloristas en esa organización del trabajo? ¿Por qué siguen campando por sus respetos técnicas de viejo capatazgo en los centros de trabajo? Y su contrario: ¿por qué en aquellas dependencias judiciales, también necesitadas de más medios, los retrasos son menores? El uno, el uno por ciento divittoriano también (aunque no sólo) es una cuestión. [No he dicho la cuestión sino una cuestión, caballeros]
Por lo demás, hay mucho que hablar del bacalao. Perdón, de la cuestión que nos preocupa. Por ejemplo, si establecemos la hipótesis de que la huelga es pacíficamente legal, ¿a qué viene una reunión –según unos clandestina, otros dicen que discreta— que se celebró el otro día, el domingo pasado, en Madrid para coordinar los pespuntes? Lo más lógico es que se hubiera hecho a la luz del día, no à la Blanqui. Otra pregunta, tan impertinente como la anterior, es: ¿Se convoca la huelga para el mes de junio para dar tiempo a la reflexión a la contraparte –es decir a otro poder del Estado— o para establecer una tosca tensión hacia la contraparte, el Estado? Estos caballeros, que bien podrían ser los esclavos felices (el oxímoron es del maestro Juan Crisóstomo de Arriaga) deberían aclarar las cosas. Por lo menos al personal chusquero del que soy uno de sus exponentes.
Notas del capataz del blog. Para aliviar la tensión tengo el gusto de dedicar la pieza que ya verás a una jurista de postín, doña Gloria Wilhelmi. Vaya usted a pensar qué pensará de lo que he escrito. Se trata de una pieza del maestro granadino Angel Barrios: Angelita. Se comentaba en el granadinísimo restarurante "Los Manueles" que doña Berta Wilhelmi tenía en los cuernos de la Luna a Angel Barrios.
Buzón de lamentos, insultos y demás: jlparapanda254@gmail.com
Se aclara que los dos caballeros del retrato de arriba no son jueces, sino catedráticos que se disponen a hacer la Laudatio a un caballero que hace años fue juez, galardonado en Toledo como doctor honoris causa.
1 comentarios:
Tito: De acuerdo, pero yo soy un pelín más bruto que tú y más parco en expresiones y palabros (no palabras) y resumiría ese irresumible pronlema de la siguiente forma:
1º Los jueces son una casta que se creen con bula para hacer lo que les da la gana yen su mayoría no han transitado por la transición.
2º No están acostumbrados a que se les conteste ni cuestione desde la sociedad y mucho menos desde el otro poder, el de los suplentes o interinos (el ejecutivo)
3ºSon corporativistas hasta la médula y se creen más fuertes de lo que son en realidad (que lo son)
No se sienten Estado, CREEN QUE LO SON.
4º han decidido echarle un pulso al Ejecutivo porque en el fondo y en la superficie y aunque las cosas estén mal en cuanto a medios, les repugna que alguien intente poner las cosas en su sitio y emprender reformas, y por moderadas que estas sean , las viven como una intromisión en sus asuntos, en su cortijillo particular, con su crucifijo,la foto del Rey, la lámpara de flexo y la máquina de escribir Olivetti.ç
la España eterna, vamos.
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