martes, 15 de julio de 2008

LA INVASION SOVIETICA DE CHECOSLOVAQUIA (1968) VISTA DESDE UNA PERIFERIA DEL PSUC


Tras una serie de ásperas vicisitudes, la Unión Soviética invadió Checoslovaquia en el verano de 1968. El objetivo era abortar el proceso de renovación de los comunistas checos, dirigidos por Alexander Dubchek, liquidar definitivamente toda esperanza de conseguir las libertades civiles y, de manera indirecta pero rotundamente evidente, avisar a los partidos comunistas europeos que fuera de la Iglesia, tal como la entendía Breznef, no había salvación. Puede ser que esta entradilla sea esquemática, de ahí que recomiende la lectura de un libro –coordinado por mi sobrino Giaime Pala— titulado “El inicio del fin del mito soviético: los comunistas occidentales ante la Primavera de Praga”, editado por El Viejo Topo.


Tengo para mí que esta investigación –Maud Bracke, Alexander Höbel, Tomasso Mencioni y el mismo Giaime Pala, prologada por José Luis Ramos Martín— entra a saco en aquellos acontecimientos y, apoyada en textos escritos, explica de cabo a rabo las peripecias de los grupos dirigentes de los partidos comunistas italiano, francés, español y del PSUC entre sí y con sus respectivas organizaciones periféricas y de base. Leer este libro es, por así decirlo, un ajuste de cuentas entre nosotros mismos, pero sobre todo una manera de revisitar toda una serie de situaciones que –al margen de la arqueología de la memoria— parecen ayudar velis nolis al entendimiento de no pocas evoluciones históricas del último cuarto de hora del siglo (menos mal que ha sido “breve”) pasado.


Por aquellas calendas, un servidor –recién salido de mi primera estancia forzosa en la cárcel— vivía en Mataró: tenía 25 años. Era miembro del comité local del PSUC y, principalmente, mis responsabilidades estaban en el desarrollo del movimiento sindical de las todavía jóvenes Comisiones Obreras. Yo trabajaba a la sazón en una empresa auxiliar del textil, Sertex, cuyo propietario se llamaba Eduard Trens, un antiguo dirigente de la HOAC (Hermandades Obreras de Acción Católica), un cristiano progresista que seguía el aggiornamento del buen papa Roncalli, don Juan Veintitrés. Trens se propuso dar acogida laboral a toda una serie de represaliados y, entre ellos, a mí me resolvió temporalmente la papeleta.


Entrando en materia: comía un servidor en el Bar Cervantes, sito en la calle Real. La televisión comunica lo que parecía que estaba al caer: los rusos han entrado violentamente en Praga. Dos carajillos de aguardiente no logran hacerme pasar el mal trago. Camino de la empresa (en la calle Lepanto, justo enfrente de Correos) me encuentro al camarada Bartolomé, un dirigente de la construcción. Un par de meses antes había pedido un descanso de la militancia comunista por problemas sentimentales. El camarada me saluda con grandes aspavientos y una amplia sonrisa de satisfacción: también se ha enterado del pastel.


“Dame el reingreso en el partido, camarada. Tenemos a los rusos a la vuelta de la esquina”. “Te equivocas, Bartolo. No los veremos ni en pintura”, le contesto con estudiada frialdad. Llego a la empresa. Eduard Trens le dice a nuestra ejecutiva, una manager eficiente –Lidia Claus, se llama—que telefonee a Praga para conocer qué les pasa a unos clientes. La Claus, que habla inglés, informa de lo que está ocurriendo, según les comunican. [Años más tarde, Lidia ingresará en el PSUC].


Esa noche hay reunión del comité local. Se celebra, como es habitual en el domicilio de Agustí Valdé, concejal del ayuntamiento de la ciudad y responsable político del partido. A pesar de la presencia de la habitual botella de coñá –Magno, por más señas— se introduce en el orden del día la patata caliente de Checoslovaquia. El rito manda que el secretario político “abra” la reunión y expone el informe de la situación actual y las perspectivas.


Valdé, en esas circunstancias, interviene como un accidentalista: “Costa, la de Levante; playa, la de Lloret”. Cuando los camaradas le conminan a entrar en materia, expone: “No he podido oír la Pirenaica. La cosa se veía venir. Esperemos”. Bien, más o menos como la obra de don José Zorrilla, A buen juez, mejor testigo: “¿Qué haremos?”. “Haremos lo que podamos. Escribiente, a la caída del sol, al Cristo de la Vega tomaréis declaración”. Agustí Valdé era profesor de Física: lo que se dice un científico.


Un dirigente de la construcción --¿qué ganamos dando nombres?— pide la palabra: La Urss ante todo y por encima de todos los perifollos. Yo lo interpteto así: madre no hay más que una y a la revolución la encontré en la calle. Sancta simplicitas. Pide la palabra Pedro Alfonso Barrena, una curiosa mezcla entre herrero del campesinado extremeño y metalúrgico mataronés. Y suelta un discurso “libertario” que hubiera hecho las delicias de Karl Korsch y Antonio Gramsci. Habla de contrarrevolución soviética, de opresión. Condena la invasión en toda la regla. [La botella de coñá ni siquiera ha sido desvirgada]. El sempiterno `estudiante´ del comité local tartajea, lía un cigarrillo caldo gallina y, esguardamilladamente, nada dijo que pudiera comprometerle.


Javier Sánchez del Campo, dirigente sindical de los textiles, es testigo de mi intervención. Pedí la dimisión de Brezneff, aplaudí las palabras de Pedro Alfonso y les llamé de todo a los colaboracionistas. Tras lo cual, el físico exhibiendo sus saberes de la teoría de la relatividad, concluyó tempestivamente: “Esperemos la visita del Comité Ejecutivo; ya nos dirá el camarada Serós [Josep Pardell] de qué va el asunto”.


Lo dicho, quien quiera saber cosas de mayor seriedad y enjundia, puede contar con la lectura del libro que más arriba se recomienda.


Nota editorial. Este libro lo he leído porque soy socio del Arxiu Històric de la CONC (Fundación Cipriano García) y tengo derecho a sacar los libros que necesito. Luego, naturalmente, los devuelvo. El archivo lo preside mi tío Angel Rozas y lo dirige mi sobrino Javier Tébar. ...

martes, 8 de julio de 2008

LA DIRECTIVA DE LAS 60 HORAS UN ATAQUE A LA DEMOCRACIA

Mi sobrino Joaquín Aparicio, a sus espaldas una pared aljimezada do se cobijan algunas botellas de Marqués de Pitarra, primorosamente elaboradas por su diestra mano.


Un repaso atento a los artículos de prensa nos indica hasta qué punto la directiva del horror (las sesenta horas semanales) que han cocinado, antes de que cantara el gallo mañanero, las autoridades de la Unión europea, está concitando una amplia repulsa. Sin ir más lejos, el profesor Ignacio Sotelo dice la suya con punto de vista formado e informado en El País: La nueva semana laboral europea También los diarios especializados en economía insertan artículos que abundan en parecida dirección, éste por ejemplo Ante las 65 horas, ¿ha muerto el modelo europeo? de Carlos Emilio Morales. Profesor e investigador de la Escuela de Alta Dirección y Administración. Y no citamos los anteriores para no abrumar al público. Entre paréntesis diré que dos revistas tan solicitadas como el Observatorio sociolaboral y La factoría, dirigidas respectivamente por mis sobrinos Rodolfo Benito y Carles Navales dedican tiempo y espacio suficiente al asunto. No podía ser de otra manera, claro está.

Dos son los argumentos centrales que recorren toda la gramática adversa a la directiva del horror: el ataque a la negociación colectiva y la confrontación con el Derecho del trabajo. Hacen bien en darle dicho enfoque. Es claro que también es una agresión contra la condición asalariada así en el terreno colectivo como personal. Pero substancialmente es un ataque contra los instrumentos que defienden, tutelan y promocionan la condición asalariada. Y para ser más claros, se trata de un ataque contra el poder de tales instrumentos: el poder real del sindicalismo, también del poder inmaterial y concreto del iuslaboralismo. Y aunque pueda sorprender, tengo para mí que es, sin ningún género de dudas, un ataque contra las izquierdas, ya sean reformistas o antagonistas. Lo es porque se intenta obligarlas a un gradual abandono de los derechos de ciudadanía social y a una separación de los derechos sociales con respecto a los civiles. De ahí que sorprenda el escaso diapasón de la literatura política con respecto a la directiva y la nula relevancia que se da políticamente al tema.

La tesis tantas veces explicitada por los ideólogos liberales y neoliberales va por estas aproximaciones: 1) la democracia está yendo muy lejos; 2) los sindicatos, con sus instrumentos y poderes, son los responsables de la sobreabundancia de demandas de peticiones y demandas. O, en otras palabras, la democracia ha llegado excesivamente lejos al darle la voz y la palabra a la acción colectiva del sindicalismo. De ahí que algunos propusieran en su día: “que la viabilidad efectiva de un sistema político democrático habitualmente requiere alguna medida de indolencia y desapego [vuelvo con la cursiva] por parte de algunos individuos y grupos.... la fortaleza de la democracia plantea un problema a la gobernabilidad de la democracia [indolencia, desapego y grupos en cursiva son de mi cosecha] (1).

De manera paciente se fue construyendo una práctica para concretar la indolencia y el desapego. Hay que reconocer que parcialmente consiguieron sus objetivos en no pocos individuos y en grupos, algunos de ellos insospechados e insospechables. Pero hubo grupos, entre ellos, el sindicalismo y el Derecho del trabajo progresista que les salieron rana. De ahí que intentaran organizar la indolencia y el desapego democráticos sobre la base de cooptar al sindicalismo y al iuslaboralismo para que actuara en claro compadrazgo con los organizadores de la molicie del desapego y la indolencia. Con el sindicalismo no pudieron; es más, todos los intentos de organizar sindicatos-probeta han fracasado. En el universo del Derecho del trabajo se puso en marcha otra operación: organizar el batallón de los `revisionistas´ (en la acepción que el maestro Umberto Romagnoli le da al término) cuya labor era desarbolar el estatuto espistémico del Derecho del trabajo, convirtiéndolo en un iusprivatista (2).

Por supuesto, la directiva –y el conjunto de medidas que en otras ocasiones hemos reseñado—se dirige violentamente, en primer lugar, contra el sindicalismo una vez constatado el fracaso neoliberal desnaturalizarlo. Y se dijeron: "¿No queréis acompañarnos de bracete en esta nueva fase de innovación-reestructuración y financiarización de la economía? Pues os ahogaremos, os dejaremos con el menor poder posible". Ahora bien, esta operación de gran calado y largo recorrido es, esencialmente, un torpedo a la democracia y a sus líneas tendenciales que, al decir, de tales ideólogos ha llegado demasiado lejos. Claro que sí, está en juego la Europa social, pero –ante todo y sobre todo— el carácter de la libertad y la democracia. ¿Lo entienden las izquierdas diversas?


(1) S.P. Huntington y J. Watuniki en “The crisis of Democracy”, 1975.

2) Umberto Romagnoli: http://baylos.blogspot.com/2007/05/el-derecho-del-trabajo-el-error-de-los.html

lunes, 7 de julio de 2008

EL CENTRO Y EL PUESTO DE TRABAJO NOCIVOS

El 5% de los trabajadores sufrió algún accidente laboral en 2007 y el 17,8% enfermó, según el INE, nos comunica el ciberboletín de comfia que nos tiene cotidianamente informados de los sucedidos, noticias y asuntos de interés. De entrada se pueden sacar unas primeras conclusiones: 1) la gravedad de la siniestralidad laboral y las enfermedades laborales; y 2) la persistencia de dicho problema, a pesar de la importante innovación tecnológica que se ha operado en el centro de trabajo. Digamos, pues, que sigue existiendo la `fábrica nociva´, el `centro de trabajo nocivo´. Lo que indicaría, dicho sin protocolo melindroso, que las tanteos aproximativos para resolver tan peliaguda cuestión no consiguen variar la tendencia del rayo que no cesa de la siniestralidad y las enfermedades laborales. Con el agravante de que éstas últimas, las enfermedades, parecen tener una característica de invisibilidad.

Algo muy importante no funciona en nuestro sistema de relaciones laborales. Ese algo está produciendo dolor y luto en las familias trabajadoras. Un algo que acaba siendo externalizado a los sistemas públicos de protección que, en este caso, operan como instrumentos de resarcimiento de unos problemas que están enquistados en el centro de trabajo nocivo. Lo que vendría a plantear que, también en España, tenemos un problema de “trabajo decente”, según la caracterización que, de ello, hizo en su día Juan Somavía. Esto es, “el que se realiza en condiciones de libertad, igualdad, seguridad y dignidad humana”, según dejó sentado un organismo tan institucionalizado como la Organización Internacional del Trabajo (OIT). El subrayado en la palabra `seguridad´ es nuestro por si alguien no ha caído en la cuenta. Y por si algún lector piensa que Somavía es un alto dirigente de la Enésima Internacional Trostkista, aclararé que en 1999 fue elegido director general de la OIT y reelegido en 2003.

Repito, algo no funciona regularmente. Así lo demuestra el gran número de “víctimas no consideradas” (1). “Entre las enfermedades de origen laboral, las principales causas residen en problemas respiratorios y pulmonares, con un 28,2%, seguidas de problemas óseos, articulares y musculares en caderas, piernas y pies (17,3%) y en la espalda (17,2%).” Lo que nos viene a reproponer que el problema tiene un origen meridianamente claro: los sistemas de organización del trabajo, diseñados unilateralmente por el dador de trabajo. Esto es, no negociados o insuficientemente negociados. Mientras se mantenga esta taylorización (real o camuflada) de la organización del trabajo persistirá el dolor, el luto y la externalización de las consecuencias del ejercicio de esa unidireccionalidad empresarial. De ahí que sigue siendo un desafío de primer orden que el sindicalismo confederal ponga encima de la mesa la cuestión de la codeterminación. Aclaro, he dicho codeterminación, no cogestión. Es decir...

...Es decir, debe entenderse por `codeterminación´ el permanente instrumento negocial de todo el universo de la organización del trabajo que queremos que vaya saliendo gradualmente de la actual lógica taylorista. Es decir, la codeterminación como método de fijación negociada, como punto de encuentro, entre el sujeto social y el empresario, anterior a decisiones "definitivas" en relación, por ejemplo, a la innovación tecnológica, al diseño de los sistemas de organización del trabajo y de las condiciones que se desprenden de ella. Sabiendo que todas y cada una de las condiciones que componen la organización del trabajo no son variables independientes entre sí ni con relación al conjunto del sistema.

Esta es una hipótesis de trabajo para intentar cambiar gradualmente la tendencia; lo dejà vue es la certeza de que la vida seguirá igual.

(1) Antonio Baylos http://baylos.blogspot.com/2007/03/accidentes-de-trabajo-vctimas-no.html

martes, 1 de julio de 2008

EL SINDICALISMO "DE GÉNERO" AVANZA


El sindicalismo confederal español está avanzando en lo que se ha dado en llamar las cuestiones “de género”: un tema que estaba pendiente desde los orígenes del movimiento obrero y de la izquierda política. Esta gran cuestión, durante tantísimo tiempo submergida, ha podido avanzar gracias al tesón de amplias vanguardias de mujeres que, infatigablemente, remaron contra viento y marea en una nave claramente masculinista y, para mayor concreción, machista.


La cuestión de género avanza, aunque con fatigosa lentitud. Pero avanza. Ahí está un amplio catálogo de derechos políticos, sociopolíticos y materiales que constituyen un atinado almacén de bienes democráticos. No pocos de ellos siguen poniendo los pelos de punta a quienes, desde posiciones conservadoras o limitadamente progresistas, que piensan que las cosas se están saliendo de madre. Hace bien el sindicalismo en continuar esta dura acción colectiva por la paridad de los derechos.


Ahora bien, el sindicalismo confederal, mientras mantiene y amplia, su tutela y promoción de toda una serie de derechos inespecíficos (una atinada construcción de Manuel Carlos Palomeque), debería concretar su ya notable acervo de preocupaciones en el terreno físico de la negociación colectiva; y, para mayor precisión, en el mismo corazón de la organización del trabajo. Porque la ineludible atención a medidas legislativas tiene una evidente limitación si no se está convenientemente al tanto de unas conductas contractuales “de género”, referidas –como queda dicho— a la organización del trabajo y al control itinerante de lo que se va consiguiendo. En ese sentido, las leyes de igualdad y conciliación –en buena medida reclamadas históricamente por el sindicalismo y los movimientos feministas— podrían alcanzar una mayor fisicidad. Quiero decir, en sentido contrario, que si esta legislación “de género” no va acompañada de una organización del trabajo “de género”, la cosa quedaría en agua de borrajas. Por ejemplo, una ley de conciliación de la vida familiar que no estuviera acompañada de una reordenación de los tiempos de trabajo (negociada en el lugar físico de la negociación colectiva) tendría no pocas dificultades de cumplir adecuadamente sus objetivos, esto es, de compatibilizar los tiempos de trabajo y los tiempos de vida. Y, para mayor abundamiento, si se sigue con la inicua práctica de la discriminación salarial (en buena medida como hijuela de una organización del trabajo estrictamente masculinista) el sindicalismo se está disfrazando de noviembre para no infundir sospechas.


Precisamente porque el avance es notorio y visible, podemos decir que el sindicalismo confederal está en condiciones de darle más diapasón y concreción (sobre todo concreción) a las cuestiones de género. Que todavía quedan numerosos garbanzos negros en el puchero parece evidente (1). Habrá que eliminarlos. Una hipótesis de trabajo es: la negociación colectiva y todas las prácticas contractuales y la fijación de normas intersindicales que lo favorezcan. Los próximos congresos sindicales pueden ser una tempestiva ocasión para ello.


(1) Miquel Falguera MUJER Y TRABAJO: Entre la precariedad y la desigualdad


NACIONALISMO POLÍTICO Y SINDICALISMO EN CATALUÑA


El joven y ya acreditado historiador José Manuel Rúa Fernández ha escrito un libro de gran interés, Nacionalisme i món sindical a Catalunya [1974 – 1990], que ha sido editado por el Consell de Treball, Econòmic i Social de Catalunya recientemente. En apretada síntesis diré que la investigación versa sobre los intentos de Convergència Democràtica de Catalunya, el partido de Jordi Pujol, de crear una organización sindical nacionalista frente al pretendido sucursalismo españolista de los sindicatos confederales Comisiones Obreras y UGT, y aprovechando que el Besós pasa por Sant Adrià disponer de una organización sindical propia. El libro de Rúa es la crónica, como dirá uno de sus protagonistas –concretamente la persona encargada de estructurar la operación— de un fracaso en toda la regla. Dicho lo cual, queda todavía pendiente explicar por qué una organización tan capilar como CDC fracasó sin paliativos, a pesar de los esfuerzos e instrumentos que puso en tan complicado empeño.


Me propongo explorar esas razones, aunque es obligado que advierta que no soy una persona totalmente de fiar: mi implicación en el terreno sindical, y mis responsabilidades en Comisiones Obreras de Catalunya, posiblemente me puedan conducir a arrimar el ascua a mi sardina. Quien lea lo que viene a continuación podrá juzgar, al menos tan subjetivamente como lo es mi caso. Ahora bien, cuando se llega a cierta edad (estoy en puertas de mi jubilación administrativa) algunos tenemos la tendencia a relativizar las cosas y, no siendo imparciales, deseamos coquetear aproximadamente con una cierta objetividad.


El nacionalismo político catalán tenía algunas dificultades (muchas como después se pudo ver) en construir ex nihilo un sindicato que fuera su propia hechura. Posiblemente por las siguientes razones: 1) el nuevo movimiento obrero y sindical en la época de la lucha contra la dictadura franquista surgió y se desarrolló sobre bases movimientistas unitarias, 2) protagonizadas, aunque no únicamente, sí de manera decisiva por Comisiones Obreras de Catalunya, 3) que asumieron con nitidez la lucha por las libertades democrático-nacionales de Catalunya. De manera descriptiva diré que la presencia organizada del sindicalismo nacionalista fue irrelevante; lo que no quiere decir, en absoluto, merma alguna para las personas que se empeñaron en aquel esfuerzo.


Digamos con desparpajo, pues, que el territorio sindical estaba ya cubierto por una manera de entender la acción colectiva “de clase y nacional” o, mejor dicho: de-clase-y-nacional que no dejaba huecos relevantes para una organización nacionalista. Debo alertar acerca de lo siguiente: nuestra concepción de-clase-y-nacional no tenía nada que ver con el sindicalismo nacionalista.


Los dirigentes del nacionalismo político catalán pensaron que se podía hacer una traslación del sindicalismo nacionalista vasco a Catalunya. Pero olvidaron que éste llevaba interviniendo cerca de un siglo y que su presencia en la lucha contra la dictadura fue visible. Más todavía, dichos dirigentes políticos creyeron que, de la misma manera que se puede organizar un partido “de la noche a la mañana”, eso valía también para el sindicalismo. En esa tesitura, pensaron, que la probeta política tendría su correspondiente traducción en una probeta sindical. Un desenfoque superlativo.


Por olvidar, olvidaron incluso que quien no negocia no existe; que quien negocia gobierna el conflicto social. El sindicalismo probeta nacionalista ni negoció ni gestionó el conflicto socio-político en tiempos de la dictadura y en la Transición. Desde la nada (ex nihillo) es harto difícil poner en marcha una organización sindical. Y muy especialmente si aquel nuevo movimiento obrero y sindical tuvo aproximadamente las siguientes virtudes: 1) leyó regularmente los cambios y transformaciones en los centros de trabajo, 2) vinculó las reivindicaciones en la fábrica a las de naturaleza política, 3) estableció relaciones extrovertidas con el resto de los sujetos sociales y políticos antifranquistas, 4) participó activamente en las `instituciones´ que luchaban por la libertad, y 5) su acción colectiva era abierta, pública, no clandestina. Ello condujo a algo que no se ha recalcado lo suficiente: si bien la ruptura democrática en el terreno político fue astillada, sí puede hablarse de una plena ruptura sindical democrática.


Y para colmo, los dirigentes políticos nacionalistas catalanes también llegaron a destiempo en otra cuestión no menos relevante. Que es: precisamente cuando el sindicalismo confederal catalán inicia sus primeros intentos, que gradualmente se van consolidando, de desprender sus amarras de Papá-partido, CDC pone en marcha una operación de crear su propia prótesis sindical. Dicho bondadosamente. es como si Salvador Espriu hubiera intentado hacer poesía a la manera de Aussias March.


Y por si no faltara astigmatismo, el destiempo se convirtió en cacotopía cuando, haciéndose visible la globalización interdependiente, se prepara un artefacto nacionalista, cuya naturaleza solipsista se da de bruces con lo que está a la vista de cualquier persona medianamente informada.


Rafael Hinojosa, la persona encargada por CDC, de poner en marcha la mentada operación es una rara avis. Es, de hecho, el gran protagonista del libro. Rara avis porque reconoce de pe a pa todos los destiempos de la obra que puso en marcha: una potente revisión de vida, se diría. Algo infrecuente en aquellas personas de altas responsabilidades. Un hombre cabalmente sincero.