Tras una serie de ásperas vicisitudes,
Tengo para mí que esta investigación –Maud Bracke, Alexander Höbel, Tomasso Mencioni y el mismo Giaime Pala, prologada por José Luis Ramos Martín— entra a saco en aquellos acontecimientos y, apoyada en textos escritos, explica de cabo a rabo las peripecias de los grupos dirigentes de los partidos comunistas italiano, francés, español y del PSUC entre sí y con sus respectivas organizaciones periféricas y de base. Leer este libro es, por así decirlo, un ajuste de cuentas entre nosotros mismos, pero sobre todo una manera de revisitar toda una serie de situaciones que –al margen de la arqueología de la memoria— parecen ayudar velis nolis al entendimiento de no pocas evoluciones históricas del último cuarto de hora del siglo (menos mal que ha sido “breve”) pasado.
Por aquellas calendas, un servidor –recién salido de mi primera estancia forzosa en la cárcel— vivía en Mataró: tenía 25 años. Era miembro del comité local del PSUC y, principalmente, mis responsabilidades estaban en el desarrollo del movimiento sindical de las todavía jóvenes Comisiones Obreras. Yo trabajaba a la sazón en una empresa auxiliar del textil, Sertex, cuyo propietario se llamaba Eduard Trens, un antiguo dirigente de
Entrando en materia: comía un servidor en el Bar Cervantes, sito en la calle Real. La televisión comunica lo que parecía que estaba al caer: los rusos han entrado violentamente en Praga. Dos carajillos de aguardiente no logran hacerme pasar el mal trago. Camino de la empresa (en la calle Lepanto, justo enfrente de Correos) me encuentro al camarada Bartolomé, un dirigente de la construcción. Un par de meses antes había pedido un descanso de la militancia comunista por problemas sentimentales. El camarada me saluda con grandes aspavientos y una amplia sonrisa de satisfacción: también se ha enterado del pastel.
“Dame el reingreso en el partido, camarada. Tenemos a los rusos a la vuelta de la esquina”. “Te equivocas, Bartolo. No los veremos ni en pintura”, le contesto con estudiada frialdad. Llego a la empresa. Eduard Trens le dice a nuestra ejecutiva, una manager eficiente –Lidia Claus, se llama—que telefonee a Praga para conocer qué les pasa a unos clientes.
Esa noche hay reunión del comité local. Se celebra, como es habitual en el domicilio de Agustí Valdé, concejal del ayuntamiento de la ciudad y responsable político del partido. A pesar de la presencia de la habitual botella de coñá –Magno, por más señas— se introduce en el orden del día la patata caliente de Checoslovaquia. El rito manda que el secretario político “abra” la reunión y expone el informe de la situación actual y las perspectivas.
Valdé, en esas circunstancias, interviene como un accidentalista: “Costa, la de Levante; playa, la de Lloret”. Cuando los camaradas le conminan a entrar en materia, expone: “No he podido oír
Un dirigente de la construcción --¿qué ganamos dando nombres?— pide la palabra:
Javier Sánchez del Campo, dirigente sindical de los textiles, es testigo de mi intervención. Pedí la dimisión de Brezneff, aplaudí las palabras de Pedro Alfonso y les llamé de todo a los colaboracionistas. Tras lo cual, el físico exhibiendo sus saberes de la teoría de la relatividad, concluyó tempestivamente: “Esperemos la visita del Comité Ejecutivo; ya nos dirá el camarada Serós [Josep Pardell] de qué va el asunto”.
Lo dicho, quien quiera saber cosas de mayor seriedad y enjundia, puede contar con la lectura del libro que más arriba se recomienda.
Nota editorial. Este libro lo he leído porque soy socio del Arxiu Històric de la CONC (Fundación Cipriano García) y tengo derecho a sacar los libros que necesito. Luego, naturalmente, los devuelvo. El archivo lo preside mi tío Angel Rozas y lo dirige mi sobrino Javier Tébar. ...