domingo 6 de abril de 2008

SINDICALISMO Y COOPERATIVISMO

Es la primera vez que estalla en Italia un áspero conflicto entre el sindicalismo confederal y el potente universo de las cooperativas. El otro día salieron a la calle en Roma 25.000 trabajadores del sector dándole al conflicto una fuerte visibilidad.


Los problemas vienen de muy atrás: hace la friolera de dos años y medio que finalizó el convenio colectivo y, hasta la presente, no se ha llegado a ningún acuerdo que lo renueve. Demasiado tiempo que, en todo caso, demuestra una extraordinaria paciencia del sindicalismo frente a ese mítico sujeto la Lega del que el gran público de nuestro país tuvo amplia noticia cuando vimos la formidable película Novecento a finales de la década de los setenta.


Los problemas que existen en aquellos centros de trabajo de las cooperativas sociales nos son realmente cercanos: de categorías profesionales y de organización del trabajo, del contrato de trabajo y salariales que parecen indicar una aproximada indistinción entre el carácter de la gestión managerial en las cooperativas y el de las empresas convencionales. Unos problemas que han estado tal vez camuflados parcialmente por una mirada inercial de los sindicatos con relación a la personalidad mítica del movimiento cooperativista italiano: como si las canciones de ayer (E la Lega vincerà...) que cantaban las mujeres jornaleras del “Novecento” tuvieran los mismos acordes que antaño.


Esta situación novedosa italiana podría depararnos algunas reflexiones útiles tanto al movimiento cooperativista español como al sindicalismo. Así pues, no conviene echar en saco roto lo que está sucediendo en aquellos pagos.


Ni que decir tiene que la empresa cooperativa se encuentra frente a los mismos problemas que el resto de la economía: están en el mismo contexto de los procesos de innovación y reestructuración de los aparatos productivos y de servicios en el mundo de la globalización interdependiente, y en estos momentos viven los primeros efectos de la crisis económica. Ni que decir tiene, además, que a estas empresas cooperativistas les es exigible la eficiencia en la gestión con unos profesionales de alta capacidad científica y técnica. Ni que decir tiene, por supuesto, que el catálogo de derechos de ciudadanía social debe ser respetado escrupulosamente. En resumidas cuentas, también las cooperativas necesitan ponerse al día porque el marco general ya no es el de los tiempos de Joan Peiró en nuestro caso o el de los italianos de aquellas nieves de antaño.


Dichas esas obviedades, es hora de preguntarse: ¿tiene el sindicalismo español algo así como una cartografía acerca de cómo funcionan las cooperativas? Es decir, ¿sabemos qué tipo de relaciones laborales se están produciendo en esos centros de trabajo? ¿Es posible que se mantenga el desconocimiento que hicimos gala los sindicalistas de mi generación en torno a este sector? ¿Se está produciendo en España un proceso de contagio de las formas abusivamente discrecionales del management de las cooperativas hacia el conjunto de las tipologías trabajadoras –cada vez más desagregadas— de esos centros? Depende qué tipo de respuestas se dé a estos interrogantes podría replantearse la existencia del sindicato también en esos lugares de trabajo. Scripta manent.


P/S Agradezco al profesor Josep Maria Vallès el envío de su libro "Una agenda imperfecta: amb Maragall i el projecte del canvi". Y a la editorial (Edicions 62) que pagó los portes.