
El próximo domingo Simone Weil, si viviera, cumpliría noventa y nueve años. Debo decir que tardé bastante en tener ganas de leerla. Un servidor tenía algunas prevenciones en saber de ella. Y cuando me puse al tanto de sus escritos fue por seguidismo. Porque Bruno Trentin la incluyó en sus notas a pie de página en su libro “La città del lavoro”, que incomprensiblemente todavía no se ha traducido en nuestro país. Así pues, Trentin reforzaba algunos de sus planteamientos tomando, en esos casos, el pathos de la Weil, muy en especial de los “Ensayos sobre la condición obrera”. Este libro fue traducido por Antoni Jutglar y publicado por Nova terra, gracias al tesón de mis amigos Alfonso Comín y Rafael Hinojosa. A pesar de ello, ¡cretino de mí!, no lo tuve en cuenta.
Simone Weil nació en París en el seno de una familia judía intelectual y laica. Estudia filosofía y literatura clásica, ingresando en la Escuela Normal Superior con la calificación más alta, la segunda fue otra ilustre Simone, la de Beauvoir. Muy pronto la joven Weil, ya profesora, se pone abierta y militantemente al lado del movimiento de los trabajadores. Tiene 23 años y, por sus enfrentamientos con los profesores chupatintas, es trasladada constantemente de instituto.
Corren los primeros años treinta: se entrevista con León Trostky quien, tras escucharla, la tilda más o menos de majareta sensiblera. El viejo revolucionario no se quedó ni siquiera en la epidermis de la joven profesora; un tic posiblemente provocado por la altivez de quienes no consideran que el interlocutor es un revolucionario “pata negra”.
A los 25 años, abandona su carrera docente y durante los años 1934 y 1935, trabajará como obrera en la Renault. "Allí recibí la marca del esclavo", dirá. En 1941 trabajará como jornalera en el Midi francés. . Piensa que el trabajo manual debe considerarse como el centro de la cultura y sostiene que la separación creciente a lo largo de la historia entre la actividad manual y la actividad intelectual ha sido la causa de la relación de dominio y poder que ejercen los que manejan la palabra sobre los que se ocupan de las cosas.
Pacifista radical, luego sindicalista revolucionaria, finalmente llegará a pensar que sólo es posible un reformismo revolucionario: los pobres están tan explotados que no tienen la fuerza de alzarse contra la opresión y, sin embargo, es absolutamente imprescindible que ellos mismos tomen la responsabilidad de su revolución. Por eso es necesario crear condiciones menos opresivas mediante avances reformistas para facilitar una revolución responsable, menos precipitada y violenta.
Sindicalista de la educación, se muestra a favor de la unificación sindical y escribe en la revista La escuela enmancipada. Antiestalinista, participa desde 1932 en el Círculo comunista democrático de Boris Souvarine a quien ha conocido por intermedio de Nicolás Lazarévitch. Participa en la huelga general de 1936. Milita apasionadamente por un pacifismo intransigente pero, al mismo tiempo, se compromete en la columna Durruti en España durante la guerra.
Lúcida sobre lo que está sucediendo en el Viejo continente, nunca tuvo demasiadas ilusiones de las amenazas que desde el comienzo de la guerra se cernían sobre ella y su familia posición frente al judaísmo y a la identidad comunitaria judía es de rechazo explícito y total, lo cual ha resultado en que haya sido acusada de "auto-odio" por estudiosos de perspectiva judía.
En 1942 visita a sus padres en Estados Unidos, pero rechaza para ella ese estatuto que siente como demasiado confortable en tiempos tempestuosos. Parte hacia Inglaterra para incorporarse a la resistencia pero sólo consigue trabajar como redactora en los servicios de Francia libre, liderada por el General de Gaulle. En julio de 1943 deja de pertenecer a esta organización.
Es en este período final de su breve vida que encuentra el mensaje evangélico de Jesús de Nazaret. Sin embargo, esta fe no aceptará los compromisos de la Iglesia con la violencia, lo que la obligará a permanecer a sus puertas, en la orilla. Es una cristiana que plantea preguntas embarazosas a los cristianos y será rechazada por los teóricos de la Iglesia que la acusan de no haber comprendido bien la historia de la Iglesia.
Enferma de tuberculosis y hay quien dice que se deja morir en el sanatorio de Ashford en 1943. Deseosa de compartir las condiciones de vida de la Francia ocupada por la Alemania nazi, es posible que no se haya alimentado lo suficiente, lo que podría haber agravado su enfermedad.
Pues bien, la gente de mi generación –y un servidor entre ellos, haciendo de palmero vergonzante-- consideró a Simone Weil como, chispa más o menos, una majareta idealista: lo mismo que antes afirmaron no pocos anarquistas en plena guerra civil, por cierto. Porque, de manera petulante, tal vez todos considerábamos que el monopolio de la receta salvífica de la clase obrera quedaba repartido de esta manera: según nosotros, por los herederos del barbudo de Tréveris; según nuestros primos segundos, la redención venía de su abuelo Bakunin. Así las cosas, los que no venían de las alforjas don Carlos ni de los bártulos de don Miguel no eran ni carne ni pescado; y “fuera de la Iglesia no hay salvación”, que diría el secretario general del Partido Apostólico, Rouco Varela.
En resumidas cuentas, no leímos a Simone Weil. De ahí que, desde ese postcretinismo personal, te diga, mi dilecto amigo: “No seas como nosotros; procura ser más curioso”.
Por eso, pongo en tu conocimiento un chorreón de libros de nuestra sobrevenida amiga.
Bibliografía
Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social. Traducción castellana de Carmen Revilla; Paidós, Barcelona, 1995
Ensayos sobre la condición obrera. Traducción castellana de Antonio Jutglar. Nova Terra, Barcelona, 1962 [Contiene varias cartas sobre el tema escritas entre 1934 y 1936, un diario sobre la vida en la fábrica en 1934 y reflexiones de la autora sobre la condición obrera redactadas entre 1936 y 1942].
Escritos históricos y políticos. Editorial Trotta: Madrid, 2007.
Poemas seguido de Venecia salvada. Editorial Trotta: Madrid, 2006.
La fuente griega. Editorial Trotta: Madrid, 2005.
Intuiciones precristianas. Editorial Trotta: Madrid, 2004.
El conocimiento sobrenatural. Editorial Trotta: Madrid, 2003.
Cuadernos. Editorial Trotta: Madrid, 2001.
Escritos de Londres y últimas cartas. Editorial Trotta: Madrid, 2000.
Escritos esenciales. Editorial Sal Térrea, 2000.
Carta a un religioso. Editorial Trotta: Madrid, 1998.
Echar raíces. Trad. de J.C. González y J.R. Capella; Editorial Trotta: Madrid, 1996 [Texto escrito en 1943, a petición del gobierno francés en el exilio].
A la espera de Dios. Editorial Trotta: Madrid, 1996 [4ª edición 2004; Contiene seis cartas dirigidas al padre Perrin y varios ensayos escritos en 1942].
Pensamientos desordenados. Editorial Trotta: Madrid, 1995.
La gravedad y la gracia. Traducción e introducción de Carlos Ortega. Editorial Trotta: Madrid, 1995/2007 [4ª edición; Contiene lo esencial de los cuadernos redactados en Marsella].
En suma, vale la pena leer a Simone Weil (arriba en la foto)



1 comentarios:
Tito: Tomo buena nota. Yo creía que esta señora era una cantamañanas. Nuestro común amigo el lobuzno, me proveerá de los textos necesarios.
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