miércoles, 28 de noviembre de 2007

LA `SOBERANIA´ SINDICAL, DI VITTORIO Y OTROS ASUNTOS


(En Nápoles, 29 y 30 de Noviembre de 2007*)


En mi opinión los elementos más representativos del magisterio de Di Vittorio son: la independencia del sindicato, la práctica unitaria, la presencia del sindicalismo en todas las esferas donde se ventilan los intereses de los trabajadores y sus familias, la vinculación del sindicalismo confederal con la libertad en todas las partes del mundo y la adscripción a la casa sindical de sujetos que tradicionalmente no figuraban entre los inscritos a la organización. Me importa recordar que todo ello es un acervo que quiere practicar Comisiones Obreras desde sus primeros orígenes, aunque no me consta que ninguno de nosotros en aquellos tiempos conociéramos la obra de Giuseppe Di Vittorio.


Entiendo que esos elementos divittorianos tienen una gran actualidad. Es más, se diría que son parte distintiva del sentido de la acción colectiva del sindicalismo confederal. Por otro lado, vale la pena señalar que nuestro amigo, que vivió el nacimiento y la ruptura de la FSM, estaría contento de la aparición en la escena mundial del nuevo sujeto unitario que es la Central Sindical Internacional. Importa reseñar que el fondo del discurso de Di Vittorio en el Congreso de Viena de la FSM (1951) está presente en los postulados fundantes de la CSI.


1.-- Vale la pena señalar que, por una serie de razones, cuya explicación desbordaría los márgenes de esta intervención, las relaciones entre el partido y el sindicato, vividas de manera tan intensamente áspera por Di Vittorio, merecen hoy una nueva reflexión, orientada hacia las relaciones entre el sindicalismo y, ahora ya no el partido, sino la política. Sin ir más lejos, ahí está la situación del sindicalismo italiano con la política en torno al protocolo del welfare y su discusión en el Parlamento.


Partiendo de la independencia del sindicato –la independencia en nuestra sintaxis española equivale fielmente a lo que vosotros llamáis autonomía-- me parece que tiene interés esta reflexión: de qué manera el sindicalismo comparte diversamente con las fuerzas políticas un paradigma que establezca prioridades, vínculos y compatibilidades con la política para abordar los grandes retos de civilización.


2.-- La segunda cuestión que podría reproponer la obra de Di Vittorio es la (siempre complicada cosa de la) unidad sindical orgánica. También Di Vittorio vivió el sindicato unitario italiano; hoy, en Europa, la existencia de la CES y la CSI en el mundo reducen parcialmente, en teoría –sólo en teoría— una serie de elementos de imposibilidad de la unidad sindical orgánica. Francamente, desde mi condición de sindicalista emérito no acabo de ver las razones que la imposibilitan. De hecho las interferencias externas y los planteamientos `ideológicos´ que antaño dificultaban la unidad sindical han desaparecido por completo, aunque ciertamente permanecen diferencias (algunas no irrelevantes) sobre las prácticas contractuales. Pero éstas diferencias tienen, digámoslo así, una naturaleza `laica´.


3.-- Por lo demás, el carácter inclusivo de la afiliación sindical en Di Vittorio (todas las categorías del conjunto asalariado en activo y en pasivo, los jubilados y los desocupados) pueden y deben tener abiertas las puertas de la casa sindical, nos vuelve a llamar la atención sobre de qué modo, en las circunstancias actuales, se amplía en la práctica el carácter inclusivo del sindicalismo confederal en Italia, España y en toda Europa.


La gran pregunta sobre la que tenemos necesidad de avanzar en su (no fácil) respuesta es: ¿la actual forma-sindicato es la más adecuada para avanzar más en la inclusividad sindical? Obviamente me refiero al precariado y a los jóvenes en general; por supuesto, también a los inmigrantes. Ahora bien, también estoy pensando en cómo debería ampliarse los índices de afiliación, especialmente en aquellos países (también en nuestro caso, español y catalán) donde el número de inscritos es muy insatisfactorio.


4.— Me permito introducir un elemento sobre el que últimamente estoy trabajando. Es lo que llamo metafóricamente la `soberanía´ sindical. Me explico: en las constituciones democráticas de los Estados nacionales se formula que la soberanía reside en el pueblo; de dicha soberanía surge la voluntad popular que gestiona el Parlamento. Mi pregunta es: ¿dónde radica la `soberanía´ de las decisiones que toman los órganos de dirección sindicales?


Estos interrogantes me vienen de hace ya un cierto tiempo. Ahora me interesan más porque el reciente referéndum sindical sobre el protocolo welfare ha representado, en mi opinión, un acto de `soberanía´ sindical implícita. Como, de igual manera, lo fue la anterior consulta y aquellos referendums en algunos de vuestros convenios colectivos nacionales.


Quede claro que no estoy impugnando las actuales formas de comportamiento decisional del sindicalismo español e italiano y, por extensión, europeo. Lo que trato de decir es que creo pertinente saber dónde está la fuente de legitimación de las decisiones de nuestra casa general. Decir que somos un sindicato-de-los-trabajadores es una definición descriptiva, y diría algo más: es sólo la dirección del sindicato quien otorga ese Estatuto concedido. No es, por tanto, normativa, porque en ningún lugar se ha reglado de dónde parte la fuente legitimante. Y más todavía, en ningún lugar aparecen definidos los límites de lo que es decidible en los órganos dirigentes a cualquier nivel. Cuestión de no poco interés porque, de esa manera, se determinaría quién y cómo tiene derecho a pronunciar la última palabra sobre una seria de cuestiones controvertidas.


Aclaro, no estoy planteando que exista una inflación refrendataria, simplemente el abordaje de una laguna que tenemos desde tiempos inmemoriales. Algo que no aparece en la república-sindicato. Por último, en mi opinión, definir los límites de hasta dónde –y de qué manera— pueden decidir los grupos dirigentes no es desconfianza alguna, ni pérdida de autoridad de éstos: es, simplemente, una transparencia democrática.


En palabras pobres, la `soberanía´ sindical vendría a remover las prácticas tradicionales que, con el tiempo, se han estancado, dándole al sujeto social mayor densidad democrática.


Punto final. De todas las enseñanzas de Di Vittorio (que, hoy por hoy, sigue teniendo plena vigencia) hay una que, por lo general, no hemos seguido de manera conveniente. Me refiero a la autoexigencia: al reexamen de lo que hacemos; hemos preferido la picaresca de buscar siempre en “los otros” la plena responsabilidad de nuestros propios errores y limitaciones, el no buscar qué hemos hecho y qué nos ha faltado por hacer. Su contundente respuesta a las excusas de los dirigentes sindicales, cuando la derrota en Fiat (1956) fue una gran enseñanza: aunque sólo tuviéramos el cinco por ciento de responsabilidad, esto sería nuestro cien por cien. Esta propedéutica casi casi se quedó en el maestro de Cerignola. Nuestra técnica continúa, por lo general, buscando los tres pies al gato de los que no somos nosotros, nosotros mismos. Rectificarla nos haría aproximadamente más sabios.


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* Continuación en Nápoles del Seminario sobre Giuseppe Di Vittorio de Barcelona, 9 de Noviembre 2007, en el cincuentenario de la muerte del sindicalista italiano.

Otro obsequio de la casa:


ROBERTO MUROLO

Qué voz, madre mía.

jueves, 22 de noviembre de 2007

¿REFORMA DE LA SEGURIDAD SOCIAL? Pamplinas



Homenaje a Daniel de León, dirigente de IWW: los wobblies. Se recomienda su estudio. Pedir información a Juanma Tapia.



Por lo que se ve, no hay más remedio que seguir la corriente del (indebido) uso de las grandes palabras: “reforma” es una de ellas; lo mismo sirve para un barrido que para un lavado. Reforma por aquí, reforma por allá. Y en esas andamos cuando, nuevamente, se connotan algunas medidas sobre la Seguridad Social, que se están discutiendo en las Cortes, como eso: reforma. El vocabulario político, así las cosas, se está convirtiendo en una deslabazada confusión, en un amogollonado conjunto de ideolectos que –aunque inicialmente utilizado por los parlamentarios— se está deslizando hacia los medios de comunicación. [Me permito un breve paréntesis: la Ministra de Cercanías, doña Magdalena Álvarez, ha reprochado al diputado Herrera el uso de las palabras “doblados y partidos”; según la señora Álvarez lo correcto es “doblaos” y “partíos”, ya que si alguien exige ser llamado Josep Lluis y no José Luis, la correspondencia sería lo dicho: “doblaos y partíos”. Lázaro Carreter, que estás en los Cielos, perdónala]. Pido disculpas por la interferencia.


Entiendo que, cuando ni siquiera se sabe cómo “ser reformista” o cuando tampoco se quiere darle autenticididad al concepto y la práctica, la salida es denominar reformas a cualquier chuchería política, a cualquier quisicosa aprobada. Ciertamente, variar las condiciones para pasar a la jubilación no es baladí. Sin embargo, eso es sólo una novación legislativa, ciertamente importante, pero de ninguna de las maneras es una reforma de la Seguridad Social.


¿Estoy planteando una pejiguería semántica o una práctica letraherida? No lo creo. Estoy hablando de la relación entre los conceptos y las palabras. Que, en el caso que nos ocupa, no sólo es un desatino sino una coartada para no entrar a fondo en la necesaria reforma de la Seguridad Social. Esto es, en la adecuación de dicho instituto a los grandes cambios de civilización que se están operando a todo meter: de los aparatos productivos y de servicios, de la aparición de nuevas subjetividades sociales y de todo un elenco de cuestiones que han puesto en `crisis´ el Estado de bienestar tal como lo hemos conocido. En palabras pobres, de un Estado de bienestar que se ha desarrollado en el sistema fordista y en el tradicional Estado-nación. En cierta ocasión, mi amiga Carmen Ortega me pidió explicaciones: “¿Se puede saber por qué dices que las conquistas de los trabajadores han puesto en crisis el Estado de bienestar?”. Le contesté, en presencia de su marido Jaume Puig y de mi esposa, Roser: “Hicimos bien en conquistar todo lo que pudimos y, desde luego, harán bien los sindicalistas de ahora en seguir conquistando todo lo que puedan. Ahora bien, como toda conquista democrática y social crea nuevas situaciones, hay que seguir adecuando lo que hay a la nueva situación creada, precisamente para darle sostenibilidad a lo conseguido y alcanzar nuevas conquistas”. Y me quedé tan pancho.


Pues a lo que iba: las grandes transformaciones en curso –y las que vendrán mañana, pasadomañana y traspasadomañana— requieren necesariamente un nuevo welfare. Que establezca prioridades, compatibilidades y vínculos con el nuevo paradigma que estamos viviendo. Justamente lo que no se está haciendo. Porque las cosas están, dicho sintéticamente, de esta guisa: 1) medidas parciales, inconexas entre sí y sin ninguna relación con un proyecto general; 2) una zahúrda de medidas dadivosas por parte de las diversas Administraciones, basadas en cheques –escolares, de vivienda y cosas por el estilo— que indican un Estado de bienestar que ya está en fase de estancamiento por dispersión. El resultado de todo ello es la desnaturalización gradual del welfare: una situación deseada por algunos poderes económicos porque, estando así el paisaje, tienen las cosas más fáciles para reorientar esos dineros públicos hacia los intereses privados; más todavía, se van desvaneciendo los controles democráticos de los institutos de protección social. Total: con un sólo tiro caen dos pájaros. El welfare quedaría doblado y partido; perdón: doblao y partío.


Ciertamente no es fácil entrar en la reforma de la Seguridad Social. Pero en la medida que se mantenga la instalación en esas reales dificultades, se seguirá por el camino verde, camino verde que no va a la ermita de las tapas variadas: un estilo, este de las tapas, imprescindible en las tabernas, pero pernicioso para la construcción de un potente Estado de bienestar más inclusivo e incluyente. El camino de las tapas variadas –me refiero a las reformillas— conduce a un resignado virgencita que me quede como estaba.


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Por decir cosas parecidas a lo que acabo de escribir, un comentarista de blog (anónimo, por supuesto) me espetó: “López Bulla, sois la hez de la clase obrera”. Cosa que yo le agradecí porque tratarme de vos (supongo que en atención a mi edad provecta) siempre es una atención respetuosa.

martes, 20 de noviembre de 2007

LA `SOBERANIA´ SINDICAL: Una conversación particular con Antonio Baylos y Joaquín Aparicio (1)


Mis sobrinos Antonio y Joaquín, el diumvirato que preside el Colectivo de Juristas Críticos de Parapanda.



Queridos amigos:


Os escribo en demanda de ayuda. Estoy dándole vueltas a la cabeza a un asunto que considero de interés: lo que he dado en llamar la “soberanía sindical”. Esta es una reflexión que me vengo haciendo desde hace algunos años; ahora –con la impresionante participación, normada e informada, de más de cinco millones de trabajadores italianos en el referéndum convocado por las direcciones de los sindicatos-- me acucia poner en orden todos los retales dispersos de que dispongo.


Pues bien, al igual que las Constituciones de los Estados-nacionales hablan de que “la soberanía radica en el pueblo” (y que, por tanto, los Parlamentos sólo `gestionan´ dicha soberanía), me pregunto si el movimiento organizado de los trabajadores debe contar con una expresión de soberanía. [Naturalmente sé que esa palabra es inapropiada, de manera que la utilizo en su sentido metafórico mientras no doy adecuadamente con la tecla]. Y si el movimiento organizado de los trabajadores debe contar con esa figura, ¿dónde reside?


Las prácticas sindicales son diversas a la hora de sancionar si el acuerdo (no importa de qué ámbito) se firma o no se firma: en unos casos se plantea un referéndum, en otros una consulta genérica y en la mayoría de las situaciones es el órgano de representación (ya sea el comité o el sindicato) quién decide. Todas ellas, según la tradición y el `mandato´ son democráticas; sin embargo, el diapasón participativo cambia de unas a otras. Las experiencias italianas –tanto en los convenios colectivos de los metalúrgicos como los dos referéndums generales, que se han dado— expresan un sentido muy concretamente elevado de la democracia activamente participativa. Es como si, indirectamente, tuvieran una soberanía sindical implícita.


Creo que en el caso español es más necesaria esa práctica porque el convenio colectivo tiene, por ley, una afectación erga omnes. Ahora bien, me parece de más interés que, mientras van coexistiendo esas formas diversas –referendums, consultas y decisiones `por arriba´-- se debería ir pensando en la formulación de una figura que, hasta que no encuentre la expresión, seguiré llamando como imitación de las Constituciones de los Estados nacionales, soberanía sindical. Lo que, por cierto, sería un considerable avance al ius-sindicalismo, una disciplina que en España está muy dejada de la mano de Dios.


Mientras tanto, viendo caer les feuilles mortes y al calor del hospitalario brasero de mi casa (que es la vuestra) en Parapanda, os saluda y choca vuestros cinco, Pepe Luis.


miércoles, 14 de noviembre de 2007

DIALOGO CON UN AMIGO SOBRE LAS CUENTAS CLARAS DEL SINDICATO

Habla Manel García Biel

Apreciado Jose Luis,

Ya sabes que acostumbro a ser muy directo, para bien y para mal. Hoy sólo para agradecerte y felicitarte por tu artículo en el "metiendo bulla". Creo que es bueno que exista esa rara avis que se llama CC.OO de Catalunya, que creció con unos genes que tu y mucha otra gente hemos ayudado a construir. Es evidente que sólo parece interesarnos a nosotros y que ni izquierda ni derecha, ni patronales, ni primos, ni pseudo hermanos, quiren imitarnos. Pero bueno, más vale que exista esa "rara avis" y sobre todo que no se extinga ya que mientras hay vida hay esperanza. Gracias en mi nombre y creo que en el de la mayoría de la dirección del sindicato por su siempre interesante aliento.

He intentado escribirte a través del blog pero me he perdido entre las contraseñas y queria hacerte llegar esas lineas. Ya que la última vez que te escribí fue para una familiar regañina. Cosas de familia. Manel Garcia Biel


Apreciado Manel: Te agradezco tus palabras y las muestras de afecto (1). En realidad este artículo CC.OO. de CATALUNYA, ESA RARA ORGANIZACION es la continuidad del que hice al año pasado donde, de igual manera, valoraba el gesto de la CONC. Y, más todavía, lo que de manera sarcástica he dado en llamar la `rareza´ o la `anomalía´ de Comisiones Obreras de Catalunya. Rareza y anomalía que se explican con relación al resto de los sujetos sociales y políticos ya sean catalanes o de fuera de aquí. Así pues, tirando de mano de la retranca dí en llamar `normales´ a los demás y `raros´ a vosotros, la dirección del sindicato catalán. Porque si nadie se contagia y, peor aún, nadie propone (y pone en marcha) una emulación similar, se ha de convenir que vosotros sois, con perdón, unos bichos raros. Del resto de la familia (del Ebro para abajo) sólo me queda decir que a lo mejor los lazos de sangre están un tanto simulados.


Tu correo me provoca nuevas reflexiones. Pienso que, tanto cuando vais a la Sindicatura de Comptes como a la hora de exigir transparencia en las subvenciones, estáis proponiendo un vínculo entre la ética de los medios y su conexión con la ética de los fines. Es decir, si el sindicalismo se propone unos fines nobles, los medios e instrumentos para conseguirlos deben estar en plena concordancia. Se trata, pues, del establecimiento de un hiato que –además de ético— es sobre todo coherente. De ahí que sea un tanto chocante que nadie, desde babor a estribor y viceversa, haya caído en la cuenta del asunto. Aunque...


Aunque las cosas pueden tener otro cariz, diríamos de naturaleza garbancera: no presento las cuentas porque tengo algunas zonas grises y no tengo ganas de darle cuatro cuartos al pregonero. Sin embargo, prefiero creer que se trata del mantenimiento de las rutinas y de los viejos hábitos. Es decir, si nunca se hizo eso, ¿por qué cambiarse de calzoncillos? Perdón, ya que nunca rendimos cuentas –y nada, ni nadie me obliga, de momento-- ¿a qué venir con esnobismos? Y algo más, ya que yo me auto legitimo, no es necesario que me controle ninguna authority pública o privada. Así las cosas, la rareza de CC.OO. de Catalunya (y de su dirección) parece evidente: hace públicas las cuentas financieras y las somete a controles, y pide que todo el paquete de subvenciones al conjunto de los sujetos sociales y políticos se haga público, amén de la consecuente verificación de lo recibido y la manera de usar esos recursos financieros.


Parece ser cierto que algunas formaciones sociales y políticas tienen unos instrumentos internos para el control de las cuentas de su propia organización, algo equivalente a la tradicional Comisión de Control de Comisiones Obreras. Sin embargo, aunque esos instrumentos parecen dar plena garantía a su institución, no son vistos con la misma confianza por el resto de los mortales. No es un problema de desconfianza, sino del más rudo comportamiento antropológico que enseña que nadie tira piedras a su propio tejado. De manera que, además de los mentados instrumentos de control interno (necesarios, ¡vaya que sí!), se precisen las miradas vigilantes, de verificación, de todos los recursos que cuentan las organizaciones.


Sorprende, querido compañero, que de momento la izquierda política y social no vea las cosas como vosotros. Y me he vuelto a maravillar de hasta qué punto el lenguaje parlamentario siga tartamudeando. Así es que, como primera venganza, le dije cuatro cosas al diputado Toni Comín, que es ahora mi hijo adoptivo. El pobre –que poca culpa tiene al respecto— se quedó de piedra.


Manel, permíteme una provisional reflexión sobre el tema de lo que, en ciertas situaciones, llamáis subvenciones. Los sindicatos realizan funciones importantes que los poderes públicos, metafórica o realmente, han externalizado hacia las organizaciones sindicales. Por ejemplo, no pocas tareas del CITE. El carácter de esas transferencias, así las cosas, no puede denominarse subvención, aunque legalmente y en la jerga presupuestaria tenga esa denominación. Si vosotros tuteláis a importantes colectivos –cosa que deberían hacer los poderes públicos— los recursos que os envían por vía presupuestaria no tienen –insisto enérgicamente— carácter de subvención. Es otra cosa. De donde, por inferencia, sugiero que deba hacerse un listado de tareas que habéis asumido (propias de los poderes públicos) y digáis que: lo que nosotros [o sea, vosotros] hacemos, porque quien debería hacerlo se quita de en medio, en determinadas esferas no es fruto de una subvención sino de unas transferencias para hacer nosotros lo que nadie, por las razones que sea, intenta hacer o no hace. Y, a partir de ahí, tras la redefinición de tales conceptos sería bueno que eso tuviera un cierto acomodo legal o, al menos, reglamentario administrativamente. Lo que se dice –además y sobre todo-- para no poner a la misma altura la protección del CITE (todavía llamada subvención) con los dineros (hablo en hipótesis) que los poderes públicos subvencionan a la noble tarea de quienes desean mantener la técnica del encaje de bolillos, actividad ciertamente fascinante pero de una moralidad jerárquica inferior a las protecciones a nuestros amigos que vienen de otras tierras.


Te sorprenderá que, a partir de ahora, no ponga abierto el instrumento de `comentarios´ en este blog: es el caso de que un grupo de moscones, que nunca dan la cara –se hacen llamar Fan Gaal, Curro Lomero y otras lindezas— se meten en mi blog para, desde la comodidad de las capuchas, emitir las más harapientas nociones (más bien, eructos) que, en los tiempos de antaño, eran también payasadas de impotentes: en todos los sentidos.


Choca esos cinco. El Gordo


(1) El caballero del retrato no es Manel, sino un amigo elegante, serio y, por encima de todo, una persona recta y formal.

ACTUALIDAD EL SINDICALISMO. Di Vittorio y nosotros (2)

Mi amiguita Giovanna Pioveadirotto en el Liceo de Catania: una sabihonda que, con el tiempo, se hizo sabia


Esta es la segunda parte de mi intervención en el Seminario barcelonés y napolitano en homenaje a Di Vittorio. Veremos cómo engarzo la primera con ésta para no superar los veinte minutos que tengo asignados. Al grano:


En realidad la ponencia que tenía encargada en el seminario sobre el sindicalista Giuseppe Di Vittorio era –al igual que mi amigo Antonio Pizzinato—“la vigencia del pensamiento y la obra del dirigente de la CGIL en estos tiempos de hoy” o algo por el estilo. No obstante, como siguiendo las veteranas tradiciones que indican que una cosa es el encargo y otra lo que dices en la ponencia, reflexioné –al igual que Pereira— con la comodidad relativa de `frecuentar el pasado´. También porque, cuando no tienes responsabilidades directas, parece pretencioso intervenir en las cosas de hoy. No obstante, comoquiera que el carácter entrometido del sindicalista activo se trasmite al sindicalista emérito, me dije: respeta las órdenes recibidas sobre lo que tienes que hablar y, desde esa obediencia amistosa, tírate al ruedo con insinuaciones sobre las hipótesis de la actualidad del pensamiento divittoriano.


Primero. La actualidad de la praxis del dirigente sindical italiano parece evidente en lo que se refiere a la independencia del sujeto social. Que hoy tiene, por lo que todos sabemos, más comodidad que nunca. De una parte, la acumulación (cuantitativa y cualitativa) de `hechos independientes´ del sindicato. Y, de otro lado, el nuevo paradigma de, como se decía en mis tiempos, las relaciones entre el partido (el que fuera) y el sindicato (no importa cual).


Ciertamente, la acumulación de gestos de independencia sindical imprime carácter y, según cómo, acaba provocando, primero, una discontinuidad y, después, una ruptura conceptual. El sindicalismo, así las cosas –y por mera aplicación de la teoría matemática de los límites—se va acercando “in progress” a su propia independencia: de proyecto, de organización y de recursos propios, que a fin de cuentas es todo ello una y la misma cosa.


Por otra parte, la derrota histórica de los partidos comunistas (con permiso de Paco Mías) resuelve –espero que definitivamente— las viejas e inútiles relaciones entre el partido y el sindicato. Y, de igual manera, las extravagancias político-culturales de la tradición socialdemócrata interfieren las viejas relaciones entre el partido y el sindicato.


Pero hay algo más rotundo: el sindicalismo ya no acepta ser el mandao, la prótesis del partido (no importa cual) que, así mismo, se autodefine como la dirección –contingente o escatológica— de los asuntos que, de manera diversa, afectan a las, con perdón, tradicional o renovada clientelas. Porque, dígase con nitidez, el sindicalismo ha conseguido amplias cotas de poder contractual dentro y fuera de los centros de trabajo. Y, no se olvide, el ejercicio del conflicto social ya no está bajo la batuta (instrumental o no) del partido político. Y, diré algo más: el sindicalismo, aunque no lo haya teorizado ni caído en la cuenta, sabe o intuye que el partido (repito, el que sea) tiene una matriz lassalleana (estatalista) que poco tiene que ver con la confrontación, de otro tipo, entre el movimiento de los trabajadores y la contraparte. Especialmente en estos momentos de pérdida de poder factual en las relaciones económicas de los Estados-nacionales.


El pensamiento divittoriano, así las cosas, se redimensiona, y las enseñanzas del maestro, no contingentes sino de muy largo recorrido, en torno a la independencia cobran nueva actualidad. Ahora bien, eso no impide que –como sujeto sociopolítico que es el sindicalismo confederal— tenga nuevas relaciones con los actores políticos y, por extensión, con la política toda. Pero ya no es con el partido-amigo (más bien papá), sino con el conjunto de la política. Entre otras cosas porque tiene que compartir (diversamente, desde luego) zonas intersticiales con la política: tanto de la que gobierno como de la oposición. En zonas como, por ejemplo, las de welfare state. Se trata sólo de un ejemplo.


Segundo. Toda la pasión unitaria del maestro Di Vittorio tiene, en nuestros tiempos, no sólo más actualidad sino, incluso, más factualidad. En primer lugar, porque se ha incrementado la densidad de que el sindicalismo es una (noble) agrupación de intereses que, en sus diversidades, intenta reunir todos los retales del vínculo social, madre y padre de la independencia. Y, en segundo lugar, porque la existencia del sindicato mundial (CSI) es una condición casi necesaria –casi, digo—para impulsar –más todavía, si cabe— los visibles, aunque fisiológicos, momentos de unidad de acción sindical en los Estados-nacionales.


Tercero. Nuestro amigo italiano, tanto desde su responsabilidad sindical como la de `padre constituyente´-- se batió el cobre por los derechos de ciudadanía del conjunto asalariado. El reto que tenemos por delante, en estos nuestros tiempos, adquiere un novísimo significado. Que, por lo demás, precisa de un mayor robustecimiento de la adhesión estable, esto es, la afiliación —o el número de inscritos—al sindicalismo confederal. Y que, para ello, no hay otra condición aproximada que la radical puesta al día de las prácticas contractuales del sindicalismo de las diversidades. Comoquiera que todas estas cuestiones me parecen inter relacionadas haré una transversalización de todas ellas en la reflexión que viene de seguida.


Las políticas contractuales no son sólo un intento de mejorar la condición de vida y trabajo del conjunto asalariado. Son también, como todos sabemos, `fuente de derecho iuslaboralista´. En la medida que la gramática contractual mejore renovadamente la condición asalariada, se pone al día el Derecho del trabajo. Que es un artefacto que está recibiendo más empujones inamistosos y más ataques, sutiles y abruptos, que el propio sindicalismo. El Libro Verde es una visible prueba de ello.


Di Vittorio se batió por los derechos de ciudadanía del pueblo trabajador. Repensar con los ojos de hoy esos mismos problemas es nuestra tarea. Y aquí emergen algunas preguntas un tanto intempestivas: ¿se puede avanzar adecuadamente, mejorando las condiciones de vida y trabajo del conjunto asalariado, se pueden –desde ahí crear nuevas fuentes de derecho— no avanzando más, partiendo de ejemplos preclaros, en lo que podríamos llamar un elenco de reivindicaciones posfordistas? Y, todavía más: ¿se puede ignorar el acervo que nos viene de cómo ejercer el conflicto social tras las experiencias de la huelga virtual de la gente de IBM que, además, ha conseguido una victoria en toda regla?


Más todavía: dada la transformación –no sólo, ni principalmente entrópica— de la estructura categorial y sociológica del conjunto asalariado, ¿se pueden mantener las características morfológicas de la representación sindical, dentro y fuera del centro de trabajo, para tutelar más y mejor a los trabajadores y sus familias? Yo desapasionadamente pienso que no. Pero esta es una cuestión que dejo a los doctores de la Iglesia.


Temas todos ellos de gran importancia, desde luego. En todo caso, hay algo que me parece incuestionable: el carácter participativo del sujeto social.


Pienso que el sindicalismo divittoriano es una matriz lejana (aunque no estoy en condiciones de saber qué relación, directa o indirecta existe entre dicha matriz y lo que quiero exponer) de la articulada participación de masas en las recientes prácticas de la CGIL. Hablo concretamente del reciente referéndum sobre las políticas de welfare: una consulta que era temida por los grupúsculos políticos porque cuestionaba el carácter de cuerpo místico de éstos. Por eso le pusieron, creo yo –desde la relativa distancia catalana y desde mi retiro en mi residencia de sindicalista emérito— las viejas y harapientas reliquias de las nieves de antaño.


Pues bien, ¿qué impide al sindicalismo europeo contagiarse de esa experiencia que, en el fondo, expresa que la `soberanía sindical´ radica en el conjunto de los afiliados y, más allá, en la gente que potencialmente esperamos que se afilie? De donde traigo a colación un tema tan espinoso como el siguiente: no puede ser que los tratados constitucionales de los Estados nacionales hablen de que la soberanía radica en el pueblo y el sindicalismo no diga algo igual, parecido o similar? Esta sería la –no ya discontinuidad, sino ruptura— gran transformación de la nobleza del vínculo social entre el sindicalismo y el conjunto asalariado. Concretamente: ¿dónde reside la soberanía sindical?

martes, 13 de noviembre de 2007

CC.OO. de CATALUNYA, ESA RARA ORGANIZACION



Desde hace ya cierto tiempo la dirección de Comisiones Obreras de Catalunya hace anualmente un breve paseíllo: salen de su sede (Via Laietana) y, poquito a poco, calle Ferran arriba, antes de llegar a la Plaça de Sant Jaume, entran en un edificio público. Los recibe el Sindic de Comptes y –como cada año— los sindicalistas le hacen entrega de una cierta documentación: el estado financiero de las cuentas de la organización. Tras los oportunos comentarios de rigor, los sindicalistas vuelven al trabajo, y dada la hora mañanera es posible –sólo digo que es posible-- que se tomen unos cafelitos en el Bar Haití. Como queda dicho se trata de una breve caminata anual porque el ejercicio de rendición de cuentas –como los balances— tiene esa prudente cadencia. Por razones que francamente desconozco, la única organización que camina hacia la Sindicatura es Comisiones Obreras. Nadie en Catalunya hace algo igual, parecido o similar. En honor a la verdad, tampoco hay otro referente fuera de Catalunya, ni siquiera el mismo sindicato.


Comoquiera que los sindicalistas de Comisiones están insistiendo, también desde hace años, en tan higiénica medida, y dado que (según parece) todo el mundo dice llamarse Andana, han tirado por la calle de en medio (seguramente Princesa, Comercio y demás) y han ido al Parlament de Catalunya –esta caminata es más larga-- donde les esperaba un grupo de diputados de las diversas fuerzas políticas. Pero, antes de explicar algunos pespuntes de este encuentro, me permito hacer un descansillo.


Hace dos años y medio, el President Maragall formó una comisión de trabajo de eso que desacomplejadamente se llama “expertos de reconocido prestigio” con el encargo de proponer al gobierno catalán de un elenco de recomendaciones para procurar la eficiencia y transparencia de la cosa pública. Entre paréntesis: ignoro las razones que llevaron al conseller Josep Maria Vallés (el verdadero inspirador del asunto) a proponerme para formar parte de dicho grupo. Lo acepté por no hacerle un feo a Vallés, dado que pensaba –aunque esa no era la intención del conseller ni del propio Pasqual Maragall— que el resultado de nuestro dictamen acabaría engrosando los abultados archivos o las hospitalarias papeleras de la Generalitat. [El tiempo se ha encargado de demostrar que mis avinagrados pensamientos no iban desencaminados].


Pues bien, nos pusimos a trabajar con juvenil ardor y, guiados de la mano, por Juanjo López-Burniol, bajo la presidencia de Anton Cañellas (qpd), ya metidos en harina decidimos convocar a los representantes de las fuerzas vivas de la sociedad civil para que, con su potente sabiduría, nos iluminaran: de las organizaciones políticas y sociales, sólo se presentó Comisiones Obreras de Catalunya. Los comentarios que nos hicieron los sindicalistas, simplificando mucho las cosas, fueron: hay que normar las subvenciones, deben tener claro su finalismo y, además, todo ello debe ser transparente; por lo demás –añadieron en una tarde veraniega— sería ideal que todos los subvencionados de motu proprio presentaran sus cuentas en la Sindicatura. No dijeron que ellos lo hacían porque los que estábamos allí éramos gente aproximadamente bien informada, al menos de eso.


Bien, ¿cómo están las cosas? Sobre el documento de la comisión [llamado concretamente de Transparencia y Buen Gobierno] nada más se supo. Y tampoco de la invitación de Comisiones al resto de las organizaciones. De ahí que es normal que dicho sindicato esté, según me han explicado algunas voces conocidas, hasta la cruz de los pantalones (de ambos sexos) por la galbana compartida en ese celo de no dejarse ver las cuentas financieras, ni siquiera –según parece— por sus parciales. Cierto, una conclusión lógica es que si esa es la normalidad, el raro es quien dice: aquí están los números, juzgue usted y ya me dirá lo que estime conveniente. Sería, así las cosas, otra de las anomalías de Comisiones Obreras de Catalunya.


Pues bien, tranquilamente irritados los raros piden un encuentro con los grupos parlamentarios para tratar del asunto, esto es, de la petición que desde hace tiempo vienen planteando nuestros anómalos. El resultado del encuentro es el siguiente, con la aclaración de que las negritas las pone un servidor para evitar el cansancio del sufrido lector. Hélo aquí:


Los partidos del Govern eludieron comprometerse con la petición de CC.OO de obligar a los sindicatos, las patronales y otras organizaciones que reciban fondos públicos a someter sus cuentas a auditorías externas, y recordaron los pasos que está dando el Ejecutivo, entre los que incluyeron la próxima creación de una oficina antifraude.


Se trata de una respuesta que, consultado un eminente hermeneuta de la ciudad de Parapanda, contiene un disimulo [se elude el compromiso] y, a continuación, se sale por los Cerros del Anacoluto: unos cerros más disparatados que los de Úbeda. En ese sentido, el anacoluto parlamentario tiene ese aire de majestuoso (o, según se mire, republicano) surrealismo que lucía el afamado dicho: “Era de noche y sin embargo llovía”. Que es muy propio de la peor sintaxis parlamentaria.


La `interpelación´ que me permito hacer a los grupos es: ¿por qué se elude el compromiso? ¿por qué se relaciona esa elusión con la creación de una Oficina antifraude? Mientras tanto, pienso –y más adelante lo aclararé—que el sabio refrán de tiempos antiguos tiene hogaño una concreta vigencia: en casa del herrero, cuchillo de palo. Repito, volveré al tema.


Empezaré por el anacoluto. “Vamos a crear una Oficina antifraude”. Esta es una cosa que debe ser aplaudida sin reserva mental alguna. Ahora bien, lo que los raros sindicalistas están planteando es, indirectamente, una medida ex ante, una condición casi necesaria para que no haya fraude. He dicho casi necesaria, pero que indica la existencia de un control externo, como quien recela de que los que duermen en el mismo colchón son de la misma opinión.


Los sindicalistas debieron quedarse estupefactos ante el paralogismo de los parlamentarios, una labia tan vacua como exuberante. En todo caso, la respuesta (quiero decir, el anacoluto) no tiene la brillantez del “era de noche y sin embargo llovía”, posiblemente ideada por un bohemio de taberna con el cerebro en poder del orujo. Ahora bien, si tiramos del ovillo es posible que encontremos una cierta razón entre `eludir comprometerse´ y prometer la creación de una Oficina antifraude. Pero eso se lo dejo a ustedes, pues no está bien que yo lo ponga todo o casi todo.


Lo que no acabo de entender es la normalidad de mis primos hermanos (los sindicalistas de Comisiones del Ebro para abajo) : una gente poco atenta con sus cofrades, los catalanes.


En fin, si tienen alguna explicación de su normalidad no harían mal en decírmelo, al menos por los servicios prestados.


Con mis mejores deseos, JL

domingo, 11 de noviembre de 2007

FUERTES CRITICAS A LA FLEXISEGURIDAD



Tanto gentile e tanto onesta pare / la donna mia quand'ella altrui saluta,/ ch'ogne lingua deven tremando muta,/ e li occhi no l'ardiscon di guardare / Ella si va, sentendosi laudare,/ benignamente d'umilta' vestuta;/ e par che sia una cosa venuta / da cielo in terra a miracol mostrare / Mostrasi si' piacente a chi la mira,/ che da' per li occhi una dolcezza al core,/ ch'entender no la puo' chi no la prova: / e par che de la sua labbia si mova / uno spirto soave pien d'amore,/ che va dicendo a l'anima:Sospira. A sus pies, señora. Su admirador, el tito Ferino





Tuve el honor de asistir, como invitado, al Congreso de MEDEL, una asociación de magistrados europeos de Derecho del trabajo cuyo tema monográfico era el Libro Verde del Derecho del trabajo del que tanto se ha hablado en este blog. Sobre tan importante acontecimiento versa este ejercicio de redacción.


En principio diré que la gran mayoría de las intervenciones tuvo un contenido crítico con relación al texto comunitario. Lógicamente el discurso del representante de la Comisión europea, Mister Callen, fue en dirección contraria. Fue un discurso un tanto sorprendente, porque en un encuentro de esas características explicó pormenorizadamente a una platea bien informada (Magistrados, profesores de Derecho y iuslaboralistas en ejercicio) los contenidos concretos de dicho documento. Sorprendente porque debió caer en la cuenta de que la exégesis jurídica (esto es, la apertura de las tripas del texto) ya la había hecho cada cual desde sus respectivas ópticas profesionales. Tan sólo dio unos leves pespuntes descriptivos de la justificación del documento. Y un hilo conductor implícito: el derecho del trabajo debe ser un instrumento ancilar de las evoluciones de la economía. Naturalmente camuflado todo ello bajo la metáfora de la modernización. O sea, Mister Callen se disfrazó de ponente académico para no infundir sospechas.


Los ponentes, en su gran mayoría, hicieron unos discursos –ya se ha indicado— que giraban en torno a: 1) evidentemente el derecho del trabajo debe modernizarse, aunque este aggiornamento debe mantener las características protectores que señalan su estatuto epistemológico, 2) que no es el caso esencialmente de lo que plantea el Libro Verde en general y su estrella polar la flexiseguridad. Sin ningún género de dudas las intervenciones más llamativas estuvieron en las ponencias del Magistrado Falguera, las de los sindicalistas Juan M. Tapia y Josep Montoya (CC.OO y UGT, respectivamente) y la lección magistral del profesor Umberto Romagnoli.


El resto de las ponencias –brillantemente expuestas— tuvieron una fuerte componente expositiva. Esto me provoca alguna que otra perplejidad: ¿tiene sentido que se explique detalladamente, con el estilo de `dar una clase´, a un público –Magistrados, académicos, investigadores, sindicalistas y dirigentes empresariales-- a los que se les supone que están debidamente al tanto? ¿No es más apropiado que se aproveche el tiempo debatiendo lo que genéricamente podríamos llamar filosofía del derecho? ¿No era más apropiado reflexionar sobre cómo poner al día esta disciplina? ¿No es mejor debatir las novedades emergentes sobre las que ya hay algunas pistas contractuales, tales como los ciberderechos y otras tantas? ¿Acaso no era el momento propicio para establecer, aunque fueran unos primeros indicios, una relación nueva entre Derecho del trabajo y la economía? Los ponentes, --con las salvedades ya indicadas-- ciertamente de manera muy seria, explicaron descriptivamente lo que dice el Libro Verde. De ahí que, un tanto presuntuosamente, me interrogue sobre si esta metodología no está ya entrando en un proceso de acelerado agotamiento.


Especialmente porque hubo voces (la del Magistrado Falguera) que tuvo un fuerte contenido crítico sobre el envejecido carácter de los contenidos de la negociación colectiva y los retrasos del sindicalismo confederal de los diversos estados nacionales europeos. O las ponencias de los sindicalistas catalanes que pusieron encima de la mesa algunas propuestas que sus interlocutores de `la contraparte´ obviaron. O la insinuación del representante de Pimec, José Hallado, que de manera –tan elegante como críptica— insinuó la necesidad de un indicador que verifique la representatividad de las organizaciones empresariales.


Sin lugar a dudas, el climax del Congreso fue la intervención del profesor Umberto Romagnoli. Su ponencia –una pieza fundamental de filosofía del derecho del trabajo, que ha sido publicada en este blog y en la bitácora hermana “Según Antonio Baylos” (1)– fue seguida con un enorme interés, y tras el punto final la sala, atiborrada de persosnal en ese momento, estalló en una enorme ovación. Desde la mesa, flanqueando a Romagnoli, pude ver a una entusiasta Lola Hurtado que sus manos se le hacían huéspedes y a Dorita Díez casi caer en deliquio. Seguramente, la joven Ascensió Solé pensaba en esos momentos en Albert Fina, Josep Solé Barberá, Luis Salvadores, Pep Devesa y sus compañeros asesinados de Atocha.


Naturalmente los Magistrados –en sesión propia, pues al fin y al cabo ellos eran los congresistas reales— elaboraron una Resolución sobre el Libro Verde. Fuentes bien informadas me indican que tiene una fuerte y razonada crítica. Naturalmente se publicará en este blog cuando los estamentos oficiales tengan cumplida información sobre dicha resolución.


(1) ¿PELIGRO DE NAUFRAGIO PARA EL DERECHO DEL TRABAJO?

lunes, 5 de noviembre de 2007

TRES ASIMETRIAS DE CATALUNYA




Mi amiguita Cynthie Laurent (la más alta) de la mano de una conocida. Están en la playa de Biarritz.


En cierta ocasión escribí que “yo no tengo raíces, sino piernas”. Desde ciertos sectores identitarios me pusieron como un pingo; voces conocidas y saludadas fruncieron el ceño. Me reafirmo en lo dicho: una cita que tomé prestada del maestro George Steiner sobre quien, según parece, no cayó chaparrón alguno. Repito, piernas. Y es sobre la base de tener esos artefactos anatómicos lo que me permite contar con una mirada de présbita, pero no miope (al menos todavía). Así empezaré mi intervención en un coloquio que ha organizado la Fundació Catalunya Segle XXI, en el que intervendrán Lluis Foix, subdirector de La Vanguardia, y Juanjo López-Burniol. A ambas personalidades conviene oír, escuchar y leer.


La invitación parte de Carme Valls, a quien agradezco el detalle. Y el objetivo de este ejercicio de redacción es poner por escrito unos primeros pespuntes de lo que pretendo explicar en el mencionado coloquio. Espero ponerles los pelos de punta a los organizadores, y de esa manera evitar que hagan firme la invitación. Así me evitaría hablar. En todo caso, si no la retiran iré con mucho gusto a compartir mesa y micrófono con el ilustre periodista y el afamado notario.


1.-- Como digo, se trata de unos primeros pespuntes. En días sucesivos, según me visiten las musas, iré ampliando en una segunda parte el resto de mi conversación. De momento, me interesa hablar de lo he dado en llamar las asimetrías de Catalunya. Pienso que, mientras se mantengan –al menos tal como se presentan en estos tiempos-- hay pocas posibilidades de salir de ciertas patologías culturales y políticas.


Primera asimetría: el mundo vive una gran transformación de características globales e interdependientes; mientras, sectores relevantes de la política y la sociedad catalanas siguen instalados en el solipsismo nacionalista. Esa instalación atraviesa, en menor o mayor grado, a derechas e izquierdas en una indistinta defensa y rememoración de las raíces, al margen del avance de las piernas del mundo.


Segunda asimetría: si revisitásemos el libro del profesor Ramón Trías Fargas “Introducción a la economía de Cataluña” (Alianza Editorial, 1974), caeríamos en la cuenta del espectacular cambio que se ha dado en Catalunya desde aquellos tiempos. Más todavía, si nos comparamos con el resto de lo que se ha dado en llamar –un tanto presuntuosamente, es cierto— “Cuatro motores para Europa” (Baden Wutemberg, Lombardía, Rhône-Alpes y nosotros) llegaríamos a la conclusión que casi casi estamos a la par en no pocos indicadores económicos y sociales. ¿Panglossismo? No. Échense los números. Y sin embargo...


Y sin embargo, deambula por ahí –preferentemente en círculos noctámbulos-- una especie de mirada chuchurría (mustia, quiero decir) que está en precario a la hora de observar los cambios y avances que están ahí presentes. Los cambios que se deben a las piernas de la gente en las más variadas disciplinas y quehaceres cotidianos.


Tercera asimetría: esta gente que mueve el país es cada vez más diversa y plural; frente a esa potente novedad, que viene de un tiempo a esta parte, sectores no irrelevantes de la política y de la sociedad reclaman insistentemente –a veces por activa, a veces metafóricamente para no infundir sospechas excesivas— una rotunda unicidad identitaria que sea fiel a una inventada autoctonía de los tiempos de las nieves de antaño. Se trata de un conjunto de miedos amalgamados: de miedos al otro, que es diferente; de miedos a lo nuevo, que es una incógnita; de miedos a que Catalunya, con sus pies, no sea permanentemente itinerante. Miedos, claro, de diverso signo. Pero miedos al fin y al cabo.


2.— Conversando sobre estas cuestiones con algunas amistades, me aclaran que la responsabilidad de todo ello radica en el largo mandato de Jordi Pujol. No comparto esa idea, lo que no quita que algo tenga que ver en ello. A mi juicio, la cosa podría estribar –lo digo en condicional-- en la indistinción cultural de una parte relevante de las izquierdas con las derechas nacionalistas catalanas, al menos en los aspectos identitarios. Unas izquierdas que no han primado lo suficiente la cuestión social.


Tengo para mí que mientras se mantengan tales asimetrías, Catalunya no podrá abordar con claridad sus contenciosos, de ayer y hoy, con `España´. Pero ya basta por hoy. Porque no se trata de poner encima de la mesas, y de sopetón, todas las provocaciones. Hay que dosificarlas con moderación: igual que el bicarbonato.

jueves, 1 de noviembre de 2007

¿DE QUE MANERA ORGANIZA EL SINDICALISMO LAS CONQUISTAS SOCIALES?


El joven Pau Falguera, Consejero-delegado de The Parapanda Tribune, intenta explicarle a un turista calvo quiénes son los dos caballeros que están detrás: la más famosa pareja de hecho del siglo XIX, El Moro y El General. (Fotos, Javier Sánchez del Campo, Medalla Francesc Macià)



En el blog hermano “Según Antonio Baylos” aparece un importante trabajo jurídico, que ya está dando que hablar: ESTABILIDAD EN EL EMPLEO Y REFORMAS LABORALES. Digo que está dando que hablar por lo robusto de su argumentación, aunque nos encontramos sólo ante la primera parte, dado que el autor –obviamente, Antonio Baylos-- ha prometido una segunda entrega. No obstante, me permito unas primeras reflexiones, no sobre el contenido del ensayo baylosiano sino en torno a la introducción que hace el autor. Dice nuestro hombre:

Se abre en esta entrada y en otras sucesivas un espacio de reflexión sobre la relación existente entre la reforma de la legislación laboral, la política de empleo y el mercado de trabajo. Es decir, si debemos seguir acostumbrándonos al hecho de medir la bondad de una medida de reforma por sus (pretendidos) efectos sobre el mercado de trabajo, la creación o el mantenimiento del empleo.

Comparto esta inquietud (1). Es más, diré que, en mi opinión, es uno de los problemas que siguen sin resolverse a pesar de que vienen de tiempos muy antiguos. Me explico, el sindicalismo, que ha sido responsable –junto a otros sujetos políticos y sociales —de importantes conquistas de civilización ha tenido una notable dificultad a la hora de organizar la extensión y consolidación de tales conquistas. Más todavía, en nuestro caso permanece otra limitación, a saber, establecer la relación entre lo conquistado y la ampliación del consenso estable (la afiliación) del conjunto asalariado con el sindicalismo confederal. Vuelvo a decir que los sindicalistas de mi quinta no estuvimos muy al tanto y dejamos esta ganga a las generaciones actuales.

Antonio Baylos nos dice que debemos acostumbrándonos al hecho de medir la bondad de una medida de reforma por sus (pretendidos) efectos sobre el mercado de trabajo, la creación o el mantenimiento del empleo. Lo que, parcialmente, intento explicar tiene una deriva similar a lo que expone nuestro autor. Sin embargo, no acabo de encontrar una explicación convincente de esta tradicional dificultad del sindicalismo español.

Una aproximada razón –sólo válida para Comisiones Obreras— podría ser la siguiente: acaso el genoma fundante, esto es, ser un movimiento se haya mantenido más tiempo de lo debido y, a pesar de transformarse en organización, las derivas movimientistas siguen manteniendo unas determinadas inercias. Pero, si este fuera el caso, UGT --que siempre se definió como una organización, y actuó de esa manera-- estaría, por así decirlo, `exculpada´, y sin embargo le ocurre, en este caso, tres cuartos de lo mismo que a Comisiones. Habrá, pues, que descartar esa razón improvisada [esto es, las inercias movimientistas] porque, por lo demás, mucho ha llovido desde las nieves movimientistas de antaño. La razón, pues, habrá que encontrarla en algún elemento que sea común a los dos sindicatos. Pero ¿cuál?

Tal vez una razón a tener en cuenta es la evidente separación entre el proyecto sindical y los aspectos organizativos, en tanto que tales. Esto es, en no considerar que proyecto y organización es una y la misma cosa. Ahora bien, hay un referente sindical donde sí aparece indisolublemente unido el proyecto con la organización: las elecciones sindicales. [Dejo de lado, porque para lo que estamos hablando es irrelevante, quién gana las elecciones]

Cuando ambos sindicatos se meten de lleno en lo que comúnmente se llama el proceso de elecciones sindicales (que, desde hace tiempo no son esporádicas sino permanentes) aparece como inescindible el proyecto-objetivo con los instrumentos organizativos. Digamos, así las cosas, que es un proyecto-que-se-organiza. Pero, en el resto de las tareas, es una opinión, no ocurre ni lo mismo ni algo similar. O sea, que hecha la salvedad de los procesos electorales, estamos en lo de antes: sin explicación convincente de por qué fuimos de esa manera y por qué seguimos siendo de manera muy aproximadamente parecida a la hora de no rentabilizar convenientemente el gran acervo de conquistas sociales.

Habrá que tomar otro atajo: ¿es posible que la forma de representación sindical –que sigue siendo exactamente la misma de aquella de mis años mozos— tenga algo que ver? Puede que esto sea un filón para investigar... Desde luego, si es por ahí estaríamos en ciertas condiciones de responder –aunque fuera en parte— a lo que también plantea Antonio Baylos.

Cuando hablo de la forma de representación me estoy obviamente refiriendo al modo en que, organizadamente, el sindicalismo se estructura. Aclaro que no tengo en la cabeza lo que en jerga sindical se llaman las fusiones de federaciones: en tales procesos, ni entro ni salgo. Es más, para lo que nos ocupa es irrelevante. Aludo a la forma de la sección sindical, a la permanencia de los comités de empresa y a la inexistencia de modalidades orgánicas (incluidas las de tipo fugaz o estable) para unos colectivos, cada vez más numerosos, de trabajadores emergentes. Aludo, muy especialmente, a una asimetría que es del caso retener: la economía y el centro de trabajo emergente e innovado ya no se rigen exactamente por el tipo de relaciones verticales sino por otras de naturaleza horizontal o, si se prefiere, oblícuas. El sindicalismo confederal, sin embargo, mantiene una morfología de arriba-abajo y de abajo-arriba en una lógica que era más conveniente en el paradigma fabril de las nieves de antaño que en el de las portentosas transformaciones que están en curso y a todo meter.

Con mi admirado Antonio Baylos (y con buena parte de buenos cofrades) mantengo una complicada polémica que, aquí y ahora mismito, sólo quiero apuntar: la permanencia del comité de empresa ya no me parece conveniente. Y, es más, diré que para lo que estamos tratando representa un mecanismo de freno. Si el comité de empresa es el sujeto principal en el centro de trabajo, parece claro que no tiene ni los mecanismos (ni, evidentemente, la vocación) para organizar las conquistas y, menos todavía, para lo que Baylos apunta lúcidamente en el trabajo que, de manera indirecta, estamos comentando. De ahí que me parezca urgente la formación de una nueva autoctonía en la forma de representación del sindicalismo confederal, dentro y fuera de los centros de trabajo. Especialmente porque entiendo que no pueden seguir coexistiendo pacíficamente los nuevos impulsos que el sindicalismo intenta poner en marcha en sus políticas reivindicativas y negociales y unas arcaizantes formas de representación; arcaizantes y que, además, dejan a la intemperie amplios colectivos asalariados, no sólo jóvenes y mujeres (que es lo más visibles) sino de todos quienes se ven afectados –cada día más— por esa revolución incesante de la nueva y novísima tecnología.

Sea como fuere, en el caso de que las razones antedichas, sobre por qué el sindicalismo no es convenientemente organizador de sus propias conquistas, no sean de utilidad algo parece obvio: hay que saber dónde aprieta el zapato.

La nota prometida.


(1) Esta reflexión de Antonio Baylos me obliga a seguir pensando lo que dejé inconcluso en el mes de Julio: EL USO SOCIAL DE LAS CONQUISTAS SINDICALES (1); cuando tenga más retales procuraré enhebrarlos y diseñar un traje. Ahora me faltan algunos ovillos. Sea.